El libro de plata, Olivia Laing, p. 86
Es así como Nicholas se ve
sentado a unos centímetros del suelo en el asiento del copiloto del Alfa plateado
de Pasolini. No puede reprimir la sonrisa al verlo aparcado en la calle, con
sus ojos de rana llenos de brillo. Mejor que vuestro Cinquechento, dice Pasolini.
Le ofrece un chicle de tira, pone el coche en marcha. Mastican al unísono. Pasolini viste muy ceñido, con la
ropa pegada a un cuerpo que no tiene ni una onza, ni un gramo de grasa. Tiene
que exigir mucho trabajo, mucha contención lucir este aspecto. Sabe que Pasolini es más viejo que Danilo.
a quien ya le cuelgan las carnes, pero está a gusto con el cuerpo que tiene. Vaqueros
azules ceñidos, camisa vaquera ceñida. Hay un chaquetón de lana tirado atrás. Se
nota que es que es marica, pero
no puede decirse que lo proclame a los cuatro vientos como algo decorativo. El
tono que mantiene es de hombre a hombre, de una masculinidad sin adulterar, una
actitud tan rigurosamente fabricada que en cierto modo parece falsa, sobre todo
si se compara con el amaneramiento camp de Dani, que es relajado y desenvuelto.
Piensa en estas cosas al mismo
tiempo que es consciente de que la proximidad de ese cuerpo tenso, duro, tiene
un efecto sobre él. No atracción, no exactamente. Se trata más bien del cambio
de presión que se produciría en un volcán si fuera comprimido una y otra vez
hasta terminar reducido al tamaño una piedra. Pasolini está muy quieto, y es
una inmovilidad que apunta a un exceso de tensión, no a un letargo. Las imágenes
que a Nicholas le vienen a la mente son una serpiente y un cable de alta
tensión caído.






















