Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Margaret. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Margaret. Mostrar todas las entradas

ECFRASIS

El cuento de la maestra, Margaret Atwood, p. 327
Está vestida con un absurdo conjunto negro de lo que alguna vez fue raso brillante y ahora es una tela desgastada. No lleva tirantes y en el interior tiene un alambre que le levanta los pechos, pero a Moira no le sienta bien; es demasiado grande, lo que hace que un pecho le quede erguido y el otro no. Ella tironea distraídamente de la parte superior, para levantarlo. Lleva una bola de algodón en la espalda, la veo cuando se pone de perfil; parece una compresa higiénica que hubiera reventado como una palomita de maíz. Me doy cuenta de que pretende ser un rabo. Atadas a la cabeza lleva dos orejas, no logro distinguir si de conejo o de ciervo; una ha perdido su rigidez, o el armazón de alambre, y está medio caída. Lleva una pajarita en el cuello, medias negras de tul y zapatos negros de tacón alto. Siempre ha odiado los tacones altos. Todo el traje, antiguo y estrafalario, me recuerda algo del pasado, pero no atino a saber el qué. ¿Una obra de teatro, una comedia musical? Las chicas vestidas para Semana Santa, con trajes de conejo. ¿Qué significado tiene eso en este lugar, por qué se supone que los conejos son sexualmente atractivos para los hombres? ¿Cómo puede resultar atractivo un traje tan penoso?

Moira está fumando un cigarrillo. Da una calada y se lo pasa a la mujer de su izquierda, que lleva cuernos plateados y un vestido de lentejuelas rojas con una larga cola terminada en punta: va disfrazada de diablo. 

LOS HOMBRES MIRAN MUCHO AL CIELO

El cuento de la criada, Margaret Atwood, p. 175
Mientras lo decía, adelantaba la barbilla. La recuerdo así, con la barbilla prominente y una copa delante de ella, en la mesa de la cocina; no tan joven, seria y bonita como aparecía en la película, pero fuerte, valiente, la clase de anciana que no permitiría que alguien se colara delante de ella en la cola del supermercado. Le gustaba venir a mi casa a tomar un trago mientras Luke y yo preparábamos la cena, y contarnos lo que funcionaba mal en su vida, que siempre se convertía en lo que funcionaba mal en la nuestra. En aquel tiempo tenía el pelo canoso, por supuesto. Jamás se lo habría teñido. ¿Por qué aparentar?, decía. De todos modos, para qué lo quiero, no quiero a ningún hombre a mi lado, no sirven para nada, excepto por los diez segundos que emplean en hacer medio bebé. Un hombre es, sencillamente, el  instrumento de una mujer para hacer otras mujeres. No digo que tu padre no fuera un buen chico y todo eso, pero no estaba preparado para la paternidad: Y no es que yo pretendiera eso de él. Haz tu trabajo y luego esfúmate, le dije, yo tengo un sueldo decente y puedo ocuparme de ella. De modo que se fue a la costa y me enviaba postales por Navidad. Tenía unos hermosos ojos azules. Pero a todos les falta algo, incluso a  los guapos. Es como si siempre estuvieran distraídos, como si no lograsen recordar exactamente quiénes son. Miran mucho al cielo. Y pierden el contacto con la realidad. No tienen ni punto de comparación con las mujeres, salvo que son mejores arreglando coches y jugando al fútbol, que es justamente lo que necesitamos para el progreso de la raza humana, ¿verdad?

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia