El libro de todos los libros, Roberto Calasso, p.271
En cuanto a ese celebrado “progreso
en la espiritualidad”, era fácil entender cuál había sido el primer paso. Y
Freud lo identificó con un giro sorprendente, que repercutió sobre toda visión
de la figura de Moisés. Remontándose hasta la prehistoria, donde Freud se movía
con la seguridad sonámbula de un guía turístico, el momento decisivo que habría
puesto en marcha el progreso de la espiritualidad se encontraría en la transición
del matriarcado al patriarcado. Pero ¿de dónde deduce esta audaz afirmación?
Impasible, Freud responde como sigue: “Este cambio de la madre al padre señala
una victoria de la espiritualidad sobre la sensibilidad, por lo que es un
progreso en la civilización, ya que la maternidad es probada por el testimonio
de los sentidos, mientras que la paternidad es una hipótesis fundada sobre un
juicio y un presupuesto». La irreducible duda acerca de los hechos. como se
reconoce en la máxima “Pater semper incertus”, equivaldría así a la victoriosa “toma
de posición que eleva el proceso del pensamiento por encima de la percepción
sensible”. Ciertamente, nadie antes de Freud llegado a una conclusión tan
atrevida y vodevilesca, como quedaba de manifiesto en la historia de Moisés, caso
ejemplar en el progreso en la espiritualidad, pero también del pater incertus:
quedará siempre la duda, es verdad, de si Moisés fue judío o egipcio; si fue el
precursor del monoteísmo exclusivista de Akenatón o el Moisés madianita que
adoraba a Yahvé, dios-volcán no muy distinto de otros dioses de Oriente Medio;
o finalmente, si había sido un pobre niño judío salvado por la hija de un
faraón o el príncipe egipcio Thorrnés, cuyo nombre acababa de salir a luz en
las excavaciones de Tell-el-Amarna. Esa incertidumbre, parecía insinuar Freud,
permanecería irresuelta y seguiría acompañando, en la sombra, cualquier
“progreso en espiritualidad”.
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