Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA REVOLUCION

Viva, Patrick Deville, p. 145
Trotski va a morir en el exilio, por supuesto, este último testigo que se niega a callarse, amenazado por los comunistas mexicanos y los fascistas sinarquistas, se lo huele. Pero todo volverá a comenzar, para bien y para mal. Ya conocemos la frase de Bolívar: «El que sirve una revolución ara en el mar.” La Revolución nunca se acaba. Dentro de veinte años, Ernesto Guevara y la pequeña banda de los clandestinos cubanos emprenderán en fila la ascensión del Popocatépetl, para endurecer sus cuerpos en la nieve y reafirmar su solidaridad antes de embarcarse en el Granma. Dentro de cuarenta años, los nuevos sandinistas derrocarán la dictadura somocista en Nicaragua. Dentro de sesenta años, los nuevos zapatistas se sublevarán en el estado de Chiapas. Las barquillas suben al cielo y descienden en cada revolución de la rueda de la gran noria, que da vueltas tanto en el Volcán de Malcolm Lowry como por encima de la Viena destruida de Graham Greene.

LA HUMANIDAD...

Viva, Patrick Deville, p. 142
El Proceso de los Dieciséis se había celebrado algunos meses antes, mientras Trotski estaba en Noruega, en agosto de 1936. Todos los acusados, y entre ellos Zinóviev y Kámenev, los viejos compañeros de Lenin,  fueron ejecutados al día siguiente del veredicto. La segunda puesta en escena, el proceso contra el «Centro antisoviético trotskista de reserva , llamado Proceso de los Diecisiete, comenzó en enero de 1937, justo después de la llegada de Trotski a Tampico. Los viejos héroes, torturados y con sus familias ya encarceladas, se acusan delante del fiscal Vishinski de crímenes de los que Trotski, mediante el estudio de sus archivos, se propone exonerarles. Sus refutaciones son implacables y poco a poco se impone, convence. Cuando al final le preguntan si todo esto ha sido realmente útil, si no ha vendido su alma al Diablo al aliarse con aquellos que hoy se mofan de la verdad, si no reconoce que, aun siendo inocente de los crímenes de los que le acusa Moscú, también él tiene una parte de responsabilidad en la propia Revolución, si merecía la pena Kazán para terminar en Lubianka, Trotski responde con una frase que quizás Natalia y Frida podrían comprender mejor que John Dewey: «La humanidad no ha podido hasta el presente racionalizar su historia. Es un hecho. Nosotros, los seres humanos, no hemos podido racionalizar nuestros cuerpos ni nuestros espíritus. Es cierto que el psicoanálisis intenta enseñarnos cómo armonizar nuestro físico con nuestra mente, pero sin grandes resultados hasta el momento.”

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TROTSKY Y MEXICO

Viva, Patrick Deville, p. 180
De pie, en este despacho de Coyoacán, Trotski sigue sin duda situando involuntariamente Siberia al este, a mano derecha, cuando aquí, en este despacho, debería situarla a mano izquierda. Si México fuera el centro del planisferio, se vería que Europa está al este, más allá de Tampico, y del otro lado, Siberia al oeste, más a1lá de Vancouver. El planisferio Mercator es un obstáculo epistemológico.
A los francéses, después del final de la guerra de Indochina y una vez que las tropas coloniales embarcaban en Marsella rumbo a Saigón, se les hada difícil imaginar, cuando los estadounidenses tomaron el relevo, que los B-52 no volasen también hacia el este, que Vietnam estuviera enfrente de California, que todo se desarrollara alrededor del Pacífico y que Europa se encontrase en la cara oculta del planeta.
Trotski es ucraniano, por tanto europeo, y al bajar del Montserrat junto a Arthur Cravan a su llegada a América, durante la Primera Guerra Mundial, está inquieto por el porvenir de Europa: «El hecho económico de importancia capital consiste en que, mientras Europa está demoliendo las bases de su economía, Norteamérica se enriquece. Y yo, que no he dejado todavía de considerarme como un europeo, me pregunto, contemplando con envidia esta ciudad de Nueva York: ¿lo resistirá Europa? ¿No se convertirá en un cementerio? ¿No se desplazará a Norteamérica el centro de gravedad del mundo, en lo económico y lo cultural?”

En medio del suicidio colectivo de los europeos y del sacrificio de la juventud europea en la carnicería de Verdún, él prevé que, «aun supuesto el caso de que triunfasen los aliados, disipados el vapor y la niebla, Francia quedaría en medio de la palestra internacional como una Bélgica grande” Trotski se sienta en su despacho, limpia sus gafas, enciende la lámpara, pasa de la Geografía a la Historia. Delante de él está la pequeña biblioteca sobre la historia de México que pidió al guapo Van que le reuniera. Él es así, Trotski, y su curiosidad es enciclopédica. Quiere meterse en la historia de este país, cavar en su subsuelo hasta el inicio del siglo pasado para comprender el presente. Desde las guerras de independencia del cura Hidalgo y de Morelos, con sus decenas de presidentes, hasta la aparición del héroe Benito Juárez. La vida ejemplar del niño indio nacido muy cerca de las sierras del sur, el huérfano cuya vida debería haber sido la de un pastor en medio de la maleza, pero que decide descubrir por su cuenta el mundo, recorre los kilómetros de colinas que van hasta Oaxaca y ve por vez primera una ciudad. Él sólo sabe hablar zapoteco y aprende español, latín y francés en muy poco tiempo, se convierte en abogado, en gobernador de Oaxaca, en presidente de México, e intenta promulgar la primera ley de separación de Iglesia y Estado.

DEMEROL

Viva, Patrick Deville
Mario pasa su brazo izquierdo sano por encima de su brazo derecho mecánico para mover la palanca de cambios, y me tiende, sin duda con un tercer brazo, un pequeño libro ilustrado de fotografías que acaba de publicar: Demerol sin fecha de caducidad. Han descubierto un cuarto de baño escondido en la casa azul de Frida, al echar abajo una pared. En 1955, un año después de la muerte de Frida y mientras la casa azul se convertía en santuario, en el Museo Casa Azul, Diego Rivera amontonó en ese cuarto de bañio, antes de tapiarlo, diversos objetos que consideraba que no debían ser expuestos. Luego Diego murió, en 1957, y el asunto fue olvidado. Allí se han encontrado montones de cajas llenas de correspondencia y fotografías, baúles y cientos de dibujos, faldas, una pierna artificial, un retrato de Stalin, una tortuga disecada, los corsés de cuero y de metal que Frida llevó tras su accidente de tranvía antes de terminar su vida en una silla de ruedas, así como una gran cantidad de envases de Demerol, para combatir los dolores, algunos llenos y otros ya empezados, de los que parece que ella hada al mismo tiempo gran consumo y gran provisión. Pasando las páginas del libro de Mario, me he acordado de que el Demerol es un producto que William Burroughs menciona en su novela Yonqui. Él lo utilizaba como sustituto de la heroína, y su absorción calmaba los violentos temblores en los raros periodos en que intentaba desengancharse. Producto calmante que sin duda echó en falta aquel día de septiembre de 1951, en el barrio de Roma, justo aliado del de La Condesa, al otro lado de la avenida Insurgentes, en el que jugando a  Guillermo Tell con una pistola se cargó a su mujer de un balazo en la cabeza.

El Demerol de Frida era siempre operativo, precisa Mario, pues en cada envase figura la etiqueta «Sin fecha de caducidad”, que él tomó para dar título a su libro. El Demerol de Frida todavía podría calmar nuestros dolores. Hablamos del amor imposible entre Frida y Trotski. Y, pasando de nuevo su brazo útil por encima del brazo mecánico para agarrar el freno, Mario estaciona delante de mi estudio en Hipódromo. Después de que me pareciera necesario, para leer a Trotski, atravesar Rusia y Siberia en tren, me pareció deseable saber con qué mojaba sus labios Lowry para escribir su «fantasmagoría mezcaler”, y emprendí la empresa de tragarme la lectura de las trescientas páginas de una obra de Rogelio Luna Zamora, La historia del tequila, de sus regiones y sus hombres. Lowry, que nunca supo mucho español, confundía el peyote y el agave, y supuso que en el fondo de su mezcal estaba la mescalina. Confusión que no cometen ni Burroughs, siempre metido en sus enciclopedias botánicas y de armas de fuego, ni Huxley, venido también a iluminarse en mexicolor para escribir Las puertas de la percepción, título que tomó prestado de unas palabras de William Blake, de las cuales sacará el poeta Jim Morrison el nombre de su banda de rock. We band of brothers

EL TREN DEL CONSEJO REVOLUCIONARIO DE L AGUERRA

Viva, Patrick Deville, p. 40-41
Él ha pensado siempre que bastaba con tener razón e incluso en eso se ha equivocado. Creía que bastaría con el ejemplo de la acción, del coraje físico, de la probidad y la razón. Es un héroe de la Antigüedad, un hombre de Plutarco. Y tras la victoria de la revolución en Petrogrado, en vez  de permanecer en el lugar donde está el poder, en Moscú, parte. Hace montar el tren blindado, recorre los frentes, el limes rojo, arrolla a los rusos blancos y a sus destacamentos de cosacos. El tren del Consejo Revolucionario de la Guerra parece estar en todas partes a la vez. Surge entre la niebla y la nieve y galvaniza a las tropas que van en desbandada. Son decenas de miles de kilómetros recorridos a todo lo largo de la guerra civil. Trotski inspecciona los campamentos, lleva armas y comandos capaces de echar una buena mano. El tren pesa tanto que va tirado por dos grandes locomotoras negras con la estrella roja, una de  las cuales está siempre con la presión a punto y lista para partir. Con los ojos cerrados, Trotski recorre uno a uno, como si estuviera caminando aliado de los raíles, los vagones del tren blindado en el que pasó más de dos años de su vida, con el sueño de una sociedad utópica en marcha, un mundo de autarquía, de orden y de razón, perfectamente engrasado. En el horizonte se ve crecer la estrella roja y, con ella, la negra locomotora que se aproxima.

En los vagones hay una imprenta para el periódico del tren, una estación telegráfica, una radio y una antena que se despliega en las paradas para recoger las noticias del planeta, un vagón con los víveres y las vestimentas, cuero para coser las botas, materiales de ingeniería y una reserva de traviesas para reparar las vías saboteadas, grupos electrógenos, un vagón hospital, un vagón con baños y duchas, dos vagones con ametralladoras, un vagón cisterna con carburante, otro para un tribunal revolucionario y vagones garaje capaces de llevar camionetas y automóviles. Situado en medio de ese tren que recorre en su memoria, el reducto del comisario del pueblo es un despacho-biblioteca, flanqueado por una cabina de baño y por un diván. La mesa de trabajo ocupa todo un lado, con un gran mapa de Rusia encima. Del otro lado están las estanterías, las enciclopedias, los libros clasificados por autores y lenguas. Alfred Rosmer, que vivió durante muchas semanas a bordo del tren, hojea allí una traducción francesa de la obra filosófica de Antonio Labriola y encuentra el Alhum de versos y prosa de Mallarmé, con la cubierta azul de la edición de la Librairie Académique Perrin.

MEXICO

Viva, Patrick Deville, p. 82-83
Cave un hoyo. Meta una piña. No deje aflorar más que el copete de hojas picudas, como una roseta. Usted tiene a sus pies una especie de agave en versión bonsái. Puede retirar la piña. Eso no crecerá jamás. Era sólo para darle una idea del crecimiento del agave según Rogelio Luna Zamora: si eso fuera un agave azul, Tequilana Weber azul, al cabo de algunos años usted estaría contemplando sus hojas aceradas en contrapicado.
Se conocen decenas de especies de agaves, y los indios los llamaban «magueyes». Ellos sacaban de la planta una buena parte de su vida material y de sus bebidas alcoh6licas. Al igual que el cactus candelabro, el agave se ríe de los suelos pobres y pedregosos sobre los que nada más crece. Se le ve expandirse por las zonas áridas alrededor de Guadalajara, cuya etimología árabe muestra bien que este valle de piedras del estado de Jalisco, en torno a las ciudades de Amatitán, Tequila y el Arenal y sobre todo en la región de Los Altos, no es un paraíso. Sobre estos altiplanos desérticos, que forman los paisajes de los libros de Juan Rulfo, entre este polvo amarillo embebido de sangre de contrarrevolucionarios cristeros a principios de los años veinte, por estos pueblos fantasma donde balbucean los muertos en Pedro Páramo y El llano en llamas. En el aire azul y transparente, los huizaches retuercen sus delgadas ramas como bajo una tormenta. No se retoza con las ninfas de grandes senos blancos en los campos de agave, como se haría en medio de las vifi.as. Baco no los elegiría para sus siestas legendarias y priápicas. El agave pincha de veras, araña y desgarra. Los dioses de los indios no le tienen miedo a la sangre. De las largas hojas carnosas erizadas de puntas se sacan los clavos y las agujas de coser. Aplastadas de cierta manera dan una espuma con la que se hace jabón, y de otra manera, las fibras tipo sisal que se usan para tejer tapices y hamacas. Su tallo da para hacer navajas de afeitar, y su savia, una melaza, el aguamiel, y, por evaporaci6n, azúcar. Todo eso al aire libre y durante años, como si fuera un cajero automático colectivo puesto en medio del pueblo.

Pero lo más importante madura en la oscuridad. Cuando la planta por fin florece, muere. Ése es, según los botánicos, el banal destino de las plantas monocárpicas. Ésa era la buena voluntad de los dioses, según los indios: la floración anunciaba sus libaciones.

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