Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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HARRISON FORD


Didion y Babitz, Lili Anolik, p. 186

En esa granja también vivía Harrison Ford. “Harrison se aloiaba en un tipi en nuestra granja durante la semana ´dijo Marshall-. Como pago del alquiler, nos construyó un gallinero y un corral para la cabra. Los fines de semana se iba a su casa con Mary (su mujer) y los niños. Todavía no actuaba porque se negaba a hacer televisión. En lugar de eso hacía de carpintero. trabajaba para Joan y John Didion y les construyó un porche”.

Construir. construir y nunca acabar.

Joan Didion y John dejaban que Harrison hiciera lo que quisiera en lo que respecta a la carpintería -dijo Eve-. Tuvieron que esperar años a que acabara el balcón o el porche o lo que fuera. A ver, sí que John esperaba de Harrison que se comportara como un carpintero e hiciera el trabajo por el que le pagaba. Pero Harrison no lo hacía. Solo andaba por ahí tirado fumando hierba. El único que comprendió cómo había que tratarlo fue Fred Ross». Ross, un novio intermitente de Eve Babitz iba a ser el director de reparto de American Graffiti (1973), la primera oportunidad de Ford, y posteriormente el asesor de reparto de La guerra de las galaxias (1977), la gran oportunidad de Ford. “Fred se compró una casa en Laurel Canyon que se caía a trozos, había que renovarla entera. Fred hizo que Harrison acabara todas las tareas que le encargó y sólo entonces convirtió a Harrison en una estrella del cine”.


EL SALVADOR


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 261

El terror es la realidad de este lugar. Los coches de policía blanquinegros patrullan de dos en dos, y en todos se ve el cañón de un rifle sobresaliendo de una ventanilla abierta. Los controles de carreteras se materializan al azar, con los soldados saliendo de los camiones, abriéndose en abanico y tomando posiciones, con el dedo siempre en el gatillo y los seguros haciendo clic. Da la sensación de que te apuntan con el arma para pasar el raro. Todas la mañanas El diario de hoy y La prensa gráfica publican historias con moraleja: «Una madre y sus dos hijos fueron asesinados con arma cortante (corvo) por ocho sujetos desconocidos el lunes en la noche». Y en el periódico de la misma mañana: encontrado en el arcén de una carretera el cuerpo sin identificar de un joven estrangulado. Otro artículo de la misma mañana: encontrados en otra carretera los cuerpos sin identificar de tres jóvenes, con la caras parcialmente destrozadas por bayonetas y una cruz grabada a cuchillo en una de ellas.

 Es sobre todo a partir de estas informaciones de los periódicos que la embajada de Estados Unidos lleva a cabo sus recuentos de cadáveres, que luego envía a Washington en forma de unos informes semanales que la gente de la embajada denomina los “fiambre-gramas». Estos recuentos se presentan en una especie de clave tortuosa que no consigue ocultar lo que todo el mundo da por sentado en El Salvador: que la mayoría de la gente muere a manos de las fuerzas gubernamentales. En un memorando enviado a Washington el 15 de enero de 1982, por ejemplo, la embajada realizó un desglose «cauteloso» de su recuento de 6. 909 “supuestos» asesinatos políticos cometidos entre el 16 de septiembre de 1980 y el 15 de septiembre de 1981.De esos 6.909, según el memorando, se creía que 922 habían sido «cometidos por las fuerzas de seguridad», 952 por «terroristas de izquierdas», 136 «terroristas de derechas» y 4.889 por los famosos «asaltantes conocidos» de los que hablaban siempre aquellos periódicos de San Salvador que se seguían publicando.


IGUALDAD


Los que sueñanm el sueño dorado, Joan Didion, p. 261

Una razón de que la víctima de aquel caso se pudiera abstraer con tanta facilidad, y de que su situación pudiera representar tan fácilmente a la de la ciudad misma, era que en tanto que víctima de violación la mayoría de las informaciones de prensa seguían sin dar su nombre. Aunque la convención que existe en la prensa inglesa y americana de no dar el nombre de las víctimas de violaciones (los periódicos franceses sí publican el nombre de las víctimas adultas) deriva del deseo comprensible de proteger a la víctima, la justificación de esta protección especial se basa en una serie de presupuestos dudosos, e incluso mágicos. Al proporcionar una protección a las víctimas de violación que no se da a las víctimas de otras clases de ataques, dicha convención presupone que la violación constituye un tipo de profanación que no se da en otras clases de asaltos. Y presupone también que esta profanación es de una naturaleza tal que hay que mantenerla en secreto, que la víctima de violación siente, y sentiría todavía más si se la identificara, una vergüenza y un desprecio por ella misma que son característicos de esta clase de asalto; en otras palabras, que de alguna forma poco clara la propia víctima ha sido responsable del ataque que ha sufrido, que existe un contrato especial entre este tipo concreto de víctima y su asaltante. la convención presupone, finalmente, que la víctima sería, si se revelara este contrato especial, el objeto natural de un interés lascivo; que en el acto de la penetración masculina intervienen  unos misterios tan poderosos que la mujer que es penetrada de a manera (a diferencia, por ejemplo, de aquella otra a la que le aplastan la cara con el ladrillo o le penetran el cerebro con un trozo de tubería) queda marcada de forma permanente, incluso “cambiada» -sobre todo si existe una «diferencia» racial o social perceptible entre la víctima y su asaltante, como pasaba en los relatos del siglo XIX sobre mujeres blancas raptadas por los indios- “arruinada”.


PATRICIA


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 251

Resultaba un poco iluso pensar que una Hearst necesitaba hacer algo así para ganar dinero, y sin embargo estas opiniones reflejaban una insatisfacción más amplia, el convencimiento de que la Hearst en cuestión no estaba contando toda la historia ni mucho menos, que estaba «dejando algo fuera», aunque no era fácil definir qué era aquel algo, en vista de la crónica empecinadamente detallada que daba en Todos mis secretos. Si «quedan cuestiones sin resolver», tal como pensaba Newsweek, no se trataba de -,-:Cuestiones del tipo cómo envenenar una bala con cianuro: la forma en que lo hacía el ESL era perforar la punta de plomo sin llegar al depósito de la pólvora, rellenar el agujero con un montoncito de cristales de cianuro y por fin sellarlo con parafina. Si Todos mis secretos «abre más interrogantes de los que cierra», en opinión de Jane Alpert, no se trataba de interrogantes relativos a cómo fabricar bombas de fabricación casera: el truco era meter suficiente pólvora en un trozo de tubería para provocar un estallido fuerte pero dejando el suficiente oxígeno para la ignición, lo cual era una simple cuestión, en opinión de Patricia Hearst, de «calcular con precisión la cantidad de pólvora, la longitud del trozo de tubería y la del cable de tostadora, y no poner el papel higiénico que tanto le gusta a Teko». «Teko», o Bill Harris, insistía en rellenar sus bombas con papel higiénico, y cuando una de ellas no explotó debajo de un coche de policía en el Mission District, reaccionó con «una de sus peores pataletas». Más adelante muchos periodistas consideraron a Bill y Emily Harris unos acusados mucho más agradables de lo que Patricia Hearst lo fue nunca, pero Todos mis secretos no solo los caracterizaba de forma convincente; en palabras de su autora, como «carentes de encanto” sino que les dedicaba el más peyorativo de sus adjetivos: «incompetentes”


LOS REAGAN


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 239

Después de proponer la iglesia y de negociar el tema del sermón con el pastor (Ezequiel y los huesos en lugar de lo que Deaver llamaba los “cristianos renacidos”, presumiblemente el renacimiento cristiano) por fin acordó que los Reagan asistirían al servicio dominical de las once de la mañana, «Lo que no nos dijeron -escribe Deaver-, y yo tampoco preví, fue que el servicio de las once incluiría una comunión», un ritual que él explicó que les resultaba completamente extraño a los Reagan», Describe «miradas nerviosas” y «susurros ligeramente frenéticos” sobre qué hacer, puesto que la experiencia que tenían los Reagan era con la iglesia presbiteriana de Bel Air, «una iglesia protestante como era debido donde se pasaban bandejas con vasitos de zumo de uva y cuadraditos de pan». Por fin llegó el momento, y « ... en mitad del pasillo sentí que Nancy me agarraba del brazo ... "¡Mike!",me dijo entre dientes, "¿toda esa gente está bebiendo de la misma copa?"».

