Aquí me paro, Javier Marías, p. 104
En el volumen conmemorativo que
acompaña a esta edicíón se incluye la carta que me escribió Juan Benet desde
Australia, nada más terminar su lectura de Corazón tan lanco. (Alcancé a
entregarle su ejemplar poco antes de que emprendiera viaje, y se lo llevó
consigo.) La doy a conocer sin muchas vacilaciones, no sin mala conciencia. Hay
elogio en sus letras, y eso es lo que más me ha hecho dudar. Pero también le
pone pegas a la novela (muy propias de él, por cierto), así que éstas, tal vez,
compensen la parte de elogio. Benet era en todo caso un lector perspicacísimo.
extraordinario. Han pasado veinticuatro años
desde su muerte en enero de 1993, y yo ya no soy el que recibió con
inquietud y emoción aquella carta de las antípodas. Si no me confundo, fue la
última que me escribió. Yo le contesté, seguro, pero si conservo copia de mi
respuesta no estoy dispuesto a buscarla. Corazón tan blanco fue la última de mis
novelas que él leyó, que él conoció.
Había sido el primer o segundo lector de todas las anteriores, v con
toda probabilidad su juicio era el que más me importaba. Al publicar Mañana en
la batalla piensa en mí, en 1994 (y en ella hay unas cuantas páginas inspiradas
por su muerte), eché indeciblemente de menos su opinión, su visto bueno, que me
han seguido faltando respecto a cuanto he escrito después, Negra espalda del
tiempo, Tu rostro mañana y las que han venido en tiempos recientes. Y, como él
no me ha dado el «aprobado» o el nihil obstat desde entonces, nadie me convencerá plenamente de que mis
novelas posteriores a Corazón tan blanco valgan algo. Siempre tendré la duda.
Aunque, ahora que lo pienso, también tengo mis dudas sobre esa y las
anteriores. Nunca saldré de ellas, menos aún si no me releo. A fin de cuentas,
¿quién me daría seguridad sobre mi opinión retrospectiva? Así que seguiré como
hasta hoy, y que sean otros quienes relean o lean esta novela tan antigua. Si les place.

















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