Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MOISES ANTE FREUD


El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p.271

En cuanto a ese celebrado “progreso en la espiritualidad”, era fácil entender cuál había sido el primer paso. Y Freud lo identificó con un giro sorprendente, que repercutió sobre toda visión de la figura de Moisés. Remontándose hasta la prehistoria, donde Freud se movía con la seguridad sonámbula de un guía turístico, el momento decisivo que habría puesto en marcha el progreso de la espiritualidad se encontraría en la transición del matriarcado al patriarcado. Pero ¿de dónde deduce esta audaz afirmación? Impasible, Freud responde como sigue: “Este cambio de la madre al padre señala una victoria de la espiritualidad sobre la sensibilidad, por lo que es un progreso en la civilización, ya que la maternidad es probada por el testimonio de los sentidos, mientras que la paternidad es una hipótesis fundada sobre un juicio y un presupuesto». La irreducible duda acerca de los hechos. como se reconoce en la máxima “Pater semper incertus”, equivaldría así a la victoriosa “toma de posición que eleva el proceso del pensamiento por encima de la percepción sensible”. Ciertamente, nadie antes de Freud llegado a una conclusión tan atrevida y vodevilesca, como quedaba de manifiesto en la historia de Moisés, caso ejemplar en el progreso en la espiritualidad, pero también del pater incertus: quedará siempre la duda, es verdad, de si Moisés fue judío o egipcio; si fue el precursor del monoteísmo exclusivista de Akenatón o el Moisés madianita que adoraba a Yahvé, dios-volcán no muy distinto de otros dioses de Oriente Medio; o finalmente, si había sido un pobre niño judío salvado por la hija de un faraón o el príncipe egipcio Thorrnés, cuyo nombre acababa de salir a luz en las excavaciones de Tell-el-Amarna. Esa incertidumbre, parecía insinuar Freud, permanecería irresuelta y seguiría acompañando, en la sombra, cualquier “progreso en espiritualidad”.


EL PORVENIR DE UNA ILUSION


El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p. 297

Romain Rolland apreció mucho El porvenir de una ilusión y escribió una carta a Freud, pero en el libro faltaba algo, añadió. No había ninguna mención aquello que para Rolland era da fuente auténtica de la religiosidad» y podía ser definido como sentimiento oceánico. Fórmula que Rolland recuperaba de Ramakrishna: «Una muñeca de sal quiso medir la profundidad del océano, pero antes de llegar muy lejos se había disuelto. Se había convertido en una única cosa con el agua del océano. ¿Quién podía entonces retroceder y decir cuán profundo era el océano?».

El sentimiento oceánico se deslizó en Freud como la carcoma. Y. dos años después, terminó asomando en la página de apertura de El malestar en la cultura- Pero Freud enseguida se justificó y así se lo hizo saber a Rolland: iNo se espere una valoración del sentimiento "oceánico", intento simplemente deducirlo analíticamente, para, por así decirlo, despejar mi camino». ¿Era tan molesto aquel sentimiento, incluso para Freud, que se reconocía refractario a la mística («La mística es para mí algo inaccesible como la música»)? qué, entonces, convertirlo el punto dc partida de un libro que se proponía explicar que la civilización no puede no ser infeliz? De cualquier manera, por afán de precisión, Freud quiso añadir una observación personal: “Yo mismo no logro descubrir en mi sentimiento “oceánico”. Y de inmediato puso en marcha los engranajes del análisis: «Podemos por lo tanto establecer la siguiente línea pensamiento: por lo general, nada es para nosotros más que el sentimiento de nosotros mismos, del propio Yo. Estee Yo se nos muestra autónomo, unitario, contrapuesto a todo lo más. Que tal apariencia sea falaz, que el Yo tenga hacia su interior, sin ninguna delimitación clara, continuidad en una entidad psíquica inconsciente, que nosotros llamamos Ello, y a la cual viene a servir como de fachada, lo hemos entendido primera vez gracias a la investigación psicoanalítica, de la que esperamos muchas otras informaciones acerca de la relación entre el Yo y el Ello. Pero hacia el exterior, al menos, el Yo parece tener límites bien claros y precisos». Esto era todo lo que Freud estaba dispuesto a admitir. Y excluía el acceso a cualquier sentimiento oceánico. Aquí se marcaban los límites.

 


GRETEL ADORNO


El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p. 278

En una carta a Gretel Adorno. Benjamin escribía que en el estilo tardío de Freud «los pensamientos más grandes» se presentaban «de pasada». Y así precisamente se puede leer un pasaje del Moisés que el propio Freud consideraba cuando menos arriesgado. Pasaje de un lamarckismo extremo, desconsiderado y desmedido, que sin embargo tenía la virtud de poner en duda todo el sistema, universalmente aceptado, de las relaciones entre hombres y animales: «Si admitimos la permanencia de estas huellas mnemónicas en la herencia arcaica, habremos tendido un puente sobre el abismo que separa la psicología individual de la colectiva, y podremos tratar a los pueblos como individuos neuróticos. Aun aceptando que no tenemos actualmente ninguna prueba válida de las huellas mnemónicas en la herencia arcaica al margen de los fenómenos residuales del trabajo analítico que exigen ser derivados de la filogénesis, esta prueba nos parece, empero, lo bastante válida para postular semejante estado de cosas. Si no fuera así, no avanzaríamos ni un más por el camino que hemos emprendido, tanto en el análisis como en la psicología colectiva. Es una temeridad inevitable.

"Actuando así obtenemos también algo más. Reducimos la grieta entre el hombre y el animal que los viejos tiempos dc arrogancia humana han ampliado en exceso. Si los instintos de los animales, que les permiten comportarse desde el inicio en una nueva situación vital como si fuese pasada y desde hace tiempo familiar, si de alguna manera esta vida instintiva de los animales admite una explicación, no puede ser más que esta: los animales llevan consigo en su nueva existencia las experiencias de su especie, es decir, han conservado en sí recuerdos de lo que habían experimentado sus progenitores. En el fondo, en el animal hombre las cosas no serían tan diferentes. Su herencia arcaica, aunque de extensión y contenido diferentes, se corresponde a los instintos de los animales».


UN ESPECTRO IRREDENTO


El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p. 261

A nadie se aplican mejor las teorías de Freud que al propio Freud. Antes que ciencia, el psicoanálisis es autobiografía. Esto no limita irremediablemente su alcance, ya que la psique de Freud era lo suficientemente amplia como para alojar a muchas otras, aunque no a todas. Y a ningún libro de Freud el psicoanálisis se aplica mejor que a El hombre Moisés y la religión monoteista. Ninguna otra obra suya ha estado tan marcada por tantos temores, dudas, interrupciones, justificaciones y procrastinaciones como el Moisés. Ninguna ha estado envuelta en una nube tan cerrada de temores: el miedo a revelar un secreto, un secreto peligroso, hasta dañino. Al mismo tiempo, ningún otro libro de Freud, ni siquiera La interpretación de los sueños, da tantas muestras de orgullo por el descubrimiento. Este es un libro del estilo tardío de Freud «que nunca se admirará lo suficien, según Benjamin, el estilo de «quien poco o nada tiene que perder» (Freud dice lo mismo) y está preparado para lanzar una apuesta temeraria, que no tiene precedentes.


INCIPIT 1.646. EL LIBRO DE TODOS LOS LIBROS / ROBERTO CALASSO


1. LA TORÁ EN EL CIELO

Novecientas setenta y cuatro generaciones antes de que el mundo fuera creado, fue escrita la Torá. ¿Cómo? Con fuego negro sobre fuego blanco. Era la hija única de Yahvé. El padre quiso que viviera en tierra extranjera. Los ángeles oficiantes le dijeron: «¿Por qué no se queda en el cielo?». Yahvé respondió: «¿Qué os importa a vosotros?». Se acercó a un rey que tomó a su hija como esposa. Yahvé le dijo: «Te he dado a mi única hija. No puedo separarme de ella. Pero ni siquiera puedo decirte que no la tomes, porque es tu esposa. Concédeme tan solo esto, que dondequiera que vayáis haya una habitación para mí».

En la soledad que precede a la Creación, Yahvé fue asistido solo por su hija. Era la Torá, la Ley, y era la Jojmá, la Sabiduría. Ella era la consejera, pero también trabajaba como artífice: calculaba las medidas, se encargaba de sellar las aguas, trazaba límites de arena, soldaba las junturas de los cielos. Y a veces era el plan desplegado de la Creación. Entonces Yahvé la contemplaba en silencio.

 


Familia Bellelli


La Follie Baudelaire, Roberto Calasso, p. 220

Pero se nota una novedad de forma dramática en Familia Bellelli, un cuadro capital que acompañó durante siete años la juventud de Degas. Titulado en un principio Retrato de familia -referido por tanto a algo que es un núcleo por excelencia-, este cuadro se articula en torno a un vacío central. El padre da la espalda al pintor y las cuatro figuras miran en direcciones distintas. Es como si cada una quisiera excluir a todas las otras de su campo visual, como sucede también en un retrato de las hermanas Bellelli solas. Son entidades psíquicas decididas a no rotarse. La madre tiene una mirada tan fija y ausente que podría parecer ciega. Las dos niñas se muestran reacias: la más cercana al centro desvía la mirada del pintor con visible desaire. hasta el punto de invalidar su posición axial. La otra fija la mirada en el pintor, aburrida, como si dijera: «¿Cuándo terminará este tormento? El padre ignora al pintor y sobre todo no tiene mirada. Sabemos por diversos testimonios que la familia Bellelli estaba cargada de asperezas y resquemores que la convertían en un ejemplar infierno doméstico. Un Strindnerg del sur.

 


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