PINCIO
21 años sin opinar
Lo más visto
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.623. MANIA / LIONEL SHRIVER
Iba camino de comprar un par de cosas para la cena –Emory, mi mejor amiga, vendría a casa esa noche, como hacía muy a menudo– cuando llamaron del colegio de mi hijo para comunicarme que lo mandaban a casa por «acoso escolar». Que si podía por favor pasar a buscarlo. Darwin es un chico contenido, prudente, poco propenso a mangonear a otros niños; de ahí que me preguntase si no se trataría de un malentendido. Él siempre había estado entre los primeros de la clase y –hasta hacía poco– había sido el ojito derecho de los profesores. Como era de esperar, cuando fui a recogerlo a secretaría, mi delgado y precoz hijo mayor me esperaba sentado en silencio, aunque con los labios apretados y mirando con rabia un punto situado a media distancia; así excluía de su campo visual a los dos adultos que había en el despacho. A los once años, tenía más o menos la edad en la que yo escapé de un adoctrinamiento del que él se había salvado. Aun así, esa tarde su contención habitual ocultaba algún elemento inflamable que me recordaba a mi propia conducta cuando soportaba en un silencio furibundo la Noche de Adoración en Familia.
¿MALTRATO?
La chica más lista que conozco, Sara Barquinero, p. 309
OBSERVACIÓN I: Es increíble
facilidad de ciertos hombres heterosexuales para empatizar con las posibles fallas
morales de otros desde el «¿y si me acusaran injustamente de esto a mí?». Los
lugares más comunes son el abuso sexual soft (mal sexo, sexo violento, poca
responsabilidad emocional que escala velozmente a la terrible palabra:
«maltratador»), pero dicha empatía también puede darse en otros contextos, como
un mal comentario en clase (el «negro humo» de Philip Roth), los límites de la
libertad de expresión, las fantasías de poder. Sin embargo, nunca se sienten en
la necesidad de apelar a una posible y macabra situación en la que podrían
«verse acusados injustamente» cuando se habla de problemas como la mentira, el
robo, la deslealtad, el asesinato. Ninguno de esos hombres se ve si mismo capaz
de ser acusado de mal amigo o de ladrón, pero si de abusador por una exnovia
delirante.
Sin embargo, aquellos que sido los primeros de su familia en ir a la universidad
La chica más lista que conozco, Sara Barquinero, p.300
Sin embargo, aquellos que sido
los primeros de su familia en ir a la universidad o completar un estudio no
técnico se sienten tan agradecidos solo por la posibilidad de entrar en el
Conocimiento que están dispuestos a cualquier cosa con tal de que esa
oportunidad no les sea arrebatada, como trabajar gratis o aceptar bajezas
morales de sus superiores. En muchas ocasiones, sus propios familiares
contribuyen a ese delirio, porque la posibilidad de ver el nombre de su hijo en
un periódico o la página web de una universidad los asombra demasiado como para
cuestionarla (así como el miedo a las consecuencias de desobedecer que siempre
prende en la clase trabajadora). En cualquier caso, de eso se trata de eso en
contextos universitarios: de la posibilidad de perdonar bajezas morales, de no
resultar demasiado molesto, de no cuestionar las reglas que no están escritas
porque jamás podrían estarlo, pues atentan contra cualquier criterio de
publicidad posible (por mucho que sus autores se declaren fieles admiradores de
la obra de Immanuel Kant).
LUCHA DE CLASES
La chica más lista que conozco, Sara Barquinero, p. 282
Por creativos y libres que parezcan
otro tipo trabajas, es posible que los sean forma de evaluación más equitativa,
pues cuanto más concreto sea el examen, más se juega de peras el conocimiento
adquirido y no el capital cultural acumulado antes de iniciar estudios. Por
ejemplo, alguien que hubiese nacido en una familia en cuyas cenas se habla de
literatura podría frecuentemente adornar un trabajo de análisis de una lectura
obligatoria con conocimientos que no posee del todo y que no dicen nada de su capacidad
para entender dicha lectura obligatoria, mientras que un estudiante de clase
popular solo podrá medírselas con su propia capacidad de síntesis. Los exámenes
y las calificaciones obtenidas en diferentes asignaturas a lo largo de los años
son una de las medidas igualadoras entre clases económicas y culturales. Sin embargo,
y en general. los candidatos a doctorados financiados o a bajos puestos en la
idiosincrasia académica (o sus valedores) de lo que quejan es de que se valoren
sus calificaciones por encima de otras cuestiones como el «interés de su
investigación», «capacidad de escritura”. «encaje en el departamento»,
etcétera.
Manuel Vilas
Islandia, Manuel Vilas, p. 173
Ahora soy un ser humano que no
duerme, que no sabe si ha puesto o no agua en la cafetera, que no encuentra una
taza, que no tiene nada que desayunar, que se despierta llorando y de repente
se acuerda de que se acostó llorando, que no sabe cómo subirse a un autobús en
la ciudad de Madrid, que da los buenos días de una forma delictiva a sus
vecinos, un culpable más de estar desesperado.
Los desesperados son los más
culpables del mundo. No saben hacer nada. Tartamudean, se les caen las naranjas
de la bolsa en los supermercados y todo el mundo sabe que no es por un descuido
sino porque están desesperados y por tanto algo habrán hecho. No sabemos por
qué los desesperados cantan como almejas. Porque muchos de ellos, entre los que
me cuento, intentamos disimular con verdadero arte. Pero apestamos a
culpabilidad. Tenemos cara de culpables. Culpables de lo que sea, pero
culpables.
Somos los reos emocionales de
este enorme imperio que mezcla basura y belleza al que hemos llamado
civilización.
ROBERTO BOLAÑ0¡¡¡¡
Notas para una autobiografía, Roberto Bolaño, p. 376
Yo en Chile estuve preso ocho días,
ocho días. En Alemania colocaron —no sé en dónde— que había estado medio año
preso, lo cual me pensar que los alemanes o son muy exagerados o que ellos ocho
días era una porquería y necesitaban aggiornarlo un poco más; o que mi inglés,
cuando dije eso, estaba a peor de lo que yo creía. Porque ocho días en inglés es
«eight days» y medio año es «six months». Bueno, debí decir «eight days». Yo,
en todo caso, siempre lo he dejado claro que estábamos en situaciones muy
distintas. El caso es que yo, durante los ocho días en que estuve detenido —y
que no fui torturado—, me extrañó muchísimo enorme profesionalidad de ese
ejército en la máquina de moler carne que era la represión. Pero una verdadera máquina
de moler carne, pero iqué bien lo hacían! Cómo respetaban cada paso: era como
una obra de teatro no de teatro kabuki. Todos nosotros interpretábamos una obra
de teatro japonesa —sin que nadie supiera hablar japonés, por supuesto— y que
nos daba una sensación de irrealidad, de sueño. Por ejemplo, durante esos ochos
días un compañero se quiso suicidar. ¡Y va el tonto y lo dice! «Si te quieres
suicidar no lo digas, isuicídate!» Y este tipo dice: “Yo no aguanto más. O me sacan
de este limbo o me suicido». Lo sacaron del limbo. Lo tuvieron veinticuatro
horas en una celda de castigo de presos comunes y al cabo de ida veinticuatro
horas volvió y yo nunca he visto en mi vida –tenía veinte años— salir a alguien
más o menos entero y ver cómo regresa alguien absolutamente demolido. Y claro,
esto Io hicieron ellos en su estructura de teatro kabuki simplemente para
convencerlo de que no se suicidara, de que dentro de lo mal que él estaba no
estaba nada mal. Era como una especie de psicoanálisis, pero como si en vez de
que te diera el psicoanálisis un psicoanalista te lo diera un carnicero
psicópata, pero que se refrenaba siempre. Y tenía un cierto encanto, sobre todo
si uno lo veía con veinte años y bajo la óptica del humor negro. Por supuesto
que si yo hubiera tenido mujer e hijos, me hubiera sentido muy mal y hubiera
intentado suicidarme. Bueno, de hecho a los veinte años uno está siempre
haciendo teatro y en algún momento pensé: «esto va a ser interminable y esto es
kafkiano, y lo mejor que puedo hacer es suicidarme».
MARIO SANTIAGO
Notas para una autobiografía, Roberto Bolaño, p. 242
¿Podría entonces decirse de
Ulises Lima, siguiendo este juego de máscaras, que se trataría de un trasunto
de tu amigo Mario Santiago, de cuya muerte supimos por tu dedicatoria en Los
detectives salvajes?
Sí, fue algo realmente rarísimo.
La literatura y la vida están llenas de casualidades rarísimas. Una de las que
más me han dolido es que justo el día después de terminar yo de corregir Los
detectives salvajes, Mario murió y me dejó choqueado. Fue una muerte infame: lo
atropelló un coche y se dio a la fuga. Mario era alcohólico terminal, pero
estaba bien, hubiera podido continuar mucho tiempo más bebiendo. Bebía a tumba
abierta. Y una madrugada, vete a saber en qué arroyo andaría, con quiénes, no
se supo nunca, lo atropelló un coche que lo deja herido de muerte y se da a la
fuga. Al menos ésa es la explicación oficial. Lo recoge una ambulancia al cabo
de un tiempo, Io llevan a un hospital, muere en el hospital, nadie sabe quién
es y se pasa una semana en la morgue sin nadie que Io vaya a buscar. Un rollo
terrorífico. En México, en enero del 98. Fue bastante jodido. Y es curioso,
porque en Los detectives salvajes el que parece que va a morir es Belano y Lima
parece que va a vivir, y en la vida real ocurrió todo lo contrario.
ROQUE DALTON
Notas para una autobiografía, Roberto Bolaño, p. 232
Creo que no se trata de elegir a
un solo poeta. Entre los poetas que has mencionado, para mí. Roque Dalton fue
un poeta al que admiraba como sólo los jóvenes veinteañeros pueden admirar o,
más bien dicho, querer a los escritores. . A los veinte años se quiere a los
escritores. A los cuarenta y seis. como tengo ahora yo, a lo más que llegases a
admirarlos, pero no a quererlos. Yo lo que siento ahora es cariño por jóvenes
escritores. A Roque Dalton lo quisimos mucho y, además, encarna, de alguna
manera, la figura canónica del intelectual latinoamericano que sabe ser
Valiente. Es lo que dice Borges en unos versos: “Nunca un hombre se arrepiente
/ de haber sido valiente”; son muy sencillos, pero de una justeza total. Y creo
que es cierto, aunque tal vez, en según qué cosas, sí que se arrepiente, Pero,
generalmente, nunca. O sólo cuando la responsabilidad de uno se bifurca, se
extiende, y toca la vida de otros. Cuando tu valentía implica poner en juego o
en un brete a gente que no ha pedido entrar en esa disyuntiva de ser valiente o
ser cobarde, sobre todo cuando ésta supone. a veces. morir. Y Roque Dalton era
eso, el hombre que fue valiente, que tuvo una muerte horrible y, al mismo
tiempo; dentro de una tradición de humor negro, una muerte de la que te podías
reír a gritos: pasa toda una noche discutiendo con los comandantes de la
guerrilla salvadoreña y propone no empezar la lucha armada; los comandantes lo
escuchan —todos son muy jóvenes, todos menores que él—, se hace tarde y Roque
Dalton Se acuesta; los comandantes siguen hablando entre ellos y deciden que
nada, que la lucha armada tiene que empezar, y que Roque Dalton tiene que
morir. Y mientras está dormido, va uno y le pega un tiro en la nuca. Es una
cosa atroz, como para fortalecer la fe en los movimientos revolucionarios.
LAS BIBLIOTECAS MAÑANA
Aquí y ahora: Cartas, Paul Auster, JM Coetzee, p. 190
No cabe duda de que al diseñar la
biblioteca los arquitectos siguieron el consejo de los bibliotecarios, esos
bibliotecarios de la nueva generación que consideran que los libros están
anticuados, y que sueñan con una biblioteca sin papel.
¿Qué tiene esa gente contra los
libros? ¿Por qué no comparten mi idea de la biblioteca como hectáreas y
hectáreas de estanterías sumidas en penumbra que sostienen hileras
interminables de libros apelotonados extendiéndose hasta el infinito en todas
direcciones?
El argumento en contra de la
biblioteca borgiana es casi demasiado tedioso como para repetirlo: demasiado
tedioso y demasiado concluyente, en una época en que la economía ha sido
proclamada reina de las ciencias. Y es que los libros ocupan demasiado espacio.
No hay forma de justificar la preservación de un objeto físico que ocupa veinte
centímetros por quince por tres de costoso espacio, y que además puede pasarse
décadas y hasta centurias cogiendo polvo en una estantería sin que nadie Io toque
ni lo lea. Si dejamos a nuestros seres amados difuntos dentro de agujeros en el
bien los consignamos a las llamas, ¿por qué iba a ser un sacrilegio deshacerse
de los libros muertos?
Deshacerse de los libros, reemplazarlos
por imágenes de libros, imágenes electrónicas. Deshacerse de los muertos, reemplazarlos
por fotografías.
Me llena de aflicción la
perspectiva de las bibliotecas del futuro. Y estoy seguro de que muchos
comparten ese sentimiento. Pero, sentimentalismos aparte, ¿qué puede justificar
esa aflicción? ¿Un ansia de realidad en un mundo de sombras? Los libros no son
reales, por lo menoS no lo son en ningún sentido importante. Las letras mismas
de las páginas son signos, imágenes de sonidos, o sea imágenes de ideas. El
hecho de que lo que llamamos libro se pueda coger con las manos y tenga Olor y
tacto propios es un simple accidente de su producción que no tiene relevancia
alguna para lo que transmite el libro.
INCIPIT 1.622. NOCTURNO DE VENECIA / JOHN BANVILLE
Crepúsculo, una habitación desierta, un retazo de seda negra sobre una mesa de mármol, aguas que se oscurecen más allá. Esa era la escena, deshabitada, oscura y silenciosa, con la que soñaba desde hacía meses, a menudo dos o tres noches seguidas, siempre el mismo sueño, el mismo cuadro, más o menos, más que menos. ¿Qué quería decir, qué significaba? No lo sabía, no acertaba a imaginarlo, y el enigma que lo envolvía me inquietaba casi tanto como el propio sueño. Suponía que de alguna forma tendría que ver con Venecia, pues en Venecia pasaríamos mi esposa y yo los primeros meses del nuevo año —y, de hecho, del nuevo siglo—, y naturalmente me obsesionaba aquella ciudad misteriosa, por no decir fantasmal, enclavada, de manera increíble, en medio de un pantano.
Lo más llamativo del sueño, aparte de su carácter repetitivo, era que los escasos objetos que en él aparecían —la mesa, el pedazo de tela arrugada, la ventana que daba a lo que yo suponía que era la laguna— se me antojaban de algún modo familiares, hasta el punto de que cuando empezaba a despertar, perplejo y angustiado, en una maraña de sábanas húmedas y con la boca seca, estaba convencido de que la habitación soñada era una habitación de Venecia que había visitado y, más que visitado, en la que me había alojado. Sin embargo, ¿cómo era posible, dado que no conocía la ciudad, que nunca había estado allí?
ROSEMARIE
La intriga del funeral inconveniente, Eduardo Mendoza, p. 57
Rosemarie había sido una niña
risueña y revoltosa hasta los once o doce años de edad, momento en que se
volvió retraída y como abismada en sus pensamientos. En el colegio adquirió fama
de altiva y distante; no tenía amigas y parecía refractaria a los fogosos y
efímeros enamoramientos primaverales propios de la adolescencia hasta que, a
poco de concluido el bachillerato, se cruzó en su camino un joven de origen
oscuro, que decía ser primo de Rafa Nadal y, como éste, tenista profesional con
un futuro brillante. Para granjearse su interés, Rosemarie se hizo pasar por la
primogénita de un rico terrateniente urbano: no había barrio de Barcelona donde
su padre no tuviera terrenos, bien edificables, bien gravables con censos
fiduciarios. Confiados en estas vagas premisas, ambos decidieron irse a vivir
juntos a Madrid, donde el tenista tenia su residencia. El señor y la señora
Alibey se hacían cruces.
—Hija, no le conocemos de nada
—le hacían ver-, ni siquiera te ha enseñado la foto de él con Rafa Nadal.
Al llegar a Madrid, Rosemarie
descubrió que el tenista vivía en un apartamento pequeño y mal ventilado que
compartía con otros dos zánganos; que no sólo no era pariente de Rafa Nadal,
sino que no era tenista: ni siquiera tenía una raqueta. Era un cazadotes
ingenuo que se había creído las mentiras de Rosemarie y contaba con la fortuna
de ella para resolver su subsistencia. La relación se rompió de inmediato y
ella regresó a Barcelona. La humillación sufrida acentuó su retraimiento; buscó
un trabajo rutinario en una oficina, se independizó y a pesar de su temprana
edad se consideraba a sí misma una solterona irredenta.
TOYOTA
La intriga del funeral inconveniente, Eduardo Mendoza, p. 50
—Te pondré un ejemplo para que lo entiendas. Durante siglos, la Iglesia envió misioneros al Extremo Oriente para sembrar en aquellas remotas tierras la semilla de la verdadera fe. Con resultados poco satisfactorios. Los japoneses son de natural reacios a todo cuanto viene del extranjero, por lo cual, apenas un misionero ponía el pie en su país, lo liquidaban. Ya sabes cómo eran de hábiles con la catana: sacar, tajar y envainar en un abrir y cerrar de ojos. De este modo, muchos mártires alcanzaron la gloria. Hoy en día, las cosas han cambiado y con ellas el método de penetración: el año pasado, y cito una información aparecida en el Financial Times, la Santa Sede firmó un acuerdo con la casa Toyota, en virtud del cual un uno por ciento de los vehículos sale de fábrica con la medalla de san Cristóbal en el salpicadero. Si tienes en cuenta el volumen de exportación de esta marca de automóviles, verás que es un paso gante. Y una prueba más de la resistencia apostólica- ¿Lo has entendido ahora?
—No. señor —dijo Ramoncito Valenzuela.
que no había entendido el cortés rechazo del prelado
INCIPIT 1.621. LA INTRIGA DEL FUNERAL INCONVENIENTE / EDUARDO MENDOZA
R. V. Barcelona. Ayer tuvo lugar el sepelio de un fulano que apareció asesinado anteayer en su miserable domicilio. El acto tuvo lugar, como queda dicho, en el tanatorio de Sants. Dicho tanatorio dispone de salas de velorio y de dos capillas amplias y muy bien puestas, pero en esta ocasión, dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking. Entre los asistentes al mencionado acto se encontraba la hermana del difunto, la cual guardó una actitud compungida hasta que apareció en su móvil un mensaje del supermercado que decía: «Se acabó la hambruna: dos lechugas por el precio de una», momento en el que abandonó precipitadamente el lugar. También estuvo presente un policía jubilado, toda vez que el difunto, en su juventud, había prestado servicios a dicho cuerpo de seguridad y, más tarde y por cuenta propia, había intervenido en la resolución de algún caso. Fue este asistente el único que tomó la palabra para expresar escuetamente el sentir general con la frase: «Se veía venir». A continuación, el empleado del tanatorio masculló: «Descanse en paz», y de este modo puso fin al sencillo funeral. En el susodicho lugar se encontraba también un individuo enfundado en una gabardina larga, con las solapas subidas, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Antes de que diera comienzo el acto, el citado individuo se acercó al empleado del tanatorio y le pidió ver por última vez al difunto, alegando que lo conocía de antiguo, a lo que el ya citado funcionario respondió con cajas destempladas que, una vez cerrada la caja, valga la redundancia, ya no se podía volver a abrir sin una orden judicial. Sin replicar, el individuo se retiró y permaneció un rato en un rincón; luego se fue procurando deambular por las partes más oscuras del recinto.
INIPIT 1.620. AQUI Y AHORA : CARTAS 2008-2011 / PAUL AUSTER, JM COETZEE
14-15 de julio de 2008
Querido Paul:
He estado pensando en las amistades,
en cómo surgen, en por qué duran –algunas– tanto tiempo, más tiempo que los
compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son
tibias imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto,
empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes que son
las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para nosotros,
particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo poco que se ha
escrito sobre el tema.
Pero luego me he preguntado a mí
mismo si esto es realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir
he ido a la biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me
podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había montones de
libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante recientes. Cuando fui
un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos libros, sin embargo, recuperé
algo de autoestima. A fin de cuentas yo había tenido razón, o por lo menos la
había tenido a medias: la mayor parte de lo que aquellos libros decían de la
amistad no tenía demasiado interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en
cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro
por qué la gente traba amistad y la conserva.
INCIPT 1.619. EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES / TATIANA TIBULEAC
INCIPIT 1.618. ISLANDIA / MANUEL VILAS
Las cosas verdaderamente importantes que ocurren en nuestras vidas suelen ser inenarrables. Por eso Islandia es una novela.
1 Ada y el adiós (largo lamento)
No me dejes, no imagino nada peor
que perderte.
Carta de Albert Camus a María
Casares (junio de 1944)
1
Veo gente feliz en el tren AVE,
hablan y sonríen. En especial en las mesas de cuatro viajeros. Contemplo a dos
matrimonios. Solo puedo ver los rostros de uno de esos dos matrimonios, un
hombre de unos sesenta años y una mujer tal vez de cincuenta y cinco. Llevan
una sonrisa encima que me parece amenazante, en el sentido de que yo no sonrío,
ni tengo motivos para hacerlo. Están en paz con todo y su rostro emana luz.
Están de vacaciones, deduzco, y van con otro matrimonio amigo, del que no puedo
ver sus rostros porque me dan la espalda. También me inquieta que el otro
matrimonio, que supongo feliz, me dé la espalda. Todo me aflige, todo engorda
mi suplicio personal. Enseguida, enseguida contaré mi dolor, mi angustia, o tal
vez mi desgarramiento, todo viene mezclado en este misterio de vivir.
Ahora se han levantado los cuatro
porque van al bar, y puedo ver que uno de los dos hombres lleva pantalón corto,
pues ya está cerca el calor, a pesar de que es mayo. Visten ropa cómoda. Y yo
tengo dentro de mí como una piedra, una piedra en el alma, una amputación o una
posesión, como si me estuviera torturando un demonio tan invisible como eficaz.
Me resulta amenazante la felicidad de esos dos matrimonios. Me recuerdan que no
he sabido lograr la serenidad, la paz. Me recuerdan que he fracasado, pero aun
así hay en mí un deseo poderoso de seguir adelante.
INCIPIT 1.617. NOTAS PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA / ROBERTO BOLAÑO
Notas para una autobiografía
«Yo nací en Santiago, pero nunca
viví en Santiago. Viví en Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes,
una zona llena de alcohólicos y espiritistas...»
INCIPIT 1.616. COSAS QUE BRILLAN CUANDO ESTAN ROTAS / NURIA LABARI
Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad.
INCIPIT 1.615. INDIGNIDAD / LEA YPI
PRÓLOGO: LA FOTO
–Estoy buscando el archivo del servicio secreto –digo
mientras me acerco al primer taxi aparcado en Comuna de París, una de las
bulliciosas calles de Tirana que conectan el centro de la ciudad con su circunvalación.
Dudo en llamarla mi calle, aunque he tenido en ella mi dirección en Albania
durante más de veinte años. Recién llegados a la capital en los noventa, la
pregunta «Tú no eres de por aquí, ¿no?» ya surgía con irritante regularidad
cada vez que entablaba una de esas conversaciones con desconocidos que de
entrada parecen inofensivas, pero enseguida se vuelven incómodas.
La mayoría de
la gente que vuelve a Tirana comenta lo mucho que ha cambiado la ciudad: ahora
hay más rascacielos, calles pavimentadas, cafés, bares y carriles para
bicicletas. Sin embargo, para mí es un lugar de pena, culpa y un sinfín de
posibilidades truncadas. No guardo buenos recuerdos de él; a lo sumo lo que
conservo son vínculos más bien fríos con algunas noticias de la tele, las
películas de los años comunistas y, en tiempos más recientes, los atascos de
tráfico. La estancia más larga que he podido soportar en la ciudad fue cuando
mi abuela murió y volví de Italia, donde estaba estudiando, para ocuparme de su
funeral.
INCIPIT 1.614. LA CHICA MAS LISTA QUE CONOZCO / SARA BARQUINERO
Proemio
Pensaron en ser aristotélicos,
pero la moderación virtuosa les resultaba ajena a sus principios. Quisieron ser
platónicos, pero algunos profesores del departamento de Clásicas de verdad
leían griego, lo que lo convertía en una opción arriesgada para la pereza
(además, en la Universidad a Distancia había un grupo de obsesos con los
presocráticos de los que preferían separarse por inexactos, vagos, meapilas
posmodernos sin sistema). El Medievo era para casi todos un vacío teórico, así
que quedaba descartado, excepto para recordar a veces «la alegría de los
cuerpos en pecado» con Foucault, en general cuando tocaba defender la
pervivencia de la capilla en la facultad contra las quejas de los estudiantes:
los cristianos sabían divertirse y conocían el perdón, no eran unos pelagatos.
Spinoza no los terminaba de convencer, les gustaba sentirse irreductiblemente
separados de la Totalidad y apenas ofrecía innovaciones al racionalismo
cartesiano, por mucho que se empeñaran los seguidores de Deleuze o Negri. La
política los asustaba, en general, a menos que fuera la de un liberal serio
allá por el XVII o XVIII, si acaso el atractivo perverso de Carl Schmitt. Ser
kantianos era la opción obvia, pero resultaba incómodo aceptar que cualquier
imbécil podía ser un fin en sí mismo; Hegel, muy complicado más allá de
invocarlo con o contra Marx; Nietzsche, demasiado mainstream y adolescente como
para permitirles ser pedantes.
INCIPIT 1.613. LA ANTARTICA EMPIEZA AQUI / BENJAMIN LABATUT
Un verdadero soldado no es un
hombre.
A los sesenta y cuatro años, el poeta
Karol Vasek fue postulado al Premio Nacional de Literatura, para sorpresa tanto
del mundillo literario como de la mayor parte de los lectores chilenos. Los
demás candidatos eran narradores o poetas de renombre, y uno de ellos había
ganado el Premio Príncipe de Asturias poco antes, así que todos pensaban que él
lo recibiría a modo de reconocimiento posterior, siguiendo ese reflejo tan
típico de Chile, que valora el éxito en el extranjero más que cualquier otra
cosa.
Según las bases de nuestro máximo
galardón literario, cualquier autor chileno que hubiese «consagrado su vida al
ejercicio de las Letras» podía ser nominado al premio, pero la candidatura de
Vasek fue completamente inesperada, y parecía imposible que el jurado la
aceptara. De su vida se sabía poco, de su literatura, todavía menos: había
nacido en el sur de Chile, publicado solo cuatro libros de poesía –imposibles
de encontrar– y servido en el Ejército chileno brevemente, durante los años
previos a la dictadura.
Eve Babitz
Didion y Babitz, Lili Anolink, p. 58
Movimiento #MeToo— si alguna vez
había que los hombres se aprovechaban de ella. Me miró abriendo mucho los ojos
detrás de aquellas gafas a lo Marilyn en Cómo casarse con un millonario. y dijo:
«¿Qué hombre podría aprovecharse de mí? Lo normal era que me acostara con ellos
antes de tener ocasión de aprovecharse».
Pero., por otra parte, hablaba
sin libertad alguna. No sacaba los trapos sucios o entraba en detalles impúdicos
a no ser que la empujaras a ello. E incluso así, no soltaba. Por ejemplo, una
vez tuve que preguntarle por el paquete de un antiguo novio suyo, el cantante
de Jim Morrison. (YO estaba comprobando la histona había contado otro antiguo
novio). «Sí, supongo que la polla de Jim era grande —dijo—. Yo no me di cuenta.
Las polllas grandes nunca formaron parte
de mi... —hizo una pausa tratando de pensar en la palabra justa— criterio».
La casa invadida
Reina del grito, Desirée de Fez, p. 198
La casa invadida
SARA MESA, escritora
En Un amor, la protagonista alquila una casita y su casero,
que es una persona muy invasiva, entra incluso cuando está ella dentro. Es un
miedo que siempre se me ha manifestado a través de sueños, que alguien entrara
en mi casa c invadiera mi espacio. Yéndome un poco por el psicoanálisis, diría
que hay un miedo a la violación, porque ahí entran en tu intimidad. Además, en
los sueños se supone que la casa eres tú.
Este asunto de los límites de la privacidad y la intimidad,
de cómo una persona consigue entrar en tu vida hasta el punto de modificar tus
conductas y de hacer que te tengas que ocultar o que tengas que fingir... Eso
es un tema recurrente mío y es lo que realmente me da miedo: todo lo que
conlleva una pérdida de libertad con las personas que te rodean (y que muchas
veces, teóricamente, son quienes te quieren).
ICARIA
Koljós, Emmanuel Carrère, p. 379
ICARIA
El presente
La población de Ucrania se divide
hoy en dos bandos: los que luchan y los que no. Se supone que todo el mundo, al
menos los hombres, tiene que luchar, pero los más listos se las arreglan para
escaquearse. Inicialmente voluntarios, y cada vez más a menudo movilizados
contra su voluntad, los civiles que luchan son considerados héroes pero,
conforme la guerra se alarga y se empantana, ese heroismo se vuelve cada vez
más desesperado. Los que están en el frente tienen cada más claro que solo
volverán en un ataúd, u horriblemente mutilados. Las vidas de los combatientes
son vidas arruinadas. Inevitablemente, la unidad nacional de los primeros dias
se resquebraja. Los que sirven de carne de cañón ya no se contentan con mirar
por encima del hombro a los que se esconden y a los fugitivos. Los odian. No
les faltan motivos, como tampoco les faltan para temer que a la guerra con Rusia
la siga una guerra civil.
“Vivíamos tan bien”
Koljós, Emmanuel Carrère, p. 52
“Vivíamos tan bien”
En verano, en el curso de
almuerzos en los que rara vez se
juntaban menos de diez comensales, a veces ocurría que el mayordomo se
inclinaba hacia el señor y le decía al oído que fuera había un grupo de aldeanos que querían verle. El
señor arrugaba la servilleta, rogaba que lo excusaran y salía a ver a los
aldeanos. Venían a pedirle que mediara en tal o cual conflicto rural, o a
reivindicar derechos: dejar pastar a su ganado en los prados del señor, coger
setas en sus bosques o talar algunos árboles. Si, como solía ocurrir siempre,
se les concedía la petición, una veintena de brazos vigorosos levantaban al
señor y, en señal de gratitud alegre, lo lanzaban al aire como si fuera una
crepe. La familia y los invitados seguían comiendo, las miradas dirigidas a las
ventanas entreabiertas tras las cuales tenía lugar esa experiencia de
levitación. «Allí aparecía, durante un momento, la figura de mi padre con su
traje blanco de verano ondulado por el impulso, magníficamente despatarrado en
el aire, las extremidades en una actitud curiosamente despreocupada, sus bellas
e imperturbables facciones vueltas hacia el cielo. Por tres veces, impulsado
por los potentes envites de sus invisibles lanzadores, volaba de esa guisa, y
la segunda vez subía más alto que la primera, luego, en el último y más elevado
vuelo, aparecía reclinado, como si fuera para siempre, contra el azul cobalto
cielo de mediodía de verano.» Nunca, en ningún sitio, he oído hablar de este ritual que Nabokov
describe así en recuerdos de infancia, y me pregunto si se lo inventó, fue algo
excepcional que ocurrió una vez y adquirió el rango de leyenda o si, como
parece indicar el uso del imperfecto, era relativamente frecuente en casa de
los Nabokov y solo en su casa.
NABOKOV
Koljós, Emmanuel Carrère, p. 38
Nabokov era una especie de extraterrestre; a veces, leyéndolo, uno dice que era al Homo
Sapiens lo que este era al cromañón: un ser más elevado en la escala la
evolutiva, dotado en grado sumo de facultades que en la mayor parte de sus congéneres se hallaban
en un estado tosco e incipiente. Su agudeza sensorial solo es comparable a su
capacidad de describir y nombrar. Los
insectos, las setas, las hierbas, nada en su mundo iridiscente es genérico. “Una
mariposa”, eso no existe; o solo en la cabeza abstracta y reseca de
intelectuales como mi abuelo, lo que existe es el ícaro azul, el taladro rojo,
el piral del roble y de la encina, el arrán marrón, la carmelita de Sievers. la
geómetra esmeralda. Nabokov distinguia al oído el rumor en el aire de las hojas
del álamo temblón, del carpe la madreselva o el chopo negro y escribía con con
fluidez, mientras párrafos como: “Una sensación de seguridad, de bienestar, de
calor estival impregna mi memoria. Incólume realidad que convierte el presente en
un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de entrar en la
habitación y da con el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará
jamás, nadie morirá nunca”
INCIPIT 1.612. REINA DEL GRITO / DESIREE DE FEZ
Prólogo
El miedo
—Nico, ponte el abrigo, que
llegamos tarde a la guarde.
—No.
—¿Cómo que no? Venga, que Elliott ya está listo.
—Que no. Que me quiero quedar con
los yayos.
—¿Con los yayos? Los yayos están
en su casa, no pueden venir ahora. Además, tienes que ir a la guarde como todos
los niños.
—No.
—¿Pero por qué?
—Porque tengo muchísimo miedo.
Recuerdo perfectamente que era
lunes, la última semana de cole antes de las vacaciones de verano, y me quedé
un rato clavada en la cocina. con la boca abierta. intentando asimilar lo que
acababa de decirme mi hija de dos años.
Mi madre, mi hermana y yo. Todas
las mujeres de mi familia somos fuertes, muy fuertes de hecho, pero tenemos
mucho miedo. Puede parecer contradictorio, no lo es: hay que acabar de una vez
por todas con esa idea. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Las tres
tenemos mis miedo de lo normal, más del que debiera estar permitido.
INCIPIT 1.611. 1922 / ANTONIO RIVERO TARAMILLO
Gasta corbata lisa de listas, de lazo simple. Lleva desabotonado el último botón de lacCamisa como para resolver, por ahí, toda la complejidad llena de nudos que enmaraña su cerebro. Alas de mariposa blanca o celeste, los cuellos de la camisa se posan sobre la chaqueta como esperando que alce el vuelo algún pensamiento, No siempre camisa y corbata están a juego con la barba bermeja y la pelambrera del mismo color que incendian, acompañando a sus palabras nunca tibias, la habitación en que esté.
Comienza el año, el primero de la
nueva era -p-. s. U., post scríptum Uilixi- que él, Ezra Pound, ha nombrado
como «posterior a que se haya escrito Ulises»: después de la novela de James
Joyce, que ha ido apareciendo por entregas y a la que el irlandés ha puesto fin
la noche del 29 al 30 de octubre. En realidad. Ezra no ha echado un cable a
Joyce para que salga a la luz Ulises. Le ha echado todo el cordaje, menos el relajado
nudo de su corbata. Tiene ideas acerca del patrocinio de los mejores, cree que
estos deben escribir sin presiones ni agobios económicos; y él está dispuesto,
como lleva ya haciéndolo un tiempo, a mediar, a conseguir ayudas y recursos, a
canalizar las obras más valiosas para que lleguen a los destinatarios que las
esperan; aunque estos no lo sepan todavía. Por ejemplo, las de James Joyce y
las de T. S. Eliot.
INCIPIT 1.610. EL PEZ EN EL AGUA /MARIO VARGAS LLOSA
I. Ese señor que era mi papá
Mi mamá me tomó del brazo y me
sacó a la calle por la puerta de servicio de la prefectura. Fuimos caminando
hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 o los primeros de
1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había terminado el
quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y
asfixiante calor.
—Tú ya lo sabes, por supuesto
—dijo mi mamá, sin que le temblara la voz—. ¿No es cierto?
—¿Qué cosa?
—Que tu papá no estaba muerto.
¿No es cierto?
—Por supuesto. Por supuesto.
Pero no lo sabía, ni remotamente
lo sospechaba, y fue como si el mundo se me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá,
vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creí muerto? Era una
larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que había
vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido
cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la
Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba,
primero, y, desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí,
en Piura. Una historia de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui
descubriendo después, a medida que la reconstruía con datos de aquí y de allá y
añadidos imaginarios donde resultaba imposible llenar los blancos— había
avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad) y destruido la
vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.
Familia Bellelli
La Follie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 220
Pero se nota una novedad de forma dramática en Familia Bellelli, un cuadro capital que acompañó durante siete años la juventud de Degas. Titulado en un principio Retrato de familia -referido por tanto a algo que es un núcleo por excelencia-, este cuadro se articula en torno a un vacío central. El padre da la espalda al pintor y las cuatro figuras miran en direcciones distintas. Es como si cada una quisiera excluir a todas las otras de su campo visual, como sucede también en un retrato de las hermanas Bellelli solas. Son entidades psíquicas decididas a no rotarse. La madre tiene una mirada tan fija y ausente que podría parecer ciega. Las dos niñas se muestran reacias: la más cercana al centro desvía la mirada del pintor con visible desaire. hasta el punto de invalidar su posición axial. La otra fija la mirada en el pintor, aburrida, como si dijera: «¿Cuándo terminará este tormento? El padre ignora al pintor y sobre todo no tiene mirada. Sabemos por diversos testimonios que la familia Bellelli estaba cargada de asperezas y resquemores que la convertían en un ejemplar infierno doméstico. Un Strindnerg del sur.
FAULKNER!!!!!!
Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 252
Hasta ahora no había caído en mis
manos la segunda novela de William Faulkner, Mosquitoes, que se publicó en 1927 y de la que
había oido decir que era muy mala. En efecto, es malísima. Uno de esos libros
en los que es dificil concentrarse porque todo en ellos suena falso: la
anécdota, los personajes, la estructura, el estilo.
Está situada en Nueva Orleans y
describe una accidentada excursión en yate que dura cuatro días y en la que
participan una docena de intelectuales y snobs de la ciudad. Quiere ser una
sátira, mostrar la frivolidad y la estupidez con que ciertos ricos entienden la
cultura y la vanidad y el cinismo de ciertos artistas, Io corruptibles que son.
Pero todo es tan obvio. repetitivo y caricatural en la historia que lo que el
libro realmente consigue es aburrir. Hay en sus páginas una sobrecarga que hace
más patentes sus defectos. Por ejemplo, el afán de experimentación, que ha
llevado al autor a emplear distintos puntos de vista, de tono, a abusar de las
metáforas (algunas de un chirriante mal gusto modernista: "Ias ratas eran
arrogantes como cigarrillos”), en vez de dar mayor complejidad a la ficción,
acentúa su naturaleza artificial, ese desajuste entre las partes que es siempre
un obstáculo para que la historia sea persuasiva, obligatoria y hechice. Entre
los personajes —escultores neuróticos, señoras lesbianas. involuntarias libertinas,
poetas estreñidos, un inglés ridículo y un maníaco sexual— ninguno es todavía
-faulkneriano", con la excepción tal vez de Mr. Talliaferro, premonición
de los grandes cretinos obsesos del condado de Yoknapatawpha.
BATAILLE
Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 12
Hacia 1925 Bataille leyó en una revista
el “Essai sur le Don”, del sociólogo Marcel Mauss, que tendría una repercusión
sísmica en su obra. El resultado inmediato fue un artículo. -La notion de
dépense-. en el que. a partir de la teoría de Mauss sobre la institución del
"potlach" y la "práctica de las prestaciones totales” en los
pueblos primitivos, sostuvo que contrariamente a lo que se creía axioma
inmutable, el impulso primero y mayor de la vida humana no era producir sino consumir.
gastar y no conservar, no construir sino destruir. Este texto es la primera
piedra de su teoría del "intercambio generalizado". magistralmente
expuesta en “La part maudite” (1949), el más ambicioso de sus libros y el único
en el que trató de sistematizar una interpretación del mundo. Resumo la tesis
central. Hay un excedente de energía sobre el globo terrestre —insuficiente
para absorber toda la vida solar que recibe— que debe ser sistemáticamente
liquidado para asegurar la continuación de la vida. Ocurre no sólo en la
naturaleza, el orden vegetal y el animal, sino también en el humano, aunque en
éste la perpetua operación de aniquilamiento y derroche adopta formas más
sinuosas que los apocalipsis geológicos o las carnicerías animales. La
demarcación entre animalidad y humanidad está en las respuestas que ha dado el
hombre, a lo largo de la historia, a esa obligación en que se halla, como todo
lo existente, de quemar la energía sobrante. La prodigalidad, el erotismo, el
lujo, los excesos, la muerte: su función profunda es contrarrestar el esfuerzo puramente
productivo, sujetar el crecimiento de la vida dentro de las fronteras de lo
posible. Todo, o casi, encuentra su fundamento en esta maldición destructiva
que pesa sobre la vida: los sacrificios humanos, las guerras, las religiones, la
reforma calvinista, hasta los donativos del Plan Marshall. El supuesto de
Bataille es que toda sociedad produce más de lo que necesita para su
subsistencia y dispone siempre, por lo tanto, de un excedente.
LA REDENCION
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 415
-Sí- dice el cura, haciendo
esfuerzos por seguir a las pertenencias de Beppe mientras rememora la narración
de Zaggia.. El caso, me explicó su amigo, es que todo el drama de Jesús apunta
al motivo de la Redención. Sin ella, la peripecia del Hijo carece de relevancia.
La Redención, y no otra circunstancia, es la piedra angular de la cristiandad y
el fundamento de la cristología. El resto es atrezo, condimento, pero sin la
pasión y la muerte de Jesús, su aventura, y con ella la de millones de creyentes,
carece ya no solo de grandeza, sino de sentido. Hasta aquí su amigo no había
dicho nada que me sorprendiera, por descontado. Lo asombroso, prosiguió su amigo,
uy el dato que yo desconocía, y que nadie, nunca, en mis años de formación tuvo
a bien compartir conmigo, es que la Iglesia copta, la heredera de la antigua
Iglesia de Alejandría, demuestra ser la más honesta entre todas que existen al
contemplar en su santoral una fecha, el 25 de junio, dedicada a la figura sin
la cual la Redención hubiera sido inviable: Poncio Pilato. Hay en ello, según
su amigo, una justicia que, sin ser poética, es preclara. Pues Pilato, dijo su
amigo, y esas palabras sí que las recuerdo, como si las estuviera escuchando
otra vez en este instante, Pilato es el mecanismo averiado que,
paradójicamente, permite que el reloj dé la hora exacta.
FASES
Arca, Ricardo Menéndez Salmón. p. 97
Aprendí, por ejemplo, a
distinguir las fases de descomposición por las que transita cualquier cadáver,
la economía de la destrucción que el tiempo impone a la materia. Supe que en la
primera fase o cromática, la piel pasa del blanco al rosa, del rosa al verde y
del verde al azabache; que las venas se siluetean con tanto rigor y precisión
que el cuerpo, ya renegrido, recuerda una espectacular tela de araña. Acepté
que en la segunda fase, o enfisematosa, los gases abandonan el cadáver por los
orificios del ano, las fosas nasales y la garganta, pero que hay tantos gases
acumulados en un cuerpo que el recipiente se infla como un colchón neumático,
pues todo crece: los genitales, los globos oculares, la lengua que es. capa de
su caverna como una avalancha de carne. Toleré que en la tercera fase, o
colicuativa. los líquidos siguen a los gases en su evacuación; que se forman
ampollas sin número que expelen líquidos parduzcos; que cada oquedad expulsa su
colección de detritos; que una mugre inaudita sale de dentro del organismo y lo
invade todo con ardor metífico. Asumí, en fin, que en la cuarta y última fase.
o esquelética. nos convertimos en haces de tendones. de uñas y de huesos; que
la piel se transforma en un pergamino que un golpe de Viento podría rasgar como
una hoja seca. Esas fases no se enseñan en la escuela junto a las fases de la luna o las fases del
sueño. Ese ciclo, ese conocimiento, esa circunstancia le es hurtada al hombre
corriente, a pesar de que será su destino como cadáver recorrer sus etapas si
no opta por la cremación. Y esa es la clase de sabiduría que me entregó el don,
algo que no se encuentra en el quiosco junto a la prensa diaria ni en las horas
lectivas del instituto. Algo que los padres, los sacerdotes, incluso los
mejores amigos no mencionan.
incipit 1.609. KOLJOS / EMMANUEL CARRERE
1. EL HOMENAJE DE LA NACIÓN
Los órganos constitucionales
El 3 de octubre de 2023,
cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra
madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras,
condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el
adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de
Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas
de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del
inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la
Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire–
y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la
República. Durante una hora, el sol calienta que es una delicia. Luego
desaparece tras el tejado y de pronto hace mucho frío. Nos arrepentimos de no
habernos abrigado más. Nuestro padre, sentado en una silla de ruedas, va
envuelto en una manta. No sé qué entiende, exactamente, de lo que está pasando.
A ratos parece olvidar que se ha quedado viudo.
INCIPIT 1.608. EL EDIFICIO / DAVID MONTEAGUDO
LA ARAÑA
Acababa de entrar en la habitación. No había dado ni dos
pasos, en dirección a la librería, cuando vi la araña. Me paré en seco. Al
principio sólo vi una mancha oscura en el techo, algo que mi vista detectó
inmediatamente como una presencia inhabitual en la estructura de la habitación,
algo que no tenía que estar ahí. Después, cuando dirigí la mirada hacia ella,
pensé por unos instantes que se trataba de algún objeto decorativo, una lámpara
o algo por el estilo. Me recordó fugazmente a la lámpara que hay en el Palau de
la Música, no por el color, sino por la forma, por la estructura, que es como
si el techo se hubiera licuado hasta condensar una gota que empieza a colgar
formando un bulto redondo. Y de pronto me di cuenta, con un escalofrío que me
recorrió todo el cuerpo, de lo que era en realidad.
Para explicar las cosas hay que construir frases y acumular
un montón de palabras. Pero el pensamiento va mucho más rápido. Todo el proceso
mental que he descrito no duró, en realidad, ni un segundo. Seguramente,
percibí la presencia de la araña cuando todavía estaba dando el último paso; y
cuando el pie se apoyó en el suelo, mi mente ya había transitado por todas las
fases que he descrito. En realidad, todo el episodio que voy a narrar sucedió
en un lapso de tiempo vivido con una agónica intensidad pero
extraordinariamente fugaz, inferior, en todo caso, a los diez segundos.
INCIPIT 1.607. COLOQUIO DE INVIERNO / LUIS LANDERO
8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
INCIPIT 1.606. COMERAS FLORES / LUCIA SOLLA SOBRAL
El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir
INCIPIT 1.605. EPIFANIA / ISRAEL MERINO
Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno
contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que
estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo.
Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas
hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía
a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que
presagiaban la primavera.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
STALIN
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 308
-¿Quién considera que ha sido el
escritor más portante del siglo veinte? -pregunta.
-No soy aficionado a los juegos
que plantean pre guntas sin respuesta, Claudio. No lo sé. ¿Proust?
-No le he preguntado por el mejor
escritor, sino el más importante.
-¿Lo ve? Por eso no quiero jugar.
De verdad. Dígamelo usted.
-Vamos –insiste-, no sea
aguafiestas. Pruebe. Aventure otro nombre.
-Joyce, Borges, Faulkner- digo, a
sabiendas de no son los nombres que Zaggia quiere escuchar.
-Tampoco le he preguntado por los
escritores más importantes para la historia de la literatura, sino por el más
importante a secas. Incluso para quienes nunca han leído un libro. Buscamos un
sismógrafo, alguien que haya detectado el ruido particular de la época.
- Kakfa.
-Ahora habla en serio.
- Beckett
-No se extravíe. Regrese al
mundo, Beckett escribió para destruir la posibilidad del lenguaje. No está de
nuestra parte. Nosotros buscamos luz, queremos comprender.
-¿Orwell?
-Magnífico. Extraordinario, en
realidad. Aunque Kafka y Orwell nos entregan el mapa incompleto. Falta el nexo
que los une, Le doy otra oportunidad.
-No se me ocurre nadie que los
supere —reconozco- Hay epígonos, pero no son ellos.
-Stalin -anuncia Zaggia sin que
le tiemble la voz-. Stalin sintetiza en la vida cotidiana las ficciones que
Kafka y Orwell plasmaron en papel. Su obra, la Unión Soviética, abraza el
hallazgo central de Kafka, la idea de que vivir es sinónimo de ser culpable, y
el descubrimiento basilar de Orwell, la certeza de que quien detenta el
discurso detenta el poder y, por extensión, detenta la capacidad de que la
realidad diga lo que el poder necesita.





























