La columna, Adrien Bosc, p. 21
Cuando salió de la estación de
Francia, no se sorprendió. Si le hubieran dicho que todo había cambiado, no se
lo hubiera creído. Era la misma ciudad. Ni más ni menos. Corno mucho, parecía
el decorado de una ciudad engalanada en día festivo. Aquí una iglesia
convertida en casa del pueblo. allí un hotel transformado en cuartel general o
un restaurante donde se daba de comer a la tropa, y por todas partes, en las
paredes y en los automóviles, como adornos de carnaval, se veían, pintadas con
brocha gorda, en caracteres chorreantes las siglas de partidos y sindicatos:
CNT. FAI. POUM. Y carteles pegados a farolas, y pancartas tendidas de ventana a
ventana, como ropa puesta a secar. El jaleo de la calle, el griterío de los
niños, la música, el ruido de los innumerables cascos de las caballerías que
desfilaban por cl paseo, todo daba una sensación de presente real, bullicioso y
terrible























