Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MUÑOZ MOLINA


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279

Apenas iba a clase. Pasear por la ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes, traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump, dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado alto, en palabras de Borges el penado bajo.

En la biblioteca de Faulkner, en su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.

 


EL CURIOSO IMPERTINENTE


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 161

Inacción,  letargo, silencio encubren la desgracia que está creciendo como un tumor por dentro: la traición, la mentira, el trastorno. En el proceso de descubrir la verdad Anselmo va encontrando una sucesión de ausencias y de lugares desiertos. Viendo lo que no está comprende paso a paso el horror que todavía no ha visto y no supo prever, aunque nadie más que él tiene la culpa de haberlo desatado. Abre la puerta de la habitación en la que había encerrado a la criada Leonela y ve la habitación vacía y una sábana hecha nudos que cuelga de la ventana abierta. Busca a Camila y, no hallándola en la cama ni en toda la casa, quedó asombrado. Va ahora a buscar a su amigo Lotario, por una calle de esta Florencia invisible, y los criados le dicen que se ausentó en mitad de la noche. Y cuando volvió a su propia casa, no halló en ella ninguno de cuantos criados y criadas tenía, sino la casa desierta y sola. El que anduvo a escondidas por esos corredores, se escondió detrás de los tapices, espió por puertas entornadas y cerraduras, ahora anda solo y aterrado por las estancias vacías, de las que sin ninguna explicación ha desaparecido su mujer y han huido los criados, como escapando de un lugar maldito, que es el de su vergüenza y su condena.


INCIPIT 1.575. EL VERANO DE CERAVTES / MUÑOZ MOLINA


El verano es la estación de Don Quijote de la Mancha. Es el tiempo en el que suceden del principio al final todas sus peripecias, y también el más adecuado para su lectura. El desocupado lector al que se dirige desde la primera línea Cervantes es el que tiene tiempo de sobra por delante, el que puede dedicarse sin urgencia y sin remordimiento a esa particular forma de no hacer nada que es la lectura de una obra muy larga de ficción. El tiempo interior de la novela y el externo a ella y también íntimo del acto de leer confluyen en una forma particular de recogimiento, en una atemporalidad en la que se superponen la lectura presente y cada una de las que uno ha ido haciendo a lo largo de su vida, en veranos sucesivos que se le presentan como un verano único, a la vez de puro adanismo y de veteranía, los veranos remotos de lectura en el final de la niñez y la primera adolescencia, y, de ahí en adelante, en una travesía de las edades de la vida, de escenarios diversos, habitaciones variables

INCIPIT 1.536. NO TE VERE MORIR / ANTONIO MUÑOZ MOLINA


«Si estoy aquí y estoy viéndote y hablando contigo, esto ha de ser un sueño», dijo Aristu, mirando a su alrededor con asombro, con gratitud, con incredulidad, con el miedo a que en cualquier momento se disipara todo, volviendo la mirada hacia Adriana Zuber, medio siglo después, hacia el color y la expresión inalterada de sus ojos, sorprendido de hasta qué punto, habiendo creído recordarlos siempre con exactitud, los había olvidado, los bellos ojos risueños entre grises y azules que ahora lo miraban a él igual que la última vez, en mayo de 1967, en otro siglo y en otro mundo y sin embargo en esta misma habitación, en la que desde el momento de entrar había descubierto que casi nada había cambiado, no ya los muebles o los cuadros o las cortinas en la ventana sino la luz misma, la luz pálida que entraba desde un patio de manzana en el barrio de Salamanca, igual que los rumores vecinales y el ruido bronco pero amortiguado del tráfico, una luz de media mañana y de revelación o despedida


H.M.


