Por intentar un comienzo, podría ser este.
Jueves 13 de abril de 2023,
cementerio de Palamós, un pueblo de dieciocho mil habitantes en la Costa Brava,
España. Tres sujetos –dos hombres, una mujer– buscan una tumba. Hay panteones,
largas filas de nichos y algunas lápidas. No tienen pistas, pero el sentido
común les hace pensar que lo que buscan no es un panteón –demasiado fastuoso–,
ni un nicho –demasiado popular–, sino una lápida. Pero, aunque el cementerio es
pequeño, la lápida no aparece. La mujer hace una búsqueda rápida en Google,
encuentra un nombre asociado a una imagen y les dice a los hombres:
–La lápida es esta. Hay que
buscar esto.
Recorren los pasillos que ya
recorrieron, infructuosamente. De pronto, uno de ellos se detiene.
–Acá está. Es esta.
Lo dice parcamente, como si
reprimiera el entusiasmo, como si temiera equivocarse o acertar. La lápida es
grande, de granito oscuro. Al pie hay flores de plástico que parecen nuevas. En
una placa de bronce se lee: «Robert Ruark. Escritor. Nació en Carolina del
Norte el 29 de diciembre de 1915. Falleció en Londres el 1 de julio de 1965.
Gran amigo de España. EPD». Allí yacen los restos del hombre que, se supone,
hizo que el fantasma que la mujer busca llegara a este pueblo.






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