Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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GIRALT TORRENTE


Lo desorden, p. 99

Mi bisabuelo Gonzalo era tan mujeriego y se llevaba tan mal con su esposa que en el lecho de muerte pidió un beso en la boca a la mejor amiga de ella. Años estando ya casado, había aprovechado un viaje a Buenos Aires para pedir la mano de una joven de allí y publicitarlo en las páginas de sociedad de todos los periódicos del Río de la Plata.

Mi bisabuela Ángela, cuya madre, mi tatarabuela Francisca, hablaba en su jardín todas las mañanas con Dios, había sido tan infeliz en su matrimonio que de vieja soñaba que, oyendo misa, el cura bajaba del púlpito y la besaba en la boca.

Mi bisabuela Teresa, una campesina orgullosa y adinerada de una aldea costera de Pontevedra, estaba tan convencida de la decadencia de la sangre de su familia a la que por su altura y delgadez apodaban os lanceiros, que se casó con el hombre más fuerte de su aldea, pese a no tener él oficio ni fortuna y, una vez segura de haber quedado encinta, lo despidió Con el dinero suficiente para emigrar a América.

Mi bisabuela Maria era tan osada que había conseguido salvar a su primogénito, prófugo del ejército republicano en el Madrid sitiado de la guerra civil, ocultándolo en casa y telefoneando todos los días al cuartel con fingida preocupación creciente para preguntar por él e indignarse o llorar, según le diera considerara más adecuado para la mejor representación de su artificio.

Mi bisabuelo Vicente era el perfecto marido, el perfecto hermano, el perfecto cuñado... Adoraba, en fin, a su familia y de toda se ocupaba, pero no soportaba estar con ella ni un minuto y se pasaba el día fuera de casa, en el Casino o la Gran Peña, los clubes de tipo inglés de los cuales era socio, y a menudo no regresaba ni para dormir.

Mi abuela María, que cada vez que admitía a una nueva sirvienta le daba un baño y le cambiaba el nombre por uno de su elección, harta de la pesadumbre con la que mi abuelo Juan Giralt Esteva regresaba de trabajar de su fábrica de vidrio, una noche lo había recibido con el rostro cubierto por una careta de payaso.

Mi abuela Josefina, que era muy escrupulosa y en algunos asuntos padecía y hacía padecer con un sofocante puritanismo, ante los obstáculos que su madre le pusiera para casarse con mi abuelo Gonzalo, al que por su vocación de hombre de Letras se consideraba un pobre partido, optó por fugarse y vivir felizmente amancebada con él antes de casarse un año después. Son ejemplos de las historias de muertos que mi madre me contaba. Hablar de muertos es una de las formas por las que el pasado prolonga su influencia en el presente, y, si bien yo lo aprendí de mi madre, no era un rasgo privativo suyo.


INCIPIT 1.568. LOS ILUSIONISTAS /MARCOS GIRALT TORRENTE


Había previsto empezar esta nota con dos o tres citas sobre la familia, pero tuve la mala idea de confiarme a una aplicación de inteligencia artificial para encontrarlas y el resultado no fue el esperado. O eran panegíricos edulcorados o se pasaban de frenada por el lado negativo o caían en la insulsez académica o en el misticismo. Y no fue una solución tentar al algoritmo con escritores concretos. Cuando había conseguido una gavilla a mi gusto, al hacer la búsqueda inversa para asegurarme de que cada cita provenía efectivamente del autor referenciado, resultó que todas eran falsas o al menos no literales.

A decir verdad, me alegro de que haya sido así. Escribir de la familia a menudo es visto con recelo – más aún cuando se trata de la propia–, y es natural que, puestos en la tesitura, busquemos el amparo de unas palabras legitimadoras. Sin embargo, ¿no representaría en cierto modo una rendición?

La familia es el territorio de la memoria. Memoria de sí misma y del mundo que la contiene. Memoria en construcción y no siempre fiable, donde el amor y el conflicto confluyen.


TRAS LA PANDEMIA


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p.273

¿Íbamos a valorar el sistema público sanitario y a demandar que se invirtiera más en él? El gobierno de Madrid, tras salir contundentemente reforzado en las urnas, externaliza servicios y cierra durante el verano cuarenta y un centros de salud. ¿Íbamos a ser más responsables? Hace poco, tras el contagio masivo en Mallorca de estudiantes llegados para celebrar el final  de curso, padres inflamados protestaron en televisiones y radios contra la cuarentena impuesta a sus hijos calificándola de maltrato. ¿Íbamos a ser más cívicos? Todas los años mi calle se convierte en un pestilente urinario durante las fiestas del Orgullo. Pese a la ausencia de visitantes foráneos, este año ha ido a peor. La municipalidad -apresada en el dilema de consentir sin autorizar- no colocó retretes móviles, y la muchedumbre -se diría que envalentonada por las simplistas proclamas electorales legitimadoras de una visión de la libertad que pone el acento en el capricho individual antes que en la razón colectiva- parecía más insumisa que nunca. Pero no nos extrañemos. A esas chicas y chicos dispuestos a bajarse los pantalones en cualquier sitio, desafiando las protestas de vecinos y conserjes, no les estamos dando nada salvo esa pueril rebeldía.


RELATOS DEL HIJO


Algún día seré recuerdo, Marcos Giral Torrente, p. 216

A veces sucede que gente con la que coincidimos brevemente y a la que no volveremos a ver nos sorprende con un pensamiento que se nos queda grabado. Desde que en 2010 publiqué un libro acerca de la relación que tuve con  mi padre, se me ha acercado mucha gente a contarme su historia. «¿Sabe? Cada padre es un mundo y al final la huella de casi todos se parece», me dijo una vez un viejo de ojos azules en la feria del libro. «Se lo digo yo, que apenas conocí al mío. Dos veces lo visité en la cárcel de Carabanchel y ya me bastaron.»

El ensayista italiano Massimo Recalcati opone al archiconocido y freudiano complejo de Edipo (el del hijo que busca destituir la autoridad del padre) el que él bautiza como complejo de Telémaco, a saber, el del hijo que persigue lo contrario: restaurar la autoridad paterna. Telémaco -recordemos- es el hijo de Ulises que en la Odisea homérica se consume en la espera del padre desaparecido tras la guerra de Troya, mientras que Edipo, en las dos tragedias de Sófocles, es el hijo del rey de Tebas que, sin conocer su relación filial con ellos, mata a su padre y yace luego con su madre. Recalcati, en su libro titulado precisamente El complejo de Telémaco, se sirve de la figura de Telémaco para analizar la pérdida de autoridad paterna en la  sociedad contemporánea: padres cómplices, padres ausentes, padres superados por el empuje de los tiempos, padres sin ascendente, alejados del rol tradicional. Más allá de ese propósito, que encara -hay que subrayarlo- sin añoranza, su distinción entre Telémaco y Edipo condensa los dos extremos entre los que orbita, diríamos, la relación padre/hijo.


JAVIER


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 164

No hay un comienzo, una primera imagen. Al menos desde finales de los años setenta, Javier siempre estuvo. En la conversación de mi madre, de quien fue amigo antes que mío, y en alguna fiesta celebrada en casa cuando yo aún recibía en pijama y me retiraba tras saludar. En la década siguiente, la de mi adolescencia, su presencia se acrecentó gracias a que mi madre se aficionó a llevarme de acompañante en inauguraciones y presentaciones de libros, sin excluir las cenas y copas improvisadas que surgían luego. Noches de Chicote y de El Universal y de El Hispano, madrugadas de Bocaccio y de la calle Pisuerga, que era donde Juan Benet tenía su casa y adonde íbamos a parar con frecuencia. Fueron años viajeros para Javier, en los que vivió en Estados Unidos o en Oxford o en Venecia durante largas temporadas, pero en los cuales, cuando regresaba a Madrid, salía a la calle con hambre de reencuentros. No me ignoraba. Era de ese tipo de adultos que tratan a los niños como si no lo fueran. Su modo de relacionarse se asemejaba al de Benet: la ironía rápida o concienzudamente morosa, el humor, la conversación irreverente, la calidez.

1987 es el año en el que recuerdo haber conversado con él, por primera vez largo y tendido. Estábamos en la discoteca Pachá, se me ha olvidado el motivo. Acababa de leer El hombre sentimental y se lo dije. Hablamos de Thomas Bernhard y de Elias Canetti.


TORRENTES


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 38

Mi abuelo materno guardaba en su casa una docena larga de teteras de porcelana que conformaban una pequeña colección, se enorgullecía de contar en su ajuar doméstico con algunos muebles antiguos de noble factura y había tramado un tejido de leyendas en torno a dos retratos decimonónicos adquiridos por él a principios de los años cincuenta del siglo pasado, el anónimo de un marino de ademán severo, pintado con más voluntad que oficio, y uno del marqués de Pontejos que atribuía a Esquivel. Ninguna de esas piezas era tan valiosa como para merecer un destino diferente, como mucho el de adornar las salas de un abigarrado museo pueblerino, y, de hecho, nunca dejé de ver en el aprecio de mi abuelo por ellas una consecuencia de su origen social, modesto pero con esa hipertrofiada conciencia de sí característica de las familias que, aferradas a lejanas hidalguías, creen ser más de lo que representan.

Mi padre, que provenía de una familia urbana con una memoria más reciente de su decadencia, valoraba, como él, los objetos y los muebles. Con una diferencia: si para mi abuelo constituían una suerte de espejo que reflejaba una idea de sí mismo ligada al linaje, mi padre los hacía suyos a la manera de un caprichoso puzle en construcción que refería las mudanzas de su personalidad. Le gustaba descubrirlos en mercadillos y galerías, hacerse con ellos. Algunos, porque condensaban facetas perdurables de sí mismo, resistieron al tiempo, pero la mayoría, agotada su capacidad de seducción, eran vendidos para conseguir otros o, muy a menudo, para atenuar algún bache económico. Ambas herencias, la de mi abuelo y la de mi padre, convergieron en mí y durante años me convirtieron en un monstruo. Cuando otros niños codiciaban bates de béisbol y bicicletas, yo me soñaba arqueólogo y perseguía en almonedas lacrimales romanos y huacas precolombinas; años después, mientras mis compañeros de universidad ambicionaban su primer coche, yo recorría los pasillos de ARCO pensando en cómo hacerme con las 100.000 pesetas -hoy ridículas- que costaba una litografía de Bacon.


INCIPIT 1.354. ALGUN DIA SERE RECUERDO / MARCOS GIRALT TORRENTE


ISLA DE MEMORIA

En febrero de 1983 el escritor José Bergamín me contó que durante su infancia había visto en el Parque del Retiro de Madrid, ciudad donde había nacido en 1895, unos indígenas enjaulados -tal vez indios amazónicos- que eran la principal atracción de una exposición sobre las antiguas colonias americanas. Creo que el relato de Bergamín incluía también la noticia de que, terminada la exposición, los indígenas no habían sido devueltos a su lugar de origen, sino que se habían quedado varados en Madrid, protegidos por alguien que les procuró comida y vestido y trató de adiestrarlos en las costumbres de la metrópoli, pero de esta parte, como de la triste suerte que corrieron luego, no estoy ya seguro. Mi recuerdo es el recuerdo de un recuerdo recordado, la distorsión de una distorsión, una isla de memoria ajena que he hecho mía por la impresión que me causó. Es seguro que olvido detalles y que he adulterado otros. Las razones por las que se fijó en mi memoria -el trato animal dispensado a seres humanos, la empatía hacia quienes habían sido usurpados sin remisión de su arcana inocencia primitiva- no son las mismas, en cambio, por las que perdura treinta y dos años después.


JAVIER MARIÑO


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 151

Gonzalo Torrente Ballester militaba en Falange cuando escribió Javier Mariño entre 1941 y 1942. No era, en cambio, un camisa vieja. Había ingresado en el partido estallada ya la guerra, tan tarde como en otoño de 1936, después de regresar a Galicia desde París, adonde lo habían llevado sus estudios de doctorado. Su pretensión inicial al volver no fue unirse al Movimiento, triunfante ya en Galicia, sino reencontrarse con su mujer y sus dos hijos, pero al llegar supo que gran parte de sus amigos estaban huidos, encarcelados o habían sido asesinados y, aconsejado por un sacerdote amigo, decidió dar el paso por mero afán de supervivencia. Le avalaron los hermanos Suevos, falangistas de primera hora, a quienes conocía desde años antes. Eso es lo que contaba mi abuelo y, a la luz de sus cartas de esa época, no tengo razones para pensar que mintiera. Su trayectoria previa, además, parece confirmarlo. Desde el anarquismo de su primera juventud, había evolucionado hacia el galleguismo republicano en el que militaban sus amigos de entonces. Sin embargo, no era un político, nunca lo fue. Tenía una meta a la que subordinaba cualquier otra: convertirse en escritor. Por lo demás, su acendrado escepticismo, agitado por numerosas contradicciones, le hacía difícil comulgar a pies juntillas con ningún credo.


NABOKOVIANA


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 104

Incluso Nabokov, que lo considera el más grande novelista ruso, muy superior a Dostoievski y al mismo Turguéniev, no pasa por alto la limitación de alguno de sus recursos. En la clase sobre Ana Karénina, del Curso de literatura rusa, señala que en Tolstói las transiciones temáticas son deslucidas y abruptas en comparación con las de Flaubert en Madame Bovary. Mientras Flaubert es capaz de realizarlas en una sola frase, Tolstói se sirve de recursos poco finos, como abrir nuevos capítulos innecesarios desde un punto de vista estructural, y sin embargo tales defectos no logran ensombrecer, para Nabokov, su excelencia en otros aspectos. Sin necesidad de mencionar la rotunda complejidad moral de sus personajes (es esclarecedora su comparación de la personalidad plena, compacta de Ana Karénina frente a la más frívola y volátil de Emma Bovary), encuentra contundentes motivos para reivindicar su escritura. En su ensayo sobre La muerte de Iván Ilich señala: «Un rasgo peculiar del estilo de Tolstói es lo que voy a llamar el purismo por tanteo. Para describir una meditación, una emoción o un objeto tangible, Tolstói sigue los contornos de ese pensamiento, esa emoción o ese objeto hasta quedar perfectamente satisfecho de su presentación y recreación. Ello supone lo que podríamos llamar repeticiones creadoras, una serie apretada de enunciados reiterativos, que se suceden uno tras otro, cada cual más expresivo, cada cual más apropiado a lo que quiere decir Tolstói. El escritor va tanteando; deshace el paquete verbal en busca de un sentido interior, pela la manzana de la frase, intenta decirlo de una manera, luego de otra mejor, tantea, da un rodeo, juguetea, tolstea con las palabras».


GUERRA Y PAZ


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 101

Lev Tolstói murió hace ciento tres años en la casa del jefe de estación de Astápovo, un remoto nudo ferroviario ruso que carecía de un hotel donde cobijarlo durante su agonía. Había llegado en tren, con la intención de proseguir camino hacia el sur, huyendo de la parálisis espiritual en  que lo sumía la imposibilidad de armonizar sus ideales ascéticos con el ruido cotidiano y los intereses de su numerosa familia. Su muerte, así como las circunstancias previas -la fuga de su casa, el intento de suicidio de su mujer tras descubrir su marcha y el goteo de familiares y amigos que llegaron para asistirlo-, fueron divulgadas por una multitud de periodistas acampados en tiendas y otros alojamientos improvisados. Nunca la muerte de un escritor ha despertado tanta atención mediática, y, sin riesgo de errar en la predicción -mera consecuencia de la devaluación social de la profesión literaria-, muy probablemente ninguna otra la despertará en el futuro. Su impacto debió de ser similar al que en tiempos más recientes causaron las muertes de John Lennon y Diana Spencer. Salvando la distinta proporción debida a los medios técnicos de una y otra época, la analogía no resulta exagerada.


GTB


Algún día seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 42

CARTA BLANCA

Querido abuelo:

No es fácil resumir los diecisiete años transcurridos desde tu muerte. Diecisiete años sin tu amparo. Como el espacio que me han concedido para esta extraña carta es escaso, a riesgo de obviar asuntos relevantes mencionaré solo lo que te atañe directamente: las dos estirpes de tu descendencia se separaron nada más morir tú, murió tu última mujer y murieron los dos hijos varones de la primera, mi abuela. Desde entonces la muerte se ha convertido en rutina. Mi propio padre murió hace ya nueve años.

Pero vayamos a lo bueno, que igualmente lo ha habido: he publicado algunos libros, y si bien no estudié las oposiciones que me recomendabas, me atreví a ser padre. Tú, que lo fuiste once veces, sin duda adivinas el volantazo de miedos y alegrías antes desconocidas que he experimentado. A mí, padre de un único hijo, me cuesta imaginar qué componendas tuviste que hacer contigo para permitirte tu fabulosa fecundidad. Once hijos es demasiado. Los sacaste adelante, nadie puede reprocharte lo contrario. Pero ¿a qué precio? ¿Fuiste justo con todos ellos? ¿Y qué significa exactamente sacarlos adelante? ¿Alimentarlos mientras fueron menores? ¿Procurarles estudios? Tendemos a pensar que los muertos permanecen inalterados en la memoria de quienes los conocieron en vida.


GONZALO TORRENTE MALVIDO


Algún díia seré recuerdo, Marcos Giralt Torrente, p. 33

La historia de mi tío conmigo, como cualquier historia compleja, tiene varios finales. El primero aconteció en esa misma década de los ochenta, alrededor de tres años después de aquel golpe, que le permitió comprarse una casa y vivir con holgura una temporada. Estábamos en el Puerto de Santa María, habíamos ido a los toros y, a la salida de la plaza, alguien lo llamó desde un bar. De inmediato se puso tenso: miró a los lados en busca de escapatoria y al final no le cupo otro remedio que obedecer. Yo fui detrás, pero me quedé retirado, observando sin escuchar las palabras que intercambiaba con quien lo había llamado: un cantaor tan conocido que traer aquí su nombre pervertiría el sentido del relato, de quien mi tío, gran aficionado al flamenco, fue amigo íntimo. Mi tío permanecía casi mudo y era el otro, por lo común callado, quien hablaba. La conversación acabó cuando este sacó del bolsillo del chaleco una moneda pequeña de oro y se la entregó. Me llevó un tiempo asimilar lo que sucedió a continuación. · Salimos del bar y mi tío, nervioso, me dijo que debía regresar a Madrid. Meses más tarde averigüé la razón: se había apropiado de una gran cantidad de dinero que el cantaor le había confiado para pagar a un carísimo odontólogo de Barcelona especializado en cantantes y temía por su vida, no por lo que su antiguo amigo pudiera ordenar que le hicieran, ya que la moneda que le regaló simbolizaba el perdón, sino por lo que un espontáneo de su cohorte pudiera intentar para reivindicarse. Pero lo esencial no es eso. Lo esencial es que, mientras huíamos por los callejones más oscuros del Puerto de Santa María, mi tío me pidió que intercambiáramos nuestras americanas. Esa sencilla propuesta, que en un principio atendí sin darle importancia, nos marcaría en adelante. A mi madre le costó olvidarla y yo no pude evitar que algo irreversible se rompiera entre nosotros.


INCIPIT 1.168. EL FIN DEL AMOR / MARCOS GIRALT TORRENTE


Nos RODEABAN PALMERAS

... RECUERDO LOS PRIMEROS MOMENTOS. Hay una escena que regresa con frecuencia a mi memoria, aunque resulta arbitrario resaltarla.

Apenas quedaba una hora de luz. Pusimos las maletas en un rincón y miramos alrededor. La exótica pobreza de nuestro alojamiento (no más de ocho metros cuadrados con una ventana cubierta con tela de saco y dos colchones viejos de gomaespuma sobre sendos camastros de madera y cuerda trenzada) habría merecido un comentario, pero hablé animado por la novedad de estar solos:

-Es una pena la compañía.

-Ten cuidado, te pueden oír.

Marta se había agachado y buscaba algo en su maleta, y no repliqué hasta que se incorporó:

-Olvidas que no hablan español.

Tenía en una mano una tela coloreada que habíamos comprado el día anterior, y en la otra la mosquitera de la  que no nos desprendíamos desde el comienzo del viaje. La tendió hacia mí.


AMOR


Los seres felices, Marcos Giralt Torrente, p. 75
Hablamos mucho al principio. Igual que buceamos en nuestros armarios para vestirnos o que se improvisan planes para que parezca que somos personas de recursos, ocupamos el espacio con cantidad de palabras, grandilocuentes o sentidas, graciosas o enigmáticas, con las que tejemos una tupida red destinada a atrapar al otro. Apenas quieren decir nada. Como las prendas que nos ponemos, o los lugares que por primera vez visitamos fingiendo conocerlos de siempre, no son sino una representación. La realidad no viene hasta después, cuando el triunfo es nuestro o, por el contrario, fracasamos, y otra vez empezamos a vestirnos con las cuatro camisas queridas, a ir a los mismos bares de siempre y a hablar sin que nos importe que lo que digamos no guste o sea inconveniente. Y, sin embargo, no creemos engañar a nadie en esos momentos porque la ficción que así construimos es tan propia de nosotros como aquello a lo que sustituye. Puede, incluso, que más. Puede que la ficción sea lo que habitamos a diario y no las imágenes que de nosotros forjamos con el deseo.
No, por supuesto que yo no ahorré ninguna de esas estrategias con Marta. Me cubrí de una apariencia mundana y canalla, ingeniosa y despreocupada, y me propuse hacerle olvidar que antes de mí existió algo y que después también lo habría. Me disfracé de lo que querría haber sido y aparenté una soltura, un tesón y una ambición que no eran mías. La llevé de aquí para allá, le enseñé lo que sabía y lo que sólo sospechaba. Durante los primeros tiempos, no hicimos otra cosa que estar juntos. Salíamos todas las noches, veíamos películas, cenábamos en restaurantes, y por la mañana, si era imprescindible, íbamos a la universidad o, si no, prolongábamos el sueño. A veces, por la tarde, cuando no seguíamos en la cama mirándonos a los ojos y durmiendo a ratos hasta el anochecer, íbamos a pasear y entrábamos en  exposiciones o robábamos libros que no teníamos tiempo de leer.

PADRES E HIJOS


Los seres felices, Marcos Giralt Torrente, p. 13
No quiero dar la sensación de que inclino del lado de mi madre el peso negativo de la balanza. Quiero ser objetivo, hacer un retrato de ambos ajustado a la realidad. Mi padre era sosegado y, a diferencia de ella, leía y tenía buen gusto, pero nadie es mejor o peor persona por leer más o menos o por tener mejor o peor criterio estético. La capacidad de disfrutar con un claustro renacentista o una novela no dice gran cosa de las personas y, desde luego, nada de su cualidad moral; tampoco lo dice el carácter, que en su mayor parte se hereda. A mi padre le sudaban las manos y tenía tendencia a distraer una de ellas en la entrepierna cuando estaba tumbado, las dos cosas las he heredado yo. No considero que sean cuestión de carácter, por supuesto que no. Lo que quiero decir es que, del mismo modo que cargamos con herencias tan nimias, heredamos casi todo. De hecho, si me pongo a pensar, no hay un detalle de mi personalidad que me pertenezca en exclusiva. En todos veo el influjo, aunque sea remoto, de mis padres. Mi madre medía sus pasos y yo también. Mi padre practicaba la sumisión como una forma de ocultamiento y yo también. Lo que no otorga la herencia es un eximente para nuestras acciones. Respondemos a códigos que nos remiten a la infancia, pero lo que hacemos con éstos sólo es responsabilidad nuestra. Si mis padres eran como eran es porque así lo querían. N o tiene sentido escarbar en su pasado a la búsqueda de un antiguo complejo, una íntima sensación de inferioridad en mi madre o un sentimiento de desprotección que impelía a mi padre a buscar la protección de mujeres fuertes. Los antecedentes existen pero no es apropiado considerarlos razones. No me resarcen a mí ni los disculpan a ellos.

INCIPIT 923. LOS SERES FELICES / MARCOS GIRALT TORRENTE


«No vas a cambiar.» Han pasado ya dos meses desde que  mi padre pronunció estas palabras. Atribuirle alguna premeditación sería como creerlo capaz de responder a consideraciones distintas de las que su propia comodidad le dicta. Con motivos más sólidos podría pensar que la ausencia de Marta no fue casual. En realidad, es la necesidad de eludir mi responsabilidad la que me empuja a ese tipo de tentaciones. La necesidad que en otras ocasiones me lleva a no manifestarme, a rehuir los encontronazos, a protegerme en la sombra.
Se abren puertas que sabemos definitivas, pero nada de verdad nuevo, salvo la conciencia de haberlas atravesado, espera tras ellas.
Dos meses no son nada, me digo, dos meses no es un tiempo que deba tenerse en cuenta.
El último día que vi a mi padre hacía frío y llovía, y Marta y yo guardamos silencio de camino a su casa. Ella conducía concentrada en la carretera y yo la observaba recordando las veces que habíamos estado en una situación similar desde que, once años antes, en la universidad, se había ofrecido a acercarme a casa. Yo venía de pasar la noche recorriendo bares que ya no existen en compañía de una camarera con la que entonces me acostaba

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