Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.624. AMULETO / ROBERTO BOLAÑO


Ésta será una historia de terror. Será una historia policiaca, un relato de serie negra y de terror. Pero no lo parecerá. No lo parecerá porque soy yo la que lo cuenta. Soy yo la que habla y por eso no lo parecerá. Pero en el fondo es la historia de un crimen atroz.

Yo soy la amiga de todos los mexicanos. Podría decir: soy la madre de la poesía mexicana, pero mejor no lo digo. Yo conozco a todos los poetas y todos los poetas me conocen a mí. Así que podría decirlo. Podría decir: soy la madre y corre un céfiro de la chingada desde hace siglos, pero mejor no lo digo. Podría decir, por ejemplo: yo conocí a Arturito Belano cuando él tenía diecisiete años y era un niño tímido que escribía obras de teatro y poesía y no sabía beber, pero sería de algún modo una redundancia y a mí me enseñaron (con un látigo me enseñaron, con una vara de fierro) que las redundancias sobran y que sólo debe bastar con el argumento.

 


ROBERTO BOLAÑ0¡¡¡¡

 


Notas para una autobiografía, Roberto Bolaño, p. 376

Yo en Chile estuve preso ocho días, ocho días. En Alemania colocaron —no sé en dónde— que había estado medio año preso, lo cual me pensar que los alemanes o son muy exagerados o que ellos ocho días era una porquería y necesitaban aggiornarlo un poco más; o que mi inglés, cuando dije eso, estaba a peor de lo que yo creía. Porque ocho días en inglés es «eight days» y medio año es «six months». Bueno, debí decir «eight days». Yo, en todo caso, siempre lo he dejado claro que estábamos en situaciones muy distintas. El caso es que yo, durante los ocho días en que estuve detenido —y que no fui torturado—, me extrañó muchísimo enorme profesionalidad de ese ejército en la máquina de moler carne que era la represión. Pero una verdadera máquina de moler carne, pero iqué bien lo hacían! Cómo respetaban cada paso: era como una obra de teatro no de teatro kabuki. Todos nosotros interpretábamos una obra de teatro japonesa —sin que nadie supiera hablar japonés, por supuesto— y que nos daba una sensación de irrealidad, de sueño. Por ejemplo, durante esos ochos días un compañero se quiso suicidar. ¡Y va el tonto y lo dice! «Si te quieres suicidar no lo digas, isuicídate!» Y este tipo dice: “Yo no aguanto más. O me sacan de este limbo o me suicido». Lo sacaron del limbo. Lo tuvieron veinticuatro horas en una celda de castigo de presos comunes y al cabo de ida veinticuatro horas volvió y yo nunca he visto en mi vida –tenía veinte años— salir a alguien más o menos entero y ver cómo regresa alguien absolutamente demolido. Y claro, esto Io hicieron ellos en su estructura de teatro kabuki simplemente para convencerlo de que no se suicidara, de que dentro de lo mal que él estaba no estaba nada mal. Era como una especie de psicoanálisis, pero como si en vez de que te diera el psicoanálisis un psicoanalista te lo diera un carnicero psicópata, pero que se refrenaba siempre. Y tenía un cierto encanto, sobre todo si uno lo veía con veinte años y bajo la óptica del humor negro. Por supuesto que si yo hubiera tenido mujer e hijos, me hubiera sentido muy mal y hubiera intentado suicidarme. Bueno, de hecho a los veinte años uno está siempre haciendo teatro y en algún momento pensé: «esto va a ser interminable y esto es kafkiano, y lo mejor que puedo hacer es suicidarme».

 

 


MARIO SANTIAGO


Notas para una autobiografía, Roberto Bolaño, p. 242

¿Podría entonces decirse de Ulises Lima, siguiendo este juego de máscaras, que se trataría de un trasunto de tu amigo Mario Santiago, de cuya muerte supimos por tu dedicatoria en Los detectives salvajes?

Sí, fue algo realmente rarísimo. La literatura y la vida están llenas de casualidades rarísimas. Una de las que más me han dolido es que justo el día después de terminar yo de corregir Los detectives salvajes, Mario murió y me dejó choqueado. Fue una muerte infame: lo atropelló un coche y se dio a la fuga. Mario era alcohólico terminal, pero estaba bien, hubiera podido continuar mucho tiempo más bebiendo. Bebía a tumba abierta. Y una madrugada, vete a saber en qué arroyo andaría, con quiénes, no se supo nunca, lo atropelló un coche que lo deja herido de muerte y se da a la fuga. Al menos ésa es la explicación oficial. Lo recoge una ambulancia al cabo de un tiempo, Io llevan a un hospital, muere en el hospital, nadie sabe quién es y se pasa una semana en la morgue sin nadie que Io vaya a buscar. Un rollo terrorífico. En México, en enero del 98. Fue bastante jodido. Y es curioso, porque en Los detectives salvajes el que parece que va a morir es Belano y Lima parece que va a vivir, y en la vida real ocurrió todo lo contrario.


ROQUE DALTON

 


Notas para una autobiografía, Roberto Bolaño, p. 232

Creo que no se trata de elegir a un solo poeta. Entre los poetas que has mencionado, para mí. Roque Dalton fue un poeta al que admiraba como sólo los jóvenes veinteañeros pueden admirar o, más bien dicho, querer a los escritores. . A los veinte años se quiere a los escritores. A los cuarenta y seis. como tengo ahora yo, a lo más que llegases a admirarlos, pero no a quererlos. Yo lo que siento ahora es cariño por jóvenes escritores. A Roque Dalton lo quisimos mucho y, además, encarna, de alguna manera, la figura canónica del intelectual latinoamericano que sabe ser Valiente. Es lo que dice Borges en unos versos: “Nunca un hombre se arrepiente / de haber sido valiente”; son muy sencillos, pero de una justeza total. Y creo que es cierto, aunque tal vez, en según qué cosas, sí que se arrepiente, Pero, generalmente, nunca. O sólo cuando la responsabilidad de uno se bifurca, se extiende, y toca la vida de otros. Cuando tu valentía implica poner en juego o en un brete a gente que no ha pedido entrar en esa disyuntiva de ser valiente o ser cobarde, sobre todo cuando ésta supone. a veces. morir. Y Roque Dalton era eso, el hombre que fue valiente, que tuvo una muerte horrible y, al mismo tiempo; dentro de una tradición de humor negro, una muerte de la que te podías reír a gritos: pasa toda una noche discutiendo con los comandantes de la guerrilla salvadoreña y propone no empezar la lucha armada; los comandantes lo escuchan —todos son muy jóvenes, todos menores que él—, se hace tarde y Roque Dalton Se acuesta; los comandantes siguen hablando entre ellos y deciden que nada, que la lucha armada tiene que empezar, y que Roque Dalton tiene que morir. Y mientras está dormido, va uno y le pega un tiro en la nuca. Es una cosa atroz, como para fortalecer la fe en los movimientos revolucionarios.

 

               

 


INCIPIT 1.617. NOTAS PARA UNA AUTOBIOGRAFÍA / ROBERTO BOLAÑO


Notas para una autobiografía

«Yo nací en Santiago, pero nunca viví en Santiago. Viví en Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y espiritistas...»

 «Mis padres se cambiaban mucho de casa, pero los motivos eran inconfesables. Yo siempre creí que todas las familias chilenas se trasladaban mucho; en realidad, sólo era la mía. El año 68, mi familia quiso ir a México, todos, lo que para mí fue yo diría, la experiencia más vital. En total he vivido en México cerca de diez años y para mi percepción de lo que era ser escritor, eso fue básico. De hecho, mis primeras lecturas son de autores mexicanos, una literatura riquísima, que me ha marcado como ninguna otra. Es un mosaico interminable».

 «Decidí ponerme a escribir a los dieciséis años, en México, y además en un instante de ruptura total, con la familia, con todo. Y me resultó muy divertido, muy emocionante, pero bastante jodido, porque yo era como son los jóvenes poetas, que van en contra de todo, pero encima yo tenía la desfachatez, según el establishment, de ser chileno».

 «México fue una universidad gratis, prolongada y sin vuelta atrás, porque desde que yo me fui el año 77, nunca más he vuelto. Y he tenido bastantes invitaciones y ocasiones de volver».

 «La vida misma no creo que haga escribir a nadie. El momento en que uno decide ser escritor es un instante de locura total y de voluntad, entendida en el sentido nietzscheano de la palabra, que es un sentido bastante delirante. Escribir no es normal, lo normal es leer y lo placentero es leer, incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima».


