La agonía de Francia, Chaves Nogales
El éxodo de un millón de
parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso,
inenarrable. Día y noche las salidas de París estuvieron obstruidas por cuatro
filas de vehículos de toda clase, cargados hasta los topes, que marchaban penosamente
deteniéndose constantemente y al paso de los más lentos, los grandes y pesados
carromatos que utilizan los campesinos para transportar el heno, tras los
cuales habían de marchar, con exasperante lentitud los potentes automóviles de
la gran burguesía parisén que se ponía a salvo llevándose celosamente consigo
sus riquezas transportables, la plata, los tapices, las joyas, los cuadros, hasta
los muebles valiosos izados disparatadamente sobre las capotas de los coches.
No creo que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable
del éxodo de un pueblo civilizado, que con todo su progreso material y mecánico,
sus aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas daba, sin
embargo, la sensación exacta de una tribu bíblica que emprendía el camino de la
tierra de promisión como en las enormes migraciones legendarias de los pueblos
de la antigüedad.























