Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

GIRALT TORRENTE


Lo desorden, p. 99

Mi bisabuelo Gonzalo era tan mujeriego y se llevaba tan mal con su esposa que en el lecho de muerte pidió un beso en la boca a la mejor amiga de ella. Años estando ya casado, había aprovechado un viaje a Buenos Aires para pedir la mano de una joven de allí y publicitarlo en las páginas de sociedad de todos los periódicos del Río de la Plata.

Mi bisabuela Ángela, cuya madre, mi tatarabuela Francisca, hablaba en su jardín todas las mañanas con Dios, había sido tan infeliz en su matrimonio que de vieja soñaba que, oyendo misa, el cura bajaba del púlpito y la besaba en la boca.

Mi bisabuela Teresa, una campesina orgullosa y adinerada de una aldea costera de Pontevedra, estaba tan convencida de la decadencia de la sangre de su familia a la que por su altura y delgadez apodaban os lanceiros, que se casó con el hombre más fuerte de su aldea, pese a no tener él oficio ni fortuna y, una vez segura de haber quedado encinta, lo despidió Con el dinero suficiente para emigrar a América.

Mi bisabuela Maria era tan osada que había conseguido salvar a su primogénito, prófugo del ejército republicano en el Madrid sitiado de la guerra civil, ocultándolo en casa y telefoneando todos los días al cuartel con fingida preocupación creciente para preguntar por él e indignarse o llorar, según le diera considerara más adecuado para la mejor representación de su artificio.

Mi bisabuelo Vicente era el perfecto marido, el perfecto hermano, el perfecto cuñado... Adoraba, en fin, a su familia y de toda se ocupaba, pero no soportaba estar con ella ni un minuto y se pasaba el día fuera de casa, en el Casino o la Gran Peña, los clubes de tipo inglés de los cuales era socio, y a menudo no regresaba ni para dormir.

Mi abuela María, que cada vez que admitía a una nueva sirvienta le daba un baño y le cambiaba el nombre por uno de su elección, harta de la pesadumbre con la que mi abuelo Juan Giralt Esteva regresaba de trabajar de su fábrica de vidrio, una noche lo había recibido con el rostro cubierto por una careta de payaso.

Mi abuela Josefina, que era muy escrupulosa y en algunos asuntos padecía y hacía padecer con un sofocante puritanismo, ante los obstáculos que su madre le pusiera para casarse con mi abuelo Gonzalo, al que por su vocación de hombre de Letras se consideraba un pobre partido, optó por fugarse y vivir felizmente amancebada con él antes de casarse un año después. Son ejemplos de las historias de muertos que mi madre me contaba. Hablar de muertos es una de las formas por las que el pasado prolonga su influencia en el presente, y, si bien yo lo aprendí de mi madre, no era un rasgo privativo suyo.


No hay comentarios:

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia