Regresa a pie de la Tate, con los cuadros en la cabeza, disfrutando de la tranquilidad de la tarde. Hay en el aire una deliciosa sensación de otoño, como encontrar un tramo de agua más fresca cuando nadas. Cruza a la carrera Horseferry Road, esquivando autobuses, y salta a la acera. Hay un tablón delante del kiosco. Habrá visto la foto por el rabillo del ojo y se da la vuelta al instante para leer el titular. La náusea es tan fuerte que le dobla por la cintura. No era esto lo que pretendía, no esperaba que salieran así las cosas. Se obliga a incorporarse. Tiene que ejercitar toda su capacidad de autocontrol para aparentar tranquilidad mientras camina por Tufton Street, gira la llave en la puerta doble y entra en el ascensor. Nadie lo ve.
PINCIO
23 años sin opinar
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.668. EL LIBRO DE PLATA / OLIVIA LAING
Regresa a pie de la Tate, con los cuadros en la cabeza, disfrutando de la tranquilidad de la tarde. Hay en el aire una deliciosa sensación de otoño, como encontrar un tramo de agua más fresca cuando nadas. Cruza a la carrera Horseferry Road, esquivando autobuses, y salta a la acera. Hay un tablón delante del kiosco. Habrá visto la foto por el rabillo del ojo y se da la vuelta al instante para leer el titular. La náusea es tan fuerte que le dobla por la cintura. No era esto lo que pretendía, no esperaba que salieran así las cosas. Se obliga a incorporarse. Tiene que ejercitar toda su capacidad de autocontrol para aparentar tranquilidad mientras camina por Tufton Street, gira la llave en la puerta doble y entra en el ascensor. Nadie lo ve.
INCIPIT 1.667. DIOS NO ES BUENO / CHRISTOPHER HITCHENS
Dicho sea suavemente
Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he advertido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón tienden a adoptar esta línea de acción), entonces no tendría que discutir únicamente con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendría también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.
Cuando era un niño de unos nueve
años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de
Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme en ciencias
naturales y también en historia sagrada. Nos llevaba a mis compañeros y a mí a
dar largos paseos por una zona particularmente bella de la hermosa tierra en
que nací y nos enseñaba a distinguir las diferentes especies de aves, árboles y
plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos;
la maravilla de unos huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te
picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos)
crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha
permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el
que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y
demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no
tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare,
escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.
INCIPT 1.666. LA CARNE / DAVID SZALAY
A los quince años, se muda con su madre a otro pueblo y empieza en otro colegio. No es una edad fácil para hacer algo así; el orden social del colegio ya está bien establecido y le cuesta hacer amigos. Pasado un tiempo hace un amigo, otro individuo solitario. A veces quedan después de clase en el nuevo centro comercial al estilo de Occidente que acaban de abrir en el pueblo.
—¿Lo has hecho alguna vez? —le
pregunta su amigo.
—No —dice István.
—Yo tampoco —dice su amigo, y en
cierto modo eso facilita la confesión.
Tiene una forma sencilla y
natural de hablar de sexo. Le dice a István con qué chicas del colegio
fantasea, y qué fantasea hacer con ellas. Dice que a veces se masturba cuatro o
cinco veces al día, e István se siente un incompetente ya que por lo general él
lo hace una o dos veces. Cuando lo confiesa, su amigo dice:
—Seguro que tienes el impulso
sexual bajo.
Puede que sea verdad, que él
sepa.
No sabe cómo es para otra gente.
Solo tiene su experiencia
personal.
Un día su amigo le dice que lo ha
hecho con una chica que vive al otro lado de las vías del tren.
INCIPIT 1.665. LA COLUMNA / ADRIEN BOSC
Amanece y el río despierta.
Simone pasa entre tupidas ramas
de altas retamas y sobre una alfombra de helechos, y echa a caminar a campo
traviesa. Llega al talud y, a gatas, trepa hasta la trinchera; es un agujero
hecho en el suelo en el que cabe justo una persona. Levanta la cabeza y se ve
cubierta por numerosos álamos de fino tronco.
El aire es templado. La luz,
aunque tenue, es hermosa, dorada, delicada. Una ráfaga de viento mece las copas
de los árboles; una garza que anida en lo alto echa a volar y empieza a dar
vueltas por encima del agua. Se oye un ruido, como el de una sombra que
surgiera de la noche. El tiempo se detiene. El bosque entero resuena. La
niebla, que va adensándose a medida que el sol penetra en la alameda, lo
envuelve todo: la llanura ya no es sino una gran nube que cubre la tierra y la
engulle. Simone no tiembla, sujeta firmemente su fusil.
ROBERT PREVOST
El pastor y los lobos, Santiago Roncagliolo, p. 107
En principio, a Robert Prevost no
debía darle mucho miedo una comunidad de vida cristiana, por poderosa que fuera.
Se había enfrentado a organizaciones bastante más oscuras.
Todavía hoy, el Perú es un lugar
peligroso. Varias regiones han declarado el estado de emergencia ante el
aumento de la delincuencia y, aun así, se registra una denuncia por extorsión
cada diecinueve minutos. Bandas de crimen organizado exigen dinero a los
comerciantes a cambio de no matarlos. Suelen amenazar por WhatsApp de manera
genérica, pero todo el mundo sabe que debe comenzar a preocuparse cuando recibe
llamadas y fotos específicas de su familia o de su negocio. Hay primeras cuotas
y mensualidades de miles de dólares que los peruanos llaman «cupo». Negarse a
pagar el cupo solo sirve para aumentar la cuota, a veces hasta un millón. En agosto
de 2025, una bomba dejó cinco heridos y daños varias viviendas en Trujillo.
Aunque parezca increíble, en los
años ochenta era peor. Desde que llegó al Perú por primera vez, a Chulucanas, Robert Prevost se topó de cerca con la
violencia. Primero la de Sendero Luminoso, el grupo armado más letal de la historia
americana. Sendero operaba sobre todo en el sur de Perú, pero había abierto un
frente de combate en la zona de montañas cerca de Chulucanas, justo mientras
Prevost se hallaba ahí. Aspiraba a replicar la Revolución china; o acaso su versión
más cruel, la camboyana. No tenían piedad. Buscaban el máximo daño al menor
precio. Sus militantes no necesariamente llevaban armas ni uniforme.
Perpetraban masacres con machetes y piedras. Volaban bancos y comisarías con
cargas explosivas robadas de las minas, a las que consideraban un arma popular;
«La humilde dinamita». Según los datos oficiales, la violencia de esos años
produjo casi setenta mil muertos y desaparecidos, más de la mitad de ellos, en
acciones senderistas.
Como marxistas y
antiimperialistas, los senderistas tenían especial apetito por dos tipos de
víctimas: los sacerdotes católicos y los norteamericanos. El padre Robert
Prevost pertenecía a los dos grupos.
BENETIANA
Aquí me paro, Javier Marías, p. 269
La capacidad fantasmagórica
Al hablar de ensayos de
Benet, sería tan injusto como ridículo
no mencionar uno de sus primeros textos, La inspiración y el estilo. aunque
sólo fuera por el deslumbramiento que para muchos autores de mi generación supuso
en su ya lejano día. Independientemente de eso, creo que se mantiene como uno
de los ensayos literarios más originales y más importantes de las letras
españolas, desde sus inicios hasta hoy. Aunque la comparación sea obligadamente
inexacta, representa lo mismo que en su momento representó para los europeos
Mimesis, de Erich Auerbach. Es decir, una revelación.
Pero hay un ensayo más breve, y
muy posterior, que también me gustaría destacar: «¿Se sentó la Duquesa a la
derecha de don Quijote? En esa pieza Benet muestra la ambigüedad, por fuerza,
de toda literatura. En lo espacial, sin duda, pero también en lo temporal, en
lo narrativo y en lo reflexivo. La literatura –por supuesto, la poesía, pero en no menor grado
la novela- es per se algo incompleto, impreciso y ambivalente, que requiere
siempre de la imaginación del lector. Lo no dicho o no contado —lo que el autor
decide no decir o no contar. O lo que no sabe decir ni contar está, sin
embargo, en el texto, como si éste tuviera la capacidad fantasmagórica para
mostrar también lo que no existe ni existirá nunca. Como si contuviera su
espacio y su tiempo, y a la vez el revés de tiempo y espacio.
DE MENDOZA
Entrará en los anales
Aquí me paro, Javier Marías, p. 297
La figura de Eduardo Mendoza pasará
a los anales de la literatura española, sino de la entera sociedad. Nunca se ha
visto nada igual en ella a punto de cumplir setenta años, de los cuales lleva
treinta y ocho como autor publicado y querido; haber debutado con una novela de
enorme éxito público y crítico, La verdad sobre el caso Savolta, que además ha
quedado como la más decisiva renovadora de nuestras letras a la muerte de Franco;
tras haber visto su larga trayectoria acompañada de ventas masivas que se han
mantenido hasta su obra más reciente, El enredo de la bolsa y la vida; tras ser
elogiado de manera constante por las reseñas más visibles (las de prensa) y
también por los estudios universitarios de varios países, y contar sus novelas
con numerosísimas traducciones a los principales idiomas así como a los más
improbables (doy por hecho que están incluidos el vietnamita y el macedonio),
resulta ser un escritor al que sus colegas, lejos de tenerle la tirria que en
nuestro territorio se profesa a cualquiera, pero sobre todo al que destaca y
ensombrece a los demás. lo admirarnos profunda y confesamente. Y no sólo eso:
también los periodistas, columnistas y tertulianos -gente proclive a encontrar
defectos y a poner a caldo al transeúnte- hablan bien de él y de su obra con la
mayor simpatía. Y no sólo eso: en un país
en el que a los individuos les suele reventar que triunfe alguien, aunque se dedique
a algo que ellos nunca han tenido intención dc probar -recuerdo que mi padre
decía que la verdadera envidia no es la de los colegas, comprensible, sino la del ama de casa a la que pone negra
que un torero corte orejas, aunque ella jamás haya albergado el propósito de
saltar a una ruedo-, resulta que hasta las amas de casa adoran a Mendoza y
celebran sus hazañas.
BENETIANA
Aquí me paro, Javier Marías, p. 104
En el volumen conmemorativo que
acompaña a esta edicíón se incluye la carta que me escribió Juan Benet desde
Australia, nada más terminar su lectura de Corazón tan lanco. (Alcancé a
entregarle su ejemplar poco antes de que emprendiera viaje, y se lo llevó
consigo.) La doy a conocer sin muchas vacilaciones, no sin mala conciencia. Hay
elogio en sus letras, y eso es lo que más me ha hecho dudar. Pero también le
pone pegas a la novela (muy propias de él, por cierto), así que éstas, tal vez,
compensen la parte de elogio. Benet era en todo caso un lector perspicacísimo.
extraordinario. Han pasado veinticuatro años
desde su muerte en enero de 1993, y yo ya no soy el que recibió con
inquietud y emoción aquella carta de las antípodas. Si no me confundo, fue la
última que me escribió. Yo le contesté, seguro, pero si conservo copia de mi
respuesta no estoy dispuesto a buscarla. Corazón tan blanco fue la última de mis
novelas que él leyó, que él conoció.
Había sido el primer o segundo lector de todas las anteriores, v con
toda probabilidad su juicio era el que más me importaba. Al publicar Mañana en
la batalla piensa en mí, en 1994 (y en ella hay unas cuantas páginas inspiradas
por su muerte), eché indeciblemente de menos su opinión, su visto bueno, que me
han seguido faltando respecto a cuanto he escrito después, Negra espalda del
tiempo, Tu rostro mañana y las que han venido en tiempos recientes. Y, como él
no me ha dado el «aprobado» o el nihil obstat desde entonces, nadie me convencerá plenamente de que mis
novelas posteriores a Corazón tan blanco valgan algo. Siempre tendré la duda.
Aunque, ahora que lo pienso, también tengo mis dudas sobre esa y las
anteriores. Nunca saldré de ellas, menos aún si no me releo. A fin de cuentas,
¿quién me daría seguridad sobre mi opinión retrospectiva? Así que seguiré como
hasta hoy, y que sean otros quienes relean o lean esta novela tan antigua. Si les place.
I NCIPIT 1.664. LO QUE PODEMOS SABER / IAN McEWAN
El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
INCIPIT 1.663. AQUI ME PARO / JAVIER MARIAS
Aviones marineros
Hace algunos años escribí un
artículo titulado «Madera de avión» en el que confesaba con guasa mis miedos a
viajar por el aire, cosa que, por lo demás, y con no escasa valentía, acabo por
hacer unas veinte veces al año. Me alegra decir que mi pulso ha mejorado mucho
durante los vuelos, no sé si por acostumbramiento o porque ir dejando atrás
edades nos hace más desdeñosos de la posible vida futura y más conformes con la
ya acumulada. Pero mis traslados en avión de al menos un par de decenios me
convirtieron sin falta —durante cincuenta minutos, dos horas, siete o incluso
doce— en un niño de pocos años y lleno de supersticiones, que llegaba a sus
diversos destinos completamente agotado tras la enorme tensión y el indecible
esfuerzo de «llevar» yo mismo el aparato.
INCIPIT 1.662. EL PASTOR Y LOS LIBROS / SANTIAGO RONCAGLIOLO
El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
Después de desayunar, uno de los
archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su
ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema,
conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso
poema perdido, «Una Corona para Vivien» de Francis Blundy. Era útil contar con
alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales
bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase
después de palabras menores como «de» y «la» mientras dejaba la boca abierta,
me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a
menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la
matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo
algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para
disimular mi aversión.
INCIPIT 1.661. MANUEL CHAVES NOGALES / FRANCISCO CANOVAS SANCHEZ
Preludio
Manuel Chaves Nogales es uno de los escritores españoles más
destacados del siglo XX. Sus crónicas periodísticas y sus obras literarias le
han situado en un lugar privilegiado de la edad de plata de la cultura
española. Abordó de forma sencilla y sugestiva una gran variedad de temas,
animado por el deseo de ampliar el número de lectores, sin rebajar la calidad
de sus artículos, relatos y reportajes.
Para conocer bien a un escritor, a un científico o a un
artista hay que insertarlos en las coordenadas históricas de su tiempo, en las
realidades sociales, culturales, institucionales y políticas, ya que, como
señaló José María Jover, de esa manera se refleja la relación existente entre
la biografía, la coyuntura histórica y la obra. En el caso de Chaves Nogales,
la realidad social, el contexto cultural y los sucesos históricos que vivieron
España y Europa entre 1897 y 1944 —la lucha por el sufragio universal, la
crisis de la democracia parlamentaria, el papel destacado de los medios de
comunicación, la aparición de las ideologías totalitarias y los sucesivos
conflictos bélicos…— influyeron de forma determinante en su trayectoria vital,
su visión del mundo, su escritura periodística y su obra literaria y su
compromiso cívico. También, en su muerte, acaecida en 1944 en el exilio
londinense, cuando apenas tenía cuarenta y seis años.
INCIPIT 1.660. EL CONTABLE HINDU / DAVID LEAVITT
El hombre sentado al lado de la tarima parecía muy viejo, al menos a los ojos de su público, cuyos miembros eran casi todos muy jóvenes. En realidad no había cumplido aún los sesenta. La maldición de los hombres que aparentan menos años de los que tienen, pensaba a veces Hardy, es que en un determinado momento de su vida cruzan una línea y empiezan a parecer mayores de lo que son. Cuando estudiaba en Cambridge, lo confundían a menudo con un colegial que estaba de visita. Y cuando ya era catedrático, con un estudiante. Luego la edad le había alcanzado, y ahora le había adelantado, así que parecía la mismísima personificación del matemático mayor al que el progreso ha dejado atrás. «Las matemáticas son un juego de jóvenes» (escribiría a la vuelta dc unos años), y a él le había ido mucho mejor que a otros. Ramanujan había muerto a los treinta y tres. Los admiradores actuales, fascinados por la leyenda de Ramanujan, hacían cábalas sobre lo que podría haber conseguido de vivir más años, pero personalmente Hardy opinaba que poco más. Se había muerto con lo mejor de su trabajo ya hecho.
Esto sucedía en Harvard, en la
Nueva Sala de Conferencias, el último día de agosto de 1936.
UNA ANECDOTA DE FERNANDEZ MALLO
El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 136
Una anécdota personal. En el año
2004. Tras permanecer seis meses convaleciente de una rotura de cadera, en una
de las revisiones rutinarias, la prueba de resonancia magnético-nuclear reveló
una pequeña mancha en la cabeza de mi fémur derecho. Asistí a la discusión
entre el radiólogo —humano que interpreta imágenes (digamos esas “caras de
Bélmez” que todos llevamos en el interior de nuestros cuerpos)—, y el
traumatólogo —humano que opera, abre la carne y llega hasta el hueso, así que
su reino último es el de la materia, no el de las representaciones—. En aquel
caso. el radiólogo interpretaba esa mancha en mi fémur como un ente que
significaba algo muy concreto, algo familiar, una forma completamente
"figurativa” que se traducía en un claro principio de un proceso de
necrosis, y que debia ser inmediatamente operada, pero el traumatólogo
interpretaba la mancha como algo que no tenia importancia alguna, algo que nada
significaba más allá de una mera forma abstracta. Tras asistir al ping pong de
argumentaciones por ambas partes, cada vez más acaloradas, el traumatólogo
concluyó con un grito que debió de oírse en toda la planta del hospital: “¡yo
no opero una imagen!”
Repitámosla; • yo no opero una
imagen». Ahi se halla el núcleo de la pregunta: ¿es la enfermedad. revelada por
métodos no directos, tales como los rayos X o las reso• nancias magnéticas, la
«verdadera realidad.?, o, por el contrarto, ¿son esos métodos de diagnóstico
una mera representación de la realidad, y, en ese caso, como la tografia o el
cine o las novelas, están sujetos a las Interpretaaones propias de los relatos
y de las artes? Dicho de
LA INTELIGENCIA DE LA IA
El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 211
No hay conocimiento de que nadie
ni nada haya creado o diseñado jamás un ser o un objeto más inteligente que ese
creador o diseñador. En efecto, ya hemos comentado capítulos atrás que no hay
prueba alguna de que el homo sapiens haya incrementado su inteligencia, ni mucho
menos que nuestra civilización sea más inteligente que otras anteriores, por
muy antiguas que éstas sean. ¿Alguien puede asegurar hoy que es más inteligente
que Aristóteles, o más inteligente que quien creó una piedra para cortar la
piel de los animales, o más inteligente que quien creó el sistema de escritura
cuneiforme? En realidad, esas preguntas ya vienen con trampa desde su formulación
porque nadie ha creado jamás nada por sí mismo, toda invención responde, en
directo o en diferido, y en mayor o menor medida, a un trabajo que excede
propio sujeto creador —lo cual no implica, por supuesto su legítimo derecho de
autoría—. El constante crecimiento de la inteligencia individual es una
apariencia generada por el aumento del conocimiento colectivo, derivado a su vez
del crecimiento de lo que acabamos de denominar la era de la Humanidad. Porque
ningún progenitor crea un hijo más individualmente inteligente que lo ya individualmente
inteligente era el progenitor de origen. Esta idea ya fue puesta en evidencia
por uno de los padres de la computación, el matemático John von Neumann, cuando
dijo que, en caso de poder darse una procreación entre máquinas tal que diera
lugar a una maquina nueva, la máquina madre debería ser necesariamente más compleja
que la creada; concretamente: “la organización sintetizadora ha de ser por
necesidad más compleja, de un orden superior a la organización sintetizada”.
