Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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FASES


Arca, Ricardo Menéndez Salmón. p. 97

Aprendí, por ejemplo, a distinguir las fases de descomposición por las que transita cualquier cadáver, la economía de la destrucción que el tiempo impone a la materia. Supe que en la primera fase o cromática, la piel pasa del blanco al rosa, del rosa al verde y del verde al azabache; que las venas se siluetean con tanto rigor y precisión que el cuerpo, ya renegrido, recuerda una espectacular tela de araña. Acepté que en la segunda fase, o enfisematosa, los gases abandonan el cadáver por los orificios del ano, las fosas nasales y la garganta, pero que hay tantos gases acumulados en un cuerpo que el recipiente se infla como un colchón neumático, pues todo crece: los genitales, los globos oculares, la lengua que es. capa de su caverna como una avalancha de carne. Toleré que en la tercera fase, o colicuativa. los líquidos siguen a los gases en su evacuación; que se forman ampollas sin número que expelen líquidos parduzcos; que cada oquedad expulsa su colección de detritos; que una mugre inaudita sale de dentro del organismo y lo invade todo con ardor metífico. Asumí, en fin, que en la cuarta y última fase. o esquelética. nos convertimos en haces de tendones. de uñas y de huesos; que la piel se transforma en un pergamino que un golpe de Viento podría rasgar como una hoja seca. Esas fases no se enseñan en la escuela  junto a las fases de la luna o las fases del sueño. Ese ciclo, ese conocimiento, esa circunstancia le es hurtada al hombre corriente, a pesar de que será su destino como cadáver recorrer sus etapas si no opta por la cremación. Y esa es la clase de sabiduría que me entregó el don, algo que no se encuentra en el quiosco junto a la prensa diaria ni en las horas lectivas del instituto. Algo que los padres, los sacerdotes, incluso los mejores amigos no mencionan.


LA MUERTE


Nada que temer, Julian Barnes, p. 217

La forma más segura de no temerla hasta que sobreviene. «Lo malo es saber que va a ocurrir.» Mi amiga H., que de vez en cuando me reprende por mi morbosidad, admite: «Sé que todos los demás van a morir, pero nunca pienso en que voy a morir yo.» Lo generaliza con un tópico: «Sabemos que tenemos que morir pero nos creemos inmortales» ¿De verdad la gente alberga en su cabeza contradicciones tan palpitantes? No le queda más remedio, y Freud lo  consideraba normal: «Nuestro inconsciente, pues, no cree en su propia muerte; se comporta como si fuera inmortal. » De modo que mi amiga H. se ha limitado a ascender de rango a su inconsciente para que se ocupe de su consciente.

En algún punto, entre un distanciamiento tan útil y táctico y mi horrorizada contemplación del pozo, hay -tiene que haber- una posición racional, madura, científica, literal, intermedia. Hela aquí, formulada por el doctor Siherwin Nuland, tanatólogo norteamericano y autor de Cómo morimos: «Una esperanza realista exige asimismo que 1ceptemos el hecho de que el tiempo que se nos ha asignado en la tierra tiene que limitarse a una duración coherente con la continuidad de nuestra especie ... Morimos para que el mundo pueda seguir viviendo. Se nos ha concedido eI milagro de la vida porque trillones y trillones de seres vivos nos han preparado el camino y después han muerto ..., en cierto modo, por nosotros. Morimos, a nuestra vez, para que otros vivan. La tragedia de un solo individuo se convierte, en el equilibrio de las cosas naturales, en el triunfo de la vida en curso.»


MORIR


Nada que temer, Julian Barnes,p. 137

La muerte y la forma de morir generan todo un cuestionario de preferencias similares. Para empezar, ¿preferirías saber que te estás muriendo o no? ¿Preferirías mirar o no mirar? A los treinta y ocho años, Jules Renard escribió: «Por favor, Dios, ¡no me hagas morir demasiado rápido! No me importaría ver cómo me muero.» Escribió esto el 24 de enero de 1902, en el segundo aniversario del día en que había viajado de París a Chitry para enterrar a su hermano Maurice: un funcionario de obras públicas que se quejaba del sistema de calefacción central, transformado, en cuestión de unos pocos minutos de silencio, en un cadáver con la cabeza recostada sobre una guía telefónica de París. Un siglo después, pidieron al historiador de la medicina Roy Porter que reflexionara sobre la muerte: «Verá, creo que sería interesante estar consciente a la hora de la muerte, porque debes de experimentar cambios de lo más extraordinarios. Pensar, me estoy muriendo ... Creo que me gustaría ser plenamente consciente en ese momento. Porque, verá, de lo contrario te estarías perdiendo algo.» Esta curiosidad terminal constituye una hermosa tradición. En 1777, el fisiólogo suizo Albrecht von Haller fue atendido en su lecho de muerte por un colega médico. Haller supervisó su propio pulso a medida que se debilitaba, y murió fiel a su carácter con estas últimas palabras: «Amigo mío, la arteria ya no late.» El año anterior, Voltaire también se había vigilado el pulso hasta el momento en que movió la cabeza lentamente y, unos minutos después, murió. Una muerte admirable -sin ningún cura a la vista-, digna del catálogo de Montaigne. Empero, no impresionó a todo el mundo; Mozart, a la sazón en París, escribió a su padre: «Probablemente sabrás que el ateo y granuja redomado Voltaire ha muerto como un perro, como un animal ..., ¡ya tiene su recompensa!» Como un perro, en efecto.


