Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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COMUNISMO


Libre, Lea Ypi, p.
138

¿Por qué se había acabado el socialismo? Apenas unos meses antes, en nuestra clase de Educación Moral, la profesora Nora nos había explicado que el socialismo no era perfecto, que no era como el comunismo cuando este llegara. El socialismo era una dictadura, nos dijo, la dictadura del proletariado. Era diferente y, sin duda, mucho mejor que la dictadura de la burguesía que dominaba en los países imperialistas de Occidente. En el socialismo eran los trabajadores, no el capital, los que controlaban el Estado, y la ley estaba al servicio de los intereses de los trabajadores, no de aquellos que querían aumentar sus beneficios. Pero dejó claro que el socialismo también tenía sus problemas. La lucha de clases no había acabado. Teníamos muchos enemigos externos, como la Unión Soviética, que hacía mucho tiempo que había abandonado el ideal comunista para convertirse en un Estado imperialista y represor que enviaba sus tanques para aplastar a los países más pequeños. También teníamos muchos enemigos internos. Las personas que antes habían sido ricas y habían perdido todas sus propiedades y sus privilegios seguían conspirando para socavar el gobierno de los trabajadores y merecían ser castigadas. Pero, con el tiempo, la lucha proletaria triunfaría. La profesora Nora nos dijo que, cuando la gente crece dentro de un sistema más humano y a los niños se les educa en las ideas correctas, las hacen suyas. Los enemigos de clase van disminuyendo y la lucha de clases se va suavizando y acaba por desaparecer. Es entonces cuando empieza en realidad el comunismo y, por eso, es superior al socialismo: no necesita la ley para castigar a nadie y libera a los seres humanos de una vez y para siempre. En contra de lo que sugería la propaganda del enemigo, el comunismo no significaba la represión del individuo, sino la primera vez en la historia de la humanidad en la que podíamos ser realmente libres.

En la imagen: Enver Hoxha funda la República Popular de Albania


RELIGION COMUNISTA


Libre, Lea Ypi, p. 45

La profesora Nora nos dijo que antiguamente la gente se reunía en unos edificios muy grandes llamados «iglesias » y «mezquitas» para cantar canciones y recitar poemas dedicados a alguien o algo que ellos llamaban Dios y que teníamos que tener mucho cuidado de no confundirlo con los dioses de la mitología griega como Zeus, Hera o Poseidón. Nadie sabía qué aspecto tenía aquel Dios único y sobre esto había todo tipo de interpretaciones diferentes. Algunos, como los católicos y los cristianos ortodoxos, creían que Dios tuvo un hijo que también era medio humanó. Otros, los musulmanes, creían que Dios estaba en todas partes, tanto en las partículas más pequeñas de la materia como en el universo entero. Y había otros más, los judíos, que pensaban que Dios les daría un rey que los salvaría cuando llegase el final de los días. Además todos tenían profetas diferentes. En el pasado, esos grupos religiosos habían luchado encarnizadamente entre sí y habían matado y mutilado a gente inocente para imponer cuál de los profetas era el auténtico. Pero no en nuestro país. En nuestro país, los católicos, los cristianos ortodoxos, los musulmanes y los judíos siempre se habían respetado unos a otros, porque les importaba más la nación que sus diferencias sobre el aspecto de Dios. Entonces llegó el Partido, más gente empezó a leer y a escribir y, cuánto más aprendían sobre el funcionamiento del mundo, más cuenta se daban de que la religión era una ilusión, algo que los ricos y poderosos utilizaban para dar falsas esperanzas a los pobres prometiéndoles felicidad y justicia en otra vida.


