Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.665. LA COLUMNA / ADRIEN BOSC


Amanece y el río despierta.

Simone pasa entre tupidas ramas de altas retamas y sobre una alfombra de helechos, y echa a caminar a campo traviesa. Llega al talud y, a gatas, trepa hasta la trinchera; es un agujero hecho en el suelo en el que cabe justo una persona. Levanta la cabeza y se ve cubierta por numerosos álamos de fino tronco.

El aire es templado. La luz, aunque tenue, es hermosa, dorada, delicada. Una ráfaga de viento mece las copas de los árboles; una garza que anida en lo alto echa a volar y empieza a dar vueltas por encima del agua. Se oye un ruido, como el de una sombra que surgiera de la noche. El tiempo se detiene. El bosque entero resuena. La niebla, que va adensándose a medida que el sol penetra en la alameda, lo envuelve todo: la llanura ya no es sino una gran nube que cubre la tierra y la engulle. Simone no tiembla, sujeta firmemente su fusil.


ROBERT PREVOST


El pastor y los lobos, Santiago Roncagliolo, p. 107

En principio, a Robert Prevost no debía darle mucho miedo una comunidad de vida cristiana, por poderosa que fuera. Se había enfrentado a organizaciones bastante más oscuras.

Todavía hoy, el Perú es un lugar peligroso. Varias regiones han declarado el estado de emergencia ante el aumento de la delincuencia y, aun así, se registra una denuncia por extorsión cada diecinueve minutos. Bandas de crimen organizado exigen dinero a los comerciantes a cambio de no matarlos. Suelen amenazar por WhatsApp de manera genérica, pero todo el mundo sabe que debe comenzar a preocuparse cuando recibe llamadas y fotos específicas de su familia o de su negocio. Hay primeras cuotas y mensualidades de miles de dólares que los peruanos llaman «cupo». Negarse a pagar el cupo solo sirve para aumentar la cuota, a veces hasta un millón. En agosto de 2025, una bomba dejó cinco heridos y daños varias viviendas en Trujillo.

Aunque parezca increíble, en los años ochenta era peor. Desde que llegó al Perú por primera vez, a Chulucanas,  Robert Prevost se topó de cerca con la violencia. Primero la de Sendero Luminoso, el grupo armado más letal de la historia americana. Sendero operaba sobre todo en el sur de Perú, pero había abierto un frente de combate en la zona de montañas cerca de Chulucanas, justo mientras Prevost se hallaba ahí. Aspiraba a replicar la Revolución china; o acaso su versión más cruel, la camboyana. No tenían piedad. Buscaban el máximo daño al menor precio. Sus militantes no necesariamente llevaban armas ni uniforme. Perpetraban masacres con machetes y piedras. Volaban bancos y comisarías con cargas explosivas robadas de las minas, a las que consideraban un arma popular; «La humilde dinamita». Según los datos oficiales, la violencia de esos años produjo casi setenta mil muertos y desaparecidos, más de la mitad de ellos, en acciones senderistas.

Como marxistas y antiimperialistas, los senderistas tenían especial apetito por dos tipos de víctimas: los sacerdotes católicos y los norteamericanos. El padre Robert Prevost pertenecía a los dos grupos.

 


BENETIANA


Aquí me paro, Javier Marías, p. 269

La capacidad fantasmagórica

Al hablar de ensayos de Benet,  sería tan injusto como ridículo no mencionar uno de sus primeros textos, La inspiración y el estilo. aunque sólo fuera por el deslumbramiento que para muchos autores de mi generación supuso en su ya lejano día. Independientemente de eso, creo que se mantiene como uno de los ensayos literarios más originales y más importantes de las letras españolas, desde sus inicios hasta hoy. Aunque la comparación sea obligadamente inexacta, representa lo mismo que en su momento representó para los europeos Mimesis, de Erich Auerbach. Es decir, una revelación.

