Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 75
MI MADRE
Cánta morte eu vivín polo alento ó revésdo meu sentir!
MARÍA MARIÑO
Yo nací para creer ciegamente.
Fui educada para tener fe, para aceptar un destino predeterminado sellado en el
mismo instante de la selección cromosómica que marcaría mi género, como mi
madre, como la suya, como la madre de la suya que, contaba la mía, se desmayó
mientras trabajaba en el campo con el disgusto de sentir un nuevo hijo en su
vientre, el séptimo. Casi todos esos hijos huyeron de la miseria y emigraron a
Argentina, menos Concha, la primera mujer de mi abuelo Manuel, la que murió de
peritonitis y fue sustituida por su hermana, mi abuela Olimpia, emigrante
retornada. Era su destino.
Yo crecí creyendo: creía lo que
mi madre me decía, creía Io que me decían en el colegio, creía lo que nos
decían en la iglesia... creía ciegamente. Crecí educada por mi madre, como
marcaban los cánones, en los principios que correspondían a mi género:
resignación, docilidad, entrega, aceptación del sufrimiento como destino
inseparable de la condición femenina. De niña respondí de forma impecable a Io
que de mí se esperaba: buena estudiante, solista del coro de la iglesia, catequista
cuando llegó la edad.
Primero quise ser monja, después misionera.
Escuchaba con atención a mi profesor de religión, el refugio donde iba a poder
encontrar la paz, según mi madre. Me enseñaron, y lo creí, que la verdad
prevalece frente a la mentira, que el buen comportamiento recibe siempre una
compensación, que todos somos iguales, que la justicia siempre vence, que dios
es justo.







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