Amanece y el río despierta.
Simone pasa entre tupidas ramas
de altas retamas y sobre una alfombra de helechos, y echa a caminar a campo
traviesa. Llega al talud y, a gatas, trepa hasta la trinchera; es un agujero
hecho en el suelo en el que cabe justo una persona. Levanta la cabeza y se ve
cubierta por numerosos álamos de fino tronco.
El aire es templado. La luz,
aunque tenue, es hermosa, dorada, delicada. Una ráfaga de viento mece las copas
de los árboles; una garza que anida en lo alto echa a volar y empieza a dar
vueltas por encima del agua. Se oye un ruido, como el de una sombra que
surgiera de la noche. El tiempo se detiene. El bosque entero resuena. La
niebla, que va adensándose a medida que el sol penetra en la alameda, lo
envuelve todo: la llanura ya no es sino una gran nube que cubre la tierra y la
engulle. Simone no tiembla, sujeta firmemente su fusil.

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