Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 252
Hasta ahora no había caído en mis
manos la segunda novela de William Faulkner, Mosquitoes, que se publicó en 1927 y de la que
había oido decir que era muy mala. En efecto, es malísima. Uno de esos libros
en los que es dificil concentrarse porque todo en ellos suena falso: la
anécdota, los personajes, la estructura, el estilo.
Está situada en Nueva Orleans y
describe una accidentada excursión en yate que dura cuatro días y en la que
participan una docena de intelectuales y snobs de la ciudad. Quiere ser una
sátira, mostrar la frivolidad y la estupidez con que ciertos ricos entienden la
cultura y la vanidad y el cinismo de ciertos artistas, Io corruptibles que son.
Pero todo es tan obvio. repetitivo y caricatural en la historia que lo que el
libro realmente consigue es aburrir. Hay en sus páginas una sobrecarga que hace
más patentes sus defectos. Por ejemplo, el afán de experimentación, que ha
llevado al autor a emplear distintos puntos de vista, de tono, a abusar de las
metáforas (algunas de un chirriante mal gusto modernista: "Ias ratas eran
arrogantes como cigarrillos”), en vez de dar mayor complejidad a la ficción,
acentúa su naturaleza artificial, ese desajuste entre las partes que es siempre
un obstáculo para que la historia sea persuasiva, obligatoria y hechice. Entre
los personajes —escultores neuróticos, señoras lesbianas. involuntarias libertinas,
poetas estreñidos, un inglés ridículo y un maníaco sexual— ninguno es todavía
-faulkneriano", con la excepción tal vez de Mr. Talliaferro, premonición
de los grandes cretinos obsesos del condado de Yoknapatawpha.





























