Teresa cumple años dos veces cada año. En Madrid y en Benidorm. Con mamá y con papá. En abril y en abril. El orden es siempre el mismo: primero en Madrid, primero con mamá, primero el día 3 de abril. Su verdadero cumpleaños. Porque las cosas solo pueden ser verdaderas una vez, el resto es repetición, y al padre, a Daniel, siempre le toca celebrar esa repetición: un cumpleaños que nunca transcurre en la ciudad de la niña, nunca con sus amigas, nunca el 3 de abril. Este año será el día 13, sábado: una fecha de mentira. Lo sabe Daniel y, sentada en el asiento de copiloto, lo sabe también Teresa, que guarda un silencio solemne mientras el coche arranca y la puerta del garaje se va elevando poco a poco. Una expresión adulta. Una mirada que no le pertenece a ella, sino a su madre. Al menos eso piensa Daniel. De un tiempo a esta parte siente que el rostro de su hija se ha ido poblando de gestos heredados, gestos que siempre pertenecen a Patricia, y que por eso ama y rechaza al mismo tiempo. El cuerpo de la niña como el campo de una batalla perdida de antemano, en el que no puede reconocer nada propio, salvo la derrota.
Teresa mirando la cagada de
gaviota que blanquea el parabrisas, con el ceño fruncido: el gesto de Patricia
al examinar una factura.
Teresa apartándose un mechón de
la frente usando solo dos dedos: los dedos de Patricia, el mechón de Patricia.
Teresa que se vuelve de pronto
para mirarlo con la barbilla apuntando al cielo, exactamente igual que
Patricia. Teresa, un metro cincuenta y tres centímetros de estatura, y sin
embargo capaz de mirarte a veces desde las alturas.





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