Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad.
PINCIO
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INCIPIT 1.616. COSAS QUE BRILLAN CUUANDO ESTAN ROTAS / NURIA LABARI
Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad.
INCIPIT 1.615. INDIGNIDAD / LEA YPI
PRÓLOGO: LA FOTO
–Estoy buscando el archivo del servicio secreto –digo
mientras me acerco al primer taxi aparcado en Comuna de París, una de las
bulliciosas calles de Tirana que conectan el centro de la ciudad con su circunvalación.
Dudo en llamarla mi calle, aunque he tenido en ella mi dirección en Albania
durante más de veinte años. Recién llegados a la capital en los noventa, la
pregunta «Tú no eres de por aquí, ¿no?» ya surgía con irritante regularidad
cada vez que entablaba una de esas conversaciones con desconocidos que de
entrada parecen inofensivas, pero enseguida se vuelven incómodas.
La mayoría de
la gente que vuelve a Tirana comenta lo mucho que ha cambiado la ciudad: ahora
hay más rascacielos, calles pavimentadas, cafés, bares y carriles para
bicicletas. Sin embargo, para mí es un lugar de pena, culpa y un sinfín de
posibilidades truncadas. No guardo buenos recuerdos de él; a lo sumo lo que
conservo son vínculos más bien fríos con algunas noticias de la tele, las
películas de los años comunistas y, en tiempos más recientes, los atascos de
tráfico. La estancia más larga que he podido soportar en la ciudad fue cuando
mi abuela murió y volví de Italia, donde estaba estudiando, para ocuparme de su
funeral.
INCIPIT 1.614. LA CHICA MAS LISTA QUE CONOZCO / SARA BARQUINERO
Proemio
Pensaron en ser aristotélicos,
pero la moderación virtuosa les resultaba ajena a sus principios. Quisieron ser
platónicos, pero algunos profesores del departamento de Clásicas de verdad
leían griego, lo que lo convertía en una opción arriesgada para la pereza
(además, en la Universidad a Distancia había un grupo de obsesos con los
presocráticos de los que preferían separarse por inexactos, vagos, meapilas
posmodernos sin sistema). El Medievo era para casi todos un vacío teórico, así
que quedaba descartado, excepto para recordar a veces «la alegría de los
cuerpos en pecado» con Foucault, en general cuando tocaba defender la
pervivencia de la capilla en la facultad contra las quejas de los estudiantes:
los cristianos sabían divertirse y conocían el perdón, no eran unos pelagatos.
Spinoza no los terminaba de convencer, les gustaba sentirse irreductiblemente
separados de la Totalidad y apenas ofrecía innovaciones al racionalismo
cartesiano, por mucho que se empeñaran los seguidores de Deleuze o Negri. La
política los asustaba, en general, a menos que fuera la de un liberal serio
allá por el XVII o XVIII, si acaso el atractivo perverso de Carl Schmitt. Ser
kantianos era la opción obvia, pero resultaba incómodo aceptar que cualquier
imbécil podía ser un fin en sí mismo; Hegel, muy complicado más allá de
invocarlo con o contra Marx; Nietzsche, demasiado mainstream y adolescente como
para permitirles ser pedantes.
INCIPIT 1.613. LA ANTARTICA EMPIEZA AQUI / BENJAMIN LABATUT
Un verdadero soldado no es un
hombre.
A los sesenta y cuatro años, el poeta
Karol Vasek fue postulado al Premio Nacional de Literatura, para sorpresa tanto
del mundillo literario como de la mayor parte de los lectores chilenos. Los
demás candidatos eran narradores o poetas de renombre, y uno de ellos había
ganado el Premio Príncipe de Asturias poco antes, así que todos pensaban que él
lo recibiría a modo de reconocimiento posterior, siguiendo ese reflejo tan
típico de Chile, que valora el éxito en el extranjero más que cualquier otra
cosa.
Según las bases de nuestro máximo
galardón literario, cualquier autor chileno que hubiese «consagrado su vida al
ejercicio de las Letras» podía ser nominado al premio, pero la candidatura de
Vasek fue completamente inesperada, y parecía imposible que el jurado la
aceptara. De su vida se sabía poco, de su literatura, todavía menos: había
nacido en el sur de Chile, publicado solo cuatro libros de poesía –imposibles
de encontrar– y servido en el Ejército chileno brevemente, durante los años
previos a la dictadura.
Eve Babitz
Didion y Babitz, Lili Anolink, p. 58
Movimiento #MeToo— si alguna vez
había que los hombres se aprovechaban de ella. Me miró abriendo mucho los ojos
detrás de aquellas gafas a lo Marilyn en Cómo casarse con un millonario. y dijo:
«¿Qué hombre podría aprovecharse de mí? Lo normal era que me acostara con ellos
antes de tener ocasión de aprovecharse».
Pero., por otra parte, hablaba
sin libertad alguna. No sacaba los trapos sucios o entraba en detalles impúdicos
a no ser que la empujaras a ello. E incluso así, no soltaba. Por ejemplo, una
vez tuve que preguntarle por el paquete de un antiguo novio suyo, el cantante
de Jim Morrison. (YO estaba comprobando la histona había contado otro antiguo
novio). «Sí, supongo que la polla de Jim era grande —dijo—. Yo no me di cuenta.
Las polllas grandes nunca formaron parte
de mi... —hizo una pausa tratando de pensar en la palabra justa— criterio».
La casa invadida
Reina del grito, Desirée de Fez, p. 198
La casa invadida
SARA MESA, escritora
En Un amor, la protagonista alquila una casita y su casero,
que es una persona muy invasiva, entra incluso cuando está ella dentro. Es un
miedo que siempre se me ha manifestado a través de sueños, que alguien entrara
en mi casa c invadiera mi espacio. Yéndome un poco por el psicoanálisis, diría
que hay un miedo a la violación, porque ahí entran en tu intimidad. Además, en
los sueños se supone que la casa eres tú.
Este asunto de los límites de la privacidad y la intimidad,
de cómo una persona consigue entrar en tu vida hasta el punto de modificar tus
conductas y de hacer que te tengas que ocultar o que tengas que fingir... Eso
es un tema recurrente mío y es lo que realmente me da miedo: todo lo que
conlleva una pérdida de libertad con las personas que te rodean (y que muchas
veces, teóricamente, son quienes te quieren).
ICARIA
Koljós, Emmanuel Carrère, p. 379
ICARIA
El presente
La población de Ucrania se divide
hoy en dos bandos: los que luchan y los que no. Se supone que todo el mundo, al
menos los hombres, tiene que luchar, pero los más listos se las arreglan para
escaquearse. Inicialmente voluntarios, y cada vez más a menudo movilizados
contra su voluntad, los civiles que luchan son considerados héroes pero,
conforme la guerra se alarga y se empantana, ese heroismo se vuelve cada vez
más desesperado. Los que están en el frente tienen cada más claro que solo
volverán en un ataúd, u horriblemente mutilados. Las vidas de los combatientes
son vidas arruinadas. Inevitablemente, la unidad nacional de los primeros dias
se resquebraja. Los que sirven de carne de cañón ya no se contentan con mirar
por encima del hombro a los que se esconden y a los fugitivos. Los odian. No
les faltan motivos, como tampoco les faltan para temer que a la guerra con Rusia
la siga una guerra civil.
“Vivíamos tan bien”
Koljós, Emmanuel Carrère, p. 52
“Vivíamos tan bien”
En verano, en el curso de
almuerzos en los que rara vez se
juntaban menos de diez comensales, a veces ocurría que el mayordomo se
inclinaba hacia el señor y le decía al oído que fuera había un grupo de aldeanos que querían verle. El
señor arrugaba la servilleta, rogaba que lo excusaran y salía a ver a los
aldeanos. Venían a pedirle que mediara en tal o cual conflicto rural, o a
reivindicar derechos: dejar pastar a su ganado en los prados del señor, coger
setas en sus bosques o talar algunos árboles. Si, como solía ocurrir siempre,
se les concedía la petición, una veintena de brazos vigorosos levantaban al
señor y, en señal de gratitud alegre, lo lanzaban al aire como si fuera una
crepe. La familia y los invitados seguían comiendo, las miradas dirigidas a las
ventanas entreabiertas tras las cuales tenía lugar esa experiencia de
levitación. «Allí aparecía, durante un momento, la figura de mi padre con su
traje blanco de verano ondulado por el impulso, magníficamente despatarrado en
el aire, las extremidades en una actitud curiosamente despreocupada, sus bellas
e imperturbables facciones vueltas hacia el cielo. Por tres veces, impulsado
por los potentes envites de sus invisibles lanzadores, volaba de esa guisa, y
la segunda vez subía más alto que la primera, luego, en el último y más elevado
vuelo, aparecía reclinado, como si fuera para siempre, contra el azul cobalto
cielo de mediodía de verano.» Nunca, en ningún sitio, he oído hablar de este ritual que Nabokov
describe así en recuerdos de infancia, y me pregunto si se lo inventó, fue algo
excepcional que ocurrió una vez y adquirió el rango de leyenda o si, como
parece indicar el uso del imperfecto, era relativamente frecuente en casa de
los Nabokov y solo en su casa.
NABOKOV
Koljós, Emmanuel Carrère, p. 38
Nabokov era una especie de extraterrestre; a veces, leyéndolo, uno dice que era al Homo
Sapiens lo que este era al cromañón: un ser más elevado en la escala la
evolutiva, dotado en grado sumo de facultades que en la mayor parte de sus congéneres se hallaban
en un estado tosco e incipiente. Su agudeza sensorial solo es comparable a su
capacidad de describir y nombrar. Los
insectos, las setas, las hierbas, nada en su mundo iridiscente es genérico. “Una
mariposa”, eso no existe; o solo en la cabeza abstracta y reseca de
intelectuales como mi abuelo, lo que existe es el ícaro azul, el taladro rojo,
el piral del roble y de la encina, el arrán marrón, la carmelita de Sievers. la
geómetra esmeralda. Nabokov distinguia al oído el rumor en el aire de las hojas
del álamo temblón, del carpe la madreselva o el chopo negro y escribía con con
fluidez, mientras párrafos como: “Una sensación de seguridad, de bienestar, de
calor estival impregna mi memoria. Incólume realidad que convierte el presente en
un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de entrar en la
habitación y da con el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará
jamás, nadie morirá nunca”
INCIPIT 1.612. REINA DEL GRITO / DESIREE DE FEZ
Prólogo
El miedo
—Nico, ponte el abrigo, que
llegamos tarde a la guarde.
—No.
—¿Cómo que no? Venga, que Elliott ya está listo.
—Que no. Que me quiero quedar con
los yayos.
—¿Con los yayos? Los yayos están
en su casa, no pueden venir ahora. Además, tienes que ir a la guarde como todos
los niños.
—No.
—¿Pero por qué?
—Porque tengo muchísimo miedo.
Recuerdo perfectamente que era
lunes, la última semana de cole antes de las vacaciones de verano, y me quedé
un rato clavada en la cocina. con la boca abierta. intentando asimilar lo que
acababa de decirme mi hija de dos años.
Mi madre, mi hermana y yo. Todas
las mujeres de mi familia somos fuertes, muy fuertes de hecho, pero tenemos
mucho miedo. Puede parecer contradictorio, no lo es: hay que acabar de una vez
por todas con esa idea. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Las tres
tenemos mis miedo de lo normal, más del que debiera estar permitido.
INCIPIT 1.611. 1922 / ANTONIO RIVERO TARAMILLO
Gasta corbata lisa de listas, de lazo simple. Lleva desabotonado el último botón de lacCamisa como para resolver, por ahí, toda la complejidad llena de nudos que enmaraña su cerebro. Alas de mariposa blanca o celeste, los cuellos de la camisa se posan sobre la chaqueta como esperando que alce el vuelo algún pensamiento, No siempre camisa y corbata están a juego con la barba bermeja y la pelambrera del mismo color que incendian, acompañando a sus palabras nunca tibias, la habitación en que esté.
Comienza el año, el primero de la
nueva era -p-. s. U., post scríptum Uilixi- que él, Ezra Pound, ha nombrado
como «posterior a que se haya escrito Ulises»: después de la novela de James
Joyce, que ha ido apareciendo por entregas y a la que el irlandés ha puesto fin
la noche del 29 al 30 de octubre. En realidad. Ezra no ha echado un cable a
Joyce para que salga a la luz Ulises. Le ha echado todo el cordaje, menos el relajado
nudo de su corbata. Tiene ideas acerca del patrocinio de los mejores, cree que
estos deben escribir sin presiones ni agobios económicos; y él está dispuesto,
como lleva ya haciéndolo un tiempo, a mediar, a conseguir ayudas y recursos, a
canalizar las obras más valiosas para que lleguen a los destinatarios que las
esperan; aunque estos no lo sepan todavía. Por ejemplo, las de James Joyce y
las de T. S. Eliot.
INCIPIT 1.610. EL PEZ EN EL AGUA /MARIO VARGAS LLOSA
I. Ese señor que era mi papá
Mi mamá me tomó del brazo y me
sacó a la calle por la puerta de servicio de la prefectura. Fuimos caminando
hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 o los primeros de
1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había terminado el
quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y
asfixiante calor.
—Tú ya lo sabes, por supuesto
—dijo mi mamá, sin que le temblara la voz—. ¿No es cierto?
—¿Qué cosa?
—Que tu papá no estaba muerto.
¿No es cierto?
—Por supuesto. Por supuesto.
Pero no lo sabía, ni remotamente
lo sospechaba, y fue como si el mundo se me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá,
vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creí muerto? Era una
larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que había
vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido
cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la
Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba,
primero, y, desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí,
en Piura. Una historia de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui
descubriendo después, a medida que la reconstruía con datos de aquí y de allá y
añadidos imaginarios donde resultaba imposible llenar los blancos— había
avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad) y destruido la
vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.
Familia Bellelli
La Follie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 220
Pero se nota una novedad de forma dramática en Familia Bellelli, un cuadro capital que acompañó durante siete años la juventud de Degas. Titulado en un principio Retrato de familia -referido por tanto a algo que es un núcleo por excelencia-, este cuadro se articula en torno a un vacío central. El padre da la espalda al pintor y las cuatro figuras miran en direcciones distintas. Es como si cada una quisiera excluir a todas las otras de su campo visual, como sucede también en un retrato de las hermanas Bellelli solas. Son entidades psíquicas decididas a no rotarse. La madre tiene una mirada tan fija y ausente que podría parecer ciega. Las dos niñas se muestran reacias: la más cercana al centro desvía la mirada del pintor con visible desaire. hasta el punto de invalidar su posición axial. La otra fija la mirada en el pintor, aburrida, como si dijera: «¿Cuándo terminará este tormento? El padre ignora al pintor y sobre todo no tiene mirada. Sabemos por diversos testimonios que la familia Bellelli estaba cargada de asperezas y resquemores que la convertían en un ejemplar infierno doméstico. Un Strindnerg del sur.
FAULKNER!!!!!!
Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 252
Hasta ahora no había caído en mis
manos la segunda novela de William Faulkner, Mosquitoes, que se publicó en 1927 y de la que
había oido decir que era muy mala. En efecto, es malísima. Uno de esos libros
en los que es dificil concentrarse porque todo en ellos suena falso: la
anécdota, los personajes, la estructura, el estilo.
Está situada en Nueva Orleans y
describe una accidentada excursión en yate que dura cuatro días y en la que
participan una docena de intelectuales y snobs de la ciudad. Quiere ser una
sátira, mostrar la frivolidad y la estupidez con que ciertos ricos entienden la
cultura y la vanidad y el cinismo de ciertos artistas, Io corruptibles que son.
Pero todo es tan obvio. repetitivo y caricatural en la historia que lo que el
libro realmente consigue es aburrir. Hay en sus páginas una sobrecarga que hace
más patentes sus defectos. Por ejemplo, el afán de experimentación, que ha
llevado al autor a emplear distintos puntos de vista, de tono, a abusar de las
metáforas (algunas de un chirriante mal gusto modernista: "Ias ratas eran
arrogantes como cigarrillos”), en vez de dar mayor complejidad a la ficción,
acentúa su naturaleza artificial, ese desajuste entre las partes que es siempre
un obstáculo para que la historia sea persuasiva, obligatoria y hechice. Entre
los personajes —escultores neuróticos, señoras lesbianas. involuntarias libertinas,
poetas estreñidos, un inglés ridículo y un maníaco sexual— ninguno es todavía
-faulkneriano", con la excepción tal vez de Mr. Talliaferro, premonición
de los grandes cretinos obsesos del condado de Yoknapatawpha.
BATAILLE
Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 12
Hacia 1925 Bataille leyó en una revista
el “Essai sur le Don”, del sociólogo Marcel Mauss, que tendría una repercusión
sísmica en su obra. El resultado inmediato fue un artículo. -La notion de
dépense-. en el que. a partir de la teoría de Mauss sobre la institución del
"potlach" y la "práctica de las prestaciones totales” en los
pueblos primitivos, sostuvo que contrariamente a lo que se creía axioma
inmutable, el impulso primero y mayor de la vida humana no era producir sino consumir.
gastar y no conservar, no construir sino destruir. Este texto es la primera
piedra de su teoría del "intercambio generalizado". magistralmente
expuesta en “La part maudite” (1949), el más ambicioso de sus libros y el único
en el que trató de sistematizar una interpretación del mundo. Resumo la tesis
central. Hay un excedente de energía sobre el globo terrestre —insuficiente
para absorber toda la vida solar que recibe— que debe ser sistemáticamente
liquidado para asegurar la continuación de la vida. Ocurre no sólo en la
naturaleza, el orden vegetal y el animal, sino también en el humano, aunque en
éste la perpetua operación de aniquilamiento y derroche adopta formas más
sinuosas que los apocalipsis geológicos o las carnicerías animales. La
demarcación entre animalidad y humanidad está en las respuestas que ha dado el
hombre, a lo largo de la historia, a esa obligación en que se halla, como todo
lo existente, de quemar la energía sobrante. La prodigalidad, el erotismo, el
lujo, los excesos, la muerte: su función profunda es contrarrestar el esfuerzo puramente
productivo, sujetar el crecimiento de la vida dentro de las fronteras de lo
posible. Todo, o casi, encuentra su fundamento en esta maldición destructiva
que pesa sobre la vida: los sacrificios humanos, las guerras, las religiones, la
reforma calvinista, hasta los donativos del Plan Marshall. El supuesto de
Bataille es que toda sociedad produce más de lo que necesita para su
subsistencia y dispone siempre, por lo tanto, de un excedente.