LA MUERTE


Se mía, Richard Ford, p. 108

la «regla» que me enseñaron en mi curso de escritura en Michigan y que decía que insertar una muerte en algo tan frágil como un relato no estaba permitido, ya que la muerte debe tener una importancia proporcional a la vida que se acaba, y los relatos cortos, según mi profesor, no eran buenos para relatar la enormidad de la vida humana. Ese era el terreno de la novela. Y como a mí no se me daba muy bien dar una importancia desmesurada a los personajes, mi destino estaba decidido. Pero ahora, como últimamente he tenido cada vez más trato con la muerte (la muerte en mayúsculas y en minúsculas), he llegado a la conclusión de que la regla de mi profesor era errónea. No es la vida la que es casi insondable y necesita amplificación y más luz. En el caso de la vida, hay muchos datos con los que trabajar, ya que todos tenemos una. El misterio profundo y la historia real es la muerte. Pensadlo: yo lo hago a menudo, escuchando la respiración de mi hijo durante las horas trascendentes de cada noche, cuando pienso que estoy muriendo junto a él. Extrañamente, nunca he sentido que tengo menos en común con él que en estos días y semanas de su evanescencia. Aunque puedo decir que le conozco mucho mejor, nunca he tenido menos «relación», nunca he estado más a oscuras sobre cómo piensa y siente las cosas. No es tan diferente a contemplar el espacio exterior, que intentamos imaginar pero en realidad no podemos. Como dice el viejo y genial Heidegger, solo la plena conciencia de la muerte (que solo se consigue de una manera) permite apreciar la plenitud y el misterio del ser. Bla, bla.


TANATOS E HIPONOS


La estrella de la mañana, KO Knausgard, p. 734

Si resulta que para ver la muerte hay que suprimir el conocimiento, se suprime a la vez la conciencia de la muerte, entonces desaparece la muerte, y ya no queda nada por ver. La paradoja recuerda a lo que ocurre en el mito de Orfeo cuando baja al inframundo a llevarse a Eurídice, y Hades se lo permite con una condición: que no se vuelva a mirarla antes de que hayan subido de nuevo al sobremundo. Pero él quiere verla, se vuelve, y Eurídice desaparece. Solo está cuando él no mira. Si él mira, ella ya no está.

Esa idea, y que el éxtasis siempre ha formado una parte importante de la vida religiosa, hizo al chamán buscar el sueño y las visiones, porque los sueños, las visiones y el éxtasis tratan de la disolución de la conciencia del yo, que es la que une el conocimiento y la mirada.

En la antigua Grecia, la muerte y el sueño eran fenómenos emparentados, en la mitología eran hermanos, y en la Ilíada, incluso gemelos, Tánatos e Hipnos, que transportan a los muertos al reino de los muertos. Racionalmente, los dos están separados, como es natural: el sueño  es un estado en el que entramos deslizándonos y del que luego salimos de la misma manera, la muerte es absoluta. La pregunta que plantean los mitos griegos es si también la frontera entre la muerte y la vida es deslizante, un desplazamiento de estado, como el que se da entre el sueño y el estado de vigilia, o si es, como nosotros lo entendemos, absoluta, una cuestión de esto o aquello. Dicho de otra manera: ¿la frontera entre la vida y la muerte es el resultado de las limitaciones de nuestros sentidos, o es real?


MUERTE


Aniquilación, Michel Houellebecq, p. 536

En realidad, hasta fecha muy reciente los códigos de cortesía vigentes en su medio social no habían restablecido la obligación de encubrir la propia agonía. La enfermedad en general había sido la primera en convertirse en obscena, el fenómeno se había propagado en Occidente a partir de los años cincuenta, primero en los países anglosajones; cualquier enfermedad, en cierto sentido, era ahora vergonzosa, y las mortales eran naturalmente las más vergonzosas de todas. Por otra parte, la muerte era la indecencia suprema, enseguida acordaron ocultarla todo lo posible. Se abreviaron las ceremonias funerarias; la innovación técnica de la incineración permitió acelerar sensiblemente los procedimientos, y en los años ochenta la situación ya estaba más o menos resuelta. Mucho más recientemente, las capas más ilustradas y progresistas de la sociedad habían optado por esconder asimismo la agonía. Se había vuelto inevitable, los moribundos habían defraudado la esperanza que se depositaba en ellos, a menudo habían sido reticentes a aceptar que su defunción fuera motivo de una megajuerga, se habían producido episodios desagradables. En estas circunstancias, las capas más ilustradas y progresistas de la sociedad habían pactado silenciar la hospitalización, la misión de los cónyuges, o, en su defecto, de los familiares más cercanos, era presentarla como un período de vacaciones. Si se prolongaba excesivamente, algunos habían recurrido a la falacia ya más insegura de un año sabático, pero que apenas resultaba creíble fuera de los ambientes universitarios; de todos modos, rara vez era necesaria, las hospitalizaciones largas habían pasado a ser la excepción, ya que la decisión de la eutanasia solía tomarse al cabo de unas semanas y hasta de unos días. La dispersión de las cenizas la realizaba anónimamente un miembro de la familia cuando había alguno, y si no un joven empleado de la notaría. Esta muerte solitaria, más solitaria de lo que había sido nunca desde los albores de la historia humana, había sido ensalzada en los últimos tiempos por los autores de diversas obras de autoayuda, los mismos que unos años antes enaltecían al dalái lama y más recientemente habían abrazado la ecología fundamental.


