INFERNO, II
Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.
Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, recorriendo la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos se desplazaban con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos simétricos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían las sierras, ríos y valles desaparecían entre el blanco y el marfil.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas; todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios faltos de imágenes, herbolarios vacíos y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile desocupado, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decorada por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.
Lo más visto
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INFERNO.RELATO.
INFERNO, II
Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.
Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, recorriendo la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos se desplazaban con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos simétricos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
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Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían las sierras, ríos y valles desaparecían entre el blanco y el marfil.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas; todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios faltos de imágenes, herbolarios vacíos y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile desocupado, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decorada por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.
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Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.
Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, recorriendo la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos se desplazaban con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos simétricos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
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Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían las sierras, ríos y valles desaparecían entre el blanco y el marfil.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas; todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios faltos de imágenes, herbolarios vacíos y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile desocupado, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decorada por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.
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O AFUNDIMENTO DO DORIA

O AFUNDIMENTO DO DORIA
Nós, os mariñeiros, sempre saímos coa Virxe para celebrarlle a Misa no mar. Fíxose desde fai moitos anos, recórdoo xa de cando eu era moi pequeno, de cativo, co meu pai; así foi sempre, excepto unha tempada que se deixou de levar a imaxe ao mar por culpa dun accidente. Foi fai moito tempo, ti terías cinco ou seis anos.
Ese 16 de xullo, a festa do Carmen, tivemos un día precioso de verán, co mar como un prato, e menos mal. A barca da Virxe mecíase arrimada ao murallón, agardando. Víala xa de lonxe, desde os almacéns, moi engalanada, chea de acios de flores, globos de papel de seda, bandeiras de cores –verdes, roxas e amarelas- colocadas dende babor a estribor, coroas de rosas na amura e guirnaldas de mirto indo da proa á popa, ata catleyas había. A figura da nosa Señora puxérona enriba dunha tarima, cun friso de margaridas amarelas, columnas de calas de San Xosé nas catro esquinas e mais un círculo de pasionarias e xasmíns ao redor da estatua.
Facía moito sol, estaba todo cheo dunha luz especial, un domo de festa e marabilla. A cuberta branca do Doria resplandecía e o seu reflexo brillaba na auga con todas as cores da celebración. A Virxe miraba para nós con ese sorriso seu de bondade protectora, o neno Xesús bendicíanos coa bóla do mundo na man e co seu dediño sinalando ás alturas. Todos mirabámolos con devoción, e ao redor estaban, moi circunspectas, as forzas vivas: o señor alcalde cos concelleiros, a garda civil, os de sindicatos e a sección feminina, o párroco e outros curas máis, e tamén unha chea de monxiñas do asilo co par de vellos que levan de mostra. Todos apretados, xusto detrás da cabina de mando do vello Lameiro, o armador do buque.
Toda a familia estaba na lancha de papá, pero eu quixen ir aparte, no barco coa Virxe. Mamá controlábame moito e eu sempre aproveitaba calquera ocasión para escapar dela: tiña case trinta anos e aínda me trataba coma se fose unha rapariga. E esa foi a razón pola que estiven a piques de afogar, se non chega a ser polo meu irmán Suso quedo morta no fondo da ría.
Naqueles tempos a misa facíase sempre pola mañá, á unha ou así. Non como agora, que é ao mediodía ou pola tarde segundo manden as mareas. Naqueles anos podían entrar e saír do peirao barcos de gran calado, cruceiros como quen di. Despois, ao cambiarlle a canle ao río e ademais deixar de recoller area as gabarras, o porto foi cambiando, a barra subiu, queda pouco calado e agora case non hai fondo para as embarcacións. Ata algúns días ao chegar da marea de madrugada, teñen que atracar na Pena do Soldado, lonxe de terra, e volver cos caiucos.
Sempre se escollía o barco máis grande, o Doria, a tarrafa que podía levar máis carga. Ese día estaba cheo a rebordar, porque toda a xente do pobo que non tiña bote montábase coa Virxe, e ademais, moitos outros, como as túas irmás maiores, preferían saír no Doria, dizque para oír misa máis preto da Virxe, pero era para perder de vista á túa nai.
Nós estabamos detrás, no noso caiuco, co teu irmán Suso ao temón, a túa nai e os pequenos, dispostos a pornos a navegar en canto o barco da nosa Señora saíse ao terminar a cerimonia, e as bombas de palenque enchesen o azul do ceo con manchas brancas moi difuminadas e idas. Arracimados no noso barquiño, con toda a pouca forza do noso motor, preparados para ir acompañando á Virxe ata a boca da ría no seu rito anual de honrar as augas. Ao chegar a Redes, na boca da ría, atopabámonos coa procesión que de alí saíra, os curas de ambalas dúas parroquias tiraban ao mar os ramos e todos os pequenos barcos, os de aquí e os da banda á ponte, faciamos o mesmo. O mar enchíase de flores como nun cadro prerrafaelista, ese naufraxio floral supuña a indicación de que xa se podía un bañar no mar; bendicir as augas, dicíase.
Tampouco é que no pobo fósemos moi afeccionados a nadar, nin sequera os mariñeiros sabiamos, aínda hoxe é o día que moitos non aprendemos a nadar na vida, e por iso mórrense tantos nos naufraxios, pois maila que un barco naufrague á beira da costa, máis da metade da tripulación non nadou na vida e non poden chegar a terra por moi preto que estea. Quen nada de marabilla é o teu irmán, deslízase pola auga coma un golfiño. Ben, pois o barco da Virxe estaba a rebordar, con xente que subía e subía para estar máis cerca do pequeno altar que montara o coadjutor con caixas do peixe, unha casulla e redes verdes noviñas. O patrón intentou que non entrara ninguén máis, pero non lle fixeron caso e seguían saltando desde o peirao á cuberta. Nós estabamos detrás, xusto pegados ás escaleiras do murallón, e todo o porto estaba cheo de barcos: ao redor da Virxe, polas ramplas, ancorados nas Croas, entre os arcos da ponte de pedra e cabe as cepas do de ferro. Todo o pobo enteiro, e tamén moita xente de fóra, os convidados ás festas, esperando que rematara a misa para poder saír ao mar.
A imaxe traíana catro mariñeiros de branco, cunha cinta vermella, boina e unha especie de bastón como de capitáns antigos. Detrás, o párroco cos seis curas das aldeas rodeados de monaguillos, e enseguida unhas vellas beatas, de negro, a miña nai a primeira. Sempre de negro, de loito por algún parente; toda a vida recordo a mamá vestida de roupa escura ou como moito con algo malva ou branco. Ela non é que fose moi relixiosa, pero eu creo que lle gustaba a actividade da igrexa e disfrazarse, que andou co hábito do narazeno anos.
Meteron á Virxe no Doria e celebraron misa. Unha cousa rápida pero moi bonita, con cancións mariñeiras ao principio e moitas bombas e ristras de petardos ao final. Despois saímos cara a Redes, o barco da Señora ía diante, marcando o paso, e detrás todos os botes do pobo cheos cheos de xente. Ao finalizar o oficio, item missa est, dixo o cura, con aquel magno poder valleinclanesco das divinas palabras, o Doria enfilou cara á praia, para dirixirse mar dentro; pero nada máis saír, o patrón deuse conta de que o barco non avanzaba ben, a máquina non conseguía potencia dabondo para mover todo aquel arsenal. Por efecto da forza do motor e do peso de tanta xente como había, e mal repartida aínda por riba, pois a maioría ía sentada atrás, o barco comezou a afundirse pola popa. As ondas saltaban na borda e comezaban a invadir a ponte, e aínda que os mariñeiros intentaban achicar, non daban feito, e o barco íase enchendo de auga. A pasaxe púxose toda na proa e o barco nivelouse un pouco. Pero o perigo aínda continuaba, a xente moi asustada, os pequenos berrando e as nais chorando.
Todos os botes que estabamos cerca puxémonos ao redor do Doria e empezamos a desaloxar á xente. O patrón do barco cambiou o rumbo, achegándoo a terra e conseguiu que case se varase no areal. Do impacto houbo xente que caeu no auga; pero aos máis pequenos recollémolos, os máis grandes facían pé e algúns ata sabían nadar pois entre a mocidade xa estaba aparecendo algunha afección á natación, sobre todo por mergullar. Eu vía que a túa irmá continuaba alí, en cuberta, agarrada ao aparello, morta de medo, pois non podía facer nada por non saber nadar.
Chegando á praia eu empecei a notar cousas raras, como que o barco non daba avanzado e o motor soltaba chasquidos, e non o ruído rítmico co que navega sempre. A popa empezou a encaixarse na auga e parecíanos que se ía a afundir, todo o mundo púxose a berrar e moverse. Era peor, pois co trafego o patrón non podía gobernar a nave. Aínda así o fixo ben e achegouse ao areal, deixou que encallase o barco e parecía aquilo arranxado. A xente acougouse, os botes pequenos arrimáronse á tarrafa e algúns puideron saltar desde dentro ás cubertas e outros tirarse ao mar.
Eu quedeime petrificada, sen saber que facer, agarrada á chea de redes que tiña diante. Cando xa quedabamos pouca xente unha onda levou o barco mar dentro e o Doria afundiuse de lado. Todos caemos ao auga menos os que seguiron agarrados á cuberta escorada do Doria, o cura e os garda civís. Eu vinme de súpeto no medio do mar, como atada ás redes coas que me fora agarrando e sen poder nadar. Intentaba flotar pero as ondas tragábanme, morta de medo non sabía como reaccionar, e tampouco conseguía desfacerme da lea de cordas que me amarraba.
Todo eran berros e pánico. As nais salvaban aos seus fillos e os maridos agarraban ás súas esposas. Cando xa estaba case todo o barco desaloxado, e como a manobra fíxose polo lado dereito, que quedaba máis preto de terra, o barco desequilibrouse, volveu flotar, soltándose da area, meteuse cara ao mar empuxado pola resaca e empezou a afundirse por babor. Menos mal que entón xa só quedaba xente maior, que tiveron sangue frío e non perderon a calma. Agarráronse como lapas ao casco do barco, aos saíntes da ponte e aos paus; todo o tranquilos que puideron, alí esperaron a que os fósemos recollendo. Lasa quedou pegada ao barco, atada á chea de redes que enseguida se afundiría. Morta de medo, nin miraba para nada nin facía ningún xesto, afundía a cabeza nas cordas coma se escondéndose fose atopar protección.
Entón o teu irmán tirouse ao mar. Estabamos algo lonxe, como a douscentos metros, se cadra máis, porque o Doria afastábase moi rápido, pero nun momentiño Suso estaba á beira da túa irmá. Soltouna das redes que case a envolvían xa por completo, púxose debaixo dela e empezou a nadar cara atrás, de costas. Lasa sempre foi gordiña, pero o teu irmán estaba como un roble e nadaba de medo. Era un campión da División Azul e decíanlle o Galán porque chamaba a atención, alto e forte e louro.
Nun momento estaban os dous agarrados ao noso bote e subímolos. Lasa gritaba como unha tola e o teu irmán estaba moi asustado; pero ao momento volveuse a tirar ao auga e foi dos que salvou a máis xente.
Case sen respiración notei que alguén me desataba; entre a auga non podía ver quen era e agarrábame sen saber nada. Moi de cerca vin a cara do meu irmán, que me ceibaba das redes que, cada vez máis, tiraban para o fondo. Suso era un gran nadador, cruzaba desde Zopazos ata a praia mergullando, alto e forte, no mar non había ninguén que lle gañase.
Levoume desmaiada, sen sentido, ata a barca de papá e alí subíronme. Sacáronme a auga de dentro pero non tragara case nada, máis ben o que fixen foi como vomitar. Esperteime e vin como papá choraba do susto, pero me pareceu que mamá miraba para min ata con mala cara. Os pequenos abrazábanse a min, tirados ao redor do meu corpo na parte de atrás do bote.
Enseguida chegamos ao peirao. Eu tumbeime alí, ao sol, recuperando forzas, e entre as cepas da ponte vin de súpeto como subía a Virxe do Carmen do medio do mar. Era como un milagre, coma se A Nosa Señora estivese connosco, vixiando, pendente de que non pasase nada, e que despois percorrese o fondo das augas para comprobar que non había ninguén afogándose. O mar reflectíase nela e a auga facía brillar os seus dourados e o seu manto, todo bordado en prata. De milagre non morreu ninguén. Ao final salvamos á garda civil e ao cura. O alcalde xa escapara o primeiro, pero o señor párroco quedou pegado á imaxe da nosa Señora, atado á súa base como Ulises fronte ás sereas; mentres que o sarxento e a parella non perderon o sangue frío, conservando o seu aire marcial ata o último momento, non como os da falanxe, que escaparon como ratas, antes que os nenos e as mulleres. Ao final deixouse coller o tozudo do sacerdote, e pasado todo vimos como o barco afundíase debaixo da ponte e logo dun intre subía do fondo do mar a imaxe da Virxe do Carmen. Foi como un cadro surrealista de Lugrís, aos poucos emerxía, coma se regresase dunha viaxe polo fondo do mar. A sua peana facía o efecto dunha balsa, e como a marea estaba subindo, foise achegando, aos poucos, debido ao suave empuxe das ondas, ata a rampla.
Alí desembarcou, toda tranquila, co Neno Xesús nos seus brazos, algunhas algas polos remates da capa e a coroa de raíña dos mares enganchada na articulación do ombreiro. Nós non o sabiamos, pero A Nosa Señora por dentro era un maniquí, e coa auga e o peso da roupa notábase a estrutura de madeira que daba forma á efixie que tanto venerabamos. Máis que unha virxe parecía un deses bonecos articulados que se ven nas consultas dos médicos ou nos estudos dos poucos artistas figurativos que quedan nestes tempos da arte conceptual.
Despois vin como, a modiño, a imaxe achegábase á rampla e desembarcaba nas escaleiras. Parecía cousa de bruxas ou algo así, máxico. Unha ondada súbita levantouna da auga e deixouna de pé no medio do peirao. A xente estaba asombrada, era como un milagre, e como non pasara nada grazas a deus, a alegría era grande.
Todo eran asubíos e sirenazos, o mar encheuse da música dos barcos e o estrondo asustaba bastante. O peirao alagouse de xente, todos moi nerviosos polo que pasara. Os máis serenos animaban aos demais, dicíndolles que non fora nada, e en verdade ao que puido ser foi unha cousa da Virxe que non ocorrese unha traxedia.
O párroco e os curas que o acompañaban empezaron a cantarlle un himno moi bonito, todo o pobo achegouse a bicarlle o manto e fíxose unha misa preciosa, coa banda municipal tocando o Salve Regina, un oficio digno daquel milagre que A Nosa Señora fíxonos no día da Virxe do Carmen.
A xente da procesión cruzou a ponte e foise achegando cara á rampla, e moitos gritaban ¡Milagre¡ ¡Milagre¡. A pesar do nerviosismo e de todo o que pasara, o cura organizou aquilo e nuns minutos todo o pobo estaba cantando o Stabat Mater de Rossini.
Nós, os mariñeiros, sempre saímos coa Virxe para celebrarlle a Misa no mar. Fíxose desde fai moitos anos, recórdoo xa de cando eu era moi pequeno, de cativo, co meu pai; así foi sempre, excepto unha tempada que se deixou de levar a imaxe ao mar por culpa dun accidente. Foi fai moito tempo, ti terías cinco ou seis anos.
Ese 16 de xullo, a festa do Carmen, tivemos un día precioso de verán, co mar como un prato, e menos mal. A barca da Virxe mecíase arrimada ao murallón, agardando. Víala xa de lonxe, desde os almacéns, moi engalanada, chea de acios de flores, globos de papel de seda, bandeiras de cores –verdes, roxas e amarelas- colocadas dende babor a estribor, coroas de rosas na amura e guirnaldas de mirto indo da proa á popa, ata catleyas había. A figura da nosa Señora puxérona enriba dunha tarima, cun friso de margaridas amarelas, columnas de calas de San Xosé nas catro esquinas e mais un círculo de pasionarias e xasmíns ao redor da estatua.
Facía moito sol, estaba todo cheo dunha luz especial, un domo de festa e marabilla. A cuberta branca do Doria resplandecía e o seu reflexo brillaba na auga con todas as cores da celebración. A Virxe miraba para nós con ese sorriso seu de bondade protectora, o neno Xesús bendicíanos coa bóla do mundo na man e co seu dediño sinalando ás alturas. Todos mirabámolos con devoción, e ao redor estaban, moi circunspectas, as forzas vivas: o señor alcalde cos concelleiros, a garda civil, os de sindicatos e a sección feminina, o párroco e outros curas máis, e tamén unha chea de monxiñas do asilo co par de vellos que levan de mostra. Todos apretados, xusto detrás da cabina de mando do vello Lameiro, o armador do buque.
Toda a familia estaba na lancha de papá, pero eu quixen ir aparte, no barco coa Virxe. Mamá controlábame moito e eu sempre aproveitaba calquera ocasión para escapar dela: tiña case trinta anos e aínda me trataba coma se fose unha rapariga. E esa foi a razón pola que estiven a piques de afogar, se non chega a ser polo meu irmán Suso quedo morta no fondo da ría.
Naqueles tempos a misa facíase sempre pola mañá, á unha ou así. Non como agora, que é ao mediodía ou pola tarde segundo manden as mareas. Naqueles anos podían entrar e saír do peirao barcos de gran calado, cruceiros como quen di. Despois, ao cambiarlle a canle ao río e ademais deixar de recoller area as gabarras, o porto foi cambiando, a barra subiu, queda pouco calado e agora case non hai fondo para as embarcacións. Ata algúns días ao chegar da marea de madrugada, teñen que atracar na Pena do Soldado, lonxe de terra, e volver cos caiucos.
Sempre se escollía o barco máis grande, o Doria, a tarrafa que podía levar máis carga. Ese día estaba cheo a rebordar, porque toda a xente do pobo que non tiña bote montábase coa Virxe, e ademais, moitos outros, como as túas irmás maiores, preferían saír no Doria, dizque para oír misa máis preto da Virxe, pero era para perder de vista á túa nai.
Nós estabamos detrás, no noso caiuco, co teu irmán Suso ao temón, a túa nai e os pequenos, dispostos a pornos a navegar en canto o barco da nosa Señora saíse ao terminar a cerimonia, e as bombas de palenque enchesen o azul do ceo con manchas brancas moi difuminadas e idas. Arracimados no noso barquiño, con toda a pouca forza do noso motor, preparados para ir acompañando á Virxe ata a boca da ría no seu rito anual de honrar as augas. Ao chegar a Redes, na boca da ría, atopabámonos coa procesión que de alí saíra, os curas de ambalas dúas parroquias tiraban ao mar os ramos e todos os pequenos barcos, os de aquí e os da banda á ponte, faciamos o mesmo. O mar enchíase de flores como nun cadro prerrafaelista, ese naufraxio floral supuña a indicación de que xa se podía un bañar no mar; bendicir as augas, dicíase.
Tampouco é que no pobo fósemos moi afeccionados a nadar, nin sequera os mariñeiros sabiamos, aínda hoxe é o día que moitos non aprendemos a nadar na vida, e por iso mórrense tantos nos naufraxios, pois maila que un barco naufrague á beira da costa, máis da metade da tripulación non nadou na vida e non poden chegar a terra por moi preto que estea. Quen nada de marabilla é o teu irmán, deslízase pola auga coma un golfiño. Ben, pois o barco da Virxe estaba a rebordar, con xente que subía e subía para estar máis cerca do pequeno altar que montara o coadjutor con caixas do peixe, unha casulla e redes verdes noviñas. O patrón intentou que non entrara ninguén máis, pero non lle fixeron caso e seguían saltando desde o peirao á cuberta. Nós estabamos detrás, xusto pegados ás escaleiras do murallón, e todo o porto estaba cheo de barcos: ao redor da Virxe, polas ramplas, ancorados nas Croas, entre os arcos da ponte de pedra e cabe as cepas do de ferro. Todo o pobo enteiro, e tamén moita xente de fóra, os convidados ás festas, esperando que rematara a misa para poder saír ao mar.
A imaxe traíana catro mariñeiros de branco, cunha cinta vermella, boina e unha especie de bastón como de capitáns antigos. Detrás, o párroco cos seis curas das aldeas rodeados de monaguillos, e enseguida unhas vellas beatas, de negro, a miña nai a primeira. Sempre de negro, de loito por algún parente; toda a vida recordo a mamá vestida de roupa escura ou como moito con algo malva ou branco. Ela non é que fose moi relixiosa, pero eu creo que lle gustaba a actividade da igrexa e disfrazarse, que andou co hábito do narazeno anos.
Meteron á Virxe no Doria e celebraron misa. Unha cousa rápida pero moi bonita, con cancións mariñeiras ao principio e moitas bombas e ristras de petardos ao final. Despois saímos cara a Redes, o barco da Señora ía diante, marcando o paso, e detrás todos os botes do pobo cheos cheos de xente. Ao finalizar o oficio, item missa est, dixo o cura, con aquel magno poder valleinclanesco das divinas palabras, o Doria enfilou cara á praia, para dirixirse mar dentro; pero nada máis saír, o patrón deuse conta de que o barco non avanzaba ben, a máquina non conseguía potencia dabondo para mover todo aquel arsenal. Por efecto da forza do motor e do peso de tanta xente como había, e mal repartida aínda por riba, pois a maioría ía sentada atrás, o barco comezou a afundirse pola popa. As ondas saltaban na borda e comezaban a invadir a ponte, e aínda que os mariñeiros intentaban achicar, non daban feito, e o barco íase enchendo de auga. A pasaxe púxose toda na proa e o barco nivelouse un pouco. Pero o perigo aínda continuaba, a xente moi asustada, os pequenos berrando e as nais chorando.
Todos os botes que estabamos cerca puxémonos ao redor do Doria e empezamos a desaloxar á xente. O patrón do barco cambiou o rumbo, achegándoo a terra e conseguiu que case se varase no areal. Do impacto houbo xente que caeu no auga; pero aos máis pequenos recollémolos, os máis grandes facían pé e algúns ata sabían nadar pois entre a mocidade xa estaba aparecendo algunha afección á natación, sobre todo por mergullar. Eu vía que a túa irmá continuaba alí, en cuberta, agarrada ao aparello, morta de medo, pois non podía facer nada por non saber nadar.
Chegando á praia eu empecei a notar cousas raras, como que o barco non daba avanzado e o motor soltaba chasquidos, e non o ruído rítmico co que navega sempre. A popa empezou a encaixarse na auga e parecíanos que se ía a afundir, todo o mundo púxose a berrar e moverse. Era peor, pois co trafego o patrón non podía gobernar a nave. Aínda así o fixo ben e achegouse ao areal, deixou que encallase o barco e parecía aquilo arranxado. A xente acougouse, os botes pequenos arrimáronse á tarrafa e algúns puideron saltar desde dentro ás cubertas e outros tirarse ao mar.
Eu quedeime petrificada, sen saber que facer, agarrada á chea de redes que tiña diante. Cando xa quedabamos pouca xente unha onda levou o barco mar dentro e o Doria afundiuse de lado. Todos caemos ao auga menos os que seguiron agarrados á cuberta escorada do Doria, o cura e os garda civís. Eu vinme de súpeto no medio do mar, como atada ás redes coas que me fora agarrando e sen poder nadar. Intentaba flotar pero as ondas tragábanme, morta de medo non sabía como reaccionar, e tampouco conseguía desfacerme da lea de cordas que me amarraba.
Todo eran berros e pánico. As nais salvaban aos seus fillos e os maridos agarraban ás súas esposas. Cando xa estaba case todo o barco desaloxado, e como a manobra fíxose polo lado dereito, que quedaba máis preto de terra, o barco desequilibrouse, volveu flotar, soltándose da area, meteuse cara ao mar empuxado pola resaca e empezou a afundirse por babor. Menos mal que entón xa só quedaba xente maior, que tiveron sangue frío e non perderon a calma. Agarráronse como lapas ao casco do barco, aos saíntes da ponte e aos paus; todo o tranquilos que puideron, alí esperaron a que os fósemos recollendo. Lasa quedou pegada ao barco, atada á chea de redes que enseguida se afundiría. Morta de medo, nin miraba para nada nin facía ningún xesto, afundía a cabeza nas cordas coma se escondéndose fose atopar protección.
Entón o teu irmán tirouse ao mar. Estabamos algo lonxe, como a douscentos metros, se cadra máis, porque o Doria afastábase moi rápido, pero nun momentiño Suso estaba á beira da túa irmá. Soltouna das redes que case a envolvían xa por completo, púxose debaixo dela e empezou a nadar cara atrás, de costas. Lasa sempre foi gordiña, pero o teu irmán estaba como un roble e nadaba de medo. Era un campión da División Azul e decíanlle o Galán porque chamaba a atención, alto e forte e louro.
Nun momento estaban os dous agarrados ao noso bote e subímolos. Lasa gritaba como unha tola e o teu irmán estaba moi asustado; pero ao momento volveuse a tirar ao auga e foi dos que salvou a máis xente.
Case sen respiración notei que alguén me desataba; entre a auga non podía ver quen era e agarrábame sen saber nada. Moi de cerca vin a cara do meu irmán, que me ceibaba das redes que, cada vez máis, tiraban para o fondo. Suso era un gran nadador, cruzaba desde Zopazos ata a praia mergullando, alto e forte, no mar non había ninguén que lle gañase.
Levoume desmaiada, sen sentido, ata a barca de papá e alí subíronme. Sacáronme a auga de dentro pero non tragara case nada, máis ben o que fixen foi como vomitar. Esperteime e vin como papá choraba do susto, pero me pareceu que mamá miraba para min ata con mala cara. Os pequenos abrazábanse a min, tirados ao redor do meu corpo na parte de atrás do bote.
Enseguida chegamos ao peirao. Eu tumbeime alí, ao sol, recuperando forzas, e entre as cepas da ponte vin de súpeto como subía a Virxe do Carmen do medio do mar. Era como un milagre, coma se A Nosa Señora estivese connosco, vixiando, pendente de que non pasase nada, e que despois percorrese o fondo das augas para comprobar que non había ninguén afogándose. O mar reflectíase nela e a auga facía brillar os seus dourados e o seu manto, todo bordado en prata. De milagre non morreu ninguén. Ao final salvamos á garda civil e ao cura. O alcalde xa escapara o primeiro, pero o señor párroco quedou pegado á imaxe da nosa Señora, atado á súa base como Ulises fronte ás sereas; mentres que o sarxento e a parella non perderon o sangue frío, conservando o seu aire marcial ata o último momento, non como os da falanxe, que escaparon como ratas, antes que os nenos e as mulleres. Ao final deixouse coller o tozudo do sacerdote, e pasado todo vimos como o barco afundíase debaixo da ponte e logo dun intre subía do fondo do mar a imaxe da Virxe do Carmen. Foi como un cadro surrealista de Lugrís, aos poucos emerxía, coma se regresase dunha viaxe polo fondo do mar. A sua peana facía o efecto dunha balsa, e como a marea estaba subindo, foise achegando, aos poucos, debido ao suave empuxe das ondas, ata a rampla.
Alí desembarcou, toda tranquila, co Neno Xesús nos seus brazos, algunhas algas polos remates da capa e a coroa de raíña dos mares enganchada na articulación do ombreiro. Nós non o sabiamos, pero A Nosa Señora por dentro era un maniquí, e coa auga e o peso da roupa notábase a estrutura de madeira que daba forma á efixie que tanto venerabamos. Máis que unha virxe parecía un deses bonecos articulados que se ven nas consultas dos médicos ou nos estudos dos poucos artistas figurativos que quedan nestes tempos da arte conceptual.
Despois vin como, a modiño, a imaxe achegábase á rampla e desembarcaba nas escaleiras. Parecía cousa de bruxas ou algo así, máxico. Unha ondada súbita levantouna da auga e deixouna de pé no medio do peirao. A xente estaba asombrada, era como un milagre, e como non pasara nada grazas a deus, a alegría era grande.
Todo eran asubíos e sirenazos, o mar encheuse da música dos barcos e o estrondo asustaba bastante. O peirao alagouse de xente, todos moi nerviosos polo que pasara. Os máis serenos animaban aos demais, dicíndolles que non fora nada, e en verdade ao que puido ser foi unha cousa da Virxe que non ocorrese unha traxedia.
O párroco e os curas que o acompañaban empezaron a cantarlle un himno moi bonito, todo o pobo achegouse a bicarlle o manto e fíxose unha misa preciosa, coa banda municipal tocando o Salve Regina, un oficio digno daquel milagre que A Nosa Señora fíxonos no día da Virxe do Carmen.
A xente da procesión cruzou a ponte e foise achegando cara á rampla, e moitos gritaban ¡Milagre¡ ¡Milagre¡. A pesar do nerviosismo e de todo o que pasara, o cura organizou aquilo e nuns minutos todo o pobo estaba cantando o Stabat Mater de Rossini.
RELATO
INFERNO, II
Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.
Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, por la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían sierras, ríos y valles.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas, todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios sin imágenes y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile vacío, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decoradas por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.
Io non Enea, io non Paolo sono
Me degno a ció, nè io, ne altri crede.
Los dos amigos discutían sobre (criticaban a) los simbolistas franceses de camino al CAGPES. De pronto un choque frontal. Un agujero en el tiempo, una vida atravesando un segundo, un instante cruzando la existencia. Un universo gusano.
Aparecieron transustanciados en un palacio de marfil, por la terraza de una torre encaramada sobre la cima de una colina, una punta coronada por nieves perpetuas. Ambos con largas batas blancas, tez pálida, pelo albino, extenso y lacio, como elfos, con polícromas voces y extraños gestos. Atravesaron desiertas galerías, cruzaron corredores, se pendieron de torres y pasearon por balconadas. Nada.
Salieron fuera, a la montaña sin árboles ni flores. Las nubes del horizonte se unían a un espeso mar de espuma. Formidables glaciares flotaban en la invisible superficie. La niebla cubría todo de tal forma que apenas se intuían sierras, ríos y valles.
Así pues, volvieron al interior del palacio, recorrieron sus patios, sus claustros, sus almenas, todo a la búsqueda de algo que no fuese el tiempo o la sombra de lo que ellos habían sido.
De pronto se encontraron en la biblioteca y se sorprendieron abriendo innúmeros libros sin texto, formidables bestiarios sin imágenes y magnas enciclopedias sin entradas. Por fin entraron en varias salas de cine intercomunicadas, proyectaban, simultánea y repetidamente, tres películas de Andy Warhol: Haircut (No.1), Haircut (No.2) y Haircut (no.3). Salieron a un inmenso salón de baile vacío, con los atriles cubiertos por partituras níveas, admiraron la estancia decoradas por óleos de Rothko, estatuas sin título de Brancusi, números de Fontana y variaciones de Gabo.
Esto no es nada –dijo uno de ellos.
-Lo peor es el dolor físico –le contestó su amigo.
Con un guiño Lucifer avisó a Belial, su virrey, y una trampilla se abrió en el suelo de mármol. Las llamas ascendieron por el tiro que se formó al exterior. Alborotados los esperaban Satanás, Belcebú y Astartot, con una trama enmarañada de castigos y penas; pero Plutón, gobernador de la primera línea del infierno, puso un cierto orden e impuso una espera. Mefistófeles les escogió el peor lugar de su principado, aquel donde las ascuas eran líquidas y el aire azul.
POMBEIRO 1960
RAMIRA SANTAYANA INCIO (Pombeiro)
1960
As do forno estaban intrigadas pola nova veciña. Sobre todo Ramira, a pequena das tres fillas do panadeiro, que era quen máis veces se achegaba a esculcar ao redor da casa, baleira daquela, da señora Lola. Esta era a propietaria, viúva xa cando naceu Ramira, do lugar máis próspero da pequena aldea -pero eran recordos-, o seu fillo casárase o verán anterior cunha moza da Coruña e un deses días regresaba ao lugar para recuperar a casa. Celebraran a voda no Casino, con máis de cen invitados: fiambre, carne e peixe, música, doce, champaña e un pastel alto como un chinero; fixéronse unha colección de fotografías e saíran de lúa de mel polo estranxeiro. Na primavera naceu o neno, xustiño de datas, e iso que foi de case seis quilos; agora, en plena vendima, mudábanse á aldea.
Unha camioneta chea de mobles chegara a Pombeiro uns días antes de que o matrimonio se instalara na fonda dos Peares, a única hospedaxe da rexión. Durante ese tempo dous arcóns, tres caixas e un baúl mundo, traídos para a parella desde A Coruña, agardaron baixo o alpendre, despois de que un mozo da RENFE avisase ás do forno de que a chave da casa non aparecía, que alguén a debía ter collido do brocal do pozo.
Por fin, tras unha espera que deixara ás irmás sumidas nunha expectante curiosidade -todo rumores que recollían as veciñas no pobo e comentarios chegados dos parentes que vivían montaña arriba, na Torre-, o sábado pola mañá viron chegar ao matrimonio pola estrada. Viñan do brazo, pouco apurados; cansos, pois o paseo durara máis dunha hora, pero xa de lonxe víaselles charlar e rir, novos e radiantes
.
Ramira fixábase sobre todo nela. Desde a pequena fiestra do vertedeiro, empolicada na cociña, observábaos. Facía acenos ao marido, o único amigo dunha nenez transcorrida plácida naquel pequeno cosmos, pero toda a súa atención estaba sometida pola aparición da nova esposa. A muller irrompía, unha epifanía, no mundo pechado, caduco, vello e inapetente daquel lugar deixado polas montañas, belo como un pombal e fértil como o edén.
A muller vestía un xersei de punto con pescozo redondo e unha chaqueta de igual cor e a mesma feitura, o cal facía que esta segunda peza asentásese paralela á primeira e non destacase sobre o tecido verde do conxunto. Levaba unha saia cinguida ata os xeonllos, medias verde esmeralda, moi finas (pero á virulé pola camiñada), e uns zapatos caros, de tacón de agulla, abertos no empeine e cinguidos ao nocello mediante unha tira de seda. Entre o seu pelo recolleito brillaban sendas perlas dun oriente moi fino e baixo os rizos morenos (un pouco desmandados pola brisa que subía do río) asomaba o veludo azul salpicado polas margaridas da diadema. O fillo da señora Lola viña de traxe e gravata, aposto, pero nada ríxido; adiviñábaselle contento e orgulloso, coa man libre empuxaba un cocheciño de rodas enormes, desmesuradas en relación coa sua simple ou mera función tractora, pero moi cómodas para o pequeno que viaxaba arrolado, a saltiños.
***
Ramira enseguida fíxose íntima da nova veciña. Tiñan a mesma idade e pronto se recoñeceron complementarias, dúas almas xemelgas entre foscas campesiñas (mulleres rebotadas coa retranca continuamente disposta) e os case sempre ausentes homes do encoro (aldeáns bastos á vez que pusilánimes, feros e vacuos -pero non sabían que era nada de todo iso- a un tempo). Ramira dáballe á súa nova amiga compañía e conversación, pequenos entretementos naquel lugar inútil e paralizado, nimiedades que a muller escoitaba con toda a ilusión do mundo; a moza recibía á súa vez fantásticas noticias de mundos que descoñecía: as varietés, as estrelas de cine, as maniquíes, as festas no Liceo e uns bailes de entroido nos que a xente non se cubría a cara nin se burlaba en falsete.
Polo medio andaba sempre a señora Lola, traballando inqueda: levando leña ao chubesqui, subindo auga do pozo, dándolle de comer aos animais ou dobrando panos limpos para o bebé; moi atenta, ao mesmo tempo, ás conversacións entre a súa nora e Ramira. Unhas veces rosmando e outras, as máis, supervisando as presuntas novidades -E daquela?, dicía sempre que non sabía que pensar para ao mesmo tempo denegar (por si acaso. Se cadra era o seu sonsonete habitual) os incautos comentarios ofrecidos pola súa nora- e criticando as primicias que chegaban desde A Coruña. Intranquila a vella ante todas esas historias de bregados mariños con insospeitados aros de prata, emigrantes que chegaban cada ano estreando convertibles desde Suíza e matrimonios que pasaban as vacacións percorrendo a illa de Mallorca. As mulleres regresaban de Palma usando vestidos de manga sisa, co talle moi cinguido e inmensos escotes, ou camisas de algodón branco, longas como túnicas e repletas de abelorios; traendo consigo alpargatas, cestos de pleita e chapeus de palla para agasallar ás amigas.
Ese mesmo sábado da chegada, a muller limpouno todo; nunha mañá retirou un lustro de desidia, po e rastros de roedores. Logo, sen máis demora que unha comida tardía, ao sol, no río, o fillo da señora Lola, coa axuda dos dous homes do forno, un infante e un vello, montou na casa todo o que lles trouxeron na camioneta.
Unha habitación completa de matrimonio, cun armario de tres lúas cuxo remate en volutas rozaba as vigas do teito, o berce escondido á beira, un moble emperifollado que chamaban tocador enfronte e dous mesillas -as catro pezas de castiñeiro macizo- cuxo mármore soportaba unhas lamparillas de opalina; a única decoración e exceso para todo o cuarto; iso e a foto da voda. Un comedor cunha mesa enorme, unha ducia de cadeiras -a metade acabaron tapando esquinas en escaleiras e corredores- e un aparador para a louza, todo en madeira de carballo. Na cociña colocaron unha mesita plegable con catro banquetas debaixo e un moble de caixóns e moitas portas, unha das cales, inopinadamente, abríase para abaixo; todo dun branco tan brillante que asombraba. Para rematar, o máis impactante, un aparello de radio. Unha caixiña trapezoidal de bordos curvos e catro patiñas oblongas de cobre, cunha rejilla de cana sobre un dial repleto de nomes de cidades, tantas que ocupaban varias liñas, como cifrando un pentagrama de Occidente.
Grazas á música do radiorreceptor Ramira aprendería a bailar. Polas tardes, cando quedaba soa porque as súas irmás ían traballar ao Salto de San Esteban, achegábase á casa da señora Lola para facerlle visitas á súa nova amiga.
Moitas veces atopábaa chorando, sentada nunha cadeira de anea, vendo chover pola fiestra; as bágoas caían unha tras outra, lentas, en silencio, mentres refachos de auga chocaban estrepitosas nos cristais. Consúmome, dicíalle a Ramira, aquí mórrome, queixábase sen ganas. Non conseguía acomodarse á vida da aldea, con todos os días iguais, o mesmo semana tras semana, sempre as mesmas poucas cousas, unha tras outra repetidas, idénticas, escasas e coñecidas ata o desánimo.
Ata o neno quéixase, non crece, non se ri, xamais será como os meus sobriños da Coruña, confesáballe á súa amiga. Pero non era verdade, o pequeno era un sol, fermoso, canfurneiro, alegre e zalamero, moi curioso, sempre gateando e revolvendo, un traste. Un rato que se escondía en calquera lado, percorrendo sen parar as habitacións do piso e subindo a rastro -a nai detrás coas palmas abertas- ata o fallado. Á planta baixa, onde vivían os animais, non podía ir só e case nunca o levaban. Á muller dáballe medo, ata soñaba unhas veces que o porco atacaba ao neno, e outras que as galiñas invadíanos pola noite, con picos de aceiro, ás de peltre e pezuñas de prata.
Pero nalgunhas ocasións Ramira atopábaa bailando. Ensaiando descalza complicados pasos de tango, entrelazada co aire e o sol, cos dedos apuntando ao teito polo tiroliro ou dando xiros e máis xiros polo comedor, sorteando as cadeiras e percorrendo un tras outro os oito lados da enorme mesa.
Un día, as festas de San Vicente achegábanse, mentres a muller movía o corpo ao ritmo do cha-cha-chá e invitábaa a acompañala, Ramira confesoulle que non sabía bailar. Díxolle que as súas irmás nunca quixeran ensinarlle e ela non ía pedirllo a ninguén de fóra.
En dúas semanas Ramira estaba preparada para a festa. A véspera do patrón, como sempre, as súas irmás preguntáronlle se subiría á verbena e mostráronse moi sorprendidas cando ela lles contestou que si, que ese ano non se ía a quedar papando moscas fronte ao lume azul da lareira. O baile resultou todo un éxito, a ata entón esquiva Ramira foi a moza máis pedida da noite; e a súa pródiga amiga da Coruña comezou a tecer plans para ela.
***
Esperábana no atrio, na parte de atrás, protexidos da fina choiva de verán pola cornixa dos ábsides. A Ramira nunca lle gustou a igrexa parroquial, toda ela de pedra ortogonal, sen as cores nin as fiestras nin os vitrales que tiña o novo templo que fixeran no poboado do pantano. Por fóra tiña un tímpano cun carro mal feito e estaba decorada por metopas con estraños símbolos, rústicas estatuas incrustadas nos muros e canecillos ridículos con figuras de monstros inverosímiis e de homes en posturas imposibles ou obscenas. Por dentro era toda branca, excepto o teitume de madeira a dúas augas, con algúns santos de pedra que foran quedando doutros tempos, exvotos colgados das vigas mestras, panos soltos de retablos descabalados, un Santiago con tiara rebosante de bolboretas e un Cristo apolillado na cruz, unha talla feísima, que só tiña o mérito de que, segundo mirásela desde un lado ou outro da nave, o noso Señor sorría ou choraba.
O matrimonio facíalle acenos para que se apurase. Ían ir á Coruña, aos touros, esperáballes unha longa viaxe. O marido estaba supermoderno, levaba un pantalón moi frouxo, cunha abertura triangular nos baixos, e unha estraña camisa de pescozo en forma de ou, moi aberto, sen botóns, cunha orla de carácteres chineses bordados en negro -titi díxolle Lasa que se chamaba-. A muller estaba de branco, máis elegante, vestía unha saia longa e estreita, combinada cunha chaqueta tan curta que nin lle chegaba ás cadeiras e que por detrás tiña un lazo emperifollado; na man volteaba un chapeu acampanado, cando Ramira acabou de subir a costa pediullo e probouno. A súa amiga deixoullo posto, dicíndolle que lle sentaba ge-nial.
Contando marabillas da estrutura espacial -a claridade tectónica, a osteometría e a volumétrica, dicía-, das peculiaridades do paramento, da extrema e moi funcional sinxeleza de basas e remates, da tan coidada como rara iconografía cisterciense, da magnífica acústica da igrexa -unha factura prerrománica nunha Europa cando menos protogótica, aseveraba- viña o enxeñeiro. Ramira non o trataba, pero oíra falar del moitas veces e víranse algunha tarde nas oficinas da presa, mentres ela esperaba a que as súas irmás pasasen ao almacén, para deixar as súas cousas da limpeza tras un biombo.
Era un home exageradamente alto, moi guapo, serio e risueño á vez, cun sorriso escéptico e frío, pero petulante; mirada radiante e equilibrada, chea de sabedoría. Vestía un traxe lixeiro de franela gris con raias verticais, a chaqueta moi longa, chea de petos, coas anchas solapas levantadas e o pantalón inmenso, camiñaba flotando máis que andando. A camisa era branca, de perlón, e ao pescozo quedáballe moi cinguida polo nó dunha gravata de seda negra, ancha e decorosa.
Ao serlle presentada, o enxeñeiro bicoulle a man, inclinouse un pouco, e nun amplo ademán de acollida pediulle, por favor, cando poida, que subise ao coche. Ela virouse para entrar, el foi correndo a abrir a porta, reclinó por completo o asento do condutor e as dúas mulleres sentaron detrás. Os homes fumáronse un cigarro antes da viaxe, con grandes caladas e moita palabrería de terzos, bravura, chiqueros, varas e verónicas; ao terminar subiron, o enxeñeiro no asento do copiloto e Pedro ao volante, co cóbado por fóra, un punto fachendoso. Foi unha viaxe longa, de varias horas por estradas imposibles, un traxecto incómodo que só mellorou cando chegaron á Nacional VI, aquí o coche alcanzou un ritmo prudente e antes das cinco estaban aparcando fronte ao concello da Coruña.
*****
Para Ramira foi un día marabilloso. Pasou moito medo na festa porque un toureiro guapísimo, louro, moi novo, case un neno, colocábase no centro da praza, de xeonllos, cegado por un pano negro, esperando a que saíse o touro e alí recibíao, co coso nun silencio nervioso e unánime. Mentres tanto, Ramira pechaba os ollos ata que sentía un olé moi, moi longo e podía abrilos cando xa soaban as trompetas da orquestra e comezaba a faena. Logo da corrida foron a cear á Gran Antilla, ao terminar entraron nun teatro situado xusto enfronte para ver unha revista; unha historia exipcia chea de sacerdotisas descocadas forradas de nylon, lexionarios romanos en panos menores e un casto José con taparrabos.
Durante a viaxe de volta, e como resultado de todo o vodka que se tomou no ambigú, pois a obra non lle deu nin frío nin calor (aínda que se mondou coas tiples viúvas e estivo moi atento aos meneos da filla do faraón) e entraba e saía do palco ao bar, o enxeñeiro non parou de falar. Contáballes cousas de España coma se vivise noutro país e da guerra civil coma se non tiver terminado vinte anos atrás, Ramira non entendía nin jota. Entre soños a moza oía como falaba dun pobo en ruínas, de xente desencantada, de xeracións malogradas, de vidas sen esperanza, de miseria intelectual e de toda a pena que se ía acumulando, tanta que xa nin se choraba, dicía o home.
Ramira espertábase e no seu duermevela oíao falar de podremia, tristeza, decadencia, extinción, quebra, caída, epidemia e terror. Os soños con Isis convertéronse en pesadelos con Ormuz e Ariman, mentres as expresións perseguíana: refugallos, talla, desolación, indigencia, afundimento, esterilidad, desgraza, trastorno. As palabras voaban e voaban, achegábanselle, crecían e esmagábana: restos, vestixios, fragmentos, correccións, reliquias e ruína e ruína e ruína, esa ruína que seica nos libra doutra maior; ese muro derruido que aínda é a marca da nosa propiedade. A peculiar desolación que nos fortalece e impide que caiamos nunha derrota fatídica, que nos fagamos fortes na perversa actitude de quen non quere loitar nunca máis.
Ao día seguinte, logo de misa de doce, Lasa subiu ata a casa do panadeiro con dous paquetes. Un contiña tres camisóns, un para cada irmá; no outro había roupa para Ramira, estrearíaa cando volvesen saír co enxeñeiro. Á moza faltoulle tempo para probalo: era un pantalón de tergal azul mariño que lle chegaba a media perna -pirata, dixo Lasa-, combinado cun corpiño de algodón dun azul máis claro, bombeado e cos ombreiros ao aire. A próxima vez que vaiamos á Coruña sairemos do Náutico en iate, dixo Lasa, e ela contestou que si, que claro.
1960
As do forno estaban intrigadas pola nova veciña. Sobre todo Ramira, a pequena das tres fillas do panadeiro, que era quen máis veces se achegaba a esculcar ao redor da casa, baleira daquela, da señora Lola. Esta era a propietaria, viúva xa cando naceu Ramira, do lugar máis próspero da pequena aldea -pero eran recordos-, o seu fillo casárase o verán anterior cunha moza da Coruña e un deses días regresaba ao lugar para recuperar a casa. Celebraran a voda no Casino, con máis de cen invitados: fiambre, carne e peixe, música, doce, champaña e un pastel alto como un chinero; fixéronse unha colección de fotografías e saíran de lúa de mel polo estranxeiro. Na primavera naceu o neno, xustiño de datas, e iso que foi de case seis quilos; agora, en plena vendima, mudábanse á aldea.
Unha camioneta chea de mobles chegara a Pombeiro uns días antes de que o matrimonio se instalara na fonda dos Peares, a única hospedaxe da rexión. Durante ese tempo dous arcóns, tres caixas e un baúl mundo, traídos para a parella desde A Coruña, agardaron baixo o alpendre, despois de que un mozo da RENFE avisase ás do forno de que a chave da casa non aparecía, que alguén a debía ter collido do brocal do pozo.
Por fin, tras unha espera que deixara ás irmás sumidas nunha expectante curiosidade -todo rumores que recollían as veciñas no pobo e comentarios chegados dos parentes que vivían montaña arriba, na Torre-, o sábado pola mañá viron chegar ao matrimonio pola estrada. Viñan do brazo, pouco apurados; cansos, pois o paseo durara máis dunha hora, pero xa de lonxe víaselles charlar e rir, novos e radiantes
.
Ramira fixábase sobre todo nela. Desde a pequena fiestra do vertedeiro, empolicada na cociña, observábaos. Facía acenos ao marido, o único amigo dunha nenez transcorrida plácida naquel pequeno cosmos, pero toda a súa atención estaba sometida pola aparición da nova esposa. A muller irrompía, unha epifanía, no mundo pechado, caduco, vello e inapetente daquel lugar deixado polas montañas, belo como un pombal e fértil como o edén.
A muller vestía un xersei de punto con pescozo redondo e unha chaqueta de igual cor e a mesma feitura, o cal facía que esta segunda peza asentásese paralela á primeira e non destacase sobre o tecido verde do conxunto. Levaba unha saia cinguida ata os xeonllos, medias verde esmeralda, moi finas (pero á virulé pola camiñada), e uns zapatos caros, de tacón de agulla, abertos no empeine e cinguidos ao nocello mediante unha tira de seda. Entre o seu pelo recolleito brillaban sendas perlas dun oriente moi fino e baixo os rizos morenos (un pouco desmandados pola brisa que subía do río) asomaba o veludo azul salpicado polas margaridas da diadema. O fillo da señora Lola viña de traxe e gravata, aposto, pero nada ríxido; adiviñábaselle contento e orgulloso, coa man libre empuxaba un cocheciño de rodas enormes, desmesuradas en relación coa sua simple ou mera función tractora, pero moi cómodas para o pequeno que viaxaba arrolado, a saltiños.
***
Ramira enseguida fíxose íntima da nova veciña. Tiñan a mesma idade e pronto se recoñeceron complementarias, dúas almas xemelgas entre foscas campesiñas (mulleres rebotadas coa retranca continuamente disposta) e os case sempre ausentes homes do encoro (aldeáns bastos á vez que pusilánimes, feros e vacuos -pero non sabían que era nada de todo iso- a un tempo). Ramira dáballe á súa nova amiga compañía e conversación, pequenos entretementos naquel lugar inútil e paralizado, nimiedades que a muller escoitaba con toda a ilusión do mundo; a moza recibía á súa vez fantásticas noticias de mundos que descoñecía: as varietés, as estrelas de cine, as maniquíes, as festas no Liceo e uns bailes de entroido nos que a xente non se cubría a cara nin se burlaba en falsete.
Polo medio andaba sempre a señora Lola, traballando inqueda: levando leña ao chubesqui, subindo auga do pozo, dándolle de comer aos animais ou dobrando panos limpos para o bebé; moi atenta, ao mesmo tempo, ás conversacións entre a súa nora e Ramira. Unhas veces rosmando e outras, as máis, supervisando as presuntas novidades -E daquela?, dicía sempre que non sabía que pensar para ao mesmo tempo denegar (por si acaso. Se cadra era o seu sonsonete habitual) os incautos comentarios ofrecidos pola súa nora- e criticando as primicias que chegaban desde A Coruña. Intranquila a vella ante todas esas historias de bregados mariños con insospeitados aros de prata, emigrantes que chegaban cada ano estreando convertibles desde Suíza e matrimonios que pasaban as vacacións percorrendo a illa de Mallorca. As mulleres regresaban de Palma usando vestidos de manga sisa, co talle moi cinguido e inmensos escotes, ou camisas de algodón branco, longas como túnicas e repletas de abelorios; traendo consigo alpargatas, cestos de pleita e chapeus de palla para agasallar ás amigas.
Ese mesmo sábado da chegada, a muller limpouno todo; nunha mañá retirou un lustro de desidia, po e rastros de roedores. Logo, sen máis demora que unha comida tardía, ao sol, no río, o fillo da señora Lola, coa axuda dos dous homes do forno, un infante e un vello, montou na casa todo o que lles trouxeron na camioneta.
Unha habitación completa de matrimonio, cun armario de tres lúas cuxo remate en volutas rozaba as vigas do teito, o berce escondido á beira, un moble emperifollado que chamaban tocador enfronte e dous mesillas -as catro pezas de castiñeiro macizo- cuxo mármore soportaba unhas lamparillas de opalina; a única decoración e exceso para todo o cuarto; iso e a foto da voda. Un comedor cunha mesa enorme, unha ducia de cadeiras -a metade acabaron tapando esquinas en escaleiras e corredores- e un aparador para a louza, todo en madeira de carballo. Na cociña colocaron unha mesita plegable con catro banquetas debaixo e un moble de caixóns e moitas portas, unha das cales, inopinadamente, abríase para abaixo; todo dun branco tan brillante que asombraba. Para rematar, o máis impactante, un aparello de radio. Unha caixiña trapezoidal de bordos curvos e catro patiñas oblongas de cobre, cunha rejilla de cana sobre un dial repleto de nomes de cidades, tantas que ocupaban varias liñas, como cifrando un pentagrama de Occidente.
Grazas á música do radiorreceptor Ramira aprendería a bailar. Polas tardes, cando quedaba soa porque as súas irmás ían traballar ao Salto de San Esteban, achegábase á casa da señora Lola para facerlle visitas á súa nova amiga.
Moitas veces atopábaa chorando, sentada nunha cadeira de anea, vendo chover pola fiestra; as bágoas caían unha tras outra, lentas, en silencio, mentres refachos de auga chocaban estrepitosas nos cristais. Consúmome, dicíalle a Ramira, aquí mórrome, queixábase sen ganas. Non conseguía acomodarse á vida da aldea, con todos os días iguais, o mesmo semana tras semana, sempre as mesmas poucas cousas, unha tras outra repetidas, idénticas, escasas e coñecidas ata o desánimo.
Ata o neno quéixase, non crece, non se ri, xamais será como os meus sobriños da Coruña, confesáballe á súa amiga. Pero non era verdade, o pequeno era un sol, fermoso, canfurneiro, alegre e zalamero, moi curioso, sempre gateando e revolvendo, un traste. Un rato que se escondía en calquera lado, percorrendo sen parar as habitacións do piso e subindo a rastro -a nai detrás coas palmas abertas- ata o fallado. Á planta baixa, onde vivían os animais, non podía ir só e case nunca o levaban. Á muller dáballe medo, ata soñaba unhas veces que o porco atacaba ao neno, e outras que as galiñas invadíanos pola noite, con picos de aceiro, ás de peltre e pezuñas de prata.
Pero nalgunhas ocasións Ramira atopábaa bailando. Ensaiando descalza complicados pasos de tango, entrelazada co aire e o sol, cos dedos apuntando ao teito polo tiroliro ou dando xiros e máis xiros polo comedor, sorteando as cadeiras e percorrendo un tras outro os oito lados da enorme mesa.
Un día, as festas de San Vicente achegábanse, mentres a muller movía o corpo ao ritmo do cha-cha-chá e invitábaa a acompañala, Ramira confesoulle que non sabía bailar. Díxolle que as súas irmás nunca quixeran ensinarlle e ela non ía pedirllo a ninguén de fóra.
En dúas semanas Ramira estaba preparada para a festa. A véspera do patrón, como sempre, as súas irmás preguntáronlle se subiría á verbena e mostráronse moi sorprendidas cando ela lles contestou que si, que ese ano non se ía a quedar papando moscas fronte ao lume azul da lareira. O baile resultou todo un éxito, a ata entón esquiva Ramira foi a moza máis pedida da noite; e a súa pródiga amiga da Coruña comezou a tecer plans para ela.
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Esperábana no atrio, na parte de atrás, protexidos da fina choiva de verán pola cornixa dos ábsides. A Ramira nunca lle gustou a igrexa parroquial, toda ela de pedra ortogonal, sen as cores nin as fiestras nin os vitrales que tiña o novo templo que fixeran no poboado do pantano. Por fóra tiña un tímpano cun carro mal feito e estaba decorada por metopas con estraños símbolos, rústicas estatuas incrustadas nos muros e canecillos ridículos con figuras de monstros inverosímiis e de homes en posturas imposibles ou obscenas. Por dentro era toda branca, excepto o teitume de madeira a dúas augas, con algúns santos de pedra que foran quedando doutros tempos, exvotos colgados das vigas mestras, panos soltos de retablos descabalados, un Santiago con tiara rebosante de bolboretas e un Cristo apolillado na cruz, unha talla feísima, que só tiña o mérito de que, segundo mirásela desde un lado ou outro da nave, o noso Señor sorría ou choraba.
O matrimonio facíalle acenos para que se apurase. Ían ir á Coruña, aos touros, esperáballes unha longa viaxe. O marido estaba supermoderno, levaba un pantalón moi frouxo, cunha abertura triangular nos baixos, e unha estraña camisa de pescozo en forma de ou, moi aberto, sen botóns, cunha orla de carácteres chineses bordados en negro -titi díxolle Lasa que se chamaba-. A muller estaba de branco, máis elegante, vestía unha saia longa e estreita, combinada cunha chaqueta tan curta que nin lle chegaba ás cadeiras e que por detrás tiña un lazo emperifollado; na man volteaba un chapeu acampanado, cando Ramira acabou de subir a costa pediullo e probouno. A súa amiga deixoullo posto, dicíndolle que lle sentaba ge-nial.
Contando marabillas da estrutura espacial -a claridade tectónica, a osteometría e a volumétrica, dicía-, das peculiaridades do paramento, da extrema e moi funcional sinxeleza de basas e remates, da tan coidada como rara iconografía cisterciense, da magnífica acústica da igrexa -unha factura prerrománica nunha Europa cando menos protogótica, aseveraba- viña o enxeñeiro. Ramira non o trataba, pero oíra falar del moitas veces e víranse algunha tarde nas oficinas da presa, mentres ela esperaba a que as súas irmás pasasen ao almacén, para deixar as súas cousas da limpeza tras un biombo.
Era un home exageradamente alto, moi guapo, serio e risueño á vez, cun sorriso escéptico e frío, pero petulante; mirada radiante e equilibrada, chea de sabedoría. Vestía un traxe lixeiro de franela gris con raias verticais, a chaqueta moi longa, chea de petos, coas anchas solapas levantadas e o pantalón inmenso, camiñaba flotando máis que andando. A camisa era branca, de perlón, e ao pescozo quedáballe moi cinguida polo nó dunha gravata de seda negra, ancha e decorosa.
Ao serlle presentada, o enxeñeiro bicoulle a man, inclinouse un pouco, e nun amplo ademán de acollida pediulle, por favor, cando poida, que subise ao coche. Ela virouse para entrar, el foi correndo a abrir a porta, reclinó por completo o asento do condutor e as dúas mulleres sentaron detrás. Os homes fumáronse un cigarro antes da viaxe, con grandes caladas e moita palabrería de terzos, bravura, chiqueros, varas e verónicas; ao terminar subiron, o enxeñeiro no asento do copiloto e Pedro ao volante, co cóbado por fóra, un punto fachendoso. Foi unha viaxe longa, de varias horas por estradas imposibles, un traxecto incómodo que só mellorou cando chegaron á Nacional VI, aquí o coche alcanzou un ritmo prudente e antes das cinco estaban aparcando fronte ao concello da Coruña.
*****
Para Ramira foi un día marabilloso. Pasou moito medo na festa porque un toureiro guapísimo, louro, moi novo, case un neno, colocábase no centro da praza, de xeonllos, cegado por un pano negro, esperando a que saíse o touro e alí recibíao, co coso nun silencio nervioso e unánime. Mentres tanto, Ramira pechaba os ollos ata que sentía un olé moi, moi longo e podía abrilos cando xa soaban as trompetas da orquestra e comezaba a faena. Logo da corrida foron a cear á Gran Antilla, ao terminar entraron nun teatro situado xusto enfronte para ver unha revista; unha historia exipcia chea de sacerdotisas descocadas forradas de nylon, lexionarios romanos en panos menores e un casto José con taparrabos.
Durante a viaxe de volta, e como resultado de todo o vodka que se tomou no ambigú, pois a obra non lle deu nin frío nin calor (aínda que se mondou coas tiples viúvas e estivo moi atento aos meneos da filla do faraón) e entraba e saía do palco ao bar, o enxeñeiro non parou de falar. Contáballes cousas de España coma se vivise noutro país e da guerra civil coma se non tiver terminado vinte anos atrás, Ramira non entendía nin jota. Entre soños a moza oía como falaba dun pobo en ruínas, de xente desencantada, de xeracións malogradas, de vidas sen esperanza, de miseria intelectual e de toda a pena que se ía acumulando, tanta que xa nin se choraba, dicía o home.
Ramira espertábase e no seu duermevela oíao falar de podremia, tristeza, decadencia, extinción, quebra, caída, epidemia e terror. Os soños con Isis convertéronse en pesadelos con Ormuz e Ariman, mentres as expresións perseguíana: refugallos, talla, desolación, indigencia, afundimento, esterilidad, desgraza, trastorno. As palabras voaban e voaban, achegábanselle, crecían e esmagábana: restos, vestixios, fragmentos, correccións, reliquias e ruína e ruína e ruína, esa ruína que seica nos libra doutra maior; ese muro derruido que aínda é a marca da nosa propiedade. A peculiar desolación que nos fortalece e impide que caiamos nunha derrota fatídica, que nos fagamos fortes na perversa actitude de quen non quere loitar nunca máis.
Ao día seguinte, logo de misa de doce, Lasa subiu ata a casa do panadeiro con dous paquetes. Un contiña tres camisóns, un para cada irmá; no outro había roupa para Ramira, estrearíaa cando volvesen saír co enxeñeiro. Á moza faltoulle tempo para probalo: era un pantalón de tergal azul mariño que lle chegaba a media perna -pirata, dixo Lasa-, combinado cun corpiño de algodón dun azul máis claro, bombeado e cos ombreiros ao aire. A próxima vez que vaiamos á Coruña sairemos do Náutico en iate, dixo Lasa, e ela contestou que si, que claro.
FLOR DE SANTIDADE
Ao lonxe destacábase a figura dun forasteiro, desgreñado e bizantino, co seu gabán empapado, adornado pola vieira, e o bordón engarzado á diestra. Vaise achegando ao pobo pola ponte antiga, unha vella estrutura de madeira e pedra que resiste o paso dos séculos, cos seus arcos combados, as claves desencaixadas e unha insólita enfermeiría de peregrinos no medio. Un hospital gótico construído polo diaño nunha noite co fin de apresar un soño romántico. O home detense, entre a néboa, sen rumbo, no medio da praza dos taxistas. Sen coñecelo de nada os dous únicos condutores saúdano, como se fixo sempre, tan afables como aburridos: tres ou catro viaxes diarias sonche pouca faena.
O neno está colgado, mecéndose, enriza da baranda ferrumbrosa dunha paquetería. “A Crisálida”, lese, con fina caligrafía procesal case borrada pola humidade, a humildade e o tedio. Mantense á espera, véndoo chegar, con ollos espectantes, unha pequena novidade nese mundo inzado de tanta nada; sempre atendendo, agardando, esperando por ese Godot que arribará de ultramar. Ten un nome anticuado o mozo, Higinio, e leva unha vida monótona, vella, cativa. Parece tan abatido como as pedras musgosas que cobren as columnas dos soportais, tan afincado como as losas rezumantes de líquenes que conforman o empedrado. A imaxe triste dun tempo petrificado.
O seu pai morreu afogado uns anos antes, un naufraxio no máis dourado dunha infancia rezumante de agarimo. Non se soubo que sucedera. O corpo apareceu ao fin, inchado e mordido, verde flotando escuro na prata dun mar de viño, tras unha semana de incesantes procuras, berros da nai, silencio nos fillos e susurros desde o leito da esposa. O neno non puidera desprenderse dun duelo feroz, incapaz de desaloxar do pensamento aquela imaxe fatídica, cóncava. A figura dolosa dunha morte acuaria.
¡Que inverno aquel¡ A terra e o mar, o ceo e o aire embravecidos sen pausa durante todo o ano. Os barcos arriscándose cada día. As mulleres cos seus rezos ao Señor Santiago e á Virxe do Carmen. O neno, manso como unha pomba e humilde como a terra, acompañaba á súa nai ao peirao na madrugada. Levántanse xuntos para ver a chegada os barcos entre a mareixada. ¡Que inverno aquel¡ O país revolto polas folgas nas grandes fábricas. Os obreiros combativos, varios mortos asasinados nos asteleiros da cidade. A radio emitía malas noticias desde a capital, resoaban tambores de guerra nos cuarteis. ¡Que inverno aquel¡ O pobo intranquilo, a incerteza facendo estragos en cada casa, os cambios que se acaecían afectaban a todos e ninguén sabía de certo o que ocorría, por canto tempo, tampouco que podería pasar. Bazas fulleras campaneando por todas partes.
O peregrino pregúntalle onde pode durmir e o rapaz se apresta a ensinarlle os dous sitios que dan camas. Pero non atopan nada libre nos hostais, unha nova remesa de obreiros da central térmica ocupouno todo, e aínda se esperan máis traballadores para terminar por fin a fábrica do embalse. O neno lévao a casa e a nai acólleo, dándolle acubillo no baixo da construción mariñeira, onde unha pequena habitación cunha cama de ferro cromado ten un ventanuco que dá á rúa da Victoria Nacional. A muller pregunta ao romeu sobre a súa ruta. “Desde a mesma Pamplona veño, señora. Con sorte mañá chegarei a Santiago, por fin bicarei ao Apóstolo, Señor do Trueno, e buscarei remedio co Santo dos Croques ao meu esquecemento”.
A moza soña cada noite con esa nenez, xa remota. Agora está repetindo COU nun internado compostelán e nada foi como el pensaba quería imaxinaba. O aparecido sentado no centro da cama parécese moito ao seu pai. Está chorando, fíos de bágoas vermellas márcanlle as fazulas roídas polos peixes. Nótaselle molesto e desconfiado. Ao miralo, Higinio dáse conta de que algo non vai ben. O home está celoso, as súas queixas e as súas protestas entran e saen, percorrendo todas as habitacións do internado. Higinio espértase gritando e enseguida dórmese asustado. De madrugada aparéceselle o seu pai outra vez, morto vestido de branco, cun traxe imposible de mariñeiro falso. Algunhas outras noites, con todo, visítao o peregrino, níveo. ¡Aí mesmo, mirando pola fiestra, rompendo as verxas coma un titán¡ Recóstase aos pés da liteira, pídelle amable que volva a casa; pero ao mesmo tempo que sorrí, a sua mueca asusta. Gargalladas transparentes resoan, a moza grita levántase os compañeiros espertan o estranxeiro desaparece. Higinio veo afastarse, de esclavina e chapeu calañés, cun báculo de ouro e xacintos engarzados.
*****
Pola mañá, moi cedo, o neno esperta nervioso e baixa á cociña. O peregrino non está. Higinio sae á rúa e contempla como o seu amigo ascende por entre a escarcha do monte. Sobe animoso, escalando a costa barcina e argéntea dun carreiro trillado por rebaños, caiados e carros, hollado cos zocos dos aldeanos. Higinio entristecese, sentíndose baleiro, e un profundo malestar apodéraselle do corpo.
O neno sae do portal apurado, ten que cruzar correndo o pobo para deixar polas casas o xornal. Rápido, antes de que soe a sirena do colexio. Na súa familia todos teñen que traballar. O irmán na pesca, a nena servindo co dentista no chalet, a nai no seu: a casa, a horta, o curral, as bestas. Churras, churras, oíase dicir á muller na traseira da casa; tiña que ocuparse pronto enseguida dos animais para poder visitar a unha curmá. Pitas, pitas, pitas, pitas, seguía a muller.
O neno está doente, doliente, melancólico, como ido, e a ela parécelle que lle botaron o mal de ollo. A sua parente, encerrada na casa desde moi nova, seica poida axudala no seu designio, descifrar os augurios infaustos que sinalan as cartas. Pero a nai tenlle medo a aquela inválida histérica. A morte sempre ten merodeado por aquel leito seu de vella endemoniada. “Meigas fora”, a muller sorpréndese e persignase ao escoitar a súa propia voz renegando dun familiar.
Higinio é un neno fantasioso. Pensa todos os días en fuxir do pobo, pero teme que o alcance a noite. Imaxínase perdido nun camiño solitario, errante fronte a un carreiro polo que non chegaría a ningunha parte, chegado a bifurcacions insospeitadas, durmindo na aurora baixo un cruceiro gótico. Sen saber o porqué do seu desexo, soña co retorno do peregrino. Imaxínase con el en casa, conversando mentres escoitan escuras novidades repetidas polo parte; rebatindo ao primoxénito na mesa; xogando en cama á brisca cando a súa nai plancha; lucindo no paseo os domingos á súa irmá.
A muller decídese a ir a casa da adivíña, a súa sogra acompáñaa, mal encarada, rosmando. A meiga recíbeas na súa habitación, un lobicán durme ao seu lado; a enferma vive encamada desde nena. Non ten nin que sacar a baraxa, coñeceu tantos casos similares. Nada máis vela dille nun rumoreo que xa sabe o que vén pedirlle. “Compre co levedes a San Andrés de Teixido” fala mentres se dá a volta; e o can esperta cando oe a voz da súa ama, fiero, ensinando as súas armas ás dúas mulleres.
Teñen que esperar unhas semanas pola festa do santo. Ao fin chega a data da romaría, van no autobús ata Agarimo e logo cruzan andando toda a serra. Higinio carga cunha facha xigantesca, a vela é máis alta que el e tan grosa como o cabo dun remo. A avóa e a nai percorren a última costa de xoellos. A aldea divísase ao fondo, ateigada de xente devota, as pregarias baixan da montaña ao mar, ata polos acantilados vense grupos de paisanos ofrecidos ao santo, os rezos érguense ante o verde do auga para chegar ao azul do ceo. Cando entran os tres na capela, o sangue cobre as pernas de ambas mulleres e pingas penitentes puntean a cantería románica. O neno, serio e piadoso, deixa a súa candea nunha pila inmensa baixo a bóveda de oxivas, a cera inunda o cruceiro como unha onda de prata. Os exvotos cobren as paredes e tres pesqueiros colgan da viga mestra, resplandecendo a súa quilla á luz amarela dos cirios.
*****
Un día moi cedo retorna o forasteiro. Atópase co neno, aínda é de noite e axúdao no seu traballo mañanero. Cóntalle que está de paso, camiño á súa terra aragonesa, tras penar ao apóstolo unha falta moi grande: quince días pasou de ayuno en San Francisco e tres de penitente baixo o Cordeiro do Pórtico. Dille que regresou porque quere agradecerlles a *hospitalidade. Trouxo para a nai un pequeno botón de azabache indio e para o neno a cruz do Apóstolo. Higinio acompáñao a casa, déixaos falando: a muller agradecida, o home cautivado; e o pequeno corre contento a xogar ao escondite cos seus amigos polas ruínas da fábrica de curtidos.
Cando regresa atopa á súa nai soa; Higinio querería terse despedido do estranxeiro. Ao día seguinte o neno quédase en casa, non quere ir ao traballo, nin despois ao colexio. Non conseguen levantalo da cama. Pero el sabe que non se atopa mal. Ao contrario, nada di, pero malia o seu merma, non é malestar o que sente; é confuso benestar, alivio, un descanso eterno ao que aspira.
Pasan semanas, a nai teme que o neno quédaselles na cama para sempre, como contan que pasou coa súa curmá a meiga. Sabe que na súa familia sempre habitou unha vena mística. Decide tomar medidas. Lévao ao pósito a que o mire o seu médico de cabeceira.
O doutor Amado non observa nada raro. Logo de comprobar os resultados das análises recoméndalle que vaia co neno a un psiquiatra da capital. O especialista da Coruña dáse conta de que a orixe da melancolía é o forasteiro, algo que a curmá non quixo revelar. O neno mórrese por ter un pai e o peregrino ocupou ese lugar tan imaxinario como real.
Pero o home quedouse no pobo. Vive escondido nun alpendre da horta. Algunhas noites entra na casa, ás escuras, escalando a parra. O neno está ao tanto destas visitas, asúmeas e favoréceas: a súa idea, o seu anhelo, consiste en que o romeu poida ficar na casa. Os seus irmáns tamén descobren ao meteco, pero as súas opinións son contrarias, pretenden botar ao intruso e acosan á nai con preguntas e esixencias. Aínda que non poden; é unha muller moi forte, viuda de vivos, e non se dobrega ante a inimiga filial. A relación da parella comeza a ser tan evidente como ilícita. Os corrillos crecen polas casas do pobo. Os irmáns acoden a buscar o consello da familia paterna. Os parentes do afogado conxúranse. Tres homes danlle unha malleira ao estranxeiro, déixano tirado morto malferido na bodega, cos porcos olisqueando os zapatós e as pitas asustadas tralo somier que sostén da alambrada.
Higinio non se decatou do ocorrido. Pasa todas as tardes na fábrica, sempre xogando ao escondite cos seus amigos. Á noitiña vanse ao varadeiro, baixo o añil do ceo pasan de man en man os mistos. Cando todo queda fusco comezan a contarse vellas historias de medo antigo: o home lobo, a santa compaña, meigas, trasgos, sochantres e aparecidos.
*****
O rapaz deixa o colexio e comeza a saír a pescar máis aló de ríaa. Convértese no home da casa. A irmá entrou interna no pazo do avogado e o primoxénito derrotado vencido abandonou á nai. Higinio é o benxamín que foi coroado. Pero, máis aló desa a súa imaxe adusta, a muller mórrese de pena, non quere que o seu pequeno vaia ao mar cada noite. Teme que atope o mesmo final que levou ao pai. A visión do seu marido obsesiónaa. O seu cadáver, inflado e putrefacto, devolto polo auga logo de vagar dez días nas profundidades de ría, aparéceselle cada vez que ve saír o barco co seu pequeno saudando dende a proa.
De súpeto Higinio creceu dez anos. Traballa como o que máis, aprende antes que ninguén. Tamén comeza a beber e a xurar, igual que todos. Non se preocupa, non fai nin máis nin menos que canto vai. Se existisen os grumetes entre a pesca de baixura, el cumpriría á perfección ese papel; pero non é así. No traballo os mariñeiros compárteno todo e a igualdade é a principal insignia; axudan ao principiante, aínda que é un máis e lévase o seu quiñón como calquera. Higinio faise amigo do patrón, o vello Botas trátao coma se fose un fillo e o neno venérao.
O rapaz perde a melancolía. Levántase cada día animoso tenaz seguro, preparado para almorzar e comer enseguida forte e saír pronto renovado contento ao mar. Do océano gústanlle os seus ruxidos, os sustos, o vaivén do pesqueiro, o baldeo das olas pola ponte; do oficio as noites en vela, o arrastre das redes en mar aberto, tapar con bancos de prata as cadernas, recoller as nasas do esteiro á volta, subastar a mercancía ao alba na rampa; e ás veces ata o deixan levar o timón un intre. Só cando non está o vello capitán na ponte. Ao pilotar séntese Lord Jim. Non lle asustan as profundidades mariñas, sábeas cheas de vida, cunha existencia abisal, prolífica e soberbia, que Higinio querería coñecer. Pensa que non é imposible. O seu pai soubo dela.
A parella continuou as súas relacións ilícitas. Tras uns meses de intercambio de cartas, algunha conferencia desde a centralita e breves encontros clandestinos na capital, volve o forasteiro. A familia acéptao, a avóa recoñece que á fin e ao cabo será como un pai para os seus tres netos orfos e tamén un amparo para a nora. Ademais, xa pasaron máis de tres anos da morte do seu fillo e o loito cumpriuse como correspondía. Os cuñados respectan a sabia decisión da súa nai. O primoxénito vencido derrotado só di: “E daquela”
Logo de varios meses de exames, vixilancia e promesas, a parella cásase. O pai peregrino traslada o seu reloxería desde Pamplona ao pobo. Enseguida toma as rendas da casa. A esposa deixa a horta, o río e os animais; o home regálalle cremas, vestidos, un chapeu, luvas e xoias. Os maiores volven ao fogar: a nena aproba a reválida e matricúlase na Normal, o maior prepárase no oficio co seu padrastro. O fillo menor non pode seguir así: traballando e bebendo coma se fose un adulto; apenas ten catorce anos. O home quere que estude, ten que labrarse un porvir; e así é como Higinio acaba nun internado, pesaroso nas verdes pedras compostelanas umbrías cansas.
O neno está colgado, mecéndose, enriza da baranda ferrumbrosa dunha paquetería. “A Crisálida”, lese, con fina caligrafía procesal case borrada pola humidade, a humildade e o tedio. Mantense á espera, véndoo chegar, con ollos espectantes, unha pequena novidade nese mundo inzado de tanta nada; sempre atendendo, agardando, esperando por ese Godot que arribará de ultramar. Ten un nome anticuado o mozo, Higinio, e leva unha vida monótona, vella, cativa. Parece tan abatido como as pedras musgosas que cobren as columnas dos soportais, tan afincado como as losas rezumantes de líquenes que conforman o empedrado. A imaxe triste dun tempo petrificado.
O seu pai morreu afogado uns anos antes, un naufraxio no máis dourado dunha infancia rezumante de agarimo. Non se soubo que sucedera. O corpo apareceu ao fin, inchado e mordido, verde flotando escuro na prata dun mar de viño, tras unha semana de incesantes procuras, berros da nai, silencio nos fillos e susurros desde o leito da esposa. O neno non puidera desprenderse dun duelo feroz, incapaz de desaloxar do pensamento aquela imaxe fatídica, cóncava. A figura dolosa dunha morte acuaria.
¡Que inverno aquel¡ A terra e o mar, o ceo e o aire embravecidos sen pausa durante todo o ano. Os barcos arriscándose cada día. As mulleres cos seus rezos ao Señor Santiago e á Virxe do Carmen. O neno, manso como unha pomba e humilde como a terra, acompañaba á súa nai ao peirao na madrugada. Levántanse xuntos para ver a chegada os barcos entre a mareixada. ¡Que inverno aquel¡ O país revolto polas folgas nas grandes fábricas. Os obreiros combativos, varios mortos asasinados nos asteleiros da cidade. A radio emitía malas noticias desde a capital, resoaban tambores de guerra nos cuarteis. ¡Que inverno aquel¡ O pobo intranquilo, a incerteza facendo estragos en cada casa, os cambios que se acaecían afectaban a todos e ninguén sabía de certo o que ocorría, por canto tempo, tampouco que podería pasar. Bazas fulleras campaneando por todas partes.
O peregrino pregúntalle onde pode durmir e o rapaz se apresta a ensinarlle os dous sitios que dan camas. Pero non atopan nada libre nos hostais, unha nova remesa de obreiros da central térmica ocupouno todo, e aínda se esperan máis traballadores para terminar por fin a fábrica do embalse. O neno lévao a casa e a nai acólleo, dándolle acubillo no baixo da construción mariñeira, onde unha pequena habitación cunha cama de ferro cromado ten un ventanuco que dá á rúa da Victoria Nacional. A muller pregunta ao romeu sobre a súa ruta. “Desde a mesma Pamplona veño, señora. Con sorte mañá chegarei a Santiago, por fin bicarei ao Apóstolo, Señor do Trueno, e buscarei remedio co Santo dos Croques ao meu esquecemento”.
A moza soña cada noite con esa nenez, xa remota. Agora está repetindo COU nun internado compostelán e nada foi como el pensaba quería imaxinaba. O aparecido sentado no centro da cama parécese moito ao seu pai. Está chorando, fíos de bágoas vermellas márcanlle as fazulas roídas polos peixes. Nótaselle molesto e desconfiado. Ao miralo, Higinio dáse conta de que algo non vai ben. O home está celoso, as súas queixas e as súas protestas entran e saen, percorrendo todas as habitacións do internado. Higinio espértase gritando e enseguida dórmese asustado. De madrugada aparéceselle o seu pai outra vez, morto vestido de branco, cun traxe imposible de mariñeiro falso. Algunhas outras noites, con todo, visítao o peregrino, níveo. ¡Aí mesmo, mirando pola fiestra, rompendo as verxas coma un titán¡ Recóstase aos pés da liteira, pídelle amable que volva a casa; pero ao mesmo tempo que sorrí, a sua mueca asusta. Gargalladas transparentes resoan, a moza grita levántase os compañeiros espertan o estranxeiro desaparece. Higinio veo afastarse, de esclavina e chapeu calañés, cun báculo de ouro e xacintos engarzados.
*****
Pola mañá, moi cedo, o neno esperta nervioso e baixa á cociña. O peregrino non está. Higinio sae á rúa e contempla como o seu amigo ascende por entre a escarcha do monte. Sobe animoso, escalando a costa barcina e argéntea dun carreiro trillado por rebaños, caiados e carros, hollado cos zocos dos aldeanos. Higinio entristecese, sentíndose baleiro, e un profundo malestar apodéraselle do corpo.
O neno sae do portal apurado, ten que cruzar correndo o pobo para deixar polas casas o xornal. Rápido, antes de que soe a sirena do colexio. Na súa familia todos teñen que traballar. O irmán na pesca, a nena servindo co dentista no chalet, a nai no seu: a casa, a horta, o curral, as bestas. Churras, churras, oíase dicir á muller na traseira da casa; tiña que ocuparse pronto enseguida dos animais para poder visitar a unha curmá. Pitas, pitas, pitas, pitas, seguía a muller.
O neno está doente, doliente, melancólico, como ido, e a ela parécelle que lle botaron o mal de ollo. A sua parente, encerrada na casa desde moi nova, seica poida axudala no seu designio, descifrar os augurios infaustos que sinalan as cartas. Pero a nai tenlle medo a aquela inválida histérica. A morte sempre ten merodeado por aquel leito seu de vella endemoniada. “Meigas fora”, a muller sorpréndese e persignase ao escoitar a súa propia voz renegando dun familiar.
Higinio é un neno fantasioso. Pensa todos os días en fuxir do pobo, pero teme que o alcance a noite. Imaxínase perdido nun camiño solitario, errante fronte a un carreiro polo que non chegaría a ningunha parte, chegado a bifurcacions insospeitadas, durmindo na aurora baixo un cruceiro gótico. Sen saber o porqué do seu desexo, soña co retorno do peregrino. Imaxínase con el en casa, conversando mentres escoitan escuras novidades repetidas polo parte; rebatindo ao primoxénito na mesa; xogando en cama á brisca cando a súa nai plancha; lucindo no paseo os domingos á súa irmá.
A muller decídese a ir a casa da adivíña, a súa sogra acompáñaa, mal encarada, rosmando. A meiga recíbeas na súa habitación, un lobicán durme ao seu lado; a enferma vive encamada desde nena. Non ten nin que sacar a baraxa, coñeceu tantos casos similares. Nada máis vela dille nun rumoreo que xa sabe o que vén pedirlle. “Compre co levedes a San Andrés de Teixido” fala mentres se dá a volta; e o can esperta cando oe a voz da súa ama, fiero, ensinando as súas armas ás dúas mulleres.
Teñen que esperar unhas semanas pola festa do santo. Ao fin chega a data da romaría, van no autobús ata Agarimo e logo cruzan andando toda a serra. Higinio carga cunha facha xigantesca, a vela é máis alta que el e tan grosa como o cabo dun remo. A avóa e a nai percorren a última costa de xoellos. A aldea divísase ao fondo, ateigada de xente devota, as pregarias baixan da montaña ao mar, ata polos acantilados vense grupos de paisanos ofrecidos ao santo, os rezos érguense ante o verde do auga para chegar ao azul do ceo. Cando entran os tres na capela, o sangue cobre as pernas de ambas mulleres e pingas penitentes puntean a cantería románica. O neno, serio e piadoso, deixa a súa candea nunha pila inmensa baixo a bóveda de oxivas, a cera inunda o cruceiro como unha onda de prata. Os exvotos cobren as paredes e tres pesqueiros colgan da viga mestra, resplandecendo a súa quilla á luz amarela dos cirios.
*****
Un día moi cedo retorna o forasteiro. Atópase co neno, aínda é de noite e axúdao no seu traballo mañanero. Cóntalle que está de paso, camiño á súa terra aragonesa, tras penar ao apóstolo unha falta moi grande: quince días pasou de ayuno en San Francisco e tres de penitente baixo o Cordeiro do Pórtico. Dille que regresou porque quere agradecerlles a *hospitalidade. Trouxo para a nai un pequeno botón de azabache indio e para o neno a cruz do Apóstolo. Higinio acompáñao a casa, déixaos falando: a muller agradecida, o home cautivado; e o pequeno corre contento a xogar ao escondite cos seus amigos polas ruínas da fábrica de curtidos.
Cando regresa atopa á súa nai soa; Higinio querería terse despedido do estranxeiro. Ao día seguinte o neno quédase en casa, non quere ir ao traballo, nin despois ao colexio. Non conseguen levantalo da cama. Pero el sabe que non se atopa mal. Ao contrario, nada di, pero malia o seu merma, non é malestar o que sente; é confuso benestar, alivio, un descanso eterno ao que aspira.
Pasan semanas, a nai teme que o neno quédaselles na cama para sempre, como contan que pasou coa súa curmá a meiga. Sabe que na súa familia sempre habitou unha vena mística. Decide tomar medidas. Lévao ao pósito a que o mire o seu médico de cabeceira.
O doutor Amado non observa nada raro. Logo de comprobar os resultados das análises recoméndalle que vaia co neno a un psiquiatra da capital. O especialista da Coruña dáse conta de que a orixe da melancolía é o forasteiro, algo que a curmá non quixo revelar. O neno mórrese por ter un pai e o peregrino ocupou ese lugar tan imaxinario como real.
Pero o home quedouse no pobo. Vive escondido nun alpendre da horta. Algunhas noites entra na casa, ás escuras, escalando a parra. O neno está ao tanto destas visitas, asúmeas e favoréceas: a súa idea, o seu anhelo, consiste en que o romeu poida ficar na casa. Os seus irmáns tamén descobren ao meteco, pero as súas opinións son contrarias, pretenden botar ao intruso e acosan á nai con preguntas e esixencias. Aínda que non poden; é unha muller moi forte, viuda de vivos, e non se dobrega ante a inimiga filial. A relación da parella comeza a ser tan evidente como ilícita. Os corrillos crecen polas casas do pobo. Os irmáns acoden a buscar o consello da familia paterna. Os parentes do afogado conxúranse. Tres homes danlle unha malleira ao estranxeiro, déixano tirado morto malferido na bodega, cos porcos olisqueando os zapatós e as pitas asustadas tralo somier que sostén da alambrada.
Higinio non se decatou do ocorrido. Pasa todas as tardes na fábrica, sempre xogando ao escondite cos seus amigos. Á noitiña vanse ao varadeiro, baixo o añil do ceo pasan de man en man os mistos. Cando todo queda fusco comezan a contarse vellas historias de medo antigo: o home lobo, a santa compaña, meigas, trasgos, sochantres e aparecidos.
*****
O rapaz deixa o colexio e comeza a saír a pescar máis aló de ríaa. Convértese no home da casa. A irmá entrou interna no pazo do avogado e o primoxénito derrotado vencido abandonou á nai. Higinio é o benxamín que foi coroado. Pero, máis aló desa a súa imaxe adusta, a muller mórrese de pena, non quere que o seu pequeno vaia ao mar cada noite. Teme que atope o mesmo final que levou ao pai. A visión do seu marido obsesiónaa. O seu cadáver, inflado e putrefacto, devolto polo auga logo de vagar dez días nas profundidades de ría, aparéceselle cada vez que ve saír o barco co seu pequeno saudando dende a proa.
De súpeto Higinio creceu dez anos. Traballa como o que máis, aprende antes que ninguén. Tamén comeza a beber e a xurar, igual que todos. Non se preocupa, non fai nin máis nin menos que canto vai. Se existisen os grumetes entre a pesca de baixura, el cumpriría á perfección ese papel; pero non é así. No traballo os mariñeiros compárteno todo e a igualdade é a principal insignia; axudan ao principiante, aínda que é un máis e lévase o seu quiñón como calquera. Higinio faise amigo do patrón, o vello Botas trátao coma se fose un fillo e o neno venérao.
O rapaz perde a melancolía. Levántase cada día animoso tenaz seguro, preparado para almorzar e comer enseguida forte e saír pronto renovado contento ao mar. Do océano gústanlle os seus ruxidos, os sustos, o vaivén do pesqueiro, o baldeo das olas pola ponte; do oficio as noites en vela, o arrastre das redes en mar aberto, tapar con bancos de prata as cadernas, recoller as nasas do esteiro á volta, subastar a mercancía ao alba na rampa; e ás veces ata o deixan levar o timón un intre. Só cando non está o vello capitán na ponte. Ao pilotar séntese Lord Jim. Non lle asustan as profundidades mariñas, sábeas cheas de vida, cunha existencia abisal, prolífica e soberbia, que Higinio querería coñecer. Pensa que non é imposible. O seu pai soubo dela.
A parella continuou as súas relacións ilícitas. Tras uns meses de intercambio de cartas, algunha conferencia desde a centralita e breves encontros clandestinos na capital, volve o forasteiro. A familia acéptao, a avóa recoñece que á fin e ao cabo será como un pai para os seus tres netos orfos e tamén un amparo para a nora. Ademais, xa pasaron máis de tres anos da morte do seu fillo e o loito cumpriuse como correspondía. Os cuñados respectan a sabia decisión da súa nai. O primoxénito vencido derrotado só di: “E daquela”
Logo de varios meses de exames, vixilancia e promesas, a parella cásase. O pai peregrino traslada o seu reloxería desde Pamplona ao pobo. Enseguida toma as rendas da casa. A esposa deixa a horta, o río e os animais; o home regálalle cremas, vestidos, un chapeu, luvas e xoias. Os maiores volven ao fogar: a nena aproba a reválida e matricúlase na Normal, o maior prepárase no oficio co seu padrastro. O fillo menor non pode seguir así: traballando e bebendo coma se fose un adulto; apenas ten catorce anos. O home quere que estude, ten que labrarse un porvir; e así é como Higinio acaba nun internado, pesaroso nas verdes pedras compostelanas umbrías cansas.
BARTEBLY, UN RELATO IN MEMORIAM
1984.BARTEBLY
En 1984 terminé mi licenciatura de historia del arte. Fue el segundo año que pasaba otra vez en el pueblo, con mis padres, después de mis tiempos de estudiante universitario en Santiago de Compostela y Barcelona, también el primero curso que dediqué a preparar oposiciones para ser profesor de Formación Profesional, estudios que pronto abandoné para recibirme como bibliotecario.
He seleccionado cuatro libros de ese año: Bartleby el escribiente de Herman Melville, La filosofía en el tocador, del divino marqués, El agente secreto de Conrad y Vengadoras angelicales de la Dinesen.
El relato de Melville lo leí en la magnífica colección “La biblioteca de Babel” y su impacto en mí fue muy profundo. Se convirtió en una obra que, después, cuando llegué a ser funcionario, siempre he ido recomendando a mis compañeros de trabajo. La filosofía en el tocador, de Sade, en una estupenda edición ilustrada, traducido y comentado por Agustín García Calvo. El agente secreto, en esa colección de falsa piel con falsos dorados y falsas nervaduras y cosidos falsos; con títulos importantísimos, algunos muy difíciles de encontrar, descatalogados, rarezas; una serie editada por Seix Barral para los quioscos. Vengadoras angelicales de la Dinesen, en la colección de Alfaguara en la que aún no leía a Juan Benet ni a William Faulkner.
La vía de llegada a estos libros fue el cine. Conocí a Sade a través de las historias de Luis Buñuel, de sus crípticas alusiones mexicanas y de las claras referencias en las obras francesas. También recordaba que en sus memorias contaba que en su adolescencia leyó La filosofía en el tocador y como supuso para él una tábula rasa.
El agente secreto la pusieron en la televisión, con el gran Peter Lorre y esa bomba que lleva un niño por todo Londres, el mejor ejemplo de suspense que conozco, y el final en el cine, cuando el malvado espía muere durante la proyección de una película, confundiéndose su sombra con las imágenes.
Vengadoras angelicales llegó a mis manos después de conocer a la autora en “Memorias de Africa”. Le dieron un óscar y la proyectaron en todas las ciudades. Esa actriz horrible y Robert Redford; recuerdo que ví la película en Gijón, camino a casa después de uno de esos cursos de verano.
Bartebly fue la única de esas obras a la que accedí por los caminos de la literatura. Borges, siempre Borges, ese autor que tan bien hablaba de autores que nunca estaban de moda: Coleridge, Chesterton, Veblen, O’Neill, ese comediógrafo suegro de Charlot.
Bartebly ha sido el elegido, el ganador de ese año es Hermann Melville.
******
"Hermann es tan grato y sencillo y amable como puede serlo, lo cual acaso no sea demasiado. Se ha cubierto, como algunos crustáceos marinos, con toda clase de acrecencias, ricas algas marinas, también de rígidas bromas y curiosas cosas fútiles, y vive oculto en medio de sus extrañas y pesadas maneras, envuelto en costumbres ajenas. Pero todo esto no es más que "apariencias protectoras", bajo las cuales continua el mismo y querido viejo, bueno e inocente y en el fondo muy desvalido Hermy. Un gran autor que vive preocupándose por poca cosa más que sus escritos, pero lleno de respeto y afecto por todas las cosas gentiles". Así me había escrito Henry Adams de su amigo; esas eran las referencias con las que yo llegaba a la entrevista: de un escritor curtido a la vez que dúctil, amable a la par que poderoso. Un artista que guardaba un tesoro de sabiduría, la de reconocer que la mente de un hombre puede ser más poderosa que la realidad misma.
Me encontré con un viejo de menos de cuarenta años. Un escritor desengañado y áspero que me recibió en su pequeño piso, dos habitaciones de uno de esos edificios de ladrillo rojo convertido en gris por los humos de las fábricas, el ruido de las riberas y la actividad, en extremo intensa, del puerto. Una habitación que él llamaba su ermita, donde se encontraba tan aislado como un estilita. Erguido en una columna desde cuya altura la vista era más rica que en toda la Tebaida: Jersey City, Poltergeistown, Manhatannville, Astoria Hoge y Fauljker River. Nada que ver con los muros y tapias de Bartebly.
Ese hombre de vida aventurera, marino experto que hasta logró convivir con los caníbales en una isla, se había convertido en un misántropo. Frente a mí se sentaba un anciano venerable, un recio varón cuyas actividades habían sido dispersas en grado sumo, tan variadas como amenas. Un campeón que había trabajado como empleado de banco, peón, maestro de escuela, grumete, ballenero, contable en un prostíbulo de Nueva Orleans, granjero; ahora se había convertido en un triste mero empleado público.
Un día al despertarse, Melville se dio cuenta de que se había convertido en otra cosa, que ya no era el hombre de letras que había sido desde muy joven. Apesadumbrado al verse forzado a reconocer cómo el vacío que el mundo literario le había hecho a la ballena blanca, a su criatura, le resultaba imposible de soportar. Editó su último libro de cuentos y nunca más se relacionó con nadie del medio literario; eso sí, continuaba escribiendo todos los días, poco, pero cada jornada seguía con su labor. Allí estaban, a su lado, varias libretas de cuentos cuya publicación nunca autorizaría.
Un hombre sólo, sin familia, desengañado del amor, la amistad y el mundo. Acaso había abrazado esa vida sedentaria y oscura para disimular sus fracasos y mitigar sus muchas desavenencias con la sociedad. Ahora vivía entregado en cuerpo y alma a ciertas pesquisas sobre el origen del mundo, en secreto, sub rosa; decía estar rozando el descubrimiento de una teoría cósmica. Una explicación que ya había sido avanzada por su compatriota Edgar Allan Poe.
A través de la conversación que mantuvimos, breve, pero intensa, pude descubrir un sentido crítico exacerbado y un espíritu rudo poco dispuesto a dejarse arrastrar por nuevos entusiasmos. No tomaba en cuenta a sus contemporáneos, se diría que moraba en otro mundo, entregado a sus fantasías agnósticas y a un extraño mazdeísmo. Estaba lejos, muy lejos.
Llevaba 23 años en Nueva York, pero apenas había salido de su barrio. Su lejanía era cercana, pero no había podido observar la gran transformación de esa ciudad durante el final de siglo, cuando pasó de ser un lugar en donde "todos" se conocían a convertirse en la capital del mundo. La gran manzana que de ser una simiente llegó a ser un árbol fértil, fecundo y unánime en apenas unas décadas
Trabajaba como inspector de Aduanas, un empleo rutinario que apenas le permitía más que malvivir. Se enfrentaba cada mañana con cientos de papeles por diligenciar y docenas de bultos para revisar; también con el acceso de los miles de personas que en esos años estaban contribuyendo a construir la máxima metrópoli. Un nuevo mundo alrededor de las orillas del Hugdson, el centro de un imperio cuyo esplendor no sería ni mascullado por dos guerras mundiales.
Cuando lo encontré dormitaba leyendo a Benjamín Constant. La puerta estaba abierta, pasé y lo divisé concentrado en el Adolfo con tanta devoción que parecía un hombre arrodillado y rezando en el fondo del mar. Mi llegada casi lo asusta, pero, precavido, me invitó a sentarme y charlar con él.
*****
-Usted se ha extrañado de que Moby Dick, quizás más un tratado de ictiología que una narración, sea considerada la gran novela americana
- Han intentado convertir mi historia en una monstruosa fábula; también, lo que todavía es peor y más detestable, en una repugnante e intolerable alegoría. Ese tal Foster ha llegado ha decir que es una batalla contra el Mal, una lucha acaso prolongada con exceso o puede que escrita sin mesura, algo así ha dicho. Resulta inverosímil el cómo no pueden darse cuenta de que no es sino una aventura, de que su interés, si existe, tiene tan sólo la misma importancia que la de una tarta.
-Su obra consta de libros de navegaciones y aventuras, de novelas fantásticas y satíricas, de poemas y cuentos. Se diría que es la vida lo que le inspira
-Mis rigores y soledades han sido la arcilla que ha formado mis escritos. Ellos, sesudos recalcitrantes, encuentran símbolos, alegorías, cifras; y yo no sé que decir, sólo soy un hombre viejo que se está muriendo lentamente, no hay nada extraño en mí, ningún tesoro que buscar, no tengo nada que explicar. Francamente, creo que deberíamos dejarlo
-Me gustaría preguntarle por la influencia que ha tenido su literatura en la creación de la novela moderna, sobre todo en autores como K. o T. B.
-Preferiría no hablar de ese tema. La ballena no tiene nada que ver con el escarabajo de ese judío checo ni con cualquier otra de sus fabulaciones; Benito Cereno no vivía en un castillo; Billy Budd no viaja a América. Tampoco la misantropía de mi Pierre creo que pueda compararse con las moles pesadas que pueblan las pesarosas novelas del austríaco. No es más que eso: vida. Mi obra es vida propia. Eso es lo que hace el arte, hace vida, hace importancia.
-Su técnica es sorprendente, como si jugase con cuantas palabras contiene el diccionario y que modelase con todas y cada una de las figuras estilísticas.
-Preferiría no tener que explicar nada. De verdad. No soy más que un artesano, como lo son Kipling y James, como lo serán H. y C. Lo fundamental para mí es llegar al momento del tránsito con una tarea bien hecha. Cuando por fin esa cosa distinguida me dé la mano, tendrá que reconocer que no lo he hecho tan mal
-La actitud del jefe de Bartebly es incomprensible, al igual que la de todos los personajes del cuento. Parece que quisiese usted significar que la locura deviene contagiosa.
-Basta con que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo. Las fuerzas de la sinrazón han vencido siempre y es Satán, el héroe vencido de Milton, quien nos gobierna. Estamos en manos del ángel caído.
-Se habla mucho de sus silencios ¿En qué trabaja ahora?
-Llevo años intentando descubrir la clave que me permita descifrar el enigma del universo. Cada día me acerco un poco, el libro parece abrirse y yo puedo añadir bien poco con mi escritura.
*****
Su muerte fue tan azarosa y extraña como su vida. Una tarde, mientras contemplaba una tormenta arrojarse por las orillas del Hudson, un rayo lo fulminó. Se quedó allí, de pie, muerto, toda la noche, inclinado sobre el alfeizar, un puño en su barbilla, la pipa en la boca, la boina ladeada. Cuando por la mañana llegó un compañero de la oficina a avisarlo de que había mucho trabajo, se asombró de que la puerta estuviese abierta y su amigo, en guardapolvos en la ventana. Lo llamó y no recibió respuesta. Se acercó asustado, su colega no decía nada.
Apoyó una mano en el hombro del viejo escritor y el cuerpo se deshizo mientras caía al suelo del piso triste y humilde. Con todo el cielo de la gran ciudad amaneciendo a un nuevo tiempo malo que él había augurado.
En 1984 terminé mi licenciatura de historia del arte. Fue el segundo año que pasaba otra vez en el pueblo, con mis padres, después de mis tiempos de estudiante universitario en Santiago de Compostela y Barcelona, también el primero curso que dediqué a preparar oposiciones para ser profesor de Formación Profesional, estudios que pronto abandoné para recibirme como bibliotecario.
He seleccionado cuatro libros de ese año: Bartleby el escribiente de Herman Melville, La filosofía en el tocador, del divino marqués, El agente secreto de Conrad y Vengadoras angelicales de la Dinesen.
El relato de Melville lo leí en la magnífica colección “La biblioteca de Babel” y su impacto en mí fue muy profundo. Se convirtió en una obra que, después, cuando llegué a ser funcionario, siempre he ido recomendando a mis compañeros de trabajo. La filosofía en el tocador, de Sade, en una estupenda edición ilustrada, traducido y comentado por Agustín García Calvo. El agente secreto, en esa colección de falsa piel con falsos dorados y falsas nervaduras y cosidos falsos; con títulos importantísimos, algunos muy difíciles de encontrar, descatalogados, rarezas; una serie editada por Seix Barral para los quioscos. Vengadoras angelicales de la Dinesen, en la colección de Alfaguara en la que aún no leía a Juan Benet ni a William Faulkner.
La vía de llegada a estos libros fue el cine. Conocí a Sade a través de las historias de Luis Buñuel, de sus crípticas alusiones mexicanas y de las claras referencias en las obras francesas. También recordaba que en sus memorias contaba que en su adolescencia leyó La filosofía en el tocador y como supuso para él una tábula rasa.
El agente secreto la pusieron en la televisión, con el gran Peter Lorre y esa bomba que lleva un niño por todo Londres, el mejor ejemplo de suspense que conozco, y el final en el cine, cuando el malvado espía muere durante la proyección de una película, confundiéndose su sombra con las imágenes.
Vengadoras angelicales llegó a mis manos después de conocer a la autora en “Memorias de Africa”. Le dieron un óscar y la proyectaron en todas las ciudades. Esa actriz horrible y Robert Redford; recuerdo que ví la película en Gijón, camino a casa después de uno de esos cursos de verano.
Bartebly fue la única de esas obras a la que accedí por los caminos de la literatura. Borges, siempre Borges, ese autor que tan bien hablaba de autores que nunca estaban de moda: Coleridge, Chesterton, Veblen, O’Neill, ese comediógrafo suegro de Charlot.
Bartebly ha sido el elegido, el ganador de ese año es Hermann Melville.
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"Hermann es tan grato y sencillo y amable como puede serlo, lo cual acaso no sea demasiado. Se ha cubierto, como algunos crustáceos marinos, con toda clase de acrecencias, ricas algas marinas, también de rígidas bromas y curiosas cosas fútiles, y vive oculto en medio de sus extrañas y pesadas maneras, envuelto en costumbres ajenas. Pero todo esto no es más que "apariencias protectoras", bajo las cuales continua el mismo y querido viejo, bueno e inocente y en el fondo muy desvalido Hermy. Un gran autor que vive preocupándose por poca cosa más que sus escritos, pero lleno de respeto y afecto por todas las cosas gentiles". Así me había escrito Henry Adams de su amigo; esas eran las referencias con las que yo llegaba a la entrevista: de un escritor curtido a la vez que dúctil, amable a la par que poderoso. Un artista que guardaba un tesoro de sabiduría, la de reconocer que la mente de un hombre puede ser más poderosa que la realidad misma.
Me encontré con un viejo de menos de cuarenta años. Un escritor desengañado y áspero que me recibió en su pequeño piso, dos habitaciones de uno de esos edificios de ladrillo rojo convertido en gris por los humos de las fábricas, el ruido de las riberas y la actividad, en extremo intensa, del puerto. Una habitación que él llamaba su ermita, donde se encontraba tan aislado como un estilita. Erguido en una columna desde cuya altura la vista era más rica que en toda la Tebaida: Jersey City, Poltergeistown, Manhatannville, Astoria Hoge y Fauljker River. Nada que ver con los muros y tapias de Bartebly.
Ese hombre de vida aventurera, marino experto que hasta logró convivir con los caníbales en una isla, se había convertido en un misántropo. Frente a mí se sentaba un anciano venerable, un recio varón cuyas actividades habían sido dispersas en grado sumo, tan variadas como amenas. Un campeón que había trabajado como empleado de banco, peón, maestro de escuela, grumete, ballenero, contable en un prostíbulo de Nueva Orleans, granjero; ahora se había convertido en un triste mero empleado público.
Un día al despertarse, Melville se dio cuenta de que se había convertido en otra cosa, que ya no era el hombre de letras que había sido desde muy joven. Apesadumbrado al verse forzado a reconocer cómo el vacío que el mundo literario le había hecho a la ballena blanca, a su criatura, le resultaba imposible de soportar. Editó su último libro de cuentos y nunca más se relacionó con nadie del medio literario; eso sí, continuaba escribiendo todos los días, poco, pero cada jornada seguía con su labor. Allí estaban, a su lado, varias libretas de cuentos cuya publicación nunca autorizaría.
Un hombre sólo, sin familia, desengañado del amor, la amistad y el mundo. Acaso había abrazado esa vida sedentaria y oscura para disimular sus fracasos y mitigar sus muchas desavenencias con la sociedad. Ahora vivía entregado en cuerpo y alma a ciertas pesquisas sobre el origen del mundo, en secreto, sub rosa; decía estar rozando el descubrimiento de una teoría cósmica. Una explicación que ya había sido avanzada por su compatriota Edgar Allan Poe.
A través de la conversación que mantuvimos, breve, pero intensa, pude descubrir un sentido crítico exacerbado y un espíritu rudo poco dispuesto a dejarse arrastrar por nuevos entusiasmos. No tomaba en cuenta a sus contemporáneos, se diría que moraba en otro mundo, entregado a sus fantasías agnósticas y a un extraño mazdeísmo. Estaba lejos, muy lejos.
Llevaba 23 años en Nueva York, pero apenas había salido de su barrio. Su lejanía era cercana, pero no había podido observar la gran transformación de esa ciudad durante el final de siglo, cuando pasó de ser un lugar en donde "todos" se conocían a convertirse en la capital del mundo. La gran manzana que de ser una simiente llegó a ser un árbol fértil, fecundo y unánime en apenas unas décadas
Trabajaba como inspector de Aduanas, un empleo rutinario que apenas le permitía más que malvivir. Se enfrentaba cada mañana con cientos de papeles por diligenciar y docenas de bultos para revisar; también con el acceso de los miles de personas que en esos años estaban contribuyendo a construir la máxima metrópoli. Un nuevo mundo alrededor de las orillas del Hugdson, el centro de un imperio cuyo esplendor no sería ni mascullado por dos guerras mundiales.
Cuando lo encontré dormitaba leyendo a Benjamín Constant. La puerta estaba abierta, pasé y lo divisé concentrado en el Adolfo con tanta devoción que parecía un hombre arrodillado y rezando en el fondo del mar. Mi llegada casi lo asusta, pero, precavido, me invitó a sentarme y charlar con él.
*****
-Usted se ha extrañado de que Moby Dick, quizás más un tratado de ictiología que una narración, sea considerada la gran novela americana
- Han intentado convertir mi historia en una monstruosa fábula; también, lo que todavía es peor y más detestable, en una repugnante e intolerable alegoría. Ese tal Foster ha llegado ha decir que es una batalla contra el Mal, una lucha acaso prolongada con exceso o puede que escrita sin mesura, algo así ha dicho. Resulta inverosímil el cómo no pueden darse cuenta de que no es sino una aventura, de que su interés, si existe, tiene tan sólo la misma importancia que la de una tarta.
-Su obra consta de libros de navegaciones y aventuras, de novelas fantásticas y satíricas, de poemas y cuentos. Se diría que es la vida lo que le inspira
-Mis rigores y soledades han sido la arcilla que ha formado mis escritos. Ellos, sesudos recalcitrantes, encuentran símbolos, alegorías, cifras; y yo no sé que decir, sólo soy un hombre viejo que se está muriendo lentamente, no hay nada extraño en mí, ningún tesoro que buscar, no tengo nada que explicar. Francamente, creo que deberíamos dejarlo
-Me gustaría preguntarle por la influencia que ha tenido su literatura en la creación de la novela moderna, sobre todo en autores como K. o T. B.
-Preferiría no hablar de ese tema. La ballena no tiene nada que ver con el escarabajo de ese judío checo ni con cualquier otra de sus fabulaciones; Benito Cereno no vivía en un castillo; Billy Budd no viaja a América. Tampoco la misantropía de mi Pierre creo que pueda compararse con las moles pesadas que pueblan las pesarosas novelas del austríaco. No es más que eso: vida. Mi obra es vida propia. Eso es lo que hace el arte, hace vida, hace importancia.
-Su técnica es sorprendente, como si jugase con cuantas palabras contiene el diccionario y que modelase con todas y cada una de las figuras estilísticas.
-Preferiría no tener que explicar nada. De verdad. No soy más que un artesano, como lo son Kipling y James, como lo serán H. y C. Lo fundamental para mí es llegar al momento del tránsito con una tarea bien hecha. Cuando por fin esa cosa distinguida me dé la mano, tendrá que reconocer que no lo he hecho tan mal
-La actitud del jefe de Bartebly es incomprensible, al igual que la de todos los personajes del cuento. Parece que quisiese usted significar que la locura deviene contagiosa.
-Basta con que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo. Las fuerzas de la sinrazón han vencido siempre y es Satán, el héroe vencido de Milton, quien nos gobierna. Estamos en manos del ángel caído.
-Se habla mucho de sus silencios ¿En qué trabaja ahora?
-Llevo años intentando descubrir la clave que me permita descifrar el enigma del universo. Cada día me acerco un poco, el libro parece abrirse y yo puedo añadir bien poco con mi escritura.
*****
Su muerte fue tan azarosa y extraña como su vida. Una tarde, mientras contemplaba una tormenta arrojarse por las orillas del Hudson, un rayo lo fulminó. Se quedó allí, de pie, muerto, toda la noche, inclinado sobre el alfeizar, un puño en su barbilla, la pipa en la boca, la boina ladeada. Cuando por la mañana llegó un compañero de la oficina a avisarlo de que había mucho trabajo, se asombró de que la puerta estuviese abierta y su amigo, en guardapolvos en la ventana. Lo llamó y no recibió respuesta. Se acercó asustado, su colega no decía nada.
Apoyó una mano en el hombro del viejo escritor y el cuerpo se deshizo mientras caía al suelo del piso triste y humilde. Con todo el cielo de la gran ciudad amaneciendo a un nuevo tiempo malo que él había augurado.
EL ACCIDENTE, UN CUENTO

EL HUNDIMIENTO DEL DORIA 2
Toda la familia estaba en la lancha de papá, pero yo quise ir aparte, en el barco con la Virgen. Mamá me controlaba mucho y yo siempre aprovechaba cualquier ocasión para escapar de ella: tenía casi treinta años y aún me trataba como si fuera una chiquilla. Y esa fue la razón por la que estuve a punto de morir ahogada, si no llega a ser por mi hermano Suso me quedo muerta en el fondo de la ría.
En aquellos tiempos la misa se hacía siempre por la mañana, a la una o así. No como ahora, que es al mediodía o por la tarde según manden las mareas; en aquellos años podían entrar y salir del puerto barcos de gran calado, cruceros como quien dice. Después, al cambiarle el cauce al río y además dejar de recoger arena las gabarras, el puerto ha ido cambiando, la barra ha subido, queda poco calado y ahora casi no hay fondo para las embarcaciones. Hasta algunos días al llegar de la marea de madrugada, tienen que atracar en la Peña del Soldado, lejos del muelle, y llegar a los barcos de pesca con los cayucos auxiliares para poder salir al mar por la tarde al día siguiente.
La mañana había sido preciosa. Habían bailado los mómaros con todos los cativos detrás y una pila de cabezudos con vimbios pegando a diestro y siniestro. Yo estuve con mis sobrinos, asustando a los más pequeños con las manoplas de los gigantes y las hortensias de la reina; después me quedé un rato con Pedro, tomando un vermú en el Pescador antes de la procesión, pero cuando vi llegar a la Virgen del Carmen con mi madre me tuve que esconder. Mi madre a Pedro no lo podía ver, lo corría cuando me llevaba a casa y hasta se había inventado que estaba casado y con hijos en Orense –lo insultaba desde el balcón: desgraciado, vaite para Ourense cos teus fillos¡; eso le decía. Pero esa es otra historia.
La imagen la traían cuatro marineros de blanco, con una cinta roja, boina y una especie de bastón como de capitanes antiguos. Detrás, el párroco con los seis curas de las aldeas rodeados de monaguillos, y enseguida unas viejas beatas, de negro, mi madre la primera. Siempre de negro, de luto por algún pariente; toda la vida recuerdo a mamá vestida de ropa oscura o como mucho con algo malva o blanco. Ella no es que fuera muy religiosa, pero yo creo que le gustaba la actividad de la iglesia y disfrazarse, que anduvo con el hábito del narazeno años.
Metieron a la Virgen en el Doria y celebraron la misa. Fue una cosa rápida pero muy bonita, con canciones marineras al principio y muchas bombas y ristras de petardos al final. Después salimos hacia Redes, el barco de Nuestra Señora iba delante, marcando el paso, y detrás todos los botes del pueblo llenos llenos de gente.
Llegando a la playa yo empecé a notar cosas raras, como que el barco no daba avanzado y el motor soltaba chasquidos, y no el ruido rítmico con el que navega siempre. La popa empezó a encajarse en el agua y nos parecía que se iba a hundir, todo el mundo se puso a gritar y moverse. Era peor, pues con el ajetreo el patrón no podía gobernar la nave. Aún así lo hizo bien y se acercó al arenal, dejó que encallase el barco y parecía aquello arreglado. La gente se calmó, los botes pequeños se habían arrimado a la tarrafa y algunos pudieron saltar desde dentro a las cubiertas y otros tirarse al mar.
Yo me quedé petrificada, sin saber qué hacer, agarrada al montón de redes que tenía delante. Cuando ya quedábamos poca gente una ola llevó el barco mar adentro y el Doria se hundió de lado. Todos caímos al agua menos los que siguieron agarrados a la cubierta escorada del Doria, el cura y los guardia civiles. Yo me vi de repente en medio del mar, como atada a las redes con las que me había estado agarrando y sin poder nadar. Intentaba flotar pero las olas me tragaban, muerta de miedo no sabía como reaccionar, y tampoco conseguía deshacerme del lío de cuerdas que me amarraba.
Casi sin respiración noté que alguien me desataba; entre el agua no podía ver quien era y me agarraba sin saber nada. Muy de cerca vi la cara de mi hermano, que me sacaba a flote al tiempo que me liberaba de las redes que, cada vez más, tiraban para el fondo. Suso era un gran nadador, casi cruzaba desde Zopazos hasta la playa buceando, alto y fuerte, en el mar no había nadie que le ganara.
Me llevó desmayada, sin sentido, hasta la barca de papá y allí me subieron. Me sacaron el agua de dentro pero no había tragado casi nada, más bien lo que hice fue como vomitar. Me desperté y vi como papá lloraba del susto, pero me pareció que mamá miraba para mí hasta con mala cara. Los pequeños se abrazaban a mí, tirados alrededor de mi cuerpo en la parte de atrás del bote.
Enseguida llegamos al muelle. Yo me tumbé allí, al sol, recuperando fuerzas, y entre las cepas del puente vi de repente como subía la Virgen del Carmen del medio del mar. Era como un milagro, como si Nuestra Señora hubiese estado con nosotros, vigilando, pendiente de que no pasara nada, y que después hubiese recorrido el fondo de las aguas para comprobar que no había nadie ahogándose. El mar se reflejaba en ella y el agua hacía brillar sus dorados y su manto, todo bordado en plata.
Después vi como, poco a poco, la imagen se acercaba a la rampa y desembarcaba en las escaleras. Parecía cosa de brujas o algo así, mágico. Un oleaje súbito la levantó del agua y la dejó de pie en medio del muelle. La gente estaba asombrada, era como un milagro, y como no había pasado nada gracias a Dios, la alegría era grande. El párroco y los curas que lo acompañaban empezaron a cantarle un himno muy bonito, todo el pueblo se acercó a besarle el manto y se hizo una misa preciosa, con la banda municipal tocando el Salve Regina de Haendel, un oficio digno de aquel milagro que Nuestra Señora nos había hecho en el día de la Virgen del Carmen.
Toda la familia estaba en la lancha de papá, pero yo quise ir aparte, en el barco con la Virgen. Mamá me controlaba mucho y yo siempre aprovechaba cualquier ocasión para escapar de ella: tenía casi treinta años y aún me trataba como si fuera una chiquilla. Y esa fue la razón por la que estuve a punto de morir ahogada, si no llega a ser por mi hermano Suso me quedo muerta en el fondo de la ría.
En aquellos tiempos la misa se hacía siempre por la mañana, a la una o así. No como ahora, que es al mediodía o por la tarde según manden las mareas; en aquellos años podían entrar y salir del puerto barcos de gran calado, cruceros como quien dice. Después, al cambiarle el cauce al río y además dejar de recoger arena las gabarras, el puerto ha ido cambiando, la barra ha subido, queda poco calado y ahora casi no hay fondo para las embarcaciones. Hasta algunos días al llegar de la marea de madrugada, tienen que atracar en la Peña del Soldado, lejos del muelle, y llegar a los barcos de pesca con los cayucos auxiliares para poder salir al mar por la tarde al día siguiente.
La mañana había sido preciosa. Habían bailado los mómaros con todos los cativos detrás y una pila de cabezudos con vimbios pegando a diestro y siniestro. Yo estuve con mis sobrinos, asustando a los más pequeños con las manoplas de los gigantes y las hortensias de la reina; después me quedé un rato con Pedro, tomando un vermú en el Pescador antes de la procesión, pero cuando vi llegar a la Virgen del Carmen con mi madre me tuve que esconder. Mi madre a Pedro no lo podía ver, lo corría cuando me llevaba a casa y hasta se había inventado que estaba casado y con hijos en Orense –lo insultaba desde el balcón: desgraciado, vaite para Ourense cos teus fillos¡; eso le decía. Pero esa es otra historia.
La imagen la traían cuatro marineros de blanco, con una cinta roja, boina y una especie de bastón como de capitanes antiguos. Detrás, el párroco con los seis curas de las aldeas rodeados de monaguillos, y enseguida unas viejas beatas, de negro, mi madre la primera. Siempre de negro, de luto por algún pariente; toda la vida recuerdo a mamá vestida de ropa oscura o como mucho con algo malva o blanco. Ella no es que fuera muy religiosa, pero yo creo que le gustaba la actividad de la iglesia y disfrazarse, que anduvo con el hábito del narazeno años.
Metieron a la Virgen en el Doria y celebraron la misa. Fue una cosa rápida pero muy bonita, con canciones marineras al principio y muchas bombas y ristras de petardos al final. Después salimos hacia Redes, el barco de Nuestra Señora iba delante, marcando el paso, y detrás todos los botes del pueblo llenos llenos de gente.
Llegando a la playa yo empecé a notar cosas raras, como que el barco no daba avanzado y el motor soltaba chasquidos, y no el ruido rítmico con el que navega siempre. La popa empezó a encajarse en el agua y nos parecía que se iba a hundir, todo el mundo se puso a gritar y moverse. Era peor, pues con el ajetreo el patrón no podía gobernar la nave. Aún así lo hizo bien y se acercó al arenal, dejó que encallase el barco y parecía aquello arreglado. La gente se calmó, los botes pequeños se habían arrimado a la tarrafa y algunos pudieron saltar desde dentro a las cubiertas y otros tirarse al mar.
Yo me quedé petrificada, sin saber qué hacer, agarrada al montón de redes que tenía delante. Cuando ya quedábamos poca gente una ola llevó el barco mar adentro y el Doria se hundió de lado. Todos caímos al agua menos los que siguieron agarrados a la cubierta escorada del Doria, el cura y los guardia civiles. Yo me vi de repente en medio del mar, como atada a las redes con las que me había estado agarrando y sin poder nadar. Intentaba flotar pero las olas me tragaban, muerta de miedo no sabía como reaccionar, y tampoco conseguía deshacerme del lío de cuerdas que me amarraba.
Casi sin respiración noté que alguien me desataba; entre el agua no podía ver quien era y me agarraba sin saber nada. Muy de cerca vi la cara de mi hermano, que me sacaba a flote al tiempo que me liberaba de las redes que, cada vez más, tiraban para el fondo. Suso era un gran nadador, casi cruzaba desde Zopazos hasta la playa buceando, alto y fuerte, en el mar no había nadie que le ganara.
Me llevó desmayada, sin sentido, hasta la barca de papá y allí me subieron. Me sacaron el agua de dentro pero no había tragado casi nada, más bien lo que hice fue como vomitar. Me desperté y vi como papá lloraba del susto, pero me pareció que mamá miraba para mí hasta con mala cara. Los pequeños se abrazaban a mí, tirados alrededor de mi cuerpo en la parte de atrás del bote.
Enseguida llegamos al muelle. Yo me tumbé allí, al sol, recuperando fuerzas, y entre las cepas del puente vi de repente como subía la Virgen del Carmen del medio del mar. Era como un milagro, como si Nuestra Señora hubiese estado con nosotros, vigilando, pendiente de que no pasara nada, y que después hubiese recorrido el fondo de las aguas para comprobar que no había nadie ahogándose. El mar se reflejaba en ella y el agua hacía brillar sus dorados y su manto, todo bordado en plata.
Después vi como, poco a poco, la imagen se acercaba a la rampa y desembarcaba en las escaleras. Parecía cosa de brujas o algo así, mágico. Un oleaje súbito la levantó del agua y la dejó de pie en medio del muelle. La gente estaba asombrada, era como un milagro, y como no había pasado nada gracias a Dios, la alegría era grande. El párroco y los curas que lo acompañaban empezaron a cantarle un himno muy bonito, todo el pueblo se acercó a besarle el manto y se hizo una misa preciosa, con la banda municipal tocando el Salve Regina de Haendel, un oficio digno de aquel milagro que Nuestra Señora nos había hecho en el día de la Virgen del Carmen.
EL ACCIDENTE. UN RELATO

EC2.1
EL HUNDIMIENTO DEL DORIA
Nosotros, los marineros, siempre salimos con la Virgen para celebrarle la Misa en el mar. Se ha hecho desde hace muchos años, lo recuerdo ya de cuando yo era muy pequeño, de cativo, co meu pai; así fue siempre, excepto una temporada que se dejó de sacar la imagen al mar por culpa de un accidente. Fue hace mucho tiempo, tú debías tener cinco o seis años.
Ese 16 de julio, la fiesta del Carmen, tuvimos un día precioso y tranquilo de verano, con el mar como un plato, y menos mal. La barca de la Virgen se mecía arrimada al murallón, esperando. Se la veía ya desde lejos, muy engalanada, llena de racimos de flores, globos de papel de seda, banderitas de colores de babor a estribor, coronas de rosas en la amura y guirnaldas de mirto de proa a popa, hasta catleyas había. La figura de Nuestra Señora se había puesto encima de una tarima, con un friso de margaritas amarillas, columnas de calas de San José en las cuatro esquinas y un círculo de pasionarias y jazmines alrededor de la estatua.
Hacía mucho sol, estaba todo lleno de una luz especial, de fiesta y maravilla. La cubierta blanca del Doria resplandecía y su reflejo brillaba en el agua con todos los colores de la celebración. La Virgen miraba para nosotros con esa sonrisa suya de bondad protectora, el niño Jesús nos bendecía con la bola del mundo en la mano y su dedito señalando a las alturas. Todos los mirábamos con devoción, y a su alrededor estaban, muy serias, las fuerzas vivas: el alcalde con los concejales, la guardia civil, los de sindicatos y la sección femenina, el párroco y otros curas más, y un montón de monjitas del asilo con el par de viejos que llevan siempre de muestra. Todos apretados, justo detrás de la cabina de mando del viejo Lameiro, el armador del buque.
Siempre se escogía el barco más grande, el Doria, la tarrafa que podía llevar más carga. Ese día estaba lleno a rebosar, porque toda la gente del pueblo que no tenía bote se montaba con la Virgen, y además, muchos otros, como tus hermanas mayores, preferían salir en el Doria, dizque para oír misa más cerca de la Virgen –pero era para perder de vista a tu madre.
Nosotros estábamos detrás, en nuestro cayuco, con tu hermano Suso al timón. Tu madre y los pequeños, dispuestos a ponernos a navegar en cuanto el barco de Nuestra Señora saliese al terminar la ceremonia, y las bombas de palenque llenasen el azul del cielo con manchas blancas muy difuminadas e idas. Arracimados en nuestro pequeño bote, con toda la poca fuerza de nuestro motor, preparados para ir acompañando a la Virgen hasta la boca de la ría en su rito anual de bendecir las aguas. Al llegar a Redes, en la boca de la ría, nos encontrábamos con la procesión que había salido de allí, los curas de ambas parroquias tiraban al mar los ramos de Nuestra Señora y todos los pequeños barcos, los de aquí y los de la banda al puente, hacíamos lo mismo. El mar se llenaba de flores como en un cuadro prerrafaelista y ese naufragio floral suponía la indicación de que a partir de ese día ya se podía bañar uno en el mar; bendecir las aguas, se decía.
Tampoco es que en el pueblo fuésemos muy aficionados a nadar, ni siquiera los marineros sabíamos, aún hoy es el día que muchos no aprendemos a nadar en la vida, y por eso se mueren tantos en los naufragios, pues aunque un barco se hunda al lado de la costa, más de la mitad de la tripulación no ha nadado en la vida y no pueden llegar a tierra por muy cerca que esté. Quien nada de maravilla es tu hermano, se desliza por el agua como un pez. Bueno, pues el barco de la Virgen estaba a rebosar, con gente que subía y subía para estar más cerca del pequeño altar que había montado el coadjutor con cajas del pescado, una casulla y redes verdes nuevas. El patrón intentó que no entrara nadie más, pero ninguno hizo caso y seguían saltando desde el muelle a la cubierta. Nosotros estábamos detrás, justo pegados a las escaleras del murallón, y todo el puerto estaba lleno de barcos: alrededor de la Virgen, por las rampas, anclados en las Croas, entre los arcos del puente de piedra y cabe las cepas del de hierro. Todo el pueblo entero, y también mucha gente de fuera, los invitados a las fiestas, esperando que acabase la misa para poder salir al mar.
Al finalizar el oficio, item missa est, dijo el cura, con aquel magno poder valleinclanesco de las divinas palabras, el Doria enfiló hacia la playa, para dirigirse mar adentro; pero nada más salir, el patrón se dio cuenta de que el barco no avanzaba bien, la máquina no conseguía potencia suficiente para mover todo aquel arsenal. Por efecto de la fuerza del motor y del peso de tanta gente como había, y mal repartida aún encima, pues la mayoría iba sentada atrás, el barco comenzó a hundirse por la popa. Las olas saltaban por la borda y comenzaban a invadir el puente, y aunque los marineros intentaban achicar, no daban hecho y el barco se iba llenando de agua. El pasaje se puso todo en la proa y el barco se niveló un poco. Pero el peligro aún continuaba, la gente muy asustada, los pequeños gritando y las madres llorando.
Todos los botes que estábamos cerca nos pusimos alrededor del Doria y empezamos a desalojar a la gente. El patrón del barco cambió el rumbo, acercándolo a tierra y consiguió que casi se varase en el arenal. Del impacto hubo gente que cayó al agua pero a los más pequeños los recogimos, los más grandes hacían pie y algunos hasta sabían nadar pues entre la juventud ya estaba apareciendo alguna afición a la natación, sobre todo por bucear. Yo veía que tu hermana continuaba allí, en cubierta, agarrada al aparejo, muerta de miedo, gritando, pues no podía hacer nada por no saber nadar.
Todo eran gritos y pánico. Las madres salvaban a sus hijos y los maridos agarraban a sus esposas. Cuando ya estaba casi todo el barco desalojado, y como la maniobra se había hecho por el lado derecho, que quedaba más cerca de tierra, el barco se desequilibró, volvió a flotar, soltándose de la arena, se metió hacia el mar empujado por la resaca y empezó a hundirse por estribor. Menos mal que entonces ya sólo quedaba gente mayor, que tuvieron sangre fría y no se perdió la calma. Se agarraron como lapas al casco del barco, a los salientes del puente y a los palos; todo lo tranquilos que pudieron, allí esperaron a que los fuésemos recogiendo. Lasa se quedó pegada al barco, atada al montón de redes que enseguida se hundiría. Muerta de miedo, ni miraba para nada ni hacía ningún gesto, hundía la cabeza entre las cuerdas como si escondiéndose fuese a encontrar protección.
Entonces tu hermano se tiró al mar. Estábamos algo lejos, como a doscientos metros o así, a lo mejor más, porque el Doria se alejaba muy rápido, pero en un momentito Suso estaba al lado de tu hermana. La soltó de las redes que casi la envolvían ya por completo, se puso debajo de ella y empezó a nadar hacia atrás, de espaldas. Lasa siempre fue gordita, pero tu hermano estaba como un roble y nadaba de miedo. Era un campeón de la División Azul y le llamaban el Galán porque llamaba la atención, alto y fuerte y rubio.
En un momento estaban los dos agarrados a nuestro bote y los subimos. Lasa gritaba como una loca y tu hermano estaba muy asustado, pero al momento se volvió a tirar al agua y fue de los que salvó a más gente.
De milagro no murió nadie. Al final salvamos a la guardia civil y al cura. El alcalde ya había escapado el primero, pero el señor párroco se quedó pegado a la imagen de Nuestra Señora, atado a su base como Ulises frente a las sirenas; mientras que el sargento y la pareja no perdieron la sangre fría, conservando su aire marcial hasta el último momento, no como los de la falange, que también escaparon como ratas, antes que los niños y las mujeres. Al final se dejó coger el tozudo del sacerdote, y pasado todo vimos como el barco se hundía debajo del puente y después de un rato largo subía del fondo del mar la imagen de la Virgen del Carmen. Fue como un cuadro surrealista de Lugrís, poco a poco emergía, como si regresase de un viaje por el fondo del mar. Su peana hacía el efecto de una balsa, y como la marea estaba subiendo, se fue acercando, poco a poco, debido al suave empuje de las olas, hasta la rampa.
Allí desembarcó, toda tranquila, con el Niño Jesús en sus brazos, algunas algas por los remates de la capa y la corona de reina de los mares enganchada en la articulación del hombro. Nosotros no lo sabíamos, pero Nuestra Señora por dentro era un maniquí, y con el agua y el peso de la ropa se notaba la estructura de madera que daba forma a la efigie que tanto venerábamos. Más que una virgen parecía uno de esos muñecos articulados que se ven en las consultas de los médicos o en los estudios de los pocos artistas figurativos que quedan.
Todo eran pitidos y sirenazos, el mar se llenó de la música de los barcos y el estruendo asustaba bastante. El muelle se inundó de gente, todos muy nerviosos por lo que había pasado. Los más serenos animaban a los demás, diciéndoles que no había sido nada, y en verdad a lo que pudo ser fue una cosa de la Virgen que no ocurriese una tragedia.
La gente de la procesión cruzó el puente y se fue acercando hacia la rampa, y muchos gritaban ¡Milagro¡ ¡Milagro¡. A pesar del nerviosismo y de todo lo que había pasado, el cura organizó aquello y en unos minutos todo el pueblo estaba cantando una Salve.
EL HUNDIMIENTO DEL DORIA
Nosotros, los marineros, siempre salimos con la Virgen para celebrarle la Misa en el mar. Se ha hecho desde hace muchos años, lo recuerdo ya de cuando yo era muy pequeño, de cativo, co meu pai; así fue siempre, excepto una temporada que se dejó de sacar la imagen al mar por culpa de un accidente. Fue hace mucho tiempo, tú debías tener cinco o seis años.
Ese 16 de julio, la fiesta del Carmen, tuvimos un día precioso y tranquilo de verano, con el mar como un plato, y menos mal. La barca de la Virgen se mecía arrimada al murallón, esperando. Se la veía ya desde lejos, muy engalanada, llena de racimos de flores, globos de papel de seda, banderitas de colores de babor a estribor, coronas de rosas en la amura y guirnaldas de mirto de proa a popa, hasta catleyas había. La figura de Nuestra Señora se había puesto encima de una tarima, con un friso de margaritas amarillas, columnas de calas de San José en las cuatro esquinas y un círculo de pasionarias y jazmines alrededor de la estatua.
Hacía mucho sol, estaba todo lleno de una luz especial, de fiesta y maravilla. La cubierta blanca del Doria resplandecía y su reflejo brillaba en el agua con todos los colores de la celebración. La Virgen miraba para nosotros con esa sonrisa suya de bondad protectora, el niño Jesús nos bendecía con la bola del mundo en la mano y su dedito señalando a las alturas. Todos los mirábamos con devoción, y a su alrededor estaban, muy serias, las fuerzas vivas: el alcalde con los concejales, la guardia civil, los de sindicatos y la sección femenina, el párroco y otros curas más, y un montón de monjitas del asilo con el par de viejos que llevan siempre de muestra. Todos apretados, justo detrás de la cabina de mando del viejo Lameiro, el armador del buque.
Siempre se escogía el barco más grande, el Doria, la tarrafa que podía llevar más carga. Ese día estaba lleno a rebosar, porque toda la gente del pueblo que no tenía bote se montaba con la Virgen, y además, muchos otros, como tus hermanas mayores, preferían salir en el Doria, dizque para oír misa más cerca de la Virgen –pero era para perder de vista a tu madre.
Nosotros estábamos detrás, en nuestro cayuco, con tu hermano Suso al timón. Tu madre y los pequeños, dispuestos a ponernos a navegar en cuanto el barco de Nuestra Señora saliese al terminar la ceremonia, y las bombas de palenque llenasen el azul del cielo con manchas blancas muy difuminadas e idas. Arracimados en nuestro pequeño bote, con toda la poca fuerza de nuestro motor, preparados para ir acompañando a la Virgen hasta la boca de la ría en su rito anual de bendecir las aguas. Al llegar a Redes, en la boca de la ría, nos encontrábamos con la procesión que había salido de allí, los curas de ambas parroquias tiraban al mar los ramos de Nuestra Señora y todos los pequeños barcos, los de aquí y los de la banda al puente, hacíamos lo mismo. El mar se llenaba de flores como en un cuadro prerrafaelista y ese naufragio floral suponía la indicación de que a partir de ese día ya se podía bañar uno en el mar; bendecir las aguas, se decía.
Tampoco es que en el pueblo fuésemos muy aficionados a nadar, ni siquiera los marineros sabíamos, aún hoy es el día que muchos no aprendemos a nadar en la vida, y por eso se mueren tantos en los naufragios, pues aunque un barco se hunda al lado de la costa, más de la mitad de la tripulación no ha nadado en la vida y no pueden llegar a tierra por muy cerca que esté. Quien nada de maravilla es tu hermano, se desliza por el agua como un pez. Bueno, pues el barco de la Virgen estaba a rebosar, con gente que subía y subía para estar más cerca del pequeño altar que había montado el coadjutor con cajas del pescado, una casulla y redes verdes nuevas. El patrón intentó que no entrara nadie más, pero ninguno hizo caso y seguían saltando desde el muelle a la cubierta. Nosotros estábamos detrás, justo pegados a las escaleras del murallón, y todo el puerto estaba lleno de barcos: alrededor de la Virgen, por las rampas, anclados en las Croas, entre los arcos del puente de piedra y cabe las cepas del de hierro. Todo el pueblo entero, y también mucha gente de fuera, los invitados a las fiestas, esperando que acabase la misa para poder salir al mar.
Al finalizar el oficio, item missa est, dijo el cura, con aquel magno poder valleinclanesco de las divinas palabras, el Doria enfiló hacia la playa, para dirigirse mar adentro; pero nada más salir, el patrón se dio cuenta de que el barco no avanzaba bien, la máquina no conseguía potencia suficiente para mover todo aquel arsenal. Por efecto de la fuerza del motor y del peso de tanta gente como había, y mal repartida aún encima, pues la mayoría iba sentada atrás, el barco comenzó a hundirse por la popa. Las olas saltaban por la borda y comenzaban a invadir el puente, y aunque los marineros intentaban achicar, no daban hecho y el barco se iba llenando de agua. El pasaje se puso todo en la proa y el barco se niveló un poco. Pero el peligro aún continuaba, la gente muy asustada, los pequeños gritando y las madres llorando.
Todos los botes que estábamos cerca nos pusimos alrededor del Doria y empezamos a desalojar a la gente. El patrón del barco cambió el rumbo, acercándolo a tierra y consiguió que casi se varase en el arenal. Del impacto hubo gente que cayó al agua pero a los más pequeños los recogimos, los más grandes hacían pie y algunos hasta sabían nadar pues entre la juventud ya estaba apareciendo alguna afición a la natación, sobre todo por bucear. Yo veía que tu hermana continuaba allí, en cubierta, agarrada al aparejo, muerta de miedo, gritando, pues no podía hacer nada por no saber nadar.
Todo eran gritos y pánico. Las madres salvaban a sus hijos y los maridos agarraban a sus esposas. Cuando ya estaba casi todo el barco desalojado, y como la maniobra se había hecho por el lado derecho, que quedaba más cerca de tierra, el barco se desequilibró, volvió a flotar, soltándose de la arena, se metió hacia el mar empujado por la resaca y empezó a hundirse por estribor. Menos mal que entonces ya sólo quedaba gente mayor, que tuvieron sangre fría y no se perdió la calma. Se agarraron como lapas al casco del barco, a los salientes del puente y a los palos; todo lo tranquilos que pudieron, allí esperaron a que los fuésemos recogiendo. Lasa se quedó pegada al barco, atada al montón de redes que enseguida se hundiría. Muerta de miedo, ni miraba para nada ni hacía ningún gesto, hundía la cabeza entre las cuerdas como si escondiéndose fuese a encontrar protección.
Entonces tu hermano se tiró al mar. Estábamos algo lejos, como a doscientos metros o así, a lo mejor más, porque el Doria se alejaba muy rápido, pero en un momentito Suso estaba al lado de tu hermana. La soltó de las redes que casi la envolvían ya por completo, se puso debajo de ella y empezó a nadar hacia atrás, de espaldas. Lasa siempre fue gordita, pero tu hermano estaba como un roble y nadaba de miedo. Era un campeón de la División Azul y le llamaban el Galán porque llamaba la atención, alto y fuerte y rubio.
En un momento estaban los dos agarrados a nuestro bote y los subimos. Lasa gritaba como una loca y tu hermano estaba muy asustado, pero al momento se volvió a tirar al agua y fue de los que salvó a más gente.
De milagro no murió nadie. Al final salvamos a la guardia civil y al cura. El alcalde ya había escapado el primero, pero el señor párroco se quedó pegado a la imagen de Nuestra Señora, atado a su base como Ulises frente a las sirenas; mientras que el sargento y la pareja no perdieron la sangre fría, conservando su aire marcial hasta el último momento, no como los de la falange, que también escaparon como ratas, antes que los niños y las mujeres. Al final se dejó coger el tozudo del sacerdote, y pasado todo vimos como el barco se hundía debajo del puente y después de un rato largo subía del fondo del mar la imagen de la Virgen del Carmen. Fue como un cuadro surrealista de Lugrís, poco a poco emergía, como si regresase de un viaje por el fondo del mar. Su peana hacía el efecto de una balsa, y como la marea estaba subiendo, se fue acercando, poco a poco, debido al suave empuje de las olas, hasta la rampa.
Allí desembarcó, toda tranquila, con el Niño Jesús en sus brazos, algunas algas por los remates de la capa y la corona de reina de los mares enganchada en la articulación del hombro. Nosotros no lo sabíamos, pero Nuestra Señora por dentro era un maniquí, y con el agua y el peso de la ropa se notaba la estructura de madera que daba forma a la efigie que tanto venerábamos. Más que una virgen parecía uno de esos muñecos articulados que se ven en las consultas de los médicos o en los estudios de los pocos artistas figurativos que quedan.
Todo eran pitidos y sirenazos, el mar se llenó de la música de los barcos y el estruendo asustaba bastante. El muelle se inundó de gente, todos muy nerviosos por lo que había pasado. Los más serenos animaban a los demás, diciéndoles que no había sido nada, y en verdad a lo que pudo ser fue una cosa de la Virgen que no ocurriese una tragedia.
La gente de la procesión cruzó el puente y se fue acercando hacia la rampa, y muchos gritaban ¡Milagro¡ ¡Milagro¡. A pesar del nerviosismo y de todo lo que había pasado, el cura organizó aquello y en unos minutos todo el pueblo estaba cantando una Salve.
RELATO
EC 2.11 EL RELATO
El desorden se había apoderado de la inmensa estancia después de doce horas de celebración; señal de que la fiesta había sido un éxito. El abuelo presidía, solo, la mesa, más vacía ahora que nunca, repleta de las ausencias que habían cubierto de risas, brindis y alegría la jornada sexagenaria.
Los más pequeños dormían ya, los padres –sus seis hijos, la primogénita y sus respectivos cónyuges- se habían reunido en la biblioteca; grupos de jóvenes y viejos continuaban la celebración en el hall, donde la gran lámpara de hilos blancos y verdes iluminaba al grupo de jazz que animaba la sesión. Mientras, retirados, los hijos, el padre lo sabía, casi podía oírlos, se disputaban la herencia: los lobos en jauría y el águila en una soledad plena, sabiendo que el fin estaba cerca. Dispuesto a la aceptación plena de las condiciones de su compromiso.
El abuelo consultó su reloj y le mandó un mensaje a Tu: en una hora estoy en el hotel, le dijo, quería que le preparase las mejores niñas; dos o tres nínfulas eran suficientes para consumar el rito.
Enseguida abandonó la casa en silencio, arriba, en el ático lo esperaba Pound con el helicóptero. Cruzarían la frontera y llegaría al bosque de Constance con el ánimo reforzado; el fin. El horror no, el máximo goce, el reconocimiento de que la vida nueva lo esperaba, el no quedarse expectante. El viaje a por ese más allá. Pero no quería morir solo.
Desde el cielo se admiraba, aún de noche, la espléndida plenitud de la finca de Constance Tu. Arriba la montaña de vegetación pelada, aliagas y brezo, más abajo, el bosque de robles y los jardines de la llanura. El campo de golf, las pistas de tenis y los pabellones termales, a la derecha; en el centro la gran mansión con su planta en forma de cruz de San Andrés; al otro extremo el estanque, con la isla en el medio y los cuatro puentes formando una estrella, las manchas azules de las piscinas y los cenadores espigados aquí y allá, antes del rectángulo brillante que formaba la pista de aterrizaje.
Tu lo esperaba en el bar; una dama de negro interpretaba canciones francesas ayudada por un acordeonista ciego. En la barra viejas travestis decoraban la estancia y en las butacas algunos clientes, chicos jóvenes, mujeres aburridas, aguardaban su turno. El placer les esperaba arriba, al final de la escalera.
-Cariño, felicidades. Vienes a cumplir lo prometido; ¿has dejado ya todo hecho en tu casa? Supongo que tus hijos y sus abogados estarán ya en plena refriega. Tienes que firmar el testamento, nos cedes todo, claro.
-Vayamos, querida, mi Tu de siempre –le dijo, mientras acariciaba el satén de su talle, lo recorrió el frío de su espalda, la besaba en las mejillas, duras como el más duro alabastro, y la abrazaba como nunca, sintiendo las formas severas de una moderna koré .
En la habitación lo esperaban dos niñas, jóvenes, hembras en todo caso. La edad era indefinida, tanto semejaban infantas disfrazadas de personas mayores como mujeres arregladas para parecer niñas. La luz suave, de focos escondidos, llenaba de sombras la escena. El abuelo enseguida se puso el traje para el ritual, su amiga lo ayudaba y en unos instantes apareció como un mago o un sacerdote de un extraño culto, de misteriosos ritos orientales. Las niñas, a ambos lados de la cama, parecían flores mustias, con los ojos demacrados, la piel pálida, las melenas ondulantes cubriendo sus pechos incipientes y las sedas del cobertor tapando sus sexos.
Luego aparecieron dos adolescentes, jóvenes hermosos, con su sexo tan poderoso y pulido como un falo de Delfos. Se encaramaron en el lecho y comenzaron cumplir las indicaciones del anciano. Este, mientras, de pie en una esquina, se consolaba pensando en lo que podría haber sido, pero ya no era; se palpaba su pene mutilado y recordaba la noche en que entregó su sexo a la divinidad oscura, a la diosa de la noche, a la Selene de sus sueños. Tu, al otro lado, le sonreía y lo acompañaba en cada uno de sus movimientos.
El abuelo quería terminar pronto. Los adolescentes se fueron. Las niñas se dejaron caer, rendidas, sobre la cama. La amiga le entregó la mandrágora. El viejo preparó una pipa, luego otra y otra y otra y todos iban cediendo bajo el placer licuante de las drogas. Todo se transformaba: la habitación era un palacio oriental y las niñas odaliscas veteranas; el anciano un sacerdote insano y Tu la mujer de la Luna, la Astarté que regía el destino de aquellos cuerpecitos que ya no verían más al astro nocturno.
Un Endimión sereno y perverso se adentró en la estancia con plantas y raíces de mayores y distintos efectos. Todo se transformaba, el cuarto era un mundo nuevo, el centro de un paraíso estrellado y Tu se fue. El abuelo se mezclaba con su entorno, los cuerpos de las nínfulas lo envolvían; y el triste joven continuaba proporcionado más y más aromas, humos y esencias de otras percepciones. Las puertas se abrían para no cerrarse más.
Amanecieron los tres muertos, el abuelo a los pies de la cama, con el rostro más dulce que nunca; las niñas a su alrededor, las difuntas más hermosas del mundo. Endimión se despertó y contempló su obra. Constance llegó muy pronto, nada más sonar el timbre, como si estuviese vigilándolo todo en el cuarto de al lado.
Allá, en el otro mundo, donde habitaba lo real, los pequeños nietos se iban despertando, acudían a la habitación de sus padres para encontrar los cuerpos muertos de sus genitores. El mayor de todos, Sebastián, bajó las escaleras entre los cadáveres de aquellas amistades vistas durante la cena. Más alucinados que asustados, los pequeños grupos de hermanos, trece en total, abrieron puertas y ventanas. El sol del invierno llenó la estancia y multiplicó el horror.
El ruido hizo entonces que los criados subiesen del sótano a poner orden en todo aquello.
El desorden se había apoderado de la inmensa estancia después de doce horas de celebración; señal de que la fiesta había sido un éxito. El abuelo presidía, solo, la mesa, más vacía ahora que nunca, repleta de las ausencias que habían cubierto de risas, brindis y alegría la jornada sexagenaria.
Los más pequeños dormían ya, los padres –sus seis hijos, la primogénita y sus respectivos cónyuges- se habían reunido en la biblioteca; grupos de jóvenes y viejos continuaban la celebración en el hall, donde la gran lámpara de hilos blancos y verdes iluminaba al grupo de jazz que animaba la sesión. Mientras, retirados, los hijos, el padre lo sabía, casi podía oírlos, se disputaban la herencia: los lobos en jauría y el águila en una soledad plena, sabiendo que el fin estaba cerca. Dispuesto a la aceptación plena de las condiciones de su compromiso.
El abuelo consultó su reloj y le mandó un mensaje a Tu: en una hora estoy en el hotel, le dijo, quería que le preparase las mejores niñas; dos o tres nínfulas eran suficientes para consumar el rito.
Enseguida abandonó la casa en silencio, arriba, en el ático lo esperaba Pound con el helicóptero. Cruzarían la frontera y llegaría al bosque de Constance con el ánimo reforzado; el fin. El horror no, el máximo goce, el reconocimiento de que la vida nueva lo esperaba, el no quedarse expectante. El viaje a por ese más allá. Pero no quería morir solo.
Desde el cielo se admiraba, aún de noche, la espléndida plenitud de la finca de Constance Tu. Arriba la montaña de vegetación pelada, aliagas y brezo, más abajo, el bosque de robles y los jardines de la llanura. El campo de golf, las pistas de tenis y los pabellones termales, a la derecha; en el centro la gran mansión con su planta en forma de cruz de San Andrés; al otro extremo el estanque, con la isla en el medio y los cuatro puentes formando una estrella, las manchas azules de las piscinas y los cenadores espigados aquí y allá, antes del rectángulo brillante que formaba la pista de aterrizaje.
Tu lo esperaba en el bar; una dama de negro interpretaba canciones francesas ayudada por un acordeonista ciego. En la barra viejas travestis decoraban la estancia y en las butacas algunos clientes, chicos jóvenes, mujeres aburridas, aguardaban su turno. El placer les esperaba arriba, al final de la escalera.
-Cariño, felicidades. Vienes a cumplir lo prometido; ¿has dejado ya todo hecho en tu casa? Supongo que tus hijos y sus abogados estarán ya en plena refriega. Tienes que firmar el testamento, nos cedes todo, claro.
-Vayamos, querida, mi Tu de siempre –le dijo, mientras acariciaba el satén de su talle, lo recorrió el frío de su espalda, la besaba en las mejillas, duras como el más duro alabastro, y la abrazaba como nunca, sintiendo las formas severas de una moderna koré .
En la habitación lo esperaban dos niñas, jóvenes, hembras en todo caso. La edad era indefinida, tanto semejaban infantas disfrazadas de personas mayores como mujeres arregladas para parecer niñas. La luz suave, de focos escondidos, llenaba de sombras la escena. El abuelo enseguida se puso el traje para el ritual, su amiga lo ayudaba y en unos instantes apareció como un mago o un sacerdote de un extraño culto, de misteriosos ritos orientales. Las niñas, a ambos lados de la cama, parecían flores mustias, con los ojos demacrados, la piel pálida, las melenas ondulantes cubriendo sus pechos incipientes y las sedas del cobertor tapando sus sexos.
Luego aparecieron dos adolescentes, jóvenes hermosos, con su sexo tan poderoso y pulido como un falo de Delfos. Se encaramaron en el lecho y comenzaron cumplir las indicaciones del anciano. Este, mientras, de pie en una esquina, se consolaba pensando en lo que podría haber sido, pero ya no era; se palpaba su pene mutilado y recordaba la noche en que entregó su sexo a la divinidad oscura, a la diosa de la noche, a la Selene de sus sueños. Tu, al otro lado, le sonreía y lo acompañaba en cada uno de sus movimientos.
El abuelo quería terminar pronto. Los adolescentes se fueron. Las niñas se dejaron caer, rendidas, sobre la cama. La amiga le entregó la mandrágora. El viejo preparó una pipa, luego otra y otra y otra y todos iban cediendo bajo el placer licuante de las drogas. Todo se transformaba: la habitación era un palacio oriental y las niñas odaliscas veteranas; el anciano un sacerdote insano y Tu la mujer de la Luna, la Astarté que regía el destino de aquellos cuerpecitos que ya no verían más al astro nocturno.
Un Endimión sereno y perverso se adentró en la estancia con plantas y raíces de mayores y distintos efectos. Todo se transformaba, el cuarto era un mundo nuevo, el centro de un paraíso estrellado y Tu se fue. El abuelo se mezclaba con su entorno, los cuerpos de las nínfulas lo envolvían; y el triste joven continuaba proporcionado más y más aromas, humos y esencias de otras percepciones. Las puertas se abrían para no cerrarse más.
Amanecieron los tres muertos, el abuelo a los pies de la cama, con el rostro más dulce que nunca; las niñas a su alrededor, las difuntas más hermosas del mundo. Endimión se despertó y contempló su obra. Constance llegó muy pronto, nada más sonar el timbre, como si estuviese vigilándolo todo en el cuarto de al lado.
Allá, en el otro mundo, donde habitaba lo real, los pequeños nietos se iban despertando, acudían a la habitación de sus padres para encontrar los cuerpos muertos de sus genitores. El mayor de todos, Sebastián, bajó las escaleras entre los cadáveres de aquellas amistades vistas durante la cena. Más alucinados que asustados, los pequeños grupos de hermanos, trece en total, abrieron puertas y ventanas. El sol del invierno llenó la estancia y multiplicó el horror.
El ruido hizo entonces que los criados subiesen del sótano a poner orden en todo aquello.
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