Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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DAVID Y ANDY


David Bowie: Vidas, p. 134

Los llevé a The Factory para que conocieran a Andy. Fue interesante. Uno de los principales motivos para la visita fue que Tony Defries quería conocer a Paul Morrisey, pues quería ofrecerse para llevar la representaci6n de Factory Films en Europa. Pensaba que podría solucionar todos sus problemas. Estaba Andy Warhol; estaba yo, que interpreté a Andy en su propia obra; estaba Allen Midgette, el tipo que hacía de Andy en el circuito universitario cada vez que Andy enviaba un doble porque no le apetecía personarse él mismo; y por último estaba David Bowie, que acabaría interpretando a Warhol en la película  Basquiat. No fue un encuentro atroz, pero tampoco fue bueno. La reunión fue tirando a tensa, porque Warhol no era un gran conversador, como tampoco lo era David. Fue incómodo. Nadie sabía muy bien qué decir ni cómo animar aquello. Se estuvieron tanteando un rato y entonces David le regaló una copia de Hunky Dory y le puso ''Andy Warhol", que a Andy le pareció horrible. Lo que no contribuyó a que el ambiente mejorase. Aquella misma semana conoció también a Lou Reed e Iggy Pop.


WARHOL


Truman Capote, George Plimpton, p. 493

ANDREAS BROWN. Cuando Andy Warhol vino a Nueva York, en el verano del 49, era extraordinariamente ambicioso. Quería triunfar, de verdad. Y qué mejor maestro que Capote, que en aquel entonces estaba empezando a destacar como personaje influyente en la sociedad: era la persona que sabía cómo manipular la escena neoyorquina. Andy era lo suficientemente inteligente para comprenderlo; y se dijo: «Dios, si pudiera seguir las huellas de ese tío ... Si pudiera sentarme a sus pies y aprender, me ahorraría muchos años de esfuerzo antes de llegar a la cima». Así que Andy empezó a buscarse su favor. Le escribía casi todos los l días, lo llamaba por teléfono, lo esperaba a la puerta de su apartamento ... Hasta el punto de que la madre de Truman le dijo al final: «Por favor, deja de venir aquí y deja de perseguir a mi hijo». Al principio, Capote pensaba que Andy era simplemente otro pirado, y procuraba evitarlo. Al final se encontraron y, cuando Andy empezó a adquirir una fama y notoriedad muy firmes, Capote lo adoptó como otro miembro destacado de la jet set. Desde luego, al final acabaron ayudándose mutuamente en sus respectivos ámbitos. Ambos eran consumados genios a la hora de manipular a la sociedad. Brillantes en eso, absolutamente brillantes.


Andy Warhol


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p.67

Casi todas las mañanas Andy Warhol llamaba por teléfono a su ex secretaria, Pat Hackett, y le explicaba, deshilvanadamente, lo que había hecho el día anterior. Ella, según explica, tomó «notas extensas» y las mecanografió «mientras los ecos de la voz de Andy seguían frescos en ¡ni mente». Así que es eso lo que reseñamos aquí: ochocientas páginas -medio millón de palabras de ecos de la voz de Andy.

Pero la cosa resulta efectiva, hasta cierto punto. “Peter Boyle y su nueva, creo, esposa estaban allí.» «La princesa Marina de, supongo, Grecia vino a comer.» «Nell se desnudó, más o menos.» «Raymond [ está] allí posando para David Hockney. Raymond coge el avión para ir a posar.» La edición de la señora Hackett da la sensación de ser afectuosa y escrupulosa, y acierta al no tratar de proteger a Andy. Al cabo de un rato, uno comienza a confiar en esa voz, la de Andy, aquel murmullo vacilante, aquel cascado farfullar. La fuente de inspiración de los Diarios es lo trivial; y es que en la vida cotidiana de esta humanidad cada vez más longeva los que son alguien y los don nadie acaban confundiéndose.

Por otra parte, en el libro cabe todo el mundo; o, al menos, todos aquellos que son alguien. «Fuimos a Studio 54, y allí estaban todos.» «A veces vas a sitios en los que no hay nadie importante.» «Todos eran alguien [ ... ] todo el mundo vino después de los premios. Faye Dunaway y Raquel Welch y todos los demás.» Pero ¿quiénes son todos? O ¿quiénes son todos los demás? Pues Loulou de la Falaise y Monique Van Vooren [...] Andy también iba a todas partes, tanto si se trataba de lugares importantes como si no. Fue a la inauguración de una escalera mecánica en Bergdorf Goodman, a Regine's para el  cumpleaños de Julio Iglesias, a la apertura de una tienda de helados en Palm Beach, a Tavern on the Green para un «rollo» ( término que utiliza mucho) en el que anunciaría que Don King iba a ser el nuevo manager de The Jacksons, al Waldorf Astoria para la fiesta de la muñeca Barbie, a un lugar innominado para ser jurado en un concurso de imitadoras de Madonna y otro lugar innominado para serlo en un concurso de senos desnudos.


WARHOL 1983


Madrid 1983, Arturo Lezcano, p. 392

2. Pasar página

Se vendió como la gran victoria de la modernidad madrileña, aunque aquellos nueve dias no merecieron ni una letra en sus diarios. Lo compararon con Míster Marshall, pero más bien se podría comparar con la secuencia de Atraco a las 3 en la que José Luis López Vázquez -«Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo»-le hace la rosca a una vedete famosa a la que atiende en su oficina bancaria. Algo así pasó con Andy Warhol en su visita a Madrid en enero de 1983, un paseo delirante de nueve días en el que se mezcló todo el caldo que se cocía en aquella sociedad y donde se veían «ríos de baba” alrededor del artista estadounidense, en palabras de una asistente a aquel periplo. Es, también, un momento significativo, en el que aquel grupito de amigos que intercambiaban maquetas y fanzines en el Rastro ya se codean en la alfombra roja con la beautiful people madrileña. O tal vez, como ha defendido Alaska, lo extemporáneo eran los otros, porque Warhol era un artista que solo interesaba, decía, a cuatro músicos y artistas de la movida. Pero aparecía entre flashazos y cócteles con una mezcla brutal alrededor: Pirita Ridruejo -que lo entrevistó para Tiempo-, Isabel Preysler, Ana Obregón o Ágatha Ruiz de la Prada. Pero también la pintora surrealista Maruja Mallo (que, según cuentan, le dijo cuando se lo presentaron a modo de saludo: “Dólar, Coca-Cola, mierda”). O el fotógrafo Alberto Schommer. O Luis Escobar, marqués de las Marismas y exponente del berlanguismo.


ANDY WARHOL


Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza, p. 178

- Andy Warhol fue el último artista que habló el lenguaje de su clase. Me refiero a su clase social. Andy era el representante de la clase media y su portavoz en el campo de la expresión plástica. Su imaginario no era el de los intelectuales ni el de los visionarios, sino el de la clase media. Andy era un hombre modesto. Se rodeó de tipos exuberantes, pero él era de una modestia provinciana. En el Studio 54 seguía siendo un monje de clausura. Como artista pertenecía a un modelo que empezó en el Renacimiento y acabó hace unos meses, cuando enterramos a Andy en el cementerio de su pueblo. Entre los retratos de Marilyn, de Elizabeth Taylor o de Mao y los frescos de Pi ero della Francesca hay diferencias técnicas, pero unos y otros responden a una misma razón. Todos los que he citado antes, los Rothkos, los Rauschenberg, pintan su visión de la realidad, su universo interior, son profetas. Andy pintó lo que había visto en la cocina de su madre y se quedó tan ancho. Detergentes, sopa enlatada y portadas de revista dominical. El mundo lo celebró como si hubieran aterrizado los marcianos en Times Square. Él se cuidó mucho de deshacer el malentendido. Usted me ha preguntado si soy pesimista. No lo sé. No sé lo que vendrá ahora. Eso lo decidirán el mercado y las  tendencias ...


USA


¿Porqué escribir? Philp Roth, p. 470
Estoy de acuerdo en que ha sido una buena época para la novela en Estados Unidos, pero no sé decir por qué. Tal vez la explicación sea la ausencia de ciertas cosas. La indiferencia, sino el desprecio, del novelista estadounidense por la teoría “crítica”. Una escritura no contaminada por la propaganda política ... o incluso por la responsabilidad política. La ausencia de una «escuela” de escritura. En un lugar tan enorme no hay un solo centro geográfico en el que se origine la escritura. Ninguna población homogénea, ninguna unidad nacional básica, ningún carácter nacional único, una calma social totalmente desconocida, incluso la torpeza generalizada a propósito de la literatura, la incapacidad de la mayoría de los ciudadanos para leerla siquiera con un mínimo de comprensión, confieren cierta libertad. Resulta embriagador que en realidad los escritores les traigan sin cuidado a nueve décimas partes de la población.
Hay muy poca sinceridad, antagonismo por todas partes, en gran parte calculado para desagradar, enormes hipocresías, pasiones feroces e incontenidas, crueldad vulgar que se puede ver solo con apretar el mando a distancia, armas explosivas en manos de tipos que dan escalofríos, la lúgubre tabulación de hechos violentos indescriptibles, el incesante pillaje de la biosfera para obtener beneficios, una vigilancia excesiva que no va sino a ir a peor, grandes concentraciones de riqueza dedicadas a financiar a malvados antidemócratas, analfabetos científicos que siguen celebrando el juicio Scopes ochenta y nueve años después,   desigualdades económicas tan grandes como el Ritz, un endeudamiento masivo, familias que no saben hasta qué punto pueden empeorar las cosas, el dinero que se saca de todo -ese frenesí- y (algo nada nuevo) un gobierno antipopular que no está basado en la democracia representativa sino en los grandes intereses financieros, la vieja plutocracia estadounidense peor que nunca.
Hay trescientos millones de personas en un continente de cuatro mil ochocientos kilómetros de anchura que se las arreglan como pueden con sus problemas inagotables. Estamos presenciando una nueva y benéfica mezcla de razas a una escala desconocida desde la perversión de la esclavitud. Podríamos seguir y seguir. Es difícil no sentirse cerca de la existencia aquí. Este no es un rincón tranquilo del mundo.

DINERO

Trilogía de la guerra, Fernández Mallo, p. 270
Rebusqué con la mano derecha dentro de la bolsa de deporte, medio abierta en el asiento del copiloto, y comprobé que tenía casi cinco mil dólares en billetes mezclados, suficiente para aquel trayecto y unos meses. Palpé el fajo con precisión y placer, si en algo se demuestra que América es una verdadera democracia es en que todos sus billetes tienen el mismo tamaño. Un indigente saca un dólar para comprar un bote de sopa, y a simple vista podría ser el mismo billete de cien dólares con que Hillary Clinton paga un dry martini a su amante en el Hotel Plaza. Ello imprime carácter, pero sobre todo seguridad, a nuestra democracia. Guardé un fajo en el bolsillo delantero del pantalón de tergal marrón. Llevaba puestos unos tenis Nike de jogging y una camisa de cuadros de leñador a la que con unas tijeras le había cortado las mangas a la altura de los hombros. El motivo de haber cercenado esas mangas es simple, pero creo que merece ser contado.

WIKIPEDIA

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