Llegado este punto, el incidente empieza a parecer un episodio de I Lave Lucy. Deaver le asegura a la señora Reagan que es aceptable limitarse a mojar la hostia en el cáliz. La señora Reagan se arriesga a hacer eso, pero de alguna manera se las apaña para que se le caiga la hostia en el vino. Ronald Reagan, interpretando en esos momentos a Ricky Ricardo, está demasiado sordo para oír las instrucciones que le ha susurrado Deaver, y además su mujer le ha ordenado: «Haz lo mismo que yo». De manera que él también tira la hostia dentro del vino, donde se queda flotando junto a la de la señora Reagan. «Para Nancy fue un alivio salir de la iglesia-informa Deaver-. El presidente salió completamente risueño a la luz del día, satisfecho de que el servicio hubiera ido tan bien.»


LA CHICA DEL DORADO OESTE


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 243

Me vienen a la memoria los detalles domésticos. A media tarde del 4 de febrero de 197 4, en su dúplex del 2603 de Benvenue Avenue, en Berkeley, Patricia Campbell Hearst, de diecinueve años, estudiante de historia del arte en la Universidad de California en Berkeley y nieta del difunto William Randolph Hearst, se puso un albornoz azul de tela de toalla, calentó una lata de sopa de pollo con fideos y preparó sándwiches de atún para ella y para su novio, Steven Weed; vio Misión imposible y El mago por televisión, fregó los platos y se acababa de sentar a estudiar cuando sonó el timbre de su puerta; fue secuestrada a punta de pistola y durante los cincuenta y siete días siguientes fue retenida con los ojos vendados por tres hombres y cinco mujeres que se hacían llamar el Ejército Simbiótico de Liberación.

Entre el día cincuenta y ocho, que fue cuando aceptó unirse a sus captores y se dejó fotografiar delante de la bandera con la cobra del ESL blandiendo una carabina M-1 de cañón recortado, y el 18 de septiembre de 1975, que fue cuando la detuvieron en San Francisco, Patricia Campbell Hearst participó activamente en los atracos al Hibernia Bank de San Francisco y al Cracker Matinal Bank de las afueras de Sacramento; barrió el Crenshaw Boulevard de Los Ángeles con un subfusil automático para cubrir a un camarada al que habían detenido por robar en una tienda; y participó o bien fue testigo de una serie de robos menos publicitados y de la detonación de varias bombas, a los que más tarde se referiría como «acciones» u «operaciones».

Durante el juicio celebrado en San Francisco por la operación del Hibernia Bank apareció en los juzgados llevando pintauñas de color blanco glaseado y llevó a cabo ante el jurado una demostración de cómo se manipulaba el cerrojo de una M-1 para abrir la recámara. Durante una prueba psiquiátrica que le hicieron mientras estaba bajo custodia, completó la frase «La mayoría de los hombres» con las palabras «son gilipollas». Siete años más tarde estaba viviendo con el guardaespaldas con el que se había casado, su hija pequeña y dos pastores alemanes «encerrada a cal y canto en una casa de estilo español equipada con el mejor sistema de seguridad electrónico del mercado», y se describía como «mayor y más sabia», y les dedicaba su propia versión de los hechos, Todos mis secretos, «A mi madre y mi padre».


HOLLYWOOD


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 190

Después de la película, las mujeres, una gran parte de las cuales tiene pinta de haber ascendido por medio de shocks crónicos a un estado de chifladura esquiva, discuten durante la media hora ritual los desplazamientos transpolares de sus conocidos y la paz espiritual que generan las clases de ejercicios, las clases de ballet y el uso de servilletas de papel en la playa. Entre los acontecimientos de este invierno que valoran positivamente se encuentran el Virginia Woolf de Quentin Bell, los acróbatas chinos, las visitas recientes a Los Ángeles de Bianca Jagger y la apertura en Beverly Hills de una sucursal del BonwitTeller. Los hombres hablan de cine, de ingresos brutos, de contratos y de lo que la prensa ha dicho de los actores.

