Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.641. BRAVURA / CARRERE


Antes de mover el cuerpo, su mirada abarca sucesivamente la penumbra húmeda del pasillo en el que va a entrar y, un momento antes de que la puerta se cierre, el espectáculo de la calle que acaba de abandonar y de la que ahora le separa la pesada hoja de roble. Como la casa no contiene mobiliario y él mismo ya no posee nada, sólo tiene que mover su propio peso, pero es suficiente para agotarle: todo pesa más entre estos muros espesos, empezando por la puerta, cuyo umbral cruza cada vez menos, ya que cada gesto exige un esfuerzo, como si la gravedad se multiplicase y la atracción de la tierra fuera más imperiosa en este lugar preciso de Londres.

A veces, nada más entrar, en lugar de subir, conteniendo el jadeo, el tramo de peldaños que se vislumbra al fondo del estrecho corredor y le conduce a su guardarropa, se arrodilla delante de la puerta, pega el ojo a una rendija que ha descubierto, mira al exterior. Estas sesiones de acecho le agradan, al menos le agradaban al principio, a pesar de la angostura de su campo visual. Para él sigue siendo la mejor manera de ver el mundo: sin que le vean, sin que le pidan que se mezcle con él, que participe.


INCIPIT 1.640. TRAS MI ROSTRO / GREGOR VON REZZORI


Con nostalgia saluda el que soy al que pudo haber sido.  Kierkegaard

Érase una vez un día en el que quise echar un vistazo al futuro. Sólo una ojeada muy breve. Hoy, tras varias incursiones en lo que luego habría de ser el pasado, no tengo ya demasiada curiosidad por el mañana. He aprendido que lo que va a venir, viene. Lo que ha de acaecer, acaece. Acaece conmigo y por encima de mí, dejando apenas opciones para el instante siguiente. Lo sé: ese instante siguiente —todo instante siguiente— está henchido de fatalidad. Cualquier camino escogido al arbitrio tendrá consecuencias cuyos giros no soy capaz de prevenir. Los determina la época, confluyen y se desvanecen en ella, como se desvanece todo. El único testimonio de lo que ha sido es lo que pueda contarse después al respecto. El mundo es un inmenso depósito de hechos narrados que pueden narrarse otra vez. Todo lo que ha sido, ha sido, como los dinosaurios. Érase una vez.

Aquel lejano día me atormentaba un deseo y quería saber si se cumpliría. Era el deseo de dar un paso fuera de Alemania, un lugar en el que había caído como en una trampa. Los acontecimientos de la época me habían arrastrado hasta allí en su crecida y un buen día me vi varado en Hamburgo, a orillas del río Elba, un sitio del todo ajeno a mí.

 


INCIPIT 1.639. EN PALABRAS SENCILLAS / RICHARD FORD


Nota del autor

Los lectores a menudo me plantean una cuestión, cuya respuesta es el tema de este librito: ¿me considero un novelista político? Y, en ese caso, ¿cómo he llegado a esa conclusión? ¿Y por qué? ¿Y cuándo? Al principio, este asunto no me interesaba mucho, pero con el tiempo he cambiado de opinión.

          Escribir narrativa siempre me ha proporcionado razones y oportunidades para intentar hacerlo cada vez mejor: eligiendo temas más interesantes, escribiendo frases más claras y afortunadas, siendo más exigente con las formalidades del relato, mostrándome más ambicioso al incorporar materiales dispares y, en definitiva, actuando con más inteligencia en el proceso de la escritura. Aunque a veces no se reconozca, una razón importante que subyace a la hora de escribir otro libro es conseguir que el nuevo sea mejor que el anterior.


INCIPIT 1.638. LA BOLA / DANIEL VERDU


Introducción

Nieva en el Panteón

Siempre nieva en voz baja, sin que nadie pueda decir una palabra. El blanco y la sordina que imponen las partículas de hielo convierten cualquier espacio en una habitación pequeña y acolchada, de esas que solo hay en determinados hospitales, los que ayudan a domesticar tormentos. Casi todo lo que transcurre durante ese tiempo es como si no estuviera teniendo lugar realmente. Y eso, exactamente, es lo que se desencadenó ese día a las siete de la mañana, justo después de que sonase el despertador en aquel piso de la piazza Cairoli.

Hacía diez años que no pasaba. El locutor de la RAI no dejaba de repetirlo. Así que nos asomamos a la vieja ventana de madera temiendo un terremoto, un meteorito u otra derrota de la Roma, los únicos tres fenómenos capaces de agitar la ciudad. Pero la noticia era solo la nieve. Una alfombra blanca había sepultado los adoquines y las aceras, ocultando los restos de basura y borrachera de la noche anterior en el Campo de’ Fiori. La brisa helada enmascaraba el olor dulzón del alcohol y de la porquería acumulada tras varios días sin avistar el camión de la basura. Desde ahí arriba, asomados a la ventanita de madera del salón, Roma parecía una ciudad limpia y uniforme, aunque no fuese a durar demasiado.


INCIPIT 1.637. LA MIRADA DE ULISES / ERICH AUERBACH


INTRODUCCIÓN

Erich Auerbach, un filólogo  en el exilio

Mi idea de Dios es confusa, pero Cristo y la Pasión son para mí cosas concretas, enternecedoras y profundamente conmovedoras que provocan ira y amor.

 Zbigniew Herbert 1

En la historia intelectual del siglo xx, Erich Auerbach (1892-1957) figura, junto a Hannah Arendt y Walter Benjamin, entre los eminentes exiliados cuyas ideas y argumentos en torno a la filosofía de la cultura se discuten hoy en todo el mundo. En sus escritos, los tres exponen de maneras muy distintas el modo en que la experiencia de la marginación determinó su pensamiento en cuanto intelectuales alemanes y judíos 2.

1 Conversación con Renata Gorczyńska (ensayista, traductora, crítica literaria) traducida del polaco al alemán por Helga Gutsche, Sinn und Form, n.º 5, septiembre/octubre de 2004. 2Véase Matthias Bormuth, «Krise des Historismus und provisorische Existenz. Hannah Arendt, Erich Auerbach und Walter Benjamin», en: Antonia Grunenberg, Volker Gerhardt y Stephan Gosepath (ed.), Verborgene Tradition und unzeitgemäße Aktualität? Hannah Arendt 1906-2006, volumen especial, n.º 16 de Deutsche Zeitschrift für Philosophie, Berlín, Akademie, 2008, pp. 145-165.


PROUST, STENDHAL Y FLAUBERT


La mirada de Ulises, Erich Auerbach, p. 86

A su lado, los personajes de las grandes novelas realistas del siglo XX son meras comparsas, personajes a los que se ha atrapado por algún extremo de su ser y acto seguido se los ha compuesto. La gran inutilidad y la aparente falta de composición de la novela, que no exige de ninguna de sus figuras absolutamente nada que deba suceder para conducir el desarrollo del relato en tal o cual dirección, les concede la libertad de moverse como más propio les parezca; la necesaria limitación que para Stendhal o Flaubert (por no mencionar a otros) se origina a partir de la construcción, del inamovible plan pragmático de sus obras, está ausente en el caso de Proust. Así, el producto, caprichoso y casi botánico, brota de un modo totalmente autónomo, apenas se siente la mano del hacedor, y si otros grandes escritores, desdeñando la descripción y el análisis, logran con pocas palabras que un personaje sea, en su momento trágico, inolvidable durante siglos, esa actitud, quizá más sublime, no corresponde a la novela; al lado de la obra de Proust, casi todas las novelas que conocemos parecen novelas cortas. En busca del tiempo perdido es una crónica de la memoria—en la que el lugar de la sucesión temporal empírica pasa a ocuparlo el encadenamiento secreto y a menudo descuidado de los acontecimientos, que el biógrafo del alma, el que vuelve la vista atrás y mira dentro de sí mismo, siente como propio—. Lo que ha ocurrido no tiene ya poder alguno sobre él, v el autor nunca pretende que aún no ha ocurrido lo que sucedió hace mucho tiempo y que todavía esté por decidir lo decidido mucho tiempo antes, Es por eso que no hay ni  tensión ni punto dramático culminante, nada se precipita ni se amontona, y tampoco, después, hay solución y calma.


PROUST


La cicatriz de Ulises, Erich Auerbach, p. 83

Por nacimiento, Proust pertenece a una familia burguesa privilegiada por sus ingresos, su riqueza y unos bienes raíces heredados mucho tiempo antes; su encanto personal le permite acceder a todas partes, también los círculos cerrados de las grandes familias de la nobleza. Todos ven en él un ser afortunado y fuera de lo común. Sin embargo, no goza de buena salud; sufre ataques de ansiedad y trastornos nerviosos de toda clase, es incapaz de ejercer actividad alguna y de tomar decisiones. y su irritabilidad llega al extremo de impedirle salir de casa durante semanas y sin un motivo determinable aunque se lo proponga una vez y otra. Igual de mal le va a su equilibrio moral. A la exacta profundidad de su pensamiento y la nada superficial elegancia de los sentimientos, a su capacidad para penetrar en la esencia de quienes lo rodean, a su tacto y su respeto en los asuntos familiares, se oponen de manera desagradable su egocentrismo, también insensible a más no poder, su reserva en los asuntos más profundos del corazón, su incapacidad de confiar, su excesiva perspicacia, su frialdad y una observación que a menudo saca a la luz el mal con cierta estrechez de miras, Sólo puede amar lo que no posee o lo que teme perder; en cuanto está convencido de tener firmemente a alguien, poseerlo pierde todo encanto y esa persona le resulta indiferente. Sin embargo, es raro que no sienta celos; el motivo más insignificante lo pone furioso al instante, y en especial sospecha siempre y en todas partes, de las mujeres y los hombres que frecuenta, sus desvíos homosexuales: la homosexualidad es, en suma. objeto de su interés más intenso, algo así como un ídolo o un espantajo en torno a los cuales sus pensamientos no cesan de danzar.



iAbsalón, Absalón¡



En palabras sencillas, Richard Ford, p.16

Lo que podría haber observado, pero no lo hice, fue cómo mi otra lectura de ese momento, la obra maestra Faulkner iAbsalón, Absalón¡', retrataba Misisipí, un lugar que yo conocía íntimamente porque vivía y era de allí, como un entorno en ebullición de paradojas políticas: había personajes y comportamientos formidables extravagantes, declaraciones desmesuradas, engaños, odios, pasiones repentinas y tragedias casi interminables, todo ello de naturaleza intrínsecamente política Faulkner captaba Misisipi de manera tan completa que, para mí, lograba que no se pareciera en nada a ningún otro lugar del mundo; era tan vívidamente inmersivo como escenario de la narración que hasta ocultaba el hecho de que el gran tema de Absalón (el modo en que esclavitud y el odio racial corrompen irremediablemente la historia y a todos los que la crean) era el tema político perpetuo del Sur en el que yo había nacido y el que conviviría todos los días de mi vida. Si podemos medir el efecto de una novela política por cómo transforma el discurso público, puedo decir que Absalón, Absalón! no solo superó mi capacidad de comprensión. que también alteró de manera permanente mi diálogo conmigo mismo. Aunque tampoco es que me diera cuenta de ello en ese momento.    

 


INCIPIT 1.636. UNA CONCIENCIA NUEVA / SILVIA BARDELAS


SER HUMANO EN EL SIGLO XXI

 En la crisis económica de 2008 hubo un momento de auténtica parálisis. Llevaba a mis hijos a la parada del autobús y apenas había coches. Los restaurantes, cines, tiendas siempre estaban vacíos. Una vez vi a la madre de una amiga del pasado rodeada de policía en Ikea. Había robado salmón. Me fui al coche con vergüenza, curioso cómo la vergüenza ajena se convierte en propia, y volví para intentar sacarla de esa situación. Me acordaba de su inmensa casa separada del mundo por un muro altísimo. Pensé en el absurdo mecanismo de necesitar salmón. Cuando llegué ya no estaba. Me sentí aliviada de no tener que enfrentarme a aquella situación. Lo había intentado. Con eso me bastaba, pero con eso no me bastaba.

Desde el coche veía colas de gente esperando una bolsa de comida, gente que se había quedado sin trabajo. No eran necesarios, sobraban. Unos meses antes habría peleas por sus servicios. Ellos no sólo no tenían nada, sino que eran totalmente dependientes de que otros tuvieran algo. Era necesario que unos pocos tuvieran mucho para que la mayoría pudiera comer. Entre ellos no hablaban. Hacían cola en silencio. Eran individuos, tan individuos como los que se suicidaban por haber perdido su capacidad de comer salmón. Me di cuenta de que la crisis había puesto de manifiesto que no éramos una red de seres humanos que se retroalimentaban. Todos dependíamos de un sistema que si fallaba ponía de manifiesto un vacío existencial que el ruido tapaba.


PROTEO


Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p. 39

La cosa fue que nunca nadie le dio ningún crédito por haber descubierto esos mosaicos, porque era jornalera y el crédito se lo llevó el arqueólogo. Pero Nanna siguió excavando y en un momento dado encontró un vestíbulo con mosaicos aún más hermosos, perfectamente preservados, con una representación del mito del dios Proteo: un dios del mar, elusivo, siempre cambiante, profeta y pastor de las bestias marinas, hijo del dios mayor del mar, Poseidón, y de Fénice. Proteo podia no solo ver el futuro, como la mayoría de los profetas, también veía el pasado remoto con absoluta claridad. pero detestaba revelar sus profecías a los mortales. Si alguien acudía a él en busca de información, Proteo cambiaba de forma, para escabullirse. En manos de su captor, se convertía en pez espada, en cámara, en tempestad, en medusa, en burro, en cepillo de dientes, en fuego, en barco, en libro.

¿En cepillo de dientes?

Bueno, en lo que fuera. Así, transformándose de una cosa en otra, despistaba y mareaba a su captor y lograba escapar.

Pez espada, cámara, tempestad, medusa, burro, cepillo de dientes, fuego, barco, libro, repite ella.

Sí, o en cualquier otra cosa, esos son solo ejemplos. Simplemente se metamorfoseaba en cosas distintas. Pero si su captor aguantaba y podía seguir reconociéndolo en todas sus metamorfosis, en algún momento Proteo volvía a su forma original de dios y revelaba la verdad sobre el pasado y el futuro antes de regresar otra vez a las aguas.


LA MEMORIA DE SHAKESPEARE


Principio, medio, fin, Valeria Luiselli, p.118

DE CÓMO SE OBSERVAN LOS DíAS

Cuando tenía once o doce años, mi padre me leyó un cuento de Borges, «La memoria de Shakespeare», sobre la relación entre la memoria y la imaginación. El narrador del cuento se está tomando un trago en un bar después de un congreso de shakespearianos, cuando de pronto se le acerca un hombre y le dice algo así como:

Te ofrezco la memoria de Shakespeare, ¿la aceptas?

El narrador es un catedrático de cierta edad. probablemente un poco deprimido. y en definitiva nada propenso a creer en ninguna clase de magia o de alquimia. y ni siquiera en la posibilidad de las segundas oportunidades en la vida. Así que, un poco incrédulo. y tal vez un poco borracho. acepta la oferta, paga sus tragos y se va a su cuarto de hotel a dormir. Sería un despropósito resumir lo que ocurre después de eso. Como tantos cuentos de Borges —tan a medio camino entre la parábola biblica y la fisica teórica— este tiene una trayectoria más bien filosófica en vez de una trama y un desarro110 en el sentido tradicional. Lo importante es que, a partir de ese momento, a partir de que el narrador acepta la memoria de Shakespeare, lo que se desenvuelve es la vida interior de un hombre en cuya imaginación confluyen ahora las aguas de dos memorias: la portentosa memoria de Shakespeare y el caudal más modesto de su experiencia pasada.


La dificultad del fantasma


La dificultad del fantasma, Leila Guerriero, p, 127

Capote completamente borracho cayendo desde el estrado de una universidad en la que hacía una lectura. Capote deambulando en la noche lleno de pastillas y alcohol, extraviado al salir de una fiesta. Capote estrellándose con su auto. Capote entrando en clínicas de rehabilitación. Capote orinándose en la cama. Capote durmiéndose en un charco de su propio vómito. Capote bebiendo vodka desde el desayuno. Capote presentándose con el rostro deformado, una inflamación barbitúrica, inconexo y beodo, en el programa de televisión de Stanley Siegel, Stanley Siegel preguntándole: «¿Qué va a pasar si no termina este problema de las pastillas y el alcohol?», y Capote respondiéndole: «La obvia respuesta es que algún día me mataré».

En el libro de Clarke se lee este testimonio: “Cuando me levanto por la mañana, a los dos minutos ya estoy llorando. No paro de sollozar. Y todas las noches me pasa lo mismo. Tomo una pastilla, me meto en la cama y empiezo a escribir o a releer Io escrito y de pronto empiezo a llorar. Un dolor insoportable. ¿Cómo voy a poder vivir siempre con ello? No se trata de un dolor por algo concreto. Es por un montón de cosas. Me siento muy desgraciado”.


CAPOTE


La dificultad del fantasma, Leila Guerriero, p. 15

Vive con su madre, que consume cantidades brutales de alcohol y pastillas. Intenta terminar una novela en medio de una vida doméstica infernal. Lo invitan a la residencia literaria de Yadoo, a cuarenta minutos de Nueva York. Allí conoce a Newton Arvin, uno de los críticos literarios más importantes de Estados Unidos. Se enamoran. En 1948, a los veintitrés años, publica su primera novela: Otras voces, otros ámbitos. El éxito es fulminante. Lo llaman genio. La foto que se reproduce en la contratapa —lánguido y decadente— genera la misma cantidad de tinta que los comentarios sobre el libro: demasiado lascivo, dicen; demasiado perverso. Publica El arpa de hierba en 1951, Se oyen las musas en 1956, Desayuno en Tiffany's en 1958. En 1954, entre una cosa y otra, su madre se suicida. Él. para entonces, ya es la versión años cincuenta de Io que hoy sería un influencer: va a las fiestas más exclusivas de la ciudad, se vincula con mujeres hermosas y millonarias -sus «cisnes»-, como Babe Paley, la esposa de William Paley, presidente de la CBS; Slim Keith, esposa primero de Howard Hawks y luego de Leland Hayward,  un poderoso productor teatral; Gloria Guinness. esposa del magnate Loel Guinness; Lee Radziwill. hermana de Jackie Kennedy; Marella Agnelli, noble italiana casada con el heredero del imperio Fiat,  Gianni Agnelli. Tiene la voz estremecedora de un muñeco articulado, una manera graciosa de pronunciar las eses, una risa grave que no se condice con esa voz. Dice de sí mismo: «Tengo el tamaño de una escopeta y soy igual de ruidoso». Es bajo, muy rubio, delgado, pérfido, inteligente, egocéntrico, escritor convencido de ser el mejor entre los suyos, alguien que ha logrado en relativamente poco tiempo hacerse un nombre y abrir las puertas del cielo.


Plegarias atendidas


La dificultad del fantasma, Leila Guerriero, p. 125

La fecha de publicación de Plegarias atendidas estaba prevista para 1968, pero se postergó una y otra vez. «En 1971», se lee en la biografía de Clarke, «cuando ya se habían terminado todos los plazos que Random House le había extendido, dijo: "La verdad es que en el fondo no deseo realmente terminarlo. Porque se ha convertido en parte de mi vida. Es como agarrar de pronto a un hermoso animal, o a un niño, a un niño encantador, sacarlo al patio y pegarle un tiro en la cabeza, porque ya nunca volvería a ser mío"

Plegarias atendidas nunca fue un hermoso animal ni un niño encantador. En 1975, Esquire publicó el primer capitulo, «Mojave». El segundo, titulado “La Cóte Basque, 1965”, se publicó en 1976 y ventiló, con nombres apenas disfrazados, intimidades humillantes de sus amigas ricas: Lee Radziwill, Pamela Churchill, Babe Paley, Gloria Guinness. Chismes, infidelidades, traiciones, cuentos acerca de sábanas de hotel bañadas en sangre menstrual de las amantes de sus maridos. Todas se reconocieron, y las casas de esas mujeres a quienes Capote había adorado se cerraron con desprecio. Se transformó en un paria. Si en público decía que no le importaba -«¿Qué creían, que estaban con un bufón contratado para divertirlos? No: estaban con un escritor, y pagaron el precio»—, en privado se lamentaba horriblemente: «Yo no quería herir a nadie. No creía que fuera a provocar tanto alboroto», le decía a su amiga Joanne Carson.


GIRALT TORRENTE


Lo desorden, p. 99

Mi bisabuelo Gonzalo era tan mujeriego y se llevaba tan mal con su esposa que en el lecho de muerte pidió un beso en la boca a la mejor amiga de ella. Años estando ya casado, había aprovechado un viaje a Buenos Aires para pedir la mano de una joven de allí y publicitarlo en las páginas de sociedad de todos los periódicos del Río de la Plata.

Mi bisabuela Ángela, cuya madre, mi tatarabuela Francisca, hablaba en su jardín todas las mañanas con Dios, había sido tan infeliz en su matrimonio que de vieja soñaba que, oyendo misa, el cura bajaba del púlpito y la besaba en la boca.

Mi bisabuela Teresa, una campesina orgullosa y adinerada de una aldea costera de Pontevedra, estaba tan convencida de la decadencia de la sangre de su familia a la que por su altura y delgadez apodaban os lanceiros, que se casó con el hombre más fuerte de su aldea, pese a no tener él oficio ni fortuna y, una vez segura de haber quedado encinta, lo despidió Con el dinero suficiente para emigrar a América.

Mi bisabuela Maria era tan osada que había conseguido salvar a su primogénito, prófugo del ejército republicano en el Madrid sitiado de la guerra civil, ocultándolo en casa y telefoneando todos los días al cuartel con fingida preocupación creciente para preguntar por él e indignarse o llorar, según le diera considerara más adecuado para la mejor representación de su artificio.

Mi bisabuelo Vicente era el perfecto marido, el perfecto hermano, el perfecto cuñado... Adoraba, en fin, a su familia y de toda se ocupaba, pero no soportaba estar con ella ni un minuto y se pasaba el día fuera de casa, en el Casino o la Gran Peña, los clubes de tipo inglés de los cuales era socio, y a menudo no regresaba ni para dormir.

Mi abuela María, que cada vez que admitía a una nueva sirvienta le daba un baño y le cambiaba el nombre por uno de su elección, harta de la pesadumbre con la que mi abuelo Juan Giralt Esteva regresaba de trabajar de su fábrica de vidrio, una noche lo había recibido con el rostro cubierto por una careta de payaso.

Mi abuela Josefina, que era muy escrupulosa y en algunos asuntos padecía y hacía padecer con un sofocante puritanismo, ante los obstáculos que su madre le pusiera para casarse con mi abuelo Gonzalo, al que por su vocación de hombre de Letras se consideraba un pobre partido, optó por fugarse y vivir felizmente amancebada con él antes de casarse un año después. Son ejemplos de las historias de muertos que mi madre me contaba. Hablar de muertos es una de las formas por las que el pasado prolonga su influencia en el presente, y, si bien yo lo aprendí de mi madre, no era un rasgo privativo suyo.


El periódico de la democracia


El periódico de la democracia, Javier Cercas, p.57

Fue uno de los días más felices de mi vida.

1 de septiembre de 2001, domingo por la tarde. Estaba escribiendo en mi despacho cuando Enrique Vila-Matas, de quien me había hecho amigo gracias a «La Cónica», me llamó por teléfono para contarme que Vargas Llosa había escrito sobre mí. Ni él ni yo conocíamos personalmente a Vargas Llosa, que para nosotros venía a ser más o menos como las pirámides de Egipto -siempre había estado allí-, así que pregunté, incrédulo: «¿Vargas Llosa?». Pensé que se trataba de un error, pero al cabo de unos minutos mi amigo me mandó por fax un texto del novelista peruano. Este, en aquella época, publicaba ya un artículo bimensual en El País, como hizo casi hasta el final de su vida, pero por algún motivo aquel domingo no Io había hecho, y el escrito procedía del diario peruano El Comercio, que reproducía sus artículos de El País. Lo primero que leí fue: «Vargas Llosa desvela a Cercas», o tal vez «revela a Cercas», aunque Io que yo interpreté fue más bien: «Vargas Llosa desenmascara a Cercas». Me eché a temblar. Seis meses atrás yo había publicado Soldados de Salamina, una novela que, aunque había sido mirada por encima del hombro por los primeros espadas de la crítica -Rafael Conte, Miguel García— Posada, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Ignacio Echevarría-, había logrado abrirse camino por su cuenta entre algunos lectores y críticos hasta con— vertirse en un succès d'estime, y comprendí que Vargas Llosa venía a deshacer con su autoridad incontestable el malentendido: la literatura actual vivía un momento tan calamitoso que incluso un bodrio como el que yo había perpetrado podía pasar por literatura.

 


INCIPIT 1.635. EL ANIVERSARIO / ANDREA BAJANI


La última vez que vi a mi madre, me acompañó a la puerta de casa para despedirse. Luego, antes de cerrarla, se quedó esperando hasta verme desaparecer en el hueco de la escalera. Mi madre nunca fue de gestos de despedida, sobre todo porque la atenazaba una forma de timidez muy cercana a la autonegación. Lo cual, en la práctica, le imposibilitaba toda retórica: no habría podido transformar de ninguna manera en puesta en escena, ni siquiera transitoria, lo que ella misma consideraba tan marginal. Por esta misma razón, me parece, no se reconocía el derecho a certificar el principio o el final de nada. Se quedaba detrás de mi padre cuando la puerta se abría, y seguía detrás de mi padre cuando, al término de cada una de mis visitas, el batiente los engullía en el interior de la casa.

Y con todo, aquel día fue ella la última que se despidió de mí, sola más allá del umbral, en el arranque de la escalera. Más que despedirse, de alguna manera me siguió. Con la perspectiva de los años que han pasado desde entonces, casi diría que le resultaba imposible dejar que me marchara. Es un hecho que mientras yo me iba acercando a la salida retrocediendo, cubriendo cada paso con palabras fumígenas, mi madre avanzaba con un paso similar. Vista con las gafas de la escritura, la escena adquiere la apariencia de una danza, un pie de hombre hacia atrás y un pie de mujer siguiéndolo, otro paso de hijo, y uno más de madre, y así hasta la salida.


INCIPIT 1.634. LA DIFICULTAD DEL FANTASMA / LEILA GUERRIERO

 


Por intentar un comienzo, podría ser este.

Jueves 13 de abril de 2023, cementerio de Palamós, un pueblo de dieciocho mil habitantes en la Costa Brava, España. Tres sujetos –dos hombres, una mujer– buscan una tumba. Hay panteones, largas filas de nichos y algunas lápidas. No tienen pistas, pero el sentido común les hace pensar que lo que buscan no es un panteón –demasiado fastuoso–, ni un nicho –demasiado popular–, sino una lápida. Pero, aunque el cementerio es pequeño, la lápida no aparece. La mujer hace una búsqueda rápida en Google, encuentra un nombre asociado a una imagen y les dice a los hombres:

–La lápida es esta. Hay que buscar esto.

Recorren los pasillos que ya recorrieron, infructuosamente. De pronto, uno de ellos se detiene.

–Acá está. Es esta.

Lo dice parcamente, como si reprimiera el entusiasmo, como si temiera equivocarse o acertar. La lápida es grande, de granito oscuro. Al pie hay flores de plástico que parecen nuevas. En una placa de bronce se lee: «Robert Ruark. Escritor. Nació en Carolina del Norte el 29 de diciembre de 1915. Falleció en Londres el 1 de julio de 1965. Gran amigo de España. EPD». Allí yacen los restos del hombre que, se supone, hizo que el fantasma que la mujer busca llegara a este pueblo.

 Es solo una manera de comenzar una historia. Durante algunos días parecerá adecuada.


INCIPIT 1.633. LO DESORDEN / LA ORDEN DEL FINNEGANS


Orden de expulsión

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Los seguidores de los blogs de El País debieron de quedarse bastante desconcertados cuando, en junio de 2011, apareció un artículo de Malcolm Otero Barral titulado «¿Qué fue de Ray Loriga?». Se habla en él de un peculiar grupo de escritores que se hacen llamar la Orden del Finnegans y cada 16 de junio viajan a Dublín para celebrar el Bloomsday y, con tal excusa, reírse un poco e ingerir abundantes pintas de cerveza Guinness en varios de los numerosos pubs de la capital irlandesa. La alusión que en el título se hace al escritor Ray Loriga queda en el texto reducida a una enigmática acusación y una estrafalaria condena. El cargo que se le imputaba era el de «deserción inexcusable» y la condena que acabó aplicándosele fue la quema pública de un dibujo que le representaba mientras una mujer disfrazada de dama eduardiana gritaba alborozada: «Bye bye, Ray!».

Pero comencemos por el principio. El Bloomsday empezó a celebrarse el 16 de junio de 1954, exactamente cincuenta años después del día en que, según el Ulises, Leopold Bloom realizó el recorrido dublinés que arrancaba del hogar conyugal que compartía con Molly y, tras llevarle por lugares como el cementerio de Glasnevin, la tienda de licores de Davy Byrne, el hotel Ormond, la playa de Sandymount, el hospital de maternidad o el burdel de Bella Cohen en Nighttown, le devolvía borracho a su casa, en cuyo patio trasero acababa de orinar en compañía del no menos borracho Stephen Dedalus.

 


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