ALBANIA


Libre, Lea Ypi, p. 23

Yo recordaba vagamente algo del año anterior que se llamó la «protesta del Muro de Berlín». Habíamos hablado de eso en el colegio y la profesora Nora nos explicó que era debido a la  lucha entre el imperialismo y el revisionismo, y a que cada uno sostenía un espejo frente al otro, pero que ambos espejos estaban rotos. Nada de eso nos afectaba. Con frecuencia, nuestros enemigos intentaban derribar nuestro gobierno y con la misma frecuencia fracasaban. A finales de la década de 1940 nos separarnos de Yugoslavia cuando esta rompió con Stalin. En la década de 1960, cuando Jruschov deshonró el legado de Stalin y nos acusó de un «desviacionismo nacionalista de izquierdas», rompimos las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. A finales de la década de 1970 abandonarnos nuestra alianza con China cuando esta decidió enriquecerse y traicionar la Revolución Cultural. Daba igual. Nos rodeaban enemigos poderosos, pero sabíamos que estábamos en el lado correcto de la historia. Cada vez que nuestros enemigos nos amenazaban, el Partido, apoyado por el pueblo, salía fortalecido. A lo largo de los siglos nos habíamos enfrentado a grandes imperios y le habíamos demostrado al mundo cómo una pequeña nación en el extremo de los Balcanes podía sacar fuerzas para resistir. En aquel momento liderábamos la lucha para lograr la transición más difícil: la de la libertad socialista a la comunista; la de un Estado revolucionario regido por leyes justas a una sociedad sin clases, donde el Estado en sí mismo se iría debilitando.


Comunismo y religión


Manual corsario, PP Pasolini, p. 472

Lo coexistencia del comunismo y la religión es concebible en una sociedad como, por ejemplo, la italiana. ¿Por qué? Porque Italia no es todavía un país completamente industrializado (el Sur forma virtualmente parte del Tercer Mundo) y, por lo tanto, para los campesinos y los últimos artesanos la religión es un fenómeno natural y sincero. También la burguesía italiana, que es muy reciente (casi todos nuestros abuelos eran campesinos: en 1870, cuando se alcanzó la unidad de Italia, el noventa por ciento de los italianos eran analfabetos), vive aún, con mentalidad rural, la religión como una necesidad. De los ocho millones de votantes comunistas, una gran parte no solo es católica por mentalidad, sino que además es practicante. El laicismo en Italia es un fenómeno aristocrático, cultivado por élites burguesas en el contexto europeo.

La Guerra Fría y el anticomunismo en Italia son, por lo tanto, dos cosas estúpidas, y el diálogo, instaurado por Juan XXIII, estaba ya en las cosas y en los hechos. Todo lo demás era herencia fascista.

Para los países totalmente industrializados y con grandes y viejas burguesías (Inglaterra, Estados Unidos) el asunto es muy distinto. El laicismo (que es la religión del liberalismo) tiene una gran difusión, también entre la clase trabajadora. Así pues, la religión (el protestantismo, religión tradicional de la burguesía) se ha liberalizado; comunistas, hay pocos. La cuestión del «diálogo» no está de actualidad; o en todo caso es un problema de asuntos exteriores.

Por tanto, comunismo y religión pueden coexistir en los países preindustriales, en los que comunismo y religión se oponen en concreto como dos ideologías distintas. En los países industrializados (capitalistas o socialistas) tal coexistencia no es más que un hecho teórico, porque en realidad no se da una coexistencia histórica y objetiva.

Para terminar, quisiera decir, no obstante, que lo contrario de la religión no es el comunismo (que, aunque haya tomado de la tradición burguesa el espíritu laico y positivista, en el fondo es muy religioso); lo contrario de la religión es el capitalismo (despiadado, cruel, cínico, puramente materialista, causa de la explotación del hombre por el hombre, cuna del culto al poder y nido horrendo del racismo).


LENIN


Hacia la Estación de Finlandia, E Wilson, p. 432

A pesar de su cautela natural, al principio Lenin no poseía las dotes propias de un conspirador. Era demasiado confiado y entusiasta. Su hermana Ana solía tener que contenerle para que no escribiera cartas comprometedoras para los destinatarios; e incluso después de su regreso de Siberia, cuando le resultaba vital eludir a la policía, tuvo la culpa de que lo detuvieran otra vez, al intentar entrar en San Petersburgo por Tsárskoie-Seló, particularmente vigilado por ser la residencia veraniega del zar -una artimaña tan ingenua que la Ojrana no se la tornó en serio-. Sin embargo, Lenin dedicó a la técnica de la conspiración la misma atención minuciosa y objetiva que había aplicado antes a sus estudios de derecho; y, puesto en libertad tras esta segunda detención, después de haber estado solo diez días en la cárcel, y con su lista de contactos políticos escrita con tinta invisible todavía a salvo, empezó inmediatamente a visitar a sus colaboradores y a enseñarles a utilizar la clave.

Tampoco tenía la constitución de toro de un Bakunin. A los veintitantos años ya sufría de tuberculosis estomacal; y cuando en 1895 salió al extranjero para conocer a Plejánov hizo una cura en un sanatorio suizo. La tensión derivada del exceso de trabajo ilegal durante aquellos años hizo en él mucha mella. Ya padecía de los nervios y estaba enfermo cuando lo detuvieron por primera vez; la estancia en Siberia logró fortalecerle, pero la angustia de los últimos días – temía una prolongación arbitraria de su condena- le hizo adelgazar de nuevo. Antes de cumplir los treinta años estaba ya casi completamente calvo. Y en los años siguientes, la angustiosa tensión ocasionada por las crisis del partido le producía a veces graves depresiones nerviosas. Sin embargo, aprendió a administrar sus energías y adaptarse a las vicisitudes de su vida. Durante sus tres meses de prisión, encerrado en una celda de metro y medio por tres de superficie y de menos de dos metros de altura, frotaba el suelo con cera cada mañana para  hacer ejercicio, y también por higiene; y todas las noches, antes de acostarse, hacía cincuenta flexiones. En Siberia patinaba y cazaba; solía dar largas y saludables caminatas al aire libre, mientras sus compañeros de exilio permanecían sentados horas y Roras, chismorreando, discutiendo y especulando mientras fumaban y bebían té.


ICARIA


Hacia la estación de Finlandia, E Wilson, p. 146

La historia de los icarianos es más larga. Étienne Cabet, hijo de un tonelero, pudo, gracias a la Revolución francesa, abrirse camino como abogado y como político. Su lealtad a los principios revolucionarios lo convirtió en una persona muy visible y extremadamente incómoda tanto para la Restauración borbónica como para Luis Felipe. Destinado a los cargos más apartados, perseguido por su actitud de oposición dentro de la Cámara y colocado finalmente en la alternativa de elegir entre la cárcel o el exilio, se vio empujado cada vez más hacia la extrema izquierda, representada todavía por el viejo Buonarotti, descendiente de Miguel Ángel y antiguo compañero de armas de Babeuf. Durante su exilio en Inglaterra, Cabet escribió una novela, Voyage en Icarie, que describía la utopía de una isla comunista con impuesto progresivo sobre la renta, abolición del derecho de herencia, reglamentación estatal de los salarios, talleres nacionales, educación pública, control eugenésico del matrimonio y un solo periódico controlado por el Gobierno.

El efecto de esta novela sobre la clase trabajadora francesa durante el reinado de Luis Felipe fue tan grande que hacia 1847 Cabet contaba con un número de partidarios que se estin1aba entre doscientos mil y cuatrocientos mil. Estos discípulos estaban ansiosos de poner en práctica el icarianismo; y Cabet publicó un manifiesto: Allons en Icarie. Icaria tenía que ser buscada en América: Cabet estaba convencido de que ni siquiera una revolución general podía solucionar los problemas europeos. Robert Owen le recomendó el estado de Texas, ingresado recientemente en la Unión y de población escasa. Cabet firmó un contrato con una compañía americana para la compra de un millón de acres. Cuando el primer contingente de sesenta y nueve icarianos firmaron en el muelle del Havre, momentos antes de embarcar, los «contratos sociales» por los cuales se obligaban a mantener un régimen comunista, Cabet declaró que «ante tales hombres de vanguardia» no podía «dudar de la regeneración de la raza humana». Pero cuando los icarianos llegaron a Nueva Orleans, en marzo de 1848, descubrieron que habían sido estafados por los americanos: las tierras, en lugar de encontrarse a orillas del río Rojo, se hallaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de sus márgenes, hacia el interior del país, en medio de zonas inexploradas. De añadidura, solo tenían derecho a ocupar diez mil acres, que además se encontraban desperdigados, en lugar de estar concentrados en un solo lote. Llegaron, sin embargo, a su destino en carros de bueyes. Todos cayeron enfermos de paludismo, y el médico se volvió loco.

