Una conciencia nueva, Silvia Bardelás, p. 25
UN MUNDO AGOTADO
El mundo de la infancia no era
lógico, era real. Es tan enorme la
distancia entre la lógica y la realidad que cuesta creer cómo hemos llegado a
confundirlas, cómo hemos llegado a negar la realidad cuando trasciende los límites
de la lógica. En la primera escena de La broma infinita de Foster Wallace, el
protagonista, Hal, está sometido a juicio. Un tribunal académico decide si
puede entrar en la universidad y acceder a una beca. Tiene un historial de
notas horribles, pero a la vez es un gran jugador de tenis y ha escrito
artículos asombrosos. Hal escucha una larga conversación sobre su persona, o
más bien, sobre los datos de su persona, y no puede ver en esos hombres que
componen un tribunal otra cosa que no sea manchas en la piel, cejas demasiado
pobladas o calvas amarillentas. Son cuerpos histéricos. No es capaz de
responder a un lenguaje que le advierte pero no le atiende. Esos cuerpos
empiezan a tener la certeza de que el joven que tienen delante no es normal, no
entienden su silencio. Y entonces él se acuerda del primer recuerdo de su
hermano, una escena en el jardín de su casa, Su hermano lo ve a él con cinco
años, lleva un pijama rojo y ha comido algo asqueroso que todavía le cuelga en
la mano, La madre, preocupada, está dispuesta a superar el asco para salvar a
su hijo. Entonces, las sensaciones y emociones primarias que llegan a su mente
en ese recuerdo hacen que Hal hable, que se enfrente al tribunal. “Mis
instintos sintácticos y mecánicos son mejores que los de ustedes, y esto lo
digo con el debido respeto. Pero trascienden lo mecánico. Yo no soy una
máquina.”

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