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 235
El Paciente H. M. tenía veintisiete años cuando el cirujano le practicó la lobotomía. Su memoria explícita se quedó detenida en 1953. El resto de su vida lo pasó en una residencia, gracias a una pequeña pensión de invalidez. Durante largas temporadas lo alojaban en una habitación del departamento de Neurofisiología del Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde se sometía con docilidad y buen ánimo a los experimentos que hacían con él todo tipo de especialistas. Tenía una voz suave y un poco dubitativa. Era capaz de aprender tareas manuales complicadas pero luego no se acordaba de haberlas aprendido. A la neurocientífica que trabajó casi medio siglo con él la saludaba cada día como si acabara de conocerla. Tenía la boca grande, dicen, las orejas grandes, una gran sonrisa. Llevaba unas gafas gruesas de pasta. Comía con buen apetito. Si había terminado de comer y un experimentador le ponía delante otro plato de comida, él le daba las gracias educadamente y se lo tomaba con las mismas ganas. No sabía su edad. Se la decían y la olvidaba de inmediato. Se acordaba muy bien de programas de televisión de los primeros años cincuenta. Creía que el presidente era Eisenhower. Se echó a llorar sin consuelo cuando le dijeron que su padre había muerto. Se lo volvieron a decir al cabo de unas semanas y de nuevo fue un golpe para él y rompió a llorar con la misma congoja. Un investigador se fijó después en que escondía algo en la mano derecha, un pedazo pequeño de papel del que no se separaba nunca. Había escrito en él con letra desigual que su padre estaba muerto. La alegría, la pena y los recuerdos inmediatos se le borraban con ecuanimidad al cabo de treinta segundos. Decía de vez en cuando cosas enigmáticas: “Estoy teniendo una discusión conmigo mismo». Decía: “Cada día es un solo día”. Murió en 2008, con ochenta y cinco años, mientras dormía, muy apaciblemente. Le extirparon de inmediato el cerebro. Lo llevaron de Boston a San Diego en una nevera portátil. En un laboratorio de la universidad el cerebro congelado del Paciente H. M. fue dividido, para su estudio posterior, en 2.40 láminas de un grosor de setenta micras. Cada una fue fotografiada en alta resolución y con todas ellas se elaboró un atlas en 3D que es el más completo que existe de un cerebro humano.

EL


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 258
El almirante Byrd calentaba su cabaña con una estufa de gasolina tosca y complicada. 1933 es el Paleolítico de la tecnología. Algo más que no había sabido calcular en sus preparativos eran las emanaciones de monóxido de carbono de la estufa. Tenía que pararla de vez en cuando para evitar el envenenamiento o mantener una rendija abierta en la escotilla. El precio de no morir asfixiado era arriesgarse a ir muriendo poco a poco de frío. En la noche polar el termómetro descendía a sesenta o setenta grados bajo cero. El almirante Byrd veía formarse poco a poco una lámina de hielo en las paredes y en el suelo de la cabaña. Los cristales de hielo se extendían como plantas trepadoras o líquenes. La tinta estaba siempre helada en el tintero. Sujetando un lápiz con los dedos rígidos de frío en el interior de los guantes de piel de reno el almirante Byrd escribía con puntualidad su diario y registraba las mediciones atmosféricas de sus instrumentos. Salía de la cabaña para respirar el aire limpio y hacer algo de ejercicio y le bastaba alejarse unos pasos de la escotilla para encontrarse perdido en la oscuridad, entre los torbellinos cegadores de la nieve y el viento. La nieve y la niebla eran tan espesas que a unos pocos metros ya no le dejaban ver las antenas y los anemómetros de su puesto de observación. Había marcado un sendero clavando en la nieve una doble fila de cañas de bambú, pero el viento las tiraba y las enterraba la nieve. Tenía miedo de que una capa de nieve helada le impidiera abrir desde dentro la escotilla. Temía quedarse sepultado en la cabaña en un sarcófago de hielo duro como basalto. Un día volvió de uno de sus breves paseos y descubrió que no podía abrir la escotilla. En unos pocos minutos el hielo la había sellado. El terror a quedar sepultado fue de pronto el de no poder abrir la escotilla y morir congelado en la intemperie. Tiraba con las dos manos de la argolla y la tapa no se movía. Lo derribó un golpe de viento y ya no podía ni siquiera encontrar la argolla ni el contorno de la escotilla en la confusión de las rachas cegadoras de nieve. En ese momento tengo que parar de leer. Es muy tarde y ha sonado el teléfono. Miro a mi alrededor como si acabara de despertar de un sueño muy profundo.

CALENTAMIENTO GLOBAL


Tus pasos en la escalera p. 125
Me he enterado de que los grandes incendios ahora tienen nombres, como los huracanes. El incendio llamado Mendocino Complex lleva ardiendo once días en California y ha quemado hasta ahora ciento veinte mil hectáreas. En la televisión se ven en directo carreteras iluminadas de noche por el fulgor de las llamas y ocupadas por columnas de fugitivos que las atascan con sus coches enormes y sus furgonetas y continúan huyendo a pie, cargando con maletas, bolsas, colchones, empujando carritos de niños, como desplazados por la cercanía de una guerra. El viento seco que viene del desierto alimenta el fuego acelerando su avance. Treinta y ocho mil personas han tenido que ser evacuadas. El incendio Thomas duró un mes entero el año pasado. El incendio Carr lleva asoladas sesenta y seis mil hectáreas en unas semanas. El26 de julio hubo un tornado de fuego que provocó un vendaval de doscientos sesenta kilómetros por hora y mató a siete personas atrapadas en las llamas. El presidente Trump ha dicho en Twitter que la culpa de la oleada de incendios en California son las leyes de protección del medio ambiente. En la CNN los locutores repiten la palabra “megafires”. Un científico dice, contra un fondo de llamaradas extendiéndose sobre las copas negras de un bosque de coníferas, que este es el verano más caluroso registrado nunca. Los otros tres más calurosos de la historia son los tres anteriores. Diecisiete de los dieciocho años más cálidos desde que existen registros son posteriores a 200 l. 2017 fue el año récord de emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. No ha habido tanto dióxido de carbono en ella en los últimos ochocientos mil años. Campesinos de camisas blancas y sombreros de paja se abren paso entre una espesura de tallos secos de maíz. En El Salvador las cosechas se han arruinado después de un mes entero con temperaturas máximas por encima de los cuarenta y un grados. Incendios bien planificados queman regiones enteras de bosques amazónicos. Los satélites artificiales detectaron cien mil focos distintos en la Amazonia tan solo en septiembre del año pasado. Durante varios meses al año los incendios provocados en las selvas de Indonesia para ganar tierra de cultivo cubren una gran parte del Sudeste de Asia en una niebla tóxica. En esta hora insomne el científico de la CNN enciende una cerilla y la mira arder como si estudiara un insecto. Dice: «El fuego es una reacción química”

LIBRERIAS


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 99
Esos puestos de libros en las aceras de la ciudad sí los echo de menos. Había uno magnífico en Columbus Avenue, justo a espaldas del Museo de Historia Natural. Cecilia y yo pasábamos por allí camino del museo, o del brunch de los domingos en el Ocean Grill, después del cual visitábamos el mercadillo en el patio y en los bajos de la escuela pública de la Calle 77. El vendedor, Ben, un hombre de cara enjuta y morena, ojos muy claros, gorra de béisbol, sonrisa afable, instalaba su puesto en cuanto empezaban los primeros signos del buen tiempo,  los primeros días templados de sol, todavía con los árboles sin hojas en el parque del museo, días de tregua y esperanza frágil del final del invierno, que tantas veces cancelaba una nevada a destiempo, una racha de lluvias heladas y hostiles, desbaratadas por el viento que abatía las flores tempranas de los almendros y los cerezos. El puesto de Ben era como el resumen de una librería anticuada, muy bien surtida y muy sólida, con ediciones intactas de la Modern Library de los años cuarenta y cincuenta, libros de fotos de jazz, álbumes infantiles ilustrados. Algunos de los vendedores de la calle parecen indigentes, y a veces misántropos un poco trastornados, buhoneros ásperos que viven a la intemperie. Ben tenía siempre una presencia impecable, la ropa de abrigo usada pero limpia, la barba cuidada, las manos rudas pero muy sensitivas cuando tocaban los libros. Algunos de los mejores que ahora tenemos aquí se los compramos a él, regalos del uno para el otro, hallazgos que despertaban nuestra curiosidad simultánea. Aquí están los lomos de tapa dura como caras de amigos leales, las presencias que abarcan nuestras dos vidas y nuestros dos lugares, los dos tiempos, entonces y ahora, la educación que no tuve cuando debía y que ahora puedo darme por fin, lo que no leí nunca y lo que leí hace tanto tiempo y tan distraídamente que no me dejó huella ninguna: Melville, Faulkner, Conrad, los varones solemnes, Chéjov y Henry James, los preferidos de Cecilia, y las mujeres bravías, Dickinson, Woolf, Carson McCullers, Flannery O'Connor, el volumen de sus cuentos dedicado por mí con la fecha del cumpleaños de Cecilia, una edición de Lolita de los primeros sesenta que ella me regaló en uno de los míos. Saco un libro de la estantería, no para leerlo entero, sino tan solo para tocarlo o para detenerme en una página al azar, o para ver si hay fecha de compra y dedicatoria, queriendo encontrar en sus páginas signos materiales de nuestra vida de entonces, las dos entradas de un concierto o de una película, la factura del restaurante en el que acabábamos de comer, cada cosa con su precisión testimonial olvidada: el 6 de abril de 2012 Cecilia estuvo en un concierto de Joao Gilberto en Carnegie Hall; el recibo del dry cleaning en el que se enumeran las piezas de ropa que recogimos el 14 de noviembre de 2006 sirvió para marcar la página donde había un pasaje que a los dos nos gustaba mucho en un cuento de Alice Munro.