Cabet y otros emigrantes se les unieron más tarde. Después de terribles esfuerzos y sufrimientos consiguieron establecerse en Nauvoo (Illinois), abandonada recientemente por los mormones (quienes, durante su estancia en Utah y hasta la muerte de Brigham Young, constituyeron un ejemplo de comunidad cooperativa próspera).


TROSKI


Hacia la estación de Finlandia, p. 487
Hay una interesante fotografia de Trotski en su celda. Bajo de estatura, con amplias espaldas y espesa cabellera negra, nariz caída y bigote; los ojos azules y penetrantes, en verdad parecidos  a los de un águila, mirando a través de sus pince-nez con cordón, o tal vez mirando hacia su propio y fiero espíritu; cruzadas las piernas, con las manos entrelazadas sobre la rodilla, está sentado en su prisión, no confundido ni indignado y ni siquiera desafiante: más bien parece el jefe del Estado de un gran país que posa un instante para el fotógrafo en un momento de crisis.
Fue desterrado de nuevo al círculo ártico, esta vez de por vida; pero nuevamente consiguió escapar, incluso antes de llegar a su destino. Pretextó en una de las paradas que se encontraba mal; no se había tomado ninguna precaución para custodiarle, pues se pensaba que cualquiera que intentara escapar necesariamente sería apresado al remontar el río por el que habían venido, ya que otro camino parecía imposible. Entre el río Obi y los Urales no existía ni un solo poblado ruso: solo nieve y algunas cabañas de nativos, que no hablaban ruso; además, era el mes de febrero, la estación de las ventiscas de nieve. Pero Trotski logró convencer a un campesino para que le condujera en un trineo de renos a través de regiones deshabitadas; y, siguiendo una senda de renos, intransitable para los caballos, recorrieron cuatrocientas treinta millas en una semana. Después atravesó los Urales a caballo, haciéndose pasar por un funcionario; luego tomó un tren, envió un telegrama a Sedova para que se reuniera con él; finalmente, el matrimonio llegó sano y salvo a Finlandia, donde ya se hallaban instalados Lenin y Mártov.

COMUNISMO


Volver la vista atrás, Juan Gabriel Vásquez, p. 196

Para Marianella, mientras tanto, los días en la comuna fueron mucho más que el satisfactorio cumplimiento de un deber: fueron una verdadera transformación. La experiencia fue tan potente que lo primero que hizo al regresar al Hotel de la Paz fue escribir una carta para la Asociación de Amistad Chino-Latinoamericana. Eran diez páginas escritas en papel translúcido y con tinta verde que describían la vida en la comuna, y en ellas cada coma era una coma conmovida, y cada error de ortografía temblaba de fervor. No hay palabras para expresar, comenzaba diciendo, toda esa felicidad y agradecimiento a la gran comuna popular donde me han acogido como si fuera un miembro de la familia. Era una de las seis jóvenes huéspedes de una mujer de edad que vivía sola con su niño de diez años, pues su marido y su hijo mayor se habían enrolado en el ejército popular. Se levantaban a las seis de la mañana, y media hora después ya estaban saliendo al frío cortante del amanecer. Desde el primer día fue evidente que no tenía ropa adecuada para protegerse del frío, pero no se le ocurrió quejarse ni pedir ayuda: notaba la voluntad de las otras compañeras haciendo lao tun, sin temor a ensuciarse o cansarse, y había que ver para creer el entusiasmo en las horas más difíciles de la mañana. En esos momentos buscaba refugio en las sabias palabras de Mao: «Sin temor al sacrificio y a las dificultades, esforzarse por la victoria final».

A las ocho volvían para desayunar (nos peleábamos por hacer los tallarines o partir la coliflor, pero como no todas podíamos hacerlo todo, barríamos el patio y nos turnábamos para escribir en el tablero las citas de Mao ), almorzaban a las doce y a la una estaban de regreso en el campo, cantando canciones revolucionarias, reuniéndose con los comuneros, estudiando el Libro Rojo en las pausas del trabajo agotador. Por las noches, después de comer, las seis jóvenes visitaban a la suegra de su anfitriona. La abuelita era una mujer encorvada y casi ciega que se sentaba en una esquina para contar cómo era el mundo antes de la Revolución, y eran tan tristes sus historias que Marianella, aunque hacía esfuerzos por no llorar, sentía un gran odio a esa clase explotadora que se nutre del dolor y de la sangre de los hombres. Dos veces a la semana, los martes y los jueves, la comuna las llevaba a ver una película al aire libre. No retuvo una sola de las tramas ni recordó a uno solo de los personajes, pero sabía que nunca se le iba a olvidar el acto de sentarse en el suelo de tierra, sobre esteras que antes llamaría incómodas pero que allí, compartiéndolas con sus camaradas, le parecieron almohadas de plumas.


LA REVOLUCION CULTURAL


Volver la vista atrás, JG Vásquez, p. 231

Por esa época hubo una gran discusión en el salón del Hotel de la Amistad. El centro del conflicto eran las luces de los semáforos. Habían cambiado; fue una decisión de los guardias rojos, y el Regimiento Rebelde no podía mantenerse al margen. Se trataba de reconocer que el color rojo, símbolo de los guardias y de la Revolución, no podía seguir indicándole a la gente que se detuviera, pues para todos ellos era el color del progreso. De ahora en adelante, el rojo significaría la acción de avanzar; inversamente, el verde sería la señal para detenerse. Los grupos de guardias se dividieron las calles, destornilladores en mano, para hacer los cambios necesarios. En momentos de tedio, Sergio salía a la calle y buscaba una esquina sólo para ser testigo de esa inusitada inversión cromática, sintiendo un escalofrío cada vez que un carro aceleraba para pasar en rojo, cada vez que los jóvenes revolucionarios aprovechaban el verde para enseñar sus pancartas o cruzar la calle, en medio de una de sus marchas, rodeando a los acusados. Le habría gustado salir con una cámara y documentar todo el asunto, pero sabía perfectamente que era una pésima idea: en el mejor de los casos, un occidental sacando fotos sería considerado una provocación y el incidente terminaría con el decomiso del rollo y acaso de la cámara; en el peor, con peligrosas acusaciones de espionaje y una noche gratis en alguna oscura comisaría del Departamento de Seguridad Pública. En cierta ocasión se burló de todo el asunto frente a la tutora Li. Pensó que ella se reiría con él, pero se encontró con la cara adusta de quien ha recibido un insulto.

“¿Qué sentido tienen los colores?”, preguntó ella. “Tú sabes que el rojo de nuestra bandera simboliza la sangre de nuestros héroes, ¿no es cierto? La sangre de millones de camaradas que dieron la vida por la república. Ponte a pensar en lo que siente un revolucionario cuando ve que alguien más, en otro país, ha decidido por un capricho que el color rojo, el color por el cual estamos dispuestos a dar la vida, se convierte en una orden para detenerse. Y si lo aceptáramos, si aceptáramos que el rojo sea la señal para que los carros se detengan, también tendremos que aceptar que ante el rojo se detengan los peatones ... en los semáforos para peatones. ¡Y nosotros no sólo somos peatones, somos luchadores revolucionarios! ¡Y no podemos aceptar injerencias extranjeras en la revolución!”


PU YI


Volver la vista atrás, JG Vásquez, p. 132

Uno de esos domingos burgueses y culpables, fueron al Jardín Botánico. En la mañana, Luz Elena reunió a los niños y les dijo: “Hoy van a conocer a alguien especial”. Les habló de Pu Yi, el último emperador de China. A Sergio le entusiasmó la idea de conocer a un hombre que había sido más poderoso que un rey; y llegó al jardín con los ojos bien abiertos. En la sala principal los recibió un funcionario igual a todos, con el mismo traje azul de todos, con la misma hospitalidad en sus maneras, pero que se movía por sus dominios con la espalda recta y la cabeza en alto, como si buscara algo en el horizonte. Llevaba gafas redondas y un rictus en la boca que sólo podía llamarse orgullo, aunque parecía extraordinariamente torpe (más de una vez en esos breves minutos tropezó con algo, y en una oportunidad, al hacer un gesto con la mano, golpeó sus propias gafas y las mandó por los aires). Les habló del lugar y sus maravillas, y así supo Sergio que el hombre no era un funcionario cualquiera, sino que era el responsable del jardín. Pero entonces entendió: el hombre, a pesar de su traje y su oficio, no era sólo un jardinero. Era Pu Yi.

El antiguo emperador no dijo una sola palabra acerca de su pasado, ni nadie le hizo una sola pregunta a pesar de que todos sabían quién era y cómo había sido su vida anterior: aquella sesión de turismo y jardinería había sido lo más parecido a un pacto de silencio sobre un pasado vergonzante. Sergio tuvo la urgencia inexplicable de volver a verlo, así que se separó del grupo y regresó corriendo al lugar donde se habían despedido. Y allí lo vio, acurrucado entre flores, con unas tijeras de jardín en la mano derecha. En la otra mano llevaba las gafas, y Sergio se dio cuenta de que se las había quitado pata limpiarse la cara. Lo tenía de perfil y estaba lejos, de manera que no se veía claramente, pero Sergio imaginó que el antiguo emperador estaba llorando. Al día siguiente, de regreso en la escuela, le habló a un profesor de la visita. El profesor hizo una mueca de asco.

“Un traidor”, dijo. “Pero se ha reformado, la Revolución lo ha reformado. Ha reconocido sus crímenes, ha reconocido que su vida pasada no tiene valor y se ha arrepentido de haberla llevado. Y Mao lo ha recibido, porque Mao es generoso.”


DEL COMUNISMO

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera, p 102
-No diga eso. Todos ustedes son responsables de lo que pasó. Usted también. ¿Qué hizo usted allí contra el régimen comunista? Pintar cuadros, eso es todo ...

La evaluación y el examen de los ciudadanos es una actividad permanente, la principal de las actividades sociales en los países comunistas. Si a un pintor se le ha de autorizar una exposición, si un ciudadano debe obtener un visado para poder ir durante las vacaciones al mar, si un futbolista debe formar parte de la selección nacional, primero hay que reunir todos los dictámenes e informes sobre él (de la portera, de los compañeros de trabajo, de la policía, de la organización del partido, de los sindicatos), luego éstos son analizados, sopesados y resumidos por funcionarios especiales designados para esos fines. Pero aquello de lo que hablan esos dictámenes no se refiere a la capacidad del ciudadano para pintar, jugar al fútbol o a si su salud necesita que pase las vacaciones junto al mar. Se refiere única y exclusivamente a lo que se dio en llamar «perfil político del ciudadano» (o sea, a lo que el ciudadano dice, a lo que piensa, al modo en que se comporta, a si participa en reuniones y en manifestaciones del primero de mayo). Dado que todo (la vida cotidiana, la carrera profesional y hasta las vacaciones) dependen de la evaluación que se haga del ciudadano, todo el mundo (si quiere jugar al fútbol en el equipo nacional, exponer sus cuadros o pasar las vacaciones junto al mar) tiene que comportarse de modo que la evaluación sea positiva.

WIKIPEDIA

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