Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Don Quijote. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Don Quijote. Mostrar todas las entradas

MUÑOZ MOLINA


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279

Apenas iba a clase. Pasear por la ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes, traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump, dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado alto, en palabras de Borges el penado bajo.

En la biblioteca de Faulkner, en su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.

 


MELVILLE Y DON QUIJOTE


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 241

En White-Jacket, la novela de aventuras en un buque guerra que publicó dos años antes que Moby Dick, el narrador, que parece que habla con su propia voz contando recuerdos muy vividos,  agobiantes muchas veces, sobre la dureza disciplinaria de la vida en el mar, evoca a un marinero llamado Nord, lector de buenos libros, “muy romántico”, revolcado por el molino de la adversidad. Dice Melvllle: Muchas veces me           había fijado en su figura alta, erecta, austera. marchando corno don Quijote entre los pigmeos de la tripulación a la que pertenecía. La sombra del caballero sigue rondando por las páginas desordenadas y convulsas de la novela, que tiene mucho de imperfecta anticipación de Moby-Dick. Un médico del barco, de buena familia pero de escasa fortuna, había leído Don Quijote, y esa en lugar de curarlo de su quijotismo, como hubiera debido,  lo volvió todavía más quijotesco. Durante una parada en Rio de Janeiro. y a pesar del calor del trópico, este médico arruinado se pasea por la ciudad con un gran chaquetón azul de marinero, echado con un gesto de elegancia española sobre un hombro de caballero. En un cuento escrito en 1856,  The Piazza Tales, Melvillle describe un prado muy verde en en que unas vacas permanecen tan inmóviles que ni siquiera rumian, como si estuvieran hechizadas. Y los hechizados no comen, al menos eso dice don Quijote, el más sabio de todos los sabios que han existido nunca.


EL CURIOSO IMPERTINENTE


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 161

Inacción,  letargo, silencio encubren la desgracia que está creciendo como un tumor por dentro: la traición, la mentira, el trastorno. En el proceso de descubrir la verdad Anselmo va encontrando una sucesión de ausencias y de lugares desiertos. Viendo lo que no está comprende paso a paso el horror que todavía no ha visto y no supo prever, aunque nadie más que él tiene la culpa de haberlo desatado. Abre la puerta de la habitación en la que había encerrado a la criada Leonela y ve la habitación vacía y una sábana hecha nudos que cuelga de la ventana abierta. Busca a Camila y, no hallándola en la cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Va ahora a buscar a su amigo Lotario, por una calle de esta Florencia invisible, y los criados le dicen que se ausentó en mitad de la noche. Y cuando volvió a su propia casa, no halló en ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola. El que anduvo a escondidas por esos corredores, se escondió detrás de los tapices, espió por puertas entornadas y cerraduras, ahora anda solo y aterrado por las estancias vacías, de las que sin ninguna explicación ha desaparecido su mujer y han huido los criados, como escapando de un lugar maldito, que es el de su vergüenza y su condena.


INCIPIT 1.575. EL VERANO DE CERAVTES / MUÑOZ MOLINA


El verano es la estación de Don Quijote de la Mancha. Es el tiempo en el que suceden del principio al final todas sus peripecias, y también el más adecuado para su lectura. El desocupado lector al que se dirige desde la primera línea Cervantes es el que tiene tiempo de sobra por delante, el que puede dedicarse sin urgencia y sin remordimiento a esa particular forma de no hacer nada que es la lectura de una obra muy larga de ficción. El tiempo interior de la novela y el externo a ella y también íntimo del acto de leer confluyen en una forma particular de recogimiento, en una atemporalidad en la que se superponen la lectura presente y cada una de las que uno ha ido haciendo a lo largo de su vida, en veranos sucesivos que se le presentan como un verano único, a la vez de puro adanismo y de veteranía, los veranos remotos de lectura en el final de la niñez y la primera adolescencia, y, de ahí en adelante, en una travesía de las edades de la vida, de escenarios diversos, habitaciones variables

