Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

LEE KIEREKEGAARD

De La invención de la soledad de Paul Auster, p.134
« ... aquí se afirma que sólo aquel que trabaja consigue el pan, sólo aquel que está angustiado encuentra descanso, sólo aquel que desciende a los infiernos rescata a sus seres queridos y sólo aquel que empuña su cuchillo halla a Isaac ... Aquel que no trabaje debe hacer caso a los escritos sobre las vírgenes de Israel pues dará a luz al viento, pero aquel que desee trabajar da vida a su propio padre» (Kíerkegaard).
De la casa: un documento del distrito de St. Clair, en el estado de Alabama, que sentencia el divorcio de mis padres. Abaje firma: Ann W. Love.
De la casa: un reloj, unos pocos jerséis, una chaqueta, un despertador, seis .raquetas de tenis y un viejo Buick que apenas si funciona. Un Juego de platos, una mesa de café y tres o cuatro  lámparas. Una estatuilla de bar de Johnnie Walker para Daniel. El álbum de fotografías en blanco, LOS AUSTER. ÉSTA ES NUESTRA VIDA.

Al principio pensé que sería un alivio aferrarme a estas cosas, que me recordarían a mi padre y me harían pensar en él durante el resto de mi vida. Pero por lo visto los objetos no son más que objetos. Ahora me he acostumbrado a verlos y he comenzado a pensar en ellos como si fueran míos. Miro la hora en su reloj, uso sus jerséis, conduzco su coche; pero todo ello no me brinda más que una falsa ilusión de intimidad, pues ya me he apropiado de todas estas cosas. Mi padre ya no está presente en ellas, ha vuelto a convertirse en un ser invisible. Y tarde o temprano las cosas se romperán o dejarán de funcionar y tendremos que tirarlas a la basura. Dudo de que eso tenga la más mínima importancia.

NIÑO SUFRIENDO



De La invención de la soledad de PAuster, p.185
Puesto que el mundo es monstruoso, puesto que no parece ofrecer ninguna esperanza de futuro, A. mira a su hijo y se da cuenta de que no debe abandonarse a la desesperación. Cuando está al lado de su hijo, minuto a minuto, hora a hora, satisfaciendo sus necesidades, entregándose a esta vida joven, siente que su desesperación se desvanece. Y a pesar de que continúa desesperándose, no se abandona a la desesperación . La idea de un niño sufriendo le resulta monstruosa, incluso más monstruosa que la monstruosidad del mismo mundo; pues lo despoja de su único consuelo, e imaginar un mundo sin consuelo es monstruoso.

No puede seguir más allá.

LAS COSAS

De La invención de la soledad de PAuster, p.85
De la casa: un documento del distrito de S t. Clair, en el estado de Alabama, que sentencia el divorcio de mis padres.
De la casa: un reloj, unos pocos jerséis, una chaqueta, un despertador, seis raquetas de tenis y un viejo Buick que apenas si funciona. Un juego de platos, una mesa de café y tres o cuatro lámparas. Una estatuilla de bar de Johnnie Walker para Daniel. El álbum de fotografías en blanco, LOS AUSTER ÉSTA ES NUESTRA VIDA.
Al principio pensé que sería un alivio aferrarme a estas cosas, que me recordarían a mi padre y me harían pensar en él durante el resto de mi vida. Pero por lo visto los objetos no son más que objetos. Ahora me he  acostumbrado a verlos y he comenzado a pensar en ellos como si fueran míos. Miro la hora en su reloj, uso sus jerséis, conduzco su coche; pero todo ello no me brinda más que una falsa ilusión de intimidad, pues ya me he apropiado de todas estas cosas. Mi padre ya no está presente en ellas, ha vuelto a  convertirse en un ser invisible. Y tarde o temprano las cosas se romperán o dejarán de funcionar y tendremos que tirarlas a la basura. Dudo de que eso tenga la más mínima importancia.

“ ... aquí se afirma que sólo aquel que trabaja consigue el pan, ¡sólo aquel que está angustiado encuentra descanso, sólo aquel que desciende a los infiernos rescata a sus seres queridos y sólo aquel que empuña su cuchillo halla a Isaac ... Aquel que no trabaje debe hacer caso a los escritos sobre las vírgenes de Israel, pues dará a luz al viento, pero aquel que desee trabajar da vida a su propio padre” (Kierkegaard).

HIJOS

De El festín del amor de Charles Baxter, p. 102-103
Descolgué el teléfono y dije: “¿Sí?». Desde el otro extremo del continente desde la costa oeste, empezó a hablarme mi hijo Aaron. Con una voz de cólera incansable, me  maldijo a mí y a su madre, acostada a mi lado. Una vez más invitado  a escuchar la historia de cómo había arruinado la vida de mi hijo, destruido su alma, de cómo le había sacrificado a los diablos y ángeles de la ambición frustrada. De un modo soporífero hallaba palabras con que herir mi corazón. Acusación: había esperado de él más de lo que él podía dar de sí. Acusación: había concebido esperanzas sobre él que le habían, dijo, enloquecido. Acusación: yo era quien era. Loco, enfermo y lleno de maldad, describió con detalle su locura y su enfermedad, sus terribles impulsos de hacer daño a los demás y a sí mismo, como si yo no hubiera escuchado esta historia muchas veces, varias veces, innumerables veces. Cuchillas, alambres, gas. Me llamó a mí, a su padre, un hijo de puta. Me dijo que no quería que siguiese siendo su padre. Luego rompió a llorar y pidió dinero. Exigió dinero. Desde la nada, desde la eterna noche de su vida, exigió dinero en efectivo. Yo también lloraba de tristeza y rabia, apretando el auricular muy fuerte contra la oreja para que Esther no oyera una palabra. Tapando el micrófono con la mano, le pregunté si había hecho daño a alguien, si se había herido él mismo, y respondió que no, pero que lo estaba pensando, que cada minuto lo planeaba de antemano, planeaba monstruosas calamidades personales, necesitaba ayuda, pedía ayuda, pero antes necesitaba el dinero, ya, en aquel mismo instante, mi dinero, cantidades extraordinarias de dinero. No me hagas ser tu salero sacrificial, dijo, y luego se corrigió, tu cordero sacrificial, no lo hagas, no vuelvas a hacerlo. A sabiendas de que era un error, dije que vería qué podía hacer, le enviaría lo que tuviese. Pareció calmarse por un momento. Respiraba de forma estruendosa. Me deseó cordialmente buenas noches, como al término de una actuación eficaz.
Tener un hijo o una hija así es como tener una porción del alma muerta, marchita y sin posibilidades de sanar. Ves al alma perdida de tu hijo flotar en los éteres de la eternidad. La ética es un sueño, y la ternura un fantasma diurno que se desvanece cuando llega la noche. Esther y yo, con los ojos abiertos, permanecimos abrazados hasta el alba. Mi querida mujer lloró en mis brazos, los dos teníamos el corazón destrozado. Vivimos en una ciudad grande de la que somos los únicos habitantes.

Kafka: Una vez que se responde a una falsa alarma del timbre nocturno, ya no tiene remedio.

CRECI CONVENCIDA DE QUE TODAS LAS FAMILIAS ERAN MEJORES QUE LA MIA

De La hija de la amante de AM Homes, p.76-77
Crecí convencida de que todas las familias eran mejores que la mía. Crecí observando sobrecogida a las demás  familias, capaz a duras penas de soportar las sensaciones, el placer casi pornográfico de presenciar intimidades tan nimias. Me mantenía al margen, sabiendo que por mucho que te incluyan -te inviten a comer, te lleven de viaje con ellos- nunca eres la titular, eres siempre la “amiga”, la primera a la que dejan atrás.
El cine está lleno de familias, parejas, jóvenes y viejos. Encuentro un asiento libre en la mitad de una fila: todos se levantan para dejarme pasar. Estoy sentada sola en el cine, claramente consciente de que no quiero pasar el resto de mi vida sola, asustada de pensar que nunca conseguiré construirme una vida, de que estoy demasiado rota para establecer vínculos con otra persona.

La película, basada de una novela de Thomas Keneally, relata la historia real de Oskar Schindler, un empresario alemán, un nazi, un mujeriego, que en última instancia cambió por completo y salvó la vida de mil cien judíos. La veo pensando en Norman, Norman como Schindler. Alemán, católico, carismático, encantador, luchando con el bien contra el mal. Veo al comandante del campo de prisioneros Goeth, que dispara a los judíos para hacer prácticas de tiro, y pienso en el carácter aleatorio e imprevisible de la historia. Ni siquiera los que  parecen decentes o incluso heroicos lo son; son humanos, profundamente deficientes. Se trata de la degradación del alma, de la lucha por mantener un pequeño sentido de la propia identidad entre tantas pérdidas, por mantenerse vivos en un campo de exterminio, por seguir siendo humano y un ser vivo incluso en la muerte. Son los cristianos contra los judíos, la división de familias, curiosamente pertinente.

PADRES COBARDES E HIJOS CONMOVEDORES

De En presencia de un payaso de Andrés Barba, p. 49-50
“¿Eres marica?”, preguntó.
Su padre se dio la vuelca con una lentitud casi teatral.
“¿Cómo has dicho?”
“¿Eres marica?”, repitió casi temblando.
“No, ¿y tú?”, respondió su padre entendiendo toda la situación de un golpe y con cierta sorna.
“NO.”
Hubo un pequeño silencio acompasado por la música constante del reloj de pared. El sonido del segundero les dejó en una situación ridícula, como si uno de los dos estuviera buscando una respuesta en un concurso cronometrado.
 “¿Tienes algún interés especial en que lo sea?”, preguntó su padre sonriendo.
“No,”
No le gustaba que se estuviese burlando de él, pero la actitud de su padre hizo que el cuarto de estar se volviera de pronto más amplio, más respirable.
“En ese caso ninguno de los dos somos maricas, parece ser”
“Sí, eso parece”, respondió él.
“Demos gracias a la Virgen de los Remedios.”
Hubo unas centésimas de segundo de suspensión nerviosa y luego se rieron los dos, más por incomodidad que porque se hubiesen relajado realmente. Cambiaron de tema  de inmediato.
Resultaba extraña la forma en la que aquel recuerdo se había situado en la memoria de su adolescencia como un episodio feliz. No se trataba de que hubiese supuesto el fin de la sospecha de que su padre fuese gay, todo lo contrario, a sus cuarenta y tres años Marcos estaba más convencido que nunca de que a su padre le atraían los hombres, pero durante aquellos instantes sintió como si se hubiese extendido entre los dos un vínculo indisoluble, una verdadera complicidad, un instante de gracia.

Marcos Trelks -escribió muy despacio en su cuaderno- entendió que los elementos dados no modifican nuestra apreciación del mundo sino las condiciones en las que se nos da esa información, cuando su padre le dijo que no era homosexual. Treinta años después su padre se empeña en no salir del armario y van quedando menos personas a las que reprochárselo. La cobardía es conmovedora hasta cierto punto.

LA FATALIDAD Y LAS FAMILIAS

De Volverás a Región de JB, p.97
Me refiero al fatalismo, un plato de más sustancia. Porque mi familia no era buena; es decir, gente de humilde extracción pero, al menos, sin principios. Mi padre sólo recibió parte de la educación media y unas lecciones de geografía peninsular. La familia de mi madre también era humilde pero tenía más ínfulas; era la rama más humilde de un tronco provinciano en cuya copa habían florecido unos pocos y pacíficos militares de cuartel--de esos que tienen más afición a la zarzuela que a las ordenanzas-y unos cuantos abogados belicosos, de esos que llaman de secano, empapeladores locales que no parecen sino conservar y alimentar el rencor contra la Providencia, por no haber sido consultados por ella en los días del Génesis. Mí madre siempre habló con énfasis de ellos, como ejemplos inmarcesibles, origen y modelo de toda conducta, y como arca del testimonio aportó a la alcoba conyugal la fotografía de un sujeto que sin duda coartó y frustró, desde la noche de bodas, cualquier intento de mi padre de ascender en el escalafón. La tiene usted todavía en la cabecera de la cama para que no olvide qué vanas son las glorias de este mundo. Y no perdona a nadie, se lo aseguro. Estaba yo a la mitad de la licenciatura cuando murió mi padre, quien sabe si víctima de su curiosidad o de su afán de liberación. Lo que sí le aseguro es que aquella misma mañana que llegó el despacho -lo trajo la rueda cómplice, con una precisión que hacía pensar que llevaba mucho tiempo preparando la noticia- juré en silencio aborrecer y temer aquella curiosidad, mantener libres mis manos en la medida de mis fuerzas, resistir el cerco de la sociedad y de las mujeres, evitar aquel juego de deberes y derechos, de favores y agravios, de envites e infortunios en el que había caído la voluntad de un pueblo que rehusaba presentar su demanda a un destino que se había adueñado de sus campos. Ni mi hermano ni mi hermana habían llegado entonces a la edad de la razón, algo que si en algún momento estuvieron a punto de alcanzar mi madre se cuidó de arrebatarles. Así que a partir de un cierto día -y todavía fresco el cuerpo de mi padre, en un camposanto andaluz o en una taberna incógnita en los alrededores de una estación- me vi convertido en el mascarón de proa de una familia que, confiada en mi capacidad, lo había puesto todo en mí de tal forma que para pagarme una carrera en Salamanca tenía que hacer tal número de sacrificios que la enumeración de ellos le llevaba a mi madre un buen número de horas cada día. De forma que, al levantarme cada día, al ponerme en viaje hacia Salamanca, al volver a la pensión todas las tardes, mi primera obligación no era el estudio -que al fin y al cabo no era más que una forma de pago como otra cualquiera que yo hubiera podido arbitrar y mi madre habría aceptado- sino el reconocimiento de la deuda. Qué trágica tradición la de esa clase de familias que sólo aspiran a un presunto bienestar, que no estimulan otro deseo que el de la avaricia y que no infunden otro reconocimiento que el de la deuda; que no vacilan en coartar la libertad de los hijos

A LA BUSQUEDA DE LO APARENTEMENTE PERDIDO

De La hija de la amante de AM Homes, p.139-140
No obstante, las cosas que se encuentran en esta sala poseen una belleza indiscutible: rollos y rollos de microfilms, imágenes de vidas vividas hace mucho tiempo, documentos escritos con la caligrafía historiada del Viejo Mundo, no siempre igual de legible. Examino los rollos primero despacio, sin apretar el botón de avance rápido para no perderme a nadie, pensando que cada persona se merece una visita, un reconocimiento.
La sala está llena de gente que reconstruye su rompecabezas personal, y lo primero que se me ocurre es que no rodos son adoptados: entonces, ¿qué están buscando? Me recuerdo a mf misma que la búsqueda para responder a la pregunta de ¿Quién soy? no es privativa del  adoptado. En esta sala todo el mundo busca algo que le ayude a confirmar o desmentir parte de lo que cree sobre sí mismo. Buscan respaldo, apoyo, por definición. Todos están   enfrascados-sepultados en nombres, fechas, códigos-, pero la mayoría prestan ayuda de buena gana. Algunos ofrecen indicaciones valiosas y otros cuentan historias. A menudo pregunto: “¿Cuánto tiempo lleva en esto?» «Siete años», me dice una mujer. «Empezó como un hobby, un regalo de cumpleaños para mi marido>>, dice orca. “Empezó cuando murió mi padre», dice una tercera”. “¿Ha probado los italianos? Tienen buenos registros, incluso de judíos.»

Otra mujer se indina y susurra: “¿Ha estado en Salt Lake City?" Salt Lake es  “la montaña”, la meca de la información genealógica: el cuartel general de los mormones, que recorren el mundo espigando datos genealógicos. Todos los meses añaden a su colección de cinco a seis mil rollos de microfilm. Casi nadie lo sabe, pero el motivo de que los mormones tengan unos registros genealógicos tan magníficos es que están captando adeptos, pretenden determinar la genealogía de toda la humanidad con el fin de prepararla para una conversión póstuma. En la práctica están convirtiendo a los muertos a la religión mormona: un bautismo por poderes. Tienen un ritual de purificación mediante el cual los reclaman como propios. La comunidad judía puso el grito en el cielo porque los mormones se hicieron con la información de las víctimas del Holocausto -personas que fueron asesinadas por su religión- y las convirtieron en mormonas. En 1995, la iglesia de los Santos del Último Día dijo que cumpliría un acuerdo para detener el bautismo por poderes de víctimas del Holocausto y otros judíos fallecidos, pero siguen haciéndolo. “Y cada día que pasa crean más mormones. Una vez fui a pasar dos semanas”, me dice la mujer. “fue el paraíso. Piénselo”, dice.

DE LA DIVISION SEXUAL DEL TRABAJO

De El fin de Alice, de AM Holmes, p.86-87
La madre de él llama para invitarla a cenar. La madre de él llama y habla con la madre de ella. Es el modo en que se hacen estas cosas. Entretanto la duende animada gandulea en segundo plano, fingiendo que es una infante, demasiado pequeña para alcanzar el teléfono, para que le incumba el lenguaje amoroso transmitido por vía telefónica. Se ocupa de que su madre lo haga en su lugar. Como las brujas buenas de los cuentos de hadas, esas madres son cortas de vista, aquejadas del astigmatismo del afecto. Son murciélagos descerebrados en el campanario, la última generación perdida de amas de casa, adiestradas para ser sordas, mudas y ciegas. Permanecen en el hogar, errando de una habitación a otra, esgrimiendo botes de Don Limpio y Centella, suaves gamuzas en la palma de la mano, rezumando limpiamuebles por todos los   poros. Todo lo que acarician se transforma, la mancha se evapora. Las superficies relucen. Y cuando han terminado, y en realidad no terminan nunca, pero cuando se sientan a descansar, sufren una regresión. Juegan corno niñas al gran juego de regentar una casa. Charlan de ello por teléfono, mientras manipulan con la lima de esmeril, mojan el pincelito en la laca roja y se la aplican encima de las uñas. Charlan de ello como si el teléfono no fuese la joya de la corona de la cultura de la comunicación, sino un conjunto de latas vacías de zumo de naranja atadas con una cuerda extendida de una casa a otra. Con el auricular metido debajo de la barbilla, se mueven por sus cocinas preparando bocadillos, removiendo la salsa, congelando y descongelando sus congeladores y neveras, y mantienen constantemente el cordón rizado alrededor del cuello: es un milagro que no se estrangulen con él.

TELEVISION EN FAMILIA

De La vida iba en serio de JJ Vázquez, p.107
-Me aburría en la calle y he preferido venir a ver la tele.
-A mí me gusta mucho que te quedes alguna noche con nosotros -confesó mi padre.
Yo estuve a punto de decir que a mí también me gustaba estar con ellos, que me encantaba ver que se llevaban tan bien, que me emocionaba cuando mi padre presumía delante de todo el mundo de que no salía a la calle sin mi madre y que me consideraba un afortunado por tener un padre que trabajara siempre y no tuviera que dedicarse a lavar el coche, que era lo que hacían muchos vecinos en paro para matar el tiempo y no estar todo el día encerrados en casa. Estuve a punto de decirles que les agradecía todo lo que estaban haciendo por mí y que quería que me durasen siempre.

Pero me dio vergüenza.

EL VINCULO FAMILIAR COMO ESTADÍO DE LA CONSTRUCCION DEL YO NUBIL

De El abrigo de Proust de Lorenza Fochini, p. 67
Quizá mi hermano ... Para Marcel, el principal sospechoso de la delación a la madre era Roben, su hermano menor, de quince años, tan distinto de él, un chico deportista, apasionado de las matemáticas, reacio a la lectura, digno hijo de su padre. Podía haberlo hecho incluso sin malicia, de buena fe.
Por cierto que la familia comenzaba a intuir a estas alturas cuáles eran las verdaderas inclinaciones de Marcel, pero, como en todo ambiente burgués de la época, de eso no se hablaba. Y por lo que sabemos, no se hablaría nunca. Pero se sabía.
En La prisionera, Proust escribe:
En ciertas familias de mentirosos, un hermano que va a visitar a un hermano sin razón aparente y ya en la puerta, cuando está por irse, le pide incidentalmente una información que después parece ni siquiera escuchar, le hace entender así que esa información era la verdadera finalidad de la visita, ya que el otro conoce muy bien

esos modales distantes que él se gasta, esas palabras dichas como ente paréntesis, en el último momento, porque, a menudo, los empleó él mismo, a su vez. Y hay también familias  patológicas, sensibilidades emparentadas, temperamentos fraternos, iniciados m esta tácita lengua por medio de la cual, en familia, uno se entiende sin hablarse.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia