El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir
PINCIO
21 años sin opinar
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.606. COMERAS FLORES / LUCIA SOLLA SOBRAL
El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir
INCIPIT 1.605. EPIFANIA / ISRAEL MERINO
Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno
contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que
estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo.
Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas
hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía
a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que
presagiaban la primavera.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
STALIN
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 308
-¿Quién considera que ha sido el
escritor más portante del siglo veinte? -pregunta.
-No soy aficionado a los juegos
que plantean pre guntas sin respuesta, Claudio. No lo sé. ¿Proust?
-No le he preguntado por el mejor
escritor, sino el más importante.
-¿Lo ve? Por eso no quiero jugar.
De verdad. Dígamelo usted.
-Vamos –insiste-, no sea
aguafiestas. Pruebe. Aventure otro nombre.
-Joyce, Borges, Faulkner- digo, a
sabiendas de no son los nombres que Zaggia quiere escuchar.
-Tampoco le he preguntado por los
escritores más importantes para la historia de la literatura, sino por el más
importante a secas. Incluso para quienes nunca han leído un libro. Buscamos un
sismógrafo, alguien que haya detectado el ruido particular de la época.
- Kakfa.
-Ahora habla en serio.
- Beckett
-No se extravíe. Regrese al
mundo, Beckett escribió para destruir la posibilidad del lenguaje. No está de
nuestra parte. Nosotros buscamos luz, queremos comprender.
-¿Orwell?
-Magnífico. Extraordinario, en
realidad. Aunque Kafka y Orwell nos entregan el mapa incompleto. Falta el nexo
que los une, Le doy otra oportunidad.
-No se me ocurre nadie que los
supere —reconozco- Hay epígonos, pero no son ellos.
-Stalin -anuncia Zaggia sin que
le tiemble la voz-. Stalin sintetiza en la vida cotidiana las ficciones que
Kafka y Orwell plasmaron en papel. Su obra, la Unión Soviética, abraza el
hallazgo central de Kafka, la idea de que vivir es sinónimo de ser culpable, y
el descubrimiento basilar de Orwell, la certeza de que quien detenta el
discurso detenta el poder y, por extensión, detenta la capacidad de que la
realidad diga lo que el poder necesita.
EL PADRE DE PPP
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p.306
-Hay nombres tan evocadores –anuncia- que tenemos la sensación de que solo podrían existir dentro de una novela. Por ejemplo, el de Anteo Zamboni. Paladee el nombre. Las reminiscencias mitológicas de Anteo. La musicalidad soberbia de Zamboni. Sucede sin embargo, que la vida es más sugestiva que cualquier novela. Más caprichosa y cruel. El 31 de octubre de 1926. en Bolonia. a ciento setenta quilómetros de este estudio, Anteo Zamboni disparó contra Benito Mussolini. Anteo era un jovencísimo anarquista de quince años. Las cosas sucedían de forma veloz en aquel tiempo. Uno se hacía hombre pronto. También envejecía deprisa. Claro que a Anteo no le dio tiempo a envejecer. Una turba de squadristi lo linchó tras el atentado. El periodista e historiador Marco Cesarini Sforza aporta detalles al respecto: innumerables patadas, huellas de estrangulamiento, un disparo de revólver, catorce puñaladas. Yo he visto, al menos, tres fotografias del cadáver de Zamboni. Le puedo asegurar que son pavorosas. ¿Me sigue?
Angelus Novus
Angelus Novus, Walter Benjamin
«Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus —escribió
Benjamin—. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto
de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente
abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deber ser el aspecto
del ángel de la Historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros
se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona
incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él
detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el
paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que
el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia
el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante
él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.»
INCIPIT 1.604. ARCA / RICARDO MENENDEZ SALMON
El silencio se adueña
de nosotros
Hoy he despertado con la
sensación de que había alguien en la cama, a mi lado. Todavía con los ojos
cerrados he alargado una mano, la derecha, y he podido sentir el hueco que el
fantasma había dejado durante el sueño. Lo llamo fantasma a
falta de una palabra mejor, porque no había nadie junto a mí. De hecho, desde
que llegué a la Laguna nadie ha pasado una noche conmigo en esta casa. Nadie
salvo yo ha dormido en estas sábanas.
Así que he
permanecido tendido, demorando el momento de abrir los ojos, mientras recorría
la superficie del colchón y buscaba una sustancia, una forma, una carne que
ocupara aquel suave vacío. He pensado primero en mujeres, pero todas se
parecían a los retratos de las obras que cuelgan en las salas de la Accademia,
mujeres confabuladas con la Historia y con los mitos, detenidas en el gesto de
contemplar al Hijo, de elevarse a los cielos en un rapto místico, de padecer
alguna ignominia absurda junto a las fervorosas tribus del desierto. Después he
pensado en algún hombre que encajara en el molde del fantasma, pero solo han
acudido a mi recuerdo las caras curtidas por la intemperie y talladas por el
alcohol de los tipos de aspecto proletario que devoran cicchetti en Cannaregio, violentos,
sucios y obscenos, con camisetas a rayas y barrigas abultadas, de modo que he
alejado esa compañía obligándome a abrir los ojos. En ese instante un calambre
ha recorrido mi mano, como si el fantasma hubiera escapado dando un latigazo, y
lo primero que he visto ha sido una franja de luz cruzando el fresco que los
propietarios encargaron a un artista anónimo pero de indudable talento para
decorar esta estancia de Ca’ Barbarigo.
LA VEJEZ
Despedidas, Julian Barnes, p. 200
Dicen que cuando envejecemos, a
menudo recuperamos recuerdos olvidados de la infancia. Al mismo tiempo perdemos
la capacidad de recordar los años intermedios. A mí todavía no me ha ocurrido
pero puedo imaginar cómo avanzará a medida que se vaya consolidando la
senectud. Nuestro espacio mental quedaría ocupado de vívidas escenas tempranas,
seguidas de un largo espacio en blanco, y luego un plausible y fútil presente
en el que los días repetitivos y las
confusiones reiteradas, se irían enturbiando. Nuestras vidas, en otras
palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro.
PROUST
Despedidas, Julian Barnes, p. 200
Así que, por volver a Proust,
ahora nos parece absolutamente cierto e inmutable que en su obra En busca del
tiempo perdido las puertas de la memoria se abren de la mano de una magdalena
mojada en una taza de tila, como la que le daba su tía Léonie cuandoera un niño.
