NADA QUE DECLARAR
Todos los socios se reían de una
película que habían visto. Cuarenta y cinco años. Comentaban que era tan larga como
si durara cuarenta y cinco años. La mujer a la que McGuinness creyó reconocer
compartía el chiste con ellos en la otra
punta de la larga mesa. Estaba inclinada hacia delante, como si lo oyera todo
por segunda vez.
–¡Señorita Nail! – la llamaban–.
¿Qué le parece, señorita Nail? Díganoslo. – Reían. No entendía por qué.
No era una mujer alta, pero sí
delgada, y llevaba un vestido de lino marrón entallado que resaltaba su
bronceado y su cuerpo esbelto. La mujer lo había mirado dos veces de pasada...,
posiblemente alguna más. Una mirada fugaz que al principio pretendía ser
fortuita, pero que podía leerse como de reconocimiento. La mujer había sonreído
y apartado la mirada, una sonrisa que posiblemente daba a entender que lo
conocía, o lo había conocido. McGuinness se dijo que le extrañaba no
recordarla.
Se encontraban en el Monteleone.
El local que les servía de reducto en el penumbroso caer de la tarde, con su barra
tiovivo. Todavía no se había llenado.
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