La metafísica de la juventud, Walter Benjamin, p.177
Lo más grotesco de la figura de
Sócrates es que este hombre tan poco
entregado a las musas trazó el centro erótico de las relaciones del círculo
platónico. Pero si su amor a la capacidad general de comunicarse carece de
arte, ¿de dónde extrae entonces su capacidad? De la voluntad. Sócrates
construye el eros para ponerlo al servicio de sus propios fines. Esta
perversión viene a reflejarse en la naturaleza castrada de su persona, ya que a
fin de cuentas a eso se refiere la repugnancia de los atenienses (sentimientos
que, por muy subjetivos que sean, no carecen de razón histórica). Sócrates
intoxica a la juventud, la seduce. Su amor por ella no es el fin (Zweck) de un
eidos todavía puro, sino un simple medio. Sócrates es el mago, el mayéutico que
cambia los sexos, el condenado inocente que muere por ironía y a despecho de
sus adversarios. Su ironía se alimenta del espanto, pero ahí sigue él,
oprimido, paria y despreciado. Poco menos que como un payaso.

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