Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Feminismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Feminismo. Mostrar todas las entradas

DESPENTES


Querido capullo, Virginie Despentes, p.73

Hasta entonces, el feminismo nunca me había parecido fundamental. Ya fuera en el cine o en el teatro, no era algo que me preocupara. Y añadiría que en los años ochenta y noventa, cuando veía a las feministas manifestándose, las consideraba más bien un fastidio. Algunas de ellas estaban obsesionadas con la mujer-objeto, y yo, en los carteles de las películas en que actuaba, siempre aparecía medio en pelotas, así que a veces, en un estreno, vacilaba a cuatro o cinco que andaban por allí repartiendo panfletos contra mi cosificación, haciendo como si yo no existiera. En otras ocasiones, se ensañaban escribiendo artículos asesinos porque yo había rodado una escena de sexo tórrido y eso podía no gustar, así que me caían por todas partes. Aunque tampoco puedo decir que me hayan incordiado demasiado; total, los últimos treinta años, en Francia apenas se ha oído hablar de ellas.

No me sentía concernida. Y cuando empezó el Me Too, mi primera reacción fue ir por ahí diciendo en el ambiente del cine «conmigo, ese señor Weinstein siempre se ha comportado como un perfecto caballero». Tonta tampoco soy, cuando me invitaron a hablar del asunto en la tele pública decliné. Pero en privado, ahí es donde me quedé: en Cannes. he visto a tantas actrices comportarse mal cuando comprendían de quién se trataba e intentaban conseguir el número de su habitación, que así de entrada no pude empatizar. Zoé Katana tiene razón, lo más extraño es el entorno. Weinstein, durante décadas, fue el rey del mambo. No solo he visto a chicas peleándose por acercarse a él, sino que he visto a los distribuidores enviando muchachitas al frente. Y sabían perfectamente lo que se hacían.  Y nadie tenía nada que decir al respecto. He visto a padres cuya carrera no había sido lo que ellos querían sacrificando a su propia hija adolescente como ofrenda. Y a toda esa gente, cuando el tipo cae de su trono, ya no los oyes decir ni pío. Eso vale con él como con todos los que han tenido problemas. A nadie en su entorno se le ocurría comentarle «eso que usted hace, señor, de hecho constituye delito».


FEMINISMO


Más intervenciones, Houellebecq, p. 131

Personalmente, siempre he considerado a las feministas unas amables gilipollas, en principio inofensivas, pero a quienes, por desgracia, su desarmante falta de lucidez vuelve peligrosas.En los años setenta las veíamos luchar a favor de la contracepción, el aborto, la libertad sexual, etc., justo como si el «sistema patriarcal» fuera un invento de esos machos malos malísimos, mientras que el objetivo histórico de los hombres era, obviamente, tirarse al máximo de tías posible sin cargar con una familia. Las pobres llevaban la ingenuidad hasta el punto de imaginarse que el amor lesbiano, condimento erótico apreciado por la casi totalidad de los heterosexuales activos, era un peligroso replanteamiento del poder masculino. Además manifestaban, y eso era lo más triste, un apetito incomprensible  por el mundo profesional y la vida de empresa; los hombres, que sabían desde hacía mucho tiempo a qué atenerse con  Respecto a la «libertad» y la «realización» mediante el trabajo, se carcajeaban por lo bajo.

FEMINISMO


Testo yonqui, PB Preciado, p. 156

El feminismo podía haber promulgado como método anticonceptivo la masturbación técnica obligatoria, la huelga sexual de las mujeres heterosexuales y fértiles, el lesbianismo masivo, la ligadura de trompas obligatoria desde la adolescencia, el aborto libre y gratuito, incluso el infanticidio, si fuera necesario. Un escenario aún más prometedor: era posible, desde un punto de vista biotecnológico, haber exigido la administración a todas las mujeres en edad gestante de una microdosis mensual de testosterona como método al mismo tiempo anticonceptivo y de regulación política del género. Esta medida hubiera terminado de una vez con la diferencia sexual y con la hegemonía heterosexual. Eso no significa que las cis-mujeres (testosteronadas) no seguirían follando con los cis-hombres, sino que esa práctica no podría continuar siendo interpretada como meramente heterosexual. No tendría ningún fin reproductivo; además, no sería el encuentro sexual entre dos personas de sexo opuesto, sino más bien sexo gay con posibilidad de penetración vaginal. Más aún, el feminismo de posguerra podía haberse interesado por la gestión del cuerpo de los cis-hombres: haber declarado de interés nacional la castración, la homosexualidad, el uso obligatorio del preservativo, la obturación de los canales seminales, la administración generalizada de una androcura ( que disminuye la producción de testosterona en los cis-hombres), etc. Había, efectivamente, buenas soluciones, pero el feminismo liberal hizo un pacto diabólico con el sistema farmacopornográfico.