Pero hay un ensayo más breve, y muy posterior, que también me gustaría destacar: «¿Se sentó la Duquesa a la derecha de don Quijote? En esa pieza Benet muestra la ambigüedad, por fuerza, de toda literatura. En lo espacial, sin duda, pero también en lo temporal, en lo narrativo y en lo reflexivo. La literatura –por  supuesto, la poesía, pero en no menor grado la novela- es per se algo incompleto, impreciso y ambivalente, que requiere siempre de la imaginación del lector. Lo no dicho o no contado —lo que el autor decide no decir o no contar. O lo que no sabe decir ni contar está, sin embargo, en el texto, como si éste tuviera la capacidad fantasmagórica para mostrar también lo que no existe ni existirá nunca. Como si contuviera su espacio y su tiempo, y a la vez el revés de tiempo y espacio.

 


DE MENDOZA

Entrará en los anales


Aquí me paro, Javier Marías, p. 297

La figura de Eduardo Mendoza pasará a los anales de la literatura española, sino de la entera sociedad. Nunca se ha visto nada igual en ella a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva treinta y ocho como autor publicado y querido; haber debutado con una novela de enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco; tras haber visto su larga trayectoria acompañada de ventas masivas que se han mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser elogiado de manera constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y también por los estudios universitarios de varios países, y contar sus novelas con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio), resulta ser un escritor al que sus colegas, lejos de tenerle la tirria que en nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y ensombrece a los demás. lo admirarnos profunda y confesamente. Y no sólo eso: también los periodistas, columnistas y tertulianos -gente proclive a encontrar defectos y a poner a caldo al transeúnte- hablan bien de él y de su obra con la mayor simpatía.  Y no sólo eso: en un país en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique a algo que ellos nunca han tenido intención dc probar -recuerdo que mi padre decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible,  sino la del ama de casa a la que pone negra que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de saltar a una ruedo-, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y celebran sus hazañas.


BENETIANA

 


Aquí me paro, Javier Marías, p. 104

En el volumen conmemorativo que acompaña a esta edicíón se incluye la carta que me escribió Juan Benet desde Australia, nada más terminar su lectura de Corazón tan lanco. (Alcancé a entregarle su ejemplar poco antes de que emprendiera viaje, y se lo llevó consigo.) La doy a conocer sin muchas vacilaciones, no sin mala conciencia. Hay elogio en sus letras, y eso es lo que más me ha hecho dudar. Pero también le pone pegas a la novela (muy propias de él, por cierto), así que éstas, tal vez, compensen la parte de elogio. Benet era en todo caso un lector perspicacísimo. extraordinario. Han pasado veinticuatro años   desde su muerte en enero de 1993, y yo ya no soy el que recibió con inquietud y emoción aquella carta de las antípodas. Si no me confundo, fue la última que me escribió. Yo le contesté, seguro, pero si conservo copia de mi respuesta no estoy dispuesto a buscarla. Corazón tan blanco fue la última de mis novelas que él leyó, que él conoció.   Había sido el primer o segundo lector de todas las anteriores, v con toda probabilidad su juicio era el que más me importaba. Al publicar Mañana en la batalla piensa en mí, en 1994 (y en ella hay unas cuantas páginas inspiradas por su muerte), eché indeciblemente de menos su opinión, su visto bueno, que me han seguido faltando respecto a cuanto he escrito después, Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana y las que han venido en tiempos recientes. Y, como él no me ha dado el «aprobado» o el nihil obstat desde entonces,  nadie me convencerá plenamente de que mis novelas posteriores a Corazón tan blanco valgan algo. Siempre tendré la duda. Aunque, ahora que lo pienso, también tengo mis dudas sobre esa y las anteriores. Nunca saldré de ellas, menos aún si no me releo. A fin de cuentas, ¿quién me daría seguridad sobre mi opinión retrospectiva? Así que seguiré como hasta hoy, y que sean otros quienes relean o lean esta novela tan antigua.  Si les place.


I NCIPIT 1.664. LO QUE PODEMOS SABER / IAN McEWAN


El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.


INCIPIT 1.663. AQUI ME PARO / JAVIER MARIAS


Aviones marineros

Hace algunos años escribí un artículo titulado «Madera de avión» en el que confesaba con guasa mis miedos a viajar por el aire, cosa que, por lo demás, y con no escasa valentía, acabo por hacer unas veinte veces al año. Me alegra decir que mi pulso ha mejorado mucho durante los vuelos, no sé si por acostumbramiento o porque ir dejando atrás edades nos hace más desdeñosos de la posible vida futura y más conformes con la ya acumulada. Pero mis traslados en avión de al menos un par de decenios me convirtieron sin falta —durante cincuenta minutos, dos horas, siete o incluso doce— en un niño de pocos años y lleno de supersticiones, que llegaba a sus diversos destinos completamente agotado tras la enorme tensión y el indecible esfuerzo de «llevar» yo mismo el aparato.


INCIPIT 1.662. EL PASTOR Y LOS LIBROS / SANTIAGO RONCAGLIOLO



El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.

Después de desayunar, uno de los archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema, conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso poema perdido, «Una Corona para Vivien» de Francis Blundy. Era útil contar con alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase después de palabras menores como «de» y «la» mientras dejaba la boca abierta, me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para disimular mi aversión.

 

 


INCIPIT 1.661. MANUEL CHAVES NOGALES / FRANCISCO CANOVAS SANCHEZ


Preludio

Manuel Chaves Nogales es uno de los escritores españoles más destacados del siglo XX. Sus crónicas periodísticas y sus obras literarias le han situado en un lugar privilegiado de la edad de plata de la cultura española. Abordó de forma sencilla y sugestiva una gran variedad de temas, animado por el deseo de ampliar el número de lectores, sin rebajar la calidad de sus artículos, relatos y reportajes.

Para conocer bien a un escritor, a un científico o a un artista hay que insertarlos en las coordenadas históricas de su tiempo, en las realidades sociales, culturales, institucionales y políticas, ya que, como señaló José María Jover, de esa manera se refleja la relación existente entre la biografía, la coyuntura histórica y la obra. En el caso de Chaves Nogales, la realidad social, el contexto cultural y los sucesos históricos que vivieron España y Europa entre 1897 y 1944 —la lucha por el sufragio universal, la crisis de la democracia parlamentaria, el papel destacado de los medios de comunicación, la aparición de las ideologías totalitarias y los sucesivos conflictos bélicos…— influyeron de forma determinante en su trayectoria vital, su visión del mundo, su escritura periodística y su obra literaria y su compromiso cívico. También, en su muerte, acaecida en 1944 en el exilio londinense, cuando apenas tenía cuarenta y seis años.


INCIPIT 1.660. EL CONTABLE HINDU / DAVID LEAVITT


El hombre sentado al lado de la tarima parecía muy viejo, al menos a los ojos de su público, cuyos miembros eran casi todos muy jóvenes. En realidad no había cumplido aún los sesenta. La maldición de los hombres que aparentan menos años de los que tienen, pensaba a veces Hardy, es que en un determinado momento de su vida cruzan una línea y empiezan a parecer mayores de lo que son. Cuando estudiaba en Cambridge, lo confundían a menudo con un colegial que estaba de visita. Y cuando ya era catedrático, con un estudiante. Luego la edad le había alcanzado, y ahora le había adelantado, así que parecía la mismísima personificación del matemático mayor al que el progreso ha dejado atrás. «Las matemáticas son un juego de jóvenes» (escribiría a la vuelta dc unos años), y a él le había ido mucho mejor que a otros. Ramanujan había muerto a los treinta y tres. Los admiradores actuales, fascinados por la leyenda de Ramanujan, hacían cábalas sobre lo que podría haber conseguido de vivir más años, pero personalmente Hardy opinaba que poco más. Se había muerto con lo mejor de su trabajo ya hecho.

Esto sucedía en Harvard, en la Nueva Sala de Conferencias, el último día de agosto de 1936.