INCIPIT 915. TUS PASOS EN LA ESCALERA / MUÑOZ MOLINA


Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo. Las condiciones son inmejorables. El apartamento está en una calle silenciosa. Por el balcón se ve a lo lejos el río. El río se ve también desde la pequeña terraza de la cocina, que da a jardines y balcones traseros de la calle contigua, a miradores con barandas de hierro en las que hay ropa tendida, ondeando en la brisa. Al fondo de la calle, más allá del río, está el horizonte de colinas de la otra orilla y el Cristo con los brazos abiertos como a punto de levantar el vuelo. En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas llevan ardiendo varios meses seguidos y reciben nombres propios, como los huracanes del Caribe.

CALENTAMIENTO GLOBAL


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 68
En internet he visto cauces de ríos alemanes que se han quedado secos por el calor extremo y la falta de lluvia. Ayer cerraron el aeropuerto de Hannover porque el calor había reblandecido tanto el asfalto de las pistas que los aviones no podían despegar ni aterrizar. En el telediario el locutor decía hoy, no sin jactancia, que este verano Lisboa está siendo la capital menos calurosa de Europa. A la caída de la tarde yo espero tomando el fresco en el balcón. El sol ya ha desaparecido de la calle pero dura todavía en el torreón de una quinta cercana y en la otra orilla del Tajo, en el Cristo sobre la colina. En los días sin bruma el agua del río se vuelve muy  azul a esta hora: azul metálico y oro de sol poniente, como en los atardeceres limpios del Hudson. La brisa del río mueve las copas de las palmeras y los cipreses en los jardines de las quintas, sobre las tapias muy altas, encaladas de rosa pálido, desbordadas por macizos de buganvillas. Igual que en el Hudson, algunos días la brisa trae un olor profundo de alta mar. Es ahora cuando empiezan a volar los vencejos y los murciélagos. Cuando yo era niño a los vencejos los llamábamos aviones. Entonces eran innumerables cada tarde, un alboroto de acrobacias entrecruzadas sobre los tejados, volando en círculos alrededor de las torres de las iglesias. Cuando uno de ellos chocaba con algo y caía al suelo se arrastraba penosamente con sus alas inútiles. Había niños crueles que los cazaban para atormentarlos. Había niños, me he acordado de pronto, que atrapaban murciélagos y les ponían en la boca una colilla de cigarro encendida. El murciélago chupaba con su reflejo de mamífero, soltando bocanadas de humo. Decían festivamente: “Los murciélagos fuman”. He leído que una de cada ocho especies de pájaros están en peligro de extinción en el mundo. Doscientos treinta millones de aves marinas han desaparecido en el último medio siglo. He leído que en treinta años no quedarán albatros volando sobre los océanos.

11S


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 33
Aquella mañana que parecía que se acababa el mundo Cecilia y yo bajamos al supermercado queriendo comprar cosas imprescindibles para una emergencia, por miedo a que sucediera otro ataque que lo trastocara definitivamente todo, un sabotaje que cortara los puentes y los túneles, las vías de comunicación tan frágiles de la isla, algo que nos forzara a quedarnos encerrados, a no aventurarnos a salir a la calle. Hablaban en la radio de otro avión secuestrado que no se sabía dónde estaba. Pero qué compra uno si no tiene ni idea de qué puede suceder; cómo mantiene la lucidez de saber qué es imprescindible. En la calle reinaba una extraña normalidad ralentizada, amortiguada. Desde el sur de la ciudad subía por las aceras una multitud de gente con ropas de oficina, empleados con corbatas flojas y chaquetas al hombro, intentando hablar por los teléfonos móviles. Había tanta gente caminando porque ni el metro ni los autobuses funcionaban. En el supermercado una multitud al mismo tiempo ávida y silenciosa y ordenada ya nos había tomado la delantera. Cargaban cosas en los carritos con urgencia, con método. Nada de ese tumulto de los asaltos apocalípticos a supermercados que se ven a veces en la televisión. Cuando llegamos Cecilia y yo no había carritos disponibles, y tampoco quedaban cestas, o nosotros en nuestro aturdimiento no las encontrábamos. En cada una de las cajas había una fila de carritos rebosantes de todo. Muchos estantes estaban quedándose vados. La gente iba de un lado a otro con listas escritas. Las familias se repartían con destreza militar por los diferentes pasillos. Cecilia y yo íbamos de un sitio a otro eligiendo igual cosas necesarias y cosas superfluas, dejando algunas, buscando otras, los dos con nuestras caras de desconcierto y nuestras manos llenas, porque ni encontrábamos cestos ni habíamos tenido la precaución de traer mochilas o bolsas. Qué compra uno en esos momentos. Si se cortaba la electricidad no podríamos conservar comida fresca. Era inútil que tuviéramos cargadas las baterías de los teléfonos porque las redes inalámbricas habían dejado de funcionar. Apilábamos unas cosas encima de otras, nos las colgábamos al hombro, las metíamos en los bolsillos. Se nos caía algo y al inclinarnos para recogerlo se nos caía todo lo demás. En la rara quietud y en el frío polar del aire acondicionado seguían sonando las canciones pop del hilo musical. Había que comprar velas, botellas de agua, pilas, pan de molde, conservas, cerillas. Nadie hablaba en la cola. Cecilia y yo nos decíamos cosas en voz baja. Solo se oía el ruido de las máquinas registradoras y de los escáneres de los precios, y la orden única repetida sin expresión por las cajeras, como una grabación automática, “Next”,”Next on line”

BORGES

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 221
Solo renunciando a todo podía hacerse invulnerable al chantaje de que le quitaran algo. En vez del sometimiento manso o cínico o de una resistencia activa que habría equivalído a una inmediata inmolación, Tichy eligió o encontró la desobediencia radical de quedarse al margen, de no necesitar nada para no tener que pedir nada, el naufragio y la isla desierta en su propia ciudad provinciana y atemorizada, una soledad de ermitaño en una choza que era su propia casa y en un desierto que era el de su país, tiranizado por la policía secreta y la burocracia comunista. Como no tenía nada no podían quitarle nada. Renunciando a la pintura se había ahorrado la necesidad de comprar materiales, de planear exposiciones, de encontrar galerías. No podían prohibirle ni negarle lo que no solicitaba. No lo podían amenazar con la expulsión del trabajo porque no trabajaba. No podían depurarlo de ninguna organización porque no pertenecía a ninguna. No le podían arruinar su carrera de artista porque desde muy joven se había desentendido de intentarla. Sería inútil que se empeñaran en callarlo porque él había decidido mucho antes quedarse en silencio; o que le prohibieran hacer algo, porque se pasaba la vida sin hacer nada, andando por ahí, rascándose al sol en los parques cuando llegaba el buen tiempo. No podían condenarlo al ostracismo porque él se había adelantado a abrazarlo. No tenía miedo a la marginación forzosa porque llevaba muchos años perfeccionando su propia marginalidad. Habría podido decir algo parecido a lo que dijo Borges al estudiante activista que lo amenazaba con apagar la luz del aula si no suspendía la clase y se unía a una huelga: “Adelante, apague. Tomé la precaución de ser ciego”.

EL LEGADO DE BENJAMIN

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 74
Lo único que queda de todas las cosas que coleccionó tan avariciosamente Walter Benjamín y que iba perdiendo casi a la misma velocidad y no mucho después de adquirirlas es un dibujo de Paul Klee que tiene un aire de ilustración de cuento, Angelus Novus. Lo que los artistas hicieron con sus manos, con materiales pobres y desechos recogidos al azar, lo que atesoraron en sus vidas de infortunio y pobreza, ahora son trofeos de inversores multimillonarios, piezas resplandeciendo como lingotes de oro en urnas de cristal antibalas.
Nuestros Expertos Analizan Tus Necesidades.

El catálogo de las cosas que había en la habitación de Portbou donde Benjamín se quitó la vida: una cartera negra, un reloj, una pipa, seis fotos, una placa de rayos X, unas cartas, unos  periódicos, unas pocas monedas, una nota manuscrita: «En un pueblo pequeño de los Pirineos donde nadie me conoce es donde mi vida va a llegar a su fin». Nunca se ha sabido qué había en el interior de la cartera ni qué fue de ella. 

ANTIGUAMENTE

Un andar solitario entre la gente, A Muñoz Molina, p. 71
De niño experimentaba con mucha frecuencia plenitudes secretas. Pasaba mucho tiempo solo y la soledad no me entristecía ni me pesaba nunca. Vivía en un tiempo fuera del tiempo en el que las horas no contaban. Su duración desaparecía en la entrega perfecta a lo que estuviera haciendo. Jugar o leer, escuchar la radio, mirar el fuego en la cocina, ir de una casa a otra de mi familia imaginando que galopaba, ir al cine de verano. Me gustaban las películas que llamaban de romanos, en las que había peleas de gladiadores y cabalgatas y batallas, y también mujeres con escotes y túnicas que se abrían por el costado revelando largos muslos y pies calzados con sandalias. Volvía de la escuela por la tarde y me regocijaba íntimamente pensando en el tebeo recién comprado que leería y miraría en cuanto llegara a casa, un tesoro intacto esperándome· Escuchaba en la radio canciones populares que me estremecían por dentro con algo que yo no sabía lo que era, un tono de voz, el quiebro en una melodía, aunque no entendiera casi nunca el sentido de las letras, coplas de amores y de celos.
A tu vera siempre a la verita tuya hasta el día en que me muera.

Aguardaba desde el principio de la canción a que llegara ese momento justo, la efusión emocional que nunca fallaba. No decía nada de eso a nadie. No por timidez o por reserva sino porque no sabía que esas emociones pudieran expresarse en palabras o necesitaran compartirse. No tenía la menor necesidad. Mi padre y mi madre eran presencias protectoras y benévolas que casi siempre habitaban en otro mundo exclusivamente suyo, como yo habitaba en el mío, o un gato en su mundo de gatos. Coleccionaba cromos a todo color del álbum de la película Los diez mandamientos. Eran cromos rectangulares de superficie satinada y en tecnicolor que venían en sobres y que había que pegar cuidadosamente en el rectángulo que les correspondiera en el álbum. Las manos infantiles se complacían en el tacto del papel igual que el olfato en el olor de las tintas y en el del pegamento, con su efecto narcótico. Como no tenía figuras de Nacimiento las dibujaba sobre cartulina y luego las recortaba y las pegaba sobre una base de cartón. De noche, en la oscuridad, antes de dormirme, recapitulaba argumentos de películas que hubiera visto o inventaba historias muy elaboradas que no conté nunca a nadie. 

MAS FAMOSOS


Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 167
Compartimos Todos Tus Sueños. Una Divina Comedia sin terminar habría sido más humana, y mucho más interesante. Un montón de borradores y de hojas sueltas en un baúl, en el desván de una casa, en la casa donde murió Dante. El baúl con los manuscritos de Fernando Pessoa. Todas las carpetas que le confió Walter Benjamin al demente de Georges Bataille cuando estaba a punto de salir huyendo de París. ¡La gran suerte de que Proust no pudiera corregir por completo los últimos tomos de su novela! Los centenares de hojas escritas con letra ilegible caídas a los pies de la cama y revueltas con las mantas, las galeradas con añadiduras en los márgenes y papeles pegados, y la pobre Céleste Albaret haciendo lo que podía para que todo aquello no se desordenara por completo. Casi la misma suerte tuvo Pascal, o tuvimos nosotros, al morirse sin escribir ese tratado de teología para el que iba tomando apuntes aquí y allá. Imagine ese tratado macizo como un sepulcro en vez de los relámpagos y los garabatos de los Pensamientos. ¿Aguanta usted las novelas de Camus? ¿Y esos ensayos de filosofía pomposa? Pero abra los Carnets y no podrá dejar de leerlos. Lea esa novela que dejó sin terminar y que llevaba en una maleta en el coche en el que se mató. Deme lo inédito, lo póstumo, lo inacabado, lo malogrado, lo medio perdido. Deme Billy Budd escrita a mano y después guardada en un cajón del que Melville no la volvió a sacar nunca. Deme esas novelas monstruosas que escribió Henry Roth en su casa remolque aparcada en el desierto de Arizona para no publicarlas nunca. Cómo las iba a publicar si lo que contaba en ellas era que él y su hermana habían sido amantes. Y este individuo allí, sudando, delante de una mesa de camping, escribiendo a máquina, en el desierto, como un ermitaño con nevera portátil, en calzoncillos, como si hubiera sobrevivido a un apocalipsis nuclear.

