Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.656. CUENTOS AUTOBIOGRAFICOS. VOLUMEN II / ALVARO POMBO


LA ABUELASTRA

Ahora estoy inclinado a escribir cuentos. Llamo cuento a un relato que no pase de los diez o quince folios: puede valer, si es brillante, con solo cuatro o cinco. Esta inclinación coincide con un periodo inquieto de mi vida, una larga convalecencia, mientras espero la publicación de mi segunda tanda de Cuentos autobiográficos, que lanzará en mayo Anagrama.

          Iba a casa de la abuela a merendar los fines de semana. Y en otras ocasiones festivas. Cuando esto sucedía, la abuela se había instalado ya a vivir en su nueva casa de Miranda: El Alta. Era un chalet grande. Si subías al segundo piso veías los tejados de El Sardinero, la playa de El Sardinero y el mar. Era una casa recién inaugurada en medio de una huertajardín de considerable tamaño. En la parte de atrás había una vaquería con dos vacas y un gallinero con diez gallinas pintas. Delante de la casa había otro espacio equivalente, que era una huerta, y un maizal. La mía era una abuela campesina, o mejor, que se hizo campesina con los años, al trasladarse del Muelle a esta finca de El Alta.


INCIPIT 1.529. EL EXCLAUSTRADO / ALVARO POMBO


Don Juan Cabrera, el discreto exclaustrado, desatiende un momento su manuscrito para cerrar la puerta-ventana del despacho de alto techo con las cuatro paredes de librerías abarrotadas. A estas alturas de la vida, cumplidos ya los setenta y dos, el doctor Cabrera no piensa como Flaubert que eso que se llama «conciencia» sea tan solo la vanidad interior. No cree que la conciencia sea vanidad porque la conciencia del doctor Cabrera siempre ha sido la voz de su conciencia, una voz exigente, poco dada a vanidades interiores o exteriores. En este diminuto piso suyo, a excepción de una terracita abalconada que da a poniente, todo es despacho. Como Mallarmé, Cabrera está seguro de que todo existe para convertirse en libro. El único problema, de momento, es que se le resiste la composición de libros propiamente dichos, solo se le ocurren fragmentos, como muchos capítulos de un libro que sería su autobiografía o sus memorias si no fuera porque detesta el género autobiográfico. Pero ¿cómo vive don Juan Cabrera? Vive confinado. Lleva viviendo así muchos años. Pero solo ahora, con el confinamiento del covid, su confinamiento roza la agorafobia, por tratarse ahora no tanto de una voluntad propia como de la voluntad ajena, la voluntad del Estado

INCIPIT 1.341. SANTANDER, 1936 / ALVARO POMBO


-¡Tú eres un señorito, Alvarín! -exclama Rafael Mazarrasa, dando una palmada en el hombro a su amigo.

-¡No se puede ser menos, desde luego! -contesta Alvarín, fruncido el ceño. Añade luego-: También eres tú un señorito. Es lo único que somos, señoritos del Muelle.

-¡Señoritos, sí, a mucha honra! Sí, nosotros llevamos corbata; sí, de nosotros podéis decir que somos señoritos ... ¿Te acuerdas de esas frases? Tú acababas de llegar a Santander, a España, a finales de octubre de 1933. Comentamos, ¿te acuerdas?, ese discurso. Somos señoritos porque así lo fueron siempre, en la historia, los señoritos de España. Así lograron alcanzar la jerarquía verdadera de señores, porque en tierras lejanas, y en nuestra patria misma, supimos arrostrar la muerte y cargar con las misiones más duras ...

-Señoritos es despectivo, somos niños bien, diga lo que diga José Antonio Primo de Rivera.

Es un día nublado de finales de 1934. El Muelle está casi vacío esta tarde. Santander, en cambio, está repleta de agitación a finales de ese año. Será una Navidad agitada por fuera y remansada por dentro. Mercedes, la cocinera, hará una rica cena de Navidad: un pavo asado relleno de manzanas y de pasas.


ALVARO POMBO HABLA DE JB

Los cinco primeros años de esa década [1970] vivían en Londres, los cinco segundos en Madrid. Eran años aún de cartas: cartas de Luis Felipe Vivanco, José Luis Aranguren, Juan Benet (muchísimas), Juan Antonio Masoliver Ródenas, Pere Gimferrer. Trataba yo de publicar dos libros, uno de poemas (Variaciones) y otro de relatos (Relatos sobre la falta de sustancia) [...]Pero a Rosa Regás llegué a través de Juan Benet, don Juan, que se ocupó de mí muchñisimo durante todo 1976. Rosa Regás era la última esperanza, después de haber sido rechazado por, como mínimo, tres editoriales, entre otros motivos porque el título del libro era raro: el concepto de "falta de sustancia" tenía como un regusto, ennegativo,a cocido madrileño. [...]Primera memoria de Alvaro Pombo. El cultural, 20-26 de septiembre de 2007

INCIPIT 39. EL PARECIDO / ALVARO POMBO

Pie jesu Domine, dona eis requiem; dona eis requiem sempiternam. Doña María estaba más guapa que nunca en aquella ocasión. Aquella espalda -desde nuestros sitios sólo veíamos su espalda- elocuente. A juzgar por la espalda, parecía haberse recobrado. ¿Quién sabe qué celeste rehabilitación de Jaime cabría, a su juicio, allá en la muerte? Doña María en pie, arrodillada, en pie, a compás de aquella Misa y Música, como una legislacion pura, independiente, sobebiamente inaplicable. Dies magna et amara valde. Todos vimos cómo descendía muy deprisa del coche. Ella misma eficazmente abrió laportesuela, sin esperar al chófer. Urgencia estatal en todos los detalles de aquel precipitado protocolo mortuorio (El accidente había tenido lugar dos d´´ias antes) ¿Quién habrá seleccionado el Requiem? -el Requiem de Fauré, precisamente. ¿De dónde provendría -de provincias, quizá- la Escolanía quella, aquella Schola Cantorum de San Epifanio, mártir? Cuando la mayoría llegó, ya habían llegado. casi 50 niños y no niños. Provistos de sus propios bocadillos, desayunaron en el bar de enfrente. El propio Conde de San Pedro había venido de Bruselas.

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