 


UNA ANECDOTA DE FERNANDEZ MALLO


El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 136

Una anécdota personal. En el año 2004. Tras permanecer seis meses convaleciente de una rotura de cadera, en una de las revisiones rutinarias, la prueba de resonancia magnético-nuclear reveló una pequeña mancha en la cabeza de mi fémur derecho. Asistí a la discusión entre el radiólogo —humano que interpreta imágenes (digamos esas “caras de Bélmez” que todos llevamos en el interior de nuestros cuerpos)—, y el traumatólogo —humano que opera, abre la carne y llega hasta el hueso, así que su reino último es el de la materia, no el de las representaciones—. En aquel caso. el radiólogo interpretaba esa mancha en mi fémur como un ente que significaba algo muy concreto, algo familiar, una forma completamente "figurativa” que se traducía en un claro principio de un proceso de necrosis, y que debia ser inmediatamente operada, pero el traumatólogo interpretaba la mancha como algo que no tenia importancia alguna, algo que nada significaba más allá de una mera forma abstracta. Tras asistir al ping pong de argumentaciones por ambas partes, cada vez más acaloradas, el traumatólogo concluyó con un grito que debió de oírse en toda la planta del hospital: “¡yo no opero una imagen!”

Repitámosla; • yo no opero una imagen». Ahi se halla el núcleo de la pregunta: ¿es la enfermedad. revelada por métodos no directos, tales como los rayos X o las reso• nancias magnéticas, la «verdadera realidad.?, o, por el contrarto, ¿son esos métodos de diagnóstico una mera representación de la realidad, y, en ese caso, como la tografia o el cine o las novelas, están sujetos a las Interpretaaones propias de los relatos y de las artes? Dicho de


LA INTELIGENCIA DE LA IA


El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 211

No hay conocimiento de que nadie ni nada haya creado o diseñado jamás un ser o un objeto más inteligente que ese creador o diseñador. En efecto, ya hemos comentado capítulos atrás que no hay prueba alguna de que el homo sapiens haya incrementado su inteligencia, ni mucho menos que nuestra civilización sea más inteligente que otras anteriores, por muy antiguas que éstas sean. ¿Alguien puede asegurar hoy que es más inteligente que Aristóteles, o más inteligente que quien creó una piedra para cortar la piel de los animales, o más inteligente que quien creó el sistema de escritura cuneiforme? En realidad, esas preguntas ya vienen con trampa desde su formulación porque nadie ha creado jamás nada por sí mismo, toda invención responde, en directo o en diferido, y en mayor o menor medida, a un trabajo que excede propio sujeto creador —lo cual no implica, por supuesto su legítimo derecho de autoría—. El constante crecimiento de la inteligencia individual es una apariencia generada por el aumento del conocimiento colectivo, derivado a su vez del crecimiento de lo que acabamos de denominar la era de la Humanidad. Porque ningún progenitor crea un hijo más individualmente inteligente que lo ya individualmente inteligente era el progenitor de origen. Esta idea ya fue puesta en evidencia por uno de los padres de la computación, el matemático John von Neumann, cuando dijo que, en caso de poder darse una procreación entre máquinas tal que diera lugar a una maquina nueva, la máquina madre debería ser necesariamente más compleja que la creada; concretamente: “la organización sintetizadora ha de ser por necesidad más compleja, de un orden superior a la organización sintetizada”.


JAMESIANA


Cuentos autobiográficos. Volumen II, Alvaro Pombo,  p. 17

2. UN ENCUENTRO CON HENRY JAMES

La clave de mi entusiasmo por Henry James, tanto el joven como el intermedio como el último, procede de la idea de la maravilla del estar siendo consciente rodo: «The wonder of consciousness». Lo que Henry James quiere a todo trance es incrementar y refinar la atención cuidadosa de sus lectores, y en esto otra escritora inglesa de finales del siglo xx, Iris Murdoch, se le parece mucho. También sus novelas son un ejercicio de atención de los personajes y las tramas, y reclaman una concentración especial del lector. Los libros de Henry James, antes de dar con La campana de Iris Murdoch, fueron mi guía de Londres. Recuerdo que vivía en un estado de ánimo intenso que yo sentía como insustancial, vacío de significación, me sentía de más. Esto significaba entonces, quizá, la cualidad del hechizo londiense. Durante un año por lo menos, mi muy deshilvanada capacidad de leer textos largos o complicados en inglés tuvo su parte. Puedo mencionar, sin embargo, dos libros fáciles nuestro autor, y comentar después mi primera lectura de Retrato de una dama, esta ya una novela muy extensa y elaborada. El asunto a que había que prestar atención en Otra de tuerca era la circulación del otro mundo por este con un componente claro de malignidad, de mala intención. Una vez empezabas el libro, por cierto expuesto solemnemente, calmosamente al principio, luego te ibas internando, más y más, en la vida de los dos niños abandonados en una casa de campo al cuidado de criados, y el la evolución de sus almas. El segundo libro, Washington Square, era, al decir de Grahan Greene, un libro felino. Esto quería decir que, excepción hecha de la sincera pasión (equivocada) de la protagonista por el seductor que quería casarse con ella, los sentimientos de los demás personajes tenían ese carácter educado, sedoso, repentino, que parece que puede atribuirse a las panteras negras o a los tigres.

 

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INCIPIT 1.659. EL ANGEL DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO


PARTE I

Teología

BREVE APROXIMACIÓN  A LA IDEA DE ÁNGEL CAÍDO

 La tecnología en general, y en particular la Inteligencia Artificial (IA de aquí en adelante) en cualesquiera de sus etapas y modalidades, constituye un ámbito del conocimiento y creación humanos que con una fuerza que sólo puede calificarse de primigenia se ha convertido en una fuente de mitos contemporáneos, miedos y místicas exaltaciones, cuando no en una suerte de neorreligión.

Nos proponemos ver el fenómeno Inteligencia Artificial como si fuera por primera vez, no atendiendo exactamente a sus específicos análisis tecnológicos –de los cuales ya existen magníficos textos analíticos y descriptivos– sino como un vasto territorio cuyas fronteras y límites comprenden dentro de sí a lo humano; no en vano, la IA, al menos hasta la fecha, está hecha por humanos, no por otra clase de seres. Para ello, nos valdremos de diferentes dimensiones, tales como teología, antropología, física y metafísica. Lo que entre todos estamos inventando es una ciencia todavía sin nombre, la cual, en mayor o menor medida, es motivo de fascinación en todo subconjunto social. Es por ello que hablamos de tentativas, ensayos y aproximaciones, no de certezas.


INCIPIT 1.658. PANDEMIA / SLAVOJ ZIZEK


Introducción: Noli me tangere

«No me toques», según Juan 20, 17, es lo que le dijo Jesús a María Magdalena cuando ella lo reconoció después de su resurrección. ¿Cómo he de entender yo, un ateo cristiano confeso, esas palabras? En primer lugar, quiero asociarlas con la respuesta de Cristo cuando sus discípulos le preguntan cómo sabrán que ha vuelto, que ha resucitado. Cristo les dice que estará allí donde haya amor entre sus creyentes. Estará allí no como una persona a la que se puede tocar, sino como el vínculo de amor y solidaridad entre la gente. De manera que «no me toques, toca y relaciónate con los demás en el espíritu del amor».


MONTAIGNE


Ese montón de espejos rotos, Gonzalo Celorio, p. 25

En 1580 Michel de Montaigne publicó el primer tomo de sus ensayos. Tenía entonces cuarenta y siete años. Como lo empezó a escribir antes de cumplir los cuarenta, es -diríamos ahora- una obra de juventud; sin embargo, en ese primer volumen aparece su ensayo “De la edad”. En él, Montaigne, retirado del mundanal ruido y confinado en una torre que metafóricamente podría calificarse de ebúrnea, se ve a sí mismo como un hombre viejo. Piensa que “ha escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos tropezaron”. Y, con su habitual gusto por las paradojas, considera que morir viejo de «muerte natural" es lo menos natural que puede ocurrir, pues lo común y universal es morir antes de llegar a la senectud. Está convencido (si es que Montaigne alguna vez tuvo alguna convicción que no fuera la de no tener ninguna) de que las responsabilidades deben asumirse en la primerísima juventud, más tardar a los veinte años. como él mismo lo hizo tras la muerte de su padre. A esa esa edad –dice- los hombres son ya lo que deben ser en lo sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de  la vida. Desde nuestra perspectiva del siglo XXI, podemos pensar que Montaigne se opone a la la prolongación de la juventud cuando apenas se ha llegado a ella y la prolongación de la vida cuando apenas se ha alcanzado la madurez. Lo cierto es que, del siglo XVI a nuestros días, los tiempos han cambiado que respecta precisamente a la concepción del tiempo y a las edades que su transcurso va engendrando.

El creador del ensayo moderno mandó escribir estas palabras en lengua latina sobre la chimenea de su refugio:

En el año de Nuestro Señor dc 1571, a la edad de treinta y en las vísperas de las calendas de marzo, aniversario de su nacimiento, hastiado de esclavitud de las cortes y de los empleos públicos, pero conservando todavía la entereza de facultades, se refugió Miche de Montaigne en el regazo de las doctas vírgenes. en medio de la seguridad y la calma, para vivir así el resto de su vida, consagrando al reposo y a la libertad el sosegado aposento que heredó de sus antepasados.


OLYMPIA


La Folie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 261

La Olympia de Manet fue expuesta la sala M del Salon, en mayo de 1865. No faltaban los desnudos, alrededor. por lo general acuáticos, cuajados de espumas alusivas (cuatro nacimientos de Venus coincidieron en 1863). Pero sólo en torno a la cortesana de Manet multitud se aprieta, como en una morgue, escribió un periodista de entonces. Muchos se reían. Encontraban cómica esa mirada fría, ese cuerpo menudo y quizá malévolo. No se limitaron a reír: Olympia fue descrita como una hembra de gorila, su mano izquierda comparada con un sapo, su carne pareció descompuesta a algunos, la piel cadavérica. Se insistía, sobre todo, en un punto: Olympia estaba sucia, necesitaba un baño regenerador, su cuerpo estaba rayado de franjas carbonosas. No eran sólo los cronistas más mezquinos los que escribían . Tampoco Gautier escondió su incomodidad. Le parecía incomprensible ese "modelo grácil acostada sobre un trapo”. También él la encontró sucia. “El tono de la carne es sucio; el modelado, inexistente.” Aubert resumía una opinión extendida cuando escribió que era informe, lúbrica, sucia. Nadie quería prestar atención al delicioso chal de cachemir —evidente homenaje a Ingres— que reposaba sobre la carne de Olympia.

El más elegante de los críticos fue Thoré, quien apuntó apenas a Olympia (Manet «ha hecho correr a todo Paris para ver a esa extraña mujer; su espléndido ramo de flores, su negra su gato negro»), limitándose a despreciar —con sólidos argumentos— el Cristo escarnecido por los soldados que Manet había hecho colgar encima de su cortesana, con dudoso resultado.

 


MUÑOZ MOLINA


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279

Apenas iba a clase. Pasear por la ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes, traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump, dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado alto, en palabras de Borges el penado bajo.

En la biblioteca de Faulkner, en su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.

 


MELVILLE Y DON QUIJOTE


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 241

En White-Jacket, la novela de aventuras en un buque guerra que publicó dos años antes que Moby Dick, el narrador, que parece que habla con su propia voz contando recuerdos muy vividos,  agobiantes muchas veces, sobre la dureza disciplinaria de la vida en el mar, evoca a un marinero llamado Nord, lector de buenos libros, “muy romántico”, revolcado por el molino de la adversidad. Dice Melvllle: Muchas veces me           había fijado en su figura alta, erecta, austera. marchando corno don Quijote entre los pigmeos de la tripulación a la que pertenecía. La sombra del caballero sigue rondando por las páginas desordenadas y convulsas de la novela, que tiene mucho de imperfecta anticipación de Moby-Dick. Un médico del barco, de buena familia pero de escasa fortuna, había leído Don Quijote, y esa en lugar de curarlo de su quijotismo, como hubiera debido,  lo volvió todavía más quijotesco. Durante una parada en Rio de Janeiro. y a pesar del calor del trópico, este médico arruinado se pasea por la ciudad con un gran chaquetón azul de marinero, echado con un gesto de elegancia española sobre un hombro de caballero. En un cuento escrito en 1856,  The Piazza Tales, Melvillle describe un prado muy verde en en que unas vacas permanecen tan inmóviles que ni siquiera rumian, como si estuvieran hechizadas. Y los hechizados no comen, al menos eso dice don Quijote, el más sabio de todos los sabios que han existido nunca.


