Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

DAVID FOSTER WALLACE

 


Una conciencia nueva, Silvia Bardelás, p. 25

UN MUNDO AGOTADO

El mundo de la infancia no era lógico,    era real. Es tan enorme la distancia entre la lógica y la realidad que cuesta creer cómo hemos llegado a confundirlas, cómo hemos llegado a negar la realidad cuando trasciende los límites de la lógica. En la primera escena de La broma infinita de Foster Wallace, el protagonista, Hal, está sometido a juicio. Un tribunal académico decide si puede entrar en la universidad y acceder a una beca. Tiene un historial de notas horribles, pero a la vez es un gran jugador de tenis y ha escrito artículos asombrosos. Hal escucha una larga conversación sobre su persona, o más bien, sobre los datos de su persona, y no puede ver en esos hombres que componen un tribunal otra cosa que no sea manchas en la piel, cejas demasiado pobladas o calvas amarillentas. Son cuerpos histéricos. No es capaz de responder a un lenguaje que le advierte pero no le atiende. Esos cuerpos empiezan a tener la certeza de que el joven que tienen delante no es normal, no entienden su silencio. Y entonces él se acuerda del primer recuerdo de su hermano, una escena en el jardín de su casa, Su hermano lo ve a él con cinco años, lleva un pijama rojo y ha comido algo asqueroso que todavía le cuelga en la mano, La madre, preocupada, está dispuesta a superar el asco para salvar a su hijo. Entonces, las sensaciones y emociones primarias que llegan a su mente en ese recuerdo hacen que Hal hable, que se enfrente al tribunal. “Mis instintos sintácticos y mecánicos son mejores que los de ustedes, y esto lo digo con el debido respeto. Pero trascienden lo mecánico. Yo no soy una máquina.”

 

 


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