INCIPIT 1.329. MIRA A ESA CHICA / CRISTINA ARAUJO


Agosto de 2016

Estás sentada en el banco, el bolso apretado contra las costillas con las dos manos, las pupilas desenfocadas, como si te hubiesen intentado robar. Pero no te han robado. Hace frío, lo notas sobre todo en los pies, y si estuvieras en condiciones de pensar, pensarías, por ejemplo, que cuántas horas quedan para el amanecer. Pero no piensas, y lo único que sientes es. Nada. Que te escuece el raspón en la parte blanda de la rodilla. Ha tomado un color rosa húmedo, y duele horrores cada vez que el pellejo pivota y pela un poco más de carne. No tenías ninguna herida cuando has salido de casa. Seguramente te has arañado con esa mezcla de arenilla y porquería que había en el suelo.

Al final de la calle, una farola emite un zumbido discreto de electrodoméstico. Te sorbes los mocos. Llevas como veinte minutos con la mirada perdida en una mancha de la sandalia. A ratos cambia de forma, le crecen lóbulos, o se agranda. Pero no, en realidad no se mueve, es solo una ilusión óptica, y en cuanto pestañeas reajusta de nuevo sus dimensiones originales. Esa mancha, no la recuerdas tampoco.


FEMINISMO


Un apartamento en Urano, Paul B. Preciado, p. 115

Tomemos, por ejemplo, el ovillo de la historia que contiene la palabra «feminismo». Descubriremos entonces, con sorpresa, que la noción de «feminismo» la inventó en 1871 el joven médico francés Ferdinand-Valere Fanneau de la Cour en su tesis doctoral Feminismo e infantilismo en los tuberculosos. Según la hipótesis científica de Fanneau de la Cour, el «feminismo» era una patología que afectaba a los hombres tuberculosos y que producía, como síntoma secundario, una «feminización» del cuerpo masculino. El hombre tuberculoso, afirmaba Fanneau de la Cour, «tiene el cabello y las cejas finos, las pestañas largas y afinadas como las de las mujeres; la piel blanca, la panícula adiposa subcutánea muy desarrollada, y los contornos del cuerpo son de una suavidad notable, al mismo tiempo que las articulaciones y los músculos combinan su acción para dar a los movimientos esa flexibilidad, ese qué sé yo ondulante y elegante que es peculiar del gato y de la mujer. Si el sujeto ha alcanzado la edad en que la virilidad determina el crecimiento de la barba, encontramos que esta producción es completamente inexistente, o existe solo en ciertos lugares, que generalmente son el borde superior de los labios, primero, luego el mentón y la región próxima al mentón. Y de nuevo, estos pocos cabellos son delgados, finos y, a menudo, caprichosos. [ ... ] Los genitales llaman la atención por su pequeño tamaño. Feminizado, sin "poder de generación y facultad de concepción", el hombre tuberculoso pierde su condición de ciudadano viril y se convierte en un agente contaminante que debe ser colocado bajo la tutela de la medicina pública». En el lenguaje científico de Fanneau de la Cour, «feminista» describe este tipo según él patológico de masculinidad tuberculosa.

Un año después de la publicación de la tesis de Fanneau de la Cour, Alexandre Dumas hijo retoma en uno de sus panfletos políticos la noción médica de «feminismo» para describir a los hombres que se muestran solidarios con la causa de las «ciudadanas», el movimiento de mujeres que luchan por el derecho al voto y la igualdad política. Las primeras feministas eran, por tanto, hombres: hombres a quienes el discurso médico consideraba anormales por haber perdido sus «atributos viriles»; pero también hombres acusados de feminizarse debido a su proximidad con el movimiento político de las ciudadanas.


LOS DEDOS DE LOS PIES


El último hombre blanco, Nuria Labari, p. 69

En toda mi vida profesional, jamás he visto los dedos de los pies de ningún hombre en el trabajo. Nuestro cuerpo, en cambio, está siempre expuesto. Y no lo digo solo por las sandalias. Un buen cuerpo en una mujer que va al trabajo sigue siendo lo mismo que un traje caro en el cuerpo de un hombre.

En todo caso, ni Directiva Decepcionada ni yo estamos dispuestas a mostrar el menor atisbo de debilidad y menos aún de victimismo. Así que tirarnos el papel de manos al cesto de mimbre que hay bajo el lavabo y salimos como si nada. Ella pegada a sus pestañas y yo a mi determinación. Porque yo, ya lo he decidido, voy a ser aceptada en el bando de los chicos.

De todas formas, aunque pensaba pedir una hamburguesa de buey, cambio de parecer después de sus indicaciones y me inclino por el steak tartare con pan de cristal y patata rejilla. Los remilgos de Directiva Decepcionada me parecen excesivos, pero comprendo que me conviene ser más aséptica con la comida. De primer plato, el señor Over500 pide espárragos blancos tibios con vinagreta de tomates y cuando llegan se los come con la mano. Se cuelga del cuello una servilleta desplegada a modo de babero y permite que el aceite se deslice suavemente por cada pieza. Me doy cuenta de que el espárrago en su mano entrando, tierno, en su boca es una forma de poder. Los dos hombres más jóvenes de la mesa, mi competencia directa, pedirán hamburguesa de buey y tataki de atún rojo, respectivamente. Me digo que el del tataki puede ser un rival. El otro ha pedido kétchup, así que parece un niño malcriado. Diría que está perdido, salvo que sea el hijo mimado de alguien que importe.


INCIPIT 1.300. EL ULTIMO HOMBRE BLANCO / NURIA LABARI


Hay un varón dentro de mí. Está aquí dentro desde que recuerdo, ese rugido de varón. Puedo oírlo ahora, al hombre que golpea en mi interior. Es como un segundero, como el maldito latido de mi corazón, es la música que pone ritmo a los días, es un tres por cuatro sencillo, el movimiento más elemental, es muy básico, casi no se nota, algunas veces creo que ni siquiera existe, como la mancha azul en una compresa en la televisión, una auténtica quimera. Pero aquí está.

¿Alguien más puede oírlo? ¿Alguien más lo lleva dentro? Es ese tambor con que nos llaman a ir a la guerra a querer más a ser mejores a conquistar a ganar a discutir a tener razón a corrernos primero a poseer a progresar a conducir más rápido a no llorar a ser más fuertes a llevar dinero a casa a no saber qué decir a tener la última palabra a ser eficaces a no dar rodeos a buscar siempre el camino más rápido a no encontrar las palabras a no escuchar a ser fiable como un electrodoméstico a romper las cosas a tener la polla más dura a querer meterla por detrás a no pedir permiso a creer que las cosas necesitan un orden a aceptar los privilegios a tener siempre la razón a confesarnos a obedecer a Dios a inventar las reglas a cumplir las reglas a infundir confianza a mandar a hacer lo que nos mandan ... En definitiva, a entender que las cosas son complejas y elegir buscar respuestas simples.

Todo el mundo puede oírlo porque todo el mundo lleva un hombre en su interior, cada vez más grande y cada vez más solo. ¿Hay alguien más ahí dentro? No. Solo un hombre blanco en el vacío.¿ Y la mujer? ¿Dónde está?


DE LOS HOMBRES

Madres, padres y demás, Siri Hustvedt, p. 348

Entender algo de las complejidades del embarazo es útil porque ayuda a poner en evidencia las intenciones que se esconden no solo en los titulares sino en algunas agendas científicas. No nos dice qué impulsa la acuciante necesidad de aniquilar a la mujer. Tampoco nos dice qué quiere un hombre. ¿Este afán de control se debe a la «envidia del útero» de la que habló la psicoanalista Karen Horney? En «The Flight from Womanhood» [La huida de la feminidad] sostiene: «Cuando, como en mi caso, se empieza a analizar a los hombres tras un periodo bastante largo de analizar a las mujeres, se obtiene una impresión muy sorprendente de la intensidad de esta envidia del embarazo, el parto y la maternidad».

Al comentar el trabajo que realizó con personas de Nueva Guinea, lejos de la historia de Occidente que yo he estado explorando, la antropóloga Margaret Mead señaló: «Son los hombres los que pasan su vida ceremonial fingiendo que fueron ellos los que dieron a luz a los hijos, que pueden "hacer hombres"».

En Symbolic Wounds, Bruno Bettelheim apuntó: «No hace falta demostrar que los hombres se sienten sobrecogidos de temor ante los poderes procreadores de la mujer y desean participar en ellos».

En Vida y obra de Sigmund Freud, Ernest Jones cuenta que Freud preguntó en una ocasión a Marie Bonaparte: «¿Qué quiere una mujer?» (Was will das Weib?). También señaló que la paternidad está plagada de dudas. ¿ Cómo sé que es mío?

Nancy Chodorow entendió el odio de los hombres hacia las mujeres como una necesidad de reprimir lo que había de femenino en ellos (El ejercicio de la maternidad, 1979/1998).

Jessica Benjamín sostuvo que, para algunos niños varones, la apremiante necesidad de separarse de sus madres se convierte en un desdén por todo el sexo (Los lazos del amor, 1985).

David Gilmore identifica la ambivalencia en el centro de la misoginia, los deseos inconscientes de un hombre de volver a los auxilios de la «madre omnipotente» acompañados de una resistencia a esos mismos deseos y de un impulso de autonomía (Misogyny, 2001).


MASCULINIDAD PRECARIA


Madres, padres y demás, Siri Hustvedt, p. 164

Los psicólogos sociales hablan de masculinidad precaria: la idea de que, aunque la feminidad se percibe como un hecho estable e inmutable, la masculinidad debe probarse una y otra vez. La masculinidad no es un estado pasivo. Tener testículos, pene y nuez de Adán no basta. Mantener la masculinidad requiere una acción constante, comer bistecs y no ensalada de rúcula; leer libros escritos por hombres y no por mujeres. Es curioso que el concepto de masculinidad precaria pueda afectar la lectura de literatura, pero así es. Leer ficción escrita por mujeres significa rendirse a la autoridad de una mujer, y muchos hombres heterosexuales descubren su propia valía en el reconocimiento de otros hombres, no de mujeres. La idea de someterse a una mujer, aunque solo sean sus palabras, es repugnante.

