Las huellas que Robert Walser dejó en su vida fueron tan leves que casi se han disipado. Al menos desde su regreso a Suiza en la primavera de 1913, y en realidad, claramente, desde el principio, sólo estuvo unido al mundo de la forma más fugaz. En ninguna parte pudo establecerse, nunca tuvo la más mínima posesión. No tuvo casa jamás, ni una vivienda duradera, ni un solo mueble, y, en su guardarropa, en el mejor de los casos, un traje bueno y otro menos bueno. De lo que necesita un escritor para ejercer su oficio no tenía casi nada que pudiera llamar propio. Libros no poseía, según creo; ni siquiera los que él mismo había escrito.
PINCIO
23 años sin opinar
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.676. EL PASEANTE SOLITARIO / WG SEBALD
Las huellas que Robert Walser dejó en su vida fueron tan leves que casi se han disipado. Al menos desde su regreso a Suiza en la primavera de 1913, y en realidad, claramente, desde el principio, sólo estuvo unido al mundo de la forma más fugaz. En ninguna parte pudo establecerse, nunca tuvo la más mínima posesión. No tuvo casa jamás, ni una vivienda duradera, ni un solo mueble, y, en su guardarropa, en el mejor de los casos, un traje bueno y otro menos bueno. De lo que necesita un escritor para ejercer su oficio no tenía casi nada que pudiera llamar propio. Libros no poseía, según creo; ni siquiera los que él mismo había escrito.
INCIPIT 1.675. PROYECTO NOCILLA / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO
1
Podemos definir los ordenadores
como máquinas de triturar números. Podemos pedirles que nos den la posición
exacta dentro de 100 años de un satélite, o que pronostiquen las subidas y
bajadas de la bolsa por un período de un mes. Nos darán la información en pocos
segundos. Pero tareas que no revisten complejidad para los seres humanos, como
reconocer rostros o leer textos escritos a mano, resultan muy difíciles de
programar y de hecho aún no están satisfactoriamente resueltas. Parece ser que
nuestra red de neuronas cerebrales sí contiene los mecanismos necesarios para
realizar esas operaciones. De ahí el interés en crear computadoras inspiradas
en el cerebro humano.
B. Jack Copeland & Diane
Proudfoot
INCIPIT 1.674. CAMPO SANTO / W.G.SEBALD
PEQUEÑA EXCURSIÓN A AJACCIO
En septiembre del año pasado,
durante unas vacaciones de dos semanas en la isla de Córcega, bajé una vez con
un autobús de línea azul por la costa occidental hasta Ajaccio, para echar una
ojeada a esa ciudad, de la que nada sabía salvo que en ella nació Napoleón. Era
un día hermoso y radiante, las ramas de las palmeras de la place Maréchal-Foch
se movían suavemente con la brisa del mar, en el puerto había un buque de
crucero blanco como la nieve, como un gran iceberg, y vagué por las calles con
la sensación de ser libre y no tener preocupaciones, penetrando de vez en
cuando en algunas de las entradas de las casas, oscuras como túneles, leyendo
con cierto recogimiento los nombres de sus desconocidos habitantes en los
buzones de hojalata y tratando de imaginarme cómo sería vivir en uno de
aquellos castillos de piedra, ocupado sólo, hasta fin de mis días, en el
estudio del tiempo pasado y pasante. Sin embargo, como ninguno de nosotros puede vivir en silencio,
sólo para sí, y todos hemos de tener siempre por delante algo más o menos
importante, la ilusión que me había hecho de vivir mis últimos años sin
obligaciones de ninguna clase se vio pronto desplazada por la necesidad de
pasar la tarde de algún modo.
Paz, piedad y perdón.
Discurso de Barcelona, 18 de julio de 1938, Azaña
Yo creo que, si de esta
acumulación de males ha de salir el mayor bien posible, será con este espíritu,
y desventurado el que no lo entienda así. No tengo el optimismo de un Pangloss,
ni voy a aplicar a este drama español la simplísima doctrina del adagio “no hay
mal que por bien no venga”. Pero es obligación moral, sobre todo de los que
padecen la guerra, cuando se acabe como nosotros queremos que se acabe, sacar
de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible, y cuando la antorcha
pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si
alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio
español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito
de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos
hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando un ideal grandioso y
que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen
rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de
una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón.
LAS BRIGADAS INTERNACIONALES
Los secretos de la defensa de Madrid, Chaves Nogales
Antiguos soldados de la Gran Guerra
muchos de ellos: en su mayoría comunistas alemanes de la columna Thalmann y anarquistas
italianos del Batallón de Garibaldi; aquellos tres mil quinientos veteranos que
sabían luchar en campo abierto, fueron los que, en la Casa de Campo, en el
Puente de los Franceses y Ciudad Universitaria, se pegaron heroicamente al
terreno y salvaron Madrid. Los madrileños les habían visto cruzar horas antes
por las calles, arracimados en unos camiones en los que a toda velocidad los
habían traído de Albacete y de los acantonamientos próximos a Madrid, adonde
habían ido concentrándose. Con el puño en alto y gritando UHP (Unión de Hermanos Proletarios),
aquellos hombres venían de los cuatro puntos cardinales de Europa para hacer de
los arrabales de Madrid la trinchera mundial de la revolución.
Las Brigadas Internacionales,
como es conocido, fueron unidades integradas por unos 40.000 voluntarios de más
de cincuenta países, que lucharon junto al ejército de la República. La mayoría
de ellos eran veteranos de la Primera Guerra Mundial y trabajadores reclutados por
los partidos comunistas, que carecían de experiencia militar. Las Brigadas participaron
en la defensa de Madrid y en las
batallas del Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel el Ebro. A partir
del 23 de septiembre de 1938 fueron retiradas por el Gobierno de Juan Negrín con
el propósito de modificar la posición que mantenía el Comité de Naciones Unidas
sobre la participación de fuerzas extranjeras en la guerra.
PARIS MAYO DE 1940
La agonía de Francia, Chaves Nogales
El éxodo de un millón de
parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso,
inenarrable. Día y noche las salidas de París estuvieron obstruidas por cuatro
filas de vehículos de toda clase, cargados hasta los topes, que marchaban penosamente
deteniéndose constantemente y al paso de los más lentos, los grandes y pesados
carromatos que utilizan los campesinos para transportar el heno, tras los
cuales habían de marchar, con exasperante lentitud los potentes automóviles de
la gran burguesía parisén que se ponía a salvo llevándose celosamente consigo
sus riquezas transportables, la plata, los tapices, las joyas, los cuadros, hasta
los muebles valiosos izados disparatadamente sobre las capotas de los coches.
