Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.223. ENCRUCIJADAS / JONATHAN FRANZEN


El cielo de New Prospect, atravesado por robles y olmos desnudos, estaba Heno de promesas húmedas -un par de sistemas frontales sombríamente confabulados para traer una Navidad blanca- mientras Russ Hildebrandt hacía la ronda matinal en su Plymouth Fury familiar por los hogares de los feligreses seniles o postrados en cama. La señora Frances Cottrell, miembro de la congregación, se había ofrecido a ayudarlo esa tarde a llevar juguetes y conservas a la Comunidad de Dios, y aunque Russ sabía que sólo como pastor tenía derecho a alegrarse por el acto de libre albedrío de la mujer, no podría haber pedido un mejor regalo de Navidad que cuatro horas a solas con ella.

Después de la humillación que Russ había sufrido tres años antes, el párroco de la iglesia, Dwight Haefle, había aumentado su cuota de visitas pastorales. Qué hacía exactamente  Dwight con el tiempo que le ahorraba su auxiliar, aparte de tomarse vacaciones más a menudo y trabajar en su largamente esperada colección de poesía lírica, Russ no lo tenía claro. Aun así, apreciaba el coqueto recibimiento de la señora O'Dwyer, a quien una amputación tras un edema severo había confinado en una cama de hospital instalada donde había sido el comedor de su casa, y en general la rutina de servir a los demás, en particular a quienes, a diferencia de él, no recordaban nada de lo sucedido tres años antes.


11S


El fin del fin del mundo, Franzzen, p. 221
La única pesadilla recurrente que he tenido durante muchos años tiene que ver con el fin del mundo y se desarrolla como sigue: en un paisaje urbano atestado de gente, no muy distinto del bajo Manhattan, piloto un avión de pasajeros por una avenida en la que nada es como debe ser. Parece imposible que los edificios que se alzan a ambos lados no me arranquen las alas y que consiga mantener el avión en el aire desplazándome a tan baja velocidad. Siempre hay algo que obstaculiza el paso, pero de algún modo consigo cambiar bruscamente de rumbo o pasar por debajo de algún paso elevado, aunque sólo sea para enfrentarme luego a un rascacielos tan alto que para superarlo tendría que elevarme en vertical. Cuando emprendo un ascenso decepcionantemente insuficiente, el rascacielos crece y se abalanza hacia mí y entonces me despierto, con una sensación de alivio que no se puede explicar con palabras, en Mi cama.
El martes no hubo despertar. Buscabas una televisión y te ponías a mirar. Salvo que de verdad fueras una muy buena persona, probablemente estabas, como yo, experimentando el choque entre varios mundos incompatibles en el interior de tu mente. Junto al horror y la tristeza de lo  que estabas viendo, puede que también sintieras una decepción pueril porque te acababan de desmontar el día, o una preocupación egoísta por el impacto que tendría en tu bolsillo, o algo de admiración por la brillantez en la concepción del ataque y su ejecución impecable, o -lo peor de todo- cierta admiración ante la calidad del espectáculo visual que había producido. Da lo mismo si algunos palestinos bailaban por las calles o no. En algún lugar -de esto puedes estar absolutamente seguro-los artistas de la muerte que habían planeado el ataque se estaban regodeando en la belleza terrible del hundimiento de las torres. Tras años de soñar, trabajar y alimentar esperanzas, la sensación de culminación que experimentaban en ese preciso momento era mayor de lo que se habrían atrevido a suplicar en sus rezos. A lo mejor algunos de esos felices artistas estaban escondiéndose en el destrozado Afganistán, un país donde la esperanza media de vida a duras penas llega a los cuarenta años: en ese mundo no se puede caminar por un bazar sin ver hombres y niños con alguna extremidad mutilada.