JAMESIANA
Cuentos autobiográficos. Volumen II, Alvaro Pombo, p. 17
2. UN ENCUENTRO CON HENRY JAMES
La clave de mi entusiasmo por
Henry James, tanto el joven como el intermedio como el último, procede de la
idea de la maravilla del estar siendo consciente rodo: «The wonder of
consciousness». Lo que Henry James quiere a todo trance es incrementar y
refinar la atención cuidadosa de sus lectores, y en esto otra escritora inglesa
de finales del siglo xx, Iris Murdoch, se le parece mucho. También sus novelas
son un ejercicio de atención de los personajes y las tramas, y reclaman una
concentración especial del lector. Los libros de Henry James, antes de dar con
La campana de Iris Murdoch, fueron mi guía de Londres. Recuerdo que vivía en un
estado de ánimo intenso que yo sentía como insustancial, vacío de
significación, me sentía de más. Esto significaba entonces, quizá, la cualidad
del hechizo londiense. Durante un año por lo menos, mi muy deshilvanada
capacidad de leer textos largos o complicados en inglés tuvo su parte. Puedo
mencionar, sin embargo, dos libros fáciles nuestro autor, y comentar después mi
primera lectura de Retrato de una dama, esta ya una novela muy extensa y elaborada.
El asunto a que había que prestar atención en Otra de tuerca era la circulación
del otro mundo por este con un componente claro de malignidad, de mala
intención. Una vez empezabas el libro, por cierto expuesto solemnemente,
calmosamente al principio, luego te ibas internando, más y más, en la vida de
los dos niños abandonados en una casa de campo al cuidado de criados, y el la
evolución de sus almas. El segundo libro, Washington Square, era, al decir de
Grahan Greene, un libro felino. Esto quería decir que, excepción hecha de la
sincera pasión (equivocada) de la protagonista por el seductor que quería
casarse con ella, los sentimientos de los demás personajes tenían ese carácter
educado, sedoso, repentino, que parece que puede atribuirse a las panteras
negras o a los tigres.
17
INCIPIT 1.659. EL ANGEL DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO
PARTE I
Teología
BREVE APROXIMACIÓN A LA IDEA DE ÁNGEL CAÍDO
La tecnología en general, y en particular la
Inteligencia Artificial (IA de aquí en adelante) en cualesquiera de sus etapas
y modalidades, constituye un ámbito del conocimiento y creación humanos que con
una fuerza que sólo puede calificarse de primigenia se ha convertido en una
fuente de mitos contemporáneos, miedos y místicas exaltaciones, cuando no en
una suerte de neorreligión.
Nos proponemos ver el fenómeno
Inteligencia Artificial como si fuera por primera vez, no atendiendo
exactamente a sus específicos análisis tecnológicos –de los cuales ya existen
magníficos textos analíticos y descriptivos– sino como un vasto territorio
cuyas fronteras y límites comprenden dentro de sí a lo humano; no en vano, la
IA, al menos hasta la fecha, está hecha por humanos, no por otra clase de
seres. Para ello, nos valdremos de diferentes dimensiones, tales como teología,
antropología, física y metafísica. Lo que entre todos estamos inventando es una
ciencia todavía sin nombre, la cual, en mayor o menor medida, es motivo de
fascinación en todo subconjunto social. Es por ello que hablamos de tentativas,
ensayos y aproximaciones, no de certezas.
INCIPIT 1.658. PANDEMIA / SLAVOJ ZIZEK
Introducción: Noli me tangere
«No me toques», según Juan 20,
17, es lo que le dijo Jesús a María Magdalena cuando ella lo reconoció después
de su resurrección. ¿Cómo he de entender yo, un ateo cristiano confeso, esas
palabras? En primer lugar, quiero asociarlas con la respuesta de Cristo cuando
sus discípulos le preguntan cómo sabrán que ha vuelto, que ha resucitado.
Cristo les dice que estará allí donde haya amor entre sus creyentes. Estará
allí no como una persona a la que se puede tocar, sino como el vínculo de amor
y solidaridad entre la gente. De manera que «no me toques, toca y relaciónate
con los demás en el espíritu del amor».
MONTAIGNE
Ese montón de espejos rotos, Gonzalo Celorio, p. 25
En 1580 Michel de Montaigne
publicó el primer tomo de sus ensayos. Tenía entonces cuarenta y siete años. Como
lo empezó a escribir antes de cumplir los cuarenta, es -diríamos ahora- una obra
de juventud; sin embargo, en ese primer volumen aparece su ensayo “De la edad”.
En él, Montaigne, retirado del mundanal ruido y confinado en una torre que
metafóricamente podría calificarse de ebúrnea, se ve a sí mismo como un hombre
viejo. Piensa que “ha escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos
tropezaron”. Y, con su habitual gusto por las paradojas, considera que morir
viejo de «muerte natural" es lo menos natural que puede ocurrir, pues lo
común y universal es morir antes de llegar a la senectud. Está convencido (si
es que Montaigne alguna vez tuvo alguna convicción que no fuera la de no tener
ninguna) de que las responsabilidades deben asumirse en la primerísima
juventud, más tardar a los veinte años. como él mismo lo hizo tras la muerte de
su padre. A esa esa edad –dice- los hombres son ya lo que deben ser en lo
sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de la vida. Desde nuestra perspectiva del siglo
XXI, podemos pensar que Montaigne se opone a la la prolongación de la juventud
cuando apenas se ha llegado a ella y la prolongación de la vida cuando apenas
se ha alcanzado la madurez. Lo cierto es que, del siglo XVI a nuestros días,
los tiempos han cambiado que respecta precisamente a la concepción del tiempo y
a las edades que su transcurso va engendrando.
El creador del ensayo moderno
mandó escribir estas palabras en lengua latina sobre la chimenea de su refugio:
En el año de Nuestro Señor dc 1571,
a la edad de treinta y en las vísperas de las calendas de marzo, aniversario de
su nacimiento, hastiado de esclavitud de las cortes y de los empleos públicos,
pero conservando todavía la entereza de facultades, se refugió Miche de
Montaigne en el regazo de las doctas vírgenes. en medio de la seguridad y la
calma, para vivir así el resto de su vida, consagrando al reposo y a la
libertad el sosegado aposento que heredó de sus antepasados.
OLYMPIA
La Folie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 261
La Olympia de Manet fue expuesta la sala M del Salon, en
mayo de 1865. No faltaban los desnudos, alrededor. por lo general acuáticos,
cuajados de espumas alusivas (cuatro nacimientos de Venus coincidieron en
1863). Pero sólo en torno a la cortesana de Manet multitud se aprieta, como en
una morgue, escribió un periodista de entonces. Muchos se reían. Encontraban
cómica esa mirada fría, ese cuerpo menudo y quizá malévolo. No se limitaron a reír:
Olympia fue descrita como una hembra de gorila, su mano izquierda comparada con
un sapo, su carne pareció descompuesta a algunos, la piel cadavérica. Se
insistía, sobre todo, en un punto: Olympia estaba sucia, necesitaba un baño
regenerador, su cuerpo estaba rayado de franjas carbonosas. No eran sólo los
cronistas más mezquinos los que escribían . Tampoco Gautier escondió su
incomodidad. Le parecía incomprensible ese "modelo grácil acostada sobre
un trapo”. También él la encontró sucia. “El tono de la carne es sucio; el
modelado, inexistente.” Aubert resumía una opinión extendida cuando escribió
que era informe, lúbrica, sucia. Nadie quería prestar atención al delicioso
chal de cachemir —evidente homenaje a Ingres— que reposaba sobre la carne de
Olympia.
El más elegante de los críticos fue Thoré, quien apuntó
apenas a Olympia (Manet «ha hecho correr a todo Paris para ver a esa extraña
mujer; su espléndido ramo de flores, su negra su gato negro»), limitándose a
despreciar —con sólidos argumentos— el Cristo escarnecido por los soldados que
Manet había hecho colgar encima de su cortesana, con dudoso resultado.
MUÑOZ MOLINA
El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279
Apenas iba a clase. Pasear por la
ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en
claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me
alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos
adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a
Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La
Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera
novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las
librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque
me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad
del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes,
traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos
de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump,
dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a
una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante
las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado
alto, en palabras de Borges el penado bajo.
En la biblioteca de Faulkner, en
su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un
gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición
de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.
MELVILLE Y DON QUIJOTE
El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 241
En White-Jacket, la novela de
aventuras en un buque guerra que publicó dos años antes que Moby Dick, el
narrador, que parece que habla con su propia voz contando recuerdos muy vividos,
agobiantes muchas veces, sobre la dureza
disciplinaria de la vida en el mar, evoca a un marinero llamado Nord, lector de
buenos libros, “muy romántico”, revolcado por el molino de la adversidad. Dice
Melvllle: Muchas veces me había
fijado en su figura alta, erecta, austera. marchando corno don Quijote entre
los pigmeos de la tripulación a la que pertenecía. La sombra del caballero
sigue rondando por las páginas desordenadas y convulsas de la novela, que tiene
mucho de imperfecta anticipación de Moby-Dick. Un médico del barco, de buena familia
pero de escasa fortuna, había leído Don Quijote, y esa en lugar de curarlo de
su quijotismo, como hubiera debido, lo
volvió todavía más quijotesco. Durante una parada en Rio de Janeiro. y a pesar
del calor del trópico, este médico arruinado se pasea por la ciudad con un gran
chaquetón azul de marinero, echado con un gesto de elegancia española sobre un
hombro de caballero. En un cuento escrito en 1856, The Piazza Tales, Melvillle describe un prado
muy verde en en que unas vacas permanecen tan inmóviles que ni siquiera
rumian, como si estuvieran
hechizadas. Y los hechizados no comen, al menos eso dice don Quijote, el más
sabio de todos los sabios que han existido nunca.
EL CURIOSO IMPERTINENTE
El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 161
Inacción, letargo, silencio encubren la desgracia que
está creciendo como un tumor por dentro: la traición, la mentira, el trastorno.
En el proceso de descubrir la verdad Anselmo va encontrando una sucesión de
ausencias y de lugares desiertos. Viendo lo que no está comprende paso a paso
el horror que todavía no ha visto y no supo prever, aunque nadie más que él
tiene la culpa de haberlo desatado. Abre la puerta de la habitación en la que
había encerrado a la criada Leonela y ve la habitación vacía y una sábana hecha
nudos que cuelga de la ventana abierta. Busca a Camila y, no hallándola en la
cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Va ahora a buscar a su amigo Lotario,
por una calle de esta Florencia invisible, y los criados le dicen que se
ausentó en mitad de la noche. Y cuando volvió a su propia casa, no halló en
ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola.
El que anduvo a escondidas por esos corredores, se escondió detrás de los
tapices, espió por puertas entornadas y cerraduras, ahora anda solo y aterrado
por las estancias vacías, de las que sin ninguna explicación ha desaparecido su
mujer y han huido los criados, como escapando de un lugar maldito, que es el de
su vergüenza y su condena.
EL SENTIDO COMUN
Curso de literatura europea, Vladimir Nabokov, p. 217
El precioso ejemplar que pretendo
capturar para beneficio de aquellos que pueden estar Interesados en ver cómo se
hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante y de caballo, Se llama:
sentido común.
En el otoño de 1811, Norman Webster,
abriéndose paso decididamente entre de grado C. definió el sentido común como “un
sentido corriente bueno y saludable… exento de prejuicios emocionales o de
sutilezas intelectuales, el sentido de los caballos”. Es una opinion bastante
halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una
lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos
cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura
perteneciente una verdad demasiado prematura: el sentido común ha coceado Ios cuadros
más encantadores porque su bienintencionada pezuña considera un árbol azul como
una locura¸ el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a
aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a
aprovechar una ocasión, brindad por un
resquicio de la historia, que habría sido ridículo no aprovechar. E] sentido
común es fundamentalmente inmoral porque la moral natural de la humanidad es
tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las
oscuridades inmemoriales del tiempo.
DAF DE SADE
Prohibo, bajo cualquier pretexto, que cuerpo sea abierto, Pido con la mayor instancia que sea conservado durante cuarenta y ocho horas en la estancia donde muera, colocado en un ataúd madera que sólo será al cabo de cuarenta y ocho horas arriba prescritas, al fin de las cuales dicho ataúd será cerrado; durante dicho intervalo, se enviará un billete al señor Lenormand , comerciante en maderas, boulevard de l'Egalité, número 101, en Versalles, para rogarle de venir en persona, seguido de un carruaje, a buscar mi cuerpo para transportarlo, bajo su escolta, a los bosques de mi propiedad de la Malmaison, municipio de Mancé, cerca de Epernon, donde quiero que se coloque, sin ninguna clase de ceremonia, en el primer prado que se encuentra a la derecha del citado bosque, entrando por el lado del antiguo castillo por la gran avenida que lo divide, Mi fosa será practicada en dicho prado por el granjero de la Malmaison, bajo la inspección del señor Lenormand, que no abandonará mi cuerpo hasta haberlo colocado en la citada fosa; podrán asistir a esta ceremonia, si así lo desean, aquellos de mis parientes o amigos que, sin ninguna clase de aparato, quieran darme esta última señal de afecto. Una vez recubierta la fosa, se sembrarán encima semillas, a fin de que, a continuación, estando el terreno de la citada fosa repoblado y el prado recubierto como estaba antes, las señales de mi tumba desaparezcan de la superficie de tierra, así como me aseguro de que mi memoria se borrará del espíritu de los hombres.
Hecho en Charenton-Saint Maurice,
en estado de razón y salud, el 30 de enero de 1806.