No creo que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable
del éxodo de un pueblo civilizado, que con todo su progreso material y mecánico,
sus aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas daba, sin
embargo, la sensación exacta de una tribu bíblica que emprendía el camino de la
tierra de promisión como en las enormes migraciones legendarias de los pueblos
de la antigüedad.
PIER PAOLO PASOLINI
El libro de plata, Olivia Laing, p. 86
Es así como Nicholas se ve
sentado a unos centímetros del suelo en el asiento del copiloto del Alfa plateado
de Pasolini. No puede reprimir la sonrisa al verlo aparcado en la calle, con
sus ojos de rana llenos de brillo. Mejor que vuestro Cinquechento, dice Pasolini.
Le ofrece un chicle de tira, pone el coche en marcha. Mastican al unísono. Pasolini viste muy ceñido, con la
ropa pegada a un cuerpo que no tiene ni una onza, ni un gramo de grasa. Tiene
que exigir mucho trabajo, mucha contención lucir este aspecto. Sabe que Pasolini es más viejo que Danilo.
a quien ya le cuelgan las carnes, pero está a gusto con el cuerpo que tiene. Vaqueros
azules ceñidos, camisa vaquera ceñida. Hay un chaquetón de lana tirado atrás. Se
nota que es que es marica, pero
no puede decirse que lo proclame a los cuatro vientos como algo decorativo. El
tono que mantiene es de hombre a hombre, de una masculinidad sin adulterar, una
actitud tan rigurosamente fabricada que en cierto modo parece falsa, sobre todo
si se compara con el amaneramiento camp de Dani, que es relajado y desenvuelto.
Piensa en estas cosas al mismo
tiempo que es consciente de que la proximidad de ese cuerpo tenso, duro, tiene
un efecto sobre él. No atracción, no exactamente. Se trata más bien del cambio
de presión que se produciría en un volcán si fuera comprimido una y otra vez
hasta terminar reducido al tamaño una piedra. Pasolini está muy quieto, y es
una inmovilidad que apunta a un exceso de tensión, no a un letargo. Las imágenes
que a Nicholas le vienen a la mente son una serpiente y un cable de alta
tensión caído.
INCIPIT 1.673. LA REPUBLICA / JORGE VOLPI
1.1
Cuando la noche se cubre con el
humo más negro, los números se precipitan en silencio sobre las pantallas. A
sesenta millas por hora, las ráfagas golpean los ventanales de Cawdor Systems
LLC mientras yo analizo reportes y encadeno gráficas a una velocidad que a
veces —lo sé— incluso a mí me inquieta. Tras procesar la última marejada de
datos, a las 03.12 del 6 de octubre de 2026, la conclusión es inapelable. Bajo
la lluvia, Filadelfia languidece.
Sentada frente a la mesa, con las
manos alrededor de una taza de café que ya se ha enfriado, Igne también sigue
despierta. Su agotamiento no es de los que se curan con el sueño, pero cada
línea del informe corrobora su intuición.
—53.3 por ciento, Nick.
En su voz detecto un filo de
impaciencia.
—Esas son las probabilidades
ahora mismo —le confirmo.
Ella acepta el dato sin
parpadear, demasiado lejos aún de sus expectativas. Justo entonces tú entras en
la sala dando un portazo, con el abrigo humedecido. Me exiges los resultados,
tiritando, y los revisas con premura. Pasas el pulgar por el borde de la
tableta con movimientos mínimos, inquietos, consciente de que no hay margen de
error. Tus ojos tienen el color de la sangre.
—Sigamos adelante —ordenas.
Los tres nos mantenemos alerta:
tú de pie, Igne sentada, yo siempre a su lado. Registro una emoción que no
debería experimentar: la certeza de que entramos en un territorio del que
ninguno saldrá intacto.
Tal vez a esa resquebrajadura se
le llama vértigo.
INCIPIT 1.672. LA PLAZA DEL DIAMANTE / MERCE RODODERA
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad, enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no. Iba de blanco de pies a cabeza; el vestido y las enaguas almidonadas, los zapatos como un sorbo de leche, las arracadas de pasta blanca, tres pulseras de aro que hacían juego con las arracadas y un bolso blanco, que la Julieta me dijo que era de hule, con el cierre en forma de concha de oro.
MARTHA FREUD
Freud y el matrimonio, JM Coetzee, p. 30
No existe constancia escrita de
que Freud estuviera nunca enamorado antes de enamorarse de Martha. A Ernest
Jones, su primer biógrafo, le chocó la «indiferencia respecto a las mujeres»
que caracterizó su juventud. En su papel de novio de Martha, Freud no causó una
gran impresión: sus cartas están llenas de sentimientos apasionados, pero
también lo muestran notablemente celoso y dominante. Le exige a Martha que se
decida entre él y Max Meyer. Y que si lo elige a él, a Sigmund, tendrá que romper
relaciones con Mayer y dirigirse a él no como Max sino como herr Mayer. En cuanto
a Fritz Wahle, Sigmund y él eran amigos, pero de ahí en adelante empezará a
tratarlo como enemigo.
Tan pronto Martha se promete a él
y a nadie más que él, Sigmund le exige saberlo todo, absolutamente todo, sobre
su persona. Martha deberá llevar un diario secreto en el que pondrá por escrito
sus pensamientos más íntimos. ÉI llevará también un diario; periódicamente los intercambiarán.
Se podría escribir un libro sobre la moda entre enamorados del siglo XIX de
intercambiar diarios íntimos, confesar sus pensamientos más recónditos, sus
actos más reprobables. Este asunto de los diarios no ocasionaba, en la mayoría
de los casos, más que desgracias. Lev Tolstói le dio a leer su diario íntimo a
futura esposa: Sofya necesitó meses para recuperarse del shock; dudo que jamás
se perdonara. Freud consideraba equitativo el intercambio de diarios: él tenía
que leer los secretos de Martha y ella los de él. Cada cual aparecía desnudo
frente al otro. ¿Qué podía haber más equitativo que eso? Pero en realidad el
juego no era equitativo, las reglas las había inventado él; ella tan sólo obedecía.
GUIDO PASOLINI
El libro de plata, Olivia Laing, p. 169
Vale, vivíamos en Friuli. Mi
padre había sido hecho prisionero de guerra en Africa. Era fascista, de los
convencidos, y mi madre, Susanna —señala la puerta detrás de la que presumiblemente
duerme- , no era fascista. A su manera era
antifascista, detestaba a Mussolini. Y empezó la guerra y nosotros éramos unos
chiquillos con barro en los oídos, y tuvieron que destituir a Mussolini para que
nos diéramos cuenta de lo que pensábamos en realidad. Y entonces también volvimos
antifascistas. Pero primero fui poeta, luego poeta que quería hacer el amor,
que quería caminar por los prados y mirar a los chicos y escribir lo que sentía. Me
derramaba en palabras. Se mira la mano. Y también en la mano, dice riéndose
solo un poco. Guido no era así, su energía, su entusiasmo, todo lo dedicó a la resistencia.
Pintaba eslóganes en los muros del pueblo, estuvieron a punto de detenerlo.
Robaba armas a los nazis. repartía octavillas. Ni te imaginas lo peligroso que era
eso. Entonces decidió unirse a partisanos. Lo acompañé a la estación. Llevaba una
chaqueta mía vieja, ya le iba pequeña. Vi cómo marchaba. Eso fue lo último que
vi de él, su nuca.
En fin, que encuentra a los
partisanos, en las montañas. Vive con ellos todo el invierno, pero hay un
conflicto entre facciones. Friuli, a lo sabes, justo al lado la frontera.
Celebran un juicio, un juicio de opereta, y a algunos miembros de su grupo los declaran
culpables y los condenan a muerte. Disparan a Guido. pero consigue escapar. Lo
encuentran, está herido, lo traen de vuelta. No lo supe en esa época, no me
enteré hasta la primavera. Se lo llevaron a las montañas, le obligaron a meterse
en una fosa y le dispararon.
i69
INCIPIT 1.671. FREUD Y EL MATRIMONIO / JM COETZEE
A veces un puro no es más que un puro. A veces una conferencia titulada «Freud y el matrimonio» no es más que una conferencia sobre Freud y el matrimonio. Pero ¿quién soy yo, el sujeto hablante, para insistir en que este puro en concreto es solo un puro, en que esta conferencia sobre Freud y el matrimonio es solo una conferencia sobre Freud y el matrimonio? Teniendo como público a estudiosos de Freud, yo debería ser consciente de que cuanto más insista en que el puro no es más que un puro, más fuerte sonarán las alarmas.
Al principio de su carrera,
cuando en las ciencias humanas la ortodoxia era el positivismo, Sigmund Freud
describía el deseo sexual como un perturbador y, de hecho, desagradable estado
de excitación nerviosa. El orgasmo proporcionaba un alivio temporal a esta
excitación, una manera de devolver el sistema nervioso a su estabilidad previa.
YO SE
El libro de plata, Olivia Laing, p. 218
Lo firma Pasolini. Es del
noviembre pasado, No me hablaste de esto. dice Nico. Ya vivía aquí. Apenas te
conocía, dice. Y tú no sabías nada de Italia. Ni siquiera habías conocido a Pasolini.
La columna se titula “¿Qué es
este golpe de Estado? Yo sé”. Se repite la misma frase a lo largo del texto: lo
so, yo sé. Nicholas tiene la sensación de estar leyendo la denuncia de toda una
clase política, incluso de la sociedad in tutto. Pasolini afirma, en su estilo
sereno, razonable y apocalíptico, que sabe quiénes son los responsables de
grandes crímenes, de las masacres de Milán en 1969 y de Brescia y Bolonia en
1974. Sabe quiénes son los responsables de la intentona de golpe. Habla sobre
los fascistas y las cruzadas anticomunistas en Italia, sobre el papel secreto
de la Iglesia y de la CIA. Afirma que hay gente importante que contrata a
sicarios, matones callejeros, para que les hagan el trabajo sucio. y prosigue
diciendo que todo el mundo lo sabe, pero que los demás se niegan a hablar para
conservar un mundo en el que ya no se puede vivir. Declara la pureza del Partido
Comunista Italiano. Afirma: El coraje intelectual de la verdad y práctica
política son dos cosas irreconciliables en Italia.
Es un cóctel molotov en forma de
periódico. La hostia, di Nicholas, cuando llega al final. ¿Es verdad? No sé
tanto como Pasolini —dice Dani—, pero sí creo que es verdad. No solo ve Ios
actos malvados. Eso sería fácil. Lo que ve es cómo nos desentendemos todos del
mal porque estamos cómodos y queremos estándolo. Somos sonámbulos, como los
niños de Saló son sonámbulos. Ataca la modernidad, la somete a juicio. Piensa que
el consumismo es un nuevo fascismo
porque oculta muchísima violencia en su interior, porque destruye la naturaleza
y los comportamientos naturales. Es lo mismo que en Saló. Los artículos son una
denuncia del poder. Se está haciendo famoso con ellos, pero creo que también lo
ponen en peligro.
BARCELONA VERANO 1936
La columna, Adrien Bosc, p. 21
Cuando salió de la estación de
Francia, no se sorprendió. Si le hubieran dicho que todo había cambiado, no se
lo hubiera creído. Era la misma ciudad. Ni más ni menos. Corno mucho, parecía
el decorado de una ciudad engalanada en día festivo. Aquí una iglesia
convertida en casa del pueblo. allí un hotel transformado en cuartel general o
un restaurante donde se daba de comer a la tropa, y por todas partes, en las
paredes y en los automóviles, como adornos de carnaval, se veían, pintadas con
brocha gorda, en caracteres chorreantes las siglas de partidos y sindicatos:
CNT. FAI. POUM. Y carteles pegados a farolas, y pancartas tendidas de ventana a
ventana, como ropa puesta a secar. El jaleo de la calle, el griterío de los
niños, la música, el ruido de los innumerables cascos de las caballerías que
desfilaban por cl paseo, todo daba una sensación de presente real, bullicioso y
terrible
INCIPIT 1.670. CARTAS 1920-1941 / JAMES JOYCE
Este segundo volumen cierra nuestra edición de la correspondencia de James Joyce. Son los años de París: los años del reconocimiento tan anhelado, la fama, el éxito, la adulación infinita; pero también los de la soledad íntima, el abatimiento, la incomprensión, y, sobre todo, la enfermedad creciente e irreversible de Lucia. Esta fama hace que la correspondencia se multiplique, ahora todos se aseguran de conservar las cartas del autor de Ulises, que se vuelve en general más correcto, más misterioso y recóndito. Confía como siempre en poca gente, pero ahora se ve rodeado de mucha más; utiliza egoístamente esta adulación a su favor y encuentra, como antes en su hermano Stanislaus, nuevos y nuevas incondicionales, casi sirvientes, y algún que otro amigo espontáneo. La biografía (y una correspondencia es una de sus formas más sinceras) consiste en ver cómo un hombre o una mujer va ganando cosas para perderlas luego; a veces, poco a poco; siempre, al fin, de golpe y porrazo. A mí, que ya conocía bien la vida de Joyce, que sabía que lleva ochenta años bajo la tierra, aún me produjo un escalofrío comprobar cómo, después de esa última postalita a Stanislaus –una postal anodina, cualquiera, a la que han antecedido cientos y cientos de cartas de todo tipo a todo tipo de corresponsales a lo largo de toda una vida– venía, pura y simplemente, el índice onomástico. ¿Ya está? La vida real, al contrario que buena parte de la literatura (que sería el arte de revolverse contra este hecho como gato panza arriba), no tiene lacito, y acaba en un instante:
INCIPIT 1.669. TODOS LOS PECADOS Y LA MITAD DE MI DOLOR / ELENA MEDEL
Lo contrario de la muerte es el deseo. La respuesta sencilla —la evidente— nos colmaría la boca sin mentir: la vida es lo contrario de la muerte. Pero yo he deseado. Un labio que se muerde hasta que brota la sangre de la piel rota, la rasgadura del deseo que se clava contra el pecho: feroz deseo —feroz— quebrando el velo que guarda las costillas, doblegándome hasta sustituirme, inexistente yo. Me refiero al hambre y a la urgencia. También he conocido el deseo de lo que me faltaba a mí, un objeto valioso y su advertencia, no olvides que eres por cuanto otros fueron; o algo hermoso sin más, con una gracia distinta a todo aquello de lo que dispongo. He deseado también cuanto se me escapaba: no una risa o un gesto sino una posición, alguien que se sienta a esperar cuanto se le ha concedido, alguien que ofrece las palmas de sus manos vacías para que se las rebosen. He deseado al alcance de mi tacto, y he deseado algo que se me escaparía de poseerlo. Lujuria o impudicia, lascivia, envidia y rencor: deseo. Porque el aire me ha colmado el pecho hasta que no respirase, porque la muerte y la vida se han confundido en mí, no escribo sobre la batalla: escribo sobre el alimento.
INCIPIT 1.668. EL LIBRO DE PLATA / OLIVIA LAING
Regresa a pie de la Tate, con los cuadros en la cabeza, disfrutando de la tranquilidad de la tarde. Hay en el aire una deliciosa sensación de otoño, como encontrar un tramo de agua más fresca cuando nadas. Cruza a la carrera Horseferry Road, esquivando autobuses, y salta a la acera. Hay un tablón delante del kiosco. Habrá visto la foto por el rabillo del ojo y se da la vuelta al instante para leer el titular. La náusea es tan fuerte que le dobla por la cintura. No era esto lo que pretendía, no esperaba que salieran así las cosas. Se obliga a incorporarse. Tiene que ejercitar toda su capacidad de autocontrol para aparentar tranquilidad mientras camina por Tufton Street, gira la llave en la puerta doble y entra en el ascensor. Nadie lo ve.
INCIPIT 1.667. DIOS NO ES BUENO / CHRISTOPHER HITCHENS
Dicho sea suavemente
Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he advertido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón tienden a adoptar esta línea de acción), entonces no tendría que discutir únicamente con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendría también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.
Cuando era un niño de unos nueve
años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de
Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme en ciencias
naturales y también en historia sagrada. Nos llevaba a mis compañeros y a mí a
dar largos paseos por una zona particularmente bella de la hermosa tierra en
que nací y nos enseñaba a distinguir las diferentes especies de aves, árboles y
plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos;
la maravilla de unos huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te
picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos)
crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha
permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el
que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y
demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no
tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare,
escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.
INCIPT 1.666. LA CARNE / DAVID SZALAY
A los quince años, se muda con su madre a otro pueblo y empieza en otro colegio. No es una edad fácil para hacer algo así; el orden social del colegio ya está bien establecido y le cuesta hacer amigos. Pasado un tiempo hace un amigo, otro individuo solitario. A veces quedan después de clase en el nuevo centro comercial al estilo de Occidente que acaban de abrir en el pueblo.
—¿Lo has hecho alguna vez? —le
pregunta su amigo.
—No —dice István.
—Yo tampoco —dice su amigo, y en
cierto modo eso facilita la confesión.
Tiene una forma sencilla y
natural de hablar de sexo. Le dice a István con qué chicas del colegio
fantasea, y qué fantasea hacer con ellas. Dice que a veces se masturba cuatro o
cinco veces al día, e István se siente un incompetente ya que por lo general él
lo hace una o dos veces. Cuando lo confiesa, su amigo dice:
—Seguro que tienes el impulso
sexual bajo.
Puede que sea verdad, que él
sepa.
No sabe cómo es para otra gente.
Solo tiene su experiencia
personal.
Un día su amigo le dice que lo ha
hecho con una chica que vive al otro lado de las vías del tren.
INCIPIT 1.665. LA COLUMNA / ADRIEN BOSC
Amanece y el río despierta.
Simone pasa entre tupidas ramas
de altas retamas y sobre una alfombra de helechos, y echa a caminar a campo
traviesa. Llega al talud y, a gatas, trepa hasta la trinchera; es un agujero
hecho en el suelo en el que cabe justo una persona. Levanta la cabeza y se ve
cubierta por numerosos álamos de fino tronco.
El aire es templado. La luz,
aunque tenue, es hermosa, dorada, delicada. Una ráfaga de viento mece las copas
de los árboles; una garza que anida en lo alto echa a volar y empieza a dar
vueltas por encima del agua. Se oye un ruido, como el de una sombra que
surgiera de la noche. El tiempo se detiene. El bosque entero resuena. La
niebla, que va adensándose a medida que el sol penetra en la alameda, lo
envuelve todo: la llanura ya no es sino una gran nube que cubre la tierra y la
engulle. Simone no tiembla, sujeta firmemente su fusil.
ROBERT PREVOST
El pastor y los lobos, Santiago Roncagliolo, p. 107
En principio, a Robert Prevost no
debía darle mucho miedo una comunidad de vida cristiana, por poderosa que fuera.
Se había enfrentado a organizaciones bastante más oscuras.
Todavía hoy, el Perú es un lugar
peligroso. Varias regiones han declarado el estado de emergencia ante el
aumento de la delincuencia y, aun así, se registra una denuncia por extorsión
cada diecinueve minutos. Bandas de crimen organizado exigen dinero a los
comerciantes a cambio de no matarlos. Suelen amenazar por WhatsApp de manera
genérica, pero todo el mundo sabe que debe comenzar a preocuparse cuando recibe
llamadas y fotos específicas de su familia o de su negocio. Hay primeras cuotas
y mensualidades de miles de dólares que los peruanos llaman «cupo». Negarse a
pagar el cupo solo sirve para aumentar la cuota, a veces hasta un millón. En agosto
de 2025, una bomba dejó cinco heridos y daños varias viviendas en Trujillo.
Aunque parezca increíble, en los
años ochenta era peor. Desde que llegó al Perú por primera vez, a Chulucanas, Robert Prevost se topó de cerca con la
violencia. Primero la de Sendero Luminoso, el grupo armado más letal de la historia
americana. Sendero operaba sobre todo en el sur de Perú, pero había abierto un
frente de combate en la zona de montañas cerca de Chulucanas, justo mientras
Prevost se hallaba ahí. Aspiraba a replicar la Revolución china; o acaso su versión
más cruel, la camboyana. No tenían piedad. Buscaban el máximo daño al menor
precio. Sus militantes no necesariamente llevaban armas ni uniforme.
Perpetraban masacres con machetes y piedras. Volaban bancos y comisarías con
cargas explosivas robadas de las minas, a las que consideraban un arma popular;
«La humilde dinamita». Según los datos oficiales, la violencia de esos años
produjo casi setenta mil muertos y desaparecidos, más de la mitad de ellos, en
acciones senderistas.
Como marxistas y
antiimperialistas, los senderistas tenían especial apetito por dos tipos de
víctimas: los sacerdotes católicos y los norteamericanos. El padre Robert
Prevost pertenecía a los dos grupos.
BENETIANA
Aquí me paro, Javier Marías, p. 269
La capacidad fantasmagórica
Al hablar de ensayos de
Benet, sería tan injusto como ridículo
no mencionar uno de sus primeros textos, La inspiración y el estilo. aunque
sólo fuera por el deslumbramiento que para muchos autores de mi generación supuso
en su ya lejano día. Independientemente de eso, creo que se mantiene como uno
de los ensayos literarios más originales y más importantes de las letras
españolas, desde sus inicios hasta hoy. Aunque la comparación sea obligadamente
inexacta, representa lo mismo que en su momento representó para los europeos
Mimesis, de Erich Auerbach. Es decir, una revelación.
Pero hay un ensayo más breve, y
muy posterior, que también me gustaría destacar: «¿Se sentó la Duquesa a la
derecha de don Quijote? En esa pieza Benet muestra la ambigüedad, por fuerza,
de toda literatura. En lo espacial, sin duda, pero también en lo temporal, en
lo narrativo y en lo reflexivo. La literatura –por supuesto, la poesía, pero en no menor grado
la novela- es per se algo incompleto, impreciso y ambivalente, que requiere
siempre de la imaginación del lector. Lo no dicho o no contado —lo que el autor
decide no decir o no contar. O lo que no sabe decir ni contar está, sin
embargo, en el texto, como si éste tuviera la capacidad fantasmagórica para
mostrar también lo que no existe ni existirá nunca. Como si contuviera su
espacio y su tiempo, y a la vez el revés de tiempo y espacio.
DE MENDOZA
Entrará en los anales
Aquí me paro, Javier Marías, p. 297
La figura de Eduardo Mendoza pasará
a los anales de la literatura española, sino de la entera sociedad. Nunca se ha
visto nada igual en ella a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva
treinta y ocho como autor publicado y querido; haber debutado con una novela de
enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha
quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco;
tras haber visto su larga trayectoria acompañada de ventas masivas que se han
mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser
elogiado de manera constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y
también por los estudios universitarios de varios países, y contar sus novelas
con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más
improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio),
resulta ser un escritor al que sus colegas, lejos de tenerle la tirria que en
nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y
ensombrece a los demás. lo admirarnos profunda y confesamente. Y no sólo eso:
también los periodistas, columnistas y tertulianos -gente proclive a encontrar
defectos y a poner a caldo al transeúnte- hablan bien de él y de su obra con la
mayor simpatía. Y no sólo eso: en un país
en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique
a algo que ellos nunca han tenido intención dc probar -recuerdo que mi padre
decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible, sino la del ama de casa a la que pone negra
que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de
saltar a una ruedo-, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y
celebran sus hazañas.
BENETIANA
Aquí me paro, Javier Marías, p. 104
En el volumen conmemorativo que
acompaña a esta edicíón se incluye la carta que me escribió Juan Benet desde
Australia, nada más terminar su lectura de Corazón tan lanco. (Alcancé a
entregarle su ejemplar poco antes de que emprendiera viaje, y se lo llevó
consigo.) La doy a conocer sin muchas vacilaciones, no sin mala conciencia. Hay
elogio en sus letras, y eso es lo que más me ha hecho dudar. Pero también le
pone pegas a la novela (muy propias de él, por cierto), así que éstas, tal vez,
compensen la parte de elogio. Benet era en todo caso un lector perspicacísimo.
extraordinario. Han pasado veinticuatro años
desde su muerte en enero de 1993, y yo ya no soy el que recibió con
inquietud y emoción aquella carta de las antípodas. Si no me confundo, fue la
última que me escribió. Yo le contesté, seguro, pero si conservo copia de mi
respuesta no estoy dispuesto a buscarla. Corazón tan blanco fue la última de mis
novelas que él leyó, que él conoció.
Había sido el primer o segundo lector de todas las anteriores, v con
toda probabilidad su juicio era el que más me importaba. Al publicar Mañana en
la batalla piensa en mí, en 1994 (y en ella hay unas cuantas páginas inspiradas
por su muerte), eché indeciblemente de menos su opinión, su visto bueno, que me
han seguido faltando respecto a cuanto he escrito después, Negra espalda del
tiempo, Tu rostro mañana y las que han venido en tiempos recientes. Y, como él
no me ha dado el «aprobado» o el nihil obstat desde entonces, nadie me convencerá plenamente de que mis
novelas posteriores a Corazón tan blanco valgan algo. Siempre tendré la duda.
Aunque, ahora que lo pienso, también tengo mis dudas sobre esa y las
anteriores. Nunca saldré de ellas, menos aún si no me releo. A fin de cuentas,
¿quién me daría seguridad sobre mi opinión retrospectiva? Así que seguiré como
hasta hoy, y que sean otros quienes relean o lean esta novela tan antigua. Si les place.
I NCIPIT 1.664. LO QUE PODEMOS SABER / IAN McEWAN
El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
INCIPIT 1.663. AQUI ME PARO / JAVIER MARIAS
Aviones marineros
Hace algunos años escribí un
artículo titulado «Madera de avión» en el que confesaba con guasa mis miedos a
viajar por el aire, cosa que, por lo demás, y con no escasa valentía, acabo por
hacer unas veinte veces al año. Me alegra decir que mi pulso ha mejorado mucho
durante los vuelos, no sé si por acostumbramiento o porque ir dejando atrás
edades nos hace más desdeñosos de la posible vida futura y más conformes con la
ya acumulada. Pero mis traslados en avión de al menos un par de decenios me
convirtieron sin falta —durante cincuenta minutos, dos horas, siete o incluso
doce— en un niño de pocos años y lleno de supersticiones, que llegaba a sus
diversos destinos completamente agotado tras la enorme tensión y el indecible
esfuerzo de «llevar» yo mismo el aparato.
INCIPIT 1.662. EL PASTOR Y LOS LIBROS / SANTIAGO RONCAGLIOLO
El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
Después de desayunar, uno de los
archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su
ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema,
conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso
poema perdido, «Una Corona para Vivien» de Francis Blundy. Era útil contar con
alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales
bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase
después de palabras menores como «de» y «la» mientras dejaba la boca abierta,
me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a
menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la
matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo
algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para
disimular mi aversión.
INCIPIT 1.661. MANUEL CHAVES NOGALES / FRANCISCO CANOVAS SANCHEZ
Preludio
Manuel Chaves Nogales es uno de los escritores españoles más
destacados del siglo XX. Sus crónicas periodísticas y sus obras literarias le
han situado en un lugar privilegiado de la edad de plata de la cultura
española. Abordó de forma sencilla y sugestiva una gran variedad de temas,
animado por el deseo de ampliar el número de lectores, sin rebajar la calidad
de sus artículos, relatos y reportajes.
Para conocer bien a un escritor, a un científico o a un
artista hay que insertarlos en las coordenadas históricas de su tiempo, en las
realidades sociales, culturales, institucionales y políticas, ya que, como
señaló José María Jover, de esa manera se refleja la relación existente entre
la biografía, la coyuntura histórica y la obra. En el caso de Chaves Nogales,
la realidad social, el contexto cultural y los sucesos históricos que vivieron
España y Europa entre 1897 y 1944 —la lucha por el sufragio universal, la
crisis de la democracia parlamentaria, el papel destacado de los medios de
comunicación, la aparición de las ideologías totalitarias y los sucesivos
conflictos bélicos…— influyeron de forma determinante en su trayectoria vital,
su visión del mundo, su escritura periodística y su obra literaria y su
compromiso cívico. También, en su muerte, acaecida en 1944 en el exilio
londinense, cuando apenas tenía cuarenta y seis años.
INCIPIT 1.660. EL CONTABLE HINDU / DAVID LEAVITT
El hombre sentado al lado de la tarima parecía muy viejo, al menos a los ojos de su público, cuyos miembros eran casi todos muy jóvenes. En realidad no había cumplido aún los sesenta. La maldición de los hombres que aparentan menos años de los que tienen, pensaba a veces Hardy, es que en un determinado momento de su vida cruzan una línea y empiezan a parecer mayores de lo que son. Cuando estudiaba en Cambridge, lo confundían a menudo con un colegial que estaba de visita. Y cuando ya era catedrático, con un estudiante. Luego la edad le había alcanzado, y ahora le había adelantado, así que parecía la mismísima personificación del matemático mayor al que el progreso ha dejado atrás. «Las matemáticas son un juego de jóvenes» (escribiría a la vuelta dc unos años), y a él le había ido mucho mejor que a otros. Ramanujan había muerto a los treinta y tres. Los admiradores actuales, fascinados por la leyenda de Ramanujan, hacían cábalas sobre lo que podría haber conseguido de vivir más años, pero personalmente Hardy opinaba que poco más. Se había muerto con lo mejor de su trabajo ya hecho.
Esto sucedía en Harvard, en la
Nueva Sala de Conferencias, el último día de agosto de 1936.
UNA ANECDOTA DE FERNANDEZ MALLO
El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 136
Una anécdota personal. En el año
2004. Tras permanecer seis meses convaleciente de una rotura de cadera, en una
de las revisiones rutinarias, la prueba de resonancia magnético-nuclear reveló
una pequeña mancha en la cabeza de mi fémur derecho. Asistí a la discusión
entre el radiólogo —humano que interpreta imágenes (digamos esas “caras de
Bélmez” que todos llevamos en el interior de nuestros cuerpos)—, y el
traumatólogo —humano que opera, abre la carne y llega hasta el hueso, así que
su reino último es el de la materia, no el de las representaciones—. En aquel
caso. el radiólogo interpretaba esa mancha en mi fémur como un ente que
significaba algo muy concreto, algo familiar, una forma completamente
"figurativa” que se traducía en un claro principio de un proceso de
necrosis, y que debia ser inmediatamente operada, pero el traumatólogo
interpretaba la mancha como algo que no tenia importancia alguna, algo que nada
significaba más allá de una mera forma abstracta. Tras asistir al ping pong de
argumentaciones por ambas partes, cada vez más acaloradas, el traumatólogo
concluyó con un grito que debió de oírse en toda la planta del hospital: “¡yo
no opero una imagen!”
Repitámosla; • yo no opero una
imagen». Ahi se halla el núcleo de la pregunta: ¿es la enfermedad. revelada por
métodos no directos, tales como los rayos X o las reso• nancias magnéticas, la
«verdadera realidad.?, o, por el contrarto, ¿son esos métodos de diagnóstico
una mera representación de la realidad, y, en ese caso, como la tografia o el
cine o las novelas, están sujetos a las Interpretaaones propias de los relatos
y de las artes? Dicho de
LA INTELIGENCIA DE LA IA
El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 211
No hay conocimiento de que nadie
ni nada haya creado o diseñado jamás un ser o un objeto más inteligente que ese
creador o diseñador. En efecto, ya hemos comentado capítulos atrás que no hay
prueba alguna de que el homo sapiens haya incrementado su inteligencia, ni mucho
menos que nuestra civilización sea más inteligente que otras anteriores, por
muy antiguas que éstas sean. ¿Alguien puede asegurar hoy que es más inteligente
que Aristóteles, o más inteligente que quien creó una piedra para cortar la
piel de los animales, o más inteligente que quien creó el sistema de escritura
cuneiforme? En realidad, esas preguntas ya vienen con trampa desde su formulación
porque nadie ha creado jamás nada por sí mismo, toda invención responde, en
directo o en diferido, y en mayor o menor medida, a un trabajo que excede
propio sujeto creador —lo cual no implica, por supuesto su legítimo derecho de
autoría—. El constante crecimiento de la inteligencia individual es una
apariencia generada por el aumento del conocimiento colectivo, derivado a su vez
del crecimiento de lo que acabamos de denominar la era de la Humanidad. Porque
ningún progenitor crea un hijo más individualmente inteligente que lo ya individualmente
inteligente era el progenitor de origen. Esta idea ya fue puesta en evidencia
por uno de los padres de la computación, el matemático John von Neumann, cuando
dijo que, en caso de poder darse una procreación entre máquinas tal que diera
lugar a una maquina nueva, la máquina madre debería ser necesariamente más compleja
que la creada; concretamente: “la organización sintetizadora ha de ser por
necesidad más compleja, de un orden superior a la organización sintetizada”.
JAMESIANA
Cuentos autobiográficos. Volumen II, Alvaro Pombo, p. 17
2. UN ENCUENTRO CON HENRY JAMES
La clave de mi entusiasmo por
Henry James, tanto el joven como el intermedio como el último, procede de la
idea de la maravilla del estar siendo consciente rodo: «The wonder of
consciousness». Lo que Henry James quiere a todo trance es incrementar y
refinar la atención cuidadosa de sus lectores, y en esto otra escritora inglesa
de finales del siglo xx, Iris Murdoch, se le parece mucho. También sus novelas
son un ejercicio de atención de los personajes y las tramas, y reclaman una
concentración especial del lector. Los libros de Henry James, antes de dar con
La campana de Iris Murdoch, fueron mi guía de Londres. Recuerdo que vivía en un
estado de ánimo intenso que yo sentía como insustancial, vacío de
significación, me sentía de más. Esto significaba entonces, quizá, la cualidad
del hechizo londiense. Durante un año por lo menos, mi muy deshilvanada
capacidad de leer textos largos o complicados en inglés tuvo su parte. Puedo
mencionar, sin embargo, dos libros fáciles nuestro autor, y comentar después mi
primera lectura de Retrato de una dama, esta ya una novela muy extensa y elaborada.
El asunto a que había que prestar atención en Otra de tuerca era la circulación
del otro mundo por este con un componente claro de malignidad, de mala
intención. Una vez empezabas el libro, por cierto expuesto solemnemente,
calmosamente al principio, luego te ibas internando, más y más, en la vida de
los dos niños abandonados en una casa de campo al cuidado de criados, y el la
evolución de sus almas. El segundo libro, Washington Square, era, al decir de
Grahan Greene, un libro felino. Esto quería decir que, excepción hecha de la
sincera pasión (equivocada) de la protagonista por el seductor que quería
casarse con ella, los sentimientos de los demás personajes tenían ese carácter
educado, sedoso, repentino, que parece que puede atribuirse a las panteras
negras o a los tigres.
17
INCIPIT 1.659. EL ANGEL DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO
PARTE I
Teología
BREVE APROXIMACIÓN A LA IDEA DE ÁNGEL CAÍDO
La tecnología en general, y en particular la
Inteligencia Artificial (IA de aquí en adelante) en cualesquiera de sus etapas
y modalidades, constituye un ámbito del conocimiento y creación humanos que con
una fuerza que sólo puede calificarse de primigenia se ha convertido en una
fuente de mitos contemporáneos, miedos y místicas exaltaciones, cuando no en
una suerte de neorreligión.
Nos proponemos ver el fenómeno
Inteligencia Artificial como si fuera por primera vez, no atendiendo
exactamente a sus específicos análisis tecnológicos –de los cuales ya existen
magníficos textos analíticos y descriptivos– sino como un vasto territorio
cuyas fronteras y límites comprenden dentro de sí a lo humano; no en vano, la
IA, al menos hasta la fecha, está hecha por humanos, no por otra clase de
seres. Para ello, nos valdremos de diferentes dimensiones, tales como teología,
antropología, física y metafísica. Lo que entre todos estamos inventando es una
ciencia todavía sin nombre, la cual, en mayor o menor medida, es motivo de
fascinación en todo subconjunto social. Es por ello que hablamos de tentativas,
ensayos y aproximaciones, no de certezas.
INCIPIT 1.658. PANDEMIA / SLAVOJ ZIZEK
Introducción: Noli me tangere
«No me toques», según Juan 20,
17, es lo que le dijo Jesús a María Magdalena cuando ella lo reconoció después
de su resurrección. ¿Cómo he de entender yo, un ateo cristiano confeso, esas
palabras? En primer lugar, quiero asociarlas con la respuesta de Cristo cuando
sus discípulos le preguntan cómo sabrán que ha vuelto, que ha resucitado.
Cristo les dice que estará allí donde haya amor entre sus creyentes. Estará
allí no como una persona a la que se puede tocar, sino como el vínculo de amor
y solidaridad entre la gente. De manera que «no me toques, toca y relaciónate
con los demás en el espíritu del amor».
MONTAIGNE
Ese montón de espejos rotos, Gonzalo Celorio, p. 25
En 1580 Michel de Montaigne
publicó el primer tomo de sus ensayos. Tenía entonces cuarenta y siete años. Como
lo empezó a escribir antes de cumplir los cuarenta, es -diríamos ahora- una obra
de juventud; sin embargo, en ese primer volumen aparece su ensayo “De la edad”.
En él, Montaigne, retirado del mundanal ruido y confinado en una torre que
metafóricamente podría calificarse de ebúrnea, se ve a sí mismo como un hombre
viejo. Piensa que “ha escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos
tropezaron”. Y, con su habitual gusto por las paradojas, considera que morir
viejo de «muerte natural" es lo menos natural que puede ocurrir, pues lo
común y universal es morir antes de llegar a la senectud. Está convencido (si
es que Montaigne alguna vez tuvo alguna convicción que no fuera la de no tener
ninguna) de que las responsabilidades deben asumirse en la primerísima
juventud, más tardar a los veinte años. como él mismo lo hizo tras la muerte de
su padre. A esa esa edad –dice- los hombres son ya lo que deben ser en lo
sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de la vida. Desde nuestra perspectiva del siglo
XXI, podemos pensar que Montaigne se opone a la la prolongación de la juventud
cuando apenas se ha llegado a ella y la prolongación de la vida cuando apenas
se ha alcanzado la madurez. Lo cierto es que, del siglo XVI a nuestros días,
los tiempos han cambiado que respecta precisamente a la concepción del tiempo y
a las edades que su transcurso va engendrando.
El creador del ensayo moderno
mandó escribir estas palabras en lengua latina sobre la chimenea de su refugio:
En el año de Nuestro Señor dc 1571,
a la edad de treinta y en las vísperas de las calendas de marzo, aniversario de
su nacimiento, hastiado de esclavitud de las cortes y de los empleos públicos,
pero conservando todavía la entereza de facultades, se refugió Miche de
Montaigne en el regazo de las doctas vírgenes. en medio de la seguridad y la
calma, para vivir así el resto de su vida, consagrando al reposo y a la
libertad el sosegado aposento que heredó de sus antepasados.
OLYMPIA
La Folie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 261
La Olympia de Manet fue expuesta la sala M del Salon, en
mayo de 1865. No faltaban los desnudos, alrededor. por lo general acuáticos,
cuajados de espumas alusivas (cuatro nacimientos de Venus coincidieron en
1863). Pero sólo en torno a la cortesana de Manet multitud se aprieta, como en
una morgue, escribió un periodista de entonces. Muchos se reían. Encontraban
cómica esa mirada fría, ese cuerpo menudo y quizá malévolo. No se limitaron a reír:
Olympia fue descrita como una hembra de gorila, su mano izquierda comparada con
un sapo, su carne pareció descompuesta a algunos, la piel cadavérica. Se
insistía, sobre todo, en un punto: Olympia estaba sucia, necesitaba un baño
regenerador, su cuerpo estaba rayado de franjas carbonosas. No eran sólo los
cronistas más mezquinos los que escribían . Tampoco Gautier escondió su
incomodidad. Le parecía incomprensible ese "modelo grácil acostada sobre
un trapo”. También él la encontró sucia. “El tono de la carne es sucio; el
modelado, inexistente.” Aubert resumía una opinión extendida cuando escribió
que era informe, lúbrica, sucia. Nadie quería prestar atención al delicioso
chal de cachemir —evidente homenaje a Ingres— que reposaba sobre la carne de
Olympia.
El más elegante de los críticos fue Thoré, quien apuntó
apenas a Olympia (Manet «ha hecho correr a todo Paris para ver a esa extraña
mujer; su espléndido ramo de flores, su negra su gato negro»), limitándose a
despreciar —con sólidos argumentos— el Cristo escarnecido por los soldados que
Manet había hecho colgar encima de su cortesana, con dudoso resultado.
MUÑOZ MOLINA
El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279
Apenas iba a clase. Pasear por la
ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en
claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me
alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos
adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a
Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La
Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera
novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las
librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque
me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad
del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes,
traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos
de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump,
dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a
una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante
las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado
alto, en palabras de Borges el penado bajo.
En la biblioteca de Faulkner, en
su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un
gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición
de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.
MELVILLE Y DON QUIJOTE
El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 241
En White-Jacket, la novela de
aventuras en un buque guerra que publicó dos años antes que Moby Dick, el
narrador, que parece que habla con su propia voz contando recuerdos muy vividos,
agobiantes muchas veces, sobre la dureza
disciplinaria de la vida en el mar, evoca a un marinero llamado Nord, lector de
buenos libros, “muy romántico”, revolcado por el molino de la adversidad. Dice
Melvllle: Muchas veces me había
fijado en su figura alta, erecta, austera. marchando corno don Quijote entre
los pigmeos de la tripulación a la que pertenecía. La sombra del caballero
sigue rondando por las páginas desordenadas y convulsas de la novela, que tiene
mucho de imperfecta anticipación de Moby-Dick. Un médico del barco, de buena familia
pero de escasa fortuna, había leído Don Quijote, y esa en lugar de curarlo de
su quijotismo, como hubiera debido, lo
volvió todavía más quijotesco. Durante una parada en Rio de Janeiro. y a pesar
del calor del trópico, este médico arruinado se pasea por la ciudad con un gran
chaquetón azul de marinero, echado con un gesto de elegancia española sobre un
hombro de caballero. En un cuento escrito en 1856, The Piazza Tales, Melvillle describe un prado
muy verde en en que unas vacas permanecen tan inmóviles que ni siquiera
rumian, como si estuvieran
hechizadas. Y los hechizados no comen, al menos eso dice don Quijote, el más
sabio de todos los sabios que han existido nunca.
EL CURIOSO IMPERTINENTE
El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 161
Inacción, letargo, silencio encubren la desgracia que
está creciendo como un tumor por dentro: la traición, la mentira, el trastorno.
En el proceso de descubrir la verdad Anselmo va encontrando una sucesión de
ausencias y de lugares desiertos. Viendo lo que no está comprende paso a paso
el horror que todavía no ha visto y no supo prever, aunque nadie más que él
tiene la culpa de haberlo desatado. Abre la puerta de la habitación en la que
había encerrado a la criada Leonela y ve la habitación vacía y una sábana hecha
nudos que cuelga de la ventana abierta. Busca a Camila y, no hallándola en la
cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Va ahora a buscar a su amigo Lotario,
por una calle de esta Florencia invisible, y los criados le dicen que se
ausentó en mitad de la noche. Y cuando volvió a su propia casa, no halló en
ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola.
El que anduvo a escondidas por esos corredores, se escondió detrás de los
tapices, espió por puertas entornadas y cerraduras, ahora anda solo y aterrado
por las estancias vacías, de las que sin ninguna explicación ha desaparecido su
mujer y han huido los criados, como escapando de un lugar maldito, que es el de
su vergüenza y su condena.
EL SENTIDO COMUN
Curso de literatura europea, Vladimir Nabokov, p. 217
El precioso ejemplar que pretendo
capturar para beneficio de aquellos que pueden estar Interesados en ver cómo se
hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante y de caballo, Se llama:
sentido común.
En el otoño de 1811, Norman Webster,
abriéndose paso decididamente entre de grado C. definió el sentido común como “un
sentido corriente bueno y saludable… exento de prejuicios emocionales o de
sutilezas intelectuales, el sentido de los caballos”. Es una opinion bastante
halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una
lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos
cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura
perteneciente una verdad demasiado prematura: el sentido común ha coceado Ios cuadros
más encantadores porque su bienintencionada pezuña considera un árbol azul como
una locura¸ el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a
aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a
aprovechar una ocasión, brindad por un
resquicio de la historia, que habría sido ridículo no aprovechar. E] sentido
común es fundamentalmente inmoral porque la moral natural de la humanidad es
tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las
oscuridades inmemoriales del tiempo.
DAF DE SADE
Prohibo, bajo cualquier pretexto, que cuerpo sea abierto, Pido con la mayor instancia que sea conservado durante cuarenta y ocho horas en la estancia donde muera, colocado en un ataúd madera que sólo será al cabo de cuarenta y ocho horas arriba prescritas, al fin de las cuales dicho ataúd será cerrado; durante dicho intervalo, se enviará un billete al señor Lenormand , comerciante en maderas, boulevard de l'Egalité, número 101, en Versalles, para rogarle de venir en persona, seguido de un carruaje, a buscar mi cuerpo para transportarlo, bajo su escolta, a los bosques de mi propiedad de la Malmaison, municipio de Mancé, cerca de Epernon, donde quiero que se coloque, sin ninguna clase de ceremonia, en el primer prado que se encuentra a la derecha del citado bosque, entrando por el lado del antiguo castillo por la gran avenida que lo divide, Mi fosa será practicada en dicho prado por el granjero de la Malmaison, bajo la inspección del señor Lenormand, que no abandonará mi cuerpo hasta haberlo colocado en la citada fosa; podrán asistir a esta ceremonia, si así lo desean, aquellos de mis parientes o amigos que, sin ninguna clase de aparato, quieran darme esta última señal de afecto. Una vez recubierta la fosa, se sembrarán encima semillas, a fin de que, a continuación, estando el terreno de la citada fosa repoblado y el prado recubierto como estaba antes, las señales de mi tumba desaparezcan de la superficie de tierra, así como me aseguro de que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres.
Hecho en Charenton-Saint Maurice,
en estado de razón y salud, el 30 de enero de 1806.























