Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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JUVENTUD RDA


La nieta, Bernard Schlink, p. 24

La última carpeta contenía un texto más largo, escrito a máquina, sin especificar el autor o la autora, pero que probablemente era de Birgit. «En sus cuarenta años de existencia, la RDA encerró en centros a ciento veinte mil jóvenes. En centros especiales, centros de trabajo para jóvenes, campos de educación y de trabajo, albergues transitorios. Cuando ingresaban los sometían a un registro corporal, les inspeccionaban los orificios, les cortaban el pelo. Al recién llegado primero lo encerraban en una celda individual: un taburete, un catre, un cubo. Después pasaba a una celda común: el recalcitrante se veía entre brutos, a los agitadores políticos o culturales los ponían con los criminales, las víctimas de actos de violencia acababan con los culpables de actos de violencia, y las víctimas de violencia sexual, con los delincuentes sexuales. Volvían al punto en que los habían destrozado. Los demás los destrozaban porque eran diferentes, porque podían destrozarlos, porque estaban destrozados. Si alguien no hacía bien la cama o si ponía mal el cepillo de dientes en el vaso, si hablaba cuando debía callar o si callaba cuando debía decir algo, la dirección castigaba a todo el grupo, y todo el grupo lo castigaba a él. Más de uno intentaba huir. Si la fuga fracasaba, se empeñaban en luchar. Si eso también fracasaba, se entumecían. Se helaban. El deshielo no se producía ni siquiera cuando los soltaban. Amnesia, claustrofobia, agorafobia, sufrimiento psíquico y físico, los hombres se volvían impotentes y las mujeres frígidas o tenían abortos espontáneos. Se volvían alcohólicos. A los jóvenes los educaban y los destrozaban así en los centros de la RDA, del mismo modo en que se los educaba y destrozaba en los centros alemanes antes de 1945, e incluso después de 1945, durante mucho tiempo ... » El texto seguía en ese tono: primero, una descripción general; después, párrafos detallados sobre los distintos centros y sus maneras de tratar y abusar. Ya fuese ese texto una copia o el resultado de lecturas del material de la primera carpeta, para uso personal o para su publicación, no era lo que buscaba.


PASOLINI


Pasolini, Miguel Dalmau, p. 432

Al final este fenómeno de homogeneización ha destruido los pueblos a cambio de un bienestar frágil y dudoso. El verdadero fascismo, por tanto, es este poder de la cultura del consumo que está destruyendo la tierra de nuestros mayores. Dice Pasolini:

“El proceso ha ocurrido tan rápidamente que no nos hemos dado cuenta. Sucedió en estos últimos diez, veinte años ... Ha sido una especie de pesadilla en la que hemos visto cómo Italia desaparecía. Ahora, acaso, al despertarnos de esta pesadilla y mirando alrededor, nos demos  cuenta de que ya no hay nada que hacer.”

La falta de esperanza no solo obedece a este escenario, sino al hecho de que las personas que podrían obrar el milagro ya han sido abducidas por el sistema desde la cuna. Cuando Pasolini se lamentaba de la pérdida de los antiguos ritos, se refería también al hecho de que los niños de hoy ya nacen consumidores. No hay una iniciación a la sociedad de consumo: no hace ninguna falta. Los jóvenes tienen la misma autoridad como consumidores que los ancianos. O más. Por tanto ya no es necesario que los jóvenes sean personas educadas, decentes y con valores humanos. Basta con que sean buenos consumidores, alimentando la rueda que permite la producción tan necesaria para el sistema. Ello explicaría la grave crisis pedagógica, por ejemplo, la perversión de la escala de valores, la incultura, la superficialidad, la falta de verdadero compromiso político de la masa juvenil, etcétera. Para el Nuevo Poder ya no es preciso que un individuo se convierta en ciudadano libre. Al contrario, cuanto más esclava e inculta sea la persona, más cerca estará del consumidor ideal. Esta nueva realidad se convierte en la base de la obsesión del profeta. Pasolini dice en una entrevista televisiva:

“Detesto todo lo que se refiere al «consumo», lo odio en el sentido físico del término ... Tengo conciencia de participar en el usufructo de esta sociedad que produce bienes de consumo. Pero lo esencial es que yo compruebo ese asco en mí mismo. La antipatía que percibo en mi fuero personal es tan insoportable que ya no consigo fijar mi mirada más de unos instantes en una pantalla de televisión. Es una cosa física, me da náuseas. Toda la cultura de consumo me resulta insoportable.”


NOOOOOOOO


Qwertyuiop, Sánchez Ferlosio, p. 223
En su visita a Santiago de Chile, en tiempos, todavía, de Pinochet cuenta Ariel Dorfinan--, también hizo una gran convocatoria para un auditorio específico; esta vez fueron los jóvenes y adolescentes. En un momento de la alocución, el papa, elevando el nivel de decibelios, les hizo tres preguntas. La primera: “¿Renunciáis a los demonios de la avaricia?”, era perfectamente vana, porque él tenía que saber sobradamente que aquellos jóvenes y adolescentes estaban todavía tan alejados, por la edad, de la tentación y aun de la mera posibilidad de enriquecerse, que la avaricia les era cosa totalmente ajena e indiferente. Algo más clamoroso fue el “sí” a la segunda pregunta: «¿Renunciáis a los demonios de la violencia?”, porque con ser, respecto de ellos, casi igualmente ociosa y prescindible, tenía un sentido más cercano y más pregnante. Pero Juan Pablo II, anticipando esas dos preguntas tan gratuitas, sin interés para él ni para el auditorio, por la obligada y previsible obviedad de la respuesta, se había estado preparando,  mediante la secuencia de dos “síes” garantizados, una especie de pendiente o tobogán que hiciese precipitar, como un automatismo, el que realmente le importaba: «¿Renunciáis a los demonios del sexo?”, preguntó, pero he aquí que de pronto la escopeta le hizo chapi; sorprendentemente, los muchachos tuvieron la rapidez de reflejos suficiente para no dejarse coger desprevenidos por la innoble trampa que les había tendido el papa, y en lugar del tercer “SÍ”, que venía ya rondando cuesta abajo acelerado por la inercia de los dos primeros, contestaron, “sin la menor vacilación”, dice Ariel Dorfinan, “Nooo!”. Esto fue en abril de 1987, en el Estadio Nacional de Santiago, donde había juntado un auditorio de cien mil muchachos.

TDA

Extinción, DF Wallace, p. 122
Porque es cierto que las ocurrencias más nítidas y perdurables de nuestras vidas son a menudo aquellas que tienen lugar en la periferia de nuestra conciencia. El significado de esto en relación con la historia de cómo aquellos de nosotros que no huimos de la clase de Educación Cívica presas del pánico llegamos a ser conocidos como “Los Cuatro Rehenes Inconscientes» es bastante obvio. En los test puede observarse que muchos escolares etiquetados como hiperactivos o aquejados de déficit de atención no es que sean incapaces de prestar atención sino que tienen dificultades para ejercer el control o tomar decisiones sobre a qué le prestan atención. Y sin embargo, lo mismo sucede en la vida: a medida que nos hacemos mayores, mucha gente percibe un cambio en los objetos de sus recuerdos. A menudo podemos recordar los detalles y las asociaciones subjetivas con mayor claridad que los acontecimientos en sí. Esto explica el sentimiento frecuente de “tener algo en la punta de la lengua” cuando uno intenta transmitir lo que es importante de algún recuerdo u ocurrencia. De forma similar, eso mismo es a menudo lo que complica tanto la comunicación trascendente con los demás cuando uno es mayor. A menudo los elementos sentidos y recordados con mayor nitidez a los demás les parecerán en el mejor de los casos tangenciales: el olor de los shorts de cuero de Velan cuando corría por el pasillo, o el dobladillo meticuloso en la parte superior de la bolsa para el almuerzo marrón de mi padre, por ejemplo, o incluso el retablo periférico de la pequeña Ruth Simmons mirando a ciegas hacia arriba mientras un círculo de niños y niñas de su edad la castigaba por la estatuilla platónica, y -al lado del mismo en la ventana pero en otra parte de la narración- en los bosques junto a la entrada pata coches de la finca del fabricante rico, la escena del señor Simmons, su padre, que aparecía y desaparecía dando tumbos de la escena mientras se agarrraba el muñón de su mano cortada, gimiendo y pidiendo ayuda mientras corría con su traje de color chillón para la nieve, y chocando todo el tiempo ciegamente contra los árboles del bosque

A LOS 16 AÑOS

Bailar en la loscuridad, KO Knausgard, p. 180
Ah, esas luces atenuadas de los autobuses por las noches y los sonidos sordos. Los pocos pasajeros sentados, inmersos en su propio mundo. El paisaje que pasa deslizándose por la oscuridad de fuera. El zumbido del motor. Allí sentado, pensando en lo mejor que uno tiene, en lo más querido, deseando sólo estar allí, como fuera del mundo, de camino de un lugar a otro, ¿no es entonces cuando uno está por fin presente en él? ¿No es entonces cuando uno por fin está de lleno en el mundo?

Ah, ésta es la canción del joven que amaba a la joven. ¿Tiene derecho a usar una palabra como «amar»? Él no sabe nada de la vida, no sabe nada de ella, no sabe nada de sí mismo. Lo único que sabe es que jamás ha sentido algo con tanta fuerza y tanta claridad. Todo duele, pero no hay nada tan bueno como eso. Ah, ésta es la canción sobre tener dieciséis años y estar sentado en un autobús pensando en ella, la única, sin saber que esos sentimientos se irán atenuando poco a poco, apagando, que la vida, que ahora es tan grande y formidable, será inexorablemente cada vez más pequeña, hasta hacerse de una magnitud manejable, algo que no duele tanto, pero que tampoco es tan bueno.

UNIVERSITARIO EN USA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 51-52
En Washington D.C., asistí a un seminario llamado «El aula norteamericana». Habían seleccionado a dos estudiantes de cada estado para participar y nos llevaron a pasar una semana en Washington. Los alumnos de último curso de mi instituto tuvimos que escribir una redacción sobre algún aspecto del gobierno o la política. Quise asegurarme de que no me eligieran y escribí una redacción que me pareció muy floja y tonta en la que argumentaba que las mujeres eran mejores dirigentes de gobierno que los hombres, porque ellas parecen más capacitadas para pensar en los demás, mientras que los hombres, por lo menos los que buscan el poder, solo parecen capaces de pensar en sí mismos: su riqueza, su poder, el tamaño de su polla. La cuestión es que, aunque creo de veras que era una redacción estúpida, me seleccionaron. No quería ir, pues, aunque decían que el programa dependía de los dos partidos políticos, lo dirigía la Asociación Nacional del Rifle o las Hijas de la Revolución Norteamericana o alguna organización por el estilo, y sabía que iba a ser espantoso. Soy anarquista, detesto la política. Detesto la política y la religión: también soy ateo. Si no fuese tan trágico, me resultaría gracioso que la religión sea considerada una fuerza beneficiosa capaz de lograr que la gente sea moral, caritativa y amable. La mayor parte de los conflictos del mundo, pasados y presentes, se deben a la intolerancia religiosa. Podría hablar largo y tendido sobre todo ello, porque es terrible, sobre todo con sucesos como los del 11 de septiembre, pero no quiero hacerlo. La cuestión es que no quería ir al seminario sobre “El aula norteamericana”, sabía que iba a ser una pesadilla, pero me dijeron que debía ir. Eso sucedió justo cuando presentaba mi solicitud de ingreso a diferentes universidades y ser seleccionado para aquel seminario parecía ser un factor decisivo para ser admitido en Harvard y Yale, pero no fue así.

ADOLESCENCIA

De Ve y pon un centinela de Harper Lee, p. 130-131
Con el transcurso del año, comenzó a sentarse cada vez con más frecuencia con las chicas bajo el árbol durante el recreo. Se sentaba en medio del grupo, resignada a su suerte, pero  observaba a los chicos jugar sus partidos de temporada en el patio de la escuela. Una mañana que llegó tarde, vio que las chicas se estaban riendo con más misterio del habitual y exigió saber el motivo.
-Es Francine Owen -dijo una de ellas.
-¿Francine Owen? Ha fa1tado un par de días -observó Jean Louise.
-¿Sabes por qué? -preguntó Ada Belle.
-No.
-Es su hermana. Los servicios sociales se han hecho cargo de las dos. Jean Louise dio un codazo a Ada Belle, que le dejó sitio en el banco.
-¿Y qué le pasa?
-Que está embarazada, ¿y sabes quién ha sido? Su padre.
-¿Qué es estar embarazada? -preguntó Jean Louise.
Se oyó un gruñido en el corro de chicas.
-Va a tener un bebé, boba -dijo una de ellas.
Jean Louise asimiló la información y preguntó:
-Pero, ¿qué tiene su padre que ver con eso?
Ada Belle dio un suspiro.
-Que es el papá.
Jean Louise se rio.
-Vamos, Ada Belle ...
-Es cierto, Jean Louise. Me apuesto algo a que, si Francine no está embarazada, es porque todavía no ha empezado.
-¿Empezado a qué?
-A menstruar --contestó Ada Belle con tono impaciente-.
Apuesto a que lo ha hecho con las dos.
-¿El qué? -Jean Louise estaba ya totalmente perpleja.
A las chicas les dio un ataque de risa.
-No sabes nada, Jean Louise Finch -dijo Ada Belle-. Lo primero es que . .. que ... y, luego, si lo haces después .. . después de empezar, entonces tienes un bebé, seguro.
-¿Hacer qué, Ada Belle?
Ada Belle miró al corrillo y guiñó un ojo. -Bueno, lo primero que hace falta es un chico. Luego él te abraza fuerte, respira con mucha fuerza y entonces te da un beso a la francesa. Eso es cuando te besa, abre la boca y te mete la lengua ...
Un pitido en los oídos impidió a Jean Louise escuchar el resto del relato de Ada Belle. Sintió que la sangre abandonaba su cara. Le sudaban las palmas de las manos e intentó tragar saliva. No iba a irse. Si se iba, las demás se darían cuenta. Se puso de pie y trató de sonreír, pero  sintió que le temblaban los labios. Cerró la boca con fuerza y apretó los dientes.
- . .. y eso es todo. ¿Qué pasa, Jean Louise? Estás blanca como un fantasma. No te habré asustado, ¿verdad? -Ada Belle mostró una sonrisa de superioridad.

-No -respondió--. Es que no me encuentro muy bien. Creo que me voy dentro. Rezó por que no se dieran cuenta de que le temblaban las rodillas cuando cruzó el patio. En el aseo de chicas, se apoyó en el lavabo y vomitó. No había duda: Albert había sacado la lengua. Estaba embarazada.

ADOLESCENCIA

De La recta intención de Andrés Barba, p.135-136
“¿Cómo que te vas?”, preguntó Maite, cuya autoridad desde el suceso de la cena estaba en entredicho.
“Pues lo que habéis oído -comentó la enfermera-, que se va, y si seguís todas su ejemplo os podréis marchar también pronto a casa.”
Nuria había sido una presencia invisible hasta aquel día. Hablaba, pero nunca demasiado alto ni con demasiada convicción. Comía, pero jamás terminó la primera. Era, en definitiva, sustituible.
Todas, menos Ana y Sara, parecieron comprender aquello de una forma rápida, intuitiva, porque desde esa misma tarde cayeron en una especie de emulación de aquella invisibilidad. Nadie quería hablar, ni comer, ni reír más que nadie. El silencio era también peligroso, porque delataba, por lo tanto nadie quería tampoco estar en silencio. Lo que ocurrió entonces fue algo que se parecía bastante a la vida; aquella representación, hecha de forma consciente al  principio, tomó en el plazo de un día la cotidianeidad de lo irreflexivo y ellas mismas, quizá sin darse cuenta, empezaron a describirse en las reuniones no como quienes eran sino como quienes fingían y, tal vez, como quienes realmente creían ser.

Para Sara el descanso a aquella situación cada vez más irritante era ir con Ana a la habitación. Se desnudaban como la primera vez pero ya no eran necesarias las palabras. Sara la miraba a ella, o Ana hada un gesto con los ojos y se ponían las dos en marcha hacia allí. Calladas, desnudas cada vez la una más cerca de la otra, casi a punto de rozarse pero sin llegar a hacerlo nunca, el olor corporal de Ana subiendo hacia arriba en aquella mezcla de jabón y champú, y frío en los pies por las baldosas, y sudor en las manos, y ruidos metálicos de carritos que cruzaban tras la puerta. Todo exacto, todo repetido con la misma lentitud de ritual que iba creando, en su hacerse, sus propias reglas.

DESCRIPCIONES

De A este lado del paraíso de FS Fitzgerald, p.72
Descriptivo
Amory tenía ya dieciocho años, medía algo menos de un metro ochenta y era excepcional aunque no convencionalmente guapo. Tenía una cara juvenil, con una expresión ingenua contrastada por sus penetrantes ojos verdes, orlados de largas pestañas oscuras. En cierto modo carecía de ese intenso magnetismo que acompaña siempre a la belleza del hombre o la mujer, su personalidad radicaba sobre todo en algo mental, no estaba en su poder abrirle o cerrarle el paso como si se tratara de un grifo. Pero la gente no olvidaba su rostro.
Isabelle

Todas las impresiones e ideas de Isabelle eran muy caleidoscópicas. Tenía en su haber esa curiosa mezcla de talento artístico y social que sólo se encuentra en dos clases de mujeres, las actrices y las damas de sociedad. Su educación o, mejor dicho, su amaneramiento lo había   absorbido de los jóvenes que la habían rodeado; su tacto era instintivo y su capacidad para aventuras amorosas estaba solamente limitada al número de llamadas telefónicas posibles. La aventura parecía ofrecerse en sus grandes ojos oscuros y brillaba a través de su intenso magnetismo.
Traducción de Juan Benet

P. O RECUERDOS DE ADOLESCENCIA

De Los viejos amigos de Rafael Chirbes, p.11
Son pegajosos los sentimientos de infancia, por eso uno no acaba de librarse del todo de quienes los compartieron y, por eso, forman parte de ellos: sentimientos como chicles. Infancia y adolescencia, territorios pantanosos para los sentimientos, ni la solidez de la tierra ni la blandura del agua, territorios intermedios, aunque la adolescencia es semillero de desencuentros (“no, Carlos, no se puede confiar en ti. Venderías a Lenin por una buena  novela, por escribir una buena novela; a tu padre, si viviera, venderías”, me dijo; éramos jóvenes, ya no adolescentes. No he vendido a nadie, no he vendido nada que no fueran pisos). La adolescencia: Pedrito leyendo a Baudelaire y unos folletos que le traía en el doble fondo de la maleta y le traducía del alemán una novia de Hamburgo que se echó en Denia; folletos que daban indicaciones acerca de cómo confeccionar explosivos; poesía y revolución, la poesía un arma cargada de futuro; la revolución, un acto de amor: cómo volar un cuartel, la estatua de Franco de la Plaza del Caudillo de Valencia, la Cruz de los Caídos en la Puerta del Mar, el monumento a Calvo Sotelo, protomártir de la cruzada de liberación. Cómo volado todo. Ir una noche a la capital, a Valencia, y volado todo. Volarlo todo de noche. Decía Pedrito que la revolución es el mal de la noche. “Apréndelo, escritor. Si al menos tuvieras la rabia de Dostoievski”, me decía. Le gustaba llamarme así, escritor, y despreciaba lo que yo hada porque decía que era, sobre todo, bonito. «Estética», decía, y, además de a Dostoievski, me ponía como ejemplo Los siete locos, de Arlt. Decía: «ellos tenían rabia, furor en vez de estética)) y, al decirlo, parecía que a él mismo lo invadía una furia extraña, epiléptica. 

UNA GENERACION PERDIDA

De También esto pasará de Milena Busquets, p.158-159
-¿Qué haces aquí sola?
-Pues no sé. Últimamente todo el mundo me abandona, mi ex marido, mi mejor amiga, mi amante ...
- Vamos -dice, cogiéndome de la mano-, te llevo a una fiesta.

Le miro de reojo mientras recorremos las calles del pueblo. El rey del mundo, el yonqui deportista, el mujeriego impenitente, se ha convertido en un mendigo cubierto de cenizas. Nos conocemos desde niños pero no nos hicimos amigos hasta pasados los veinte años, cuando la diferencia de edad -él es nueve años mayor que yo- dejó de ser aparente y de importar, yo dejé de ser una renacuaja para él, aunque  me lo siguió llamando siempre, y él dejó de ser un viejo para mí. Tenía la combinación perfecta de luz y oscuridad de los hombres malditos y románticos, esa luminosidad eléctrica que hace que los demás se acerquen a ellos como polillas a la llama, ojos de cervatillo y una vida absolutamente disoluta, narcotizada y ociosa, caótica y ensimismada. Una belleza física tan notable que durante años ninguna mujer se le resistió, yo tampoco, y más de una noche vimos amanecer juntos, acurrucados en alguna playa o refugiados en algún portal. Pero, a pesar de la simpatía que nos teníamos, nunca hicimos nada por vernos en Barcelona, donde vivíamos los dos, nunca nos intercambiamos los números de teléfono. Nacho era parte del verano, como los paseos en barca, las siestas en la hamaca o el pan recién hecho que comprábamos de madrugada, directamente en el horno donde lo amasaban unos hombres arremangados y cansados que nos miraban con ojos tristes, y que devorábamos antes de irnos a casa a dormir. Nunca se me ocurrió que pudiese existir en otro lugar que en Cadaqués. Al final, la cocaína se convirtió en su única novia, le transformó aquella sonrisa arrebatadora en un rictus tenso y desencajado y le robó la mirada de cachorro para sustituirla por unos ojos astutos, hambrientos y nublados. Su cuerpo tan flexible y distinguido es poco más que un esqueleto, pienso, mientras subimos por una de las cuestas empedradas del pueblo; se mueve con rigidez y tengo la sensación de que cada paso que da le golpea y le duele, como si estuviese hueco; supongo que cada cuerpo cuenta su historia de voluptuosidad y de horror y de desamparo.

DE LA INFANCIA ANTES Y AHORA

De También esto pasará de Milena Tusquets, p. 160-161
Llegamos a una casa grande de salones blancos, sofás de piel viejos llenos de cojines y alfombras orientales cubriendo un suelo de terrazo rojo. Hay velas por todas partes, algunas ya completamente consumidas. Los grandes ventanales que dan al pueblo y al mar están abiertos de par en par y las cortinas livianas y pálidas revolotean como velas cautivas. Hay mucha gente, música, drogas esparcidas por las dos mesas bajas, alcohol y unos restos de fruta desmayada en unos grandes cuencos de colores. Reconozco a algunos de los otros náufragos del pueblo, hijos de los primeros colonos, intelectuales y artistas que, en los años sesenta, llegaron a Cadaqués y lo llenaron de gente atractiva, con talento, ganas de cambiar el mundo y, sobre todo, de divertirse. Reconozco al instante a los hijos de aquella generación, a los asilvestrados que, como yo, fueron educados por padres lúcidos, brillantes, exitosos y muy ocupados, adultos empeñados en que el mundo fuese una fiesta, su fiesta. Somos, creo, la última generación que tuvo que ganarse, a pulso, el interés o la atención de sus padres. En muchos casos, lo conseguimos cuando ya era demasiado tarde. No consideraban que los niños fuesen una maravilla, sino un engorro, unos pesados a medio hacer. Y nos convertimos en una generación perdida de seductores natos. Tuvimos que inventar métodos mucho más sofisticados que simplemente tirar de la manga o echarnos a llorar para que nos hiciesen caso. Se nos exigía el mismo nivel que a los adultos, o al menos que no molestásemos y dejásemos hablar a los mayores. La primera vez que te enseñé una redacción escrita por mí, que había ganado un premio en el colegio debía de tener unos ocho años-, me dijiste que no te enseñase nada más hasta que tuviese mil páginas escritas, que menos que eso no era una tentativa seria. Las buenas notas eran recibidas como una obviedad, las malas, con cierto fastidio, pero sin grandes broncas ni castigos. Ahora tengo la casa forrada con los dibujos de mi hijo pequeño y escucho al mayor tocar el piano con la misma reverencia que si fuese Bach resucitado. A veces me pregunto qué ocurrirá cuando esta nueva generación de niños cuyas madres  consideran la maternidad una religión -mujeres que dan de mamar a sus hijos hasta que tienen cinco años y entonces alternan el pecho con los espaguetis, mujeres cuyo único interés y preocupación y razón de ser son los niños, que educan a sus hijos como si fuesen a reinar sobre un imperio, que inundan las redes sociales de fotos de sus retoños, no sólo de cumpleaños o viajes sino de sus hijos en el váter o sentados en un orinal (no hay amor más impúdico que el amor maternal contemporáneo)crezcan y se conviertan en seres humanos tan deficientes, contradictorios e infelices como nosotros, tal vez más incluso, no creo que nadie pueda salir indemne de que le fotografíen cagando.

FAULKNERIANA

De Cartas escogidas de WF, p.409
Creo que todos los jóvenes, por feos que sean -enanos, monstruos, tullidos, hediondos, todos-, alguna vez en su vida son capaces de sentir un gran amor, de sacrificarse por amor, por el ser querido, la amada. Pero a la mayoría se nos escapa. Enmudecemos y fracasamos, o escogemos mal (si hay elección), la persona inadecuada, demasiado grande, demasiado fuerte para nosotros o que no pertenece a nuestra dase. Esto es lo que él hizo. Trágico, triste, real; pero mejor que nada. De hecho, lo mejor no es ser amado sino amar; si ya lo ha leído, recordará otro de mis personajes que dice: “Entre la pena y la nada, elijo la pena”

WIKIPEDIA

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