La magdalena es un emblema perfecto, porque tiene la forma de una vieira, la
concha de los peregrinos, y Marcel está a punto de emprender un particular
peregrinaje en busca del tiempo perdido. Y sin embargo..., sin embargo, en
1907, cuando Proust estaba trabajando en el primer volumen de su novela, era un
pedazo de pan duro mojado en una taza de té lo que lo impulsaba a este jubiloso
viaje al pasado. Y en la versión siguiente, era un trozo de pan tostado. Y en
algún momento de 1908, una especie de galleta dura. Si hubiera escogido
cualquiera de estas variantes, habríamos aplaudido de buen grado su elección,
señalando que los ricos recuerdos pueden surgir de fuentes humildes, al igual
que —según la propia comparación de Proust— unos pedacitos rotos de papel,
arrojados al agua, pueden transformarse en flores japonesas. Qué idónea y
correcta habría parecido cualquiera de estas ideas preparatorias.
K.
1922, Rivero Taravillo, p. 158
En su angustia, la posibilidad de
la muerte es un quicio por el que puede llegar la liberación, tan deprimido
está. El 30 de junio, un hermoso día en Praga, se jubila antticipadamente de su
puesto en una mutua de accidentes laborales donde tenía un prometedor futuro. A
ver, hay firmar aquí, aquí y aquí. Por triplicado. Eso es. Un momento que le
pongo el sello. Así. Ya está. Esta es su copia. Le deseamos lo mejor, señor
Kafka. Cuídese.
Libre de sus obligaciones y
horarios, y con una pensión de mil coronas mensuales, que estira en su vida
frugal y sin pretensiones en el confín sur de Bohemia, Franz Kafka es huésped
de su hermana menor Ottla y aprovecha para continuar la novela El castillo, que
comenzó a escribir en febrero. Su amigo Max Brod ha leído un avance ese
verano,y lo insta a que siga trabajando en la narración del enigmático K., pero
la obra quedará inconclusa a su muerte dos años pues, y ya se publicará
póstumamente.
Kafka ofrece en su propia vida
una versión distinta de la relación Ulises-Telémaco, Dedalus-Bloom, Cummings-Pound,
y lo demuestra en su «Carta al padre». Para él, progenitor es una figura
opresora, no suavizada por admiración ninguna, alguien que le quita el aire
como una planta hurta el oxígeno en una habitación cerrada de noche. En pocos
párrafos queda esto más patente, como cuando lo imagina ocupando todo un mapamundi
desplegado y le parece que para su vida sólo se pueden tomar en consideración
los lugares que están libres del padre. ¿Pero cuáles, si los ocupa ocupa
absolutamente todos?
JAMESIANA
Despedidas, Julián Barnes, p 194
Henry James, siempre sagaz y
sutil, lo expresó así. En 1892, rememorando a su difunto amigo James Russell
Lowell, escribió que uno de los efectos de la muerte es que «alisa los
pliegues» de la persona que conocimos. «La figura que perdura en la memoria se comprime
e intensifica; han desaparecido detalles fortuitos y las sombras ya no cuentan;
representa, nítidamente, unas pocas cosas apreciadas y amadas. y no,
nebulosamente, una multitud de posibilidades.”
CANCER DE JULIAN BARNES
Despedidas, Julián Barnes, p 162
El cáncer la acabó atrapando, por
supuesto. Digo por supuesto porque el porcentaje de la población británica que
lo contraerá es ahora mismo uno de cada dos. Antes, en mi generación era uno de
cada tres (lo que me indujo a pensar que tal vez podría librarme), pero ahora
las probabilidades son mayores. Perdón por deprimirte si no lo sabias. Parte de
la culpa es nuestra, por vivir más años. Desde luego, los tratamientos mejoran
constantemente, las prognosis por lo general nos ofrecen unos años extra, los
analgésicos son más eficaces, etcétera. Pero, aun así, uno de cada dos, ¿eh?
Después del diagnóstico, Jean decidió que la naturaleza siguiera su curso. Como
le dijo a su médico: «A mí me interesa vivir, no solamente existir». Un
sentimiento que muchos comparten, pero que a menudo se tambalea cuando se
vislumbra el final.
Tengo un amigo cuyo hermano murió
de cáncer hace unos treinta o cuarenta años. Sufría dolores extremos, la
enfermedad era incurable. Un día le dijo a mi amigo: «Si yo fuera un perro me
pegarías un tiro. ¿no?». Y era verdad. Hoy, los cuidados paliativos caninos
también han mejorado, pero aun así. Casi todos morimos como perros; siempre lo
he pensado.
INCIPIT 1.603. DESPEDIDAS / JULIAN BARNES
El otro día descubrí una posibilidad alarmante. No, algo peor: un hecho alarmante.
Una vieja amiga, que es
radióloga, lleva años enviándome fragmentos sacados del British Medical
Journal. Sabe que mis intereses tienden a lo morboso y lo extremo. En mi
memoria – ese lugar donde degradación y embellecimiento se superponen– tengo
archivados casos de pacientes que reventaron porque un bisturí eléctrico
inflamó sus gases corporales, y otros a los que, en los primeros tiempos de la
resonancia magnética, las grapas quirúrgicas se les clavaron en la carne como
fragmentos de metralla. Estos relatos van a veces acompañados de fotos: por
ejemplo, las de un hombre que se dejó crecer las uñas de los pies hasta tal
longitud curva – varios metros, según recuerdo– que durante años no pudo andar.
Luego está esa tarea cotidiana de los médicos que consiste en extraer objetos
insólitos que alguien se ha tragado – como bolsitas de clavos– o se ha
introducido por la fuerza en el recto. (Antiguamente, entre estos autoimplantes
anales se estilaban los bustos en miniatura de Napoleón, un hábito que sin duda
añadía patriotismo al placer.)
HARRISON FORD
Didion y Babitz, Lili Anolik, p. 186
En esa granja también vivía
Harrison Ford. “Harrison se aloiaba en un tipi en nuestra granja durante la
semana ´dijo Marshall-. Como pago del alquiler, nos construyó un gallinero y un
corral para la cabra. Los fines de semana se iba a su casa con Mary (su mujer)
y los niños. Todavía no actuaba porque se negaba a hacer televisión. En lugar
de eso hacía de carpintero. trabajaba para Joan y John Didion y les construyó
un porche”.
Construir. construir y nunca
acabar.
Joan Didion y John dejaban que
Harrison hiciera lo que quisiera en lo que respecta a la carpintería -dijo
Eve-. Tuvieron que esperar años a que acabara el balcón o el porche o lo que
fuera. A ver, sí que John esperaba de Harrison que se comportara como un carpintero
e hiciera el trabajo por el que le pagaba. Pero Harrison no lo hacía. Solo
andaba por ahí tirado fumando hierba. El único que comprendió cómo había que
tratarlo fue Fred Ross». Ross, un novio intermitente de Eve Babitz iba a ser el
director de reparto de American Graffiti (1973), la primera oportunidad de
Ford, y posteriormente el asesor de reparto de La guerra de las galaxias
(1977), la gran oportunidad de Ford. “Fred se compró una casa en Laurel Canyon
que se caía a trozos, había que renovarla entera. Fred hizo que Harrison
acabara todas las tareas que le encargó y sólo entonces convirtió a Harrison en
una estrella del cine”.
INCIPIT 1.602. LA FOLIE BAUDELAIRE / ROBERTO CALASSO
Baudelaire le proponía a su madre Caroline encuentros clandestinos en el Louvre: «No hay otro lugar en París donde se pueda conversar mejor; hay calefacción, se puede esperar sin aburrirse y por otra parte es el lugar de encuentro más decente para una mujer.» El miedo al frío, el terror del aburrimiento, la madre tratada como una amante, la clandestinidad y la decencia sumados en el lugar del arte: sólo Baudelaire podía combinar estos elementos casi sin darse cuenta, con completa naturalidad. Era una invitación irresistible, que se hace extensiva a quienquiera que la lea. Se puede responder a esa invitación vagando por Baudelaire como por uno de los Salons sobre los que escribió –o incluso como por una Exposición Universal–. Encontrando de todo, lo memorable y lo efímero, lo sublime o la baratija; y pasando continuamente de una sala a otra. Pero si entonces el fluido aglutinante era el aire impuro de su tiempo, ahora lo será una nube opiácea, en la que esconderse y recuperar fuerzas antes de volver al aire libre, en las vastas superficies, letales y pululantes, del siglo xxi.
«Todo lo que no es inmediato es
nulo» (Cioran, una vez, conversando). Incluso sin hacer concesiones al culto de
la expresión silvestre, Baudelaire poseyó como pocos el don de la inmediatez
GURB
Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 74
20.30 Voy a casa de mi vecina,
llamo quedamente a su puerta con los nudillos, me abre mi vecina en persona. Me
disculpo por importunarla a estas horas y le digo (pero es mentira) que a medio
cocinar me he dado cuenta de que no tengo ni un grano de arroz. ¿Tendría ella
la amabilidad de restarme una tacita de arroz, añado, que le devolveré sin falta
mañana por la mañana, tan pronto abran Mercabarna a las 5 de la mañana)? No
faltaría más. Me da la tacita de arroz y me dice que no hace falta que le
devuelva el arroz, ni mañana, ni nunca, que para estas emergencias están los vecinos.
Le doy las gracias. Nos despedimos. Cierra la puerta. Subo corriendo a casa y
tiro el arroz a la basura. El plan está funcionando mejor de Io que yo mismo
había previsto.
20.35 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre personalmente. Le pido dos cucharadas de aceite.
20.39 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido una cabeza de ajos.
20.42 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido cuatro tomates pelados, sin
pepitas.
20.44 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido sal, pimienta, perejil,
azafrán.
20.46 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido doscientos gramos de
alcachofas (ya hervidas), guisantes, judías tiernas.
20.47 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido medio kilo de gambas peladas,
cien gramos de rape, doscientos gramos de almejas vivas. Me da dos mil pelas y
me dice que me vaya a cenar al restaurante y la deje en paz.
INCIPIT 1.601. SIN NOTICIAS DE GURB / EDUARDO MENDOZA
DÍA 9
0.01 (hora local) Aterrizaje
efectuado sin dificultad. Propulsión convencional (ampliada). Velocidad de
aterrizaje: 6.30 de la escala convencional (restringida). Velocidad en el
momento del amaraje: 4 de la escala Bajo-U1 o 9 de la escala Molina-Calvo. Cubicaje:
AZ-0.3.
Lugar de aterrizaje: 63Ω (IIβ)
2847639478363947 3937492749.
Denominación local del lugar de
aterrizaje: Sardanyola.
INCIPIT 1.600. HORAS INGLESAS / HENRY JAMES
Hay cierta noche que considero en realidad mi primera impresión; el final de un domingo húmedo y oscuro hace veinte años, a primeros de marzo. Tenía una imagen anterior pero se había vuelto grisácea, como la tinta descolorida, y la ocasión a la que me refiero fue un nuevo comienzo. Sin duda tuve una clarividencia mística del gran afecto que acabaría sintiendo por la turbia Babilonia moderna; cierto es que al volver la vista atrás encuentro que cada pequeño detalle de aquellas horas de acercamiento y llegada sigue tan vivo como si la solemnidad de una nueva era lo hubiese alentado. La fuerte sensación de cercanía ya era casi insoportable en Liverpool
EL SER HUMANO
Sin noticias de Grub, Eduardo Mendoza, p. 80
Los seres humanos, en cambio, a
semejanza de los insectos, atraviesan por tres fases o etapas de desarrollo, si
el tiempo se lo permite. A los que están en la primera etapa se les denomina
niños; a los de la segunda, currantes, y a los de la tercera, jubilados. Los
niños hacen lo que se les manda; los currantes, también, pero son retribuidos
por ello; los jubilados también perciben unos emolumentos, pero no se les deja
hacer nada, porque su pulso no es firme y suelen dejar caer las cosas de las
manos, salvo el bastón y el periódico. Los niños sirven para muy poca cosa.
Antiguamente se los utilizaba para sacar carbón de las minas, pero el progreso
ha dado al traste con esta función. Ahora salen por la televisión, a media
tarde, saltando, vociferando y hablando una jerigonza absurda. Entre los seres
humanos, como entre nosotros, se da también una cuarta etapa o condición, no
retribuida, que es la de fiambre, y de la que más vale no hablar.
LOS SERES HUMANOS
Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 16
Los seres humanos son cosas de
tamaño variable. Los más pequeños de entre ellos lo son tanto, que si otros
seres humanos más altos no los llevaran en un cochecito, no tardarían en ser
pisados (y tal vez perderían la cabeza) por los de mayor estatura. Los más
altos raramente sobrepasan los 200 centímetros de longitud. Un dato
sorprendente es que cuando yacen estirados continúan midiendo exactamente lo
mismo. Algunos llevan bigote; otros barba y bigote. Casi todos tienen dos ojos,
que pueden estar situados en la parte anterior o posterior de la cara, según se
les mire. Al andar se desplazan de atrás a delante, para lo cual contrarrestar
el movimiento de las piernas con un vigoroso braceo. Los más apremiados
refuerzan el braceo por mediación de carteras de piel o plástico o de unos
maletines denominados Samsonite, hechos de un material procedente de otro
planeta. El sistema de desplazamiento de los automóviles (cuatro ruedas
pareadas rellenas de aire fétido) es más racional, y permite alcanzar mayores
velocidades. No debo volar ni andar sobre la coronilla si no quiero ser tenido
por excéntrico. Nota: mantener siempre en contacto con el suelo un pie
—cualquiera de los dos sirve— o el órgano externo denominado culo.
MEMENTO MORI
Minimosca, Gustavo Faverón, p. 142
Memento mori: manual de memoria
moral
El libro de Impropria Surplusa es
una historia del memento mori en las artes europeas. Explica cómo brota, en la
Edad Media, y se exacerba en el Renacimiento y el barroco, la idea obsesiva de
que es imperativo recordar, mientras vivimos, que en cada momento de nuestra
vida se agazapa la muerte. Los escultores y los pintores europeos representan
esa idea furiosamente, dibujan o esculpen esqueletos y calaveras y cadáveres
soterrados detrás de sus modelos, o encima de sus modelos, colocan síntomas de
enfermedades en sus caras o figuras espectrales detrás de una cortina, sobre
una mesa, un corredor a sus espaldas. Todo eso yo lo sé, pero hay una cosa
difícil de detectar en el libro, y solo después de la tercera relectura, en el
claro del bosque, me doy cuenta. Es que el libro mismo parece escrito por un
fantasma, como si la autora lo hubiera redactado después de suicidarse, un
libro triste y raro, en fin, pienso, y muy melancólico, sobre todo en contraste
con el de Minimus Improprius, que parece
escrito por un autor optimista y lleno de expectativas.
CUERNO DE CABRA
Minimosca, Gustavo Faverón, p. 291
Piensa en la escena final de otra
película, Cuerno de cabra, una película de 1972, hecha en Bulgaria, que es la
obra cumbre de Andonov. Un padre encuentra el cadáver de su hija, que ha muerto
por culpa de él, harta de los rigores a los que la somete, aunque la adora, la
ama con todo su corazón. Los rigores a los que la somete son parte de un plan
que el padre tiene para salvar a su hija de la lascivia de los hombres. La
esposa del hombre murió años atrás, tras una violación que la niña ha
presenciado, y el padre ha obligado a su hija, desde entonces, durante anos, a
vestirse como hombre y a comportarse como hombre. Cuando ella se enamora de un
chico, el padre Ie prohíbe verlo. Después el padre mata al chico. Entonces la
muchacha lleva el cadáver del amado hasta su casa, la casa de ella y del padre,
y le planta fuego a la casa y no sale y muere asfixiada. El padre llega a la
casa y carga el cuerpo dc su hija hasta el borde de la montaña y mira el precipicio.
Parece que fuera a arrojar el cuerpo de su hija desde la cumbre, pero deposita
el cuerpo en el suelo y regresa al filo del precipicio y mira hacia abajo.
Ahora parece que se va a arrojar él, pero lo que hace es coger una roca,
alzarla sobre su cabeza y lanzarla al fondo de la hondonada y después arroja
otra roca y después otra. Incluso cuando la película termina, uno sabe que el
hombre sigue en el borde de ese morro arrojando una roca tras otra como si se
arrojara él mismo. Ese es el punto. El hombre se está suicidando sin morir,
vive su suicidio para siempre. Imagina que es su cuerpo y no rocas, lo que
carga sobre su cabeza y se está asesinando, porque él quiere el castigo del
suicidio, pero no quiere el escape que es el suicidio, sino la eternidad del
castigo. Y allí están todos los elementos del suicidio melancólico.
INCIPIT 1.560. LAS MUCHAS VIDAS DE PIER PAOLO PASOLINI
Pier Paolo Pasolini me ha acompañado durante casi la mitad de mi vida. Cuando supe de su existencia la sacudida fue un flechazo intelectual que, por ignorancia ante lo gigantesco y desmedido de su Obra, me hizo ingresar en el club de sus adoradores, del que aún formo parte, aunque con el placer de no venerarlo.
PASOLINI
Las muchas vidas de Pier Paolo Pasolini, p, 258
Si nos atenemos al relato
canónico, Giuseppe Pelosi, nacido en Roma el 20 de junio de 1958, en ese
entonces un chaval de 17 años con antecedentes penales por robo, subió al
vehículo de Pasolini. Este lo invitó a comer en ll Biondo Tevere de via
Ostiense y después recorrieron más de treinta kilómetros hasta el Idroscalo de
Ostia. A las seis y media de la mañana del 2 de noviembre de 1975, la borgatara
Maria Teresa Lollobrigida confundió el cadáver con la basura que solía
depositarse en el rincón de ese descampado en el que los chavales jugaban al
fútbol y algunas familias habían aprovechado para edificar barracas para vivir
o tener cuatro fragilísimas paredes junto al mar. Hacia las diez de la mañana
Ninetto Davoli reconoció el cuerpo del difunto para oficializar su muerte. En
el EUR, Susanna, a quien quisieron ocultar lo sucedido, lanzó un grito arcano.
El 5 de noviembre, Alberto
Moravia pronunció el discurso fúnebre en Campo de'Fiori después de que una
multitud hubiera homenajeado a Pier Paolo Pasolini en la sede del PCI en largo
Arenula. Frente a la estatua de Giordano Bruno, quemado por sus ideas el 17 de
febrero de 1600, el amigo impagable en lo intelectual se emocionó con su «Ante
todo hemos perdido a un poeta, y no hay tantos en el mundo porque nacen tres o
cuatro cada siglo. Cuando el nuestro finalice, Pasolini será de los pocos que
contará como poeta. El poeta debería ser sacro». Italia no solo había perdido a
un vate, sino también a un novelista de las borgate, a un director
internacional y a un ensayista con «atención por los problemas sociales y el
desarrollo del país, una atención patriótica que pocos tenían. Todo esto ha
perdido Italia, ha perdido a un hombre que estaba en la flor de la vida. Ahora
os digo: hay una imagen que me persigue. Pasolini que huye a pie, perseguido
por algo que no tiene rostro y que es lo que le ha asesinado, y es una imagen
emblemática de este país, una imagen que debe empujarnos a mejorar este país
como Pasolini hubiese querido»,
INCIPIT 1,599, NOCILLA DREAM / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO
RIZOMA
"Un rizoma no comienza y no termina, siempre está en el
medio, entre las cosas, es un ser-entre, un intermezzo. El árbol es filiación,
pero el rizoma es alianza, úrucamente alianza. El árbol impone el verbo
"ser", pero el rizoma tiene por tejido la conjunción "y... y... En
esta conjunción hay fuerza suficiente para des-enraizar el verbo ser (...).
Entre las cosas, no traza una relación localizable y que va de uno a otro, y
recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que
lleva uno al otro, arroyo sin comienzo ni fin, que corroe sus orillas y toma
velocidad entre las dos."
Lo dicen Deleuze y Guattari en la introducción de Mil
Mesetas. Y Agustín Fernández Mallo parece haber tomado buena nota de ello para
componer este "arroyo sin comienzo ni fin" que es una de las
aventuras más arriesgadas de la narrativa de los últimos años. Pero vayamos por
partes.
Agustín Fernández Mallo ha llamado la atención del
estrangulado mundillo poético con su Poesía Postpoética que trata de llevar al
límite la creación posmoderna entendida como un ensamblaje de las actividades
culturales y científicas
SOCRATES
La metafísica de la juventud, Walter Benjamin, p.177
Lo más grotesco de la figura de
Sócrates es que este hombre tan poco
entregado a las musas trazó el centro erótico de las relaciones del círculo
platónico. Pero si su amor a la capacidad general de comunicarse carece de
arte, ¿de dónde extrae entonces su capacidad? De la voluntad. Sócrates
construye el eros para ponerlo al servicio de sus propios fines. Esta
perversión viene a reflejarse en la naturaleza castrada de su persona, ya que a
fin de cuentas a eso se refiere la repugnancia de los atenienses (sentimientos
que, por muy subjetivos que sean, no carecen de razón histórica). Sócrates
intoxica a la juventud, la seduce. Su amor por ella no es el fin (Zweck) de un
eidos todavía puro, sino un simple medio. Sócrates es el mago, el mayéutico que
cambia los sexos, el condenado inocente que muere por ironía y a despecho de
sus adversarios. Su ironía se alimenta del espanto, pero ahí sigue él,
oprimido, paria y despreciado. Poco menos que como un payaso.
Los Sex Pistols
Nocilla dream, Fernández Mallo, p. 147
Los Sex Pistols habían desbrozado el terreno, lo habían arrasado. No quedaba nada excepto la ciudad, que se erguía como si nada hubiera ocurrido. Hay un retazo de suciedad humeante en medio de la ciudad, en la que un cartel envuelto por la neblina pone: LIQUIDACIÓN POR INCENDIO. La gente que rodea el espacio vacío no sabe qué hacer ahora. No saben qué decir; todo aquello de lo que solían hablar ha sido parodiado hasta estupidez a medida que las viejas palabras surgen de su boca. Tienen la boca llena de bilis, son atraídos hacia el vacío, pero retroceden. "La definición de nihilismo de Rozanov es la mejor", había dicho en 1967 el situacionista Raoul Vaneignem en Tratado de Saber Vivir Para Uso de Las Jóvenes Generaciones "el espectáculo ha terminado. El público se levanta y abandona sus asientos. la hora de recoger los abrigos e irse a casa. Se dan la vuelta… Ya no existen sus abrigos ni tampoco sus casas." Éstas están donde ellos encuentran.
RP FEYNMAN
Nocilla dream, Fernández Mallo, p. 53
Por fin, terminaron tomando la decisión de que no sería nuestro proyecto el que se iba a usar para la separación del uranio. Nos dijeron entonces que lo dejáramos porque en Los Álamos, Nuevo México, iban a comenzar el proyecto que verdaderamente permitiría fabricar la bomba atómica. Todos nosotros iríamos allí para construirla. Había experimentos que realizar y tampoco faltaba trabajo teórico. A mí me tocó el trabajo teórico. Cuando llegamos, las viviendas, dormitorios y demás cosas por el estilo no estaban listas todavía. En realidad ni los laboratorios estaban totalmente listos. Así que al principio nos alojábamos en un rancho. La primera vez que llegué a las instalaciones vi que había una zona técnica, que presumiblemente debería estar rodeada por una cerca pero que todavía no lo estaba. También, presumiblemente, debería haber una ciudad rodeada a su vez por una gran cerca. Pero todavía estaba en construcción. Cuando fui al laboratorio me encontré con personas de las que tenía noticia por el Physical Review. No los conocía antes. A lo mejor me decían, "Le presento a John Williams". Entonces se levantaba para saludarme un tío que estaba remangado ante una mesa cubierta de copias de planos, dirigiendo a gritos desde las ventanas las cosas y orientando los camiones de material de construcción. Con otras palabras, como los de física experimental no tenían nada que hacer hasta que estuvieran listos sus laboratorios y sus aparatos, se pusieron a construir ellos mismos los edificios.