Las veladas terminan antes de la medianoche. Las parejas se marchan en pareja. De existir infelicidad conyugal, nadie la mencionará hasta que a una de las partes implicadas la vean almorzando con un abogado. De existir enfermedad, nadie la admitirá hasta que el paciente entre en coma terminal. La discreción es sinónimo de «buen gusto», y también es buena para los negocios, puesto que en el negocio de Hollywood ya existen los suficientes imponderables sin necesidad de entregarles los dados a unos jugadores de1nasiado distraídos para concentrarse en la acción. Se trata de una comunidad cuyos notables excesos excluyen todo lo que tenga que ver con la carne o el espíritu: el adulterio heterosexual se tolera peor que los matrimonios homosexuales respetablemente asentados o que los enlaces bien llevados entre mujeresde mediana edad. «Una bonita relación lésbica es lo más normal del mundo -recuerdo que insistió Otto Preminger cuando mi marido y yo le cuestionamos el hecho de que la heroína de la película de Preminger que estábamos escribiendo hubiera de tener una-. Es muy facil de arreglar y no amenaza el matrimonio.»


SHARON TATE


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 158

Yo me imaginaba que mi vida era simple y dulce, y a veces lo era, pero en la ciudad también estaban pasando cosas raras. Circulaban rumores. Circulaban historias. Todo era indecible pero nada era inimaginable. Aquel flirteo rústico con la idea del «pecado» -aquella sensación de que era posible ir «demasiado lejos” y de que mucha gente lo estaba haciendo- nos acompañó en gran medida en Los Ángeles durante 1968 y 1969. En la comunidad se estaba formando un vórtice de tensión demente y seductora. Los temblores se estaban afianzando. Recuerdo una época en que los perros ladraban todas las noches y la luna siempre estaba llena. El 9 de agosto de 1969 yo estaba sentada en la parte menos profunda de la piscina de mi cuñada en Beverly Hills cuando a ella la llamó una amiga que se acababa de enterar de los asesinatos en la casa de Sharon Tate Polanski en Cielo Orive. Durante la hora siguiente el teléfono sonó muchas veces. Aquellas primeras informaciones resultaron embrolladas y contradictorias. Una persona de las que llamaban hablaba de capuchas y la siguiente de cadenas. Había veinte muertos, no, doce, diez, dieciocho. La gente imaginaba misas negras y lo atribuía a malos viajes de ácido. Recuerdo con mucha claridad todas las informaciones erróneas de aquel día, y también recuerdo otra cosa, y ojalá no la recordara: recuerdo que nadie estaba  sorprendido.


DOORS


Los que sueñan el sueño dorado, Joan Didion, p. 141

En aquel atardecer de 1968 se encontraban reunidos en una dificil simbiosis para grabar su tercer álbum, y en el estudio hacía frío y las luces eran demasiado fuertes y había masas de cables y bancos enteros de esos ominosos circuitos electrónicos parpadeantes con los cuales los músicos conviven con tanta facilidad. Estaban presentes tres de los cuatro miembros de los Doors. Había un bajista prestado de una banda llamada Clear Light. Estaban el productor y el técnico de sonido y el director de gira y un par de chicas y un husky siberiano llamado Nikki, que tenía un ojo gris y el otro dorado. Había bolsas de papel medio llenas de huevos duros e hígados de pollo y hamburguesas con queso y botellas vacías de zumo de manzana y vino rosado de California. Había todo lo necesario y estaba todo el mundo necesario para que los Doors terminaran su álbum con la excepción del cuarto Door, el cantante, Jim Morrison, un licenciado de veinticuatro años de la U CLA que llevaba pantalones de vinilo negro sin ropa interior y que tendía a sugerir que existía un espectro de posibilidades más allá del pacto de suicidio. Era Morrison quien había descrito a los Doors como «políticos eróticos)). Era Morrison quien había definido los intereses del grupo como «cualquier cosa relacionada con la revuelta, el desorden, el caos y las actividades que no parecen tener significado alguno». Era Morrison a quien habían detenido en diciembre de 1967 en Miami por ofrecer un espectáculo «indecente». Era Morrison quien escribía la mayoría de las letras de los Doors, cuyo peculiar carácter consistía en reflejar o bien una paranoia ambigua o bien una insistencia bastante poco ambigua en el binomio amor-muerte entendido como colocón supremo. Y era Morrison quien estaba desaparecido. Eran Ray Manzarek y Robby Krieger y John Densmore quienes les conferían su sonido a los Doors, y tal vez fueran Manzarek y Krieger y Densmore también quienes hacían que diecisiete de los veinte entrevistados en American Bandstand prefirieran a los Doors por encima de otras bandas, pero era Morrison quien se subía al escenario con sus pantalones de vinilo negro sin ropa interior y proyectaba la idea, y era Morrison a quien todos estaban esperando ahora.


INCIPIT 1.362. LOS QUE SUEÑAN EL SUEÑO DORADO / JOAN DIDION


LOS QUE SUEÑAN EL SUEÑO DORADO

Esta es una historia de amor y de muerte en la tierra dorada, y empieza hablando del paisaje mismo. El Valle de San Bernardino queda solo a una hora al este de Los Ángeles, saliendo por  la autopista de San Bernardino, pero en cierta manera es un lugar foráneo: no es la California costera con sus crepúsculos subtropicales y sus brisas suaves procedentes del Pacífico, sino una California más áspera, hechizada por el Mojave, que se extiende  justo al otro lado de las montañas, y devastada por el viento tórrido y seco de Santa Ana, que se cuela por los pasos de las montañas a más de ciento cincuenta kilómetros por hora y aúlla en las barreras de eucaliptos y te crispa los nervios. Octubre es el peor mes para el viento, el mes en que cuesta respirar y las colinas se incendian de forma espontánea. Lleva sin llover desde abril. Cuando uno habla, parece que grite. Es la época del año en que el viento trae los suicidios y los divorcios y una sensación de espanto.

Los mormones se establecieron en este paisaje ominoso y luego lo abandonaron, pero no sin antes plantar el primer naranjo, y durante los cien años siguientes el Valle de San Bernardino atrajo a un tipo de gente que imaginaba que podría vivir entre esa fruta talismánica y prosperar en medio de aquel aire seco, una gente que trajo consigo formas de construir y cocinar y rezar propias del interior y que intentaron aplicar esas costumbres a la tierra. Y el injerto prosperó de forma curiosa. Hablamos de esa California donde es posible vivir y morir sin haber comido nunca una alcachofa y sin haber conocido nunca a un católico ni a un judío. De esa California donde no cuesta nada llamar a números de asistencia espiritual como Dial-A-Devotion y en cambio cuesta horrores comprar un libro.


INCIPIT 1.105.RIO REVUELTO / JOAN DIDION

Lily oyó el disparo a la una menos diecisiete. Supo qué hora era con exactitud porque, en vez de mirar por la ventana la oscuridad donde el disparo todavía reverberaba, siguió abrochándose el cierre del reloj de pulsera de diamantes que Everett le había regalado hacía dos años, para su decimoséptimo aniversario; se quedó mirando la esfera un largo rato y luego, sentada en el borde de la cama, se puso a darle cuerda.

Cuando ya no pudo darle más cuerda, se puso de pie, todavía descalza de la ducha, cogió un frasco de ]oy de su mesa de tocador, se echó un buen chorro en la mano y se lo metió por debajo del cuello del vestido para extendérselo, como si fuera una especie de amuleto, por los pechos pequeños y desnudos: en las páginas despreocupadas de aquellas revistas en las que ]oyera proclamado periódicamente el Perfume más Caro del Mundo, no salía ninguna mujer que, estando sentada en su dormitorio, oyese disparos en su embarcadero.


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