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En el principio eran una madre y
una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos
hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un
haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza
el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de
las sábanas dibujando su silueta entera —pies, piernas, torso, cuello— hasta
que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con
la palma de la mano y la despierto.
EL MUNDO
Llevaba un rato buscando algo así
como un nuevo comienzo. Injusto o extraño, quizás, pedirle eso al tiempo: la
posibilidad de empezar, de empezar de nuevo. Lo único que tenía que hacer, o
eso creía entonces, era responder a una pregunta: ¿cómo lo reinvento todo:
nuestra historia, nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de estar en el
mundo? Por ahora íbamos a ser solo ella y yo.




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