Esto no es nada nuevo, pero algo nuevo ha sucedido en el estudio de la literatura. Cuando hice el posgrado de Literatura inglesa a finales de los años setenta y principios de los ochenta, casi todos los profesores y la mayoría de los estudiantes eran hombres. Eso ha cambiado. Como apunta Katherine Binhammer, una académica literaria feminista: «Es importante señalar que el estudio de la literatura se ha feminizado a la vez que se ha devaluado». Feminizarse significa ni más ni menos que hoy en día el número de mujeres que estudian literatura es más elevado que el de los hombres. "En Estados Unidos, otras disciplinas como las matemáticas, la psicología y el derecho han corrido la misma suerte. En cuanto las mujeres entran masivamente en un campo, su prestigio cae en picado.


LA VIOLACIÓN QUE NO SE ESTÁ MOSTRANDO


La palabra que aparece, E Díaz Alvarez, p. 200

En la relación de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial suele omitirse el uso y abuso de los cuerpos de las mujeres. Se desconoce el número exacto, pero se calcula que pudieron ser hasta dos millones de mujeres alemanas las que fueron violadas durante la ocupación de sus ciudades tras los bombardeos aliados. Por los testimonios de las víctimas supervivientes, sabemos que los edificios en ruinas fueron un escenario propicio para que cientos de soldados rusos y norteamericanos que patrullaban las calles perpetraran esos actos de forma sistemática e impune. El hecho de que el relato oficial suela omitir las violaciones en masa revela que esas agresiones fueron parte constituyente o natural de las formas de poder y control social que establecieron los vencedores para someter ya no solo a nivel físico, sino psicológico y emocional, a las ciudades que tomaban.

En la exposición Errata, la artista y teórica israelí Ariella Aisha Azoulay realiza una serie de ensayos que desvelan cómo se legitimó la violencia con la que los aliados pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial. Su ejercicio de archivo demuestra que la destrucción, el saqueo o la agresión sexual de entonces han sido sostenidos por una cultura visual cuyo objetivo gira en torno a «enseñar a los ciudadanos a no ver la violencia imperial y negar cualquier responsabilidad sobre esa violencia». Desde esta perspectiva, la dificultad para encontrar registro gráfico o escrito sobre la violación de las mujeres alemanas es consecuencia de una política de borrado y desmemoria instaurada por los vencedores.


REDES DE MUJERES


Odiseicas, Carmen Estrada, p. 245

Virginia Woolf llama la atención en Una habitación propia sobre lo poco frecuente que es en la literatura el que se presente a dos mujeres como amigas y no solo como madres o hijas, y que se las muestre por algo distinto a su relación con los hombres.

Siguiendo la misma idea, el llamado test de Bechdel, popularizado a partir de la tira cómica de Alison Bechdel The rule en 1985, permite calificar a las películas -aunque podría aplicarse igualmente a las obras literarias de ficción- como aceptables desde el punto de vista feminista si se cumplen tres condiciones: que aparezcan al menos dos personajes femeninos, que se comuniquen entre sí y que la conversación se refiera a algo distinto a un hombre .

Si bien es cierto que en ningún episodio de la Odisea hay mujeres individualizadas que se relacionen entre sí de manera directa, más allá de los vínculos que se establecen entre ama y esclavas, y que en toda la obra las mujeres participan en función de los desplazamientos del protagonista masculino, Odiseo, sí que aparecen conexiones específicamente femeninas desde la distancia.

Una de ellas, muy interesante por su contenido y sus circunstancias, atraviesa incluso la frontera que divide a vivos y muertos. Odiseo lleva casi doce años fuera de Ítaca: diez de guerra y dos de viajes fallidos que no le permitieron regresar. No sabe nada de su familia. Las primeras noticias sobre su mujer las recibe en el Hades, donde encuentra al espíritu de su madre, Anticlea, que ha muerto durante su ausencia. Por ella sabe que Penélope continúa esperándolo en el palacio, que aún no se ha casado con nadie y que llora por él. Tras informarle sobre el resto de la familia y las circunstancias de su propia muerte, Anticlea le habla con cierto detalle de la condición de los mortales una vez que perecen, y añade: “¡Ay, hijo mío, el de más funesto destino entre los hombres! [ ... ] esta es la condición de los hombres cuando mueren. No sujetan ya carne ni huesos sus tendones, pues los consumió la fuerza del incandescente fuego en cuanto su ánimo abandonó los blancos huesos,  mientras que su espíritu anda revoloteando por aquí y por allá semejante a un sueño. Así que dirígete rápidamente hacia la luz del día para que, ya que sabes todo esto, al volver se lo cuentes también a tu mujer”. Es curioso que no pide que se lo cuente a su nieto Telémaco, el heredero, o a su marido Laertes, más próximo a la muerte a causa de su avanzada edad,· sino a su nuera, a la mujer.


