Campo Santo, W.G. Sebald, p. 172
Se encuentra al final del primer
capítulo de Habla, memoria, y es una descripción de una de las escenas más
repetidas en Vyra, en que los campesinos del pueblo, casi siempre al mediodía,
cuando los Nabokov estaban sentados a mesa en el comedor del primer piso, iban
a su finca para exponer algún deseo. Si el asunto podía arreglarse a
satisfacción de la delegación -esa era la costumbre-, los campesinos, aunando fuerzas.
lanzaban al aire tres veces al bondadoso señor Vladimir Dmitricvich, y lo
recogían al caer. «Desde mi puesto en la mesa, escribe Nabokov. «presenciaba de
pronto, por una de las ventanas del oeste, un caso maravilloso de levitación.
Allí, por un instante, la figura de mi padre, con traje blanco de verano
agitado por el viento, aparecía despatarrada en el aire, con los miembros en
posición curiosamente desenfadada, y sus rasgos hermosos e imperturbables hacia
el cielo. Tres veces volaba así, acompañado del poderoso halehop de sus
invisibles lanzadores, la segunda vez ascendía más que la primera y luego, en
su último y más alto vuelo, se apoyaba, como para siempre, contra el cobalto
azul del mediodía de verano, como uno de esos personajes paradisíacos que se
ciernen cómodamente, con los abundantes pliegues de sus vestiduras, en la
cúpula de una iglesia, mientras debajo, una por una. las velas se van
encendiendo en manos mortales para formar un enjambre de llamas diminutas en la
niebla del incienso, y el sacerdote canta el eterno reposo. y los lirios
funerales ocultan el rostro dc quien se encuentre allí. entre las flotantes
luces, en el ataúd abierto,»





















