Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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EL PADRINO 3


No callar, Javier Cercas, p. 71

Penúltima secuencia de la tercera parte de El padrino, la película de Ford Coppola. La escena transcurre en Sicilia. Los Corleone al completo acaban de asistir, en el Teatro Massimo de Palermo, a una representación de Cavalleria rusticana en la que actúa Anthony, el hijo de Michael; al terminar la ópera de Mascagni, mientras los espectadores bajan las escalinatas del teatro, un sicario dispara contra Michael, pero es su hija Mary quien recibe el proyectil destinado al capo mafioso; este, tumbado en un escalón con el cadáver de su vástago en los brazos, lanza entonces el grito más desgarrador de la historia del cine, un grito silencioso que se prolonga durante segundos eternos hasta que por fin se convierte en un alarido inhumano ... ¿Cómo no compadecer a ese padre cuya hija acaban de asesinar por su culpa? ¿ Cómo no llorar con él, que ha vendido su alma al diablo para proteger a los suyos y acaba de perder pese a ello lo que más ama? Y, sin embargo, sabemos que Michael es un criminal sin entrañas, un monstruo capaz de asesinar a su propio hermano ... Lo repito: ¿por qué nos fascinan tanto los criminales, gente como Ricardo III, como Raskólnikov, como Michael Corleone? ¿por qué la ficción, sobre todo la ficción -o el arte en general-, parece tan empeñada en acercárnoslos, en mostrarnos sus aspectos seductores, en que nos solidaricemos o empaticemos con ellos, en que los comprendamos? ¿No es un peligro que nos pongamos de su parte y, a través de ellos, de la parte maldita que todos llevamos dentro?


¿RAZONABLE?

Amor, etcétera, Juian Barnes, p. 1989-199
He leído este caso en el periódico de hoy. Es una historia verídica y horrible, y te aconsejo saltarte lo que viene  después si no tienes un estómago fuerte.
Ocurrió en los Estados Unidos, aunque podría haber ocurrido en cualquier parte. O sea, América no es más que una versión exagerada de lo que sucede en cualquier otra parte, ·verdad? Toral, que a un hombre muy joven, en la veintena se le murió el padre. Su novia estaba por entonces haciendo un crucero y decidió, sin duda muy sensatamente, que como el padre había muerto en lugar de estar moribundo, ella seguiría navegando en vez de desembarcar de inmediato para consolar a su novio. Ahora bien, éste --quizá igualmente razonable-le guardó un rencor tan amargo que no lo borró el tiempo. Lo consideró una traición arroz. Y decidió causarle a ella tanto dolor como el que él había sufrido. Quería que ella conociese la clase de aflicción que él había sentido por la muerte de su padre.
¿Seguro que quieres escuchar el resto? De ser tú, yo no lo haría. Así que el chico se casó con su novia y  hablaron de tener familia y ella se quedó embarazada y tuvo el niño, y él esperó el tiempo suficiente para que ella estableciera el lazo natural con su hijo, y entonces lo mató. Envolvió la cabeza del bebé en un plástico -lo que llamamos papel transparente- y lo dejó solo. Después volvió, retiró el adhesivo y puso al bebé boca abajo en la cuna.
Te advertí de que era horrible. Y hay algo más. Durante varios meses, por lo visto, la madre creyó que había sido una muerte accidental. Es lo que le había dicho el médico. Pero un día el marido fue a la comisaría y confesó el crimen. ¿Por qué crees que lo hizo? ¿Por sentimiento de culpa? Quizá. No estoy seguro de creer del todo en las conciencias culpables. No mucho, no en casos que he visto. De acuerdo, tal vez hubo un poco de culpa. Pero ¿no infligía un dolor aún más grande y peor a su esposa? Si ella pensaba que el bebé había muerto por asfixia accidental en su cuna, culparía al destino o algo así. Pero ahora sabía que no había sido el destino. Había sido un acto deliberado. El dolor le había sido provocado a propósito por alguien que ella creía que la amaba y a quien ella amaba, con el designio exclusivo de hacerla sufrir. Cabe decir que ella descubrió en aquel momento cómo era el mundo.

