Los hermafroditas («aquellos de quienes se dice que reúnen en sí mismos los dos sexos») han sido sometidos durante mucho tiempo a un régimen diferenciado.
Un régimen jurídico regulaba las
incertidumbres de su identidad, puesto que el derecho civil y el derecho
eclesiástico mostraban un acuerdo casi completo. Cuando un individuo portaba en
sí el emblema de ambos sexos, era preciso atribuirle el que estuviera más
marcado: hombre o mujer según «el sexo dominante» o, como decían los textos más
antiguos, según el sexo que tuviera más calor y fuerza. Cuando los sexos se
mezclan, se determina cuál predomina por el número de rasgos, su importancia y
su visibilidad; no se busca reconocer el sexo verdadero: se estatuye a partir
del vigor comparado de ambos y se adopta el que prevalece: «En el año 1600, en
SaintSever, cerca de la ciudad de Ruan, la esposa de un hombre llamado Roland
dio a luz a un niño que tenía la marca de los dos sexos y, a la hora de
bautizarlo, para saber si debía ser presentado como niña o como niño,
observaron por cuál de las dos naturalezas orinaba; al ver que lo hacía por el
conducto femenino, fue bautizado como niña y no disfrutó de una vida larga. Ese
niño fue atendido por Catherine Mahom, comadrona, quien así me lo afirmó». Sin
embargo, cuando las marcas son ambiguas y las propias parteras dudan, entonces
deciden el padre o el padrino, pues a ellos corresponde el derecho de poner
nombre al recién nacido: «In dubio vero incalescentis sexus, prout placet
imponenti». Ahora bien, las cosas pueden cambiar con la edad; puede ocurrir que
se invierta la relación de fuerza entre los sexos yuxtapuestos; que el blasón
masculino se atenúe un poco o, a la inversa, crezca en detrimento del otro. Que
un «más bien niña» se convierta en un «más bien niño», o viceversa. Resulta
necesaria entonces otra decisión, que, de nuevo, debe atenerse a la naturaleza
si esta indica un claro predominio; pero si sigue mostrándose demasiado
confusa, es el propio sujeto quien debe elegir el sexo con el que quiere
casarse: «a ellos las leyes antiguas y modernas les han hecho y les siguen
haciendo elegir el sexo del que quieren hacer uso».






















