Me llamo Charles Highway, aunque si pudiesen echarme una ojeada seguro que jamás se lo imaginarían. Es un apellido enérgico, viajado, cipotudo, y por mi aspecto nadie deduciría ninguna de esas cualidades. Empezando porque llevo gafas, y las llevo desde los nueve años. Y porque mi figura de estatura mediana, desprovista de culo y de cintura, con una caja torácica ondulada y piernas estevadas borra todo indicio de aplomo. (En ningún sentido, por cierto, debería confundirse este modelo con el tipo ágil y elástico tan popular entre mis contemporáneos. No nos parecemos en nada. Recuerdo que tenía que hacerme un par de dobleces en los extremos de mis pantalones, y que rellenaba sus fondillos con camisas de talla de adulto. Ahora elijo mi ropa más reflexivamente, aunque lo que ha mejorado no es mi gusto sino mi intuición.) Pero sí poseo una de esas voces cachondas que ahora están de moda, esas que acostumbran a tener un irónico gangueo y que resultan excelentes para inquietar a los mayores. Y supongo que, además, mi rostro tiene expresiones extrañamente amedrentadoras. Es anguloso, pero delicado; nariz larga y delgada, labios anchos y delgados..., y unos ojos: con pestañas exuberantes, ocre oscuro salpicado de motitas siena tostada... Ay, qué pobres resultan las palabras.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
ADOLESCENCIA
El libro de Rachel, Martin Amis
INCIPT 1.578. LA VIUDA EMBARAZADA / MARTIN AMIS
2006 - A MODO DE INTRODUCCIÓN
Habían ido en coche a la ciudad
desde el castillo, y Keith Nearing caminó por las calles de Montale, Italia,
del coche al bar, en el crepúsculo, flanqueado por dos rubias de veinte años,
Lily y Scheherazade...
Ésta es la historia de un trauma
sexual. No fue a una edad tierna cuando le sucedió. Desde todo punto de vista,
era ya un adulto; y consintió: consintió totalmente. ¿Es trauma realmente la
palabra que queremos (del griego «herida»)? Porque su herida, cuando llegó, no
le dolió en absoluto. Fue lo opuesto sensorial de una tortura. Ella gravitó
sobre él desvestida e inerme, con las pinzas de la dicha: los labios, las yemas
de los dedos. Tortura: del latín torquere, «torcer». Era lo opuesto a la
tortura, aunque «retorcía». Lo destruyó durante veinte años.
Cuando era joven, a la gente que
era estúpida, o estaba loca, la llamaban estúpida, o loca. Pero actualmente
(ahora que era viejo) los estúpidos y los locos recibían nombres especiales
derivados de aquello que les aquejaba. Y Keith quería uno. También él era un
estúpido o un loco, y también quería uno: un nombre especial derivado de lo que
le aquejaba a él.
NABOKOVIANA
Experiencia, Martin Amis, p. 152
Un pie de nota para nabokovianos:
recientemente (23-4-99), en los actos del centenario de su nacimiento
organizados por el PEN que congregaron a más de mil personas en un teatro de la
calle Cuarenta y tres, afirmé que Nabokov era para mí el novelista del siglo.
En un acto que hubiera congregado a los bellowianos podría haber afirmado
igualmente que Saul Bellow era mi novelista del siglo, y no habría mentido.
Siempre he mantenido que estos dos escritores son en mi opinión— las figuras
gemelas más grandes. Nabokov, ridículamente, descalificó en una ocasión a
Bellow tachándolo de «mísera mediocridad», una evaluación basada (estoy seguro)
en el exiguo conocimiento de su obra; quizá también asociaba a Bellow con esas
novelas de Grandes Ideas que Edmund Wilson a veces le hacía leer. Además, era
obvio que Nabokov obtenía un gran placer sensual en el hecho de mostrarse
desdeñoso (es el patricio que hay en él). En el acto mencionado del PEN, su
biógrafo Brian Boyd me contó que en una ocasión Nabokov «calificó» una
antología de relatos cortos de varios autores, y dio una matrícula de honor a
Joyce (por «Los muertos»), y el más bajo de los suspensos a Lawrence y otros
autores de fama universal. Por su parte Saul Bellow tiene sus dudas sobre
Nabokov. Sé que siente una apasionada admiración por Lolita y Pnin, pero hay
algo en Nabokov que le disgusta: cierto barrunto de aristocrático triunfalismo,
detectable en las novelas rusas Mary (1926), Gloria (1932) y La dádiva (1937),
y en esa novela rusa escrita en inglés que es Ada o el ardor (1969). Comparto
esa opinión, o, bien, me solidarizo con ella. Los personajes parecen etéreos:
no caminan, «dan largos pasos»; jamás mascan, siempre «mastican»; se sienten
siempre «con derecho a».
