Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.403. LA MALA COSTUMBRE / ALAN S. PORTERO


EL ÁNGEL CAÍDO

Vi caer como ángeles terminales a una generación entera de muchachos. Adolescentes con la piel gris a los que les faltaban dientes, que olían a amoniaco y a orina. Flanqueaban con sus escorzos la salida del metro de San Bias en la calle Amposta y las praderitas del parque El Paraíso como cristos de Mantegna. Cubiertos de agujas como san Sebastián. Sentados o tendidos de cualquier manera. Moviéndose apenas, lentos y sincopados como muñecos rotos. Con la sonrisa elevada de los crucificados. Indefensos pero ya flotando en lugares donde nada podía tocarlos. Los vi brotar y hacerse cada vez más lentos hasta alcanzar la quietud final y descomponerse en el fango que se acumulaba en nuestro barrio con nombre de santo pero dejado de la mano de Dios.

La primera vez que me enamoré fue de uno de aquellos ángeles. Se precipitó desde la ventana de casa de sus padres.


FRAGA IRIBARNE


La mala costumbre, Alana S. Portero, p. 240

- Esta me la hizo un cliente mío que se llamaba Agustín, me lo pasaba muy bien con él, estábamos en un café cantante que se llamaba Lady Pepa, un sitio muy divertido en el que se hacía teatro cortito y cachondo. La mitad de los maricones con dinero de Madrid iban allí a tomarse una copa. Lo llevaba Mendizábal, el escritor de obras de teatro, que era un mariquita graciosísimo y muy listo. Eso sí, más de derechas que el grifo del agua fría. Si yo te contase la gente que he visto allí..., lo que pasa es que a mí no me gusta hablar, pero, vamos, que si lo cuento me matan como a la Marilín.

Hizo un gesto con la mano para que me acercase y cuando consideró que estábamos a una distancia prudencial para esquivar las escuchas del CNI, susurró: «Allí conocí yo a Fraga y ya te digo que a su salud me compré dos o tres pares de zapatos buenos».

-¡¿Cómo que Fraga, Margarita?!, no me tomes el pelo, que te piso el cable del oxígeno y te dejo tiesa.

-Sí, señora. Fraga, Manuel Fraga, el ministro, más malo que una diarrea con tos y guarrísimo.

Imaginarme a Fraga con la pestaña puesta y lamiendo tacones travestís me lo humanizaba un poco, tuve que recordarme que era un cabrón sanguinario para no dejarle entrar al salón de la dignidad.


SHOPPING


La mala costumbre, Alana S. Portero, p. 57

¡Por supuesto que quería ir a la tienda de las chicas! Era hipnótico asomarse a ese mundo de colores, espejos y labios pintadísimos. En ese espacio, mi madre, mis tías, las mujeres del barrio, dejaban de cargar por un momento con sus casas, sus familias y sus trabajos, dejaban de estar extenuadas y se relajaban por completo. Se probaban blusas, faldas, chaquetones, se dejaban aconsejar por las dependientas, que eran listísimas, cariñosas y sabían mucho de moda.

Las mujeres se miraban al espejo con cuidado, posando, quejándose de sus cuerpos y recibiendo una dosis perfecta de validación por parte de las profesionales. Siempre el mismo juego que acababa con una falda rebajada en la bolsa o una camiseta con su poquito de encaje que no tendrían muchas oportunidades para usar pero que animaba tener en el cajón, por si acaso. Cómo no querer formar parte de aquel mundo alegre y maravilloso. Cómo no querer fundirse con ese paisaje. Era como llenar los pulmones de aire limpio. Olvidaba toda la oscuridad que me iba creciendo dentro. Al entrar allí las mujeres revelaban una naturaleza conmovedora y, al probarse ropa con estampados explosivos, caídas ligeras y vuelos de fantasía, se transformaban en preciosos y enormes animales extraños, de pelajes iridiscentes, que levantaban brisas de perfume y olor a maquillaje con sus movimientos y lo impregnaban todo de una sororidad salada que rompía mi pequeño y travestí corazón.


SAN BLAS


La mala costumbre, Alana S. Portero, p. 16

Nuestros edificios eran parte de un gran proyecto franquista de construcción de viviendas de los años cincuenta bautizado como «El Gran San Blas», que antes se llamaba el Cerro de la Vaca, nombre que debía de olerles a sudor y mierda a las autoridades fascistas. Los cobradores a domicilio lo llamaban «el barrio sin madres» porque solían abrirles las puertas de las casas niños sin escolarizar; a las luminarias del régimen no se les ocurrió que las más de treinta mil familias que fueran a parar allí necesitarían colegios cerca para sus hijos y tardaron años en cubrir esa necesidad, también la del agua corriente o la de los mercados en los que abastecerse, que fueron llegando con la lentitud y la dejadez de las cosas que no le importan a quien es responsable de ellas. Los obreros nunca fueron vistos por el franquismo de otra forma que como bestias de carga que estabular en la periferia. Ese abandono generó una conciencia de clase en el barrio que las autoridades de la Transición democrática decidieron atajar a finales de los setenta y durante toda la década de los ochenta con jeringazos de heroína casi regalados. La droga fue la última forma de ejecución sumarísima de disidentes de un régimen que había encontrado la forma de perpetuarse.


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