INCIPIT 1.657. ENCICLOPEDIA SECRETA / MARTA SANZ
Desobedecer es agotador
Hay libros con vocación de
resistencia, de insurrección y de combate. También hay libros obedientes. La resistencia
y la desobediencia se colocan semánticamente un paso por detrás de la insurrección
o el combate; aún así, son actitudes de agradecer porque implican una incomodidad
para el que lee que se traduce en un riesgo para el escribe: la de ser
invisible o que te llamen tonto. Cuando escribes libios desobedientes y te
nombran y, en lugar de tonto te llaman malo, posiblemente eso significa que vas
por buen camino.
Para desobedecer, en el ámbito
del arte, hace falta no ser ”monedita oro para gustarles a todos”, intuir que
sólo los idiotas suscitan unanimidades y huir, como de la peste bubónica, de la
posibilidad de que la palabra desobediencia se reduzca una marca como la que se
usa para anunciar fijadores del bucle rebelde —otra que la publicidad ha
adocenano- blue jeans o refrescos con mucha mucha cafeína. Ser desobediente es,
por tanto, una meta difícil.
MOISES ANTE FREUD
El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p.271
En cuanto a ese celebrado “progreso
en la espiritualidad”, era fácil entender cuál había sido el primer paso. Y
Freud lo identificó con un giro sorprendente, que repercutió sobre toda visión
de la figura de Moisés. Remontándose hasta la prehistoria, donde Freud se movía
con la seguridad sonámbula de un guía turístico, el momento decisivo que habría
puesto en marcha el progreso de la espiritualidad se encontraría en la transición
del matriarcado al patriarcado. Pero ¿de dónde deduce esta audaz afirmación?
Impasible, Freud responde como sigue: “Este cambio de la madre al padre señala
una victoria de la espiritualidad sobre la sensibilidad, por lo que es un
progreso en la civilización, ya que la maternidad es probada por el testimonio
de los sentidos, mientras que la paternidad es una hipótesis fundada sobre un
juicio y un presupuesto». La irreducible duda acerca de los hechos. como se
reconoce en la máxima “Pater semper incertus”, equivaldría así a la victoriosa “toma
de posición que eleva el proceso del pensamiento por encima de la percepción
sensible”. Ciertamente, nadie antes de Freud llegado a una conclusión tan
atrevida y vodevilesca, como quedaba de manifiesto en la historia de Moisés, caso
ejemplar en el progreso en la espiritualidad, pero también del pater incertus:
quedará siempre la duda, es verdad, de si Moisés fue judío o egipcio; si fue el
precursor del monoteísmo exclusivista de Akenatón o el Moisés madianita que
adoraba a Yahvé, dios-volcán no muy distinto de otros dioses de Oriente Medio;
o finalmente, si había sido un pobre niño judío salvado por la hija de un
faraón o el príncipe egipcio Thorrnés, cuyo nombre acababa de salir a luz en
las excavaciones de Tell-el-Amarna. Esa incertidumbre, parecía insinuar Freud,
permanecería irresuelta y seguiría acompañando, en la sombra, cualquier
“progreso en espiritualidad”.
INCIPIT 1.656. CUENTOS AUTOBIOGRAFICOS. VOLUMEN II / ALVARO POMBO
LA ABUELASTRA
Ahora estoy inclinado a escribir
cuentos. Llamo cuento a un relato que no pase de los diez o quince folios:
puede valer, si es brillante, con solo cuatro o cinco. Esta inclinación
coincide con un periodo inquieto de mi vida, una larga convalecencia, mientras
espero la publicación de mi segunda tanda de Cuentos autobiográficos, que
lanzará en mayo Anagrama.
Iba a casa de la abuela a merendar
los fines de semana. Y en otras ocasiones festivas. Cuando esto sucedía, la
abuela se había instalado ya a vivir en su nueva casa de Miranda: El Alta. Era
un chalet grande. Si subías al segundo piso veías los tejados de El Sardinero,
la playa de El Sardinero y el mar. Era una casa recién inaugurada en medio de
una huertajardín de considerable tamaño. En la parte de atrás había una
vaquería con dos vacas y un gallinero con diez gallinas pintas. Delante de la
casa había otro espacio equivalente, que era una huerta, y un maizal. La mía
era una abuela campesina, o mejor, que se hizo campesina con los años, al
trasladarse del Muelle a esta finca de El Alta.
INCIPIT 1.655. CATEDRAL / RAYMOND CARVER
PLUMAS
Ese amigo mío del trabajo, Bud,
nos había invitado a cenar a Fran y a mí. Yo no conocía a su mujer y él no
conocía a Fran. Así que estábamos a la par. Pero Bud y yo éramos amigos. Y yo
sabía que en casa de Bud había un niño pequeño. Aquel niño debía de tener ocho
meses de edad cuando Bud nos invitó a cenar. ¿Qué ha sido de esos ocho meses?
¡Qué deprisa ha pasado el tiempo desde entonces! Recuerdo el día en que Bud fue
al trabajo con una caja de puros. Los repartió en el comedor. Eran puros de
importación. Masters holandeses. Pero llevaban una etiqueta roja y un
envoltorio que decía: ¡ES UN NIÑO! Yo no fumo puros, pero cogí uno de todos
modos.
–Coge un par de ellos – dijo Bud,
sacudiendo la caja–. A mí tampoco me gustan los puros. Es idea de ella.
Se refería a su mujer. Olla.
INCIPIT 1.654. LAMENTO LO OCURRIDO / RICHARD FORD
NADA QUE DECLARAR
Todos los socios se reían de una
película que habían visto. Cuarenta y cinco años. Comentaban que era tan larga como
si durara cuarenta y cinco años. La mujer a la que McGuinness creyó reconocer
compartía el chiste con ellos en la otra
punta de la larga mesa. Estaba inclinada hacia delante, como si lo oyera todo
por segunda vez.
–¡Señorita Nail! – la llamaban–.
¿Qué le parece, señorita Nail? Díganoslo. – Reían. No entendía por qué.
No era una mujer alta, pero sí
delgada, y llevaba un vestido de lino marrón entallado que resaltaba su
bronceado y su cuerpo esbelto. La mujer lo había mirado dos veces de pasada...,
posiblemente alguna más. Una mirada fugaz que al principio pretendía ser
fortuita, pero que podía leerse como de reconocimiento. La mujer había sonreído
y apartado la mirada, una sonrisa que posiblemente daba a entender que lo
conocía, o lo había conocido. McGuinness se dijo que le extrañaba no
recordarla.
Se encontraban en el Monteleone.
El local que les servía de reducto en el penumbroso caer de la tarde, con su barra
tiovivo. Todavía no se había llenado.
SANTIAGO 1978
Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 81
Así llegué a Santiago, a la
universidad que no pisaría más que para matricularme. Santiago, sinónimo de
libertad para mí.