ULTIMAS PALABRAS
Experiencia, Martin Amis, p. 406
Leídas
en bloque, en forma de antología, las Ultimas Palabras son algo lastimero, algo
que le hace a uno preguntarse a qué viene todo ese revuelo; me refiero a toda
esa palabrería en torno a la muerte, en torno a la vida. Las Últimas Palabras,
en conjunto, no suelen ser sino inadvertencias, incongruencias, piedades para
la galería y pomposas dramatizaciones de uno mismo. Henry James se encuadraría
en este último apartado: su «Así que aquí está al fin, la distinguida cosa» de
refinado estilo, resulta grave y evocador, pero destila un tufillo a
artificioso. Blake es a un tiempo plañidero y extático (preguntado por su
esposa de quién eran las canciones que estaba cantando, respondió: «Amada mía,
no son mías, no, no son mías»). Jane Austen es lacónica (le preguntaron qué
necesitaba, y contestó: «Nada salvo la muerte»). Byron, fuerte y dúctil («Ahora
quiero dormir. ¿Habré de pedir clemencia? No, nada de debilidad. He de ser un
hombre hasta el final»). Marx —como era habitual en él—, pertinente («iVenga,
largo de aquí! Las últimas palabras son para los necios que no han dicho ya lo
bastante…”) D. H. Lawrence, como tantos otros propaladores de rumores que
resultan falsos, creía —o al menos así lo afirmó— que iba a recuperarse: «Me
siento mucho mejor», dijo.
Horas antes del último trance, Lawrence
había tenido la alucinación de que abandonaba su cuerpo. Le dijo a Maria Huxley;
“'Míralo ahí en la cama!» Y antes le había dicho a Frieda: «No llores » Ésas sí
que son unas buenas últimas palabras. Recomiend todo el mundo las utilice
cuando le Ilegue su hora —siempre, claro, que uno sea capaz de articularlas.
Quien más fieramente rechazó todo
consuelo fue Kafka. Exigiendo que sus escritos fueran destruidos totalmente,
dijo: «No quedará ninguna prueba de que un día fui escritor.» Porque si un es
escritor, sus libros —todos sus libros— son sus últimas palabras.
INCIPIT 1.571. EXPERIENCIA MARTIN AMIS
—Papá...
Era mi hijo mayor, Louis, que
entonces tenía once años.
Mi padre habría dicho: «Siiiií?»,
con una suerte de bajada en picado del tono, indicando una ligera pero
invariable irritación. Una vez le pregunté por qué reaccionaba así, y él dijo:
—Bueno, estoy contigo, ¿no?
Para él, el interludio entre
«Papá» y «¿Sí?» era una clara redundancia, porque estábamos juntos en la misma
habitación y se suponía que teníamos algún tipo de conversación, por desganada
(y poco estimulante, desde su punto de vista) que fuera. Yo le entendía lo que
me decía, pero al cabo de unos minutos me sorprendía a mí mismo diciendo:
—Papá...
Y hacía acopio de toda mi
presencia de ánimo para escucharle un «¿Sí?» especialmente vehemente. No perdí
este hábito hasta la adolescencia. Los niños necesitan cierto compás de espera
que les asegure la atención de aquellos con quienes hablan mientras su
pensamiento va tomando forma.
INCIPIT 1.595. KOBA EL TEMIBLE / MARTIN AMIS
PREPARACIÓN
He aquí la segunda frase de The
Harvest of Sorrow: Soviet Collectivization and the Terror-Famine de Robert
Conquest:
Quizá podríamos poner en su justa
perspectiva el presente caso diciendo que se perdieron veinte vidas, no por
cada palabra, sino por cada letra que hay en este libro.
Esta frase representa 2.700
vidas. El libro tiene 411 páginas.
«Comían boñigas de caballo, entre
otras cosas porque solían contener granos de trigo enteros» (1.540 vidas).
«Oleska Voitrijovski salvó su vida y la de su familia comiendo carne de
caballos que habían muerto de muermo y otras enfermedades en la cooperativa»
(2.640 vidas). Conquest cita un pasaje de Forever Flowing, la versión inglesa
de Vsie techiet, la novela ensayístico-documental de Vassili Grossman: «Y las
caras de los niños estaban avejentadas, atormentadas, como si tuvieran setenta
años. Y al llegar la primavera ya no tenían cara. Más bien tenían cabeza como
de pájaro, con pico, o cabeza de rana –boca grande de labios delgados–, y
algunos parecían peces, con la boca abierta»
INCIPIT 1.574. LA INFORMACION / MARTIN AMIS
De noche, en las ciudades, lo noto, hay hombres que lloran en sueños y luego dicen Nada. No es nada. Sólo una pesadilla. O algo parecido... Desciendan en la nave del sollozo, con analizador de lágrimas y sondas de llanto, y darán con ellos. Las mujeres -ya sean esposas, amantes, musas demacradas, niñeras gordas, obsesiones, devoradoras, ex, némesis- se despiertan y, con femenina urgencia de saber, se vuelven hacia esos hombres y preguntan: «¿Qué te pasa?» Y los hombres contestan: «Nada. No es nada, de verdad. Sólo una pesadilla.»
Sólo una pesadilla. Sí, claro.
Sólo un mal sueño. O algo parecido.
Richard Tull lloraba en sueños.
La mujer que estaba a su lado, su esposa Gina, se despertó y se volvió. Se
acercó a su espalda y le puso las manos en los pálidos y tensos hombros. En sus
parpadeos, ceños y murmullos había cierto profesionalismo: como el socorrista
de la piscina, adiestrado en primeros auxilios; como la persona que cabecea
sobre el asfalto ensangrentado, un Cristo del boca a boca a horcajadas sobre la
víctima. Era mujer. De lágrimas sabía mucho más que él. No conocía las obras
juveniles de Swift, ni las seniles de Wordsworth, ni las diversas suertes que
Crésida corrió a manos de Bocaccio, Chaucer, Robert Henryson, Shakespeare; no
sabía quién era Proust. Pero sabía de lágrimas. Gina conocía perfectamente el
llanto.
-¿Qué te pasa? -preguntó.
LOLITA LUZ DE MI VIDA
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 470
Sin imitar el estilo explicativo
de las famosas conferencias de Nabokov (sin mostrar diagramas de los perfiles
de las cadenas montañosas, ni mapas de carreteras, ni carteritas de cerillas de
esas que dan en los hoteles, entre otras cosas), no estaría de más determinar
qué ocurre realmente en Lolita desde un punto de vista moral. ¿De veras es tan
indecente, aunque sólo sea sobre el papel? Por más que se distancie, con su
habitual altivez, del mundo «de las trampillas de las carboneras y los
callejones sin salida», los maníacos jadeantes y los policías furiosos, Humbert
Humbert es, sin la menor duda, un pervertido en el sentido más clásico: carece
de escrúpulos, recurre a la astucia y a la superchería para lograr sus fines y
(sobre todo) cuida mucho los detalles. Aparca su coche a las puertas de los
colegios femeninos, por ejemplo, y hace que Lolita lo masturbe mientras contempla
a las alumnas que van saliendo. Y, en cierta ocasión, Humbert le exige que lo
haga, nada más y nada menos que en un aula de la escuela adonde va, a cambio de
sesenta y cinco centavos, en tanto que admira el cabello de una de sus
compañeras, rubio platino, sentada delante de ellos. El precio de las felaciones
alcanzó un máximo de cuatro dólares por sesión antes de que Humbert lo redujera
«drásticamente [ ... ] porque explotaba su deseo de participar en las
actividades teatrales de la escuela haciéndole conseguir mi permiso de la
manera más dura y nauseabunda». Por otra parte, le hace el cunnilingus a su hijastra
aunque ésta guarde cama a causa de la fiebre que le provoca un serio resfriado:
«no pude resistir la tentación de disfrutar de los insospechados placeres que
me deparaba el exquisito calorcillo de su piel”
K.
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 386
En cuanto obra de arte, el relato
breve «El fogonero» está mucho mejor desarrollado que la novela América, de la
que es el primer capítulo. Las novelas son -deliberadamente- premiosas. «Son
epopeyas de la suspensión y el aplazamiento, y habría sido imposible pulirlas
hasta convertirlas en obras de arte.» Es en los relatos breves donde el genio
de Kafka brilla de manera más inequívoca: en la modulación; en el ritmo, en la
manera indirecta de decir las cosas, en la exquisita y significativa intensidad
de sus finales. He aquí, por ejemplo, las últimas líneas de «Un artista del
hambre», la historia de un artista circense cuyo número consiste en ayunos de
cuarenta días, durante los cuales permanece solo, encerrado en una jaula. Poco
a poco el arte de ayunar va pasando de moda; olvidado, el artista del hambre
muere tras los barrotes de su jaula sin que nadie se dé cuenta:
«¡Bien, hay que limpiar toda esta
porquería”, exclamó el encargado, y enterraron al artista del hambre junto con
la paja. Encerraron entonces en la jaula a una joven pantera. Fue un evidente
alivio para todos, incluidos los más estólidos, ver al salvaje animal dando
vueltas por aquella jaula que había estado tanto tiempo triste y carente de
vida. Nada le faltaba[ ... ] ni siquiera parecía añorar la libertad; daba la
sensación de que aquel noble cuerpo, tan bien provisto de todo lo que
necesitaba que se diría que estaba a punto de reventar, llevaba consigo su
libertad allá donde fuera: en los dientes, al parecer; y la profunda alegría
que daba a la pantera sentirse viva hacía tan intenso el olor de su aliento,
que los espectadores situados más cerca de ella casi no podían tenerse en pie a
causa del mareo. Sin embargo, haciendo un esfuerzo deliberado, se agolparon
alrededor de la jaula y, una vez allí, ya no se movieron.”
Plegarias atendidas
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 299
Esta larga novela «acerca de los riquísimos» iba a ser la obra maestra de Capote, o, por lo menos, eso aseguraba. Este libro, que recicla, magnificándolo, el pasado de su autor, incorpora veinte años de cartas y diarios tremendamente íntimos y pregona a los cuatro vientos las soñolientas confidencias de sensibleras anfitrionas de la alta sociedad y de millonarios chismosos, iba a ser un tour de force despiadadamente escandaloso, a pesar de lo cual emularía la soberbia arquitectura de Proust. O, al menos, eso aseguraba Capote.
Los riquísimos pensaban que
Capote era su mascota, su perrillo faldero. Pero lo cierto es que era su
malévolo cronista. Aquel hombre encantador y de voz suave que se tumbaba en una
chaise-longue o se sentaba a los pies de la cama era, en realidad, un satírico
inmisericorde que aguardaba que llegara su momento. “¿Qué esperaban?», comentó
Capote. «Soy escritor.»
Pero ¿qué esperaba, exactamente,
Capote? Cuando cuatro secciones de la novela aparecieron en Esquire, en 1975 y
1976, los riquísimos lo dejaron de lado. Y Capote, en vez de no darle importancia,
en vez de seguir adelante como escritor, tuvo una crisis nerviosa y se hundió
bajo el peso de toneladas de drogas y ríos de alcohol. Más adelante trató de
sugerir que no lo había pasado tan mal, realmente, y de amenazar con vengarse.
Lo cierto era que los riquísimos nunca le habían caído demasiado bien. Las
secciones publicadas constituían meras advertencias: La novela crecía fuerte y
lozana en su invernadero. No tenía miedo. «Esperen», dijo, «a leer el resto.»
Gore Vidal fue uno de los que no
se creyeron que hubiera un «resto». He aquí lo que dijo en una entrevista en
1979: “Como esto es los Estados Unidos, si proclamas lo suficiente a los cuatro
vientos que has escrito una obra inexistente, se convertirá en algo
positivamente palpable. Sería estupendo que le concedieran el premio Nobel
aduciendo la fuerza literaria de Plegarias atendidas, obra que, por descontado,
no ha escrito. En Esquire se publicaron unos fragmentos inconexos de lo que
hubiera debido ser una novela de chismorreos. El resto es silencio, y pleitos,
[ ... ] y mucha palabrería en la televisión.”
NABOKOVIANA
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 226
El abuelo de nuestro biografiado
fue ministro de Justicia con los zares Alejandro II y Alejandro III. Su hogar
era culto, serio, ilustrado: «en la mesa se hablaba francés, en el cuarto de
los niños, inglés, y en el resto de la mansión, ruso». El padre de Nabokov, un
destacado liberal que formó parte del gobierno provisional tras la caída de los
zares (y por el que Trotski sentía especial animadversión), era tan «europeo»,
que enviaba sus camisas a Londres para que se las lavaran y plancharan.
Tolstói acarició el cabello del
niño Vladimir. Mandelstam dio conferencias en la escuela a la que asistía. Al
llegar a la adolescencia, heredó una fortuna de un millón de rublos, lo que le aseguraba
la independencia económica. Publicó algunos libros de poemas en ediciones
privadas y se dedicó a cortejar a toda muchacha que se le ponía a tiro, lo que
le dio cierta fama de conquistador en San Petersburgo. Algunos de sus amigos
poetas mayores que él, alistados en los regimientos de húsares del ejército
blanco, ya habían conocido una muerte prematura.
Los bolcheviques dispararon
contra el barco en el que huyó de Crimea con su familia. Ninguno de sus
miembros volvería a ver su patria. Los Nabokov aceptaron con resignación tener que
dejar la opulencia de la Rusia prerrevolucionaria por las privaciones y la
mezquindad del exilio. Vladimir pasó tres años, en los que no escasearon los
romances, estudiando en el Trinity College de Cambridge (el estilo del señor
Field muestra una desesperante inseguridad durante todo este capítulo), tras
los cuales se trasladó a Berlín, la meca de los émigrés. Fue allí donde Nabokov
padre fue asesinado, en el curso de una conferencia que daba un político de
cuyas ideas discrepaba, pero al que trató de proteger de las balas de un
anarquista.
LO
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 248
Es probable que muchos lectores
piensen que la rigidez moral de El
hechicero -comparada con la decadente complejiad de Lolita- tiene que ver con la ortodoxia rusa. Pertenece, sin duda,
al período berlinés de Nabokov, y, de modo más específico, a la serie de obras
llenas de grotesca crueldad que va de Rey,
Dama, Valet a Desesperación. Bien, el caso es que constituye una pequeña
obra de arte, que sorprende de veras por su implacable mordacidad. El traductor
merece un elogio muy especial. Es
posible que, paradójicamente, la muerte de Nabokov haya liberado al que había
sido su colaborador en tantas ocasiones, pues El hechicero no puede ser una
obra más nabokoviana.
La evidente persistencia del tema
de la obsesión por las nínfulas resulta sorprendente, pero sólo porque la trama
argumental es sorprendente. No es más persistente que el interés de Nabokov por
los dobles, los espejos, el ajedrez o la paranoia, e incluso es mucho menos
persistente que su interés por el tema del artiste
manqué, con el cual, no obstante, se relaciona de un modo importante.
Lolita tiene una intención redentora. Como narrador, Humbert nos da algo con la
intención de que lo miremos de un modo favorable: su diabólico libro. Y también
nos da un completo estado de cuentas moral acerca de este sombrío tema. El
delito es grave, y el precio que hay que pagar por él se especifica con todo
detalle. Fue necesario el libro posterior y, paradójicamente, más «antiguo»
para hacer el balance final de las cantidades involucradas. Al igual que en un
hospital estadounidense, hay que responder de todas las fundas de almohada manchadas
de lágrimas y de todos los pedazos de papel higiénico utilizados.
INCIPIT 1.462. LA GUERRA CONTRA EL CLICHE / MARTIN AMIS
Mientras planeaba en actitud autocomplaciente este volumen, siempre pensé que incluiría en él una breve sección llamada -digamos- «Literatura y Sociedad», en la cual recopilaría mis escritos relativos a esos temas (textos acerca de F. R. Leavis, Lionel Trilling y algunas figuras menores, como lan Robinson y Denis Donoghue). En cierta época, la frase «Literatura y sociedad» estuvo tan presente en boca de todos que se hizo merecedora de una abreviación: Lit & Soc. Y la Lit & Soc, creía recordar, me había interesado durante muchos años. Pero al revisar los manuscritos acumulados sólo encontré un puñado de ensayos, escritos todos, ominosamente, a comienzos de los setenta (cuando yo estaba al principio de la veintena). Tras releerlos, jugueteé con la idea de titular esa pequeña sección «Literatura y Sociedad: el debate desaparecido». Luego decidí que más valía que mi debate desapareciera también. Aquellos textos me parecían vehementes, arrogantes y afectadamente aburridos. Y, lo que supongo que era lo más importante, sentía que la Lit & Soc y el ejercicio de la crítica literaria estaban muertos y acabados.
Esa época me parece ahora tan
remota, que la encuentro irreconocible. Tenía un empleo fijo en el Times
Literary Supplement. Por aquel entonces ya empezaba a manifestar cierta discrepancia respecto del ejercicio de la
crítica literaria y el concepto Lit & Soc cuando asistía a las reuniones
del consejo de redacción
Hannibal, de Thomas Harris
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 211
Hannibal, de Thomas Harris
Mason Verger, el «malo» de
Hannibal, de Thomas Harris, es un ser de inconcebible vesania. Su pasatiempo
favorito consiste en dirigirse a cualquiera de los «niños afroamericanos” - huérfanos,
a ser posible- que tiene a su alrededor y decirle cosas horribles: tu madre de
acogida no te quiere a causa del color de tu piel; tu gatito tendrá un
accidente y morirá. Cuando el crío se echa a llorar, una enfermera le limpia
las lágrimas con una gasa «y luego la escurre en la copa del martini de Mason, que
está en la nevera de la sala de juegos, junto a la naranjada y los demás
refrescos». ¡Qué tío más malo! ¡Y qué martini más malo! Pero Mason Verger
encuentra las lágrimas de huérfano afroamericano tan dulces y embriagadoras
como el mejor Tanqueray. Así de increíblemente malvado es ese tío.
Y así acaba la página 66. Y
todavía quedan otras cuatrocientas veinte. Admirador de Harris desde hace mucho
tiempo, al final acabé el libro, no sin muchos cansinos bostezos, muchas incoercibles
caídas de la cabeza sobre el pecho y mucho ahuecar los brazos para que se me
ventilaran los sobacos. Al evaluar una novela como Hannibal, -que muestra gran
interés por los cerdos (gorrinos comedores de hombres, criados para desarrollar
su lado más salvaje), parece adecuado proclamar a los cuatro vientos que es,
sin disputa, una cerdada con todas las de la ley: gruñe, resopla y hoza, y
tiene cuatro perniles con sus correspondientes pies y una rizada colita.
Andy Warhol
La lucha contra el cliché, Martin Amis, p.67
Casi todas las mañanas Andy
Warhol llamaba por teléfono a su ex secretaria, Pat Hackett, y le explicaba,
deshilvanadamente, lo que había hecho el día anterior. Ella, según explica,
tomó «notas extensas» y las mecanografió «mientras los ecos de la voz de Andy
seguían frescos en ¡ni mente». Así que es eso lo que reseñamos aquí:
ochocientas páginas -medio millón de palabras de ecos de la voz de Andy.
Pero la cosa resulta efectiva,
hasta cierto punto. “Peter Boyle y su nueva, creo, esposa estaban allí.» «La princesa
Marina de, supongo, Grecia vino a comer.» «Nell se desnudó, más o menos.»
«Raymond [ está] allí posando para David Hockney. Raymond coge el avión para ir
a posar.» La edición de la señora Hackett da la sensación de ser afectuosa y
escrupulosa, y acierta al no tratar de proteger a Andy. Al cabo de un rato, uno
comienza a confiar en esa voz, la de Andy, aquel murmullo vacilante, aquel
cascado farfullar. La fuente de inspiración de los Diarios es lo trivial; y es
que en la vida cotidiana de esta humanidad cada vez más longeva los que son
alguien y los don nadie acaban confundiéndose.
Por otra parte, en el libro cabe todo el mundo; o, al menos, todos aquellos que son alguien. «Fuimos a Studio 54, y allí estaban todos.» «A veces vas a sitios en los que no hay nadie importante.» «Todos eran alguien [ ... ] todo el mundo vino después de los premios. Faye Dunaway y Raquel Welch y todos los demás.» Pero ¿quiénes son todos? O ¿quiénes son todos los demás? Pues Loulou de la Falaise y Monique Van Vooren [...] Andy también iba a todas partes, tanto si se trataba de lugares importantes como si no. Fue a la inauguración de una escalera mecánica en Bergdorf Goodman, a Regine's para el cumpleaños de Julio Iglesias, a la apertura de una tienda de helados en Palm Beach, a Tavern on the Green para un «rollo» ( término que utiliza mucho) en el que anunciaría que Don King iba a ser el nuevo manager de The Jacksons, al Waldorf Astoria para la fiesta de la muñeca Barbie, a un lugar innominado para ser jurado en un concurso de imitadoras de Madonna y otro lugar innominado para serlo en un concurso de senos desnudos.
K.
La guerra contra el cliché, Martin Amis, p. 383
La edición de The Complete Short
Stories, publicada por Penguin, se inicia, ingeniosamente, con «Dos parábolas a
modo de introducción”, ambas de una extensión que apenas supera una página. En
la primera, «Ante la Ley», un campesino se acerca a las puertas de la Ley y le
pide al formidable portero que le deje entrar. «Ahora no es posible, es la
respuesta que reciben sus reiteradas peticiones. Si cruzara la puerta, tendría
que enfrentarse a otros porteros, cada uno de ellos más formidable que el
anterior. «El tercero es tan terrible”, le dice el primero, «que incluso yo
tengo miedo de mirarlo a los ojos.» El campesino se sienta y espera. Pasan los
meses. Pasan los años. A punto de morir de viejo, el campesino le pregunta al
portero, con su último aliento, cómo es que nadie más se ha presentado ante las
puertas de la Ley a pedir que le dejaran entrar. El portero grita a la oreja
del moribundo: «Nadie más podía entrar por estas puertas, pues fueron
construidas exclusivamente para ti. Ahora voy a cerrarlas.»
En la segunda parábola, «Un
mensaje imperial», un emperador a punto de morir te envía un mensaje, «a ti, el
más humilde de sus súbditos, esa sombra insignificante que tiembla en la más
remota lejanía ante el sol imperial». El mensaje es tan importante, que el
emperador ha hecho que se lo repitan al oído, con un susurro, mientras yace en
su lecho de muerte. El mensajero, «un hombre fuerte, infatigable», emprende
inmediatamente el viaje, para lo cual tiene que cruzar primero las antesalas,
abarrotadas de gente. Pero la multitud no para de aumentar y las cámaras
parecen inacabables; pasará toda una vida antes de que consiga salir de las
habitaciones más retiradas del palacio. «Y si al final alcanzara el portalón
exterior -cosa que nunca, nunca, ocurrirá-, encontraría ante sí la capital
imperial, el centro del mundo, congestionada hasta reventar...» Así que nunca
recibirás ese mensaje. «Pero siéntate junto a la ventana al atardecer y suéñalo
para ti.»
MARTIN AMIS
La guerra contra el cliché, Martin Amis, p. 12
Acaso lo más fantástico de aquel momento cultural haya sido la impresión de que la cultura artística era la triunfadora.
Los historiadores literarios
llaman a esa época la Era de la Crítica. Se considera que se inició en 1948,
con la publicación de Notas para una definición de la cultura, de Eliot, y La
gran tradición, de Leavis. ¿Qué acabó con ella? La respuesta más concisa podría
consistir en una sencilla palabra de cuatro letras: OPEP. En los años sesenta
se podía pasar con diez chelines a la semana: durmiendo en suelos ajenos y
viviendo a costa de los amigos y perorando -sobre crítica literaria, por
ejemplo- para que te pagaran la cena. Pero, de repente, un simple billete de autobús
pasó a costar diez chelines. El alza de los precios del petróleo, seguida por
la inflación y luego por la estanflación (estancamiento económico acompañado de
inflación), mostró que la crítica literaria era una de las muchas fruslerías de
la clase ociosa sin las cuales nos las tendríamos que arreglar. Bueno, ése era
el sentir general. Pero ahora resulta claro que la crítica literaria ya estaba
condenada. Explícitamente o no, se había basado en una estructura de niveles y
jerarquías; tenía que ver con la élite del talento. Y esa estructura se
desmoronó en cuanto las fuerzas de la democratización convergieron y
arremetieron contra ella.
Esas fuerzas -sin comparación las
más potentes en nuestra cultura- prosiguieron su arremetida. Y ahora han
chocado contra una barrera natural. Algunas ciudadelas, es cierto, han
resultado expugnables. Se puede conseguir la riqueza aun careciendo de talento
(gracias a la lotería, por ejemplo). Y también la fama (humillándose en algún
programa de televisión, por ejemplo; claro que esto siempre será mejor que el
antiguo método consistente en asesinar a los personajes famosos para heredar su
aura). Pero el talento no es algo que se pueda adquirir: hay que tenerlo. Por
lo tanto, debe ser eliminado.
LA LINEA DE SOMBRA
Desde dentro, Martin Amis
La línea de sombra se escribió en
el segundo año de la Primera Guerra Mundial y Conrad, su autor, se la dedica a
su hijo Borys, a punto de alistarse con diecisiete años. Borys sobrevivió, y
sobrevivió, gaseado, herido y con estrés postraumático, a la batalla del Somme.
Conrad, afligido y perturbado («Esta inutilidad mía me está desquiciando»),
pudo al menos defender la solidaridad paternal en esta novela breve tenebrosa y
autobiográfica sobre un episodio crítico clave en su vida: su primer mando, en
el mar de la China Meridional (era el año 1887, cuando Conrad iba a cumplir los
treinta). «A Borys y a todos los que como él -reza la dedicatoria- atravesaron
en la primera juventud la línea de sombra de su generación, CON AMOR.» No es
casual que La línea de sombra sea también uno de los testamentos más
virulenrarnente ateos escritos en inglés. Dice el autor en la nota
introductoria:
No, mi conciencia de lo
maravilloso es lo bastante sólida como para dejarme fascinar por lo meramente
sobrenatural, que no es (se mire por donde se mire) sino un artículo
manufacturado, una invención de mentes insensibles a las íntimas sutilezas de
nuestra relación con los muertos y con los vivos, en sus incontables
multitudes; una profanación de nuestros recuerdos más tiernos; un ultraje a
nuestra dignidad.
FRANCIA
Desde dentro, Martin Amis, p. 258
«¿Quién desata siempre a Francia
del árbol y la ayuda a buscar las bragas después de que los alemanes la hayan
violado? Estados Unidos, ¿quién, si no?» Este era uno de los muchos artículos
en un número especial dedicado íntegramente a respaldar la francofobia en todas
sus variantes. Otro artículo de opinión, a través de gráficos y estadísticas, sostenía
que los franceses eran desaliñados y no muy limpios, amén de todo lo demás: por
ejemplo, apenas la mitad de los hombres se mudaban los calzoncillos diariamente
(se admitía que las mujeres eran algo
más limpias: había muchas más probabilidades de que esas bragas que Estados Unidos
les ayudaban a buscar después de las reiteradas agresiones sexuales estuvieran
recién salidas de la cómoda). En la sala de visitas, que tenía forma de
desfiladero, habría unos trescientos franceses. Deambulé por allí durante un
rato, tratando de calibrar a esos individuos con ojos (ex profeso para la
ocasión) quisquillosamente neuróticos. Y, sí, había mentones sin afeitar y
cabezas despeinadas, y en varias sonrisas abiertas se detectaban en la línea de
la encía afloramientos del postre de la noche anterior (por lo general, creme
brúlée). Pero ¿y qué? Y o era más o menos tan desastrado como los franceses, debía
admitirlo, y admiraba aquel desinterés por su aspecto físico. Ello los liberaba
para designios más elevados, para entregarse con pasión a la filosofía y las
artes. Sí (concluía), Francia era un hervidero de poetas y aspirantes a poeta
(el censo de 1954 registraba la existencia de un millón cien mil intelectuales
confesos; pensadores y soñadores (como el agente de la alta torre), y bohemios,
en suma. En determinados momentos, y con ciertos estados de ánimo (
verbigracia, el presente), me convertía en un bohemio imperialista: estaba
convencido de que los bohemios debían gobernar el mundo, y seguir avanzando a
sangre y fuego hacia la conquista, la colonización y la conversión hasta ...










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