Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.565. LA INVENCION DE TODAS LAS COSAS / JORGE VOLPI


Al despertar una mañana, luego de un sueño intranquilo, me descubro transformado en un monstruoso bicho. Me espanta la armadura anillada de mi abdomen y mis tres pares de patas que se retuercen en zigzag. Las imágenes están allí, vívidas y palpables, tan reales como eso que suelo llamar, tal vez a la ligera, realidad. El horror que experimento ¿es producto de un  recuerdo, de una alucinación, de una fantasía? ¿De un sueño? Si por un instante no me di cuenta de que lo era, ¿quién me asegura que no sigo en su interior? Me precipito al cuarto de baño: mi rostro en el espejo es el mismo de cada mañana, solo mis ojeras lucen más pronunciadas. No parezco un bicho: aquellas imágenes artrópodas eran falsas, los rescoldos de una pesadilla.

Y entonces sí despierto.

Nada angustia como un sueño dentro de un sueño, uno de los dispositivos predilectos del horror. Si despertamos en uno, ¿no nos precipitaremos en otro y otro, ad infinitum?

Borges se valió de la estratagema en numerosas ocasiones: «Ha soñado el Ganges y el Támesis, que son los nombres del agua», escribió en 1985 en un poema incluido en Los conjurados. «Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido. Ha soñado a Alejandro de Macedonia. Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro. Ha soñado el mar y la lágrima. Ha soñado el cristal. Ha soñado que Alguien lo sueña». Analizo la escena: mis manos transformadas en patas de insecto. ¿Qué son estas imágenes? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Son ficciones? Y, si así fuera, ¿de qué están hechas? Parafraseando a Shakespeare, de la misma materia de los sueños


DANTE


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 250

El primer gran lector de la Comedia es el propio Dante. En la segunda parte de su Epístola XIII, escrita en latín en homenaje a su mecenas, Cangrande I, señor de Verana -en cuya ciudad se refugia entre 1313 y 1318 ya quien dedica el Paraíso--, él mismo nos dice cómo interpretarla. Como afirma Charles S. Singleton en La Commedia de Dante. Elementos de su estructura (1977), el poeta sigue la pauta del pensador escolástico Hugo de San Víctor, según la cual no existe un solo mundo, sino dos: «El visible, desde luego, es este universo físico que vemos con los ojos y con nuestro cuerpo, y el invisible es el corazón del hombre que no puede verse». A partir de esta dualidad, Dante nos explica que, para comprender su obra, es necesario pasar por seis accesus o puertas: el tema (subjectum), el autor (agens), la forma (forma), el objetivo (finis), el título (titulus libri) y el género (genus philosophiae). Dante nos revela asimismo que la Comedia puede ser leída según las mismas estrategias que admite la Escritura: la interpretación literal y la alegórica, moral o anagógica. Según la primera, su libro narra el viaje de las almas después de la muerte, mientras la segunda cuenta el “viaje interior del hombre que, por sus méritos y deméritos, y a causa de su libre albedrío, está sujeto al premio y al castigo de la justicia», como resume Julián Barenstein en su introducción a la EpístolaXIII(2018). Dante pone en escena, así, el carácter dual de cualquier ficción.


EL NACIMIENTO DE VENUS


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 281

En su Historia natural, Plinio el Viejo describía una de las pinturas más famosas de la Antigüedad, Venus saliendo del mar, de Apeles. Según la leyenda, Alejandro Magno le pidió al pintor que tomase como modelo a Campaspe, su concubina favorita; en cuanto vio la obra terminada, se dio cuenta de que Apeles se había enamorado de ella y, generoso como un dios, le permitió poseerla. Fascinados con el pasado, los hombres del Renacimiento se empeñaban en revivirlo: en este caso, la modelo de Sandro Botticelli para su El nacimiento de Venus (c. 1485) era Simonetta Cattaneo Vespucci, de quien se hallaba prendado el  artista tanto como Lorenzo el Magnífico y su hermano Giuliano. Sin prevención alguna, Lorenzo de Pierfrancesco de Medici, pariente cercano de los regentes de Florencia, podía adornar su casa de campo con una obra como esta sin temor a que sus invitados la admirasen. Después de un milenio de casi no ver otra cosa que cristos, vírgenes y santos, la diosa aparece en primer plano en su perfecta desnudez. Este cambio de sensibilidad -y este desplazamiento del poder- muestra la reconciliación de la Antigüedad clásica con el cristianismo operada por Ficino: aquí Venus ya no es solo la diosa griega y romana, sino la fuente de ese doble amor, divino y humano, que une macro y microcosmos.