Santiago era un hervidero de
actividad. Era el año 1978. Franco había muerto tres años antes. Coincidió mi
adolescencia con el fin de la dictadura y, de alguna manera, me sentía como los
tiempos: optimista, llena de expectativas. Me sentía como se siente uno en la
juventud, más capaz que sus mayores, indestructible. Así me sentía yo. Una vez
fuera de la jaula nadie me marcaba límites, no había límites. Así pues me
dispuse a explorar ávidamente y todo lo que vi me pareció fascinante.
Santiago era el escenario
perfecto, una ciudad de otro tiempo, un lugar donde era fácil despegarse de la
realidad, una ciudad llena de universitarios, gente joven con el estómago
lleno, rebosantes de energía, y, sobre todo, rebosantes de tiempo. Una ciudad
donde, como en tantas otras, junto a la ilusión que el momento político
favorecía, se instaló el negocio floreciente de las sociedades modernas: las drogas.
Santiago me fascinó. En Santiago
de mostraban mil de las millones de maneras posibles de vivir; la gente me
parecía tan libre… Cada uno vestía como quería, hacía el horario que le daba la
gana, se comía a cualquier hora, se dormía despreocupadamente. Ausencia de
disciplina, de imposiciones… ¡qué maravilla¡
INCIPIT 1.653. EL CIELO DE LA SELVA / ELAINE VILAR MADRUGA
Vendrá la noche y junto a ella el latido de los grillos, La hacienda se convertirá en un montoncito de nada que la oscuridad se tragará con su boca de monstruo. La abuela es la única que se atreve a caminar por los pasillos cuando el sol se ha escondido. No tiene miedo. Vendrá pronto en busca de los grillos porque los odia, odia ese cricricri que parece el llanto de un niño enfermo. Pero en esta hacienda no hay niños enfermos. En esta hacienda nos ocupamos de ser fieles y dormir temprano con un padrenuestro, no más cae la tarde dormimos, igual a las gallinas tristes de los corrales que viven cacareando al sol, que sin el sol no son gallinas sino carne muerta con plumas.
Hacen bien los grillos en huir
cuando sienten los pasos de la abuela, que es rápida aunque le duelan los
huesos. El dolor se le ha incrustado en su mano izquierda, la mano del corazón.
Son los huesos los traidores de la edad, carajo. dice siempre. El año pasado,
en estas mismas fechas, soñó una noche que la selva había vuelto a ser roja.
Despertó angustiada en la soledad de los pasillos de la hacienda, asqueada del
mundo que había sido, asqueada de sus recuerdos y de sí misma. y por un momento
tuvo ganas de que le fallara la mente o el corazón. que le doliera el pecho y
le crujiera hasta que el esternón se le rajara.
MI MADRE
Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 75
MI MADRE
Cánta morte eu vivín polo alento ó revésdo meu sentir!
MARÍA MARIÑO
Yo nací para creer ciegamente.
Fui educada para tener fe, para aceptar un destino predeterminado sellado en el
mismo instante de la selección cromosómica que marcaría mi género, como mi
madre, como la suya, como la madre de la suya que, contaba la mía, se desmayó
mientras trabajaba en el campo con el disgusto de sentir un nuevo hijo en su
vientre, el séptimo. Casi todos esos hijos huyeron de la miseria y emigraron a
Argentina, menos Concha, la primera mujer de mi abuelo Manuel, la que murió de
peritonitis y fue sustituida por su hermana, mi abuela Olimpia, emigrante
retornada. Era su destino.
Yo crecí creyendo: creía lo que
mi madre me decía, creía Io que me decían en el colegio, creía lo que nos
decían en la iglesia... creía ciegamente. Crecí educada por mi madre, como
marcaban los cánones, en los principios que correspondían a mi género:
resignación, docilidad, entrega, aceptación del sufrimiento como destino
inseparable de la condición femenina. De niña respondí de forma impecable a Io
que de mí se esperaba: buena estudiante, solista del coro de la iglesia, catequista
cuando llegó la edad.
Primero quise ser monja, después misionera.
Escuchaba con atención a mi profesor de religión, el refugio donde iba a poder
encontrar la paz, según mi madre. Me enseñaron, y lo creí, que la verdad
prevalece frente a la mentira, que el buen comportamiento recibe siempre una
compensación, que todos somos iguales, que la justicia siempre vence, que dios
es justo.
INCIPIT 1.652. INCIERTA GLORIA / JOAN SALES
Confesión del autor
The uncertain glory of an April
day... Todo devoto de Shakespeare conoce estas palabras: y si yo tuviese que
resumir mi novela en una sola línea, no lo haría de otra manera.
Hay un momento en la vida en que
parece como si nos despertásemos de un sueño. Hemos dejado de ser jóvenes.
Claro que no podíamos serlo eternamente, ¿y qué era, ser jóvenes? Ma jeunesse
ne fut qu’un ténébreux orage, dice Baudelaire; quizás cualquier juventud lo ha
sido, lo es, lo será. Una tormenta tenebrosa atravesada por relámpagos de
gloria –de incierta gloria–, un día de abril...
Un oscuro afán nos mueve durante esos
años atormentados y difíciles; buscamos, de manera consciente o no, una gloria
que no sabríamos definir. La buscamos en muchas cosas, pero sobre todo en el
amor: y también en la guerra, si la guerra se nos cruza. Como fue el caso de mi
generación.
La sed de gloria se vuelve, en
ciertos momentos de la vida, dolorosamente aguda; y tanto más aguda será esa
sed cuanto más incierta sea la gloria de la que estamos sedientos; quiero
decir, más enigmática. Mi novela trata precisamente de capturar alguno de estos
momentos en alguno de sus personajes. ¿Con qué resultado? No me corresponde a
mí decirlo.
Pero sé que mucho le será perdonado a
quien mucho haya amado. En otro tiempo era más viva la devoción por san Dimas y
por María Magdalena; quizás no corría tanta pedantería como ahora y la gente no
trataba de disimular con tesis, mensajes y teorías abstractas el fondo
apasionado que todos llevamos dentro.
INCIPIT 1.651. EL BUEN MAL / SAMANTHA SCHWEBLIN
BIENVENIDA A LA COMUNIDAD
Salto al agua desde la punta del
muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos,
me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi
alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.
Quizá pasa un minuto. Al fin,
despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en
la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una
contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo
las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme,
inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las
costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la
boca y la nariz y se elevan.
INCIPIT 1.650. CON NADIE / LORENZO SILVA
Bahía de Alhucemas, 1925
En la mente del hombre que acude
a su encuentro probable con la muerte no puede dejar de hacerse presente el
recuerdo de lo que hasta ese instante le ha deparado la existencia, para bien o
para mal. Esta jornada del 9 de septiembre de 1925 no es por cierto la primera
en la que Miguel Campins Aura se enfrenta a un trance semejante; ya se ha visto
antes cara a cara con el enemigo en el campo de batalla y se ha expuesto al
combate sin cuartel. La costumbre le sirve para embridar el miedo e impedir que
se convierta en pánico, pero también le obliga a ser consciente de la
inminencia y la naturaleza del peligro que sobre él se cierne. Ha visto caer a
otros, a su lado y a sus órdenes, y sabe de sobra lo incierta y azarosa que es
la suerte que le aguarda al soldado bajo el fuego hostil. Tiene tantas razones
como otras veces, o más que nunca, para recapitular un camino que bien puede
ser que no vaya más allá.