Fue una acción horripilante, ¿no? No digo que no lo fuese. Pero, en cierto sentido, lo más terrible de todo es que fue también, en un sentido, muy razonable. En un sentido espantoso, por supuesto.

EL BIEN Y EL MAL


De de Eduardo Menéndez Salmón, p.163

El mal encuentra justificación en su existencia. El mal no necesita prueba ontológica, ni reducción al absurdo, ni fe o profetas. El mal es su propia expectativa. Mi vida me ha enseñado que es el bien lo que precisa de justificación. Es el bien lo que necesita un por qué, una causa, un motivo. Es el bien lo que, en realidad, constituye el más profundo de los enigmas. 

FIN

De Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p.189
Así que Manila disparó y la cabeza rebotó y vio cómo los ojos de Mortenblau se nutrían por última vez de un sorbo de luz y cómo luego se iban tiñendo de sombras -sombras en las que pudo ver su propio reflejo con el brazo aún extendido- y cómo finalmente se apagaban igual que una estrella lejana que parpadea con inusitada fuerza antes de extinguirse para siempre concentrando en ese último brillo todo lo que un día fue: su esplendor, su mérito, su excelencia: la asombrosa y asombrada evidencia de haber sentido, de haber gozado, de haber reído: de haber sido.

EL CONSUMO INUTIL

Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p. 187
-Consumamos -dijo Vera-. Esta tarde. Gastemos dinero porque sí, por el puro placer de rodearnos de cosas. Démonos un festín. ¿Quieres un televisor nuevo? -preguntó mirando a su padre-. Comprémoslo. ¿Quieres un viaje a Barbados? -preguntó mirando a su madre-. Vayamos, hagámoslo. Armani, Kenzo, Panasonic, Bulgari, Nokia, Philips, Apple, Mercedes Benz. Hermanémonos. Esta tarde. Sí. Comamos y luego subamos al coche, los tres, para derrochar el sueldo de papá de los dos últimos meses. Me compraré ropa interior musical. ¿De qué os reís? Existe. Lo sé. He oído hablar de ella. Todo aquello que puedas desear ya existe, alguien lo habrá ideado incluso antes de que tú lo soñaras. Están por todas partes -y Vera hizo un gesto vago, como si espantara moscas, mientras en su pecho la fotografía de Humberto ardía en su pequeño holocausto-: en nuestros dormitorios y baños, en nuestros lugares de trabajo y de recreo; ellos, los hacedores de mundos, los auténticos y únicos demiurgos, los constructores de cuchillas de afeitar, tuberías de plomo, diafragmas invisibles al escáner.
Cuando su hija calló, Valdivia tembló de amor. «Ríe, Vera», pensó. «Nunca dejes de hacerlo. Nunca.»
Y sin embargo, en su corazón generoso, comprendió que aquella risa era sólo una máscara, que Vera estaba llorando por su edad, por su tiempo, por todo cuanto ya, tan joven, resultaba irrecuperable.