SANTO TOMAS


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 242

 Tomás de Aquino emprendió una de las empresas intelectuales más arriesgadas posibles: unir mythos y logos, es decir, la ficción cristiana con la razón aristotélica. Si durante siglos la ortodoxia había asimilado ciertos rasgos de Platón, integrar los argumentos de su discípulo parecía una tarea más ardua. Extraño compromiso: asumir como dogmas las verdades reveladas y rellenar sus intersticios con la razón. Uno de sus primeros empeños consistió en probar, de forma racional, la existencia de Dios. A diferencia de otros pensadores cristianos que estimaban que se trata de una verdad evidente, dedicó un esfuerzo inaudito, tanto en la Suma teológica (1265-1274) como en la Suma contra gentiles (1259-1265), a demostrar la mayor ficción posible. Las célebres vías tomistas son sutiles juegos de la inteligencia que hoy suenan como cuentos de Borges:

1. Prueba por el movimiento.


AGUSTIN DE HIPONA


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 214

 Agustín de Hipona se presenta como un gran pecador: aunque su madre es una devota cristiana, ha llevado una vida licenciosa y ha coqueteado con el maniqueísmo, la filosofía neoplatónica e incluso con los donatistas, otra de las herejías de la época. Al mismo tiempo, vive asediado por una urgente pulsión sexual que, al igual que Orígenes, identifica con el demonio, y dedica el resto de su vida a tratar de domeñarla. Durante años Agustín mantiene una relación con una amante mayor que él, de quien nace su hijo Adeodato, aunque al cabo la repudia para casarse con una niña de once años de una familia pudiente. Es entonces cuando Ambrosio de Milán lo convence de renunciar a los placeres de la carne.

No mucho después inicia la escritura de sus Confesiones (398): si antes ya otras figuras han escrito en primera persona, como Ovidio en sus Tristia ( escrito después de su exilio en el año 8), nadie se ha ocupado tanto de explorarse -y exhibirse- a sí mismo. Desde entonces, el yo occidental queda ligado a la culpa y el pecado. Las Confesiones ponen en escena la batalla interior que Agustín libra entre lo que es, un hombre concupiscente, lleno de deseos, y lo que aspira a ser, una criatura casta y pura. En su voluntad de narrar su abandono de la sensualidad, expresa una obvia nostalgia hacia el mundo pecaminoso que ha dejado atrás. Maestro de retórica, mantiene esa misma ambigüedad hacia las escrituras bíblicas, que encuentra menos elegantes que los clásicos griegos y latinos. Todo en las Confesiones se halla imbuido de ese maniqueísmo del que jamás se desprendió: así como divide a la humanidad entre pecadores y virtuosos, él se dibuja como un ser dual, escindido entre dos fuerzas igual de poderosas.


SAUL DE TARSO


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 198

Más que a los Doce, debemos a Saúl de Tarso (muerto en torno al 64 o 65) la mutación que alentó que una oscura secta, de entre las muchas que proliferaban en la Judea recién incorporada al Imperio, deviniese fantasía universal. Pablo, como empezó a nombrarse tras su precipitada conversión, poseía una identidad doble: el judaísmo ortodoxo de sus padres y su carácter de romano. La ficción jurídica que le permitía ser ciudadano sin haber nacido en Roma lo inspiró a ganar la competencia contra las demás sectas judías; su mayor iluminación en el camino de Damasco no fue cesar de perseguir a los cristianos, sino que su nueva fe pudiera ser inoculada a los gentiles sin que tuvieran la obligación de circuncidarse; ninguna otra se atrevió no ya a incorporar a practicantes de otras religiones, sino a buscarlos con gran celo. A los romanos, esta práctica les parecía aberrante; mientras ellos se apropiaban de las divinidades de los pueblos conquistados, los cristianos buscaban eliminar cualquier otro dios excepto el suyo. Pasaría mucho tiempo antes de que diferenciaran a los seguidores de Jesús de otras sectas judías. Por más de medio siglo, los hebreos fueron un incordio; además de sus extrañas creencias y costumbres, se resistían a honrar al césar y a pagar impuestos. Desde tiempos de Jesús, las legiones debieron soportar los ataques terroristas de los sicarios y las guerrillas de los zelotes. Hasta la destrucción del Segundo Templo, Judea fue un polvorín. Como narra Flavio Josefo (el comandante judío Yosefben Matityahu, quien desertó para sumarse a Vespasiano), en La guerra de los judíos (75-79), durante todo ese tiempo no hubo un segundo de paz. Esta confrontación fue el caldo de cultivo de los iluminados y gurús que anunciaban el fin del mundo.