INCIPIT 1.598. MINIMOSCA / GUSTAVO FAVERON PATRAU
Seis meses después, en Bangor Middle School, la niña transgénero le mostrará al Amnésico la película. Entrarán a la escuela de noche, clandestinamente, por un callejón entre el edificio principal y el coliseo. En una computadora, en la biblioteca a oscuras, verán cuatro escenas. La niña transgénero dirá en esta escena sales tú, mira bien, Amnésico, dime si no eres tú. El Amnésico, en efecto, se reconoce en la pantalla. Está de espaldas a la cámara, pero es obvio que se trata de él, sentado ante una mesa en un café. Enfrente suyo hay un anciano que habla en voz baja. Primero no se escucha lo que dice, pero la niña transgénero sube el volumen. Hay cosas que el ojo humano nunca debe ver, está diciendo el anciano. Si el ojo humano las percibe, no las comprende. Son cosas que el ojo humano debería evitar, cosas que jamás debió haber visto. Cuando el ojo humano las ve, se quedan adentro de él, es imposible arrancarlas de adentro de ese ojo. Lo peor es que no siempre le causan horror. A veces, el ojo humano las ve y esas cosas lo hechizan, lo embrujan y el pánico se convierte en placer y en medio del placer el ojo humano se pregunta quién soy, por qué me atrae lo abominable. Al Amnésico lo impresiona la vejez del hombre y lo impresionan sus manos de uñas negras. Le parece el personaje de una saga en la última escena del último episodio, cuando el misterio de la vida cede su lugar al misterio de la muerte
INCIPIT 1.597, Todas las hijas de la casa de mi padre / Juan Francisco Ferré
1 Dios no quiere que escriba esta novela.
2
Dios creó el mundo un 22 de octubre, según las teorías del arzobispo irlandés James Ussher, cuatro mil cuatro años antes del nacimiento de su único hijo, Jesucristo Superstar. Mil novecientos sesenta y dos años después, un 22 de octubre también, nació su única hija.
3
Mi padre biológico no quiso que yo naciera. El ginecólogo le planteó el problema. El parto iba mal. Se trataba de salvar la vida de la madre o la vida del feto. El doctor, como era costumbre en la época, quería salvar al feto. Mi padre quería salvar a toda costa la vida de mi madre. Yo nací contra la voluntad de mi padre. A mi madre nadie le preguntó.
4
La cesárea nos salvó la vida a las dos, a mi madre y a mí. Era un costurón espantoso que recorría el vientre de mi madre desde el triángulo del pubis hasta el orificio del ombligo. Cada vez que lo miraba me producía escalofríos. De ahí me había extraído a la fuerza el ginecólogo, como a Moisés de la canastilla en el Nilo, con la cabeza intacta y las ideas confusas, cuando yo no quería abandonar el útero materno por nada del mundo. Mi madre era una madre vocacional y se sentía muy orgullosa de esa cicatriz horrible. Representaba para ella la marca de su realización como madre.
INCIPIT 1.596. EL CONTRABANDO EJEMPLAR / PABLO MATURETTE
Cuando abrieron las fronteras fui a Madrid a buscar El contrabando ejemplar. Eduardo llevaba varios meses muerto. Me cuesta decirle Edu, me cuestan las apócopes y los apodos, me hacen sentir obsecuente; falso, mejor dicho. Es verdad que no quiero a casi nadie, pero a él justo sí lo quería. Lo conozco de toda la vida, era el mejor amigo de mi padre. Nunca tuvo hijos. Fue como un tío para mí. Siempre muy cariñoso, amiguero y generoso, hospitalario hasta el absurdo, pero también logorreico y aprensivo, inseguro, receloso, solitario y triste. Estaba incómodo en su cuerpo, era torpe, malo para los deportes, nunca aprendió a nadar. De atolondrado, tenía el sí fácil y, como buen melancólico, era esclavo de sus apetitos. Un hombre voraz e incontinente. A pesar de sufrir de insuficiencia cardíaca congénita, fumaba como un murciélago, comía salame y queso, tomaba vino y fernet en exceso. A principios de los noventa tuvo el primer infarto. En diciembre del 96 casi se muere. Lo abrieron como un pollo y lo cablearon todo de nuevo. La operación duró doce horas. Tenía cincuenta años. Durante una convalecencia larga, angustiante e inimaginablemente dolorosa, encerrado en su departamentito de la calle Agüero, decidió cambiar de vida. En cuestión de meses, dejó el cigarrillo, renunció al puesto que tenía en la Secretaría de Turismo de la Ciudad, se mudó a Madrid y asumió abiertamente su homosexualidad. Quería dedicarse a escribir, además. En Buenos Aires, había dado una vuelta por el circuito de los talleres literarios. Tenía un par de cuentos bastante buenos y una nouvelle, Doña Amalia, de corte colonial, femenina y visceral, en el estilo de Mujica Lainez. Apenas llegado a España estaba en éxtasis y lo picó el bichito de la poesía. Yo conocí Chueca, la del pecado..., cosas así escribía. Estaba descubriéndose, se sentía un Cristóbal Colón del mundo gay. Fue crítico gastronómico y tuvo una columna semanal en la Guía del Ocio; «De tapas» se llamaba. Hizo un curso de guión cinematográfico y se empeñó con ahínco en una adaptación de Doña Amalia. Pero estas eran puras distracciones, y él lo sabía. En su interior se gestaba desde hacía décadas una ambición enorme. Después del primer infarto había empezado a escribir una novela histórica sobre la misteriosa Buenos Aires del siglo XVII, un libro que daría cuenta del inexplicable fracaso de nuestro país. Iba a ser la gran novela argentina y se iba a llamar El contrabando ejemplar. En Madrid, retomó el proyecto, siguió estudiando y escribió unas cien páginas. Pero eso fue todo. Pasó el tiempo, su impulso vital se concentró cada vez más en la supervivencia y en el disfrute de los pequeños placeres, y las aspiraciones literarias quedaron relegadas a un segundo plano hasta desvanecerse por completo. Tuvo grandes amores que lo transfiguraron y que lo carcomieron, viajó por el mundo, navegó el Nilo, llegó hasta la India, forjó amistades de acero y nunca dejó de maltratar a su pobre corazón averiado comiendo grasa y tomando vino. Me dedico al comercio y al bebercio, solía decir cuando alguien le preguntaba por su ocupación. En el 96, después del quíntuple bypass, el médico le había dicho que si se cuidaba y tenía suerte podría vivir unos cinco o siete años más. Pasó un cuarto de siglo. Un día, en las postrimerías de la pandemia, se tiró a dormir la siesta y no se despertó más. El proyecto de la novela había quedado trunco. Yo me lo robé.
INCIPIT 1.595. ESPEJO ROTO / MERCE RODODERA
(Una joya de valor)
Vicenç ayudó al señor Nicolau a
subir al coche. «Sí, señor, como usted diga.» Después subió la señora Teresa.
Siempre subía primero él y luego ella, porque para bajar necesitaba la ayuda de
ambos. Era una maniobra difícil y el señor Nicolau requería muchos miramientos.
Entraron por la calle de Fontanella y, en el Portal del Ángel, giraron a la
derecha. Los caballos iban al trote y las ruedas, negras y rojas, recién
barnizadas, rodaban, ligeras, paseo de Gràcia arriba. El señor Nicolau
explicaba a todo el mundo que Vicenç valía un Potosí, que si no lo tuviera se
vendería la berlina porque no se fiaría de ningún otro cochero. Y como el señor
Nicolau era generoso, de todo sacaba provecho Vicenç. El cielo estaba
encapotado; de vez en cuando, en un claro entre dos nubes, aparecía un pálido y
breve rayo de sol. Todo el mundo, es decir, la servidumbre y algunos amigos,
sabía que el señor Nicolau quería hacer un regalo a la señora Teresa porque
cuando celebraron el primer medio año de matrimonio le había regalado un armario
japonés de laca negra con incrustaciones de nácar y oro, precioso, pero que a
ella no le había entusiasmado. Él tuvo una decepción: «Ya veo que no he dado en
el clavo, aunque vale un dineral; pero, como a mí me gusta, me lo quedaré y a
ti te regalaré algo que te ilusione más». Ante la joyería Begú, Vicenç detuvo
los caballos, bajó del pescante, y, mientras dejaba el sombrero de copa en el
asiento, vio que la señora Teresa abría la portezuela y saltaba, ágil como un
gamo. Entre los dos sacaron al señor Nicolau del coche —«de mi armario», como
solía decir. Inmóvil en el centro de la acera, porque cuando bajaba del coche
le costaba erguirse, miró dos o tres veces a derecha e izquierda, sin mover la
cabeza, como si no supiera qué hacer. Dio por último el brazo a su mujer y muy
despacio entraron los dos en la joyería.
INCIPIT 1.594. EL HECHIZO DE LILY DAHL / SIRI HUSTVEDT
Llevaba tres semanas observándolo. Cada mañana desde principios de mayo se había apostado en su ventana para mirarlo. Siempre lo espiaba temprano, poco antes del amanecer, y no creía que él la hubiera visto nunca. La primera mañana, Lily había abierto los ojos y había divisado una luz procedente de una ventana del hotel Stuart, al otro lado de la calle; al acercarse más, lo había visto a él dentro del cuadrado resplandeciente: un hombre guapísimo, de pie frente a un lienzo de gran tamaño, sin más ropa que unos pantalones cortos de tanto calor que hacía. Durante un minuto había permanecido tan quieto que no le había parecido real. Luego había empezado a moverse, usando el cuerpo entero para pintar, y Lily lo había visto estirar el brazo, echar el cuerpo hacia delante e incluso arrodillarse frente al lienzo. Lo había visto caminar por la habitación, frotarse con fuerza la cara con las manos y fumar. Fumaba unos puritos que sostenía entre los dientes cada vez que se paraba a pensar. A veces, cuando se limitaba a fumar en silencio, el hombre le dedicaba gestos con la cabeza a la pintura, como si estuviera hablando con ella. Lily había examinado con detenimiento el contorno de sus músculos, el color castaño claro de la piel y la forma en que le brillaba bajo la luz. Sin embargo, no había visto nunca lo que pintaba. La parte frontal del lienzo siempre le había estado oculta.
MIS JUEGOS
El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 65
Ya nadie construye trenes con latas de
sardinas. Como ya nadie pinta con el bolígrafo relojes en las muñecas. Tenía
unas gafas de sol de plástico negro con las que el mundo se veía naranja cuando
había nubes y verde cuando lucía el sol. Le habían tocado a mi padre en una
tómbola. Mi madre decía que aquellas malditas gafas me iban a estropear la
vista. Al poco necesité gafas de verdad para verlo todo más claro y más cerca,
y mi madre me dijo, ahí lo tienes, eso me dijo, y añadió, todo por culpa de
esas gafas de feria, y mi padre se reía y me explicaba, a tu madre le gusta
inventarse teorías. También tenía yo una navaja con las cachas de hueso que me
había regalado el tendero amigo de mi padre y con ella hacía arreglos en los
higos verdes para convertirlos en caballos salvajes o en soldados del rey. Los
tirachinas los hacíamos nosotros con tiras de las cámaras inservibles de las
ruedas de las bicicletas, con una lengüeta de zapato viejo o un trozo de badana
para colocar la piedra y con una horquilla de rama de avellano. Con el
tirachinas se podían romper cristales, desprender las nueces, apuntar a las
palomillas de porcelana de los cables de la luz o cazar gatos y gorriones.
Hacíamos campeonatos y guerras de verdad de las que algunos salíamos heridos.
Nos gustaba a cazar ardillas, porque era lo más difícil. Las veíamos saltar de
rama en rama y disparábamos todos a la vez, pero nunca conseguíamos cazarlas.
Semana Santa
El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 289
Mi abuela colgaba trapos morados
sobre los cuadros. En los bares no se podía encender la televisión. Todos los
niños asistíamos a los oficios. Los oficios de Semana Santa se celebraban en el
viejo templo del pueblo que estaba más alto y era cabeza parroquial. Las niñas
esparcían flores en el pórtico cuando salía el párroco bajo el palio con su
salmodia estridente para iniciar la procesión. Las mujeres, vestidas de negro y
con mantilla en la cabeza y un cirio en las manos, entonaban canciones
histéricas. Los hombres fumaban a escondidas y agachaban la cabeza. Se agitaban
los estandartes y las cruces y la figura del Cristo, arrodilladoy con la cruz a
la espalda, oscilaba en un vaivén imposible por la diferente estatura de los
costaleros.
Formación del Espíritu Nacional
El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 239
Las clases de Formación del
Espíritu Nacional estaban a cargo de un hombre de aire cansino, apacible de
ánimo y ronco de fumar, que gastaba un bigote mínimo y un sombrero de fieltro
con pluma. Había sido militar en las guerras africanas e impartía las clases
sin gana. Nos hablaba de la familia y de los vínculos del afecto y de la
sangre, y nos hablaba de la escuela, y dibujaba en la pizarra un yunque y un
martillo y decía que la escuela era la fragua donde se forjaba a los hombres
del mañana, y nos explicaba los gremios y los santos patronos de cada gremio.
Cuando hablaba de la justicia social dibujaba balanzas y cuando nos enseñaba el
principio de la autoridad pintaba una corona cruzada por un bastón y una espada,
y al explicarnos la lección de las normas y el bien común dibujaba un semáforo,
como los que yo había visto junto al mar. Para el trabajo manual un pico y una
pala, para el trabajo creativo una bombilla encendida y para el descanso un
cine. Le gustaba dibujar. Cuando más disfrutaba era cuando nos hablaba del
Caudillo Dictador. Le temblaban los labios bajo el bigote escaso Y se le
aclaraba la voz. Una vez incluso llegó a llorar. Una vertiginosa y brillante
carrera, nos decía, estratega genial, reconstructor de la patria, impulsor de
los españoles hacia ideales sagrados, y nos aburría con las historias, que
repetía una y otra vez, de su experiencia como oficial en África a las órdenes
del Caudillo. El militar regentaba un estanco en un pueblo cercano por concesión
generosa y expresa del Caudillo y venía a impartir las clases los jueves en una
vespa azul con un gran parabrisas.
1.593. LA VIDA LENTA / JOSEP PLA
1956
1 enero
Esta noche, cuando volvía a casa (a las dos) a pie, con una tramontana fortísima en contra, pensaba que, a veces, la vida parece más larga que la eternidad. En la cama (glacial), leo los dos últimos números de Il Borghese, hasta las ocho. Me levanto a las cuatro de la tarde. Hace un día despejado, soleado y lívido —sin viento. ¡Año nuevo, vida nueva! Me paso lo que queda del día en casa, junto al fuego.
2 enero
Por la tarde trabajo en Viatge a Catalunya. Mercè me hace compañía junto al fuego. A las siete se levanta otra vez la tramontana. Ceno en Palafrugell, restaurante Reig. Conversación con Martinell y Medir. Vuelta a casa a las dos. Oigo París hasta las cuatro, los resultados electorales franceses. Un desastre comunista y pujadista. En la cama, leo el New Yorker. Me duermo por la mañana.
INCIPIT 1.592. MENTIRAS DE MUJERES / LIUDMILA ULITSKAYA
PRÓLOGO
¿Se puede comparar la gran
mentira masculina –estratégica, arquitectónica, tan antigua como la respuesta
de Caín– con las encantadoras mentiras de las mujeres en las que no se adivina
ninguna intención, buena o mala, ni siquiera un atisbo de aprovechamiento?
He aquí un matrimonio regio,
Ulises y Penélope. Su reino, la verdad, no es demasiado grande: una treintena
de casas, un pueblo de tamaño mediano. Las cabras en un redil (ni hablar de
gallinas, probablemente aún no se habían domesticado), la reina prepara queso y
teje alfombras. Perdón, sudarios... Lo cierto es que ella es de buena familia.
Su tío es rey y su prima es la mismísima Helena, por quien se desencadenó la
guerra más encarnizada de la Antigüedad. Por cierto, Ulises también figuraba
entre los pretendientes a la mano de Helena, pero, pícaro él, tras sopesar los
pros y los contras se casó no con la más bella de las mujeres, no con la
superestrella de moralidad dudosa, sino con Penélope, la buena ama de casa que,
hasta la vejez, fastidió a todo el mundo con su ostentosa fidelidad conyugal,
pasada ya de moda para la época.
INCIPIT 1.591. EL DIRECTOR / D.KEHLMANN
¿Qué hay de nuevo este domingo?
¿Qué hago en este coche?
Voy sin moverme. Cuando no te
mueves, a veces te vuelve la memoria.
Pero no sirve de mucho. Lo único
claro es que el conductor fuma. El vehículo está lleno de un humo espeso. Me
arden los ojos. Me estoy mareando. El señor tiene el pelo gris, motas de caspa
en los hombros. Del espejo retrovisor cuelga una cadenita de perlas con un
pequeño crucifijo.
Una cosa detrás de otra. El
chófer vino a recogerme, me abrió la puerta, y los demás se quedaron mirando
con la boca abierta, el escuálido Franz Krahler, la tonta de la señora
Einzinger y también ese otro tipo bajito que nunca me acuerdo de cómo se llama.
Porque, en realidad, en el
sanatorio Abendruh son todos los días iguales. Durante el desayuno, se oye la
radio, se sale al parque, te duele la espalda, ponen la comida, echas un
vistazo al periódico, te enfadas por algo mientras la tele está encendida;
algunos la miran, otros duermen, siempre hay alguien que tose como si estuviera
a punto de morirse. Luego enseguida se hacen las tres y media, luego sirven la
cena y luego estás en la cama sin poder dormir, yendo al baño cada media hora.
A veces hay visitas, aunque a ti nunca vienen a verte. A veces se muere alguien
y se lo llevan. Eso sí, lo rarísimo es que un coche negro con chófer venga a
recoger a uno que sigue vivo.
LAS MUSAS

El
desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 18-19
En el pasillo, sobre unas
repisas, había tres candelabro de tres brazos cada uno que le había regalado a
mi padre una tía suya que vivía en la ciudad y que había sido enfermera de
guerra. Eran de bronce con las figuras de las musas griegas sosteniendo la base
de las velas. Mi padre me fue dando cuenta de aquellas diosas, hijas de Zeus,
que era el jefe de los dioses, y de Mnemosina, que era la diosa de la memoria,
y me hablaba de ellas como si las hubiera conocido en sus tiempos como alférez
en la milicia por los montes pirenaicos, y me explicaba con emoción que eran
jóvenes ociosas y de muy buen ver que no tenían la responsabilidad de los
dioses principales y que llenaban el tiempo en el Olimpo escribiendo, cantando
y enamorándose, y me comentaba cada detalle, esta que lleva la corona de laurel
se llama Calíope y se ocupa de la belleza, y esta de la trompeta y del libro
bajo el brazo es Clío, mi favorita, y es la musa de la historia, y la tercera
de este candelabro es Erató, que, como ves, lleva rosas y una cítara, que es un
instrumento musical de cuerda, como la lira, y aquella de la flauta es Euterpe
y se ocupa de la música, y la de la máscara es Melpómene, la musa de la
tragedia, y esta del vestido largo es la más espiritual de todas y se llama
Polimnia, y en este otro candelabro está Talía, parece la más joven y graciosa,
se ocupa de la comedia, y esta otra es Terpsícore, la musa de la danza y madre
de las sirenas, otro día te hablaré de las sirenas, y la última es Urania,
lleva un globo terráqueo en las manos como el que yo tengo en la escuela,
porque es profesora de físicas y astronomías. Tantas veces me lo contaba que no
tardé en memorizar sus nombres y ocupaciones.
