FAULKNERIANA

De Luz de agosto de WFaulkner, p.84 (Galaxia)
Pero la ciudad no creía que las damas hubiesen olvidado los misteriosos viajes a Memphis, con una finalidad en la que todas estaban de acuerdo.  Sin embargo, nadie dijo nada, nadie expresó su opinión en alta, porque la ciudad estaba segura de que las mujeres honestas nunca perdonaban tan fácilmente las cosas, ni las buenas ni las malas, y porque no quería que el gusto y el sabor del perdón desapareciesen del paladar de su conciencia. Porque la ciudad creía que las damas sabían la verdad, porque también creía que, si las mujeres culpables pueden engañarse en materia de pecado, ya que ocupan buena parte de su tiempo esforzándose en no ser sospechosas, las mujeres honestas, por el contrario, no pueden engañarse, porque, al ser honestas por sí, no tienen que preocuparse de la propia honestidad de la de las demás y, por consiguiente, disponen de mucho tiempo para olfatear el pecado. Ésa es la razón -según creía la ciudad- de que el bien pueda engañarlas casi siempre haciéndolas creer que es el mal, mientras que el mal verdadero nunca puede engañarlas. Así que cuando, al cabo de cuatro o cinco meses, la mujer del pastor se ausentó de nuevo, cuando marido dijo de nuevo que había ido a ver a su familia, la ciudad pensó que, por una vez, ni siquiera el marido había sido engañado. Fuese como fuese, la mujer volvió y él siguió predicando todos los  domingos como si nada hubiera ocurrido y visitando a la gente y a los enfermos, y hablando de su iglesia. Pero la mujer no asistió más al templo y las señoras dejaron enseguida de visitarla, de ir a la casa rectoral. E incluso los vecinos de enfrente dejaron de verla alrededor de la casa Y poco tiempo después era como si ella ya no estuviese allí como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo en que ella no estaba allí y en que el pastor nunca había estado casa do. Y él seguía predicando Jos domingos y ya no les decía que ella había ido a visitar a la familia. La ciudad pensó que acaso era feliz. Que acaso era feliz por no tener ya que mentir.

SNOPES

WFaulkner, Ensayos y discursos, p.148
Y donde en el principio los predecesores se deslizaban con sus simples artefactos, y construyeron los túmulos y se desvanecieron, legando sólo los túmulos en los que el siguiente linaje algonquiano constatable dejaría las calaveras de sus guerreros y de sus jefes y de sus bebés y de sus osos aniquilados, y los cascos de los cacharros y cabezas de martillo y de flechas y de vez en cuando una pesada espuela de plata española. Entonces había ciervos que vagaban en manadas plácidas como el humo, y osos y panteras y lobos en la maleza y en los fondos, y todas las bestias menores -mapaches y zarigüeyas y castores y visones y ratas almizcladas (no almizcleras: almizcladas )-;" ellos todavia estaban allí y parte de la tierra todavía era virgen a comienzos del siglo XX cuando el propio chico empezó a cazar. Pero exceptuando que de vez en cuando miraban hacia fuera desde detrás de la cara de un hombre blanco o de un negro, los Chickasaws y los Choctaws y los Natchez y los Yazoos estaban tan desaparecidos como los predecesores, y la gente con la que el chico se deslizaba eran los descendientes de los Sartorises y los De Spains y los Compsons que habían comandado los regimientos Manassas y Sharpsburg y Shiloh y Chickamaugra, y los McCaslins y los Ewells y los Holstons y los  Hogganbecks, cuyos padres y abuelos los habían establecido, y de vez en cuando también un Snopes, porque ( a principios del siglo XX los Snopes estaban por todas partes: no sólo tras las máquinas registradoras de pequeñas tiendas mugrientas situadas en calles laterales frecuentadas por negros, sino tras escritorios presidenciales de bancos y mesas de directores de empresas de venta al por mayor a supermercados, y en las dependencias del diácono en las iglesias baptistas, acaparando las desmoronadas casas georgianas y troceándolas en apartamentos y en sus lechos de muerte decretando anexos y pilas bautismales en las iglesias como recordatorios de sí mismos o quizá por puro terror.

EL HORROR, EL HORROR

De Noticias del extranjero, de Alberto Manguel, p.226-227
El dolor puede destruir. El dolor es, de hecho, tan poderoso que la misma idea de dolor puede destruir. El conocimiento del dolor en otros puede destruir (esto es, una vez más, aquello de lo que ustedes mismos deben cuidarse). Incluso la idea de! dolor en otros puede destruir.
»Lo que tengo aquí, este pedazo de vida vegetal, es en esencia idéntico a sus pacientes. Tiene piel, tiene carne, y puede pensarse que las hojas de su interior corresponden a los órganos y huesos internos. La única diferencia importante, muy importante, es que no va a reaccionar. No va a gritar, rogar, llorar o cerrarse en sí misma. A ese aspecto de nuestra tarea me referiré más adelante.
»Cuando e! cuchillo se acerca a la pie! comienza la destrucción. Comienza antes de que el cuchillo llegue a tocar la piel. El cuchillo establece la naturaleza de la relación inminente: metal y carne, unidos. La primera inserción -(en este punto bajó el cuchillo y suavemente dejó que la hoja hiciera un tajo en parte de la capa externa)- provoca sorpresa. Sorpresa ante el primer dolor, sorpresa por la presencia extraña, la hoja, dentro del cuerpo, y, sobre todo, sorpresa porque el dolor es menor del que el paciente espera. A esta sorpresa, y a pesar del dolor, se suma un vergonzoso sentimiento de alivio. »El segundo paso reafirma la destrucción. El alivio puede  llevar al paciente a suponer que el proceso puede ser, o que incluso será, dado por concluido. Ustedes deben dejar en claro que no cabe duda de que lo que está sucediendo es para siempre. Extraen el cuchillo -(lo hizo con un cuidado supremo)- y, sosteniendo entre los dedos la punta cortada de la tira de pie!, tiran hacia arriba y hacia atrás --en la mano derecha sostuvo una cinta de vegetal arrancada, con los filamentos verdes colgando hacia su palma . .. Ahora la carne está abierta al aire. Ahora el paciente sabe que el procedimiento es de ausencia, que jamás recuperará la pérdida. Y durante todo ese tiempo ustedes deben decirse a  sí mismos: yo no soy parte de este país extranjero, este cuerpo extraño, este otro que sufre. Es él, el paciente, quien ha causado eso. Yo no soy más que un trabajador. Estoy haciendo mi  trabajo. Y debo hacerlo bien.

Es importante que recuerden eso en las ocasiones en que se usa alguno de los métodos con agua. En ese caso su tarea es hacer que e! paciente abandone la tierra por el agua. Al sostener hacia abajo la cabeza de! paciente, estarán regresando esa cabeza -no e! cuerpo entero del paciente, solo la cabeza, una criatura en sí misma- al agua. Es, si les parece, un acto de  repatriación, un cambio en el clima. Si ocurre la muerte, siempre se debe a la testarudez de! paciente, como aquel que no desea abrigarse bajo una tormenta de nieve. Ahogar no debe ser, en su vocabulario, un verbo transitivo. Deben repetirse para sí mismos: nadie se maga jamás. La gente elige dejar de vivir. Ahogarse es una suspensión de la voluntad.»

VIVA EL MAL VIVA EL CAPITAL

De Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, de Sánchez Ferlosio
"No hay nada que pueda impresionarme tan desfavorablemente como el que alguien trate de impresionarme favorablemente. Los simpáticos me caen siempre antipáticos; los antipáticos me resultan, ciertamente, incómodos en tanto dura la conversación, pero cuando ésta se acaba se han ganado mi aprecio y simpatía. Ese viajero que dice "Buenas noches", al entrar en el compartimento del vagón; que apenas alza los ojos, sin interés alguno, a la comparecencia de viajeros nuevos, que no vuelve a despegar los labios hasta llegar a su estación, para decir: "Que tengan ustedes buen viaje", suscita en mí la convicción -probablemente tan arbitraria como injusta- de que en un choque o descarrilamiento se portaría del modo más heróico y más socorredor, mientras que el dicharachero, que no ha parado en todo el viaje de hablar y de reír, de entablar relación con todo cristo, y no digamos si -¡horror!- hasta contando chistes por añadidura, me impone, en cambio, la más absoluta certidumbre de que no podría dar, en igual trance, sino el más bochornoso espectáculo de histeria y cobardía. La simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública, en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros. La antipatía es resistencia y repugnancia a simular y escenificar -abyectamente- un mundo que no existe."  /

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