Elle


Monstruas y centauas, Marta Sanz, p. 42

La segunda película a la que me quería referir es Elle (Paul Verhoeven). La protagonista es una mujer violada. La actriz que interpreta el papel es Isabelle Huppert. Tengo mis mitomanías -reduccionistas, injustas, fetichistas: a veces, frente a la revoltosa Vulvita Palpita, me invade la apisonadora cosificadora de mi occipucio masculino- y soy de las que aman a Isabelle Huppert tanto que tiendo a justificar cualquier producción en la que ella participe. Veo Elle con «Sentido del humor». Un sentido del humor que, en nuestras sociedades, desaparece a más velocidad que la selva amazónica. La desaparición se vincula con la falta de pericia para romper el espejo de la literalidad textual -sobre este asunto hablaremos más adelante-. Elle es una mujer violada que no al médico, no denuncia, comparte la experiencia con sus amigos durante una velada como quien comenta otro asunto cotidiano. Elle se niega a ser víctima, porque Elle es una jefa, pertenece a la clase dominante, puede con eso y con más. Está conforme con el mundo en el que vive y valora mucho al hombrecito que da órdenes y cuenta el dinero en el interior de los occipucios-cajeros automáticos. Está bien así. Asume el paradigma de la mujer fuerte -la que no puede ser protegida corno una niña, una discapacitada, una pobre- que querría liderar -Señor, qué verbo- una gran empresa multinacional de videojuegos. Hablo de memoria, pero esa es la reminiscencia que Elle dejó en mí. También me obligó a cuestionarme hasta qué punto negarse a ser victimizada es una forma de suavizar la opresión. Terciopelo azul y el placer de la cincha. Saber estar, con elegancia y la manicura perfecta, en el epicentro del patriarcado.


Misoginias


Monstruas y centauras, Marta Sanz. p. 39

Mi cinefilia y mi feminismo y mi empecinamiento spitzeriano en que leer es haber leído, me llevan a vindicar también cuando voy al cine. Esta relación entre ocio y análisis es un defecto -lo digo por dar la razón a las mayorías, no porque lo crea de verdad-. Me interesan mucho dos películas europeas recientes: una me interesó por una frase, la otra por la concepción global del texto fílmico. En Los casos de Victoria (Justine Triet), la abogada protagonista asevera que considerar víctimas a todas las mujeres es el mayor acto de misoginia que se puede cometer. En la misma dirección ideológica, Agues Poirer' se hace eco de la carta firmada por la escritora Anne-Élisabeth Moutet, Catherine Millet o Catherine Deneuve en respuesta al feminismo estadounidense y sus «paranoias antimasculinas”: «Señalan que las mujeres no son niñas a las que se deba proteger.» Y añaden algo más: «No nos reconocemos en este feminismo que incluye el odio a los hombres y a la sexualidad.» Frente a la «policía del pensamiento» del Me Too, en la Arcadia feminista francesa se «considera que la seducción es un juego inocuo y agradable, que se remonta a los tiempos del "amor cortés medieval". Si la contundencia del «Denuncia a tu cerdo» es cuestionable -incluso lamentable-, ¿no lo es también esa sofisticada malversación del abuso y la desigualdad atemperadas por una tradición chic?, ¿no es un tanto sucia esa negación de la sexualidad atribuida a mujeres que han sido violadas, humilladas, vejadas?, ¿no estarían buscando también esas mujeres una sexualidad libre?, ¿en las manifestaciones de Moutet, Millet, etc., no se parte de una discutible y simplificadora prepotencia cultural en la que solo las mujeres francesas conocerían las verdaderas esencias de la seducción, la sensualidad y la sexualidad?, ¿no hay algo tópico y manoseado en ese estereotipo de la sabiduría erótica y las cigüeñas que vienen de París?, ¿no es el amor cortés el origen de un petrarquismo bubónico que se reconvierte en una ideología romántica del amor que convierte a cada amada en un ser incomprensible, ausente, no humano, rompible como una figurita? No, definitivamente, no me encuentro demasiado cómoda dentro de esta polémica que, sin embargo, ha sido central a lo largo de mi vida y de mis libros. Porque forma parte de-ese lenguaje frente al que me rebelo pero que a la vez hace de mí lo que soy.