EL ANGEL EXTERMINADOR

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 219
El Misterio del Justiciero del Autobús Sacude México.
México busca a un Angel Exterminador. No tiene nombre, ni rostro, ni edad.
Pero todos saben lo que hizo. A las seis de la madrugada de/lunes, en un autobús de línea
desplegó las alas de la venganza y mató sin titubeos a cuatro asaltantes.
Fue una ejecución gélida, sorda, abismal. Desde la penumbra
de los asientos traseros aguardó a que los ladrones desvalijaran al pasaje
y cuando el robo ya estaba en los momentos finales se levantó y los liquidó uno por uno.
Luego devolvió los bienes robados a sus dueños y se perdió en la salvaje noche mexicana.
Ningún testigo lo ha delatado, ni siquiera el conductor del transporte. Todos se escudan
en la oscuridad para evitar su descripción. Hay quien aplaude abiertamente la matanza.
Los hechos ocurrieron entre las cinco y las seis de la mañana. De noche el autobús se dirigía
desde San Mateo a la Ciudad de México. Eran sesenta y dos kilómetros de buena carretera.
Cincuenta y tres pasajeros iban adormilados. En San Pedro Tutelpe subieron los asaltantes.
Cinco km después dio comienzo el atraco. El cabecilla apuntó con un arma al conductor.
Los otros empezaron a despojar al pasaje de dinero y joyas y tarjetas y teléfonos móviles.
Hubo insultos y golpes. Un hombre resistió y fue reducido a la fuerza. Con navajas los ladrones
iban guardando el botín en dos mochilas. A la altura del kilómetro 35 el vehículo
ya aminoraba la velocidad. El jefe de la banda  no había dejado de hablar por su teléfono.
Faltaba poco y los ladrones ya se acercaban a la puerta. Ése fue el momento que el hombre
sentado al fondo eligió para ponerse en pie. Sacó una pistola. Apuntó en silencio
y apretó cuatro veces seguidas el gatillo. Cada bala alcanzó a un asaltante.
El autobús seguía la marcha. El cabecilla fue el primero en caer. El tiro
le atravesó el omóplato izquierdo y le reventó la carótida. Murió en el suelo, desangrado.
Sus tres compañeros, heridos, aterrorizados, se agolpaban ante la puerta. Desde lo más profundo del pasillo el Exterminador se dirigía hacia ellos. El autobús se detuvo abruptamente.
La puerta se abrió. Rodó primero el cadáver del jefe. Luego saltaron los demás atracadores.
Intentaban huir pero la venganza no los dejó ir muy lejos. Al píe del autobús,
en plena fuga, fueron abatidos uno tras otro. Con la muerte en los ojos el Exterminador
tomó las mochilas empapadas de sangre y tras devolver lo robado a cada pasajero
pidió que no lo delataran. En pleno parque natural de la Marquesa
bajó y se perdió en la espesura. El enigma de su identidad agiganta las especulaciones
y las pistas son muy escasas. Se ha marchitado la esperanza de encontrarlo. Nadie sabe

dónde estará el Angel Exterminador. Su rastro se pierde en la noche de México.

FAMOSOS

Un andar solitario entre la gente. Muñoz Molina, p. 65
Cambia Ahora el Color de Tu Mirada. Por las calles de Trieste, James Joyce, flaco y miope, desastrado, formal, va de un lado a otro siempre con retraso para su próxima clase de inglés. Va tan rápido por Triste como Pessoa en esas fotos en las que pasa muy diligente junto al escaparate de la librería Bertrand. Quizás Pessoa va tan aprisa no porque tenga urgencia de llegar a ninguna parte sino tan solo porque quisiera eludir al fotógrafo callejero que se gana la vida retratando a la gente que pasa e intentando luego venderles las fotos. Hay un aire familiar en las fotos de Joyce y de Fernando Pessoa. Las gafas, el bigote, la pajarita digna y torcida, la cartera abultada de papeles y libros. Los dos caminan atareados y miopes, y con frecuencia muy bebidos, por ciudades portuarias que misteriosamente también guardan semejanza. En algunas arquitecturas oficiales de Lisboa hay una especie de tronada magnificencia austrohúngara. A lo que más se parece la Praça do Comércio de Lisboa es a la Piazza Uniti en Trieste, las dos monumentales y abiertas a un horizonte marítimo. Joyce y Pessoa son dos políglotas enamorados cada uno de una lengua que no es la suya. James Joyce y Walter Benjamín se cruzan por París en vísperas de la invasión alemana y el gran derrumbe de Europa, dos apátridas de condición insegura, los dos fugitivos. Los dos son muy miopes y es probable que si se ven no se reconozcan. En Trieste y en París, James Joyce sigue en realidad caminando imaginariamente por Dublín, quizás como Benjamín por Berlín. Ninguno de los dos volverá a su ciudad de origen. Virginia Woolf camina al mismo tiempo por Londres y por los senderos del campo inglés cerca de su casa y entre la racionalidad y el delirio imagina que habrá pronto una invasión alemana. Anda con unos austeros zapatos ingleses, despeinada en la lluvia, con un bastón que se clava delante de ella en los senderos embarrados. Camina cerca de un río y escucha el rumor del agua como una invitación.