INCIPIT 1.577. LA PISTA DE HIELO / BOLAÑO


Remo Morán:

Lo vi por primera vez en la calle Bucareli

Lo vi por primera vez en la calle Bucareli, en México, es decir en la adolescencia, en la zona borrosa y vacilante que pertenecía a los poetas de hierro, una noche cargada de niebla que obligaba a los coches a circular con lentitud y que disponía a los andantes a comentar, con regocijada extrañeza, el fenómeno brumoso, tan inusual en aquellas noches mexicanas, al menos hasta donde recuerdo. Antes de que me lo presentaran, en las puertas del Café La Habana, oí su voz, profunda, como de terciopelo, lo único que no ha cambiado con el paso de los años. Dijo: es una noche a la medida de Jack. Se refería a Jack el Destripador, pero su voz sonó evocadora de tierras sin ley, donde cualquier cosa era posible. Todos éramos adolescentes, adolescentes bragados, eso sí, y poetas, y nos reíamos. El desconocido se llamaba Gaspar Heredia, Gasparín para los amigos y enemigos gratuitos. Todavía recuerdo la niebla debajo de las puertas giratorias y los albures que iban y venían. Apenas se vislumbraban los rostros y las luces, y la gente envuelta en aquella estola parecía enérgica e ignorante, fragmentada e inocente, tal como realmente éramos. Ahora estamos a miles de kilómetros del Café La Habana y la niebla, hecha a la medida de Jack el Destripador, es más espesa que entonces. ¡De la calle Bucareli, en México, al asesinato!, pensarán... El propósito de este relato es intentar persuadirlos de lo contrario...


LA LITERATURA NAZI EN AMERICA LATINA


Calle Londres 38, p. 95
Walther Rauff también inspiró a un personaje de una novela anterior de Bolaño, La literatura nazi en América, publicada poco antes de que Pinochet fuera detenido en Londres. Obra satírica en la que interviene un variado elenco de personajes, incluye un capítulo titulado «Dos alemanes en el fin del mundo», en el que se invita a los lectores a viajar a un lugar que el autor denomina «Colonia Renacer», una finca situada en la región central de Chile cuyos residentes eran, en la imaginación del autor, “todos, sin excepción, [ ... ] alemanes».

La «Colonia Renacer» se basaba realmente en Colonia Dignidad, una comunidad religiosa y agrícola establecida por inmigrantes alemanes en 1963 a unos 340 kilómetros al sur de Santiago. En el mundo real, Colonia Dignidad -a la que, para abreviar, en adelante me referiré simplemente como la Colonia- era un lugar en el que abundaban la pedofilia y otros delitos sexuales, y cuyos líderes colaboraban estrechamente con la DINA y con Pinochet. También se decía que tenía vínculos con prófugos nazis, hombres como Adolf Eichmann, Martín Bormann y Josef Mengele, además del propio Walther Rauff. En 197 4, un año después del golpe de Estado, se filmaron imágenes de Pinochet en una visita a la Colonia.

En la novela de Bolaño, la Colonia era un lugar de «orgías paganas, de esclavos sexuales y ajusticiamientos secretos», y donde ondeaba la enseña roja «con el círculo blanco y la cruz gamada negra». Según relata el autor, «el único criminal de guerra que pasó unos años en la Colonia ( dedicado en cuerpo y alma a la horticultura) fue Walther Rauss». Bolaño prosigue diciendo que más tarde se vinculó a este último a «algunas prácticas de tortura durante los primeros años del régimen de Pinochet”.

En este relato de ficción, Herr Rauss encontraba su fin al sufrir un ataque al corazón mientras veía en televisión el partido de fútbol que «enfrentó a las dos Alemanias durante el Mundial de  1974 en la República Federal».Como ocurre en muchas novelas, el relato de Bolaño no era del todo inventado: ese año, el Mundial se celebró en efecto en Alemania Occidental, y las dos Alemanias compitieron entre sí. Ganó Alemania Oriental por 1-0; un resultado amargo para Chile, ya que dejó al país fuera de la competición.


NOCTURNO DE CHILE


Calle Londres 38, Philippe Sands, p. 98

El relato era inventado, pero, como la Colonia, no lo era del todo. La casa que avivara la imaginación de Bolaño existió realmente. Se trataba de «una historia verídica», diría Bolaño. “Lo repito: esto no es un cuento, es real, ocurrió en Chile durante la dictadura de Pinochet, y más o menos todo el mundo [ ... ] lo sabe.”. Bolaño había conocido la historia en un artículo de Pedro Lemebel, publicado en 1994, sobre una casa de Santiago, situada en el número 4925 de la Vía Naranja, donde se celebraban tertulias literarias. Allí vivía el auténtico «James Thompson»: Michael Townley, el agente de la DINA que asesinó a Carlos Prats y Orlando Letelier. Este estaba casado a su vez con la auténtica «María Canales»: Mariana Callejas, que escribía relatos breves y organizaba tertulias literarias en la vivienda. Uno de sus relatos, «¿Conoció usted a Bobby Ackermann?», gan6 un premio literario que convocaba el diario El Mercurio.

En la casa de Townley y Callejas hubo personas reales retenidas, torturadas, asesinadas y desaparecidas sin dejar rastro. El «funcionario español» no era otro que Carmelo Seria, el diplomático de la ONU reconvertido en la novela de Bolaño en funcionario de la UNESCO. Fue aquí, en esta casa -me contó Carmen Seria-, donde a su padre le partieron el cuello apoyándolo en un escalón. Aquí, en el sótano, la DINA puso en marcha el Proyecto Andrea, en el que el químico Eugenio Berríos desarrolló gas sarín para eliminar a los opositores de Pinochet.  Se rumoreaba asimismo que aquí se roció con gas a Seria, en presencia de un inmigrante cubano que solo dos meses después se vería involucrado en el asesinato de Letelier.


INCIPIT 912. A LA INTEMPERIE / ROBERTO BOLAÑO


El estridentismo
Yo no pienso, yo muerdo. Para Alain Jouffroy, el artista de vanguardia es el primero en arriesgarse, el primero en tirarse al agua. El que pone la maquinita peluda del amor y la aventura a toda velocidad. Para Alain Jouffroy, y en esto se toca con los situacionistas, el artista de vanguardia es el que, por sobre todo, subvierte la cotidianidad, transformando y transformándose. Yo no muerdo, yo me araño. Y se necesitaba tener un espíritu muy heroico para sobrevivir y crear y difundir una poesía nueva en el México de 1928: un movimiento que no antecede a la revolución, pero que se va extinguiendo con esta revolución. Los sabrosos veinte, la visión de Huidobro jugando chirlitos con Reverdy, Pablo de Rokha construyendo una de las más hermosas ballenas de este siglo -la que muchos años después le daría un revólver para que se suicidara-. Alberto Hidalgo haciendo antologías con Borges (el primero murió riéndose de su pobreza y su olvido; el segundo todavía hace chistes públicos de un humor macabro). Girando era bailarín y pudo ser actor de Hollywood. Vallejo pensaba en Rita. Oquendo de Amat escribía a los diecisiete años sus cinco metros de poesía y ya no escribiría nunca más. Martín Adán ponía coma final a La casa de cartón, y pululaban por América unos jóvenes que tenían facha de terroristas (además, lo eran), y que hacían poesía. Ante esa obra lo que se escribe, por ejemplo, por los cuarenta o cincuenta (para no hablar de los sesenta, en donde la cosa parece, hasta nueva orden, que volviera a brotar), se ve definitivamente asqueroso

CHILENA


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 385
37. En México me contaron la historia de una muchacha del MIR a la que torturaron introduciéndole ratas vivas por la vagina. Esta muchacha pudo exiliarse y llegó al DE Vivía allí, pero cada día estaba más triste y un día se murió de tanta tristeza. Eso me dijeron. Yo no la conocí personalmente. 38. No es una historia extraordinaria. Sabemos de campesinas guatemaltecas sometidas a vejaciones sin nombre. Lo increíble de esta historia es su ubicuidad. En París me contaron que una vez llegó allí una chilena a la que habían torturado de la misma manera. Esta chilena también era del MIR, tenía la misma edad que la chilena de México y había muerto, como aquélla, de tristeza. 39. Tiempo después supe la historia de una chilena de Estocolmo, joven y militante del MIR o exmilitante del MIR, torturada en noviembre de 1973 con el sistema de las ratas y que había muerto, para asombro de los médicos que la cuidaban, de tristeza, de morbus melancholicus. 40. ¿Se puede morir de tristeza? Sí, se puede morir de tristeza, se puede morir de hambre (aunque es doloroso), se puede morir incluso de spleen. 41. ¿Esta chilena desconocida, reincidente en la tortura y en la muerte, era la misma o se trataba de tres mujeres distintas, si bien correligionarias en el mismo partido y de una belleza simílar? Según un amigo, se trataba de la mísma mujer que, como en el poema de Vallejo «Masa», al morir se iba multiplicando sin dejar por ello de morir. (En realidad, en el poema de Vallejo el muerto no se multiplica, quienes se multiplican son los suplicantes, los que no quieren que muera.)

SAN VICENTE


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 475
Dos cuentos católicos
l. LA VOCACIÓN
1. Tenía diecisiete años y mis días, quiero decir todos mis días, uno detrás de otro, eran un temblor constante. Nada me entretenía, nada vaciaba la angustia que se acumulaba en mi pecho. Vivía como un actor imprevisto dentro del ciclo iconográfico del martirio de san Vicente. ¡San Vicente, diácono del obispo Valero y torturado por el gobernador Daciano en el año 304, ten piedad de mí! 2. A veces hablaba con Juanito. No, a veces no. A menudo. Nos sentábamos en los sillones de su casa y hablábamos de cine. A Juanito le gustaba Gary Cooper. Decía: La apostura, la templanza, la limpieza de alma, el valor. ¿Templanza? ¿Valor? Le hubiera escupido a la cara lo que se ocultaba tras sus certezas, pero prefería enterrar las uñas en el reposa brazos y morderme los labios cuando él no me miraba e incluso cerrar los párpados y hacer como que meditaba sus palabras. Pero yo no meditaba. Al contrario: se me aparecían, bajo la forma de un carrusel, las imágenes del martirio de san Vicente. 3. Primero: atado a un aspa de madera, es descoyuntado mientras le desgarran la carne con garfios. Y luego:  sometido al tormento del fuego en una parrilla sobre brasas. Y luego: preso en una mazmorra cuyo suelo está cubierto de cascotes de vidrio y de cerámica. Y luego: el cadáver del mártir, abandonado en lugar desierto, es defendido por un cuervo contra la voracidad de un lobo. Y luego: desde una barca es arrojado su cuerpo al mar con una rueda de molino atada al cuello. Y luego: el cuerpo es devuelto por las olas a la costa y allí piadosamente enterrado por una  matrona y otros cristianos.

CHOPPED


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 510
¿Qué es el chopped? ¿En qué consiste un bocadillo de chopped? ¿Está el pan untado con tomate y unas gotitas de aceite de oliva o va el pan seco, envuelto en papel de aluminio, también llamado, por la marca del fabricante, papel alba!? ¿Y en qué consiste el chopped? ¿Es acaso mortadela? ¿Es una mezcla de jamón york y mortadela? ¿Una mezcla de salami y mortadela? ¿Hay algo de chorizo o salchichón en el chopped? ¿Y por qué la marca del papel de aluminio se llama alba!? ;Es un apellido. el apellido del señor Nemesio Alba!? ¿O alude a alba, al alba clara de los enamorados y de los trabajadores que antes de partir a su tarea meten en su tartera medio kilo de pan con su correspondiente ración de lonchas de chopped?

BOLAÑO


Entre paréntesis, Roberto Bolaño, p. 53
Volví a Chile a los veinte años, a hacer la Revolución, con tan mala fortuna que a los pocos días de llegar a Santiago ocurrió el golpe de Estado y los militares se hicieron con el poder. Mi viaje fue largo y algunas veces he pensado que si me hubiera demorado más en Honduras, por ejemplo, o al coger el barco en Panamá, el golpe de Estado me habría pillado antes de arribar a Chile y mi destino hubiera sido otro.
De todas maneras, y pese a las desgracias colectivas y a las pequeñas desgracias personales, recuerdo los días posteriores al golpe como días plenos, llenos de energía, llenos de erotismo, días y noches en los cuales todo podía suceder. No desearía, en modo alguno, que mi hijo tuviera que vivir unos veinte años como los que viví yo, pero también debo reconocer que mis veinte años fueron inolvidables. La experiencia del amor, del humor negro, de la amistad, de la prisión y del peligro de muerte se condensaron en menos de cinco meses interminables, que viví deslumbrado y aprisa. Durante ese tiempo, en lo que a la literatura respecta, sólo escribí un poema, no malo como los que solía escribir entonces, sino malísimo. Pasados esos cinco meses volví a salir de Chile y nunca más he vuelto. Ahí empieza el exilio o lo que se suele conocer como exilio, aunque la verdad es que yo no lo sentí así.
En ocasiones el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un español, los mexicanos me digan que hablo como un chileno y los españoles me digan que hablo como un argentino: una cuestión de acento.

