Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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NABOKOVIANA


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 104

Incluso Nabokov, que lo considera el más grande novelista ruso, muy superior a Dostoievski y al mismo Turguéniev, no pasa por alto la limitación de alguno de sus recursos. En la clase sobre Ana Karénina, del Curso de literatura rusa, señala que en Tolstói las transiciones temáticas son deslucidas y abruptas en comparación con las de Flaubert en Madame Bovary. Mientras Flaubert es capaz de realizarlas en una sola frase, Tolstói se sirve de recursos poco finos, como abrir nuevos capítulos innecesarios desde un punto de vista estructural, y sin embargo tales defectos no logran ensombrecer, para Nabokov, su excelencia en otros aspectos. Sin necesidad de mencionar la rotunda complejidad moral de sus personajes (es esclarecedora su comparación de la personalidad plena, compacta de Ana Karénina frente a la más frívola y volátil de Emma Bovary), encuentra contundentes motivos para reivindicar su escritura. En su ensayo sobre La muerte de Iván Ilich señala: «Un rasgo peculiar del estilo de Tolstói es lo que voy a llamar el purismo por tanteo. Para describir una meditación, una emoción o un objeto tangible, Tolstói sigue los contornos de ese pensamiento, esa emoción o ese objeto hasta quedar perfectamente satisfecho de su presentación y recreación. Ello supone lo que podríamos llamar repeticiones creadoras, una serie apretada de enunciados reiterativos, que se suceden uno tras otro, cada cual más expresivo, cada cual más apropiado a lo que quiere decir Tolstói. El escritor va tanteando; deshace el paquete verbal en busca de un sentido interior, pela la manzana de la frase, intenta decirlo de una manera, luego de otra mejor, tantea, da un rodeo, juguetea, tolstea con las palabras».


GUERRA Y PAZ


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 101

Lev Tolstói murió hace ciento tres años en la casa del jefe de estación de Astápovo, un remoto nudo ferroviario ruso que carecía de un hotel donde cobijarlo durante su agonía. Había llegado en tren, con la intención de proseguir camino hacia el sur, huyendo de la parálisis espiritual en  que lo sumía la imposibilidad de armonizar sus ideales ascéticos con el ruido cotidiano y los intereses de su numerosa familia. Su muerte, así como las circunstancias previas -la fuga de su casa, el intento de suicidio de su mujer tras descubrir su marcha y el goteo de familiares y amigos que llegaron para asistirlo-, fueron divulgadas por una multitud de periodistas acampados en tiendas y otros alojamientos improvisados. Nunca la muerte de un escritor ha despertado tanta atención mediática, y, sin riesgo de errar en la predicción -mera consecuencia de la devaluación social de la profesión literaria-, muy probablemente ninguna otra la despertará en el futuro. Su impacto debió de ser similar al que en tiempos más recientes causaron las muertes de John Lennon y Diana Spencer. Salvando la distinta proporción debida a los medios técnicos de una y otra época, la analogía no resulta exagerada.


ANA KARENINA


La vida a ratos, JJ Millás, p. 400
LUNES. Trato de imaginar a Tolstoi después de escribir el que quizá sea el más citado de los comienzos de novela: “Todas las familias felices se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su manera”. Hablamos de Ana Karenina. Un arranque espectacular. No tenemos ni idea de si lo que afirma es verdadero o falso. De hecho, se podría aseverar lo contrario sin que nadie nos pudiera contradecir: “Todas las familias desdichadas se parecen, las felices lo son cada una a su manera».
Esto significa que el éxito de la frase no reside en su contenido, sino en su forma, como si contuviera un juego de oposiciones con propiedades hipnóticas. Algo misterioso se remueve en el sótano de esa oración. Pero imaginemos a Tolstoi sentado a la mesa, con las cuartillas delante y la pluma en la mano. Acaba de escribir las primeras líneas. Quizá él mismo permanezca asombrado ante un comienzo tan espectacular. Es posible que se haya dicho: “Por hoy basta, seguiremos mañana”. A mí me ocurrió como lector cuando cayó en mis manos por primera vez ese libro asombroso. Leí la primera frase y tuve que cerrarlo para tumiarla. Hasta el día siguiente. ¿Sabía Tolstoi que le quedaban por escribir cientos de páginas? ¿Temía que no todas estuvieran a la altura de ese arranque? ¿Imaginaba las habitaciones que tendría que recorrer hasta alcanzar el final de ese edificio narrativo? Todas las familias felices se parecen, las desdichadas lo son cada una a su manera.

ANA KARENIN

Ana Karenina, Tolstoi, p. 741
“Y criticar a Ana ... “, pensó después. «¿Y por qué? ¿Soy yo mejor? Por lo menos, tengo un marido al cual amo ... No como quisiera Y?· pero le amo ... Mientras que Ana no amaba al suyo. ¿Qué culpa llene ella? Ella quiere vivir. Dios nos ha impreso este deseo en el alma. Es muy posible que yo hubiese hecho lo mismo. Hasta ahora no sé si hice bien o mal escuchándola en aquel trance terrible en que vino a mi casa, en Moscú. Entonces debí dejar a mi marido y empezar de nuevo mi vida. Podía amar y ser amada verdaderamente. ¿Es por ventura más honrado lo que hago ahora? No me inspira ningún respeto. Lo necesito», pensó, refiriéndose a su marido, «y lo soporto. ¿Es esto mejor? En aquel tiempo podía yo agradar aún; me quedaba belleza”. Daría Alejandrovna sintió ahora deseos de mirarse en el espejito que llevaba en su saco de viaje y fue a sacarlo. Pero viendo al cochero y al encargado en el pescante, pensó que alguno de ellos podía volver la cabeza y verla en aquella actitud y se sintió avergonzada de su propósito.
Daria Alejandrovna desistió de aquella idea, pero, aun sin mirarse en el espejo, pensaba que todavía no era tarde para un nuevo amor; y recordó a Sergio Ivanovich, que estaba particularmente amable con ella; y al amigo de Stiva, el bueno de Turovsin, que cuidó a su lado a los niños cuando éstos tuvieron la escarlatina y que estaba enamorado de ella; y también a un hombre, muy joven aún, el cual decía, como le contó su propio marido, que «ella era la guapa de todas las hermanas”. Y las aventuras más pasionales se presentaron a su imaginación.

«Ana obró bien y no seré yo quien la censure. Es feliz, hace fea otro hombre y no estará abatida como yo. Seguramente que, s1empre, estará fresca, espiritual y llena de interés por todo”, Darla Alejandrovna. Y una sonrisa de picardía fruncía sus sobre todo porque, al pensar en el idilio de Ana, imaginaba sí misma un idilio semejante con el hombre que forjaba su locamente enamorado de ella. También ella como lo revelaría a su marido. Y las imaginarias sorpresas y consiguiente turbación de Esteban Arkadievich le hicieron sonreír.

MUJERES RUSAS

Ana Kerenina, Tolstoi, p. 738-739
Cuando estaba en casa, ocupada constantemente en los quehaceres que le daban los niños, Daría Alejandrovna no tenía tiempo para pensar en ninguna otra cosa; pero ahora, durante las cuatro horas que duró esta parte del viaje, acudieron a su mente todos los recuerdos de su vida y los fue repasando en sus aspectos más diversos. Sus pensamientos -que a ella misma le parecían extraños- volaron también hacia los niños. La Princesa y Kitty (más confiaba en la última) le habían prometido cuidarles. Sin embargo, estaba preocupada por ellos. «Quizá”, temía, “Macha empezaría con sus travesuras. Acaso un caballo pisara a Gricha, o Lilly padeciese otra indigestión”. Luego pensó en el futuro. Primero, en el inmediato. «En Moscú, para este invierno, habría que mudarse de piso. Habremos de cambiar los muebles del salón, y hacer un abrigo a la hija mayor”. Después, el porvenir de sus hijos: «Las niñas, menos mal, no ofrecen tantas complicaciones; pero ¡los niños!”. Y se dijo: «Está bien que me ocupe de Gricha ahora porque estoy más libre y no he de tener ningún hijo. Con Stiva, naturalmente, no hay que contar. Siguiendo así y con ayuda de la buena gente, sacaré adelante a mis hijos. Pero si vuelvo a estar embarazada ...”. Y Dolly reflexionó que era muy injusto considerar los dolores del parto como señal de la maldición que pesa sobre la mujer. «¡Es tan poca cosa en comparación con lo que cuesta el criarlos!”, se dijo, recordando la última prueba por la que había pasado en este aspecto y la muerte de su último niño. Y le vino a la memoria la conversación que, a propósito de esto, había tenido con la nuera de la casa donde habían cambiado los caballos. Aquélla, a la pregunta de Dolly de si tenía niños, contestó alegremente:
-Tuve una niña, pero Dios se me la llevó. Esta cuaresma la enterré.
-¿Y lo sientes mucho? -preguntó, también, Daria Alejandrovna.
-¿Por qué lo he de sentir? -contestó la joven-. El viejo tiene muchos nietos aun sin ella. Y me daba mucho trabajo. No podía atender a otros quehaceres más importantes ... No podía trabajar ni hacer nada más que ocuparme de ella ... Era un fastidio.

A Daría Alejandrovna esta contestación le había parecido repugnante en labios de aquella simpática muchacha, cuyo rostro expresaba bondad; pero ahora, al recordar involuntariamente aquellas palabras, se dijo que, a pesar del cinismo que había en ellas, no dejaban de tener un fondo de verdad. Pensaba entonces Daría Alejandrovna en sus embarazos: en el mareo, la pesadez de cabeza, la indiferencia hacia todo y, principalmente, en la deformación, en su fealdad. 

UN HOMBRE RUSO

Ana Karenina, Tolstoi, p. 406-407 
Sviajsky era uno de esos hombres, incomprensibles para Levin, cuyos pensamientos, eslabonados y nunca independientes siguen un camino fijo y cuya vida, definida y firme en su dirección, sigue un camino completamente distinto y hasta opuesto al de sus ideas.
Sviajsky era muy liberal. Despreciaba a la nobleza y consideraba que la mayoría de los nobles eran, in petto, partidarios de la servidumbre y que sólo por cobardía no lo declaraban. Creía a Rusi un país perdido, una segunda Turquía, y al Gobierno lo tenía tan malo que ni siquiera llegaba a criticar sus actos en serio le impedía, por otra parte, ser un modelo de representante nobleza ni cubrirse, siempre en sus viajes, con la gorra de viescarapela y el galón rojo distintivos de la institución.
Creía que sólo era posible vivir bien en el extranjero, adonde se iba siempre que tenía ocasión y, a la vez, dirigía en Rusia una propiedad por procedimientos muy complejos y  perfeccionados, siguiendo con extraordinario interés todo lo que se hacía en su país.
Opinaba que el aldeano ruso, por su desarrollo mental, pertenecía a un estadio intermedio entre el mono y el hombre y, sin embargo, en las elecciones para el zemstvo estrechaba con gusto la mano de los aldeanos y escuchaba sus opiniones. No creía en Dios ni en el diablo, pero le preocupaba mucho la cuestión de mejorar la suerte del clero. Y era partidario de la reducción de las parroquias sin dejar de procurar que su pueblo conservase su iglesia.

En el aspecto feminista, estaba aliado de los más avanzados defensores de la completa libertad de la mujer, y sobre todo de su derecho al trabajo; pero vivía con su esposa de tal modo que todos admiraban la vida familiar de aquella pareja sin hijos en la que él se había arreglado para que su mujer no hiciera ni pudiese hacer nada, fuera de la ocupación, común a ella y a su marido, de pasar el tiempo lo mejor posible. 

TOLSTOI

4 3 2 1, de Paul Auster, p. 39
Entre ellos Suave es la noche, La casa de la alegría, Moll Flanders, La feria de las vanidades, Cumbres borrascosas, Madame Bovary, La cartuja de Parma, Primer amor, Dublineses, Luz de agosto, David Copperfield, Middlemarch, Washington Square, La letra escarlata, Calle Mayor, Jane Eyre y muchos más, pero de todos los autores que descubrió durante su confinamiento fue Tolstói el que más le dijo, el colosal Tolstói, que entendía la vida toda, pensaba Rose, todo lo que había que saber sobre el corazón humano y la mente humana, con independencia de a quién perteneciera el corazón o la mente, a un hombre o a una mujer, y cómo era posible, se preguntaba, que un hombre supiera lo que Tolstói sabía de las mujeres, no tenía sentido que  un hombre pudiera ser todos los hombres y todas las mujeres, y por tanto caminó con paso firme a lo largo de casi todo lo que Tolstói había escrito, no sólo las grandes novelas como Guerra y paz, Ana Karénina y Resurrección, sino también las obras breves, las novelas cortas y los relatos, ninguno de ellos más impactante para ella que Felicidad conyugal, la historia en cien páginas de una joven recién casada y su gradual desilusión, una obra que le llegó a lo más hondo y la hizo llorar al final, y cuando Stanley volvió a casa por la noche se alarmó al verla en tal estado, porque a pesar de que había terminado de leerla a las tres de la tarde seguía teniendo los ojos húmedos de lágrimas.

ANA KARENINA

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera, p. 59-60
Nuestra vida cotidiana es bombardeada por casualidades, más exactamente por encuentros casuales de personas y acontecimientos a los que se llama coincidencias. Co-incidencia significa que dos acontecimientos inesperados ocurren al mismo tiempo, que se encuentran: Tomás aparece en el restaurante y al mismo tiempo suena la música de Beethoven. La gente no se percata de la Inmensa mayoría de estas coincidencias. Si en el restaurante estuviera el carnicero local en lugar de Tomás, Teresa no se hubiera dado cuenta de que en la radio sonaba Beethoven (aunque el encuentro entre Beethoven y el carnicero es también una interesante coincidencia). Sin embargo, el amor, que se estaba aproximando, había exacerbado su sentido de la belleza y ella ya nunca olvidará aquella música. Cada vez que la oiga se conmoverá. Todo lo que ocurra en ese momento a su alrededor estará iluminado por aquella música y se hará hermoso.
Al comienzo de la novela que llevaba bajo el brazo cuando llegó a casa de Tomás, Ana se encuentra con Vronsky en circunstancias extrañas. Están en un andén en el cual alguien ha caído bajo las ruedas del tren. Al final de la novela, la que se lanza bajo las ruedas del tren es. Ana. Esta composición simétrica, en la que aparece el mismo motivo al comienzo y al final, puede parecer muy “novelada”. De acuerdo, pero con la condición de que la palabra «novelado» no se entienda en el sentido de “inventado”, «artificial», «que no se parece a la vida». Porque es precisamente así como se componen las vidas humanas .
Se componen como una pieza de música. El hombre, llevado por su sentido de la belleza, convierte un acontecimiento casual (la música de Beethoven, una muerte en la estación en un motivo que pasa ya a formar parte de la composición de su vida. Regresa a él, lo repite, lo varía, lo desarrolla como el compositor el tema de su sonata. Ana se hubiera podido quitar la vida de otro modo. Pero el motivo de la estación y la muerte, ese motivo inolvidable unido al nacimiento del amor, la atraía con su oscura belleza en el momento de la desesperación. Sin saberlo, el hombre compone su vida de acuerdo con las leyes de la belleza aun en los momentos de más profunda desesperación.

Por eso no es posible echarle en cara a la novela que esté fascinada por los secretos encuentros de las casualidades (como el encuentro de Vronsky, Ana, el andén y  la muerte o el encuentro de Beethoven, Tomás, Teresa y el coñac), pero es posible echarle en cara al hombre el estar ciego en su vida cotidiana con respecto a tales casualidades y dejar así que su vida pierda la dimensión de la belleza.

LA PROPIEDAD ES UN ROBO

Mientras exista el género humano, la idea de que la propiedad es el robo seguirá siendo una verdad más válida que la Constitución para los ingleses. Es una verdad absoluta, pero existen otras verdades relativas que constituyen sus corolarios. La primera de estas verdades relativas se encuentra en la misma idea que el pueblo ruso se hace de la propiedad. El pueblo ruso niega la propiedad más tangible, la más separada del trabajo, la que reprime, más que ninguna otra, el derecho de los individuos a adquirir propiedades; a saber, la propiedad de bienes raíces. Esta verdad no es un sueño, sino un hecho que encuentra su expresión en las comunidades campesinas o cosacas. La encontramos tan netamente en el mujik como en el ruso instruido.

MATRIMONIOS

De La Sonata a Kreutzer de Lev Tolstoi, p. 91-92
-Y así vivíamos. Nuestras relaciones eran cada vez más hostiles. Y finalmente llegaron a tal extremo que no eran las diferencias las que provocaban la hostilidad, sino que era ésta la que daba lugar a las desavenencias; dijera lo que dijera mi mujer, de antemano yo estaba en contra, y lo mismo le ocurría a ella.
»Al cuarto año, decidimos, cada uno por su lado y en cierto modo sin proponérnoslo, que no éramos capaces de comprendernos ni de alcanzar un acuerdo. Y abandonamos todo intento de llegar a un acuerdo definitivo. En las cosas más sencillas, sobre todo si se referían a los niños, invariablemente nos quedábamos cada cual con su criterio.
»Tal como hoy lo recuerdo, las opiniones que yo defendía tampoco me eran tan caras como para no renunciar a ellas; pero ella tenía una opinión contraria, de manera que transigir significaba darle la razón. Cosa que yo no podía hacer. Y ella tampoco. Ella seguramente pensaba que siempre tenía toda la razón, y yo me consideraba un santo comparado con ella.
»Cuando nos encontrábamos los dos solos, casi siempre estábamos condenados al silencio o a mantener conversaciones que, estoy convencido, hasta los animales podrían mantener entre sí: "¿Qué hora es? Ya es hora de acostarse. ¿Qué hay para comer? ¿Adónde vamos? ¿Qué pone el periódico? Hay que llamar al doctor. A Masha le duele la garganta."
Bastaba con apartarse un ápice de este círculo de temas, estrechísimo a más no poder, para que brotara la irritación. Se producían choques y expresiones de odio por el café, el mantel, el carruaje, una jugada en una partida de cartas, asuntos todos que no tenían absolutamente ninguna importancia para ninguno de los dos.

»¡Al menos en lo que a mí se refiere, el odio que hervía en mí hacia ella era abrasador! Miraba a veces cómo llenaba la taza de té, balanceaba una pierna o se acercaba la cuchara a la boca y sorbía ruidosa el contenido en la boca, y la odiaba justamente por eso, como si se tratara de un crimen. Entonces no me daba cuenta de que los ataques de ira surgían en mí de modo regular y ordenado, en función de los períodos que llamábamos de amor. Un período de amor, otro de odio; un período enérgico de amor y un largo período de odio; una muestra más débil de amor y un breve período de enfado. Entonces no entendíamos que el amor y el odio eran el mismo sentimiento animal aunque tomado desde el otro extremo. Habría sido horroroso vivir de este modo si hubiésemos comprendido nuestra situación, pero ni la comprendíamos ni nos dábamos cuenta de ella.

DE LAS MUJERES

De La sonata a Kreuzer de Lev Tolstoi, p. 50-51
 -Como usted sabe-empezó mientras guardaba en el saco el azúcar y el té-, el dominio de las mujeres que el mundo padece viene de todo esto.
-¿Cómo que el dominio de las mujeres?-dije-.  Si los derechos, si las ventajas de los derechos corresponden a los hombres.
-Eso es, sí, sí, eso mismo-me interrumpió Pózdnyshev-. Eso mismo le quiero decir. Lo que yo le  digo es que justamente esto explica este extraordinario fenómeno. Pues, por un lado, como es  bien sabido, la mujer ha sido relegada al grado más bajo de humillación y, por otro lado, ella nos domina. Ocurre lo mismo que con los judíos; del mismo modo que ellos con su poder sobre el dinero se resarcen de su opresión, pues igual hacen las mujeres. "¿De manera que ustedes quieren que seamos únicamente comerciantes? Muy bien, seremos comerciantes y os dominaremos"-, dicen los judíos. "¿De manera que quieren ustedes que sólo seamos un objeto de los sentidos? Muy bien, pues como tal objeto de los sentidos os esclavizaremos", dicen las mujeres. La carencia de derechos en la mujer no estriba en el hecho de que ella no pueda votar o ser un juez (dedicarse a estos menesteres no constituye ningún derecho), sino en ser igual que el hombre en el trato sexual, en tener derecho a disfrutar de los hombres o a abstenerse de su trato según deseen, a escoger a su antojo al hombre que quiera y no ser únicamente ella la elegida. Usted dirá que esto es indecente. De acuerdo. Entonces que el hombre tampoco goce de este derecho. Porque ahora es la mujer la que está privada del derecho que tiene el hombre. Y la cosa es que justamente para resarcirse de este derecho ella actúa sobre los sentidos del hombre y mediante los sentidos lo subyuga, de manera que parece que sea él quien elija, cuando en realidad quien elige es ella. Y, una vez ha dominado este sistema, luego ya abusa de él y así adquiere un poder terrible sobre los hombres.
-¿Y dónde ve usted este gran poder?-pregunté.

-¿El poder, dónde? En todas partes, en todo. Paséese usted por las tiendas de cualquier gran ciudad. Y verá millones; la verdad es que es incalculable el trabajo que los hombres han invertido allí. Pero, fíjese usted, ¿en el noventa por ciento de estas tiendas hay al menos algo de uso masculino? Todo el lujo de la vida es demandado y mantenido por las mujeres. Cuente usted todas las fábricas. Una enorme parte de ellas elabora adornos inútiles, carruajes, muebles, juguetes para las mujeres. 

INCIPIT 458. LA SONATA A KREUZER / LEV TOLSTOI

Eso era a principios de primavera. Llevábamos el segundo día de viaje. Los pasajeros que realizaban trayectos cortos entraban y salían del vagón, pero tres venían, como yo, desde el mismo punto de partida del tren: una dama fea y mayor, fumadora, de rostro atormentado, con un abrigo algo masculino y un sombrerito; un conocido de la dama, parlanchín, de unos cuarenta años, con un equipaje cuidado y nuevo; y otro señor, que se mantenía al margen, de estatura baja y movimientos bruscos; no era aún viejo, pero su pelo rizado dejaba ver unas canas evidentemente prematuras, y sus ojos inusitadamente brillantes saltaban veloces de un objeto a otro. Llevaba un abrigo viejo, de sastre caro, con un cuello y un gorro de astracán. Bajo el abrigo, cuando se lo desabrochaba, se veían un chaleco plisado y una camisa rusa con bordados. El señor tenía además otro rasgo peculiar: de vez en cuando emitía unos sonidos extraños, algo parecidos a una tos o a una risa que, tras explotar, de pronto se apagaban. Durante todo el viaje este señor había evitado a toda costa cualquier contacto y trato con el resto. 

GUSANO ENTRE GUSANOS

Un hombre enamorado de Karl Ove Knausgard, p. 108-109
Desde ahí podemos seguir y estudiar, por ejemplo, el concepto nihilista que hay en Dostoievski, que jamás parece real, que siempre da la impresión de ser una idea obsesiva, una parte del cielo de la historia de las ideas de la época, precisamente porque lo humano irrumpe en todo, en todas sus formas, desde lo más grotesco y animal, hasta lo aristocráticamente refinado y el ideal de Cristo ensuciado, pobre y alejado del resplandor mundial, llenándolo todo, también una discusión sobre el nihilismo, rebosante de sentido. En un escritor como Tolstói, que también escribió y actuó en esa época de grandes cambios que fue la segunda mitad del siglo pasado, y que también fue regado por toda clase de inquietudes religiosas y morales, todo es muy distinto. En su obra hay largas descripciones de paisajes y espacios, costumbres y trajes, en su obra sale humo del cañón del rifle, el estallido suena con un débil eco, el animal herido da un brinco antes de caer muerto, y la sangre humea al penetrar el suelo. En su obra se discute la caza en largas explicaciones que no pretenden ser más de lo que son, una documentación pericial de un fenómeno objetivo dentro de una narración por lo demás repleta de sucesos. Ese peso propio de los actos y de las cosas no existe en Dostoievski, siempre hay algo más oculto detrás, un drama del alma, lo que significa que siempre hay un aspecto de lo humano que él no logra captar: lo que nos relaciona con lo que está fuera de nosotros. Hay muchas clases de vientos que soplan en el ser humano, y en él hay más   formaciones que la profundidad del alma. Los que escribieron los libros del Antiguo Testamento lo sabían mejor que nadie. En ellos se encuentran, sin comparación, las más ricas descripciones de las posibles manifestaciones de los humanos, en las que están representadas todas las formas de vida pensables, excepto una cosa, para nosotros lo único válido, es decir, lo interior. La división de lo humano entre lo subconsciente y lo consciente, irracionalidad y racionalidad, lo que lo uno siempre explica o profundiza. lo otro, y el concepto de Dios como algo en lo que uno puede sumergir su propia alma, de tal modo que cese la lucha y llegue la paz, son ideas nuevas, indisolublemente vinculadas a nosotros y a nuestra época, la que, no sin razón, también ha permitido que se nos escaparan las cosas, fundiéndolas con nuestro conocimiento o nuestra imagen de ellas, a la vez que hemos dado la vuelta a la relación entre el ser humano y el mundo: donde antes era el ser humano el que caminaba por el mundo, ahora es el mundo el que camina por el ser humano. Y cuando se muda el sentido, la falta del mismo va detrás. Ya no es la exclusión de Dios lo que nos abre hacia la noche, como ocurrió en el siglo XIX, cuando quedaba lo humano, apoderándose de todo, tal y como se puede ver en Dostoievski, Munch y Freud, en esa época en la que el ser humano, tal vez por necesidad, tal vez por ganas, se convirtió en su propio cielo. Sin embargo, desde allí no pudo darse más que un paso hacia atrás, hasta que todo sentido desapareciera. Entonces se descubrió que había un cielo por encima del humano, y que no sólo estaba ;acío, negro y frío, sino que también era infinito. ¿Qué valor tema lo humano en el universo? ¿Qué era el ser humano en la tierra sino un gusano entre otros gusanos…

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