Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 510. A PROPOSITO DE MAJORANA / JAVIER ARGÜELLO

-¿Y a qué me dijo que venían a Nápoles?
-Una investigación. Soy periodista y tenía que llevar a cabo una investigación.
-¿Y su amigo?
-Él sólo vino a traerme.
-Sólo a traerle.
-Sí, luego seguiría su viaje.
-¿Hacia dónde?
-No lo sé.
-No lo sabe.
-No. Creo que él tampoco. Había hablado de Estambul. Quizá dijo algo acerca del canal de Suez, no lo recuerdo muy bien.
-Pero nada de desaparecer.
-Nada de desaparecer.
-Y nada que hiciera intuir que sus intenciones eran esas.
-Nada.
El hombre se me quedó mirando como si le acabara de contar una mentira y él lo supiera y supiera también que yo lo sabía, una mirada un tanto paternalista, como de director de escuela a la espera de que el alumno confiese la travesura no demasiado grave ni demasiado meditada que acaba de cometer. Desvió la vista hacia unos papeles que tenía sobre el escritorio, luego volvió a centrarse en mí.
-Y ¿qué es lo que venía usted a investigar?

Parecerá absurdo, pero hasta ese momento no había caído yo en la cuenta de la evidente relación que había entre ambas cosas, la desaparición del gringo Ross y la que yo mismo andaba persiguiendo. 

PERCEPCION

De A propósito de Majorana, p. 15
-Se trata de un fisico -dije-, un fisico siciliano. Uno de los cerebros más ilustres que haya parido esta patria suya y que desapareció en misteriosas circunstancias el 25 de marzo de 1938. Su nombre era Ettore Majorana.

El que respondía a las preguntas era yo. El que las hacía el comisario Salvatore Espósito de la cuarta comandancia de  la policía mucicipal de Sorrento, provincia de Nápoles, y me gustaría decir que esto que aquí refiero se reduce a una simple anecdota policial, con sospechosos y desaparecidos y con pistas que tarde o temprano conducen a una solución más o menos satisfactoria, pero lo cierto es que es bastante más complicado. Ordenar los datos que forman parte de una historia implica siempre falsearlos, fundar sentidos allí donde no los hay, inventar relaciones que liguen las causas con los efectos. Los acontecimientos por sí solos no implican direcciones ni consecuencias, los acontecimientos nunca se relacionan entre sí, salvo en la mente de quien se siente a pensarlos. Los acontecimientos en sí mismos son descarnadamente neutros, absolutos. No tienen carga positiva ni negativa, o quizá sea más correcto decir que por cada uno con carga positiva hay otro idéntico y opuesto que se ocupa de anularlo y que en el fondo es el mismo, pero eso yo todavía no lo sabía. Siendo fieles a la verdad, de hecho, y limitándonos a lo ocurrido hasta ese momento, ni siquiera podría afirmarse que alguien hubiera desaparecido realmente, como tampoco era del todo exacto que yo hubiera llegado hasta allí con la intención de investigar nada. Había llegado, como la mayoría de las personas que llegan a los sitios, no tanto por lo que allí me esperaba como por lo que había querido dejar atrás.

"REALIDAD"

De A propósito de Majorana, p.39
Hay veces en que la realidad supera a la teoría. Hay veces en que la teoría supera a la realidad. Y hay veces en que nos es dado asomarnos a ese sitio ingrávido que queda un poco más allá de ambas, para comprender que tanto realidad como teoría no son más que las hijas pobres de la historia que nos contamos, esa que nos envuelve a todos y de la que todos somos parte, por más que sólo cobre forma en la soledad de cada uno. Ordenar los datos que forman parte de una historia implica siempre falsearlos, fundar sentidos allí donde no los hay, inventar relaciones que liguen las causas con los efectos. Los acontecimientos por sí mismos no implican direcciones ni consecuencias, los acontecimientos nunca se relacionan entre sí, salvo en la mente de quien se siente a pensarlos. En lamente del espíritu eterno son descarnadamente neutros, no tienen carga positiva ni negativa, porque en realidad sólo existen como los recortes artificiales que cada conciencia individual aísla del todo indivisible, el continuo inabarcable que, a la luz de lo ocurrido, me sentía un poco más cerca de ser capaz de vislumbrar. 

MOTORINOS

De A propósito de Majorana, p. 216
La ciudad de Nápoles tiene más de cuatro millones de habitantes, la mayor parte de los cuales se desplaza en motorino por sus calles como si de las arterias de un enorme hormiguero se tratase, y creo no exagerar si digo que en nuestro camino hacia el castillo de Sant'Elmo nos cruzamos al menos con la mitad. No existe ningún tipo de regla que regule el tráfico en ese sitio como no sean los gestos que los conductores intercambian mirándose a los ojos para intentar interpretar las espontáneas intenciones del otro y oponer la máxima resistencia a las mismas, hasta el punto en que se ven superados por la evidencia de que el espacio que quieren ocupar ya ha sido conquistado, lo cual conduce a una serie de insultos y bocinazos que al instante siguiente se desdibujan en ese torrente imparable que mezcla máquinas y humanos sin ningún concierto. Y sin embargo, y según la escala desde la que se mire, puede llegar a hallarse una cierta armonía en todo aquello, una cierta cadencia casi musical que no deja de exhibir su propia forma de belleza: más allá de los elementos aislados, parece como si existiese una comunión de nivel superior que los involucra a todos y los funde. Y no sólo de motorinos se compone esta jungla; los coches y los taxis ejercen la misma anarquía a la hora de desplazarse. Los primeros minutos de conducción fueron francamente intimidantes, como si se tratara de un jueguito electrónico en el que de cualquier parte podía surgir un obstáculo y hubiera que estar muy atento para ir sorteándolos. Poco a poco, sin embargo, mi cerebro fue comprendiendo que debía dejar de intentar procesar los datos, que era mucho más provechoso dejarse llevar por el instinto, ese que nos permite aprovechar todos los resquicios y reaccionar antes de que el otro lo haga para ganar el par de centímetros que hacen falta para conquistar el cruce de una bocacalle. Cuando se alcanza la confianza necesaria, el disfrute que semejante grado de improvisación depara se adueña de los reflejos de uno, y entonces el paseo se convierte en una mezcla de danza ritual y de ejercicio de lucha que hace aflorar lo más primario de cada uno.

DESTINO

De A propósito de Majorana, p. 177
Hay tantos hombres en la tierra, tantos destinos entrecruzados, que cuesta pensar en la partitura que los aglutine a todos, una que sea capaz de hacer sonar la música en la que cada parte, cada uno de los destinos de cada uno de los hombres, entre en armonía con los otros. Y sin embargo ocurre. Si uno despega la mirada de la vida de cualquier individuo, si logra salir de ese trazo particular para leer el movimiento que los distintos recorridos inscriben en el conjunto, puede comprobar que es armónico, como si cada uno de los trazos obedeciera a una especie de control central. A partir de ahí uno puede pensar que los destinos en el fondo no son tan diferentes unos de otros, y que es en esa uniformidad donde radica la posibilidad de armonía. Pero también se puede pensar en que no son las caracteristicas de cada movimiento las que posibilitan la coincidencia, sino que es el orden central el que determina los parámetros dentro de los cuales se moverán los diferentes recorridos. Superflua -o no tanto- resulta entonces la pregunta acerca del grado de libertad que conservan los individuos dentro de los parámetros fijados. Lo importante de esta idea es que implica la idea de predestinación,   el hecho de que nuestros cuerpos y nuestras mentes no son libres en realidad, sino que nacen delimitados por la partitura que el orden central les impone. Quien crea en la predestinación,  en que las cosas pasan por algo, debiera tener sin duda un grado de ansiedad menor frente a lo que el futuro le depare. Todos sus pasos han sido escritos ya en las estrellas, con lo que  poco puede afectar e] empeño que ponga en querer variarlos.

NAPOLITANOS

De A propósito de Majorana, p. 241
Un pequeño altercado llamó mi atención. Un parroquiano con alguna copa de más al parecer había importunado de algún modo a una dama y otro más caballeresco lo había invitado a retirarse. ¿Qué costumbre era aquella que ·tan bien conocía yo de pasarse las horas en una barra, apaleando la conciencia hasta que nos dejase tranquilos, hasta que nos permitiera volver a ser niños por un rato, espíritus sin cuerpo que no sienten el peso de las responsabilidades ni el paso del tiempo? ¿A qué respondía esa necesidad tan antigua? El hecho es que ahí estábamos cumpliendo con el ritual, y sintiendo los dientes ya reblandecidos pensé en los espíritus del gringo Ross, y concluí que se trataba de una de las bromas de la vida, de esas de las que tanto le gusta gastar: mientras ellos querían un cuerpo para poder emborracharlo, los que teníamos uno nos dedicábamos a intoxicarlo hasta olvidamos de su existencia, hasta convertirnos en almas libres que revolotean por el espacio en un tiempo infinito. Era evidente que no formábamos parte de una raza facil de contentar. Al cabo de un momento el gringo se dejó caer en su silla con dos nuevos vasos en las 

NAPOLES

De A propósito de Majorana de Javier Argüello, p. 151
Nápoles,  el presente
-Y ¿qué le parece la ciudad? -me dijo el dueño del hotel mientras trabajaba en uno de sus pesebres.

¿Qué me parecía la ciudad? Me parecía un hervidero de vida y de historia donde la realidad resultaba más real que en ningún otro sitio que yo hubiera conocido, como si comparándolas con Nápoles, todo el resto de ciudades en las que había estado pecaran de cierta frivolidad. Me parecía que si el origen de la especie humana había estado en África con los bosquimanos, el comienzo de la metrópolis moderna no había estado ni en Londres ni en París, que ésos eran experimentos planificados. Antes de que Londres iluminara sus calles con aceite de ballena y de que París abriera sus grandes avenidas, Nápoles ya había agotado la mayor parte de los experimentos que la sociología urbana podía concebir. Los puertos de mercancías cartagineses habían dejado su estampa sobre las empalizadas griegas y la dinastía de los Borbones había elevado su señorío hasta convertirlo en Camorra, fundiendo en un mismo escenario casi todas las variantes a las que puede asomarse la condición humana. Me parecía que en esas calles había ocurrido todo lo que podía tener que ver con la civilización occidental y moderna, el comercio y la guerra, el honor y la traición, la elevada erudición y la más animal de las supervivencias.

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