Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 81
Así llegué a Santiago, a la
universidad que no pisaría más que para matricularme. Santiago, sinónimo de
libertad para mí.
Santiago era un hervidero de
actividad. Era el año 1978. Franco había muerto tres años antes. Coincidió mi
adolescencia con el fin de la dictadura y, de alguna manera, me sentía como los
tiempos: optimista, llena de expectativas. Me sentía como se siente uno en la
juventud, más capaz que sus mayores, indestructible. Así me sentía yo. Una vez
fuera de la jaula nadie me marcaba límites, no había límites. Así pues me
dispuse a explorar ávidamente y todo lo que vi me pareció fascinante.
Santiago era el escenario
perfecto, una ciudad de otro tiempo, un lugar donde era fácil despegarse de la
realidad, una ciudad llena de universitarios, gente joven con el estómago
lleno, rebosantes de energía, y, sobre todo, rebosantes de tiempo. Una ciudad
donde, como en tantas otras, junto a la ilusión que el momento político
favorecía, se instaló el negocio floreciente de las sociedades modernas: las drogas.
Santiago me fascinó. En Santiago
de mostraban mil de las millones de maneras posibles de vivir; la gente me
parecía tan libre… Cada uno vestía como quería, hacía el horario que le daba la
gana, se comía a cualquier hora, se dormía despreocupadamente. Ausencia de
disciplina, de imposiciones… ¡qué maravilla¡

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