PAYASOS ASESINOS

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 24
Payasos Siniestros Aterrorizan Gran Bretaña. Un estudiante sembró el terror esta semana corriendo a través del campus de la Universidad Brunel en Londres disfrazado de payaso asesino y blandiendo una sierra eléctrica. Un payaso siniestro asustó a los vecinos de Leicestershire deambulando por un cementerio cercano a una escuela. Según una foto borrosa publicada en Facebook, el payaso llevaba un hacha en la mano. Dos payasos se acercaron en una furgoneta negra a dos chicas que iban camino de la escuela en Essex y les dijeron que las invitaban a una fiesta de cumpleaños. Por ese motivo las autoridades escolares del Clacton County prohibieron a los estudiantes ausentarse del recinto de las escuelas a la hora del almuerzo. La epidemia de los payasos siniestros parece haberse extendido a Inglaterra desde Estados Unidos, donde el novelista Stephen King advirtió en Twitter hace poco: «Ya va siendo hora de enfriar esta histeria de los payasos». Docenas de episodios semejantes se han registrado en los últimos días a lo largo y ancho de Gran Bretaña, afirma la policía. Un payaso saltó desde detrás de un seto en un parque. Otro abrió la puerta de un coche en un semáforo y se sentó junto al conductor, dándose luego a la fuga. Patrullas antipayasos se han puesto en marcha en algunas zonas. El profesor Mark Gríffiths, psicólogo en la Universidad de Birmingham, especializado en comportamientos adictivos, declaró que varios niños habían tenido que ausentarse de la escuela, traumatizados por la aparición de payasos amenazantes. La aparición súbita de payasos siniestros ha activado las alarmas también en Australia, donde un payaso armado con un hacha fue detenido por la policía el martes pasado en Victoria, al sudoeste del país, después de acosar a una mujer que iba en su coche. El domingo, la policía del Valle del Támesís declaró haber recibido catorce llamadas sobre apariciones de payasos asustando a la gente en un lapso de veinticuatro horas. El profesor Gríffiths asegura que la coulrofobia o miedo a los payasos y bufones es un síndrome bien conocido y documentado que puede causar reacciones de pánico, sudores y dificultad para respirar. 

INCIPIT 933. UN ANDAR SOLITARIO ENTRE LA GENTE / MUÑOZ MOLINA

Escucha los Sonidos de la Vida. Soy todo oídos. Escucho con mis ojos. Escucho lo que veo en los anuncios y en los titulares de los periódicos y en los carteles y letreros de la ciudad. Voy viajando a través de una ciudad de palabras y voces. Las voces hacen vibrar el aire y llegan por mi oído interno al cerebro convertidas en impulsos nerviosos. Las palabras las oigo al pasar o cuando alguien se queda un rato a mi lado hablando por un teléfono móvil o las leo en cualquier lugar o en cualquier superficie hacia la que mire, cada pantalla. Las palabras escritas me llegan como sonidos de voces, notas que leo en una partitura, a veces queriendo distinguir varias palabras simultáneas, deducir las que no oigo porque se han alejado muy rápido de mí o porque las borra un ruido más fuerte. Las diferencias en las tipografías forman una incesante polifonía visual. Soy una grabadora en marcha, oculta en el teléfono futurista de un espía de los años sesenta, en el iPhone que llevo en el bolsillo. Soy la cámara que quería ser Christopher Isherwood en Berlín. Soy una mirada que no quiere distraerse ni para un parpadeo. El bosque tiene oídos, dice al pie de un dibujo del Bosco. Los campos tienen ojos. En el interior del tronco hueco de un árbol fosforecen en la oscuridad los ojos amarillos de una lechuza. Un árbol corpulento tiene dos orejas grandes como de elefante que casi rozan el suelo. Una escultura de Carmen Calvo es un gran portalón viejo de madera tachonado de ojos de cristal. Las puertas tienen ojos. Las paredes oyen. Los enchufes oyen, dice Gómez de la Serna.

La Perfección Puede Estar Más Cerca de lo que Crees.

INCIPIT 205. LA NOCHE DE LOS TIEMPOS / ANTONIO MUÑOZ MOLINA


En medio del tumulto de la estación de Pennsylvania Ignacio Abel se ha detenido al oír que alguien 1 llamaba por su nombre. Lo veo primero de lejos, entre la multitud de la hora punta, una figura masculina idéntica a las otras, como en una fotografía de entonces, empequeñecidas por la escala inmensa de la arquitectura: abrigos ligeros, gabardinas, sombreros; sombreros de mujer con la visera ladeada y pequeñas plumas laterales; gorras de visera rojas de cargadores de equipajes y empleados del ferrocarril; caras borrosas en la distancia; abrigos abiertos con faldones echados hacia atrás por la energía de las caminatas; corrientes humanas que se entrecruzan sin chocar nunca entre sí, cada hombre y cada mujer una figura muy semejante a las otras y sin embargo dotada de una identidad tan indudable como la trayectoria única que sigue en busca de un destino preciso: flechas de dirección, pizarras con nombres de lugares y horas de salida y llegada, escaleras metálicas que resuenan y tiemblan bajo un galope de pisadas, relojes colgados de los arcos de hierro o coronando indicadores verticales con grandes hojas de calendario que permiten ver desde lejos la fecha del día. Sería preciso saberlo todo exactamente: letras y números de un rojo tan

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