Siempre es difícil juzgar a un
escritor contemporáneo : carecemos de perspectiva. Y aún es más difícil juzgarlo
si pertenece a su civilización que no es la nuestra y con lo cual entran en
juego el atractivo del exotismo y la desconfianza ante el exotismo. Esas
posibilidades de equívoco aumentan cuando, como ocurre con Yukio Mishima, el
escritor ha absorbido ávidamente los elementos de su propia cultura y los de
Occidente; y, en consecuencia, lo que para nosotros es normal y lo que para
nosotros es extraño se mezclan en cada obra en unas proporciones diferentes y con
unos efectos y unos aciertos muy diversos. No obstante, es esa mezcla lo que
hace de él, en muchas de sus obras, un auténtico representante de un Japón
también violentamente occidentalizado, pero marcado a pesar de todo por algunas
características inmutables. En el caso de Mishima, la forma en que las
partículas tradicionalmente japonesas han ascendido a la superficie y han
estallado con su muerte, le convierte, en cambio, en el testigo y, en el
sentido etimológico del término, en el mártir del Japón heroico
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MISHIMA
Mishima, M. Yourcenar, p. 140
Y ahora, reservada para el final,
la última imagen y la más traumatizante; tan impresionante que ha sido
reproducida muy pocas veces. Dos cabezas sobre la alfombra, probablemente acrílica,
del despacho del general, colocadas la una junto a la otra, casi tocándose, como
dos bolos. Dos cabezas, dos bolas
inertes, dos cerebros que ya no irriga la sangre, dos ordenadores detenidos en
su tarea, que ya no seleccionan, que ya no descifran el perpetuo flujo de
imágenes, de impresiones, de incitaciones y de respuestas que pasan cada día por
millones a través de un ser, para formar todas juntas lo que se llama la vida
del espíritu, e incluso la de los sentidos, y que motivan y dirigen los
movimientos del resto del cuerpo. Dos cabezas cortadas, idas a otros mundos
donde reina otra ley, que producen, cuando se las contempla, más estupor que
espanto. En su presencia, los juicios de valor morales, políticos o estéticos
son, momentáneamente al menos, reducidos al silencio. La noción que se impone
es más desconcertante y más sencilla: entre las miríadas de cosas que existen y
que han existido, esas dos cabezas han existido; existen. Lo que llena sus ojos
sin mirada ya no es la bandera desplegada de las protestas políticas, ni
ninguna otra imagen intelectual o carnal, ni siquiera el Vacío que Honda había
contemplado y que de pronto sólo parece un concepto o un símbolo que continúa
siendo, en resumidas cuentas, demasiado humano. Dos objetos, restos ya casi inorgánicos
de estructuras destruidas y que luego,
una vez pasados por el fuego, sólo serán residuos minerales y cenizas; ni
siquiera temas de meditación, porque nos faltan datos para meditar sobre ellos.
Dos restos de un naufragio, arrastrados por el Río de la Acción, que la inmensa
ola ha dejado por un momento en seco, sobre la arena, para volver a llevárselos
después.
MORITA
Mishima, M. Yourcenar, p. 136
“Nuestros valores fundamentales
como japoneses están amenazados ... El Emperador ya no ocupa en el Japón el
lugar que le corresponde ...”
Las injurias, las palabras
malsonantes, ascienden hacia él. Las últimas fotografías le muestran con el
puño crispado y la boca abierta, con esa fealdad especial del hombre que grita o que aúlla, un juego fisionómico que denota
ante todo un esfuerzo desesperado para hacerse oír, pero que recuerda
penosamente las imágenes de los dictadores y de los demagogos,sean del lado que
sean, que desde hace medio siglo han envenenado nuestra vida. Uno de los ruidos
del mundo moderno se agrega en seguida a los abucheos : un helicóptero que han
solicitado da vueltas por encima del patio, llenándolo todo con el estruendo de
sus hélices.
De otro salto, Mishima vuelve al
balcón, abre de nuevo la puerta-ventana, seguido por
Morita, que lleva una bandera
desplegada con las mismas peticiones y protestas, se sienta en el suelo, a un
metro del general, y ejecuta punto por punto, con un perfecto dominio, los
mismos movimientos que le vimos hacer en el papel del teniente Takeyama. El
atroz dolor, ¿fue el que él había previsto y en el que trató de instruirse
cuando fingió la muerte? Había pedido a Morita que no le dejase sufrir mucho
tiempo. El muchacho abate su sable, pero las lágrimas le empañan los ojos y sus
manos tiemblan. Sólo consigue infligir al agonizante dos o tres horribles
cuchilladas en la nuca y en el hombro. «¡Dame!» FuruKoga empuña diestramente el
sable y, de un solo golpe, hace lo que había que hacer. Mientras tanto Morita
se ha sentado en el suelo a su vez y toma la daga que estaba en la mano de
Mishima. Pero le fallan las fuerzas y sólo se hace un profundo arañazo. El caso
está previsto en el código samurai : el suicida demasiado joven o demasiado
viejo, demasiado débil o demasiado fuera de sí para hacer bien el corte, debe
ser decapitado. «¡Adelante!» Es lo que hace Furu-Koga.
SEPPUKU
Mishima, Yourcenar, p. 142
Todo está a punto. El seppuku
será el 25 de noviembre de 1970, día en que el último volumen de la tetralogía
es remitido al editor. Aunque esté sumergido en la acción, Mishima regula todavía
su vida con sus obligaciones de escritor: se jacta de no haber dejado nunca de
enviar un manuscrito en la fecha fijada. Todo está previsto, incluso –suprema cortesía
para los asistentes, o supremo deseo de conservar hasta el final la dignidad
del cuerpo- los tampones de guata que servirán para impedir que se salgan las
entrañas durante las convulsiones de la agonía. Mishima, que cena en un
restaurante el 24 de noviembre con sus cuatro fieles, se retira para trabajar como
todas las noches, acaba su manuscrito o le da los últimos retoques, lo firma y lo
mete en un sobre que vendrá a buscar, a la mañana siguiente, un empleado del
editor. Cuando apunta el día, toma una ducha, se afeita meticulosamente y se
pone su uniforme del Escudo sobre un slip de algodón blanco y sobre la piel
desnuda. Unos gestos cotidianos, pero que ya tienen la solemnidad de lo que
nunca se volverá a hacer. Antes de salir de su despacho, deja sobre la mesa un
trozo de papel: «La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre». La frase es
característica de todos los seres lo bastante ardientes para ser insaciables.
Pensando bien en ello, no hay contradicción entre el hecho de que esas palabras
hayan sido escritas al amanecer y el hecho de que el hombre que las ha escrito
esté muerto antes de que termine la mañana.
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