LEPANTO


No callar, Javier Cercas, p. 491

Lepanto, donde se vivió «la más alta ocasión que vieron los siglos», como Cervantes llamó a aquella batalla en el Quijote para defenderse de las maldades de Alejandro Fernández de  Avellaneda, seudónimo del autor del Quijote apócrifo. Según Martín de Riquer, Avellaneda era un tal Jerónimo de Pasamonte, y, de camino hacia Lepanto, Ayén nos revela que su segundo apellido es Pasamonte y que desciende del enemigo de Cervantes. «Si algún día cuento este viaje», me digo, «nadie me creerá.» Lepanto resulta ser un pueblecito marinero con una fortaleza y una estatua de Cervantes que en realidad representa a don Quijote. Frente a sus costas tuvo lugar el combate, el 7 de octubre de 1571. Aquel día Cervantes tenía tanta fiebre que sus mandos le pidieron que se quedara en la bodega de su nave, porque no estaba en condiciones de luchar; Cervantes, recién cumplidos veinticuatro años, se negó en redondo: según varios testimonios, alegó, «muy enojado», que «más quería morir peleando que no meterse bajo cubierta» y pidió a su capitán que le «pusiese en la parte y lugar que fuese más peligrosa y que allí estaría y moriría peleando». iQué loco!, se dirá. ¡A punto estuvo ese insensato de inmolarse en aquella carnicería y de privarnos no solo de la mejor novela jamás escrita, sino de la novela moderna, lo que hubiera hecho de este mundo un lugar mucho peor! Es verdad. Pero también es verdad que si Cervantes no hubiera sido en su juventud un chalado capaz de morir por sus ideales, en su vejez nunca habría podido escribir el Quijote: al fin y al cabo, una de las cosas que dice ese libro infinito es que un hombre siempre tiene que estar dispuesto a jugárselo todo por las cosas en las que cree, aunque haga el más absoluto de los ridículos, aunque el mundo entero se ría de él tanto como seguimos riendo de don Quijote.


CERVANTES


Madrid, Andrés Trapiello, p. 234

Cervantes es maravilloso sobre todo en el tono: la naturalidad con la que cuenta las cosas. “Lo que se sabe sentir se sabe decir” es una frase de El amante liberal que he citado mil veces. No hay otra enseñanza que valga. Y que el Quijote sea una novela a la que le sobran quinientas páginas da lo mismo, podría haber tenido otras quinientas y seguiría siendo la obra maestra que es. El empezar a contar una cosa por el principio siguiendo el hilo, al trantrán, como luego hicieron Galdós y Baraja, sin temor a distraerse en el camino con otras, si le parecían curiosas. Yendo y viniendo, pero sin enredarse nunca en asuntos ociosos. Siempre la línea clara y el sentimiento en primer plano. Y esa mirada limpia y compasiva sobre las criaturas. Y lo más difícil de todo: hablar con naturalidad de la cultura, hasta hacer de la cultura algo natural, el que no parezca nunca un autor literario, como todos los demás, Lope, Quevedo, Calderón, no siendo inferior en conocimientos a ninguno de ellos. ¿Y su vida? Ese ir tirando, unas veces con viento a favor y muchas otras en contra, pero sin quejarse nunca (Azorín solo le afeaba a Cervantes que este se alabara de vez en cuando, pero qué iba a hacer el hombre si los demás le tenían en tan poca estima). Ese “no hay nadie tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote», de Lope, se ha vuelto contra este, por lo mismo que se recuerda a Gide más por haber rechazado el manuscrito de A la recherche, que por lo suyo propio, y a los del Premio Nobel, por no habérselo dado a Tolstoi, a Galdós o a Rilke. Lope no respetó ni siquiera los anteojos rotos de Cervantes, al que se los pidió prestados para ver algo; dijo “que parecían huevos estrellados mal hechos» (le pasó eso a Cervantes por prestárselos). A Cervantes se le lee siempre con la sonrisa en los ojos, y, sin que se olvide nunca del sinsentido de nuestra vida, toda su literatura navega con el pabellón de la esperanza. Y cuánta  delicadeza era para mí entonces que hubiera escrito el Quijote cuando era viejo, dándonos ánimos a los jóvenes para intentar algo parecido un día. Y ese humor tan fino, que no desciende ni condesciende con lo plebeyo, porque hasta cuando Sancho se propasa un poco, sabe cerrar Cervantes la suerte en una media verónica elegantísima.

Recuerdo que hablando un día con Ferlosio de la lengua de Cervantes (y hay que recordar que a Ferlosio, que habló muy acertadamente en su premio Cervantes sobre el carácter y destino en los personajes del Quijote, que nunca le interesó demasiado, dicho sea de paso), me recomendó las cartas escritas por indianos a finales del XVI y principios del XVII, y recopiladas por Enrique Otte. Eran para Ferlosio un tesoro de la lengua, como también el de Covarrubias, y fuente inagotable de humanidad y detalles exactos. Y no se equivocaba.


DON QUIJOTE


La muerte de Jesús, JM Coetzee, p. 67
-Don Quijote sabía que era una jaula, no una carreta, pero de todos modos dejó que el hechicero lo encerrara. Porque sabía que si quería ...
Se detienen en la puerta. Sentada a los pies de la cama de David, escuchando lo que dice, hay una joven con uniforme de enfermera, oronda como una paloma. Alrededor de ella, se apiñan los otros niños de la sala.
-Quijote sabía que podía escaparse cuando quisiera porque no se había inventado ninguna cerradura capaz de derrotarlo. Entonces, el hechicero hizo restallar el látigo y los dos corceles comenzaron a tirar de la jaula en la que estaba el noble caballero. Los caballos se llamaban Sombra y Marfil. Marfil era blanco y Sombra, negro; tenían la misma fuerza, pero Marfil era un animal tranquilo que tenía siempre la cabeza en otra parte, siempre estaba pensando; Sombra, en cambio, era fiero y caprichoso; eso significa que quería hacer lo que se le antojaba, de modo que a veces el hechicero tenía que usar el látigo para que obedeciera. ¡Hola, Inés! ¡Hola, Simón! ¿Estaban escuchando mi historia?
La enfermera se puso de pie de un salto y se escabulló en el corredor con la cabeza gacha y aire de culpa.
Los niños, que llevaban todos el pijama color celeste del hospital, no les prestaron atención. Esperaban con impaciencia que David reanudara la narración. La más pequeña, una niñita con el pelo recogido en dos coletas, no tenía más de cuatro o cinco años; el mayor era un muchachito robusto en cuya cara ya apuntaba el bozo.
-Anduvieron y anduvieron hasta que al fin llegaron a la frontera de un extraño país. “Aquí os abandono, Don Quijote”, dijo el hechicero. «Ese es el reino del Príncipe Negro, que ni siquiera yo me atrevo a pisar. Dejaré que Marfil, el caballo blanco, y Sombra, el caballo negro, os guíen ahora en vuestras aventuras.” Hizo restallar el látigo una vez más y los dos caballos emprendieron la marcha, llevando a Don Quijote y la jaula a esa tierra desconocida.
David se detuvo, mirando a lo lejos.
-¿Y? -dijo la pequeñita de las coletas.
-Mañana leo el resto y veré qué pasa con Don Quijote.
-Pero no le pasa nada malo, ¿verdad? -dice la chiquitina.
-A Don Quijote nunca le pasa nada malo porque es dueño de su destino -replica David.
-Qué suerte -contesta ella.

SANCHO PANZA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 153
Es enormemente significativo que Kafka no haya creado la figura del hombre más religioso, del hombre bueno, pero que sí la haya sabido identificar. ¿Y en quién? En nadie más que en Sancho Panza, que se libró de sus tratos promiscuos con el demonio al lograr darle otro objeto para sus tropelías distinto de él mismo. Así es como llevaba una vida tranquila en la que no necesitaba olvidar nada.
“Sancho Panza, quien por cierto nunca se jactó de ello», dice la breve y magnífica interpretación de Kafka, «logró con el paso de los años, aprovechando las tardes y las noches, apartar de sí a su demonio -al que más tarde dio el nombre de don Quijote- por el método de proporcionarle una gran cantidad de libros de caballerías y novelas de bandoleros, hasta el punto de que aquel, desatado, dio en llevar a cabo los actos más demenciales, aunque sin causar perjuicio a nadie, debido precisamente a la ausencia de su objeto predeterminado, que debería haber sido el propio Sancho Panza. A pesar de que era un hombre libre, Sancho Panza decidió, quizá a causa de cierto sentido de la responsabilidad, seguir tranquilamente a don Quijote en sus correrías, y disfrutó así hasta el fin de su vida de un provechoso entretenimiento».
Si las novelas del escritor son los campos bien cuidados que deja tras sí, el nuevo volumen de historias, del que hemos tomado esta interpretación, es la bolsa del sembrador llena de semillas con su fuerza natural intacta. De ellas sabemos que, al cabo de milenios, al sacarlas de las tumbas a la luz del día, seguirán dando su fruto.

