Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.585. HANNAH ARENDT / THOMAS MEYER


PRÓLOGO

La última amarra

Costa que ya no me encuentra,

ciudad en torno a la cual mi mirada aún gira,

mi espíritu surge sinuoso de la hondura

como desde el ancla profunda,

y esta amarra, que aún me ata

al mundo que me vio nacer,

a la tierra firme, con ella desaparece

todo lo que fue Europa:

el lenguaje y la música del paisaje,

el ensimismamiento, la exaltación

y, en un espantoso parentesco,

el oscuro frenesí de la muerte.

El secreto de mis años,

palabras que pronuncié de niño,

la última amarra que aún me ata,

cuando hace tiempo que me fui.

HANS SAHL,

Lisboa, 1 de abril de 1941, Guiné

El 10 de mayo de 1941 era un agradable día de primavera en Lisboa. Según el parte meteorológico oficial, las temperaturas no superaron los 19,6 grados centígrados. En el puerto, los trabajos para la salida del Guiné habían concluido por la mañana, y en pocas horas llegaría el momento de gritar: ¡suelten amarras!

El Guiné era el más pequeño de los buques de pasajeros al servicio de la Companhia Colonial de Navegação. No se le notaba la historia tan especial que tenía, ya que había sido reconvertido para su nuevo propósito: había emprendido su viaje inaugural en 1905 con el nombre de San Miguel, cuando se utilizaba principalmente para el transporte de carga. El San Miguel había sido un buque esbelto y maniobrable, casi elegante


LA MALETA Y EL CONSUELO


La palabra que aparece, Enrique Díaz älvares, p. 61

El 26 de septiembre de 1940, Walter Benjamín subió las escaleras del Hotel Francia en Portbou. Caminó hasta la habitación número cuatro, dio vuelta a la llave y entró despacio. Estaba enfermo y cansado de huir de la persecución nazi. Poco antes, un puñado de guardias civiles apostados en ese pueblo fronterizo le habían impedido seguir su paso por la ruta Líster.

La negativa de los gendarmes franquistas bastó para que Benjamín se imaginara deportado y decidiese abortar su camino a Lisboa. En esa ciudad tenía planeado subir a un barco con destino a Nueva York, donde le esperaba Theodor Adorno y otros compañeros de la Escuela de Frankfurt exiliados. Pero le faltaba un permiso que la legislación española acababa de crear. También le faltaban fuerzas. Hacia las diez de la noche, en ese pequeño pueblo de los Pirineos, Benjamín ingirió una dosis importante de morfina y aguardó su muerte.

Gracias a una factura del hotel a su nombre, sabemos que a Walter Benjamín le cobraron cuatro noches de habitación, cuatro llamadas telefónicas y cinco refrescos de limón. También una serie de gastos extras en riguroso y macabro orden de aparición: «farmacia», «vestir al difunto», «desinfectar», «lavar colchón», «blanquear». Lo que no sabemos es el paradero de la maleta negra donde transportaba los documentos que consideraba más valiosos; además de cartas, revistas y una radiografía, en esa valija llevaba un manuscrito al que aseguraba cuidar más que su propia vida.

Nadie sabe con certeza de qué texto se trataba. Se especula con que en la maleta viajaba un manuscrito más acabado de las Tesis sobre la historia. La versión que conocemos de ese libro no es más que un compendio de notas escritas al vuelo entre 1939 y 1940. En aquellos años, el filósofo apuntaba sus reflexiones por todas partes: en su cuaderno, en papeles sueltos, en los márgenes de los periódicos que leía a su paso. Estos apuntes sobrevivieron gracias a Hannah Arendt, a quien Benjamín había entregado una copia mimeografiada en Marsella con la intención de que la hiciera llegar personalmente a Adorno. Aquella entrega se produjo finalmente en 1941, cuando Arendt se refugió en Nueva York.


POLICIA JUDIA


Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 130

Los acontecimientos siguientes a la conferencia, según recordaba Eichmann, se sucedieron sin dificultades, y todo se convirtió prontamente en tarea rutinaria. Rápidamente, Eichmann se  convirtió en un experto en cuestiones de «evacuación forzosa», tal como antes había sido un experto en «emigración forzosa». Uno tras otro, todos los países impusieron a los judíos la obligación de empadronarse, de llevar un distintivo amarillo para su más fácil identificación ... Luego, fueron reunidos y deportados. Y las distintas expediciones iban a uno u otro campo de exterminio del Este, según la capacidad relativa de cada cual en un momento determinado. Cuando un tren atestado de judíos llegaba a un centro de exterminio, se seleccionaba entre ellos a los más fuertes para dedicarlos al trabajo, a menudo al servicio de la maquinaria de exterminio, y los restantes eran inmediatamente asesinados. Había algún que otro problema, pero todos eran de menor importancia. El Ministerio de Asuntos Exteriores estaba en contacto con las autoridades de los países extranjeros ocupados por los nazis o aliados de Alemania, a fin de ejercer presión en ellas para que deportaran a sus judíos, o, como bien podía ocurrir, para evitar que los enviaran al Este sin orden ni concierto, sin tener en cuenta la capacidad de absorción de los centros de exterminio. (Esto era lo que Eichmann recordaba, aunque en realidad la operación no fue tan sencilla.) Los asesores jurídicos redactaron borradores de la legislación necesaria para dejar a las víctimas en estado de apátridas, lo cual tenía gran importancia desde dos puntos de vista. Por una parte, eso impedía que hubiera algún país que solicitara información sobre las víctimas, y, por otra, permitía al Estado en que la víctima residía confiscar sus bienes. El Ministerio de Hacienda y el  Reichsbank hicieron los preparativos precisos para recibir el enorme botín que les mandarían desde todos los rincones de Europa, botín formado por todo género de objetos de valor, incluso relojes y dientes de oro. El Reichsbank efectuaba una selección y mandaba los metales preciosos a la fábrica de la moneda de Prusia. El Ministerio de Transportes proporcionaba los vagones de ferrocarril, por lo general vagones de carga, incluso en los períodos de mayor escasez de material rodante, y procuraba que el horario de los convoyes de deportados no obstaculizara los demás servicios ferroviarios. Eichrnann o sus subordinados informaban a los consejos de decanos judíos del número de judíos que necesitaban para cargar cada convoy, y dichos consejos formaban las listas de deportados. Los judíos se inscribían en los registros, rellenaban infinidad de formularios, contestaban páginas y páginas de cuestionarios referentes a los bienes que poseían para permitir que se los embargaran más fácilmente, luego acudían a los puntos de reunión, y eran embarcados en los trenes. Los pocos que intentaban ocultarse o escapar fueron cazados por una fuerza especial de la policía judía. En tanto en cuanto Eichmann podía comprobar, nadie protestaba, nadie se negaba a cooperar. Immerzu fahren hier die Leute zu ihrem eigenen Begriibnis (Día tras día, los hombres parten camino de su tumba), como dijo un observador judío en Berlín el año 1943.


HOLOCAUSTO


Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt, p. 130

Bien, en este caso, Eichmann fue afortunado, ya que únicamente vio lo que era una fase previa a las futuras cámaras de monóxido de carbono de Treblinka, uno de los seis campos de exterminio del Este, en el que morirían varios cientos de miles de judíos. Poco después, en el otoño del mismo año, Müller, el superior inmediato de Eichmann, le mandó inspeccionar el centro de exterminio de las zonas occidentales de Polonia incorporadas al Reich, llamadas el Warthegau. Este campo se encontraba en Kulm (en polaco Chelmno), donde, el año 1944, se asesinarían a más de trescientos mil judíos procedentes de toda Europa, que habían sido primeramente “reasentados” en el gueto de Lódz. El campo se hallaba en pleno funcionamiento, pero el sistema era distinto al empleado en el anterior,  ya que en vez de cámaras de gas se utilizaban camiones. He aquí lo que Eichmann vio: los judíos se encontraban en una gran sala; les dijeron que se desnudaran totalmente; entonces llegó un camión que se detuvo ante la puerta de la gran estancia, y se ordenó a los judíos que entrasen, desnudos, en el camión; las puertas se cerraron y el camión se puso en marcha. «No sé cuántos judíos entraron, apenas podía mirar la escena. No, no podía. Ya no podía soportar más aquello. Los gritos ... Estaba muy impresionado, y así se lo dije a Müller cuando le di cuenta de mi viaje. No, no creo que mi informe le sirviera de gran cosa. Después, seguimos al camión en automóvil, y entonces vi la escena más horrible de cuantas recuerdo. El camión se detuvo junto a un gran hoyo, abrieron las puertas, y los cadáveres fueron arrojados al hoyo, en el que cayeron como si los cuerpos estuvieran vivos, tal era la flexibilidad que aún conservaban. Fueron arrojados al hoyo, y me parece ver todavía al hombre vestido de paisano en el acto de extraerles los dientes con unos alicates. Aquello fue demasiado para mí. Volví a entrar en el automóvil y guardé silencio. Después de haber presenciado esto era capaz de permanecer horas y horas sentado al lado del conductor de mi automóvil, sin intercambiar ni una sola palabra con él. Fue demasiado. Me destrozó. Recuerdo que un médico con bata blanca me dijo que si quería podía mirar, a través de un orificio, el interior del camión, cuando los judíos aún estaban allí. Pero rehusé la oferta. No podía. Tan solo me sentía con ánimos para irme de allí.”


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