Los niños no se esperaban aquellos dos impactos certeros: uno
contra el capó del coche y otro contra la tierra. Nadie, pese a lo cerca que
estaba el cerro de los Curas, rezó al escuchar el estruendo.
Con el primero, sus cuerpos ya sin vida volaron haciendo parábolas
hasta llevarse el segundo contra el suelo y rodar varios metros. La sangre olía
a valvulina y el campo a los hijastros sucios de las uvas inmaduras que
presagiaban la primavera.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.
La madrugada era tímida y casi no dejaba ver las estrellas.
A ambos lados de la carretera comarcal, el horizonte se perdía más allá de
la larguísima planicie, árida y marrón. Apenas había algo más que vides, algún
olivo maltratado y dos cuerpos inertes sobre el asfalto.

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