El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p. 297
Romain Rolland apreció mucho El
porvenir de una ilusión y escribió una carta a Freud, pero en el libro faltaba
algo, añadió. No había ninguna mención aquello que para Rolland era da fuente
auténtica de la religiosidad» y podía ser definido como sentimiento oceánico.
Fórmula que Rolland recuperaba de Ramakrishna: «Una muñeca de sal quiso medir
la profundidad del océano, pero antes de llegar muy lejos se había disuelto. Se
había convertido en una única cosa con el agua del océano. ¿Quién podía
entonces retroceder y decir cuán profundo era el océano?».
El sentimiento oceánico se
deslizó en Freud como la carcoma. Y. dos años después, terminó asomando en la
página de apertura de El malestar en la cultura- Pero Freud enseguida se
justificó y así se lo hizo saber a Rolland: iNo se espere una valoración del
sentimiento "oceánico", intento simplemente deducirlo analíticamente,
para, por así decirlo, despejar mi camino». ¿Era tan molesto aquel sentimiento,
incluso para Freud, que se reconocía refractario a la mística («La mística es
para mí algo inaccesible como la música»)? qué, entonces, convertirlo el punto
dc partida de un libro que se proponía explicar que la civilización no puede no
ser infeliz? De cualquier manera, por afán de precisión, Freud quiso añadir una
observación personal: “Yo mismo no logro descubrir en mi sentimiento “oceánico”.
Y de inmediato puso en marcha los engranajes del análisis: «Podemos por lo
tanto establecer la siguiente línea pensamiento: por lo general, nada es para
nosotros más que el sentimiento de nosotros mismos, del propio Yo. Estee Yo se
nos muestra autónomo, unitario, contrapuesto a todo lo más. Que tal apariencia
sea falaz, que el Yo tenga hacia su interior, sin ninguna delimitación clara,
continuidad en una entidad psíquica inconsciente, que nosotros llamamos Ello, y
a la cual viene a servir como de fachada, lo hemos entendido primera vez
gracias a la investigación psicoanalítica, de la que esperamos muchas otras
informaciones acerca de la relación entre el Yo y el Ello. Pero hacia el
exterior, al menos, el Yo parece tener límites bien claros y precisos». Esto
era todo lo que Freud estaba dispuesto a admitir. Y excluía el acceso a
cualquier sentimiento oceánico. Aquí se marcaban los límites.


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