EL CURIOSO IMPERTINENTE


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 161

Inacción,  letargo, silencio encubren la desgracia que está creciendo como un tumor por dentro: la traición, la mentira, el trastorno. En el proceso de descubrir la verdad Anselmo va encontrando una sucesión de ausencias y de lugares desiertos. Viendo lo que no está comprende paso a paso el horror que todavía no ha visto y no supo prever, aunque nadie más que él tiene la culpa de haberlo desatado. Abre la puerta de la habitación en la que había encerrado a la criada Leonela y ve la habitación vacía y una sábana hecha nudos que cuelga de la ventana abierta. Busca a Camila y, no hallándola en la cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Va ahora a buscar a su amigo Lotario, por una calle de esta Florencia invisible, y los criados le dicen que se ausentó en mitad de la noche. Y cuando volvió a su propia casa, no halló en ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola. El que anduvo a escondidas por esos corredores, se escondió detrás de los tapices, espió por puertas entornadas y cerraduras, ahora anda solo y aterrado por las estancias vacías, de las que sin ninguna explicación ha desaparecido su mujer y han huido los criados, como escapando de un lugar maldito, que es el de su vergüenza y su condena.


EL SENTIDO COMUN


Curso de literatura europea, Vladimir Nabokov, p. 217

El precioso ejemplar que pretendo capturar para beneficio de aquellos que pueden estar Interesados en ver cómo se hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante y de caballo, Se llama: sentido común.

En el otoño de 1811, Norman Webster, abriéndose paso decididamente entre de grado C. definió el sentido común como “un sentido corriente bueno y saludable… exento de prejuicios emocionales o de sutilezas intelectuales, el sentido de los caballos”. Es una opinion bastante halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura perteneciente una verdad demasiado prematura: el sentido común ha coceado Ios cuadros más encantadores porque su bienintencionada pezuña considera un árbol azul como una locura¸ el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a aprovechar una ocasión, brindad por un resquicio de la historia, que habría sido ridículo no aprovechar. E] sentido común es fundamentalmente inmoral porque la moral natural de la humanidad es tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las oscuridades inmemoriales del tiempo.

 


DAF DE SADE


Prohibo, bajo cualquier pretexto, que cuerpo sea abierto, Pido con la mayor instancia que sea conservado durante cuarenta y ocho horas en la estancia donde muera, colocado en un ataúd madera que sólo será al cabo de cuarenta y ocho horas arriba prescritas, al fin de las cuales dicho ataúd será cerrado; durante dicho intervalo, se enviará un billete al señor Lenormand , comerciante en maderas, boulevard de l'Egalité, número 101, en Versalles, para rogarle de venir en persona, seguido de un carruaje, a buscar mi cuerpo para transportarlo, bajo su escolta, a los bosques de mi propiedad de la Malmaison, municipio de Mancé, cerca de Epernon, donde quiero que se coloque, sin ninguna clase de ceremonia, en el primer prado que se encuentra a la derecha del citado bosque, entrando por el lado del antiguo castillo por la gran avenida que lo divide, Mi fosa será practicada en dicho prado por el granjero de la Malmaison, bajo la inspección del señor Lenormand, que no abandonará mi cuerpo hasta haberlo colocado en la citada fosa; podrán asistir a esta ceremonia, si así lo desean,  aquellos de mis parientes o amigos que, sin ninguna clase de aparato, quieran  darme esta última señal de afecto. Una vez recubierta la fosa, se sembrarán encima semillas, a fin de que, a continuación, estando el terreno de la citada fosa repoblado y el prado recubierto como estaba antes, las señales de mi tumba desaparezcan de la superficie de tierra, así como me aseguro de que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres.

Hecho en Charenton-Saint Maurice, en estado de razón y salud, el 30 de enero de 1806.

 

               


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