ANTIGONAS


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 156 

Como han estudiado George Steiner en Antígonas. La travesía de un mito universal para la historia de Occidente (1984) y Rómulo Pianacci en Antígona, una tragedia latinoamericana (2015), su mito compendia los mayores conflictos de la humanidad: el poder frente al individuo; el Estado frente a la familia; la mujer frente al hombre; la juventud frente a la vejez. Redescubierta en el siglo XVI, es en los albores del Romanticismo cuando comienza a ser vista no solo como la tragedia ideal, sino como una de las joyas artísticas más perfectas jamás creadas.

Cada época se construye su Antígona. La imaginación revolucionaria del siglo XIX resalta su condición de acompañante de la revolución y su posición de hermana mientras sublima sus rasgos eróticos; los románticos se concentran en su carácter fantasmagórico y su muerte en vida; y el fin-de-siecle se decanta por su carácter mórbido e irracional y su demencia, luego diagnosticada como histeria. El psicoanálisis provoca un desplazamiento de su primacía en favor de Edipo, si bien, tras el trauma de la Gran Guerra, reaparece como encarnación de los sobrevivientes. Más adelante, señala con dedo flamígero la barbarie nazi y el Holocausto. La segunda mitad del siglo XX la pinta, con tintes marxistas o existencialistas, como la rebelde por antonomasia, sola frente al poder desnudo, mientras la crítica feminista apuntala su enfrentamiento con el patriarcado y la naturaleza disruptiva de su discurso y su sacrificio.


MOLLY BLOOM


La invención de todas las cosas, Jorge Volpi, p. 138

El mejor lector de la Odisea ha sido James Joyce, quien no se contentó con imitarla, sino que se dio a la tarea de traducirla no a otra lengua, sino a otro espacio-tiempo. Su Ulises no es tanto una reescritura cuanto un maniático viaje al futuro: capítulo a capítulo, el irlandés muta, altera y se ríe de los personajes de Homero. Frente a los diez años de viaje de Ulises, el del apacible y no tan ingenioso Leopold Bloom dura un solo día: el 16 de junio de 1904, 1a fecha de la primera cita entre Joyce y Nora Barnacle. No deja de resultar significativo que Joyce haya preferido verse encarnado en el personaje de Telémaco bajo la apariencia de Stephen Dedalus, en vez de en Ulises. Bloom es el prototipo del hombre común -el andrós, el everyman- descrito en el proemio de la Odisea: un personaje que se deja arrastrar de un lado a otro de Dublín, navegando por la vida al capricho de los otros. A diferencia de Penélope, Molly no desraca por su fidelidad: Bloom no puede olvidar el affaire de su mujer con Hugh Boylan, conocido como Blazes, una suerte de donjuán dublinés. En el último capítulo de su proceloso libro, Joyce le devuelve a Penélope la palabra que le arrebató Telémaco. De vuelta en la cama con Leopold, su célebre monólogo interior-una frase como una corriente marina- concluye de este modo (en traducción de José María Valverde): « ... y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí». Sí es la palabra con que inicia y termina el monólogo. En opinión de Joyce -tan machista como sus modelos griegos-, se trata de la expresión femenina por excelencia: la de la mujer que por fin acepta y se somete.


INCIPIT 1.554. LA INVENCION DE LA FICCION / JORGE VOLPI

Al despertar una mañana, luego de un sueño intranquilo, me descubro transformado en un monstruoso bicho. Me espanta la armadura anillada de mi abdomen y mis tres pares de patas que se retuercen en zigzag. Las imágenes están allí, vívidas y palpables, tan reales como eso que suelo llamar, tal vez a la ligera, realidad. El horror que experimento ¿es producto de un recuerdo, de una alucinación, de una fantasía? ¿De un sueño? Si por un instante no me di cuenta de que lo era, ¿quién me asegura que no sigo en su interior? Me precipito al cuarto de baño: mi rostro en el espejo es el mismo de cada mañana, solo mis ojeras lucen más pronunciadas. No parezco un bicho: aquellas imágenes artrópodas eran falsas, los rescoldos de una pesadilla. Y entonces sí despierto.

Nada angustia como un sueño dentro de un sueño, uno de los dispositivos predilectos del horror. Si despertamos en uno, ¿no nos precipitaremos en otro y otro, ad infinitum?

Borges se valió de la estratagema en numerosas ocasiones: «Ha soñado el Ganges y el Támesis, que son los nombres del agua», escribió en 1985 en un poema incluido en Los conjurados. «Ha soñado mapas que Ulises no habría comprendido. Ha soñado a Alejandro de Macedonia. Ha soñado el muro del Paraíso, que detuvo a Alejandro. Ha soñado el mar y la lágrima. Ha soñado el cristal. Ha soñado que Alguien lo sueña».

Analizo la escena: mis manos transformadas en patas de insecto. ¿Qué son estas imágenes? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Son ficciones? Y, si así fuera, ¿de qué están hechas? Parafraseando a Shakespeare, de la misma materia de los sueños.


LACAN


El fin del mundo, Jorge Volpi, p. 86
Resultaba muy fácil confundirlo con un zorro: las matas blanquecinas que invadian sus parietales insinuaban un obvio parentesco que se desvanecía al imaginarlo huyendo a toda velocidad de una jauría. Para sus críticos, Lacan se asemejaba más bien a una serpiente, la encarnación de la fatuidad y la sevicia, mientras que su cada vez más acuciada pasión por los coches de carreras, los abrigos de pieles y las obras de arte extravagantes (baste recordar su legendaria adquisición del Origen del mundo) lo asemejaban a esas comadrejas decadentes y ampulosas que a veces ilustran el Paris-Match. En cambio, sus partidarios lo veneraban como a un semidiós, un titán merecedor de libaciones y sacrificios, un Moisés laico que, en vez de las tablas de la ley, había descendido del Sinaí del inconsciente cargando los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Las razones de esta divergencia de criterios se originaban en la propia naturaleza de su trabajo: si hubiese tramado un corpus claro y legible, si le hubiese concedido a sus escritos cierta transparencia, nadie se habría atrevido a cuestionar su talento; al renunciar a la inteligibilidad, adentrándose en el reino del ocultismo y el secreto,  tácitamente autorizó que cada cual lo interpretase a su manera, provocando la creación de un sinfin de escuelas, sectas y herejías lacanianas.
A pesar de estos prejuicios, aquella vez Lacan me pareció tan afable como un hermano mayor. Una nota de timidez distinguía sus modales, un matiz de pudor se filtraba en su vehemencia y su voz desentonada señalaba a un individuo inseguro y falto de cariño, un hijo cuyo padre nunca fue capaz de transmitirle la confianza necesaria, un sabio endeble y apasionado que, a pesar de sus caprichos, no se sentía cómodo en el mundo. Nada en su trato íntimo recordaba al grave conferencista ensalzado por cientos de devotos o al violento reconstructor del psicoanálisis que yo admiraba. Lejos de los reflectores, destacaba la crueldad de su humor, la rapidez de su ingenio y su natural capacidad de seducción. De pronto vislumbré los motivos que mantenían a Claire atada a él: si bien sus detractores lo tachaban de banal y mezquino, de sordo y rencoroso, ciegamente embelesado de sí mismo, aquel día yo vi (deseé) un Lacan curioso, atento y tolerante. Un igual.

LA INTERNACIONAL SITUACIONISTA


El fin de la locura, Jorge Volpi, p. 68
Eran sólo ocho personas: más que un grupo de artistas de vanguardia, un piquete de soldados, de conspiradores, de salvadores del mundo. Acudían de todas partes --de ahí la universalidad de su desafío-, aunque ellos no guardaban ninguna simpatía hacia las naciones. Pertenecían a una raza de desarraigados y prófugos, de exiliados voluntarios que, en vez de escapar de los campos de concentración como sus padres, intentaban hacerlo de esa otra prisión acaso más cinica y opresiva: la sociedad burguesa (y el aburrimiento). Aunque eran jóvenes, no poseían ninguna de las características que se asocian con este periodo de la vida: no eran ni inocentes ni ingenuos ni incultos ni soñadores; no buscaban transformar el mundo agitando banderas, combatiendo a la policía o portándose como niños malcriados. Su conjura era más profunda, más intensa, menos predecible. En el mes de julio de 1957, sólo eran ocho, y buscaban producir acciones memorables. Nunca tan pocos perturbaron tanto en tan poco tiempo.
El lugar de reunión era un pueblecito de la costa de Liguria, Cosio d'Arroscia. Si alguien los hubiese visto entonces, habría imaginado que formaban uno de esos grupos que se desplazaban por las carreteras europeas de la posguerra disfrazados de vagabundos o de artistas. Sólo que ellos vestían sin distinción, incluso con cierta sobriedad: querían pasar inadvertidos. Sabían que la única manera de intervenir era manteniéndose al margen. Su metáfora perfecta era la pequeña bola de metal que echa a andar las luces y la música de los pinballs, la chispa de cigarro que incendia un bosque, el copo de nieve que desata una avalancha. ¿Qué pretendían? Difícil saberlo. Tal vez no les importaba decirlo. O no buscaban nada, sin más. Los definía su voluntad de cambiar, de resistir, de oponerse. ¿A qué? A todo, incluso a sí mismos. Aunque jóvenes, llevaban varios años reuniéndose, dispersándose, recomponiéndose. Ahora, en ese minúsculo pueblo de la costa ligur, fundaban una minúscula empresa cuya trascendencia se volvería inimaginable: no una revista ni un movimiento, no una revolución ni un llamado a las armas, aunque contuviese elementos de todo ello, sino algo más vasto e indefinible. Como toda acción necesita un nombre, ellos también bautizaron su  desafío: ese día de ju lio de 1957, en Cosio d'Arroscia, esos ocho locos inventaron la Internacional Situacionista.

INCIPIT 928. EL FIN DE LA LOCURA / JORGE VOLPI


Si ustedes creen haber comprendido, de seguro se han equivocado.
Lacan, El Seminario, libro I
-¡Basta de ruido!
Los muros de la habitación me resguardaban de su ira, no de sus lamentos: el clamor me perforaba los tímpanos como un disparo a quemarropa. Extraviado, me acerqué a la ventana y aguardé. Al principio sólo padecí una leve sacudida pero los espasmos se hicieron cada vez más estrepitosos mientras un torrente de hormigas -o de esa otra plaga, los humanos-, se aproximaba a toda prisa a mi refugio. Los balbuceos se transmutaron en alaridos que lo mismo podían ser producto del gozo o de la cólera: nuestra especie apenas distingue los sonidos de la agonía y del orgasmo. Al taparme los oídos y anhelar una rápida sordera comprobé que mis manos no frenaban las ondas expansivas; si bien esos rebeldes detestaban las reglas, en cambio aullaban al unísono. La turba estaba compuesta por una marea de infantes caprichosos: sólo así podía entenderse la puerilidad de sus consignas y la torpeza de su euforia. ¿Qué pretendían? ¿Por qué vociferaban con tal brío? ¿Ansiaban salvarme, lincharme, maldecirme? Advertía sus rostros maltrechos –sus labios abiertos, sus colmillos, sus lenguas desatadas- muy cerca, al otro lado de la acera.

HERMANAS PAMPIN


El fin de la locura, Jorge Volpi. p 56
La historia de su crimen posee una economía dramática ejemplar. Imaginemos la escena: en una típica casa burguesa de provincias, la estricta señora Lancelin y su hija Génevieve pasan la tarde bordando pañuelos o jugando a las cartas; en el otro extremo de la propiedad, sus dos sirvientas, pulcras y uniformadas, bregan con sus propias labores: mientras Christine plancha la ropa -nadie deja los corpiños tan bien almidonados como ella-, la pequeña Léa pliega las prendas y las coloca en las gavetas de sus amas. La previsible rutina se quiebra de pronto cuando uno de los apagones que con tanta frecuencia se producen en la zona sumerge la casa de la señora Lancelin en una tiniebla violenta y azulosa. Como una señal acordada -esa  imprevista oscuridad es la llamada al reino de la insania-, Christine se transforma en un ángel de venganza, en una parca, en la irracional ejecutora de un dios enloquecido.
¿Cuál es el motivo de su ira? ¿Por qué esas dos inofensivas criadas se convierten de pronto en carniceras (en revolucionarias)? Las piadosas hermanas Papin no se limitan a segar las vidas de sus amas; como si resarciesen una humillación que dura siglos, Christine y Léa las torturan con pereza no sin antes arrancarles los ojos para que ·no espíen lo que ocurre con sus cuerpos. A continuación, aplicando su habilidad con los instrumentos de cocina, destazan las carnes blandengues de sus patronas, las cortan en pedazos y las aplanan hasta convertirlas en filetes; eliminan sus vísceras y esparcen sus restos por el suelo como sobras para los perros. Al final, con esa boba naturalidad que las define, las hermanas Papin comprueban que las puertas permanecen cerradas, se desvisten, se enjuagan un poco la sangre, se colocan sus sempiternos camisones y se acuestan a la hora de siempre. No hay en ellas el menor despilfarro de energía o conciencia de su encono: acometen cada paso de su crimen con la misma abulia con que suelen limpiar la loza o servir el vino. Su agravio no obedece a ninguna razón, la señora Lancelin y su hija Génevieve nunca las maltrataron, nunca abusaron de ellas, nunca se aprovecharon de su posición, nunca las golpearon.

WIKIPEDIA

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