El periódico de la democracia, Javier Cercas, p.57
Fue uno de los días más felices de mi vida.
1 de septiembre de 2001, domingo
por la tarde. Estaba escribiendo en mi despacho cuando Enrique Vila-Matas, de
quien me había hecho amigo gracias a «La Cónica», me llamó por teléfono para
contarme que Vargas Llosa había escrito sobre mí. Ni él ni yo conocíamos
personalmente a Vargas Llosa, que para nosotros venía a ser más o menos como
las pirámides de Egipto -siempre había estado allí-, así que pregunté,
incrédulo: «¿Vargas Llosa?». Pensé que se trataba de un error, pero al cabo de
unos minutos mi amigo me mandó por fax un texto del novelista peruano. Este, en
aquella época, publicaba ya un artículo bimensual en El País, como hizo casi
hasta el final de su vida, pero por algún motivo aquel domingo no Io había
hecho, y el escrito procedía del diario peruano El Comercio, que reproducía sus
artículos de El País. Lo primero que leí fue: «Vargas Llosa desvela a Cercas»,
o tal vez «revela a Cercas», aunque Io que yo interpreté fue más bien: «Vargas
Llosa desenmascara a Cercas». Me eché a temblar. Seis meses atrás yo había
publicado Soldados de Salamina, una novela que, aunque había sido mirada por
encima del hombro por los primeros espadas de la crítica -Rafael Conte, Miguel
García— Posada, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Ignacio Echevarría-, había
logrado abrirse camino por su cuenta entre algunos lectores y críticos hasta
con— vertirse en un succès d'estime, y comprendí que Vargas Llosa venía a
deshacer con su autoridad incontestable el malentendido: la literatura actual
vivía un momento tan calamitoso que incluso un bodrio como el que yo había
perpetrado podía pasar por literatura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario