Confesión del autor
The uncertain glory of an April
day... Todo devoto de Shakespeare conoce estas palabras: y si yo tuviese que
resumir mi novela en una sola línea, no lo haría de otra manera.
Hay un momento en la vida en que
parece como si nos despertásemos de un sueño. Hemos dejado de ser jóvenes.
Claro que no podíamos serlo eternamente, ¿y qué era, ser jóvenes? Ma jeunesse
ne fut qu’un ténébreux orage, dice Baudelaire; quizás cualquier juventud lo ha
sido, lo es, lo será. Una tormenta tenebrosa atravesada por relámpagos de
gloria –de incierta gloria–, un día de abril...
Un oscuro afán nos mueve durante esos
años atormentados y difíciles; buscamos, de manera consciente o no, una gloria
que no sabríamos definir. La buscamos en muchas cosas, pero sobre todo en el
amor: y también en la guerra, si la guerra se nos cruza. Como fue el caso de mi
generación.
La sed de gloria se vuelve, en
ciertos momentos de la vida, dolorosamente aguda; y tanto más aguda será esa
sed cuanto más incierta sea la gloria de la que estamos sedientos; quiero
decir, más enigmática. Mi novela trata precisamente de capturar alguno de estos
momentos en alguno de sus personajes. ¿Con qué resultado? No me corresponde a
mí decirlo.
Pero sé que mucho le será perdonado a
quien mucho haya amado. En otro tiempo era más viva la devoción por san Dimas y
por María Magdalena; quizás no corría tanta pedantería como ahora y la gente no
trataba de disimular con tesis, mensajes y teorías abstractas el fondo
apasionado que todos llevamos dentro.






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