Lo desorden, p. 99
Mi bisabuelo Gonzalo era tan
mujeriego y se llevaba tan mal con su esposa que en el lecho de muerte pidió un
beso en la boca a la mejor amiga de ella. Años estando ya casado, había
aprovechado un viaje a Buenos Aires para pedir la mano de una joven de allí y
publicitarlo en las páginas de sociedad de todos los periódicos del Río de la
Plata.
Mi bisabuela Ángela, cuya madre,
mi tatarabuela Francisca, hablaba en su jardín todas las mañanas con Dios,
había sido tan infeliz en su matrimonio que de vieja soñaba que, oyendo misa,
el cura bajaba del púlpito y la besaba en la boca.
Mi bisabuela Teresa, una campesina
orgullosa y adinerada de una aldea costera de Pontevedra, estaba tan convencida
de la decadencia de la sangre de su familia a la que por su altura y delgadez
apodaban os lanceiros, que se casó con el hombre más fuerte de su aldea, pese a
no tener él oficio ni fortuna y, una vez segura de haber quedado encinta, lo
despidió Con el dinero suficiente para emigrar a América.
Mi bisabuela Maria era tan osada
que había conseguido salvar a su primogénito, prófugo del ejército republicano
en el Madrid sitiado de la guerra civil, ocultándolo en casa y telefoneando
todos los días al cuartel con fingida preocupación creciente para preguntar por
él e indignarse o llorar, según le diera considerara más adecuado para la mejor
representación de su artificio.
Mi bisabuelo Vicente era el
perfecto marido, el perfecto hermano, el perfecto cuñado... Adoraba, en fin, a
su familia y de toda se ocupaba, pero no soportaba estar con ella ni un minuto
y se pasaba el día fuera de casa, en el Casino o la Gran Peña, los clubes de
tipo inglés de los cuales era socio, y a menudo no regresaba ni para dormir.
Mi abuela María, que cada vez que
admitía a una nueva sirvienta le daba un baño y le cambiaba el nombre por uno
de su elección, harta de la pesadumbre con la que mi abuelo Juan Giralt Esteva
regresaba de trabajar de su fábrica de vidrio, una noche lo había recibido con
el rostro cubierto por una careta de payaso.
Mi abuela Josefina, que era muy
escrupulosa y en algunos asuntos padecía y hacía padecer con un sofocante
puritanismo, ante los obstáculos que su madre le pusiera para casarse con mi
abuelo Gonzalo, al que por su vocación de hombre de Letras se consideraba un
pobre partido, optó por fugarse y vivir felizmente amancebada con él antes de
casarse un año después. Son ejemplos de las historias de muertos que mi madre
me contaba. Hablar de muertos es una de las formas por las que el pasado
prolonga su influencia en el presente, y, si bien yo lo aprendí de mi madre, no
era un rasgo privativo suyo.








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