El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279
Apenas iba a clase. Pasear por la
ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en
claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me
alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos
adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a
Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La
Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera
novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las
librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque
me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad
del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes,
traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos
de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump,
dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a
una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante
las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado
alto, en palabras de Borges el penado bajo.
En la biblioteca de Faulkner, en
su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un
gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición
de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.
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