Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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CENTRAL PARK


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 322

Al completarse Central Park en 1873, el valor de las propiedades al norte de la calle Cincuenta y nueve se multiplicó un doscientos por cien. Entre las décadas de los sesenta y los ochenta del siglo XIX, la población de Manhattan pasó de unas ochocientas mil personas a más de un millón, gracias en buena medida a la afluencia de inmigrantes. Muchos de ellos formaron parte del cuerpo de veinte mil trabajadores del parque que aportaron el músculo necesario para desplazar las rocas, cavar la tierra y plantar sus más de doscientos setenta mil árboles y arbustos.

En los años precedentes, la ciudad había expulsado a varios centenares de ocupantes ilegales y chabolistas que llevaban mucho tiempo viviendo entre los salientes rocosos con sus cerdos y sus cabras, lo cual abarcaba un área que se extendía desde la calle Cincuenta y nueve a la Ciento seis, delimitada por las avenidas Quinta y Octava. En las fases finales de su construcción, el extremo norte de Central Park llegaba hasta la calle Ciento diez y su alcance era de trescientas cuarenta y un hectáreas. Durante las tardes de invierno, los visitantes patinaban en lagos que antaño habían sido pantanos.


NUEVA YORK


Bartebly y yo, Gay Talese, po. 227

En torno a un millón de edificios se alzan en la ciudad de Nueva York. Estos incluyen rascacielos, bloques de apartamentos, brownstones, bungalós, tiendas, grandes almacenes, ultramarinos, talleres mecánicos, colegios, iglesias, hospitales, centros de día y refugios para indigentes.

A lo largo de sus aproximadamente setecientos ochenta kilómetros cuadrados también se cuentan más de diecinueve mil solares vacíos, uno de los cuales amaneció así por sorpresa hace muchos años -el ubicado en el 34 Este de la calle Sesenta y dos, entre la avenida Madison y Park Avenue--, después de que el infeliz dueño de un browstone decidiera volarlo por los aires (con él dentro), antes que vender su preciada residencia decimonónica y de estilo neogriego y desembolsar cuatro millones de dólares a la mujer de la que se había divorciado tres años atrás, por orden judicial.

Este hombre era un médico de sesenta y seis años llamado Nicholas Bartha. Un individuo corpulento, con gafas, de pelo blanco, dos metros de estatura, de modales formales y un ligero acento extranjero. Había nacido en Rumanía, en 1940, en el seno de una familia con recursos -su padre era católico, y su madre, judía-, cuyo hogar y su negocio ligado a las minas de oro habían sido confiscados por los nazis y luego por los soviéticos. Muchas décadas después, cuando una jueza de Nueva York había fallado a favor de su exesposa y le había ordenado desalojar el 34 Este de la calle Sesenta y dos, el doctor Bartha había jurado: «No voy a permitir que nadie me eche de mi casa como ya hicieron los comunistas en Rumanía en 1947»


INICPIT 1.476. BARTEBLY Y YO / GAY TALESE


Nueva York es una ciudad de cosas que pasan inadvertidas. Es una ciudad con gatos durmiendo bajo vehículos aparcados, dos armadillos de piedra que trepan por la catedral de San Patricio y miles de hormigas arrastrándose sobre la cima del Empire State Building. Probablemente las hormigas acabaran ahí transportadas por el viento o los pájaros, pero nadie lo sabe con certeza; las hormigas son tan desconocidas para la gente de Nueva York como el mendigo que coge taxis hasta el Bowery, o el hombre atildado que rebusca entre los cubos de basura de la Sexta Avenida, o el médium que ronda por los números setenta de la zona oeste asegurando: «Soy clarividente, clariaudiente y clarisensorial».

Nueva York es una ciudad para excéntricos y una fuente de retazos de información extraña. Los neoyorquinos parpadean veintiocho veces por minuto, pero cuarenta cuando están tensos. La mayoría de los que mastican palomitas en el estadio de los Yankees hacen una breve pausa justo antes de un lanzamiento. Los que mastican chicle en las escaleras mecánicas de Macy's hacen una breve pausa, justo antes de abandonarlas, para concentrarse en el último escalón. Los encargados de limpiar la piscina de los lobos marinos en el zoo del Bronx se encuentran monedas, clips, bolígrafos y monederos de niñas ...

