Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p. 120
A veces, leyendo las siempre
fascinantes pero siempre confusas sagas de los dioses griegos y romanos, me parece
que lo que estaban haciendo escritores como Hesíodo o, más tarde, Ovidio, era
ofrecer una especie de diccionario. Un diccionario en el sentido de un lugar
donde los conceptos y las palabras se definen unas en relación con otras, solo
que en este diccionario, esas relaciones son matrimonios, traiciones, incestos,
amasiatos, amantazgos. Siempre es más fácil recordar la historia de una
tremenda traición o un gran amor que una mera relación léxica entre palabras.
Afrodita, diosa de la Belleza,
tiene una de las historias mejor conocidas, y es una de mis entradas favoritas
del de los dioses en la Teogonía. Su historia está llena de gore, pero también
de una dulzura extraña. La Tierra está furiosa con el Cielo, su amante, porque
decidió encerrar a algunos de sus hijos —los más anómalos, los cíclopes y los
centinamos- en las profundidades oscuras
de algún calabozo cósmico en vez de dejarlos vivir libre y plenamente. Así que
reúne a los demás hijos, los titanes, y les pide que castiguen a su padre, les
pide que Io castren. Ninguno se anima a hacerlo salvo Cronos, dios del Tiempo,
que alegremente acepta el encargo de
matar a su padre. Así que un día, cuando el Cielo desciende sobre la Tierra
para satisfacer sus deseos. Cronos lo atrapa y con un serrucho gigante le corta
los testículos. Los avienta al Océano. Los testículos del Cielo flotan sobre el
agua del Océano durante días, meses, tal vez siglos, hasta que un día, de la
espuma blanca que emerge de ellos, nace Afrodita.
En una versión de la historia, la
más literal. Afrodita es simplemente hija de la Tierra y el Cielo gracias a las
acciones de su hermano Tiempo. Pero en otro sentido, más hondo. el diccionario
de Hesíodo define la belleza como la unión del Cielo y la Tierra por medio del
tiempo. O tal vez, como la unión del aire y el agua con la intervención del
tiempo. O incluso la mezcla de dos elementos opuestos, uno palpable y otro
inefable, a través del paso del tiempo. Y la clave radica, por supuesto, en el tiempo. La belleza no
surge Ipso facto, como nacen otras deidades de la frente o las piernas de Zeus.
La belleza nace solo con el tiempo, a su tiempo, después de un tiempo. y no sin
dolor y tiempo de espera.





