LA PLAGA AD HOMINEM


El síndrome Woody Allen, Edu Galán, p. 158

No hay mejor noticia para un machista que la palabra «machista” disparada indiscriminadamente. Si todos, sin medida, somos machitas, los verdaderos machistas se equiparan a un maleducado o a idiota y se disuelven entre la multitud infinita de machistas. Regresamos a la pelea por lo simbólico y a una mecánica sofista similar a las de las microagresiones, pero hablemos claro: alguien es machista por condiciones materiales que lo puedan caracterizar como tal, no porque tro diga que lo es. Un hombre que profiera  comentarios inadecuados puede ser o no machista; estaremos de acuerdo en que es un metepatas social. A un agricultor anciano de Huelva que defienda que las mujeres no deben ser futbolistas, no se le podría calificar como machista del siglo xxr, sino como una pobre reliquia de un machismo rancio que pronto desaparecerá, ya que nadie (estadisticamente) defiende su postura. En cambio, si este anciano no es ni agricultor ni de Huelva, sino que preside un banco con sede en Santander ya podríamos poner dudas a su condición de «viejunez” irrelevante por su situación de poder sobre mujeres. Por último, la etiqueta de «machista” se le queda corta a un maltratador que mata a su mujer porque considera que es de su propiedad. Eso sí, estará encantado que le metan en el saco del machismo generalizado. «Nos persiguen por ser hombres”, probablemente pensará.

Con estos ejemplos -muy groseros- trato de reivindicar los matices, que parecen desaparecidos en una época de etiquetado rápido y maniqueísmo. Eres o no eres machista, y para pasar de un estado a otro solo necesitas contar un chiste inadecuado en un contexto no controlado, escribir personajes machistas de ficción o tratar de explicar por qué Woody Allen ha pasado de ser inocente a culpable en diez años-.

En este ambiente en el que se tiende a dicotomizar la realidad en agresores y víctimas, opresores y oprimidos o buenos y malos, reina el argumento ad hominem. Siempre me he preguntado por qué se llama «argumento” cuando, en realidad, se trata de una falacia muy popular hoy dia: descartar un razonamiento basándose en las características de quien la emite.

Para opinar sobre algo, en nuestro tiempo debes pertenecer al sobre el que opinas. No se te ocurra escribir sobre mujer siendo hombre, no se te ocurra dar tu visión sobre la situación de negros africanos en España si no eres un negro africano en España, nombres a España si eres catalán, no nombres a Cataluña si eres y, por supuesto, ¿cómo te atreves a valorar el juego del Real siendo barcelonista? Esta plaga ad hominem descarta la calidad, o el análisis crítico del argumento y, sobre todo, descarta las materiales del sujeto en cuestión para centrarse en las características del emisor del argumento.


INCIPIT 1.107. VAMPS & TRAMPS / CAMILLE PAGLIA

El título de este libro evoca una personalidad perdida en el feminismo contemporáneo. Las vampiresas son reinas de la noche, el reino primitivo que ha sido excluido y reprimido por las sedadas profesionales de clase media actuales en sus oficinas resplandecientes y ordenadas. La prostituta, la seductora y la fascinante estrella de cine ostentan el antiguo poder vampírico de la mujer sobre el hombre. Ese poder no es racional ni medible. Las reglas apolíneas que seguimos en el puesto de trabajo no controlan por completo los impulsos demoniacos de la noche dionisiaca. La igualdad sexual ante la ley -la primera gran meta del feminismo moderno- no puede trasladarse con la misma facilidad a nuestras vidas emocionales, donde gobierna la mujer. El arte y la pornografía, no la política, nos muestran la auténtica realidad del sexo.

Quiero un feminismo revampirizado. Recuperar a la vampiresa significa que la mujer debe ser una golfa. Mi generación de rebeldes de los sesenta quería destruir los códigos burgueses que se habían convertido en los tótem es autoritarios de los cincuenta. La chica «agradable» con su discurso suave y saneado y sus modales decorosos tenía que desaparecer. Treinta años más tarde, seguimos atrapados con ella, ahora bajo la forma de las portavoces oficiales y las herederas sagradas del feminismo establecido.


FEMINISMO


Cosas extrañas, JM Coetzee
A partir de la publicación de El cuaderno dorado, en 1962, Lessing mantuvo una relación incómoda con el movimiento feminista, que reivindicaba ese libro como documento fundador, y una relación claramente hostil con los círculos académicos, que atribuían a su libro la   condición de prototipo de la novela posmoderna. Ha mantenido una cautelosa distancia con sus discípulas feministas más entusiastas, y ha desdeñado a los críticos literarios, a los que considera pulgas adosadas a la espalda de los escritores. Por otra parte, las feministas (Adrienne Rich, entre otras) la han atacado por haber fracasado en la concepción de una política feminista autónoma, y la academia lo ha hecho por tratar de controlar la interpretación de sus libros en vez de permitir que surgieran productos derivados de ellos en el espacio textual.
En su autobiografía, Lessing no duda en arremeter contra las actitudes políticamente «correctas», que apenas difieren de lo que en el apogeo del Partido se llamó «la línea”.Así pues, pese a las cosquillas que le hacía su padre, considera que la preocupación de finales del siglo XX por el abuso sexual a los niños es un “movimiento histérico de masas”. Ella condena “el uso de los términos avariciosos o vengadores que se emplean para el divorcio que con tanta frecuencia piden las feministas”. Desde su adolescencia le han interesado más las “increíbles posibilidades” de la vagina que “el placer secundario e inferior” del clítoris. “Si me hubieran contado que los orgasmos de vagina y de clítoris se convertirían entre sí en enemigos ideológicos al cabo de unas décadas, habría pensado que era un chiste.» En cuanto a la construcción social del género, evoca la “crueldad” con que ella le robó su primer marido a otra mujer, una «crueldad típicamente femenina ... [que] viene de tiempos más antiguos que el cristianismo o cualquier otro lenitivo que pretenda suavizar actitudes más salvajes. Es mi derecho. Cuando he visto surgir esta criatura en mí misma o en otras mujeres, he sentido  pavor”

NO ES NO


Recuerdos del futuro, Siri Hustvedt, p. 222
Se precipitó detrás de mí y la cerró. Yo me aparté, pero él me persiguió y me agarró por los hombros. Aullé o grazné. Una voz aguda salió de mí, pero no fue un grito. Casi se me había cerrado la garganta, pero luchaba por respirar. Ahora tengo que pensar con claridad porque quiero reconstruir lo que pasó exactamente. No es fácil. Me sujetó los brazos a los costados en un abrazo férreo, me aplastó la cara con la suya y empezó a buscar mi boca con la lengua. Volví la cara y traté de zafarme, y acudieron a mi mente las palabras «camisa de fuerza” Él era una camisa de fuerza. “Quieres hacerlo -me dijo-. que quieres. He visto cómo me mirabas. Estás hambrienta. Quieres hacerlo.” Me eché a llorar. Ese ruido como otro mundo hizo que me avergonzara en cuanto empezó a salir de mi boca. Me pareció verlo reverberar en el Me dio la vuelta con violencia, me tapó la boca una mano y me siseó al oído: “¿Quién coño te has creído que eres? ¿Crees que puedes volverme loco y luego dejarme tirado?”. Vuelvo a recordar cada palabra. Se me han quedado grabadas en la conciencia. Me arrastró por el suelo. Perdí un zapato. Noté cómo se me caía del pie, pero no lo vi. Le mordí la palma de la mano con tanta fuerza que me dolieron los dientes. Él gritó. Hasta ahí estoy segura.
Luego debí de estamparme. Él debió de estamparme contra la estantería. Me golpeé la cabeza. Caí. Me deslicé hasta quedarme sentada en el suelo, con los pies descalzos delante de mí. Lo veía a él, la habitación, los libros, todo en blanco y negro. Me fijé en que se había sacado el pene de los pantalones: increíblemente delgado y empalmado. Lo ví con claridad. Fanny lo llama “pene lápiz”. Yo nunca había visto ninguno. Su cara furiosa. ¿De dónde salía esa rabia? Jadeaba con la cara roja mientras me miraba con su aborrecible pene saliéndole de la bragueta abierta. El estribillo ya había empezado: <

NO ES NO

Recuerdos del futuro, Siri Hustvedt, p. 220
Cuando introduje la segunda llave en la cerradura del 2B, él pegó el cuerpo a mi espalda y me aplastó contra la puerta. Yo noté sus caderas moviéndose contra mis nalgas y sus dedos en mi pelo mientras tiraba con suavidad de una horquilla. ¿No me entendió? Ahora me pregunto si eran gestos practicados de seducción. Probablemente le habían dado buenos resultados en el pasado. Me volví con brusquedad y levanté la mirada hacia él. Sonreía expectante. Le vi las encías. Su boca me pareció fea con esas encías rojas. Es extraño que tuviera tiempo para pensar en sus encías, pero lo hice. Sentía un nudo de ansiedad en el pecho. “es hora de que te vayas», le dije. Bajó la vista hacia mí con expresión indulgente, paciente.  “Eso no es lo que quieres», dijo. “Lo siento, pero sí que lo es.» Debía de creer que mi voluntad todavía contaba. Introduje la llave en la cerradura y la hice girar, lista para meterme corriendo, cerrar de un portazo y asegurarme de echar la cadena, pero él me puso las manos en las caderas y me empujó dentro, y cerró la puerta detrás de él, aunque sin cerrarla con llave.
Luego empezó un juego extraño. Era como si él no hubiera entrado en mi piso por la fuerza, como si yo no le hubiera pedido que se marchara. “Deja que te ayude con el suéter.» Alargó una mano hacia mí, pero yo me lo quité rápidamente y lo enrollé alrededor de mi brazo. Él sonrió y señaló la habitación con un ademán. “Es aquí donde vives? Muy acogedor.» Paseó la mirada por la estantería que tenía a su izquierda y por la que estaba en el otro extremo de la habitación. “Muchos libros. No esperaba otra cosa. -Luego señaló la silla azul-. ¿De dónde la has sacado? ¿De Bloomingdale?» Ahora me parece un comentario hostil. En ese momento me quedé simplemente perpleja. ¿Qué quería decir? Dio varias vueltas por la habitación sin dejar de sonreír.
“Te he pedido que te vayas, por favor”, repetí. ¿Añadí algo? ¿Me estoy olvidando algo? No, creo que no. ¿Por qué hablé en voz baja? ¿Por qué estaba tan serena? ¿Por qué dije <

EFECTOS


El aliado, Iván Repila, p. 192
¿Están satisfechas? Najwa hace un repaso mental de las microvictorias que han obtenido en este tiempo: las denuncias por abusos, maltrato o acoso sexual han bajado seis puntos, y lo siguen haciendo, gracias a las radicales políticas de visibilización de las consecuencias de la cultura del menosprecio y otras injusticias simbólicas: ya nadie se atreve a justificar o minimizar públicamente ninguna agresión contra las mujeres, y hacerlo es un delito; la gente ha empezado a entender que la violencia machista no es una consecuencia de la desigualdad, sino un pilar estructural del mundo que habíamos creado; se ha instalado una cierta normalidad en las calles, con mujeres que vuelven solas a casa sin sentir miedo, o sin cambiar el recorrido para evitar determinadas zonas; hay un fuerte sentimiento de pertenencia y de solidaridad, apoyado también por muchos hombres, que han comprendido, en su mayoría, hasta qué punto habían excluido, discriminado y desposeído de sus derechos a las mujeres, dándoles un estatus de sujeto sin atributos iguales a los suyos; en los bares, en las zonas de fiesta, en los espacios públicos casi han desaparecido las situaciones de acoso; de hecho, la creatividad se está imponiendo: cada vez hay más locales que indican claramente si en ellos está permitido flirtear o si son espacios para consumir sin molestias; se han puesto de moda las pulseras de colores para indicar las preferencias sexuales, el estado sentimental y la apertura o no a establecer contacto, y el “No es no” ha sido interiorizado de forma masiva; el respeto se ha convertido en un mantra, porque muchos hombres han asumido el conflicto que suponía para ellos la autonomía de las mujeres y lo han interiorizado en positivo; la idea de “consentimiento” se ha reformulado, incluyendo en ella parámetros esenciales como la necesidad y la desventaja social; la brecha salarial se ha reducido, o ha desaparecido, en la administración y las pymes; las cuotas obligatorias han modificado el discurso de los medios de comunicación, de los congresos y de los festivales; el trabajo en el hogar se ha constituido como epígrafe dentro del Impuesto de Actividades Económicas y se remunera con el salario mínimo. La ceguera de género ha dado paso a un despertar, todavía exiguo, de hombres comprometidos con la revolución. Las mujeres tienen más dinero, gastan más y visten como quieren: la economía lo nota, y la moda está viviendo una transformación que no se recordaba desde que llegaron los pantalones vaqueros. Sí: están moderadamente satisfechas.
-Todavía queda mucho por hacer -responde.

ACCION


El aliado, Iván Repila, p. 177
Frente a estos desórdenes eventuales, llevados a cabo por justicieras con una historia personal muy específica, el grueso de las acciones se distribuía en tres grandes bloques. En primer lugar, la guerra callejera, que afectaba tanto a grandes ciudades como a municipios de medio tamaño o núcleos de población minúsculos: destrucción de mobiliario urbano, asedio a empresas con superávit de hombres en puestos de dirección, cortes en las infraestructuras y represalias contra los defensores del Estado Fálico. En segundo lugar, la dronificación del conflicto: ataques estudiados y planificados con precisión quirúrgica contra objetivos particulares, generalmente hombres con poder político que repudiaban, por sus declaraciones o sus actos, los problemas derivados del levantamiento de las mujeres; a estos solía compensárseles sus posturas con todo tipo de escraches, desde el baño de pintura roja hasta el embellecimiento creativo de su coche, la rotura de su cristalera o la serenata diaria frente a su ventana. En tercer lugar, la propaganda y la reivindicación política: además de las listas y las denuncias, cada vez más numerosas, las autoproclamadas líderes de la insurrección divulgaron, en medios nacionales e internacionales, una serie de demandas básicas para decretar el fin de la violencia y empezar un proceso de diálogo que, con el tiempo, pudiera construir un espacio de tolerancia y respeto mutuo. Se desconoce el proceso interno que derivó en la aparición, sin máscaras, de esa docena de mujeres tan distintas las unas a las otras en televisión, aunque sería razonable anticipar que no fue sencillo de llevar a cabo, debido a la aparente multiplicidad y los diversos frentes que constituían el movimiento; pero fue, de hecho, una de sus primeras lecciones: el orden jerárquico, la ilusión del equilibrio, de un sistema regulado por estructuras cerradas, formaba parte del universo que pretendían disolver. El patriarcado fue incapaz de comprenderlo. Las demandas abarcaban un amplio espectro de solicitudes. Algunas eran de carácter práctico, como la eliminación inmediata de la brecha salarial, la reforma íntegra de la ley de violencia machista, cuyo pilar era trasladar la escolta de las agredidas a los agresores, o la obligación de incluir a todos los varones en las bajas por maternidad…

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia