Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 804. LAS TIERRAS DEL OCASO / JULIEN GRACQ

A fin de cuentas, vivíamos bien. Cada estación aportaba sus frutos y sus placeres, y la Tierra del Ocaso no era avara. Los vicios en el gobierno del Reino eran tan antiguos y sus perjuicios, tan caprichosos en su enmarañamiento que acababan participando en los altibajos que confieren su variedad a todo espectáculo natural: si uno hacía votos por verlos «mejoran>, era con el mismo candor con que se desea que el tiempo «mejore» tras el granizo o la helada. Del mismo modo que el asiduo a los pastos alpinos ha dejado de pensar en el carácter penosamente escabroso de las montañas, en Bréga-Vieil se nada de ordinario en el seno de un paisaje social accidentado. La secreta recomendación del Reino era la ausencia completa de movimiento y la conciencia de que el hombre fija su terreno y lo labra en cuestas diez veces más duras que las que soportaría en el puente de un navío cuando este va sobre el mar.
Algunas veces, también podía suceder que el ojo reconociera, en aquella tierra pulida y fatigada por la familiaridad de tantas manos, las escaras y las cicatrices del fuego. 

INCIPIT 555. ROMA / JULIAN GRACQ



La civilización grecolatina comienza a desvanecerse un poco para nosotros, porque los programas educativos ya no toman como base, más que en contadas ocasiones, sus lenguas originales, y porque a cada decenio que pasa su legado anima un poco menos directamente las vivencias diarias. Hoy día, a un investigador le resultaría difícil suscitar con su tema de estudio las reacciones apasionadas, violentas, que seguían siendo las de la penúltima generación de escritores. Solo voy a mencionar las palabras atribuidas a André Breton, que tienen todos los motivos para ser consideradas auténticas: “Monsieur Breton, ¿por qué se ha negado siempre a visitar Grecia?”. “Porque, madame, jamás visito a los ocupantes. Hace dos mil años que estamos ocupados por los griegos”

BENETIANA

Sobre La península de Julián Gracq ( Babelia, 06.04.12)


Científico de la construcción narrativa y orfebre de la frase (y modelo en las dos instancias de Juan Benet," para quien fue seminal, más que Faulkner), leer a Gracq consiste en introducirse en un paraíso intoxicante donde, entre la vegetación frondosa y bellísima siempre hay, a punto de brotar, un convulso mundo de pasiones (el escritor coqueteó con el surrealismo y publicó un libro, lleno de interés, sobre André Breton)

LA CAIDA

Cita de Hegel en El castillo de Argol, de Julien Gracq


Si examinamos más de cerca la historia de la Caída -decía-, encontramos, como ya he dicho, que pone de relieve la resonancia universal del conocimiento sobre la vida espiritual. En su forma natural e instintiva, la vida espiritual lleva el vestido de la inocencia y de la confiada simplicidad, pero la esencia misma del espíritu implica la absorción de esa condición inmediata en algo más elevado. Lo espiritual se distingue de lo natural, y en particular de la vida animal, debido a que se eleva al conocimiento de sí mismo y de un ser propio de él. Esa división debe a su vez borrarse y ser absorbida, y e! espíritu puede abrir de nuevo una ruta victoriosa hacia la paz. La concordia es entonces espiritual, es decir, que el principio del restablecimiento se encuentra en el pensamiento y sólo en el pensamiento. "La mano que inflige la herida es también la que la cura".

INCIPIT 261. LA PENINSULA / JULIEN GRACQ

A través de la vidriera de la sala de espera, Simon vislumbraba a su derecha, proyectada sobre el andén y contra los cristales, la sombra de la marquesina calada, de cuyas polvorientas alas color chocolate se divisaba el comienzo; pero a su izquierda el manto de sol caía a plomo sobre el yermo de los raíles, de donde ascendía la reverberación un tanto temblorosa de las vías ardientes. Una hilera irregular de vagones de mercancías, en la que el mismo y discontinuo tono chocolate se impregnaba del marrón de la herrumbre, cerraba la visión por aquel lado —entre los raíles y sobre las traviesas, bajo la cocción del sol, el cacao calcinado y granuloso del balasto mudaba a un marrón más oscuro, virando al matiz que las cajitas de betún denominan marrón parisién; y asentados sobre aquel lecho torrefacto, los raíles, con su luz cegadora, evocaban en el ojo herido el calor de un principio de

DE CUANDO VILA-MATAS HABLO DE GRACQ

Desde la ciudad nerviosa de Vila-Matas, p. 179
Y 97 años cumplió este pasado julio Julien Gracq, que sigue viviendo en su casa natal de St. Florent-le-Vieil, a orillas del Loira, ajeno al mundanal ruido. El mar de las Sirtes sigue siendo su gran novela sobre la espera. El vagabundeo libre y a veces anticipatorio de Nerval, la configuración psíquica tormentosa de Rimbaud, los signos exteriores procesados por una mente sesgadamente surrealista, todo eso forma parte de la configuración de ese inolvidable libro publicado hace ya más de medio siglo.

JUAN BENET Y JULIEN GRACQ

Dos parrafitos, uno de ellos con una breve alusión a Juan, del obituario que le dedicó El País a Gracq.
"Gracq, como Buzzati o Benet, escritores con los que tiene algunos puntos en común, tenía una extraordinaria capacidad para inventar mundos. En Le Rivage des Syrtes la acción -escasa- transcurre en la señoría d'Orsenna, una República en crisis que se parece tanto a Venecia como a la III República Francesa y en un paisaje que tiene que ver con el de la ciudad italiana, pero también con el de la desembocadura del Loira, de Nantes hasta el mar. [...]
Publicado en vida en la prestigiosa colección de La Pléiade y nunca editado en libro de bolsillo, Gracq decía mantener consigo mismo "un arreglo de cuentas íntimo para el que no existe el público". Puede que el mejor resumen del personaje y su obra lo haya hecho otro escritor, Jérôme Garcin, que ha dicho que "la obra de Julien Gracq es altiva, pero Louis Poirier es humilde"."

INCIPIT 32. A LO LARGO DEL CAMINO / JULIEN GRACQ


Los pueblos de la Sologne parecen a menudo las dependencias, cuidadas y bien atendidas, de un castillo desaparecido del que se había perdido hasta el recuerdo. Pequeñas casas bajas, a veces todas de ladrillo, siempre con un marco de ladrillo en la puerta y en las ventanas. Por encima de la moldura estrecha de la fachada, el elevado bonete de pizarra del tejado en aguilón puntiagudo se alarga sobre las cejas. La calle y las aceras parecen siempre recién barridas. Ni establo, ni granja, ni siquiera gallinero (¿para qué, cuando los faisanes picotean apaciblemente a lo largo de los senderos?), ningún ganado, ninguna ocupación que cubra de polvo o ensucie. Sólo pequeños jardincillos cerrados y a menudo floridos, una cenefa de flores –petunias, geranios- en la juntura de los muros con la acera. Estos pueblos donde se circula tan poco por las calles no hablan de abandono o deserción, como los pueblos evacuados de las mesetas de los Causses o los Corbières, sino más bien de una actividad oculta y semiclandestina, que huiría de día de los lugares edificados y transcurriría silenciosamente del alba a la noche en el bosque, las landas y los eriales de los alrededores que la absorben; uno cree a veces atravesar un campo de disidentes meticulosos que, antes de echarse al monte y cerrar la tienda, han repintado las fachadas, bruñido los colores y lavado con lejía las aceras. Hay un rastro de elegancía rústica y de nitidez algo distante en estos pueblos
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EXTRACTOS DE "A LO LARGO DEL CAMINO" DE JULIEN GRACQ

Cuando leo al Nabokov crítico siempre llaga hasta mí la venturosa desesperación que siente al no poder transmitir al auditor o al lector la dicha lingüística, la felicidad literaria nativa característica de Mogol o de Pushkin, la sensación de que tales escritores están enterrados dentro de su lengua, y tan poderosamente agarrados a ella, con uñas y dientes, como el tejón en su guarida. Como si el esperanto –el verdadero- del mundo moderno: el inglés, gastado, apomazado, pulido, embotado y, por así decir, desodorizado a causa del frotamiento universal a que da lugar su uso intra, y más todavía extra fines, eliminara al mismo tiempo todos los sabores irreemplazables de la lengua aún con vigor. A lengua sin más terruño propio, literatura sin buqué, como lo demuestran a porfía las literaturas helenísticas: es la sensación experimentada más de una vez a lo largo de las páginas de tal o cual novelista anglófono, antillano, hindú o sudafricano. La sensación (que ningún texto, en otra lengua, me comunicaría tan espontáneamente) de que habrían podido ser –también- una traducción.
p.186
Un cálculo, incluso muy aproximado del número de horas que hemos empelado a lo largo de nuestra vida en la lectura, nos demuestra que en realidad hemos leído notablemente menos libros de los que creemos. No hemos tenido tiempo material de leer todos los libros que pensamos haber leído.
Pero los libros que hemos leído están muy lejos de ser los únicos elementos de nuestra cultura libresca. Cuentan también, a veces casi igual, aquéllos de los que hemos oído hablar, de una manera que nos hizo aguzar el oído (el oído interno), aquéllos de los que un pasaje citado aisladamente en otra parte despertó en nosotros unos ecos precisos, o cuya contigüidad con obras que ya conocíamos permitió el etiquetaje. Aquéllos de los que apenas conocemos sino el título y el sentido general, pero que, dibujados en lo profundo por las fronteras de los libros afines figuran, sin embrago, en nuestro repertorio libresco, como referencias utilizables.
Esa cultura acrecentada por encabalgamientos, por reproducciones y por contaminación es quizá la verdadera cultura libresca. El libro es contagioso. La masa de los libros ya conocidos confiere una semirrealidad manejable a los libros no leídos aún que ella rodea y hace presentir. Así, a partir de un cierto nivel adquirido, la cultura libresca, mientras la lectura sólo sigue una progresión aritmética, puede desarrollarse de manera casi exponencial por un método que tiene analogía con la solución de un puzzle, y que los políglotas experimentan prácticamente todos en la adquisición de nuevas lenguas. Para enriquecerse plenamente con la lectura, no es suficiente leer, hay que saber introducirse en la sociedad de los libros, que entonces nos hacen aprovechar todas sus relaciones, y nos las presentan poco a poco, hasta el infinito. Una prueba a contrario nos la proporciona el autodidacta de “La náusea”.
p.208
Pertinente –pero demasiado incidental- es la observación de Painter en su biografía de Proust sobre la ausencia total en “El tiempo recobrado” del clima de los Años locos, cuya eclosión Proust, frecuentador de Morand y Cocteau, del Ritz y d las velas del conde de Beaumont, conoció muy bien durante sus últimos años. A esta matinal en casa de la princesa de Guermantes, fiel sacerdotisa todavía de la música de Vinteuil, ni el tango, ni el ragtime, ni el dadá, ni el jazz negro asoman siquiera la punta de la nariz: son los Vigiliae morturoum del siglo XIX lo que celebran aquí las gentes de los círculos y salones aristocráticos, cuyo envejecimiento fulminante ha hecho unos zombies dentro de un clima de supervivencia asistida que hace pensar en el del film de Delvaux: “Una noche, un tren”. Esto tiene a confirmar la ineptitud del propio genio para anexar a su obra los signos precursores de los nuevos tiempos que desbordan el segmento temporal asignado, no a su vida, sino a su capacidad de transmutación artística. Al contrario que Moisés, el artista que sobrevive al período de conexión mediúmnica que le fue otorgado puede a veces, en sus últimos años, pisar la tierra prometida, nuca verla. En ese sentido Proust –así como Wagner vino a concluir con retraso el romanticismo- viene, no a anunciar el siglo XX, sino a cerrar ostensiblemente el XIX, haciendo chirriar la puerta tras de sí xon un ruido interminable y cavernoso.
p.209

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