K

K


A lo largo de los años logró Sancho Panza, proporcionándole en las horas de la tarde y de la noche una gran cantidad de novelas de caballería y de ladrones a su diablo, al que más tarde llamó Don Quijote, que éste se distrajese de él y que montase las fechorías más locas e inconsistentes, que sin embargo a falta de un objeto predeterminado, que hubiera debido ser Sancho Panza, no dañaban a nadie. Sancho Panza, un hombre libre. Seguía de buen ánimo, quizá por un sentimiento de responsabilidad a Don Quijote en sus andanzas y en ello tenía entretenimiento muy útil hasta su fin

IMPOSTURA

De El impostor de Javier Cercas, p. 228-229
La historia de don Quijote es la historia de un simple hidalgo llamado Alonso Quijano que, poco antes de cumplir cincuenta años, tras haber llevado una existencia insuficiente, mediocre y tediosa encerrado en un poblachón de la Mancha, decide mandarlo todo al diablo, reinventarse como caballero andante y lanzarse a vivir una vida de héroe, una vida idealista y pletórica de coraje, de honor y de amor; la historia de Marco es parecida: la historia de un simple mecánico llamado Enrique Marco que, poco después de cumplir cincuenta años, tras haber llevado durante la mayor parte de su vida una existencia insuficiente, mediocre y tediosa encerrado en un taller de Barcelona, decide mandarlo todo al diablo, reinventarse como un héroe civil y lanzarse a vivir una vida de héroe civil, una vida idealista y pletórica de coraje, de honor y de amor. Pero hay más. Alonso Quijano es un narcisista, que inventa a don Quijote para no conocerse a sí mismo o para no reconocerse, para ocultar, tras la grandeza épica de don Quijote, la ramplona pequeñez de su vida pasada y la vergüenza que siente por ella, para poder vivir a través de don Quijote la vida virtuosa e intensa que nunca ha vivido; por su parte, el narcisismo de Marco inventa primero a Enrique Durruti o a Enrie Batlle o a Enrique Marcos, al irreductible obrero libertario y resistente antifranquista y líder de la CNT, y luego a Enrie Marco, el deportado de Flossenbürg y líder de la Amical de Mauthausen y combatiente antinazi, para esconder tras esa máscara heroica la mediocridad de su vida pasada y la vergüenza que siente por ella, para poder vivir, primero a través de Enrique Durruti o Enrie Batlle o Enrique Marcos y luego a través de Enrie Marco, la vida grande, virtuosa e intensa que nunca ha vivido. A punto de llegar a los cincuenta años Alonso Quijano dejó de llamarse prosaicamente Alonso Quijano y empezó a llamarse poéticamente don Quijote de la Mancha, dejó los cuidados cotidianos de su ama y su sobrina por el amor imposible y radiante de Dulcinea, dejó las rutinas insípidas de su casa por las sabrosas incertidumbres de los caminos y las ventas de España y dejó su pobre vida de hidalgo por la vida pródiga en aventuras de un caballero andante; de igual modo, poco después de llegar a los cincuenta años Marco dejó de llamarse Marco y empezó a llamarse Marcos, dejó a una inmigrante mayor, andaluza y sin cultura, por una joven culta, elegante Y medio francesa, dejó un suburbio obrero de Barcelona por un suburbio burgués y dio de lado su vida tediosa de mecánico por una vida apasionante de líder sindical y paladín de la libertad política, la justicia social y la memoria histórica. 

DON QUIJOTE EN BARCELONA

De El impostor de Javier Cercas, p.399
¿Salvó de verdad Cervantes a Alonso Quijano en el Quijote? ¿De verdad estoy haciendo lo posible: en este libro por salvar a Marco? ¿Es que yo también me he vuelto loco o qué?

Hacia el final don Quijote el bachiller Sansón Carrasco, disfrazado de Caballero de la Blanca Luna, derrota en combate singular a don Quijote en la playa de Barcelona y le exige que regrese a su aldea. Obligado por las leyes de la caballería, don Quijote obedece, y al cabo de unos días llega a su casa «vencido de los brazos ajenos>~, como dice Sancho, pero «vencedor de sí mismo". Poco después, el caballero enferma de melancolía y recupera la cordura y. sereno y reconciliado con la realidad tras tanta ficción, en presencia de los amigos y familiares que lo rodean en su lecho de muerte se conoce a sí mismo o se reconoce como quien es («Ya no soy don Quijote de la Mancha sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de "Bueno"») y abjura de los libros de caballerías ... verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno», dice entonces su amigo el cura, igual que si fuese el mismísimo Marco, y acto seguido, como Narciso después de reconocer su imagen verdadera en las aguas de la fuente, don Quijote expira.

DON QUIJOTE Y PAUL AUSTER

De La ciudad de cristal de Paul Auster, p.111
-Sí. Pero hay una última vuelta de tuerca. Don Quijote, en mi opinión, no estaba realmente loco. Sólo fingía estarlo. De hecho, él mismo orquestó todo el asunto. Recuerde que durante todo el libro don Quijote está preocupado por la cuestión de la posteridad. Una y otra vez se pregunta con cuánta precisión registrará su cronista sus aventuras. Esto implica conocímiento por su parte; sabe de antemano que ese cronista existe.  ¿Y quién podría ser sino Sancho Panza, el fiel escudero a quien don Quijote ha elegido para ese propósito? De la misma manera, eligió a los otros tres para que desempeñaran los papeles que les había destinado. Fue don Quijote quien organizó el cuarteto Benengeli. Y no sólo seleccionó a los autores,  probablemente fue él quien tradujo el manuscrito árabe de nuevo al castellano. No debemos considerarle incapaz de tal cosa. Para un hombre tan hábil en el arte del disfraz, oscurecerse la piel y vestirse con la ropa de un moro no debía ser muy dificil. Me gusta imaginar la escena en el mercado de Toledo. Cervantes contratando a don Quijote para descifrar la historia del propio don Quijote. Tiene una gran belleza. -Pero aún no ha explicado por qué un hombre como don Quijote desorganizaría su vida tranquila para dedicarse a un engaño tan complicado.
-Ésa es la parte más interesante de todas. En mi opinión, don Quijote estaba realizando un experimento. Quería poner a prueba la credulidad de sus semejantes. ¿Sería posible, se  preguntaba, plantarse ante el mundo y con la más absoluta convicción vomitar mentiras y tonterías? ¿Decirles que los molinos de viento eran caballeros, que la bacinilla de un barbero era un yelmo, que las marionetas eran personas de verdad? ·Sería posible persuadir a otros para que asintieran a lo que él (d ecía, aunque no le creyeran? En otras palabras, ¿ hasta que punto toleraría la gente las blasfemias si les proporcionaban diversión? La respuesta es  evidente, ¿no? Hasta cualquier punto. La prueba es que todavía leemos el libro. Sigue pareciéndonos sumamente divertido. Y eso es en última instancia lo que cualquiera le pide a un libro, que le divierta.

Auster se recostó en el sofá, sonrió con cierto irónico placer y encendió un cigarrillo. 

ALTA Y BAJA POLITICA


De Monseñor Quijote de Graham Greene, p.24

- Aquí  hay un pasaje muy apropiado, padre, que estaba  leyendo cuando usted ha entrado. Qué escritor más moral era Cervantes, diga lo que diga el obispo de usted. «Que de los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la adulación la acreciente u otro vano respeto la disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían.» ¿Cómo ha encontrado el Mercedes? ¿Ha sido encantado por algún encantador en esta peligrosa región de La Mancha?

INCIPIT 392. MONSEÑOR QUIJOTE / GRAHAM GREENE

DE CÓMO EL PADRE QUIJOTE SE CONVIRTIÓ EN MONSEÑOR
Ocurrió de este modo. El padre Quijote había ordenado su almuerzo solitario a su ama de llaves y se puso en camino para comprar vino en una cooperativa del lugar, a ocho  kilómetros de EL Toboso, en la carretera general de Valencia. Era un día en que el calor gravitaba. trémulo, sobre los campos  secos, y no había aire acondicionado en el Seat 850 que había comprado,  siendo ya de segunda mano, ocho años antes. Mientras conducía, pensaba con tristeza en el día en que tendría que m1scar un coche nuevo. Hay que multiplicar por siete la edad de un perro para que equivalga a la de un hombre y, según este cálculo, su coche estaría aún entrando en la edad mediana, pero notaba que sus feligreses empezaban ya a considerar casi senil a su Seat 850. “No puede fiarse de él. Don Quijote”,  le advertirían. y él sólo podría responder: «Hemos pasado juntos muchos malos ratos, y pido a Dios que pueda sobrevivirme . .. Tantas plegarias suyas habían quedado sin respuesta, que sustentaba esperanzas de que ésta se hubiese incrustado como cera permanente en el oído Eterno.

Distinguía el trazado de la carretera general gracias a las nubecillas de humo levantadas por los coches en tránsito. Al volante del Seat, le inquietaba la suerte del vehículo al que, en memoria de su antepasado, llamaba mi  Rocinante. No soportaba la idea de que su 

SOBRE LA TRADICION Y EL PLAGIO

Es una revelación cotejar el don Quijote de Menard con el de Cervantes. Este, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo) :
.. .la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir .
Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:
.. .la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William  James, no define la historia como una indagación de la realidad, sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las  cláusulas finales –ejemplo  y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente  pragmáticas. También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo --cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad final es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una   ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.

FRASE DE LA SEMANA

Igual que Dios permite que brille el sol y caiga la lluvi atanto sobre lo sjustos como sobre los impíos, la locura de DonQuijote, en su radiante ecuanimidad, ilumina todo lo que se cruza en su camino y lo deja en un estado de alegre confusión.
EA. Mímesis

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia