La última vez que vi a mi madre, me acompañó a la puerta de casa para despedirse. Luego, antes de cerrarla, se quedó esperando hasta verme desaparecer en el hueco de la escalera. Mi madre nunca fue de gestos de despedida, sobre todo porque la atenazaba una forma de timidez muy cercana a la autonegación. Lo cual, en la práctica, le imposibilitaba toda retórica: no habría podido transformar de ninguna manera en puesta en escena, ni siquiera transitoria, lo que ella misma consideraba tan marginal. Por esta misma razón, me parece, no se reconocía el derecho a certificar el principio o el final de nada. Se quedaba detrás de mi padre cuando la puerta se abría, y seguía detrás de mi padre cuando, al término de cada una de mis visitas, el batiente los engullía en el interior de la casa.
Y con todo, aquel día fue ella la
última que se despidió de mí, sola más allá del umbral, en el arranque de la
escalera. Más que despedirse, de alguna manera me siguió. Con la perspectiva de
los años que han pasado desde entonces, casi diría que le resultaba imposible
dejar que me marchara. Es un hecho que mientras yo me iba acercando a la salida
retrocediendo, cubriendo cada paso con palabras fumígenas, mi madre avanzaba
con un paso similar. Vista con las gafas de la escritura, la escena adquiere la
apariencia de una danza, un pie de hombre hacia atrás y un pie de mujer
siguiéndolo, otro paso de hijo, y uno más de madre, y así hasta la salida.
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