UNA MUERTE


Tríptico de la tierra, Merce Ibarz, p.108

Al cabo de dos semanas, cuando las vacaciones de Navidad quedaban lejos e Irene volvía a estar en Barcelona, su madre la llamó desde la centralita del pueblo. La abuela Lola quería verla: cada vez estaba más perturbada, no conservaba ni una pizca de mollera. Elvira estaba muy afectada: nunca se le habría ocurrido, decía, que aquella mujer tan fuerte se resistiría a afrontar las cosas. Irene tenía que prometerle que no le daría cuerda, porque todo aquello no ayudaba en absoluto. No dijo -e Irene tampoco lo preguntó- a quién no ayudaba todo aquello, si a la abuela o a ella.

Cuando llegó a Salavai con el coche de línea, corrió a la habitaci6n de su abuela. La anciana estaba acurrucada en la cama; no ocupaba más espacio que una niña de diez años. Cuando la vio, la joven se quedó sin aliento y creyó que iba a perder también el sentido. Parecía imposible que de aquel pedacito de persona pudiera salir ninguna voz, que pudiera comunicarse. Pero la voz de la abuela Lola no había perdido ni un ápice de autoridad.

-Ha llegado la hora, hija. Tienes que ayudarme, acuérdate: sin dolor. Será complicado, pero escúchame bien, que te cuento cómo va a ir la cosa. Ha habido cambios.

Irene se agachó a su lado, su pecho de dieciocho años pegado a la espalda de la anciana. Lola le dijo que aquella noche había soñado cómo iba a dar a luz: sería por la oreja derecha y enseguida tendrían que darle mucha comida, porque sería un niño que siempre querría más. Para criarlo haría falta la leche de todas las vacas de Salavai (ya no quedaban) y para hacerle la ropa tendrían que vaciar de algodón las tiendas de toda la comarca (solo llegaba nailon). Pero  lo más complicado de todo, dijo la vieja, sería la educación. Si Irene lo hacía bien, cuando el niño fuera hombre podría meterse en su boca, donde encontraría una región  boscosa que sus habitantes cultivarían con amor y armonía. Dijo «armonía» y murió.


MUERTE


Madres, padres y demás, Siri Hustvedt,  p. 75

El día antes de morir, mi madre ya no me conocía. Me había reconocido dos días antes, el día que llegué y algún que otro rato del siguiente, pero el último que estuve con ella no había nada en sus ojos, ni para mí ni para nadie. Ese fue el día en que se sentó en el borde de la cama, y mientras la veía allí sentada percibí la tensión en cada músculo de su cuerpo. Desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la tarde del 11 de octubre de 2019, rechazó todos los esfuerzos de los auxiliares de enfermería para que se recostara. De vez en cuando se le caía la cabeza a causa deI cansancio, pero las amables sugerencias de que estaría más cómoda acostada fueron inútiles.

Hay un nombre para lo que Ie1sucedió a mi madre: delirio o inquietud terminal. Cuando las personas mueren, en ocasiones entran en un estado alucinatorio, beligerante o simplemente agitado. La enfermera de la residencia lo había visto muchas veces antes. Me preguntó si no ayudaría que yo animara a mi madre a acostarse. Dijo que las intervenciones de «la familia» a menudo eran más efectivas que las del «personal».

-No voy a decírselo -dije, y me mantuve firme-. Es la muerte de mi madre y no interferiré.

Ella no insistió.

Aquel día tuve que dejar a mi madre. La abracé, lloré y le dije que la quería, aunque ella no me oyó. Nos gusta separar los síndromes, las afecciones y las enfermedades de las personas, como si no pertenecieran a nadie, pero es una manera falsa de pensar en ellos. La enfermedad forma parte de nosotros y la enfermedad que acaba en muerte varía de persona a persona. En su feroz desafío y resistencia a la muerte reconocí a la mujer que tan bien conocía, la mujer que quería vivir.


SEMIOTICA



Una Odisea, Daniel Mendelsohn, p. 386

La palabra griega para tumba que utiliza Elpenor cuando le pide a Odisea que le «eleve un túmulo» es sema. Puede significar «sepultura» o «tumba», pero este es su sentido derivado; el significado primario es «signo» o «señal», significado que pervive, por ejemplo, en nuestro término semiótica, que se aplica al estudio de signos y símbolos, a la teoría filosófica del origen del significado. Para los griegos que las construían, las tumbas o semata (plural de serna) que tanto destacan en la Odisea eran un medio de transmitir información sobre sus ocupantes; estaban ahí para narrar historias. En el Canto I, por ejemplo, un personaje lamenta el hecho de que Odisea, por quien nunca llegó a alzarse un túmulo en Troya, no vaya a conocer la «fama» -afirmación que nos indica hasta qué extremo se supone que la tumba «habla» sobre su morador-. De modo similar, en el Canto XI, Elpenor afirma que su sema, ornada con el remo que es símbolo de su oficio en la vida, suministrará información sobre su persona a las generaciones venideras. Y el altar que Odisea recibe orden de dedicar a Poseidón, también descrito en el Canto XI, está concebido igualmente para contar una «historia»: la historia de un enemigo de Poseidón que consigue la paz mediante el procedimiento de presentar al dios entre los hombres que hasta entonces no han podido conocerlo.

Además de señalar las diversas tumbas y monumentos conmemorativos asociados con Odisea durante su largo e insólito recorrido, la palabra sema aparece otra vez en la Odisea, aunque en un contexto no tan lúgubre. Es en el Canto XXIII, cuando el ofendido Odisea, a quien ha confundido la hábil triquiñuela de Penélope, describe con amoroso detalle la cama que él ha construido para ambos, la cama cuyo revelador secreto era que no podía cambiarse de sitio. Al final de su apasionado parlamento, Odisea se refiere al secreto de la cama llamándolo serna, la «señal» entre Penélope y él, el símbolo de su inamovible unión.

Todo lo cual viene a decirnos que, en el mundo de la Odisea, una sema es una historia hecha visible: el monumento, el montículo, el remo, la cama ... todos ellos son señales que, para quienes saben leerlas, relatan las historias con tanta claridad como lo hace el relato en que se incluyen las semata, el cuento que nos cuenta el poeta.


MUERTE EN PAZ


Trilogía de Copenhaguen, p. 210

¿Le ponemos la última?, dice hablando más bien consigo mismo mientras saca la jeringa. Sí, suplica mi madre, es terrible verla sufrir así. Sí, sí. Le da un pinchazo en la pierna, esquelética, y al instante se relajan todos los músculos. Caen los párpados y la enferma se sume en el sueño  entre ronquidos. Gracias, le dice mi madre al médico, y lo acompaña sin reparar en su camisón arrugado. Luego nos quedamos juntas al pie de este lecho de muerte y a ninguna de las dos se nos ocurre ir a despertar a mi padre. La tía Rosalia es nuestra, en su vida solo es un personaje secundario. Ya de madrugada, mi tía deja de roncar y mi madre acerca el oído a sus labios para comprobar si respira. Se acabó, anuncia, gracias a Dios ya descansa en paz. Vuelve a sentarse en la silla y me lanza una mirada desvalida. Me da una pena terrible y siento que debería acariciarla y darle un beso, algo completamente imposible. Ni siquiera puedo llorar delante de ella, por más que sé que algún día irá por ahí diciendo que ni siquiera lloré cuando se murió mi tía. Lo exhibirá como prueba de mi insensibilidad, tal vez dentro de no mucho, cuando me vaya de casa. No le he hablado de mis planes. Estamos las dos muy juntas, pero hay kilómetros de distancia que separan nuestras manos. Y justo ahora, dice, que iba a disfrutar de la vida. Sí, admito yo, pero ya no sufre más. A pesar de que es muy tarde, mi madre hace café y lo tomamos en mi cuarto. Mañana tendré que ir a contárselo a la tía Agnete, dice mi madre. Solo ha venido a verla tres veces en todo el tiempo que ha estado aquí. Cuando mi madre empieza a indignarse por el comportamiento de los demás, por el momento está a salvo de caer en la desesperación. Habla de todas las veces que la tía Agnete les ha fallado a la hora de la verdad, incluso cuando eran niñas. Siempre iba con el cuento de lo que hacían sus dos hermanas y siempre tenía que ser un poco mejor que ellas. Yo la dejo hablar y no necesito intervenir demasiado. Me apena muchísimo la muerte de la tía Rosalia, pero no tanto como me habría apenado de haber tenido lugar cuando era una niña. Esa noche, a pesar del barullo de Bing y Bang, duermo con la ventana abierta, esperando que el hedor pútrido y asfixiante abandone la casa poco a poco. La muerte no es un dulce adormecerse, como creí un día. Es brutal, asquerosa y maloliente.


LOS MUERTOS


Alguien  camina sobre tu tumba, Mariana Enriquez, p. 262

No conozco muchas de las tumbas del Este, pero quiero ver la de Anna Mahler, que es una reproducción de una de sus hermosas esculturas, Vision: representa a su hija Marina tapándose la cara, como si estuviese llorando, o no quisiera ver algo. Anna Mahler se quedó sola muy pronto: su padre Gustav murió cuando ella tenía seis años, y antes había muerto su hermanita, de escarlatina; Alma, la madre, había acusado a Gustav de convocar a esa muerte con sus Kindertotenlieder, las canciones de los niños muertos. Con su madre la vida fue complicada: Alma tuvo romances con los artistas Walter Gropius y Oskar Kokoschka, pero esos eran apenas sus amantes famosos; había muchos más. Anna no soportaba bien esa vida doméstica hipersexual y se casó a los 16 para huir. La escultura sobre su tumba está rodeada de un follaje precioso. En oportunidades como esta me gustaría tener una idea remota de  botánica. ¿Cómo se llaman las flores amarillas, blancas y azules que, en muchas macetas, rodean la tumba de Michael Arbab Zadeh, muerto a los dieciséis años? La lápida es estilizada, una flecha que recuerda al chico y sus pocos años; las macetas son puro cuidado y amor. Muy cerca está Douglas Adams y los fans le pusieron un portalápices enorme que está muy bien surtido; esperaba alguna toalla, como las que cargan los obsesivos de la Guía del autoestopista galáctico los 25 de mayo. Pero no: solo lápices, lapiceras y un autito solitario, muy pequeño, que no se sabe si .es ofrenda o un juguete abandonado. La tumba de Malcolm MeLaren, el mánager de los Sex Pistols, tiene el mejor epitafio: «Mejor un fracaso espectacular que un éxito benigno.» También tiene su cara en máscara mortuoria y escultura: es sorprendente porque es anticuada, esperaba algún tipo de demencia punk, pero no. Cerca está Pat Kavanagh, la legendaria agente literaria que dejó a su esposo, el escritor Julian Barnes, para tener un romance con la escritora Jeanette Winterson. Después volvió con él. ¿La visitarán juntos? ¿Se odian, se conocen? La lápida es negra y dorada, y tiene sus iniciales, PK, como si su nombre fuera irrelevante de tan poderoso. Barnes la recuerda así en Niveles de vida: «Le dije a uno de los pocos cristianos que conozco que mi mujer estaba gravemente enferma. Me respondió que rezaría por ella. No puse reparos, pero espantosamente pronto tuve que informarle, no sin amargura, que su dios no había sido muy eficaz. Me contestó: "¿Has pensado alguna vez que ella podría haber sufrido más?"


CHRISTINA ROSSETTI


Alguien camina sobre tu tumba, Mariana Enríquez, p.269

Dos de las grandes artistas prerrafaelitas están enterradas aquí. En el Este, Christina Rossetti, hermana de Dante Gabriel, autora de Goblin Market y la canción de Navidad “ln the Bleak Midwinten”, que se volvió famosa gracias a la serie de la BBC Peaky Blinders: «En el medio del invierno sombrío / el viento glacial gemía, / la tierra estaba dura como el hierro, 1 el agua como la piedra; / la nieve había caído, nieve sobre nieve, / nieve sobre nieve, / en el medio del invierno sombrío / hace mucho tiempo.” Dante pintó a su hermana Christina muchas veces. Pero quizá sea más famosa la imagen de su cuñada Elizabeth Siddal, Lizzie, muerta a los treinta y dos años, esposa de Dante Gabriel. Ella es la hermosa Ofelia, la que flota como un gran lirio en el cuadro de Sir John Everett Millais, con flores a su alrededor y los ojos abiertos, con las palmas de las manos hacia el cielo. Millais sumergió a Elizabeth en una bañadera: controlaba la temperatura del agua con velas. Un día se descuidó y Lizzie no dijo nada; se enfermó de neumonía. Su padre demandó a Millais, que pagó los tratamientos. Fue la gran modelo de los prerrafaelitas y también una par: estudiaba dibujo con Rossetti, que se enamoró de ella y la recordó, después de su muerte, en la pintura Beata Beatrix, que es su imagen. También escribía poesía. Ella y Rossetti se casaron en 1860 y pronto la pareja dejó de tener vida social, vivían absorbidos y obsesionados el uno con el otro. Dante, además, prefería no tener relación con su familia, que desaprobaba la relación con Lizzie porque ella era de clase obrera. Además, estaba enferma: las imprecisiones de la época no dejan claro un diagnóstico, y se especula tuberculosis, anorexia, adicción al láudano. Tuvo que ser trasladada en brazos hasta la iglesia para el casamiento y perdió varios embarazos. Murió de una sobredosis de láudano en 1862: Rossetti la encontró y no pudo revivida, a pesar de la presencia de médicos y de un primitivo lavaje de estómago. Se cree que Dante encontró una nota suicida pero su amigo Ford Maddox Ford lo convenció de quemarla, porque en esa época el suicidio era considerado una inmoralidad espantosa.


TANATOIDE

Vineland, Thomas Pynchon, p. 165
-¿Qué es un tanatoide? Vale, en realidad es una abreviatura de «personalidad tanatoide». «Tanatoide» significa «como la muerte, sólo que distinto».
-¿Tú lo entiendes? -preguntó Takeshi a LO.
-Por lo que yo sé, viven todos juntos, en edificios de apartamentos tanatoides, o en casas tanatoides en pueblos tanatoides. Vivienda modular y más bien poco amueblada, no tienen muchos estéreos, cuadros, alfombras, muebles, chucherías, vajillas, cuberterías, nada de eso, porque para qué preocuparse, ¿me equivoco, OB?
--Uh ee ahkhh uh akh uh Oomb -dijo el chaval, con la boca llena de la comida de Takeshi.
-«Pero vemos mucha tele» -tradujo LD. Mientras esperaban los datos necesarios para satisfacer sus necesidades y cumplir sus objetivos entre los a6n vivos, los tanatoides pasaban al menos parte de cada hora de vigilia coa un ojo en la tete.

-Jamás habrá una comedia situacional tanatoide -predijo Ortho Bob, lleno de confianza-, porque lo único que podrían enseñar serían escenas de tanatoides viendo la tele. Dependiendo de lo desesperado que se sintiera el espectador de ese tipo de programas, incluso aquello podría haber sido marginalmente interesante de no haber aprendido los tanatoides recientemente, antes de la profusión ininterrumpida de vídeos, a limitarse exclusivamente, como ya hacían en otras esferas, a las emociones que contribuyeran a arreglar lo que les impidiera progresar hacia la condición mortal. Entre esas emociones, constreñidos como estaban los tanatoides por la historia y por las reglas del desequilibrio y la restauración a sentir poco más que sus necesidades de venganza, la más común era con mucho el resentimiento.

LA MUERTE DE BORGES

De Borges: la posesión póstuma, de Juan Gasparini, p.105-106
Su lucidez continuaba inalterable. La mantuvo intacta hasta que en «las últimas 24 ó 36 horas» el médico lo vio desfallecer «Es como si usted va desconectando uno a uno los fusibles de la electricidad, llega un momento en que la luz se extingue cuando usted apaga un buen número. Calmadamente uno duerme, luego entra en coma, una fase donde se respira cada vez peor, se vuelve a dormir, una agonía no violenta, suave.
El apartamento de la Grand Rue donde Borges se exdnguía con sosiego le fue procurado a comienzos de junio, según la apreciacion de Balavojne «Lo llevamos Ambroset y yo. Fue como la distensión de un resorte, A los tres días falleció apaciblemente El círculo se cerraba, las defensas se distienden. La fatiga y las complicaciones de una neumonía, sumadas a una disfunción cardíaca, le hicieron perder conciencia en las últimas 18 horas, Era casi imposible despertarlo el viernes por la tarde, Yo pasé junto a él un largo momento por la noche y cuando volví a la mañana del sábado acababa de morir. El Dr, Ambroset estaba a su lado en el momento de constatar el deceso. Terminó sereno, digno, como él quería y me lo dijera, habiendo vivido dignamente, Fui yo quien firmé el certificado de defunción a las 8.15 horas del 14 de junio de 1986»,
El recelo del pavor frente a la muerte, aproximado en la entre vista que me concediera en Ginebra en 1984, no sucedió. Dos años antes de que la tuviera enfrente, avizoraba que para él, «la muerte es una esperanza, Yo espero, como dijera mi padre, morir enteramente, en cuerpo y alma, y ser olvidado también, De modo que no pienso la muerte con temor, Aunque quizá cuando llegue sea bas tante cobarde, como lo son todos». Antes de producirse la confrontación, le preocupaba «en qué lengua voy a morir, pero no se quejaba», rescata Jean Pierre Bernés. En esos instantes, no perdió el gobierno de su personalidad. Su mente se mantuvo inundada por la serenidad. En los umbrales de la fractura con la vida ningún rapto de desesperación le aniquiló principios asumidos o lo convirtió en un renegado de lo que fuera. No traicionó sus conviccio nes de agnóstico, abrazando algún credo religioso. Ningun pánico lo movió a saltar del cerco de los estoicos hacia los católicos o protestantes.

LA MUERTE DE FAULKNER

Faulkner, de Joseph Blotner, p.578
Lo dejaron instalado en su habitación y la enfermera se quedó con él. Así que Estelle y Jimno podían hacer nada más; ella le dió un beso y luego Jimmy se acercó a la cama: "Hermano Will" le dijo. A Faulkner se le iluminaron los ojos. "Cuando estés listo para volver a casa dímelo y vendré a por ti". Anteriormente su tío le habló de forma confusa y le contó cosas de sargentos y capitanes. Pero ahora le hablaba con toda claridad. "Sí Jim", dijo, "lo haré. Después de esto se fueron.
Se reanudó la rutina habitual en la primera planta. En doctor inició el tratamiento con vitaminas, Benadryl y los demás medicamentos hanitualmente indicados. Pensó que no había necesidad de analgésicos. Del otro lado del vestíbulo llegaban los ruidos del televisor que estaban viendo algunos pacientes. A la derecha había un comedor sencillamente amueblado con un mostrador donde servían café caliente. Unos pocos pacientes tomaban café fumando, balando de l aenfermedad qeu los hbaía llevado allí y de cuando podrían volver a casa, El doctor regresó a sus habitacionesy los ruidos disminuyeron al inicarse el tranquilo turno d enoche.
El gran reloj dió las 12 y llegó el 6 de julio sin indicios de que fuese a mitigar el calor. Los insectos se estrellaban contra la tela metálica de las ventanas mientras ronroneaban por un lado y otro los ventiladores eléctricos. Faulkner había descansado muy tranquilo. Unos minutos después de la una y media se agitó y luego se incorporó sobre un lado de la cama. Antes de que la enfermera pudiese sostenerlo dejó ir un gemido y se desplomó. El doctor llegó a los cinco minutos pero no pudo detectar pulso ni latidos. Inició un masaje cardíaco externo. Lo prolongó durante 45 minutos, sin resultado. Intento la reanimación boca a boca, también sin resultado. No podían hacer nafa más. WF había muerto.

LA MUERTE DE FREUD

Freud, de Peter Gray, p. 719-720
Freud estaba muy cansado y resultaba difícil alimentarlo. Pero aunque sufría mucho, en especial por las noches, no quería que le dieran sednates, ni se los daban. Todavía leía: el último libro fue La piel de zapa, de Balzac, ese relato misterioso sobre la piel mágica que va encogiéndose. Al terminarlo le dijo a Schur, como de pasada, que aquel er ael libromás adecuado que hubiera podido leer en ese momento, puesto que trataba sobre el encogimiento y la inanición. Pasó su últimos días en el estudio de la planta baja, mirando el jardín, E Jones, al que Anna Freud llamó inmediatamente, pues veía que su padre estaba muriendo, llegó el 19 de septiembre. Jones recuerda que Freud estaba dormitando, como slí hacer esos días, Pero cuando le dijo Herr Profesor, Freud abrió un ojo, reconoció al visitante y lo saludó moviendo la mano, después la dejó caer con ungetso muy expresivo que transmitía múltiples significados: bienvenida, adiós, resignación.
Jones interpretó correctamente el gesto de Freud, que estabasaludando a su viejo aliado por última vez. Se había resignado a dejar la vida. A Schur lo atormentaba la imposibilidad de aliviar el sufrimiento de Freud, pero Freud le tomó la mano y le dijo: "Schur, recuerda nuestro contrato, prometió no dejarme en la estacada cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura, y no tiene sentido. Hable sobre esto con Anna y si ella piensa que está bien, terminemos". Igual que durante años, también pensó Freud en ese momento en su Antígona. Anna querá posponer el final, pero Schur insistió en que mantener vivo a Freud no conducía a nada. Había llegado el momento, Schur lo sabía y actuó. Era la interpretación que le daba Freud a lo que él mismo había dicho: habí aido a Inglaterra para morir en libertad.
Shur estuvo a punto de llorar viendo a Freud afrontar la muerte con dignidad y sin autocompasión. Nunca había visto  a nadie morir así. El 21 de septiembre le inyectó 3 cg de morfina y Freud se hundión en un sueño tranquilo. Cuando volvió a agitarse, schur repitió la dosis y le administró una final al día siguiente. Freud entró en un coma del que ya no despertó. Casi cuatro décadas antes le había escrito a O. Pfister preguntándose qué debia hacerse el día en que faltan pensamientos o no se encuentran palabras [...] "tengo una súplica totalmente secreta: que no se produzca nunguna invalidez, ninguna parálisis de la spropias capacidades como consecuencia de la miseria corporal. Muramos con la armadura puesta, como decía Macbeth". Había velado para que esa súplica secreta se viera satisfecha. El viejo estoico conservó el control de su vida hasta el final.

MUERTE DIGNA

Atando cabos, E. Annie Proulx, p.34-35
-Soy tu padre. El que llama. Dicky no tiene teléfono en ese sitio. Bien. Ha llegado la hora de que tu madre y yo nos vayamos. Tomamos la decisión de irnos. Comunicado, instrucciones sobre la funeraria y la cremación, todo lo demás, en la mesa del comedor. Tendras que arreglártelas tú solo. Yo me las tuve que arreglar en un mundo duro desde que vine a este país. Nadie me regaló nada. Otros hombres hubieran. renunciado y se habrían convertido en vagabundos, pero yo no lo hice. Sudé y trabajé, transporté carretas de arena para el picapedrero, seguí para que tú y tu hermano pudierais tener oportunidades, aunque tú no hayas hecho mucho con las que tuviste. Para mí no me quedó mucha vida. Ponte en contacto con Dicky Y con mi  hermana Agnis Hamm, y cuéntales esto. La dirección de Agnis está encima de la mesa del comedor. No sé dónde están los demás. No fueron ... -sonó un pitido. El espacio para el mensaje estaba lleno.
Pero el hermano, un lugarteniente espiritual de la Iglesia del Magnetismo Personal, tenía teléfono y Quoyle tenía su número. Notó que se le contraían las tripas cuando llegó la odiada. voz por el auricular. Nasales atascadas, resoplidos adenoidales. El hermano dijo que no podía asistir a ritos para descarriados.
-No creo en esas supersticiones gilipollas -dijo-. Funerales. En la I.M.P. celebramos un cóctel. Además, ¿ónde vas a encontrar a un pastor que diga unas palabras para unos suicidas?
-El reverendo Stain forma parte de su Asociación para una Muerte Digna. Deberlas venir. Por lo menos para ayudarme a limpiar el sótano. Padre dejó algo asi como cuatro toneladas de revistas viejas allí abajo. Mira, tuve que ver cómo sacaban de la casa a nuestros padres -casi sollozó.
-Oye, bola de sebo, ¿no nos dejaron nada?
-No. Tienen la casa cargada de hipotecas. Se gastaron sus ahorros. Creo que ésa fue la razón principal por la que hicieron eso. Quiero decir que creían en una muerte digna, pero lo habían gastado todo.
La cadena de ultramarinos se fue al garete y él dejó de cobrar la pensión. Si siguieran vivos tendrían que salir en busca de trabajo Y colocarse como empleados en un 7-Eleven o algo así. Pensé que madre podía tener también una pensión, pero no la tenía.
-¿Estás de broma? Has llegado a ser más idiota de lo que pensaba. Oye, cacho mierda, si hay algo, mándame lo que me corresponda. Tienes mi dirección -colgó.
Tampoco Agnis Hamm, la hermana de su padre, vino a la ceremonia. Mandó .a Quoyle una nota de papel azul, con su nombre y dirección en relieve, por un servicio de mensajeros.
«Imposible acudir al funeral. Pero voy a ir el mes que viene hacia el 12. Recoged las cenizas de tu padre, según las instrucciones, y te conoceré a ti y a tu familia. Hablaremos entonces. Tu tía que te quiere, Agnis Hamm.
Pero cuando llegó la tía, las circunstancias del huérfano Quoyle habían vuelto a cambiar, y esta vez era un marido abandonado y cornudo, un viudo.

-Pet, necesito hablar contigo -dijo Quoyle, con voz suplicante.

LEMA

Música para camaleones, Truman Capote, p. 274
Era un cementerio pequeño y encantador, y las sepulturas, verdigrises por el mar, pertenecían en su mayor parta al siglo XIX; casi todas ellas tenían una inscripción de  alguna clase, algo que revelaba la filosofía de su ocupante. Una decía: SIN COMENTARIOS.

De manera que empecé a pensar qué pondría yo en mi tumba, sólo que yo no tendré sepultura, porque dos adivinadoras de mucho talento, una de ellas haitiana y la otra una india revolucionaria que vive en Moscú, pronosticaron que desaparecerla en el mar, aunque no ~ si por accidente o por elección (comme ça, Hart Crane). De cualquier modo, la primera inscripción en que pensé, fue: CONTRA MI PROPIA VOLUNTAD. Luego se me ocurrió algo más peculiar. Una disculpa, una frase que empleo en casi todo compromiso: INTENTE EVITARLO. PERO NO PUDE.
(En la foto el cementerio de Pontedeume)

DE LA MUERTE

Ante todo no hagas daño, Henry Marsh, p. 248
Mi familia estaba representando una escena antiquísima que supongo que rara vez se ve actualmente en el mundo moderno, pues ahora la gente muere en hospitales o residencias impersonales, al cuidado de afectuosos profesionales cuya expresión de afecto -como la mía en el trabajo- se esfumará de su rostro en cuanto se dé la vuelta, como la sonrisa de un recepcionista de hotel

Morir rara vez resulta fácil, por mucho que deseemos creerlo así. Nuestros cuerpos no nos dejan soltar las amarras de la vida sin oponer resistencia. La cosa no se limita a pronunciar unas palabras significativas ante tu llorosa familia y luego exhalar tu último suspiro. Si no te mueres de forma violenta, ahogándote y tosiendo, o en coma, entonces no queda más remedio que ir consumiéndose: la carne se va reduciendo hasta dejarte en los huesos, la piel y los ojos se vuelven de un amarillo intenso si falla el hígado; la voz se debilita ... Hasta que, cuando se acerca el fin, apenas te quedan fuerzas para abrir los ojos y yaces inánime en el lecho de muerte, con la respiración por todo indicio de movimiento. Poco a poco te vuelves irreconocible, y todos los detalles que volvían tus facciones tan característicamente tuyas se van diluyendo en la nada. El contorno del rostro se desdibuja hasta fundirse en el trazo anónimo de la calavera que hay debajo. Ahora uno guarda un gran parecido con cualquier anciano, con su cara demacrada y deshidratada, todos idénticos con sus batas de hospital. Los mismos ancianos a cuya cabecera me hacían acudir de madrugada cuando trabajaba de residente, recorriendo pasillos largos y desiertos, para certificar su muerte. Cuando se acerca el final, tu rostro se convierte en el de una persona cualquiera, en un rostro que todos conocemos, aunque sea gracias al arte funerario de las iglesias cristianas.

SUICIDIO

Hombre lento, JM Coetzee, p. 20
Hablan de su futuro, lo incordian para que haga los ejercicios que lo prepararán para ese futuro, lo apuran para que salga de la cama. Pero para él no hay futuro, la puerta al futuro ha sido cerrada con llave. Si existiera una manera de acabar consigo mismo mediante alguna acción puramente mental lo haría de inmediato, sin perder más tiempo. Tiene la cabeza llena de historias de personas que ponen en práctica su propio final: que pagan metódicamente las facturas, escriben notas de despedida, queman viejas cartas de amor, etiquetan llaves, y luego, una vez que todo está en orden, se ponen su mejor traje de los domingos, se tragan las pastillas que han ido reuniendo para la ocasión, se tumban en su cama recién hecha y se disponen a desaparecer. Todos ellos héroes anónimos, sin nadie que cante su hazaña. “He decidido no ser una molestia.” De lo único de lo que no se pueden ocupar es del cuerpo que dejan atrás, ese montón de carne que al cabo de un par de días empezará a apestar. Si fuera posible, si estuviera permitido, cogerían un taxi hasta el crematorio, se colocarían delante de la puerta fatal, se tragarían su dosis y, antes de que la conciencia se apagara, apretarían el botón que los precipitaría a las llamas y les permitiría emerger al otro lado convertidos en nada más que una palada de ceniza, casi ingrávida. Está convencido de que pondría fin a su vida si  pudiera, ahora mismo. Y, al mismo tiempo que lo piensa, sabe que no lo va a hacer. Es sólo el dolor, junto con las noches interminables de insomnio en este hospital, esta zona de humillación en la que no hay donde esconderse de la mirada despiadada de los jóvenes, lo que le hace desear la muerte.

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