En Nueva York, del amanecer al atardecer, día tras dia, uno puede oír el retumbo constante de los neumáticos sobre el asfalto del puente George Washington. El puente jamás está del todo inmóvil. Tiembla con el tráfico. Se mueve con el viento.


MELVILLE


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 63

En el mundo de Whitman, los difuntos recientes eran «alguien» o un «donnadie», y si los familiares de los segundos deseaban hacer pública su pérdida, no tenían otra opción que comprar uno de los espacios que el diario destinaba a las necrológicas, las cuales aparecían en un cuerpo de letra diminuto.

Uno de los dolientes que hizo esto, dado que la muerte de su marido había pasado desapercibida, fue una viuda llamada Elizabeth Melville. Después de que aquel sufriera un infarto en el domicilio neoyorquino que compartía la pareja, poco después de la medianoche del 28 de septiembre de 1891, pagó un anuncio de seis líneas que al día siguiente reprodujeron varios periódicos: “Herman Melville falleció ayer en su domicilio del 104 Este de la calle Veintiséis de esta ciudad, fruto de un infarto, a los setenta y dos años. Fue el autor de Typee y Omoo, Mobie Dick y otras historias de temática marina, escritas años atrás. Deja esposa y dos hijas, la señora M. B. Thomas y la señorita Melville.”

El de Melville fue uno de aquellos casos en los que, tomando prestada una expresión de A. E. Housman, el nombre murió antes que el hombre. La carrera de Melville había empezado de forma prometedora al publicar dos novelas superventas antes de cumplir los treinta: Typee, en 1846, y Omoo, su secuela, en 1847, ambas basadas en las aventuras vividas durante sus viajes a la Polinesia. Pero ninguno de los dieciséis libros que siguieron -novelas, poemarios o relatos como «Bartleby, el escribiente»- despertaron mucho interés entre los lectores. De hecho, todos sus libros estuvieron descatalogados y cayeron en el olvido durante el último tercio de su vida, incluyendo su empresa más ambiciosa, Moby Dick, cuyo título se reprodujo mal en varias de las notas necrológicas dedicadas a su autor. No sería hasta el centenario del nacimiento de Melville, en 1919, al que siguió la publicación en 1914 de su novela póstuma, Billy Budd, que los académicos y los lectores descubrirían y apreciarían sus escritos tempranos, reconociéndolo al fin como una de las figuras literarias más destacadas de la nación.


BARTEBLY


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 16

«Bartleby no muestra emoción alguna a lo largo de la historia». Esta última apreciación no es del todo cierta. Hacia el final del relato, Bartleby es detenido y encarcelado tras negarse a abandonar el viejo edificio una vez ha sido despedido de su trabajo y el despacho de abogados se ha trasladado a otro sitio. El día en que el abogado lo visita en el patio de la prisión, se muestra insólitamente irritado.

Rechaza el saludo del abogado y declara: «Lo conozco y no tengo nada que decirle». El silencio se extiende entre ambos hasta que el letrado advierte la inutilidad de permanecer ahí. Antes de abandonar el lugar, sin embargo, lleva a cabo un gesto de buena voluntad: entrega dinero a un empleado de la cocina para garantizar que será bien alimentado. Sin embargo, esto también se demuestra fútil, pues Bartleby se declara en huelga de hambre y acaba muriendo de inanición en la cárcel.

El relato acaba con el afligido abogado mencionando que más adelante recibió un informe algo vago en el que constaba que Bartleby, antes de ser contratado como escribiente en su despacho, había estado empleado en la Oficina de Correo no Distribuido de Washington, un puesto que perdió con el cambio de administración. Aunque el abogado no es capaz de confirmar la veracidad del informe, se toma un momento para imaginar lo desmoralizante y deprimente que esta experiencia debió resultar para Bartleby, la tarea de «trasegar sin descanso esas misivas jamás entregadas y decidir cuáles acabarían arrojadas a las llamas».

Con todo, el abogado insiste en que no está seguro de que Bartleby estuviera ahí destinado, a lo que se suma el hecho de que, a lo largo del extenso relato, el lector no descubre nada acerca de la vida privada y de las motivaciones de Bartleby.


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