LA REDENCION
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 415
-Sí- dice el cura, haciendo
esfuerzos por seguir a las pertenencias de Beppe mientras rememora la narración
de Zaggia.. El caso, me explicó su amigo, es que todo el drama de Jesús apunta
al motivo de la Redención. Sin ella, la peripecia del Hijo carece de relevancia.
La Redención, y no otra circunstancia, es la piedra angular de la cristiandad y
el fundamento de la cristología. El resto es atrezo, condimento, pero sin la
pasión y la muerte de Jesús, su aventura, y con ella la de millones de creyentes,
carece ya no solo de grandeza, sino de sentido. Hasta aquí su amigo no había
dicho nada que me sorprendiera, por descontado. Lo asombroso, prosiguió su amigo,
uy el dato que yo desconocía, y que nadie, nunca, en mis años de formación tuvo
a bien compartir conmigo, es que la Iglesia copta, la heredera de la antigua
Iglesia de Alejandría, demuestra ser la más honesta entre todas que existen al
contemplar en su santoral una fecha, el 25 de junio, dedicada a la figura sin
la cual la Redención hubiera sido inviable: Poncio Pilato. Hay en ello, según
su amigo, una justicia que, sin ser poética, es preclara. Pues Pilato, dijo su
amigo, y esas palabras sí que las recuerdo, como si las estuviera escuchando
otra vez en este instante, Pilato es el mecanismo averiado que,
paradójicamente, permite que el reloj dé la hora exacta.
FASES
Arca, Ricardo Menéndez Salmón. p. 97
Aprendí, por ejemplo, a
distinguir las fases de descomposición por las que transita cualquier cadáver,
la economía de la destrucción que el tiempo impone a la materia. Supe que en la
primera fase o cromática, la piel pasa del blanco al rosa, del rosa al verde y
del verde al azabache; que las venas se siluetean con tanto rigor y precisión
que el cuerpo, ya renegrido, recuerda una espectacular tela de araña. Acepté
que en la segunda fase, o enfisematosa, los gases abandonan el cadáver por los
orificios del ano, las fosas nasales y la garganta, pero que hay tantos gases
acumulados en un cuerpo que el recipiente se infla como un colchón neumático,
pues todo crece: los genitales, los globos oculares, la lengua que es. capa de
su caverna como una avalancha de carne. Toleré que en la tercera fase, o
colicuativa. los líquidos siguen a los gases en su evacuación; que se forman
ampollas sin número que expelen líquidos parduzcos; que cada oquedad expulsa su
colección de detritos; que una mugre inaudita sale de dentro del organismo y lo
invade todo con ardor metífico. Asumí, en fin, que en la cuarta y última fase.
o esquelética. nos convertimos en haces de tendones. de uñas y de huesos; que
la piel se transforma en un pergamino que un golpe de Viento podría rasgar como
una hoja seca. Esas fases no se enseñan en la escuela junto a las fases de la luna o las fases del
sueño. Ese ciclo, ese conocimiento, esa circunstancia le es hurtada al hombre
corriente, a pesar de que será su destino como cadáver recorrer sus etapas si
no opta por la cremación. Y esa es la clase de sabiduría que me entregó el don,
algo que no se encuentra en el quiosco junto a la prensa diaria ni en las horas
lectivas del instituto. Algo que los padres, los sacerdotes, incluso los
mejores amigos no mencionan.
incipit 1.609. KOLJOS / EMMANUEL CARRERE
1. EL HOMENAJE DE LA NACIÓN
Los órganos constitucionales
El 3 de octubre de 2023,
cincuenta y tres días después de su muerte, la nación rinde homenaje a nuestra
madre en el patio de honor de los Inválidos. Banderas, uniformes, charreteras,
condecoraciones. La orquesta de la Guardia Republicana interpreta, muy bien, el
adagio de la sinfonía Júpiter y, para darle el toque ruso, la Serenata de
Chaikovski. Seremos unas doscientas personas esperando en un cuadrado de sillas
de plástico blanco, delimitado por unas catenarias de cordón rojo, al fondo del
inmenso patio adoquinado: familia, invitados de la familia, miembros de la
Academia, ministros, representantes de los tres ejércitos –tierra, mar y aire–
y de los órganos constitucionales, es decir, las más altas instituciones de la
República. Durante una hora, el sol calienta que es una delicia. Luego
desaparece tras el tejado y de pronto hace mucho frío. Nos arrepentimos de no
habernos abrigado más. Nuestro padre, sentado en una silla de ruedas, va
envuelto en una manta. No sé qué entiende, exactamente, de lo que está pasando.
A ratos parece olvidar que se ha quedado viudo.
INCIPIT 1.608. EL EDIFICIO / DAVID MONTEAGUDO
LA ARAÑA
Acababa de entrar en la habitación. No había dado ni dos
pasos, en dirección a la librería, cuando vi la araña. Me paré en seco. Al
principio sólo vi una mancha oscura en el techo, algo que mi vista detectó
inmediatamente como una presencia inhabitual en la estructura de la habitación,
algo que no tenía que estar ahí. Después, cuando dirigí la mirada hacia ella,
pensé por unos instantes que se trataba de algún objeto decorativo, una lámpara
o algo por el estilo. Me recordó fugazmente a la lámpara que hay en el Palau de
la Música, no por el color, sino por la forma, por la estructura, que es como
si el techo se hubiera licuado hasta condensar una gota que empieza a colgar
formando un bulto redondo. Y de pronto me di cuenta, con un escalofrío que me
recorrió todo el cuerpo, de lo que era en realidad.
Para explicar las cosas hay que construir frases y acumular
un montón de palabras. Pero el pensamiento va mucho más rápido. Todo el proceso
mental que he descrito no duró, en realidad, ni un segundo. Seguramente,
percibí la presencia de la araña cuando todavía estaba dando el último paso; y
cuando el pie se apoyó en el suelo, mi mente ya había transitado por todas las
fases que he descrito. En realidad, todo el episodio que voy a narrar sucedió
en un lapso de tiempo vivido con una agónica intensidad pero
extraordinariamente fugaz, inferior, en todo caso, a los diez segundos.
INCIPIT 1.607. COLOQUIO DE INVIERNO / LUIS LANDERO
8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
INCIPIT 1.606. COMERAS FLORES / LUCIA SOLLA SOBRAL
El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir
INCIPIT 1.605. EPIFANIA / ISRAEL MERINO
Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno
contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que
estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo.
Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas
hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía
a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que
presagiaban la primavera.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
STALIN
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 308
-¿Quién considera que ha sido el
escritor más portante del siglo veinte? -pregunta.
-No soy aficionado a los juegos
que plantean pre guntas sin respuesta, Claudio. No lo sé. ¿Proust?
-No le he preguntado por el mejor
escritor, sino el más importante.
-¿Lo ve? Por eso no quiero jugar.
De verdad. Dígamelo usted.
-Vamos –insiste-, no sea
aguafiestas. Pruebe. Aventure otro nombre.
-Joyce, Borges, Faulkner- digo, a
sabiendas de no son los nombres que Zaggia quiere escuchar.
-Tampoco le he preguntado por los
escritores más importantes para la historia de la literatura, sino por el más
importante a secas. Incluso para quienes nunca han leído un libro. Buscamos un
sismógrafo, alguien que haya detectado el ruido particular de la época.
- Kakfa.
-Ahora habla en serio.
- Beckett
-No se extravíe. Regrese al
mundo, Beckett escribió para destruir la posibilidad del lenguaje. No está de
nuestra parte. Nosotros buscamos luz, queremos comprender.
-¿Orwell?
-Magnífico. Extraordinario, en
realidad. Aunque Kafka y Orwell nos entregan el mapa incompleto. Falta el nexo
que los une, Le doy otra oportunidad.
-No se me ocurre nadie que los
supere —reconozco- Hay epígonos, pero no son ellos.
-Stalin -anuncia Zaggia sin que
le tiemble la voz-. Stalin sintetiza en la vida cotidiana las ficciones que
Kafka y Orwell plasmaron en papel. Su obra, la Unión Soviética, abraza el
hallazgo central de Kafka, la idea de que vivir es sinónimo de ser culpable, y
el descubrimiento basilar de Orwell, la certeza de que quien detenta el
discurso detenta el poder y, por extensión, detenta la capacidad de que la
realidad diga lo que el poder necesita.
EL PADRE DE PPP
Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p.306
-Hay nombres tan evocadores –anuncia- que tenemos la sensación de que solo podrían existir dentro de una novela. Por ejemplo, el de Anteo Zamboni. Paladee el nombre. Las reminiscencias mitológicas de Anteo. La musicalidad soberbia de Zamboni. Sucede sin embargo, que la vida es más sugestiva que cualquier novela. Más caprichosa y cruel. El 31 de octubre de 1926. en Bolonia. a ciento setenta quilómetros de este estudio, Anteo Zamboni disparó contra Benito Mussolini. Anteo era un jovencísimo anarquista de quince años. Las cosas sucedían de forma veloz en aquel tiempo. Uno se hacía hombre pronto. También envejecía deprisa. Claro que a Anteo no le dio tiempo a envejecer. Una turba de squadristi lo linchó tras el atentado. El periodista e historiador Marco Cesarini Sforza aporta detalles al respecto: innumerables patadas, huellas de estrangulamiento, un disparo de revólver, catorce puñaladas. Yo he visto, al menos, tres fotografias del cadáver de Zamboni. Le puedo asegurar que son pavorosas. ¿Me sigue?
Angelus Novus
Angelus Novus, Walter Benjamin
«Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus —escribió
Benjamin—. En él se representa a un ángel que parece como si estuviera a punto
de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente
abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deber ser el aspecto
del ángel de la Historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros
se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona
incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él
detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el
paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que
el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia
el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante
él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.»
INCIPIT 1.604. ARCA / RICARDO MENENDEZ SALMON
El silencio se adueña
de nosotros
Hoy he despertado con la
sensación de que había alguien en la cama, a mi lado. Todavía con los ojos
cerrados he alargado una mano, la derecha, y he podido sentir el hueco que el
fantasma había dejado durante el sueño. Lo llamo fantasma a
falta de una palabra mejor, porque no había nadie junto a mí. De hecho, desde
que llegué a la Laguna nadie ha pasado una noche conmigo en esta casa. Nadie
salvo yo ha dormido en estas sábanas.
Así que he
permanecido tendido, demorando el momento de abrir los ojos, mientras recorría
la superficie del colchón y buscaba una sustancia, una forma, una carne que
ocupara aquel suave vacío. He pensado primero en mujeres, pero todas se
parecían a los retratos de las obras que cuelgan en las salas de la Accademia,
mujeres confabuladas con la Historia y con los mitos, detenidas en el gesto de
contemplar al Hijo, de elevarse a los cielos en un rapto místico, de padecer
alguna ignominia absurda junto a las fervorosas tribus del desierto. Después he
pensado en algún hombre que encajara en el molde del fantasma, pero solo han
acudido a mi recuerdo las caras curtidas por la intemperie y talladas por el
alcohol de los tipos de aspecto proletario que devoran cicchetti en Cannaregio, violentos,
sucios y obscenos, con camisetas a rayas y barrigas abultadas, de modo que he
alejado esa compañía obligándome a abrir los ojos. En ese instante un calambre
ha recorrido mi mano, como si el fantasma hubiera escapado dando un latigazo, y
lo primero que he visto ha sido una franja de luz cruzando el fresco que los
propietarios encargaron a un artista anónimo pero de indudable talento para
decorar esta estancia de Ca’ Barbarigo.
LA VEJEZ
Despedidas, Julian Barnes, p. 200
Dicen que cuando envejecemos, a
menudo recuperamos recuerdos olvidados de la infancia. Al mismo tiempo perdemos
la capacidad de recordar los años intermedios. A mí todavía no me ha ocurrido
pero puedo imaginar cómo avanzará a medida que se vaya consolidando la
senectud. Nuestro espacio mental quedaría ocupado de vívidas escenas tempranas,
seguidas de un largo espacio en blanco, y luego un plausible y fútil presente
en el que los días repetitivos y las
confusiones reiteradas, se irían enturbiando. Nuestras vidas, en otras
palabras, se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro.
PROUST
Despedidas, Julian Barnes, p. 200
Así que, por volver a Proust,
ahora nos parece absolutamente cierto e inmutable que en su obra En busca del
tiempo perdido las puertas de la memoria se abren de la mano de una magdalena
mojada en una taza de tila, como la que le daba su tía Léonie cuandoera un niño.
La magdalena es un emblema perfecto, porque tiene la forma de una vieira, la
concha de los peregrinos, y Marcel está a punto de emprender un particular
peregrinaje en busca del tiempo perdido. Y sin embargo..., sin embargo, en
1907, cuando Proust estaba trabajando en el primer volumen de su novela, era un
pedazo de pan duro mojado en una taza de té lo que lo impulsaba a este jubiloso
viaje al pasado. Y en la versión siguiente, era un trozo de pan tostado. Y en
algún momento de 1908, una especie de galleta dura. Si hubiera escogido
cualquiera de estas variantes, habríamos aplaudido de buen grado su elección,
señalando que los ricos recuerdos pueden surgir de fuentes humildes, al igual
que —según la propia comparación de Proust— unos pedacitos rotos de papel,
arrojados al agua, pueden transformarse en flores japonesas. Qué idónea y
correcta habría parecido cualquiera de estas ideas preparatorias.
K.
1922, Rivero Taravillo, p. 158
En su angustia, la posibilidad de
la muerte es un quicio por el que puede llegar la liberación, tan deprimido
está. El 30 de junio, un hermoso día en Praga, se jubila antticipadamente de su
puesto en una mutua de accidentes laborales donde tenía un prometedor futuro. A
ver, hay firmar aquí, aquí y aquí. Por triplicado. Eso es. Un momento que le
pongo el sello. Así. Ya está. Esta es su copia. Le deseamos lo mejor, señor
Kafka. Cuídese.
Libre de sus obligaciones y
horarios, y con una pensión de mil coronas mensuales, que estira en su vida
frugal y sin pretensiones en el confín sur de Bohemia, Franz Kafka es huésped
de su hermana menor Ottla y aprovecha para continuar la novela El castillo, que
comenzó a escribir en febrero. Su amigo Max Brod ha leído un avance ese
verano,y lo insta a que siga trabajando en la narración del enigmático K., pero
la obra quedará inconclusa a su muerte dos años pues, y ya se publicará
póstumamente.
Kafka ofrece en su propia vida
una versión distinta de la relación Ulises-Telémaco, Dedalus-Bloom, Cummings-Pound,
y lo demuestra en su «Carta al padre». Para él, progenitor es una figura
opresora, no suavizada por admiración ninguna, alguien que le quita el aire
como una planta hurta el oxígeno en una habitación cerrada de noche. En pocos
párrafos queda esto más patente, como cuando lo imagina ocupando todo un mapamundi
desplegado y le parece que para su vida sólo se pueden tomar en consideración
los lugares que están libres del padre. ¿Pero cuáles, si los ocupa ocupa
absolutamente todos?
JAMESIANA
Despedidas, Julián Barnes, p 194
Henry James, siempre sagaz y
sutil, lo expresó así. En 1892, rememorando a su difunto amigo James Russell
Lowell, escribió que uno de los efectos de la muerte es que «alisa los
pliegues» de la persona que conocimos. «La figura que perdura en la memoria se comprime
e intensifica; han desaparecido detalles fortuitos y las sombras ya no cuentan;
representa, nítidamente, unas pocas cosas apreciadas y amadas. y no,
nebulosamente, una multitud de posibilidades.”
CANCER DE JULIAN BARNES
Despedidas, Julián Barnes, p 162
El cáncer la acabó atrapando, por
supuesto. Digo por supuesto porque el porcentaje de la población británica que
lo contraerá es ahora mismo uno de cada dos. Antes, en mi generación era uno de
cada tres (lo que me indujo a pensar que tal vez podría librarme), pero ahora
las probabilidades son mayores. Perdón por deprimirte si no lo sabias. Parte de
la culpa es nuestra, por vivir más años. Desde luego, los tratamientos mejoran
constantemente, las prognosis por lo general nos ofrecen unos años extra, los
analgésicos son más eficaces, etcétera. Pero, aun así, uno de cada dos, ¿eh?
Después del diagnóstico, Jean decidió que la naturaleza siguiera su curso. Como
le dijo a su médico: «A mí me interesa vivir, no solamente existir». Un
sentimiento que muchos comparten, pero que a menudo se tambalea cuando se
vislumbra el final.
Tengo un amigo cuyo hermano murió
de cáncer hace unos treinta o cuarenta años. Sufría dolores extremos, la
enfermedad era incurable. Un día le dijo a mi amigo: «Si yo fuera un perro me
pegarías un tiro. ¿no?». Y era verdad. Hoy, los cuidados paliativos caninos
también han mejorado, pero aun así. Casi todos morimos como perros; siempre lo
he pensado.
INCIPIT 1.603. DESPEDIDAS / JULIAN BARNES
El otro día descubrí una posibilidad alarmante. No, algo peor: un hecho alarmante.
Una vieja amiga, que es
radióloga, lleva años enviándome fragmentos sacados del British Medical
Journal. Sabe que mis intereses tienden a lo morboso y lo extremo. En mi
memoria – ese lugar donde degradación y embellecimiento se superponen– tengo
archivados casos de pacientes que reventaron porque un bisturí eléctrico
inflamó sus gases corporales, y otros a los que, en los primeros tiempos de la
resonancia magnética, las grapas quirúrgicas se les clavaron en la carne como
fragmentos de metralla. Estos relatos van a veces acompañados de fotos: por
ejemplo, las de un hombre que se dejó crecer las uñas de los pies hasta tal
longitud curva – varios metros, según recuerdo– que durante años no pudo andar.
Luego está esa tarea cotidiana de los médicos que consiste en extraer objetos
insólitos que alguien se ha tragado – como bolsitas de clavos– o se ha
introducido por la fuerza en el recto. (Antiguamente, entre estos autoimplantes
anales se estilaban los bustos en miniatura de Napoleón, un hábito que sin duda
añadía patriotismo al placer.)
HARRISON FORD
Didion y Babitz, Lili Anolik, p. 186
En esa granja también vivía
Harrison Ford. “Harrison se aloiaba en un tipi en nuestra granja durante la
semana ´dijo Marshall-. Como pago del alquiler, nos construyó un gallinero y un
corral para la cabra. Los fines de semana se iba a su casa con Mary (su mujer)
y los niños. Todavía no actuaba porque se negaba a hacer televisión. En lugar
de eso hacía de carpintero. trabajaba para Joan y John Didion y les construyó
un porche”.
Construir. construir y nunca
acabar.
Joan Didion y John dejaban que
Harrison hiciera lo que quisiera en lo que respecta a la carpintería -dijo
Eve-. Tuvieron que esperar años a que acabara el balcón o el porche o lo que
fuera. A ver, sí que John esperaba de Harrison que se comportara como un carpintero
e hiciera el trabajo por el que le pagaba. Pero Harrison no lo hacía. Solo
andaba por ahí tirado fumando hierba. El único que comprendió cómo había que
tratarlo fue Fred Ross». Ross, un novio intermitente de Eve Babitz iba a ser el
director de reparto de American Graffiti (1973), la primera oportunidad de
Ford, y posteriormente el asesor de reparto de La guerra de las galaxias
(1977), la gran oportunidad de Ford. “Fred se compró una casa en Laurel Canyon
que se caía a trozos, había que renovarla entera. Fred hizo que Harrison
acabara todas las tareas que le encargó y sólo entonces convirtió a Harrison en
una estrella del cine”.
INCIPIT 1.602. LA FOLIE BAUDELAIRE / ROBERTO CALASSO
Baudelaire le proponía a su madre Caroline encuentros clandestinos en el Louvre: «No hay otro lugar en París donde se pueda conversar mejor; hay calefacción, se puede esperar sin aburrirse y por otra parte es el lugar de encuentro más decente para una mujer.» El miedo al frío, el terror del aburrimiento, la madre tratada como una amante, la clandestinidad y la decencia sumados en el lugar del arte: sólo Baudelaire podía combinar estos elementos casi sin darse cuenta, con completa naturalidad. Era una invitación irresistible, que se hace extensiva a quienquiera que la lea. Se puede responder a esa invitación vagando por Baudelaire como por uno de los Salons sobre los que escribió –o incluso como por una Exposición Universal–. Encontrando de todo, lo memorable y lo efímero, lo sublime o la baratija; y pasando continuamente de una sala a otra. Pero si entonces el fluido aglutinante era el aire impuro de su tiempo, ahora lo será una nube opiácea, en la que esconderse y recuperar fuerzas antes de volver al aire libre, en las vastas superficies, letales y pululantes, del siglo xxi.
«Todo lo que no es inmediato es
nulo» (Cioran, una vez, conversando). Incluso sin hacer concesiones al culto de
la expresión silvestre, Baudelaire poseyó como pocos el don de la inmediatez
GURB
Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 74
20.30 Voy a casa de mi vecina,
llamo quedamente a su puerta con los nudillos, me abre mi vecina en persona. Me
disculpo por importunarla a estas horas y le digo (pero es mentira) que a medio
cocinar me he dado cuenta de que no tengo ni un grano de arroz. ¿Tendría ella
la amabilidad de restarme una tacita de arroz, añado, que le devolveré sin falta
mañana por la mañana, tan pronto abran Mercabarna a las 5 de la mañana)? No
faltaría más. Me da la tacita de arroz y me dice que no hace falta que le
devuelva el arroz, ni mañana, ni nunca, que para estas emergencias están los vecinos.
Le doy las gracias. Nos despedimos. Cierra la puerta. Subo corriendo a casa y
tiro el arroz a la basura. El plan está funcionando mejor de Io que yo mismo
había previsto.
20.35 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre personalmente. Le pido dos cucharadas de aceite.
20.39 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido una cabeza de ajos.
20.42 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido cuatro tomates pelados, sin
pepitas.
20.44 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido sal, pimienta, perejil,
azafrán.
20.46 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido doscientos gramos de
alcachofas (ya hervidas), guisantes, judías tiernas.
20.47 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido medio kilo de gambas peladas,
cien gramos de rape, doscientos gramos de almejas vivas. Me da dos mil pelas y
me dice que me vaya a cenar al restaurante y la deje en paz.
INCIPIT 1.601. SIN NOTICIAS DE GURB / EDUARDO MENDOZA
DÍA 9
0.01 (hora local) Aterrizaje
efectuado sin dificultad. Propulsión convencional (ampliada). Velocidad de
aterrizaje: 6.30 de la escala convencional (restringida). Velocidad en el
momento del amaraje: 4 de la escala Bajo-U1 o 9 de la escala Molina-Calvo. Cubicaje:
AZ-0.3.
Lugar de aterrizaje: 63Ω (IIβ)
2847639478363947 3937492749.
Denominación local del lugar de
aterrizaje: Sardanyola.
INCIPIT 1.600. HORAS INGLESAS / HENRY JAMES
Hay cierta noche que considero en realidad mi primera impresión; el final de un domingo húmedo y oscuro hace veinte años, a primeros de marzo. Tenía una imagen anterior pero se había vuelto grisácea, como la tinta descolorida, y la ocasión a la que me refiero fue un nuevo comienzo. Sin duda tuve una clarividencia mística del gran afecto que acabaría sintiendo por la turbia Babilonia moderna; cierto es que al volver la vista atrás encuentro que cada pequeño detalle de aquellas horas de acercamiento y llegada sigue tan vivo como si la solemnidad de una nueva era lo hubiese alentado. La fuerte sensación de cercanía ya era casi insoportable en Liverpool
EL SER HUMANO
Sin noticias de Grub, Eduardo Mendoza, p. 80
Los seres humanos, en cambio, a
semejanza de los insectos, atraviesan por tres fases o etapas de desarrollo, si
el tiempo se lo permite. A los que están en la primera etapa se les denomina
niños; a los de la segunda, currantes, y a los de la tercera, jubilados. Los
niños hacen lo que se les manda; los currantes, también, pero son retribuidos
por ello; los jubilados también perciben unos emolumentos, pero no se les deja
hacer nada, porque su pulso no es firme y suelen dejar caer las cosas de las
manos, salvo el bastón y el periódico. Los niños sirven para muy poca cosa.
Antiguamente se los utilizaba para sacar carbón de las minas, pero el progreso
ha dado al traste con esta función. Ahora salen por la televisión, a media
tarde, saltando, vociferando y hablando una jerigonza absurda. Entre los seres
humanos, como entre nosotros, se da también una cuarta etapa o condición, no
retribuida, que es la de fiambre, y de la que más vale no hablar.
LOS SERES HUMANOS
Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 16
Los seres humanos son cosas de
tamaño variable. Los más pequeños de entre ellos lo son tanto, que si otros
seres humanos más altos no los llevaran en un cochecito, no tardarían en ser
pisados (y tal vez perderían la cabeza) por los de mayor estatura. Los más
altos raramente sobrepasan los 200 centímetros de longitud. Un dato
sorprendente es que cuando yacen estirados continúan midiendo exactamente lo
mismo. Algunos llevan bigote; otros barba y bigote. Casi todos tienen dos ojos,
que pueden estar situados en la parte anterior o posterior de la cara, según se
les mire. Al andar se desplazan de atrás a delante, para lo cual contrarrestar
el movimiento de las piernas con un vigoroso braceo. Los más apremiados
refuerzan el braceo por mediación de carteras de piel o plástico o de unos
maletines denominados Samsonite, hechos de un material procedente de otro
planeta. El sistema de desplazamiento de los automóviles (cuatro ruedas
pareadas rellenas de aire fétido) es más racional, y permite alcanzar mayores
velocidades. No debo volar ni andar sobre la coronilla si no quiero ser tenido
por excéntrico. Nota: mantener siempre en contacto con el suelo un pie
—cualquiera de los dos sirve— o el órgano externo denominado culo.
MEMENTO MORI
Minimosca, Gustavo Faverón, p. 142
Memento mori: manual de memoria
moral
El libro de Impropria Surplusa es
una historia del memento mori en las artes europeas. Explica cómo brota, en la
Edad Media, y se exacerba en el Renacimiento y el barroco, la idea obsesiva de
que es imperativo recordar, mientras vivimos, que en cada momento de nuestra
vida se agazapa la muerte. Los escultores y los pintores europeos representan
esa idea furiosamente, dibujan o esculpen esqueletos y calaveras y cadáveres
soterrados detrás de sus modelos, o encima de sus modelos, colocan síntomas de
enfermedades en sus caras o figuras espectrales detrás de una cortina, sobre
una mesa, un corredor a sus espaldas. Todo eso yo lo sé, pero hay una cosa
difícil de detectar en el libro, y solo después de la tercera relectura, en el
claro del bosque, me doy cuenta. Es que el libro mismo parece escrito por un
fantasma, como si la autora lo hubiera redactado después de suicidarse, un
libro triste y raro, en fin, pienso, y muy melancólico, sobre todo en contraste
con el de Minimus Improprius, que parece
escrito por un autor optimista y lleno de expectativas.
CUERNO DE CABRA
Minimosca, Gustavo Faverón, p. 291
Piensa en la escena final de otra
película, Cuerno de cabra, una película de 1972, hecha en Bulgaria, que es la
obra cumbre de Andonov. Un padre encuentra el cadáver de su hija, que ha muerto
por culpa de él, harta de los rigores a los que la somete, aunque la adora, la
ama con todo su corazón. Los rigores a los que la somete son parte de un plan
que el padre tiene para salvar a su hija de la lascivia de los hombres. La
esposa del hombre murió años atrás, tras una violación que la niña ha
presenciado, y el padre ha obligado a su hija, desde entonces, durante anos, a
vestirse como hombre y a comportarse como hombre. Cuando ella se enamora de un
chico, el padre Ie prohíbe verlo. Después el padre mata al chico. Entonces la
muchacha lleva el cadáver del amado hasta su casa, la casa de ella y del padre,
y le planta fuego a la casa y no sale y muere asfixiada. El padre llega a la
casa y carga el cuerpo dc su hija hasta el borde de la montaña y mira el precipicio.
Parece que fuera a arrojar el cuerpo de su hija desde la cumbre, pero deposita
el cuerpo en el suelo y regresa al filo del precipicio y mira hacia abajo.
Ahora parece que se va a arrojar él, pero lo que hace es coger una roca,
alzarla sobre su cabeza y lanzarla al fondo de la hondonada y después arroja
otra roca y después otra. Incluso cuando la película termina, uno sabe que el
hombre sigue en el borde de ese morro arrojando una roca tras otra como si se
arrojara él mismo. Ese es el punto. El hombre se está suicidando sin morir,
vive su suicidio para siempre. Imagina que es su cuerpo y no rocas, lo que
carga sobre su cabeza y se está asesinando, porque él quiere el castigo del
suicidio, pero no quiere el escape que es el suicidio, sino la eternidad del
castigo. Y allí están todos los elementos del suicidio melancólico.





























