Islandia, Manuel Vilas, p. 173
Ahora soy un ser humano que no
duerme, que no sabe si ha puesto o no agua en la cafetera, que no encuentra una
taza, que no tiene nada que desayunar, que se despierta llorando y de repente
se acuerda de que se acostó llorando, que no sabe cómo subirse a un autobús en
la ciudad de Madrid, que da los buenos días de una forma delictiva a sus
vecinos, un culpable más de estar desesperado.
Los desesperados son los más
culpables del mundo. No saben hacer nada. Tartamudean, se les caen las naranjas
de la bolsa en los supermercados y todo el mundo sabe que no es por un descuido
sino porque están desesperados y por tanto algo habrán hecho. No sabemos por
qué los desesperados cantan como almejas. Porque muchos de ellos, entre los que
me cuento, intentamos disimular con verdadero arte. Pero apestamos a
culpabilidad. Tenemos cara de culpables. Culpables de lo que sea, pero
culpables.
Somos los reos emocionales de
este enorme imperio que mezcla basura y belleza al que hemos llamado
civilización.




























