Campo Santo, WG Sebald, p. 168
Así, V. en el tren de Estrasbugo, se encuentra frente a un caballero llamado Silbermann, que en el resplandor de la tarde se desdibuja convirtiéndose en una silueta borrosa, «mientras el tren sigue su camino, directamente hacia la puesta de sol». Silbermann es viajante de profesión y uno de esos espíritus inquietos que suelen cruzarse en el camino de las figuras narrativas de los libros de Nabokov. Cuando V. contesta afirmativamente a la pregunta que le hace Silbermann de si él mismo es un viajante y cuando Silbermann quiere Saber además de qué es concretamente viajante, V. le responde: del pasado, información que Silbermann acepta sin más. Al ocuparse del pasado, del propio y del de su vida anterior, los espectros y los escritores se encuentran. Mientras V. trata de describir la verdadera vida de Sebastian, el desaparecido caballero de la noche, aumenta su sospecha de que su hermano mira por encima de su hombro mientras él escribe. Esas intimidades se encuentran en Nabokov con llamativa regularidad, quizá porque, tras el asesinato de su padre y la muerte de su hermano Serguéi, que en 1945 murió de inanición en campo de concentración junto a Hamburgo, sospechaba la continua presencia de los que fueron arrancados de la vida violentamente. Como consecuencia, una de las técnicas narrativas más importantes de Nabokov consiste en que, mediante matices apenas perceptibles y cambios de perspectiva, pone en juego a un observador invisible, que parece tener una mejor visión general, no solo de los personajes del relato, sino también del narrador y del autor que le lleva la pluma, truco que le permite a Nabokov ver el mundo y verse a sí mismo desde arriba. Su obra contiene realmente muchos pasajes escritos desde una especie de perspectiva a vista de pájaro.






