Lo que no tiene es mucho tiempo,
ni el entorno es el más propicio para recrearse en pormenores ni menudencias.
Nos cabe imaginar que en la barcaza que avanza al amparo de la noche, hacia la
playa en la que se combate desde hace horas, sí llega a acordarse del niño que
fue, prematuramente huérfano a causa del cólera que se llevó a su madre y a su
hermano menor cuando él apenas contaba cinco años. El niño siempre alienta
dentro del hombre que le sucede, más cerca del puente de mando de las emociones
y la voluntad de lo que se suele creer.
INCIPIT 1.649. FUTURO IMPERFECTO / XULIA ALONSO
LA DECISION
Te propongo construir
un nuevo canal
sin esclusas
ni excusas
que comunique por fin
tu mirada
atlántica
con mi natural
pacífico.
Mario Benedetti
Escucho a Silvio Rodríguez. Es un
CD que reproduce canciones de otro tiempo. La música y la voz suenan como si el
tiempo no hubiera pasado, como tu imagen en mis sueños y en mi recuerdo.
Por mí sí pasa el tiempo, mucho
más del que tú y yo imaginábamos cuando estábamos juntos, vivíamos juntos. El
tiempo ha pasado y, lo confieso, me pesa, lo arrastro… Creo que ha llegado el
momento de soltar lastre, amor mío.
Durante todos estos años, desde
el mismo instante en que te sobreviví, me hice cargo de tu memoria. Fue algo
inevitable; te amaba, eras mi compañero y padre de nuestra hija
FALACIAS
Racionalidad, Pinker, p. 128
De hecho. una familia entera de
falacias informales dimana las ansias excesivas por pensar en blanco y negro.
Tenemos la falsa dicotomía: «Naturaleza versus crianza»; «América: ámala o déjala”; “O estás con nosotros o estás con los
terroristas»; «O eres parte solución o eres parte del problema». Está la
falacia de la pendiente resbaladiza: «Si legalizarnos el aborto, pronto
legalizaremos el infanticidio»; «Si permitimos que las personas se casen con un
individuo que no es del sexo opuesto, tendremos que permitir que la gente case
con individuos que no son de la misma especie». Y la paradoja del montón
comienza con la verdad de que si algo es un montón, entonces sigue siendo un
montón si quitamos un grano. Pero cuando quitamos otro, y luego otro, llegamos
a un punto en el que ya no es un montón, lo cual implica que no existe tal cosa
como un montón. Siguiendo la misma lógica, el trabajo se hará incluso si lo pospongo
solo un día más (la falacia del mañana) y no puedo engordar solo por comer una
patata frita más (la falacia de la dieta).
La respuesta de Wittgenstein a
Leibniz y Aristóteles no es un tema de debate para los seminarios de filosofía.
Muchas de nuestras controversias más feroces implican decisiones acerca de cómo
reconciliar los conceptos borrosos basados en el parecido de familia con las
categorías clásicas exigidas por la lógica y el derecho. ¿Es un óvu lo
fertilizado una persona? ¿Tuvieron «sexo» Bill y Monica? ¿Es un vehículo
utilitario deportivo un coche o una camioneta? (Esta última clasificación puso
en circulación en Estados Unidos decenas de millones de vehículos que cumplían
normas más laxas de seguridad y emisiones). Y no hace mucho tiempo recibí el
siguiente correo elecTónico del Partido Demócrata:
Los republicanos de la Cámara de
Representantes están forzando la legislación esta semana para clasificar la
pizza como las comidas escolares. ¿Por qué? Porque está en marcha una ingente
labor de lobbying sobre los legisladores republicanos por parte de la industria
de la pizza congelada
En este Congreso republicano,
casi cualquier cosa está en venta para los grupos de presión más poderosos
—incluida la definición literal de la palabra verdura- y en esta ocasión se
está haciendo a expensas de la salud de nuestros hijos.
Firma esta petición y difunde el
mensaje: la pizza no es verdura.
EL PORVENIR DE UNA ILUSION
El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p. 297
Romain Rolland apreció mucho El
porvenir de una ilusión y escribió una carta a Freud, pero en el libro faltaba
algo, añadió. No había ninguna mención aquello que para Rolland era da fuente
auténtica de la religiosidad» y podía ser definido como sentimiento oceánico.
Fórmula que Rolland recuperaba de Ramakrishna: «Una muñeca de sal quiso medir
la profundidad del océano, pero antes de llegar muy lejos se había disuelto. Se
había convertido en una única cosa con el agua del océano. ¿Quién podía
entonces retroceder y decir cuán profundo era el océano?».
El sentimiento oceánico se
deslizó en Freud como la carcoma. Y. dos años después, terminó asomando en la
página de apertura de El malestar en la cultura- Pero Freud enseguida se
justificó y así se lo hizo saber a Rolland: iNo se espere una valoración del
sentimiento "oceánico", intento simplemente deducirlo analíticamente,
para, por así decirlo, despejar mi camino». ¿Era tan molesto aquel sentimiento,
incluso para Freud, que se reconocía refractario a la mística («La mística es
para mí algo inaccesible como la música»)? qué, entonces, convertirlo el punto
dc partida de un libro que se proponía explicar que la civilización no puede no
ser infeliz? De cualquier manera, por afán de precisión, Freud quiso añadir una
observación personal: “Yo mismo no logro descubrir en mi sentimiento “oceánico”.
Y de inmediato puso en marcha los engranajes del análisis: «Podemos por lo
tanto establecer la siguiente línea pensamiento: por lo general, nada es para
nosotros más que el sentimiento de nosotros mismos, del propio Yo. Estee Yo se
nos muestra autónomo, unitario, contrapuesto a todo lo más. Que tal apariencia
sea falaz, que el Yo tenga hacia su interior, sin ninguna delimitación clara,
continuidad en una entidad psíquica inconsciente, que nosotros llamamos Ello, y
a la cual viene a servir como de fachada, lo hemos entendido primera vez
gracias a la investigación psicoanalítica, de la que esperamos muchas otras
informaciones acerca de la relación entre el Yo y el Ello. Pero hacia el
exterior, al menos, el Yo parece tener límites bien claros y precisos». Esto
era todo lo que Freud estaba dispuesto a admitir. Y excluía el acceso a
cualquier sentimiento oceánico. Aquí se marcaban los límites.





















