La Folie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 261
La Olympia de Manet fue expuesta la sala M del Salon, en
mayo de 1865. No faltaban los desnudos, alrededor. por lo general acuáticos,
cuajados de espumas alusivas (cuatro nacimientos de Venus coincidieron en
1863). Pero sólo en torno a la cortesana de Manet multitud se aprieta, como en
una morgue, escribió un periodista de entonces. Muchos se reían. Encontraban
cómica esa mirada fría, ese cuerpo menudo y quizá malévolo. No se limitaron a reír:
Olympia fue descrita como una hembra de gorila, su mano izquierda comparada con
un sapo, su carne pareció descompuesta a algunos, la piel cadavérica. Se
insistía, sobre todo, en un punto: Olympia estaba sucia, necesitaba un baño
regenerador, su cuerpo estaba rayado de franjas carbonosas. No eran sólo los
cronistas más mezquinos los que escribían . Tampoco Gautier escondió su
incomodidad. Le parecía incomprensible ese "modelo grácil acostada sobre
un trapo”. También él la encontró sucia. “El tono de la carne es sucio; el
modelado, inexistente.” Aubert resumía una opinión extendida cuando escribió
que era informe, lúbrica, sucia. Nadie quería prestar atención al delicioso
chal de cachemir —evidente homenaje a Ingres— que reposaba sobre la carne de
Olympia.
El más elegante de los críticos fue Thoré, quien apuntó
apenas a Olympia (Manet «ha hecho correr a todo Paris para ver a esa extraña
mujer; su espléndido ramo de flores, su negra su gato negro»), limitándose a
despreciar —con sólidos argumentos— el Cristo escarnecido por los soldados que
Manet había hecho colgar encima de su cortesana, con dudoso resultado.













.jpg)