LOS PAJAROS


El fin del fin del  mundo, Franzen, p. 49
Si pudieras ver todos los pájaros del mundo, verías el mundo entero. Hay plumíferos en los confines de todos los océanos y en tierras tan inhóspitas que ningún otro animal podría establecer en ellas su hábitat. La Gaviota Garuma cría a sus polluelos en el desierto de Atacama, uno de los lugares más secos de la Tierra; el Pingüino Emperador incuba sus huevos en la Antártida en invierno; el Azor común anida en el cementerio de Berlín donde yace Marlene Dietrich; los gorriones, en los semáforos de Manhattan; los vencejos, en cuevas marinas; los buitres en los riscos del Himalaya; los pinzones, en Chernóbil. Los únicos seres vivos más ampliamente diseminados por el globo son microscópicos. Para sobrevivir en hábitats tan distintos, las diez mil especies de pájaros que, aproximadamente, pueblan el planeta han evolucionado en una extraordinaria diversidad de formas. Su tamaño varía desde el avestruz, que puede alcanzar más de dos metros y medio de altura y vive a lo largo y ancho de África, hasta el Colibrí Zunzuncito, que tan sólo se encuentra en Cuba y que en inglés recibe un nombre muy apropiado, Bee Hummingbird ['colibrí abeja']. Pueden tener picos enormes (pelícanos, tucanes), diminutos ( Gerigón Piquicorto ), o del mismo tamaño que el resto de su cuerpo (Colibrí Picoespada). Hay pájaros (el Azulillo Sietecolores de Texas, la Suirnanga de Gould del sur de Asia, el Lori Arcoíris de Australia) más llamativos que cualquier flor, otros se presentan en alguna de las casi infinitas gamas de marrón y ponen a prueba el vocabulario de los taxónomos de la ornitología: rufo, rubicundo, ferruginoso, cinabrio, bermellón.
Su comportamiento no es menos diverso. Algunos son muy sociables; otros, lo contrario: mientras que las queleas y los pelícanos de África se reúnen en bandadas de millones de ejemplares y los loris construyen ciudades enteras con palitos para vivir con sus congéneres, el Mirlo Acuático vive solitario en los arroyos de montaña, donde nada y bucea, y un Albatros Errante puede planear, con sus alas de tres metros de envergadura, a ochocientos kilómetros  de cualquier otro albatros. El Abanico Maorí de Nueva Zelanda es tan simpático que puede llegar a seguirte por un sendero; un caracara, si te lo quedas mirando demasiado rato, se lanzará en picado e intentará arrancarte la cabeza de un picotazo. Los correcarninos se alimentan de serpientes de cascabel a las que matan en equipo: uno distrae a la serpiente mientras otro se le acerca por detrás. Los abejarucos comen abejas. Los tirahojas tiran hojas. El Guácharo, un ave nocturna única del trópico americano, planea sobre los aguacates y arranca los frutos en pleno vuelo; el Caracolero Común hace lo mismo, pero con los caracoles. El Arao de Brünnich se sumerge hasta una profundidad de 215 metros, el Halcón Peregrino vuela en picado a 385 kilómetros por hora. El Junquera se pasará toda la vida junto a un charco de veinte centímetros cuadrados mientras que la Reinita Cerúlea es capaz de emigrar a Perú y luego encontrar el camino de regreso al mismo árbol de Nueva Jersey en el que anidó el año anterior.

SIMULACRO


El fin del fin de la Tierra, Franzen, p. 222
Consideremos la teoría del simulacro del sociólogo francés Jean Baudrillard: la idea de que el capitalismo consumista ha reemplazado la realidad por una serie de representaciones de la misma. Salvo que viajes en helicóptero o en un avión monomotor, es imposible no percibir el contraste entre los parques de África Oriental, limpios y cubiertos de una vegetación exuberante, abarrotados de ñus y elefantes, y los campos que los separan, superpoblados, agotados por el exceso de pastoreo y atiborrados de desechos: la hegemonía de la Coca-Cola, las plantaciones de piñas Del Monte, exageradamente vigiladas, las líneas férreas y las autopistas que están construyendo los ingenieros chinos para acelerar la extracción de carbón y carbonato de sodio, los fantasmas del SIDA y del terrorismo islámico. Los parques funcionan como simulacros en los que los turistas, blancos en su mayoría, todos adinerados, pueden «experimentar» un “África” cuya representación responde a lo que han pagado por ella. Los baobabs y las acacias son nativos, y por la noche los visitantes del hemisferio norte no reconocen las constelaciones del sur: hasta ahí, todo es auténtico. Sin embargo, del mismo modo que hoy en día la gente, cuando se enfrenta a una tormenta de nieve de verdad, dice que se parece mucho a las de las películas, cabe la posibilidad de que uno se encuentre viendo cebras en el Serengueti y le dé por recordar las de un parque de Florida. No sólo lo real deja de ser real, sino que se nos antoja como una copia de una copia. El Serengueti lo sufre más por haber sido el escenario de tantos documentales sobre la naturaleza. La imagen de un león derribando a una gacela es un lugar común para cualquiera que se haya criado viendo los documentales de National Geographic. Peor aún, la constatación de que es un lugar común también es un lugar común. ¿Qué valor añadido recibe exactamente el turista por vislumbrar desde cierta distancia escenas dramáticas de la vida y la muerte que puede presenciar tan tranquilamente desde casa? ¿De veras necesita el mundo más fotógrafos de jirafas aficionados?

LA ANTARTIDA


El fin del fin del mundo, Franzen, p. 253
Debo decir también que la Antártida estaba a la altura del entusiasmo de Doug. Hasta entonces nunca había tenido la experiencia de contemplar un paisaje de una belleza tan deslumbrante que me fuera imposible procesarla, percibirla como algo real. Un viaje que ya de antemano se me antojaba irreal me había llevado a un lugar que también lo parecía, aunque en mejor sentido. Es posible que el calentamiento global ponga en peligro la capa de hielo occidental del continente, pero la Antártida aún está lejos de haberse fundido. A ambos lados del canal Lemaire se alzaban montañas negras y picudas, altísimas, pero no tanto como para hallarse simplemente cubiertas de nieve: estaban enterradas en caprichosos ventisqueros hasta la mismísima cima, y la roca sólo quedaba expuesta en los acantilados más verticales. Protegida del viento, el agua era un espejo, y bajo el cielo gris se veía de un negro absoluto, inmaculado, como el del espacio exterior. Entre los tonos monocromáticos, entre los interminables negro, blanco y gris, surgía el discordante azul del hielo glaciar. No importaba qué tono tuviera: ya fuera el matiz azulado de los bloques de hielo que se balanceaban en nuestra estela, el azul oscuro e intenso de los castillos flotantes de hielo, con sus arcos y cámaras, o el pálido tono poliestireno de los témpanos  desprendidos del glaciar, mis ojos no podían creer que el color que estaban viendo existiese de verdad en la naturaleza. Una y otra vez se me escapaba la risa de pura incredulidad. lmmanuel Kant había vinculado lo sublime con el terror, pero tal como lo experimenté yo en la Antártida, desde el mirador estratégico y seguro de un barco con un ascensor de vidrio y latón y un café exprés de primera, se trataba más bien de una mezcla entre lo bello y lo absurdo.

KRILL


El fin del fin del mundo, Franzen,. p. 265
En el siglo XX, los seres humanos hicieron un favor a los pingüinos al aniquilar a muchas ballenas y focas con las que éstos competían por el alimento. Las poblaciones de pingüinos aumentaron, y en los últimos tiempos la isla San Pedro se ha convertido en un lugar todavía más acogedor para ellos porque el rápido retroceso de los glaciares está dejando al descubierto tierra adecuada para anidar. Pero es bien posible que la humanidad deje muy pronto de beneficiar a los pingüinos: si el cambio climático continúa acidificando los mares, el agua alcanzará un pH con el que los invertebrados marinos no podrán desarrollar sus conchas; uno de esos invertebrados, el kril o camarón antártico, es un ingrediente básico en la dieta de muchas especies de pingüinos. El cambio climático también está fundiendo rápidamente el hielo que rodea la península Antártica, que proporciona una plataforma para las algas con las que se alimentan los camarones en invierno y que, además, los ha protegido de una explotación comercial a gran escala. Es posible que no tarden en llegar de China, Noruega y Corea del Sur buques factoría del tamaño de petroleros a arrasar con el alimento del que dependen no sólo los pingüinos, sino también muchas ballenas y focas. Los camarones antárticos son crustáceos del tamaño y el color de un meñique. Hacer una estimación de la cantidad total que hay de ellos en la Antártida es complicado, pero una cifra que se cita con frecuencia, la de quinientos millones de toneladas métricas, podría convertir a la especie en el mayor depósito mundial de biomasa animal. Por desgracia para los pingüinos, muchos países consideran buen alimento el kril, tanto para los humanos (según dicen, uno puede acostumbrarse al sabor) como en particular para peces de piscifactoría y ganado. Actualmente, la pesca anual de kril de la que tenemos constancia asciende a menos de medio millón de toneladas, con Noruega a la cabeza de la lista de recolectores; sin embargo, China ha anunciado su intención de aumentar su cosecha hasta dos millones de toneladas al año y ha empezado a construir los barcos necesarios para ello. Como ha explicado el presidente del Grupo Nacional para el Desarrollo Agrícola chino: “El kril proporciona proteína de muy buena calidad que puede procesarse para obtener alimento y medicinas. La Antártida es una verdadera mina para todos los seres humanos y China debería acudir allí a tomar la parte que le corresponde.»
El ecosistema marino de la Antártida es, en efecto, el más rico del mundo; es asimismo el único que permanece prácticamente intacto.

XING PED


El fin del fin de la tierra, Franzen, p. 279
Nos dicen que, como especie, los humanos estamos programados para mirar a corto plazo, para no contar con un futuro que, de todos modos, podría no llegar nunca; sin duda, así es como piensan los ingenieros que diseñan las señales de tráfico pintadas en las calles de las ciudades. Por lo visto, dan por hecho que conduces con los ojos fijos en un punto que queda justo delante del morro de tu vehículo. Se supone que vas diciendo: “Anda, ahí va un PED ... Y  ahora, ¡ala!, por ahí llega un XING» (que suena a chino, pero no lo es), y luego ... En fin, ahí la cosa ya se vuelve un poco incoherente porque, si estás siempre mirando tan cerca, ¿cómo se supone que vas a ver al peatón que empieza a cruzar la calle? Es muy extraño. Cuando  aprendes a conducir te dicen que mires siempre más allá, pero si ves una señal a lo lejos y la lees de arriba abajo, como si se tratara de un texto normal y corriente, lo más lógico es que leas CEDA EL PASO, AUTOBÚS, cuando el autobús que se suma con furia al tráfico espera que seas tú quien ceda el paso. Sólo un mal conductor sabe que ha de ceder el paso al autobús por haberlo leído en una señal de la calzada. El caso es que, para sobrevivir en un mundo moderno en el que no sólo la señalización del tráfico, sino también el sistema político y económico reinante, premian la miopía, aprendemos a pensar (o a no pensar) como malos conductores. Cedemos el paso al autobús. Cogemos el vaso de cartón, nos bebemos su contenido, tiramos el vaso. En Estados Unidos, cada minuto se tiran treinta mil vasos de cartón. Lejos de allí, al otro lado de la línea del ecuador, la selva tropical atlántica del Brasil ha sido arrasada para instalar vastas plantaciones de eucaliptos que surten de pulpa a las fábricas del mundo, pero eso queda más allá del morro de tu vehículo: tienes que llegar a sitios que quedan mucho más cerca. Bastante complicada es ya tu vida sin cargar todo el día con un vaso reutilizable a cuestas. Y aunque cargaras con él, sabes que vives en un mundo pensado para los malos conductores: ¿qué va a cambiar por los 0,00015 vasos desechables de Starbucks que tiras tú cada minuto? ¿Qué va a cambiar por culpa de la contribución infinitesimal de las emisiones de tu vehículo a la aceleración de la llegada de un futuro no tan distante y prácticamente inhabitable? Los seres humanos son seres humanos y la programación es la programación. Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.

