Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.431 DIARIOS, A RATOS PERDIDOS 5 Y 6 / RAFAEL CHIRBES


2007

 8 de enero

Jornada larga. Llevo despierto desde las seis de la mañana, leyéndome esta novela insalvable,  que destapa mis limitaciones como escritor. Cabeza vacía y mano torpe, que se suman a una pérdida de referentes, a este no tener nada en la cabeza que me tortura. ¿Cómo puede uno querer ser escritor, si no tiene nada que decir? Basta con ver la prosa, la mediocridad de la escritura, la falta de densidad, la ausencia o planura de ideas. Lo dicho: la lectura de hoy me ofrece un balance demoledor. Mientras tanto, la vida resbala fuera de estas cuatro paredes: días espléndidos, soleados, que ponen la naturaleza en primer plano y cuyos rayos no consigo que. se lleven o que traspasen esta especie de sombría jaula en la que me agito, no sé muy bien con qué fin, desde qué impulso, porque lo que hay es, sobre todo, vacío, y un silencio de dentro que es solo una forma de llamar a la incapacidad para mirar fuera, para cargarse con la energía de lo de fuera. Tampoco la economía tiene visos de arreglarse por el momento, ni hay perspectivas de trabajo a la vista (nada de fuera nutre). Todo tiene en esta encerrona un aire de inconsciencia suicida. Qué lejos la actitud del viejo Jünger, cuyos libros estoy leyendo estos días


GROSSMAN


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes, p. 306

Sobre la difícilmente explicable SUMISIÓN y mansedumbre de los que sabían que iban a morir en los campos de concentración alemanes:

En ese tiempo, una de las particularidades más sorprendentes de la naturaleza humana que se reveló fue la sumisión. Hubo episodios en que se formaron enormes colas en las inmediaciones del lugar de la ejecución y eran las propias víctimas las que regulaban el movimiento de las colas. Se dieron casos en que algunas madres previsoras, sabiendo que habría que hacer cola desde la mañana hasta bien entrada la noche en espera de la ejecución, que tendrían un día largo y caluroso por delante, se llevaban botellas de agua y pan para sus hijos. Millones de inocentes, presintiendo un arresto inminente, preparaban con antelación fardos con ropa blanca, toallas, y se despedían de sus más allegados. Millones de seres humanos vivieron en campos gigantescos, no solo construidos, sino también custodiados por ellos mismos [ ... ]. Sobre la base de la esperanza -una esperanza absurda, a veces deshonesta, a veces infame- surgió la sumisión que a menudo era igual de miserable y ruin [ ... ]. Pero, naturalmente, la desesperación total y lúcida no generó solo levantamientos y resistencia: engendró también el deseo -extraño en un hombre normal- de ser ejecutado lo más pronto posible (págs. 261-263). Reviso la vieja edición de Vida y destino


DOSTOIEVSKY


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes, p. 189

Para culminar la extraordinaria, certera, a la vez trágica e hilarante visión de Zweig sobre Dostoievski, esta impagable descripción: Un gran francés, horrorizado, llamó al mundo de Dostoievski hospital de neurópatas, y realmente, ¡qué sombría y fantástica debe de aparecer esta esfera vista por primera vez desde fuera! Tabernas llenas de vapores de aguardiente, celdas, cuartuchos en casas de suburbios, callejuelas de burdeles y bodegones, y allí, sobre un fondo oscuro de Rembrandt, una turba de figuras extáticas: el asesino, con la sangre de su víctima todavía en las manos levantadas hacia el cielo; el borracho, en medio de las risas de quienes le escuchan; la muchacha de aspecto amarillo, en la penumbra de la callejuela; el niño epiléptico pidiendo limosna en las esquinas; el septuagenario asesino en la kátorga de Siberia; el jugador, entre los puños de sus compinches; Rogozkin, rondando como una fiera la habitación cerrada de su mujer; el ladrón honrado, agonizando en un lecho inmundo. ¡Qué mundo subterráneo de sentimientos, qué infierno de pasiones! ¡Ah, qué trágica humanidad, qué cielo tan ruso, bajo, gris, eternamente crepuscular, sobre estas figuras, qué tinieblas en el corazón y en el paisaje! Campos de  infortunio, yermos de desesperación, purgatorio sin gracia ni justicia.


JüNGER


Diarios. A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes

 Recuerdo las palabras de un personaje de Gaite en su novela Lo raro es vivir, dice: «Las vidas van siempre en borrador, tal que así las padecemos, nunca da tiempo a pasarlas en limpio».

En Italia, al ver a un monje encendiendo una vela, Jünger tiene la sensación de hundirse en el tiempo: no me refiero a cobrar consciencia del sentimiento melancólico que se apodera de nosotros cuando vemos cosas antiguas, sino al sentimiento de caída física; se abre un abismo. Las numerosas páginas que, en este volumen, dedica a Roma están llenas de estas caídas, de estas imantaciones. Coincide su estancia romana con la aparición en los periódicos de noticias sobre las subversiones de mayo del 68, entre las que recoge la historia de unos estudiantes que le gritaron al profesor: «Deja ya en paz a Tasso y háblanos del Che Guevara». Al parecer, tras el incidente, el profesor, un hombre sensible, se cortó las venas y luego se arrojó por un balcón. El periódico daba cuenta de que había ingresado moribundo en el hospital, donde permanecía agonizante, mientras Jünger vaticinaba: «Hasta nueva orden, todos los enjuiciamientos de la situación que partan de que aún existen valores que transmitir son errados. El valor es sustituido por el número; lo trágico, por el accidente; el destino, por la estadística; el héroe, por el criminal; el príncipe, por el cacique; Dios, por "el bien"». Reflexiones del aristócrata que siente que el mundo se le ha escapado de las manos.


INCIPIT 1.415. ASENTIR O DESETABILIZAR / RAFAEL CHIRBES


 Alejo Carpentier. El método de novelar

Carpentier tiene casi setenta años. Su obra es muy breve: cuatro novelas, de las cuales solo dos de volumen respetable, algunos relatos ... , poco más, al menos que yo conozca. Esto no impide que se haya convertido en un maestro. Es probable que, si se me hiciese elegir de entre todos los escritores latinoamericanos a uno solo, ese fuera Alejo Carpentier. Y para ello no hubiese necesitado conocer más que su soberbio El siglo de las luces.

En esta novela descubrí todos los elementos capaces de configurar una obra maestra. El gusto por la palabra, enraizado en la precisión conceptual. La riqueza verbal unida a la disciplina que excluye los desenfrenos vacíos. La pasión por lo cultural en el maridaje de la tradición filosófica y literaria de la vieja Europa y el mundo joven americano. La reflexión del hombre ejercida desde la Historia, como único cauce capaz de proporcionarle un sustento materialista al margen de la metafísica. La meditación política, inherente a cualquier análisis histórico llevado hasta sus últimas consecuencias.


EL COTILLEO


Asentir o desestabilizar, Rafael Chirbes, p. 268

El cotilleo -el contar- ha sido tradicionalmente atribuido al mundo femenino, mientras que al hombre se le atribuye (también por la tradición) el ser de pocas e inamovibles palabras («un hombre de palabra», se dice). La mujer -seguimos con el tópico- se enreda en el hilo del verbo y la vida, pregunta, critica, se interesa  por cuanto pasa bajo techos que no son el suyo, y busca un saber menudo e improductivo que el varón desdeña. La narración, pues, por ser cotilleo -aunque, eso sí, sacralizado--, arraiga en el apartado femenino del alma: no deja de ser chisme, invención, mentira que encubre una verdad difusa, como la del arna de casa ante el puesto del carnicero.

Sin embargo, es el macho quien ha secuestrado esa voz y, con frecuencia, la mujer ha debido ocultarse, para contar, detrás de una firma de hombre. Pocas narradoras, pocas mujeres sujeto en el quehacer literario y, por el contrario, muchas protagonistas de la ficción de los hombres: muchas mujeres objeto de literatura. Con el desarrollo parece llegada la hora de la transición, en la que el macho-salomé entregaría en bandeja de plata -bien que a regañadientes- la cabeza del cuento, buscando esa voz (la que ya se escuchaba en la primera obra de Azancot:"' voz de mujer saliendo de un cuerpo de hombre) que, siendo femenina, está en él sumergida.


ULISES


Asentir o desestabilizar, Rafael Chirbes, p. 142

James Joyce, Ulises. Traducción de J. M. Valverde. Barcelona, Editorial Lumen, 1975, 2 volúmenes: 577 y 463 páginas, 840 pesetas

Joyce nació en Dublín en 1882 y murió en 1941, en plena guerra mundial. Fue, por excelencia, escritor y a la escritura dedicó la mayor parte de sus esfuerzos. Poeta (Música de cámara), dramaturgo (Exiliados), autor de narraciones breves (Dublineses) y novelista (Ulises).

Su obra es una mezcla de ternura, musicalidad, ironía y captación de lo cotidiano. Sin pretensiones de ser testigo de la realidad captó con la sensibilidad de un Flaubert, con la precisión de un Balzac, el mundo de lo pequeño y diario; su belleza, su patetismo, su grandeza y su miseria. Si esto es patente en creaciones como Dublineses o el Retrato del artista adolescente, sin duda cobra nuevos significados en su obra maestra que es, a la vez, una obra maestra de la literatura universal: Ulises. Introducía en ella, revolucionando el arte de escribir, nuevas técnicas, una perspectiva irónica, un minucioso culto a lo cotidiano y un diálogo con el lector, con la literatura y con la cultura, haciendo de todo ello el centro mismo de su arte de novelar.

Joyce declaró en una entrevista que había escrito el Ulises «para tener ocupados a los críticos durante trescientos años». En otra ocasión negó que existiese en toda la novela una sola línea que pudiera tomarse en serio. Los resultados de su labor fueron, sin embargo, una burla maestra, un modelo para toda la posterior literatura.

La publicación en España de esta novela, que hasta ahora habíamos tenido que leer en la mediocre traducción de una editorial latinoamericana, se ha llevado a cabo con un rigor ejemplar del que debemos dejar constancia. J. M. Valverde ha dedicado varios años de su vida a traducir y preparar una edición impecable.


BERLIN


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 474

Berlín es un ente perezoso cuyas células nerviosas, las neuronas que relacionan unas partes con otras y crean la ilusión de un cuerpo único, existen gracias a que así lo permiten dos formas imprescindibles de transporte: el metro y la bicicleta. Berlín existe porque los viajeros del metro y los ciclistas deciden que recorren una sola ciudad, y definen sus confines, y van de un sitio para otro dentro de esa entelequia urbana cuyos límites son como la pintura de Leonardo, más bien cosa mentale: no les importa cruzar siete u ocho kilómetros -canales, bosques y descampados incluidos- para tomar una copa y luego otros cinco o seis para entrar en una discoteca, y tres o cuatro para volver a casa, y a todos esos lugares dispersos han decidido llamarlos Berlín. Esta mañana una joven traductora me decía que las ciudades españolas la agobian, la asfixian sus calles, le parecen estrechas, ruidosas, carentes de vegetación, secas y desoladas. Se quejaba: esa continuidad de los edificios que se suceden a lo largo de kilómetros sin que apenas haya una pausa de verde le producían asfixia. Hablaba de Madrid y Barcelona, que son las ciudades que conoce. Lo cierto es que Berlín, incluso cuando consigue concentrar unas cuantas calles, es un damero más bien solitario. Caminando cerca del Pergamon Museum, por el interior del lujoso núcleo que incluye Unter den Linden y Franziisische Strasse veo las anchas aceras apenas pobladas, las tiendas vacías, y me pregunto cómo demonios funciona esto, quiénes son los que viven en esos pisos elegantes, los que compran en esas tiendas y se hospedan en esos hoteles carísimos; dónde se meten esos millones de habitantes que dicen que tiene la ciudad cuando no hay un partido de fútbol en la pantalla gigante del edificio Sony de la Potsdamer Platz o un concierto, eventos que sacan a la calle a decenas de miles de personas. En otros momentos, solo el conjunto de las grandes arterias circulatorias y sus principales ramas -unas cuantas grandes calles que la recorren de punta a punta en varias direcciones- resultan bulliciosos y hasta cierto punto ruidosos, pero es un sistema de circulación estanco, que apenas admite fugas; basta con alejarte de esas calles para volver a poder pasear tranquilamente por lugares solitarios, o entre casas en las que parece que no vive nadie.

En la foto la casa de Bowie en Berlín



EDUCACION


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 396
Sí, pero yo creo que es muy contemporáneo eso de que no nos importe nada cuanto existe a nuestro alrededor. Me parece muy contemporáneo, porque yo mismo me siento agredido por esa indiferencia hacia lo ajeno, se compadece mal con la forma en la que fuimos educados los niños de mi generación: deja paso, cede el asiento para que se siente la señora que va cargada con el niño, o ese señor mayor, no molestes, no hables tan alto, no te muevas de acá para allá, estate sentado leyendo el tebeo que te he comprado; en el tren, si alguien sacaba un pedazo de tortilla o de tocino, si cogía de la cesta una pieza de fruta, antes de dar el primer bocado, ofrecía a los compañeros de departamento, que no siempre decían que no: ¿ustedes gustan? Estoy hablando de usos de gente inculta, campesinos, trabajadores en lo más bajo de la escala social; la España paupérrima de los cincuenta, que había retrocedido en el producto interior bruto a la de los veinte. Si había estado charlando antes con el vecino de asiento al que acababa de conocer, el oferente insistía: ande, pruébela que está muy rica, me ha salido muy buena hoy la tortilla (se trataba de gente modesta para la que aquella comida era casi un tesoro), aunque solo sea probarlo, no me haga ese feo. Costumbres de las clases bajas, de la pobre Bola de Sebo a la que los burgueses no dudan en arramblarle las provisiones, aunque la desprecian por prostituta y luego la quieren dejar a mitad de camino para que se la follen los alemanes a cambio de que los dejen marchar a ellos, al fin y al cabo eso, ir a lo suyo, es precisamente lo suyo, lo del burgués, si eres generoso no te haces rico. La burguesía tenía otra forma de comportamiento, que olfateo que es la que se nos ha acabado imponiendo a todos (en la lucha de clases el vencedor impone también el dominio de sus ideas). Tenía muy claro el sentido de los límites entre su persona y la de los demás, y, desde luego, la idea de dónde empezaban sus cosas (eso es mío y usted no tiene derecho a tocarlo).

NAPOLES


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 311

Bruno Arpaia muestra un desconsolado pesimismo al hablar de Nápoles. Según él solo una pequeña parte de los habitantes de la ciudad trabajan en algo confesable, y a esos, el resto los tolera con desagrado. Los trabajadores legales son el elemento extraño. Los demás aportan una masa de labores oscuras, esfuerzos sin forma definida, pero organizada minuciosamente. Son los dueños de la ciudad, generadores de anticuerpos que los libran de los extraños. Nápoles, según él, está condenada a muerte. Asegura que, cada vez que vuelve, se refuerza en esa idea. Es verdad que, desde la última vez que la visité, han rehabilitado bastantes edificios, incluidos unos cuantos interiores de palacios e iglesias. Pero, mientras charlamos, caminamos entre montañas de basuras, cajas, papeles, suciedad. Lo turbio encuentra en Nápoles un humus favorable que lo hace crecer sin control. La violencia es cada vez más ecuménica y afecta a los propios napolitanos más atrevidos. Los noctámbulos dejan sus monederos antes de salir de casa, se despojan de sus joyas, relojes y teléfonos móviles. Las nuevas generaciones de delincuentes ya no se conforman con robarte. Quieren hacerte daño, me explica Bruno. Y añade: la marea de la violencia ha crecido imparable durante los últimos años, sin que lo impida ninguna medida de prevención, ocupa descarada los espacios públicos. En ese sentido, Nápoles ha empeorado. Pero tampoco puede decirse que ha mejorado la higiene de la ciudad, que, por lo demás, siempre ha sido ínfima. Me cuenta que su padre era geómetra y que él, con catorce o quince años, lo acompañaba a medir los patios del Barrio de los Españoles, o de Spaccanapoli, y que fue así como empezó a descubrir ese Nápoles de habitaciones en las que vivían catorce o quince personas, microviviendas que, en el mejor de los casos, contaban con un retrete que era solo un agujero metido en alguno de los armarios de la cocina. La ducha, por supuesto, ni se conocía.


JUAN GOYTISOLO


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 88

También Juan Goytisolo se mostró efusivo. Nos habíamos cruzado tres o cuatro veces el día anterior, y no nos habíamos dirigido la palabra: después de una desagradable experiencia que tuve con él y que sería largo describir aquí, mantengo la posición de que hay que evitar tener contactos con Goytisolo si uno no quiere acabar atrapado en alguna red de  malentendidos. Ayer me envió un emisario para preguntarme si me parecía bien que hablásemos. Le dije que no tenía ningún inconveniente (pensé: ¿por qué no viene él y tiene que mandarme a alguien?). Hoy se ha acercado: Los incidentes pasan, la amistad queda, me ha dicho. Y ha añadido: Mándame algún libro tuyo. Amigos comunes me dicen que son muy buenos, pero yo no los he leído (pienso: ¿y por qué no te has acercado a una librería y te has comprado alguno? Yo, los tuyos que he leído, los he comprado). Sé que no es verdad, al menos Mimoun me consta que lo leyó y, además de leerlo, comentó a bastantes personas que era una novela muy mala. Cualquier palabra que un español escribe sobre Marruecos, Goytisolo la lee y la comenta, la fiscaliza, es competencia desleal en un mercado cautivo; como Cristo ve a cualquiera que profana un templo suyo y lo castiga. A pesar de eso, me parece miserable por mi parte andar dándole vueltas a esas estupideces de vieja diva, lo veo tan mayor, y, de rebote, me veo tan mayor yo mismo, que le dejo en la recepción del hotel un ejemplar dedicado de Los viejos amigos. Es cierto que me ha producido ternura verlo así de frágil. No me lo había parecido en el primer momento, más bien me dio la impresión de que el tiempo no había pasado por él: tiene la cara prácticamente igual que hace treinta años, y eso te confunde; pero habla con una voz muy débil, está extremadamente delgado y camina con paso vacilante. Ignacio Olmos, el director del Cervantes de aquí, de Berlín, me ha dicho que está muy mal. Viaja con una mujer que le sirve de enfermera y a la que ayer la escuché hablarle de no sé qué pastillas que le habían parecido muy baratas, y también se refirió a una mantita. No pude apartar la imagen: el azote de España acurrucado y envuelto en una mantita. Qué cabrona es la vida.


El Retablo de lsenheim


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 294

El Retablo de lsenheim. El Cristo crucificado, descomunal y deforme, parece haber sufrido algún tipo de mutación regresiva que pusiera en relación el reino de los hombres con el de los saurios: los pies, hendidos y tumefactos. Costaría reconocer que son pies si se vieran aislados del resto de la figura; las palmas de las manos clavadas al leño, de las que surgen unos dedos que parecen más bien patas de ave; el convulso movimiento de los cuerpos de las mujeres (también los dedos de la Magdalena se levantan y tuercen como garras). Pero, sobre todo, la piel. Repugna a la vista la piel del Cristo agonizante (en la tabla inferior, ya un cadáver), tumefacta, cubierta de llagas que parecen más fruto de una enfermedad que de los tormentos que le hayan infligido los sayones. Llagas y bubas atroces también en el individuo que -en otra de las tablas- contempla cómo los repugnantes diablos arrastran a San Antonio.

La representación del dolor en los personajes que velan al pie de la cruz muestra tal violencia que solo consigo asociarla con un grupo escultórico en terracota que vi en Bolonia, en Santa Maria della Vita, y que representa a las santas mujeres exhibiendo un dolor que conecta más con lo prehumano, con lo animal, que con cualquier concepto cristiano: dolor que no admite consuelo y suspende la razón. Sombrío, inconsolable e inexpresable: aullido. Pasaron casi quinientos años hasta que Munch pintó El grito. Pero he empezado diciendo que todo en el retablo resulta monstruoso: es monstruosa la colección de demonios, que, sin embargo, nos resulta próxima, contemporánea, como sacada de alguna de las pesadillas de nuestro tiempo, de un cómic; o como si Dalí y Max Ernst hubieran decidido vender alguna de sus pesadillas haciéndola pasar por un retablo del siglo XV. La propia imagen del Cristo transfigurado parece de un tiempo que no es el suyo. Más que un trabajo renacentista es el cuadro pintado por un hippie de los sesenta del siglo XX iluminado por una dosis de LSD: el color sutil, de una blancura casi transparente, del cuerpo del Cristo, la luz fosforescente del aura, todo me hace pensar en alguno de los pósters psicodélicos que estuvieron de moda en mi juventud, y también me parece sorprendentemente contemporánea la composición de los guerreros que yacen a sus pies. Por cierto, que el que yace tendido boca abajo y vestido con una armadura es, sin duda, una de las más bellas imágenes de la historia del arte.


ESPECULACION


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 285

Manda una burguesía salvaje, voraz e impaciente, que ha renunciado a imponer cualquier modelo que se defina por elevación. Especuladores que llegan de fuera con la idea de llevarse cuanto antes su ración de tarta; y una burguesía local (y lodal) que aún no se ha librado del poso de explotador rústico, despiadado, que trata a la tierra como esclavo a su servicio, la España de Lorca y Benavente mal enterrada, que ahora viaja a bordo de fulgurantes todoterrenos: codiciosos hijos de campesinos reconvertidos en tres o cuatro decenios, incapaces de devolverle nada a la tierra que aún embarra sus pies. Su altura estética la encuentran en los programas televisivos, en la prensa rosa, en los gritos en el bar o en el campo de fútbol, el estruendo de las tracas y la música empalagosa de los puticlubs de carretera es el que empasta su espíritu. Hablan de grandes vinos, de comidas en restaurantes de alta cocina, y se lo echan todo al gañote. Proceden también ellos de un sombrío mundo precristiano, de un universo de dioses terrenales a los que el futuro les parece tan improbable como el más allá. Ni siquiera han capturado de la bolsa del cristianismo conceptos como los de la caridad, la compasión o -hasta si me apuras- la mentira piadosa. Un laicismo despiadado que no cree en Dios, ni en Marx, y se caga en la historia y en el porvenir (yo ya no lo veré, no me lo comeré ni me lo follaré, ese futuro del que me hablas): saben que, tras la carrera precipitada, llega el silencio por el que pasean tristes las sombras. Se ríen -con razón- de ese «post tenebras spero lucem», que sirve de lema a Cervantes en su Quijote.


INCIPIT 1.332. DIARIOS 2 / RAFAEL CHIRBES


2005

5 de marzo de 2005

¿En qué se me ha ido febrero? Unos cuantos ratos ante el· ordenador con la mente en blanco, todo lo más anotando unas pocas frases que pienso que pueden servir a la novela que debería llegar. Ni siquiera me he asomado a este cuaderno. Bueno, al menos he conseguido entregarles a los de Sobremesa un artículo largo sobre los aceites de Castellón que, por cierto, son magníficos. ¡Ah!, y las columnitas que, desde hace tres o cuatro meses, les escribo a los de la revista Descubrir. Algo es algo.

8 de marzo 2005. Madrid

Tras muchas vacilaciones acerca de si, cuando en abril vaya a Nueva York, tengo que leer un texto que escribí hace ya algún tiempo o si tengo que limitarme a leer un capítulo de la última novela, me doy cuenta de que, una vez más, lo que tengo que hacer es preguntarme a mí mismo en voz alta qué voy a hacer allí, qué demonios es esto de ser europeo (el Pen Club de Nueva York, que es el que nos invita, quiere que hablemos de eso, de la europeidad), qué es ser escritor, o individuo en la nueva Europa. Seguramente, sin citas interpuestas o con las citas que me lleguen a las manos.


BONO


Diarios 2, Rafael Chirbes 140

Bono exhibe el gesto de quien ha llegado muy arriba, la autosatisfacción de mirar por encima del hombro -y como quien ni siquiera se ocupa de mirar- a los de su pueblo. ¿Veis a quién votáis?, ¿veis qué arriba he llegado?, ¿qué alto está vuestro paisano? !barra, a quien vi por la tele anoche, se sostiene sobre ese mismo esqueleto psicológico, el gallo que se ha hecho con el dominio del corral a fuerza de pico y espolón. Esos dos hablan así, engallados, ponen las palabras de puntillas, las hacen encocorarse y sacar pecho: como el gallo, al tiempo que cacarean se pavonean y estiran el cuello y echan la cabeza hacia atrás, amenazando a quien les discuta el dominio que han conseguido a fuerza de culebrear y babear al servicio de quien podía más que ellos. Javier Ortiz me ha contado los tiempos en los que Bono era un tímido monaguillo que le llevaba la cartera y ayudaba servilmente a Raúl Morodo; otros me han contado los años en que Ibarra lavaba con lejía para decolorar su camisa azul de falangista a la espera de conseguir un puesto en el PSOE. No son personas, son más bien figuras del arte, polichinelas, grabados de Daumier, de Goya, de Otto Dix. Cuando hablan, les dicen a sus  paisanos: tú eliges, yo soy el que puede subirte arriba o hundirte. Y, al permitirles esa elección, están convencidos de que los hacen libres. Es el lenguaje de los padrinos sicilianos, el momento en que los rasgos de la caricatura se ensombrecen, se vuelven amenazadores, pinturas de la Quinta del Sordo, macabro guiñol del pim, pam, pum nacional.


MANN


Diarios, Chirbes, p. 320

Cuando desde el fondo del pozo, uno se pregunta el porqué de la literatura, o si merece la pena seguir llenando páginas, Mann, con un pie ya en la tumba, nos da una gozosa respuesta .en su divertido Felix Krull Sin libros como ese, la vida merecería bastante menos la pena. Bajo el juego de disfraces del mozo de comedor Krull, que ha cambiado su personalidad con la de un aristócrata, hay una lección de ética: la vida es representación, y precisamente en mantener la credibilidad del papel que te ha tocado en esa representación, encuentras tu grandeza. Como ocurre en la naturaleza ( esas flores que se visten para atraer a los insectos polinizadores), el arte es disfraz, pero un disfraz que exige disciplina, ascetismo ( el rigor del entrenamiento en la trapecista que aparece en el libro): ser humano y, al mismo tiempo, no serlo, retorcer esa humanidad, pero disimular pudorosamente la violencia que expresa la contorsión, esconder el doloroso esfuerzo, y mostrar solo la pirueta.

La novela termina precipitadamente, incluso podría decirse que. Mann la deja sin terminar. Hay un final mutilado, y los últimos capítulos son los menos brillantes, los más discursivos y tediosos del libro, pero haber vuelto a trabajar durante sus últimos días en ese texto iniciado en su juventud, supone un homenaje a sí mismo. Mann se felicita por el simple hecho de haber vivido. La elegancia, la gracia, la ironía se manifiestan en un diaporama de personajes, de situaciones, de decorados: comedores de grandes hoteles ( con su contrapunto de sórdidas vidas tras las mamparas, en cocinas, sótanos y buhardillas), vagones de lujo, elegantes cafés, un mundo que cuando Mann escribía ya la guerra había hecho estallar y era nada más que ceniza, recuerdo. Felix Krull es el homenaje a aquello que ocurrió, se esfumó, y ya no volverá más. Él mismo, el autor, se sabe a punto de hundirse tras el telón de sombras, de desaparecer como ha desaparecido el mundo al que perteneció. En el último momento, levantar una novela como, en una chispeante despedida, se levanta la copa de champán.


ECFRASIS


Diarios, Rafael Chirbes, p. 436

En algo recuerda al Demócrito de Ribera ( cuya reproducción hoy he vuelto a ver en una página de El País en la que se comentaba una exposición sobre El retrato español que han instalado en el Prado, y que acompañaba a un texto de John Berger). El Demócrito de Ribera nos parece un viejo campesino al que le han puesto en una mano un compás y le han pedido que coloque la otra mano sobre un libro. El hombre acepta entre escéptico y divertido lo que le están proponiendo hacer, representar, pensemos que ha aceptado posar seguramente para ganarse algún dinero. No creo que Ribera le contase siquiera a quién estaba representando, quién era ese tal Demócrito que encarnaba en aquel momento. El artesano mira con sorna al artista, nos da la impresión -con su risa socarrona..: de que no entiende el artificio, el trabajo inútil del artista, le parece juego de niños, pérdida de tiempo, improductivo, al margen del proceso de trabajo del que surgen los objetos útiles, hechos para cubrir necesidades humanas, la exigencia del artista como algo fuera de la obligación que te lleva cada día al puesto de trabajo. Pero cuando el posado concluye, y se ve a sí mismo recreado en un lienzo, duplicado, renacido, la ironía se le convierte· en temeroso respeto, el artista posee un don que procede de Dios: lo ha capturado; no digamos ya cuando descu6ra, si llega a descubrirlo, que eso que parecía un juego, además de admiración, produce prestigio, y, sobre todo, produce dinero. Es un trabajo mucho más rentable que pedir limosna a la puerta del hospital, o que el que hizo él mismo en su taller antes de caer en la ruina.


PERRITOS DE PARIS


Diarios, Rafael Chirbes, p. 92

Esos perritos de París, tan urbanos, perritos de exputa, hijos de perritas de puta. A la gente de campo, a los rústicos, nos excita la fantasía esos perros: lo que los animalitos han visto, las chocolatinas que han mordido, el champán que han lameteado, las sábanas sobre las que se han tendido. Incluso imaginamos las ceremonias en las que han participado, de buena o de mala gana; imaginamos en ellos un refinamiento canalla, que atrae y repugna al tiempo. Otro trabajo para Bachelard: Psicoanálisis del perro de puta. Guzmán de Alfarache, proxeneta de su propia esposa, nos habla de la falderilla que siempre llevaba consigo la mujer y dice que «es cosa muy esencial y propria en una dama uno destos perritos y así podrían pasar sin ellos como un médico sin guantes y sortija, un boticario sin ajedrez, un barbero sin guitarra y un molinero sin rabelico» (pág. 686). En la cárcel de Carabanchel, los presos los llamaban perros piloneros: se suponía que las putas, las solteronas y las viudas (y hasta no pocas casadas) se dejaban lamer por ellos, se los bajaban al pilón y preferían sus manipulaciones a las del amante o el marido. Sus dueñas los mantienen, los peinan, los perfuman, los visten: como si fueran sus «maquereaux. Muchas se envician n los perritos y los prefieren a los hombres», les oía yo decir los presos de Carabanchel en algunas de las conversaciones arras que mantenían. Aseguraban que sus lenguas son más suaves, y, sobre todo, revelan mayor constancia en la tarea, y desde luego más docilidad que la de amantes y maridos.


LA FRANCE


Diarios, Rafael Chirbes, p. 90

Abajo, en la escalera principal, la Victoria de Samotracia aparece asediada por los fotógrafos, una actriz a la salida de una premíere durante el Festival de Cannes. Hay niños por todas partes, colegiales que toquetean cuanto se les pone a mano, como si hubieran ido con su madre de compras a La Samaritaíne. Peor, allí les llamaría la atención algún empleado. Dónde queda la severa educación republicana de Francia, que moldeaba unos niños temerosos, domados por los ritos, por las prohibiciones: se les prohibía parlotear y reírse en la mesa, hablar cuando lo hacían los adultos. Tenían que quitarse la gorra para saludar, ceder el paso a los mayores, masticar despacio, lavarse una y otra vez manos y dientes; había que respetar rigurosamente la puntualidad. Llegar tarde a la escuela o a la mesa constituían faltas gravísimas. Todo ese riguroso cuadro disciplinario que, en apariencia, moldeaba niños temerosos, dóciles, iba alimentando en ellos un nife duro, irrompible, que los capacitaba para acabar siendo implacables patronos, obreros infatigables, colonos tozudos, militares despiadados, modélicos ciudadanos para quienes la intimidad, la psicología individual, era algo que había que proteger más que cuidar: eran la sólida columna vertebral de la orgullosa Francia.


INCIPIT 461. LOS VIEJOS AMIGOS / RAFAEL CHIRBES

Pienso que mientras que, aquí, los dedos del frío nos esperan a la salida del restaurante para pellizcamos, siguen creciendo las plantas y se abren las flores delante de mi adosado en Denia a pesar de lo avanzado de la estación, mediados de noviembre; o que el aire fue tenue la  pasada mañana y me envolvió con su respiración templada y húmeda mientras Pedrito aparcaba el coche ante mi casa y cargábamos el maletín que yo había preparado con un par de camisas, ropa interior, la bolsa de aseo, lo necesario para la excursión de dos días, al tiempo que él, de pie junto al coche, apoyando la mano derecha en la superficie de la puerta abatible del portamaletas, decía: “Es verdad que la casa es pequeña, pero tienes una vista grande.” Anotar en el cuadernito la sensación que me ha producido ese cielo azul intenso recorrido por nubes, como si hubiera un filtro en el paisaje y todo compusiera una secuencia de película: las ramas de los pinos pasando junto a la ventanilla del coche, la sierra pedregosa, pero en la que las primeras lluvias del otoño han puesto manchas verdes y en la que aún quedan pinedas que a simple vista apenas se distinguen, pero que, si uno se fija, descubre que ocupan buena

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