11S CHILE


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 381
28. El 11 de septiembre me presenté como voluntario en la única célula operativa del barrio en donde yo vivía. El jefe era un obrero comunista, gordito y perplejo, pero dispuesto a luchar. Su mujer parecía más valiente que él. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor de suelo de madera. Mientras el jefe de la célula hablaba me fijé en los libros que tenía sobre el aparador. Eran pocos, la mayoría novelas de vaqueros como las que leía mí padre. 29. El11 de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. 30. Vigilé una calle vacía. Olvidé mí contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados o desempleados. 31. Cuando murió Neruda yo ya estaba en Mulchén, con mis tíos y tías, con mis primos. En noviembre, mientras viajaba de Los Ángeles a Concepción, me detuvieron en un control de carretera y me metieron preso. Fui el único al que bajaron del autobús. Pensé que me iban a matar allí mismo. Desde el calabozo oí la conversación que sostuvo el jefe del retén, un carabinero jovencito y con cara de hijo de puta (un hijo de puta revolviéndose en el interior de un saco de harina), con sus jefes de Concepción. Decía que había capturado a un terrorista mexicano. Luego se retractó y dijo: terrorista extranjero. Mencionó mi acento, mis dólares, la marca de mi camisa y de mis pantalones. 32. Mis bisabuelos, los Flores y los Graña, intentaron vanamente domar la Araucanía (aunque no fueron capaces ni de domarse a sí mismos), por lo que es probable que fueran nerudianos en la desmesura; mi abuelo Roberto Ávalos Martí fue coronel y estuvo destinado en varias plazas del sur hasta una jubilación temprana y oscura, lo que me hace pensar que fue nerudiano en el blanco y en el azul; mis abuelos paternos llegaron de Galicia y Cataluña, dejaron sus vidas en la provincia de Bío-Bío y fueron nerudianos en el paisaje y en la laboriosa lentitud. 33. Durante algunos días estuve encerrado en Concepción y luego me soltaron. No me torturaron, como temía, ni siquiera me robaron. Pero tampoco me dieron nada para comer ni para taparme por las noches, por lo que tuve que vivir de la buena voluntad de los presos que compartían su comida conmigo. De madrugada escuchaba cómo torturaban a otros, sin poder dormir, sin nada que leer, salvo una revista en inglés que alguien había olvidado allí y en la que lo único interesante era un artículo sobre una casa que en otro tiempo perteneció al poeta Dylan Thomas. 34. Me sacaron del atolladero dos detectives, excompañeros míos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, y mi amigo Fernando Fernández, que tenía un año más que yo, veintiuno, pero cuya sangre fría era sin duda equiparable a la imagen ideal del inglés que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de sí mismos. 35. En enero de 1974 me marché de Chile. Nunca más he vuelto.

PENELOPE CRUZ


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 518
En la puerta ve a un niño famélico quien a su vez no le quita los ojos de encima. Pe se levanta y sale y le pregunta al niño qué le pasa. El niño le dice si le puede dar un vaso de leche. Curioso, pues Pe no está bebiendo leche. En cualquier caso nuestra actriz consigue un vaso de leche y se lo lleva al niño, que sigue en la puerta. Acto seguido el niño bebe el vaso de leche ante la atenta mirada de Pe. Cuando se lo acaba, cuenta Pe, la mirada de agradecimiento y de felicidad del niño la lleva a pensar en la cantidad de cosas que ella posee y que no necesita, aunque allí Pe se equivoca, pues todo, absolutamente todo lo que posee, lo necesita. Al cabo de unos días Pe mantiene una larga conversación filosófica y también de orden práctico con la madre Teresa de Calcuta. En determinado momento Pe le cuenta esta historia. Habla de lo necesario y de lo superfluo, de ser y no ser, de ser con relación a y de no ser en relación ¿con qué?, ¿y cómo?, ¿y a final de cuentas qué es eso de ser?, ¿ser tú misma?, Pe se hace un lío. La madre Teresa, mientras tanto, no para de moverse como una comadreja reumática de un lado a otro de la habitación o del porche que las cobija, mientras el sol de Calcuta, el sol balsámico y también el sol de los muertos vivientes, espolvorea sus postreros rayos imantado ya por el oeste. Eso, eso, dice la madre Teresa de Calcuta, y luego murmura algo que Pe no entiende. ¿Qué?, dice Pe en inglés. Sé tú misma. No te preocupes por arreglar el mundo, dice la madre Teresa, ayuda, ayuda, ayuda a uno, dale un vaso de leche a uno y ya será suficiente, apadrina a un niño, sólo a uno, y ya será suficiente, dice la madre Teresa en italiano y con evidente mal humor. Al caer la noche Pe vuelve al hotel. Se ducha, se cambia de ropa, se pone unas gotas de perfume sin poder dejar de pensar en las palabras de la madre Teresa. A la hora de los postres, de golpe, la iluminación. Todo consiste en sacar un pellizco microscópico de los ahorros. Todo consiste en no atribularse. Tú dale a un niño indio doce mil pesetas al año y ya estarás  haciendo algo. Y no te atribules ni tengas mala conciencia. No fumes, come frutos secos y no tengas mala conciencia. El ahorro y el bien están indisolublemente unidos.

DE LOS ESCRITORES


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 515
¿Qué pueden hacer Sergio Pitol, Fernando Vallejo y Ricardo Piglia contra la avalancha de glamour? Poca cosa. Literatura. Pero la literatura no vale nada si no va acompañada de algo más refulgente que el mero acto de sobrevivir. La literatura, sobre todo en Latinoamérica, y sospecho que también en España, es éxito, éxito social, claro, es decir, es grandes tirajes, traducciones a más de treinta idiomas (yo puedo nombrar veinte idiomas, pero a partir del idioma número 25 empiezo a tener problemas, no porque crea que el idioma número 26 no existe sino porque me cuesta imaginar una industria editorial y unos lectores birmanos temblando de emoción con los avatares mágico-realistas de Eva Luna), casa en Nueva York o Los Ángeles, cenas con grandes mandatarios (para que así descubramos que Bill Clinton puede recitar de memoria párrafos enteros de Huckleberry Finn con la misma soltura con que el presidente Aznar lee a Cernuda), portadas en Newsweek y anticipos millonarios.
Los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad, deseosa de respetabilidad. Son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente. Para llegar a ella tienen que transpirar mucho. Firmar libros, sonreír, viajar a lugares desconocidos, sonreír, hacer de payaso en los programas del corazón, sonreír mucho, sobre todo no morder la mano que les da de comer, asistir a ferias de libros y contestar de buen talante las preguntas más cretinas, sonreír en las peores situaciones, poner cara de inteligentes, controlar el crecimiento demográfico, dar siempre las gracias.

SANTA BARBARA


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 484
santa Bárbara. ¿Por qué siempre estaba acompañada por un pavo real y por una torre? Un pavo real y una torre. ¿Qué significaba? 14. Una tarde se lo pregunté al cura. ¿Cómo es que te interesan estas cosas?, me preguntó a su vez. No lo sé, padre, por curiosidad, le respondí. ¿Sabes que la curiosidad es una mala costumbre?, dijo. Lo sé, padre, pero mí curiosidad es sana, yo siempre le rezo a santa Bárbara. Haces bien, hijo, dijo el cura, santa Bárbara tiene buena mano con los pobres, tú sigue rezándole. Pero lo que yo quiero es saber lo del pavo real y la torre, dije yo. El pavo real, dijo el cura, es símbolo de inmortalidad. La torre tiene tres ventanas, ¿lo has notado? Pues las ventanas están puestas en la torre para representar las palabras de la santa, que dijo que la luz entró en ella o iluminó su casa por las ventanas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Lo entiendes? 15. No tengo estudios, padre, pero tengo juicio y sé discernir, le respondí. 16. Después me iba a ocupar mí lugar, el lugar que me pertenecía, y pedía hasta que la iglesia cerraba las puertas. En la palma de la mano siempre me dejaba una moneda. Las otras, en el bolsillo. Y aguantaba el hambre aunque viera a otros comer pan o trozos de salchichón y queso. Yo pensaba. Pensaba y estudiaba sin moverme de las escalinatas. 17.Así supe que el padre de santa Bárbara, un señor poderoso llamado Díóscuro, la hizo encerrar en una torre, es decir, la encarceló, debido a los pretendientes que la acosaban. Y supe que santa Bárbara antes de entrar en la torre se bautizó a sí misma con las aguas de un estanque o de un regadío o de una pileta donde los campesinos almacenaban el agua de la lluvia. Y supe que escapó de la torre, la torre de las tres ventanas por donde entró la luz, pero fue detenida y llevada ante el juez. Y el juez la condenó a muerte. 18. Todo lo que  enseñan los curas está frío.

EL POLICIA DE LAS RATAS


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 434
Cuando me tomaba un descanso buscaba la compañía de otros policías. Conocí a uno, muy viejo y enflaquecido por la edad y por el trabajo, que a su vez había conocido a mi tía y a quien le gustaba hablar de ella. Nadie entendía a Josefina, decía, pero todos la querían o fingían quererla y ella era feliz así o fingía serlo. Esas palabras, como muchas otras que pronunciaba el viejo policía, me sonaban a chino. Nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos o que practicamos muy de vez en tanto. En realidad, no practicamos y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitados. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad. ¿Por qué a la soledad? Pues porque en nuestro pueblo el arte y la contemplación de la obra de arte es un ejercicio que no podemos practicar, por lo que las excepciones, los diferentes, escasean, y si, por ejemplo, surge un poeta o un vulgar declamador, lo más probable es que el próximo poeta o declamador no nazca hasta la generación siguiente, por lo que el poeta se ve privado acaso del único que apreciar su esfuerzo. Esto no quiere decir que nuestra gente se detenga en su ajetreo cotidiano y lo escuche e incluso lo aplauda o eleve una moción para que al declamador se le permita sin trabajar. Al contrario, hacemos todo lo que está en  nuestras manos, que no es mucho, para procurarle al diferente un simulacro de comprensión y de afecto, pues sabemos que es, básicamente un ser necesitado de afecto. Aunque a la larga, como un castillo naipes, todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y la colectividad sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de cada uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes individuales y que, sin embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto que individuos.

EL OJO SILVA


Cuentos completos, Bolaño, p. 220
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé medir el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive, y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre -aunque los niños no suelen tener más de siete años- sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.

CHILE GAY


Entre paréntesis, Bolaño, p. 50
Hace unos años, pocos años, se quemó en Valparaíso una discoteca de ambiente homosexual. La discoteca -tal vez sólo se trataba de un pub o de un bar- era de madera y el incendio fue de proporciones notables: murieron más de veinte personas. La noticia circuló por algunas agencias. Un chileno residente en París al poco de enterarse le comentó a un amigo mío su asombro por la noticia: según él, en Chile no existían homosexuales, por lo que era absolutamente imposible que se hubiera incendiado un bar de tales características. La noticia sólo podía interpretarse como un error garrafal de la agencia de prensa o como un deseo consciente de hacerle daño al país. Este chileno, alma bendita, vivía en París desde hacia tiempo, no era un campesino de Chillán ni un talador de árboles de Aysén, sino que vivía en la capital de Francia en donde tenia además un trabajo y todos sus papeles en regla. Iba al cine de vez en cuando y de vez en cuando se acostaba con una mujer. A veces leía libros en español y a menudo leía el periódico en francés. Para colmo, creo que era de izquierdas, aunque eso poco tiene que ver con esta historia. Sin embargo no podía creer que en Valparaíso, puerto cantado por Daría y Neruda, se pudieran reunir en un bar más de veinte homosexuales. Probablemente pesaba en su vasta inconsciencia la información recibida en nuestra infancia,  es decir que en Chile todos somos valientes, que en Chile no llora nadie y que en Chile sólo hay puros corazones.

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