LOS PAJAROS


El fin del fin del mundo, Franzen, p. 54
Pero ¿acaso el cálculo económico es nuestra mejor vara de medir? Cuando el rey Lear de Shakespeare abdica del trono, suplica a sus dos hijas mayores que le respeten algún vestigio de su antigua majestad. Las hijas replican que no les parece necesario y el viejo rey exclama: “Ah, no sometáis la necesidad a la razón.» Condenar los pájaros al olvido es olvidar de quién somos hijos.
Una persona que dice “Qué pena lo de los pájaros, pero lo primero son los humanos» está haciendo, implícitamente, una de dos afirmaciones. Tal vez quiera decir que los seres humanos no somos mejores que cualquier otro animal; que, en cuanto seres fundamentalmente egocéntricos y motivados por genes egoístas, haremos siempre lo que sea necesario para replicar nuestros genes y maximizar nuestro placer, y que se fastidie el mundo no humano. Ésta es la visión de los realistas cínicos, para quienes la preocupación por otras especies es tan sólo una molesta forma de sentimentalismo. No puede refutarse y está siempre disponible para aquel a quien no le importe admitir que es un egoísta irredento. Sin embargo, las palabras “lo primero son los humanos” también podrían significar lo contrario: que nuestra especie tiene el derecho exclusivo de monopolizar los recursos del planeta porque no somos como los demás animales, porque mantenemos conciencia y libre albedrío, capacidad para recordar el pasado y planificar el futuro. Esta visión opuesta se encuentra tanto entre personas creyentes como entre humanistas seculares, y al igual que sucede con la anterior, resulta imposible demostrar su falsedad o su certeza. De todos modos, plantea la siguiente cuestión: si nuestro valor es incomparablemente superior al de los demás animales, ¿acaso nuestra capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, y de sacrificar conscientemente una pequeña parte de nuestra conveniencia a cambio de un bien mayor, no debería hacernos más sensibles a los reclamos de la naturaleza, en vez de menos? ¿Acaso una capacidad excepcional no conlleva una responsabilidad excepcional?

INCIPIT 910. EL FIN DEL FIN DEL MUNDO / FRANZEN

Si un ensayo es algo que se ensaya -algo arriesgado, que no pretende ser definitivo ni sentar cátedra; algo aventurado a partir de la experiencia personal y la subjetividad del autor--, se diría que estamos viviendo la edad de oro del ensayismo. La fiesta a la que acudiste el viernes por la noche, el trato que te deparó una azafata, tu punto de vista sobre la atrocidad política del día: según la premisa de las redes sociales, hasta el más diminuto microrrelato subjetivo merece no sólo una mera anotación privada -por ejemplo, en un diario personal-, sino ser compartido con los demás. El presidente de Estados U nidos actúa, hoy en día, con esa misma premisa. La información pura y dura, en medios como The New York Times, se ha suavizado para permitir que el yo, con su voz propia, sus opiniones e impresiones, ocupe un lugar destacado en las primeras planas, y los que firman las reseñas de libros se sienten cada vez menos obligados a hablar de ellos con cierta objetividad. Antes no tenía ninguna importancia si Raskólnikov y Lily Bart caían mejor o peor, mientras que ahora el asunto de la «simpatía”, que supone privilegiar implícitamente los sentimientos personales del autor de la reseña, se ha convertido en un elemento clave del juicio crítico

EDITH WHARTON


El fin del fin del mundo, Franzen, p. 142
Ningún novelista estadounidense importante ha vivido con más privilegios que Edith Wharton. Aunque nunca llegó a librarse del todo de las preocupaciones económicas, siempre vivió como si así fuera: dilapidando los ingresos de su herencia en casas de barrios ricos, entregándose a su pasión por los jardines y la decoración interior, recorriendo Europa sin cesar en yates de alquiler o coches con chófer, codeándose con los poderosos y los famosos, despreciando los hoteles de segunda. Tal vez todos deseemos de un modo secreto, o no tan secreto, ser igual de ricos que Wharton, pero no es fácil que te caiga bien alguien que goza de semejantes privilegios: queda en desventaja moral. Y no era una privilegiada a la manera de Tolstói, con sus planes de reforma social y su idealización de los campesinos; era profundamente conservadora: se oponía al socialismo, a los sindicatos y al sufragio femenino. Se sentía intelectualmente atraída por la mirada implacable que el darwinismo lanzaba sobre el mundo y rechazaba el nulo refinamiento, el bullicio y la vulgaridad de Estados Unidos (hacia 1914 había establecido su residencia permanente en Francia y desde entonces sólo visitó Estados Unidos una vez, durante doce días). Ni siquiera su amigo Teddy Roosevelt recibió su apoyo cuando sus políticas se volvieron más populistas. Era el tipo de dama dispuesta a mandar una carta de protesta en tono incendiario al dueño de una tienda porque una dependienta no le había querido prestar un paraguas. Todos sus biógrafos, incluido el admirable R. W. B. Lewis, ofrecen la misma imagen característica de la artista trabajando: escribiendo en la cama después de desayunar y tirando las páginas acabadas al suelo, de donde las recogía su secretaria para ordenarlas y pasarlas a máquina.

RICOS


El fin del fin de la tierra, Franzen, p. 42
El cuatro de julio al atardecer, cuando Morningside Heights empezaba a sonar como Beirut en tiempos de guerra, V y yo nos fuimos a East End Avenue a contemplar el espectáculo oficial de fuegos artificiales desde el piso de la familia de nuestra amiga Lisa Albert. Me quedé asombrado al ver que el ascensor se abría directamente en el recibidor del piso. El cocinero de la familia me preguntó si me apetecía un sándwich y le dije que sí, por favor. Jamás había imaginado que existieran pisos como el suyo, o que persona apenas cinco años mayor que yo, Greg Heisler, pudiera tener a su dísposición todo un equipo de asistentes. También tenía una esbelta esposa australiana, Pru, cuya belleza quitaba el aliento. Pru solía llevar unos vestidos de verano blancos y ligeros que me hacían pensar en Daisy Buchanan.
La línea que dividía a los ciudadanos según su riqueza no era del todo distinta a cualquier otra línea divisoria, pero como no era puramente geográfica a mí me costaba menos cruzarla. Bajo el hechizo de mi educación en una universidad de élite, yo vaticinaba el derrocamiento de la economía política del capitalismo en un futuro cercano por medio de la aplicación de la teoría literaria, pero mientras tanto mi formación me permitía sentirme cómodo en el lado que correspondía a los ricos. En un restaurante formal de la zona media de la ciudad, adonde nos llevó a comer un día la abuela de V, que estaba de paso, me dieron un blazer azul que iba a juego con mis vaqueros y eso fue todo lo que necesité para cruzar.
Como era demasiado idealista para desear más dinero del que necesitaba para la subsistencia y demasiado arrogante para envidiar a Heisler, para mí los ricos representaban sobre todo una curiosidad interesante por la notoriedad tanto de sus despilfarros como de sus ahorros. Cuando V y yo visitamos a sus otros abuelos en la casa de campo que tenían fuera de la ciudad, me enseñaron sus cuadritos de Renoir y Cézanne en la sala de estar y nos ofrecieron galletas rancias compradas en el colmado. En Tavern on the Green, adonde nos llevaron a cenar los suegros de mi hermano Bob, una pareja de psicoanalistas que tenían un piso más o menos del mismo tamaño que el de Albert, me asombró descubrir que si querías verduras con  filete tenías que pagarlas aparte. El dinero no parecía un problema para el suegro de Bob, pero nos dimos cuenta de que su esposa llevaba un zapato sujeto con cinta aislante. También a Heisler le encantaban los grandes gestos, como pagarle el billete de avión desde Chicago a la prometida de Tom para que pasara el fin de semana en Nueva York; en cambio, le dio apenas 12.500 dólares por la reconversión del Ioft, aproximadamente una octava parte de lo que le habría costado con cualquier contratista de Nueva York.
Imagen de John Singer Sargent

DEL CAMBIO CLIMATICO

El fin del fin del mundo, Jonathan Franzen (Granta 7)
Sin embargo, el panorama que presentó Adam fue aún más sombrío que el de Al Gore, porque el planeta se está calentando mucho más deprisa de lo que auguraban los más pesimistas hace diez años. Adam mencionó la reciente falta de nieve para el inicio de la carrera de trineos  Iditarod, el invierno tremendamente caluroso que estaban teniendo en Alaska y la posibilidad de que no hubiera hielo en el Polo Norte en el verano del2020. Señaló que, si hace diez años sólo se tenia constancia de que se estuviera reduciendo el ochenta y siete por ciento de los glaciares de la peninsula Antártica, ahora parece ser que es el cien por cien. No obstante, el dato más sombrío que ofreció fue que los climatólogos, al ser científicos, tienen que limitarse a hacer afirmaciones con un alto grado de probabilidad estadística. Cuando preparan previsiones sobre el clima y predicen el aumento de la temperatura del planeta, tienen que decantarse por una cifra conservadora alcanzada en más del noventa por ciento de todos los casos, y no por la temperatura alcanzada en la previsión media. Así, la climatóloga que predice con seguridad un calentamiento de cinco grados Celsius a finales de siglo podría decirte en privado, delante de unas cervezas, que en realidad cree que serán nueve.
Lo pasé a grados Fahrenheit (eran dieciséis) y senti mucha lástima por los pingüinos. Pero entonces, como suele suceder en las conversaciones sobre el cambio climático cuando se pasa de hablar. del diagnóstico a hablar de los remedios, el tono sombrío pasó al negro de la más negra de las comedias. Sentados en el salón de un barco que quemaba más de trece litros de combustible por minuto, escuchamos a Adam ensalzar las ventajas de comprar en mercados de productos locales y cambiar las bombillas incandescentes por otras de leda. También planteó que la educación universal para las mujeres reduciría la tasa de natalidad mundial y que desterrar las guerras de todo el planeta supondría ahorrar un dinero que bastaría para implantar las energías renovables en la economía internacional. A continuación dio paso a los ruegos y preguntas. Los escépticos no tenían ningún interés en debatir el tema, pero un hombre que sí creía en el cambio climático se levantó para decir que gestionaba muchas viviendas y que había observado que cuando tenía inquilinos que contaban con subsidios federales sus casas siempre estaban demasiado calientes en invierno y demasiado frías en verano, porque la factura no corria de su cuenta, y que una forma de combatir el cambio climático sería obligarlos a pagar. Al oirlo, una mujer contestó en voz baja:

-Yo creo que los megarricos malgastan muclúsimo más que los que viven a base de subsidios.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

La correcciones, Jonathan Franzen, p. 244
Una especie de Decálogo Personal, Las Diez Mejores Frases de Caroline, y solía utilizar esa recopilación para reforzar sus propias actitudes y añadirles sustancia:
l. No te pareces en nada a tu padre.
2. No tienes que pedir perdón por comprarte un BMW.
3. Tu padre abusa emocionalmente de tu madre.
4. Me gusta el sabor de tu semen.
S. El trabajo es la droga que echó a perder la vida de tu padre.
6. ¡Vamos a comprar las dos cosas!
7. Tu familia tiene una relación patológica con la comida.
8. Eres un hombre increíblemente guapo.
9. Denise está celosa de lo que tienes.
10. No hay absolutamente nada útil en el sufrimiento.

Llevaba años y años suscribiendo ese credo, se había sentido profundamente deudor de Caroline por cada una de las frases, y ahora empezaba a preguntarse qué era lo que había de cierto en ellas. Quizá nada.

SUEGROS

La correcciones, Jonathan Franzen, p. 242-243
-De verdad. Caroline. Van a vender la casa muy pronto y además quieren que les hagamos una última visita, antes de morirse, Caroline, antes que mueran mis padres.
-Siempre hemos estado de acuerdo en esa cuestión. Siempre hemos dicho que cmco personas que llevan una vida llena de ocupaciones no tienen por qué meterse en un avión, en plena temporada alta de vacaciones, para que dos personas sin nada que hacer en este mundo no tengan que desplazarse hasta aquí. Y con muchfsimo gusto los he ...
-Una leche, con muchísimo gusto.
-Hasta que, de pronto, ¡las reglas cambian!
-No los has tenido aquí con muchísimo gusto, para nada, Caroline. Hemos llegado a un punto en que ni siquiera les apetece estar aqui más de cuarenta y ocho horas.
-¡Será por culpa mía!
Dirigía sus gestos y sus expresiones faciales, de un modo un poco siniestro, al cielorraso.
-Lo que no te entra en la cabeza, Gary, es que ésta es una familia emocionalmente sana. Yo soy una madre llena de amor y llena de comprensión. Tengo tres hijos inteligentes, creativos y emocionalmente sanos. Si tú crees que hay un problema en esta casa, más vale que te eches un vistazo a ti mismo.
-Estoy haciendo una propuesta razonable -dijo Gary-, y tú me sales con que estoy  deprimido».
-0 sea que ni siquiera se te ha pasado por la cabeza.
-En cuanto saco a colación las Navidades, estoy deprimido.
-En serio, ¿me estás diciendo que ni siquiera se te ha pasado por la cabeza, en los seis últimos meses, la posibilidad de que tengas un problema clínico?
-Caroline, es una grave muestra de hostilidad decirle a otra persona que está loca.
-No, si esa persona tiene un problema clínico en potencia.
-Mi propuesta es que vayamos a St. Jude --dijo él-. Si te niegas a que hablemos del asunto como personas hechas y derechas, tomaré yo solo la decisión.
-¿Ah sí?Caroline emitió un sonido de desprecio. Puede que Jonah se vaya contigo. Pero a ver cómo convences a Aaron y a Caleb de que se metan en el avión. No tienes más que  preguntarles dónde quieren pasar las Navidades. Sólo tienes que preguntarles con qué equipo juegan.
-Pues estaba yo en la idea de que somos una familia -dijo Gary- y hacemos las cosas juntos,
-Eres tú quien está tomando decisiones unilaterales.
-Dime que éste no es un problema de los que liquidan un matrimonio.
-Eres tú quien ha cambiado.
-Porque no, Caroline, esto es, no, esto es ridículo. Hay muy buenas razones para que hagamos una excepción, por una vez, este año.

-Estás deprimido -dijo ella-, y quiero que vuelvas a mí. Estoy harta de vivir con un anciano deprimido.

VENTA DE LIBROS

Las correcciones, Jonathan Franzen, p. 126-127
Se quedó sin dinero un viernes de julio. Ante la perspectiva de un fin de semana con Julia, que podía costarle quince dólares en el bar de un cine) expurgó el marxismo de su librería y lo llevó todo junto, en dos pesadísimas bolsas, a la Strand. Los libros conservaban sus sobrecubiertas originales y sumaban un total de 3.900 dólares a precio de catálogo. Un librero de viejo de la Strand les echó un vistazo, sin mucho interés, y emitió su veredicto:
-Sesenta y cinco.
Chip se rió por lo bajo, en su deseo de no discutir; pero la edición británica de Razón y racionalización de la sociedad, de Jürgen Habermas, que no había logrado leer, y mucho menos anotar, estaba impecable y le había costado 95 libras. No se pudo privar de señalarle este extremo al comprador, a guisa de ejemplo.
--Pruebe en otro sitio, si le parece --dijo el librero, con la mano como si no hubiera sabido si posarse o no en la caja registradora.
--· No, no, tiene usted razón -dijo Chip-. Sesenta y cinco está muy bien.

Era patéticamente obvio su convencimiento previo de que esos libros iban a proporcionarle cientos de dólares. Se dio media vuelta, para no ver el reproche que babia en sus lomos, pero recordando muy bien que cada uno de ellos había significado, en la Iibrería, una promesa de crítica radical de la sociedad tardocapitalista, y con qué alegria se los había llevado a casa. Pero Jürgen Habermas no tenia las piernas largas y frescas, vegetales, de Julia; ni Theodor Adorno emanaba el aroma frutal de lujuria adaptable que desprendía Julia; ni Fred Jameson dominaba las mismas artimañas que la lengua de Julia. A principios de octubre, cuando envió el manuscrito final a Eden Procuro, Chip ya había vendido el feminismo, el formalismo, el estructuralismo, el postestructuralismo, la teoría freudiana y todos los homosexuales. Para sufragar el almuerzo con sus padres y Denise sólo le quedaban sus amados historiadores de la cultura y su edición critica Arden de las obras completas de Shakespeare en tapa dura; y dado que en Shakespeare habitaba una cierta magia -aquellos volúmenes, todo iguales, de color azul pálido, eran como un archipiélago de refugios en la tempestad-, metió sus Foucault y sus Greenblatt y sus books y sus Poovey en bolsas de supermercado y los vendió todos por 115 dólares.

ESTUDIOS CULTURALES

Las correcciones, Jonathan Franzen, p. 63-64
El reloj del aula señalaba las dos y media. Chip hizo una pausa, esperando que sonase el timbre y pusiera fin al semestre.
-Perdóneme --dijo Melissa.-, pero todo esto es una chorrada.
-¿A qué le llamas chorrada? -dijo Chip.
-Al curso entero -dijo ella--. Es una nueva chorrada cada siete días. Es un critico tras otro rasgándose las vestiduras por el estado de la critica. Ninguno explica exactamente dónde está el problema, pero todos saben sin duda alguna que lo hay. Todos saben que «sociedad anónima» es una expresión soez. Y si alguien se lo pasa bien o gana dinero, ¡qué asco, qué horror! Y es andar a vueltas constantemente con la muerte de tal cosa o tal otra. Y quienes se creen libres no son «verdaderamente» libres. Y quienes se creen felices no son  «verdaderamente» felices. Y ya no es posible ejercer una crítica radical de la sociedad, aunque nadie alcance a explicar con precisión qué es lo que tiene de malo la sociedad para que le resulte indispensable esa critica radical Es tan típico y tan perfecto que odie usted los anuncios -añadió, mientras el timbre, por fin, resonaba en todo Wroth Hall-. Aquí, las cosas están mejorando día a día para las mujeres, para las personas de color, para los gays y las lesbianas. Todo se integra cada vez mejor, todo se abre cada vez más. Y a usted todo lo que se le ocurre es salir con un estúpido e inconsistente problema de significante y significados. O sea, que el único modo que tiene usted de denigrar un anuncio muy positivo para las mujeres porque tiene que denigrado, porque tiene que haber algo malo en todo, consiste en afirmar que es malo ser rico y que es malísimo trabajar para una sociedad anónima, y sí, ya sé que ha sonado el timbre. Cerró su cuaderno de apuntes.

-Muy bien -dijo Chip-. Eso es todo. Habéis cumplido los requerimientos mínimos de Estudios Culturales. Os deseo a todos un buen verano.

INCIPIT 774. LAS CORRECCIONES / JONATHAN FRANZEN

Locura de un frente frío de la pradera otoñal, mientras va pasando. Se palpaba: algo terrible iba a ocurrir. El sol bajo, en el cielo: luminaria menor, estrella enfriándose. Ráfagas de desorden, sucesivas. Árboles inquietos, temperaturas en descenso, toda la religión nórdica de las cosas llegando a su fin. No hay aquí niños en los jardines. Largas las sombras en el césped espeso, virando al amarillo. Los robles rojos y los robles palustres y los robles blancos de los pantanos llovían bellotas sobre casas libres de hipoteca. Las ventanas a prueba de temporal se estremecían en los dormitorios vados. Y el zumbido y el hipo de un secador de ropa, la discordia nasal de un esparcidor de hierba, el proceso de maduración de unas manzanas lugareñas en una bolsa de papel, el olor de la gasolina con que Alfred Lambert había limpiado la brocha, tras su sesión matinal de pintura del sillón biplaza de mimbre.
Las tres de la tarde era hora de riesgos en estos barrios residenciales y gerontocráticos de St. Jude. Alfred se acababa de despertar en el sillón azul, de buen tamaño, en que llevaba  durmiendo desde después de comer. Ya había cumplido con su siesta, y las noticias locales no empezaban hasta las cinco. Dos horas vacías eran un criadero de infecciones. Se incorporó trabajosamente y se detuvo junto a la mesa de Ping-Pong, tratando de oír a Enid, sin lograrlo.

Resonaba por toda la casa un timbre de alarma que sólo Alfred y Enid eran capaces de ·oír directamente. Era el timbre de alarma de la ansiedad.

ENTROPIA

Pureza, Jonathan Franzen, 536
-En primer lugar -le dije--, el calor que usa la calefacción es el que sobra del motor. El consumo extra de gasolina es cero. Si hubieras conducido alguna vez, quizá lo sabrías. Para ser más exactos, conservar el calor en un entorno de frío nunca es eficiente.
-Eso es completamente falso.
-No, es cierto.
-Completamente falso. -Parecía ansioso por discutir--. Si estás calentando una casa, es mucho más eficiente mantener una temperatura de dieciséis grados toda la noche que subirla desde los cinco grados por la mañana. Mi padre siempre lo hacía en la dacha.
-Tu padre se equivocaba.
-;Era el principal economista de una nación grande e industrializada!
-Ya empiezo a entender mejor por qué la nación fracasó.
-Créeme, Tom. En esto te equivocas.

Daba la casualidad de que mi padre me había explicado la termodinámica de las calefacciones domésticas. Sin mencionarlo, advertí a Andreas que el índice de transferencia calórica es proporcional al diferencial de temperatura: cuanto más caliente está la casa, más profusamente se desangra al dispersar su calor en la noche fría. Andreas intentó rebatirlo con cálculos integrales, pero yo también recordaba esos fundamentos. Mantuvimos un forcejeo verbal mientras conducía. Aportó argumentos cada vez más esotéricos, negándose a aceptar que su padre no tenía razón. Cuando al final lo derroté, me di cuenta de que algo había   cambiado entre nosotros, como si la costura de nuestra amistad se hubiera reforzado. Parecía confundido y admirado a la vez. Hasta entonces, creo que no me había tenido en cuenta como posible adversario intelectual.

PORNOGRAFIA

Pureza, Jonathan Franzen, p. 434
Confiaba en que, por alguna razón, no hubiera visto la copia gastada de la revista Oui que yo había robado en la trastienda de una librería de segunda mano y que tenía escondida en el armario, pero después de cenar se presentó en mi habitación y me preguntó cómo creía yo que se sentían las mujeres que salían en las revistas pornográficas
-No lo había pensado -contesté, con sinceridad.
-Pues, a tu edad, sería mejor que empezaras a pensarlo.
Ese año, todo lo que hacía mi padre me repelía y avergonzaba Sus gafas de la serie “Mission Control”, su pelo engominado a base de petroquímica, su postura de pistolero. Me hacía pensar en un castor, con sus dientes protuberantes sin arreglar y su laboriosidad sin sentido. Construir otra presa, ¿por qué? Roer troncos, ¿por qué! Nadar moviendo las patitas delanteras con una amplia sonrisa en la cara, ¿por qué exactamente?
-El sexo es una gran bendición -dijo, con su voz profesoral-. Pero lo que ves en una revista pomo es la desgracia humana y la degradación. No sé de dónde has sacado esa revista, pero por el mero hecho de tenerla has participado materialmente en la degradación de otro ser humano. lmagínate cómo te sentirías si fuera Cynthia, o Ellen ...
-Vale, ya lo he captado.

-¿De verdad? ¿Entiendes que esas mujeres también son hermanas de alguien? ¿Hijas de alguien?

MYHYV

Pureza, Jonatham Franzen, p. 475
A propósito del váter, una cosita-me dijo un día, al prin-Siempre levanto el asiento -contesté.
-Ése es el problema.
-Yo creía que el problema eran los tíos que se creen capaces de apuntar para no salpicar el asiento.
-Doy gracias de que no seas uno de ésos. Pero queda una salpicadura.
-También seco el borde.
-No siempre .
-Vale, siempre se puede mejorar.
-Pero no es sólo el borde. Es la cara inferior del borde y las baldosas. Gotitas.
-También lo limpiaré.
-No puedes limpiarlo todo a fondo cada vez que vas al baño. Y no me gusta el olor de la orina seca.
-¡Soy un tío! ¿Qyé se supone que debo hacer?
-¿Sentarte? -sugirió con voz apocada.
Yo sabía que eso no estaba bien, no podía estar bien. Pero a ella le dolió mi silencio y optó por callarse también, pero de un modo más quejoso, con una mirada pétrea, y terminó por importarme más su dolor que mi razón. Le dije que tendría más cuidado, y que si no, empezaría a sentarme, pero ella se dio cuenta de que lo decía con resentimiento, de que me sometía de mala gana, y no podíamos vivir nuestra unión en paz si no estábamos  “Verdaderamente de acuerdo en todo”. Se puso a lloriquear y yo emprendí la larga búsqueda de la razón profunda de su tristeza.
-Yo tengo que sentarme a la fuerza -dijo al fin-. ¿Por qué no puedes sentarte tú? Cada vez que veo la salpicadura no puedo evitar pensar que ser mujer es una injusticia. Tú no sabes lo  injusto que es eso, no tienes ni idea, ni idea.

Se puso a llorar torrencialmente. Mi única posibilidad de detener aquel llanto pasaba por convertirme, ahí mismo, en aquel preciso instante, en una persona capaz de experimentar con la misma intensidad que ella la injusticia de no poder mear de pie. 

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