Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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SWANN, GUSTAV


Mujeres elegantes, Milena Busquets, p. 231

Swann, uno de los personajes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En Un amor de Swann, este tarda mucho en enamorarse de Odette, pero al darse cuenta una noche de que no está en casa de los Verdurin, decide (sin motivo aparente) dejarlo todo para ir a buscarla. A partir de ese momento, pasa años de sufrimiento hasta que un día, cuando todo ha pasado, se dice: «Y pensar que he perdido años de mi vida, que he deseado la muerte, que he vivido la historia de amor más importante de mi vida con una mujer que ni siquiera me gustaba, ique ni siquiera era mi tipo!».

El protagonista de Muerte en Venecia. ¿Se enamora Gustav del joven Tadzio? ¿O es más bien una obsesión, el homenaje a otra gente que conoció antes, el símbolo de la vida y de la juventud pasadas? En cualquier caso, siente una fascinación inmediata por el joven y en cierto modo es correspondida: el joven también lo ve a él. Y Tadzio será la última persona a la que mire (y vea) Gustav antes de morir. Tadzio lo saluda (¿se despide?) desde el borde del mar y a continuación señala al horizonte (la eternidad, el principio y el final, lo desconocido). Junto con los de Blade Runner y Lo que e/ viento se llevó, mi final favorito en una película.

Pero en realidad lo importante no es cuánto tardas en querer a alguien. sino durante cuánto tiempo lo quieres. Y solo hay una respuesta posible: eternamente. Todo lo demás es un estrepitoso        

               

                 

 


PROUST, STENDHAL Y FLAUBERT


La mirada de Ulises, Erich Auerbach, p. 86

A su lado, los personajes de las grandes novelas realistas del siglo XX son meras comparsas, personajes a los que se ha atrapado por algún extremo de su ser y acto seguido se los ha compuesto. La gran inutilidad y la aparente falta de composición de la novela, que no exige de ninguna de sus figuras absolutamente nada que deba suceder para conducir el desarrollo del relato en tal o cual dirección, les concede la libertad de moverse como más propio les parezca; la necesaria limitación que para Stendhal o Flaubert (por no mencionar a otros) se origina a partir de la construcción, del inamovible plan pragmático de sus obras, está ausente en el caso de Proust. Así, el producto, caprichoso y casi botánico, brota de un modo totalmente autónomo, apenas se siente la mano del hacedor, y si otros grandes escritores, desdeñando la descripción y el análisis, logran con pocas palabras que un personaje sea, en su momento trágico, inolvidable durante siglos, esa actitud, quizá más sublime, no corresponde a la novela; al lado de la obra de Proust, casi todas las novelas que conocemos parecen novelas cortas. En busca del tiempo perdido es una crónica de la memoria—en la que el lugar de la sucesión temporal empírica pasa a ocuparlo el encadenamiento secreto y a menudo descuidado de los acontecimientos, que el biógrafo del alma, el que vuelve la vista atrás y mira dentro de sí mismo, siente como propio—. Lo que ha ocurrido no tiene ya poder alguno sobre él, v el autor nunca pretende que aún no ha ocurrido lo que sucedió hace mucho tiempo y que todavía esté por decidir lo decidido mucho tiempo antes, Es por eso que no hay ni  tensión ni punto dramático culminante, nada se precipita ni se amontona, y tampoco, después, hay solución y calma.


PROUST


La cicatriz de Ulises, Erich Auerbach, p. 83

Por nacimiento, Proust pertenece a una familia burguesa privilegiada por sus ingresos, su riqueza y unos bienes raíces heredados mucho tiempo antes; su encanto personal le permite acceder a todas partes, también los círculos cerrados de las grandes familias de la nobleza. Todos ven en él un ser afortunado y fuera de lo común. Sin embargo, no goza de buena salud; sufre ataques de ansiedad y trastornos nerviosos de toda clase, es incapaz de ejercer actividad alguna y de tomar decisiones. y su irritabilidad llega al extremo de impedirle salir de casa durante semanas y sin un motivo determinable aunque se lo proponga una vez y otra. Igual de mal le va a su equilibrio moral. A la exacta profundidad de su pensamiento y la nada superficial elegancia de los sentimientos, a su capacidad para penetrar en la esencia de quienes lo rodean, a su tacto y su respeto en los asuntos familiares, se oponen de manera desagradable su egocentrismo, también insensible a más no poder, su reserva en los asuntos más profundos del corazón, su incapacidad de confiar, su excesiva perspicacia, su frialdad y una observación que a menudo saca a la luz el mal con cierta estrechez de miras, Sólo puede amar lo que no posee o lo que teme perder; en cuanto está convencido de tener firmemente a alguien, poseerlo pierde todo encanto y esa persona le resulta indiferente. Sin embargo, es raro que no sienta celos; el motivo más insignificante lo pone furioso al instante, y en especial sospecha siempre y en todas partes, de las mujeres y los hombres que frecuenta, sus desvíos homosexuales: la homosexualidad es, en suma. objeto de su interés más intenso, algo así como un ídolo o un espantajo en torno a los cuales sus pensamientos no cesan de danzar.



PROUST


Despedidas, Julian Barnes, p. 200

Así que, por volver a Proust, ahora nos parece absolutamente cierto e inmutable que en su obra En busca del tiempo perdido las puertas de la memoria se abren de la mano de una magdalena mojada en una taza de tila, como la que le daba su tía Léonie cuandoera un niño. La magdalena es un emblema perfecto, porque tiene la forma de una vieira, la concha de los peregrinos, y Marcel está a punto de emprender un particular peregrinaje en busca del tiempo perdido. Y sin embargo..., sin embargo, en 1907, cuando Proust estaba trabajando en el primer volumen de su novela, era un pedazo de pan duro mojado en una taza de té lo que lo impulsaba a este jubiloso viaje al pasado. Y en la versión siguiente, era un trozo de pan tostado. Y en algún momento de 1908, una especie de galleta dura. Si hubiera escogido cualquiera de estas variantes, habríamos aplaudido de buen grado su elección, señalando que los ricos recuerdos pueden surgir de fuentes humildes, al igual que —según la propia comparación de Proust— unos pedacitos rotos de papel, arrojados al agua, pueden transformarse en flores japonesas. Qué idónea y correcta habría parecido cualquiera de estas ideas preparatorias.


INICPIT 1.563. PASTICHES DE MARCELPROUST


EN UNA NOVELA DE HONORÉ DE BALZAC

En uno de los últimos meses del año 1907, durante uno de esos routs de la marquesa de Espard que por entonces congregaba a la élite de la aristocracia parisina (la más elegante de Europa, al decir de monsieur de Talleyrand, ese Roger Bacon de la naturaleza social, que fue obispo y príncipe de Bénévent), De Marsay y Rastignac, el conde Félix de Vandenesse, los duques de Rbétore y de Grandlieu, el conde Adam Laginski, madame Octave de Camps y lord Dudley rodeaban a la princesa de Cadignan, sin atizar por ello los celos de la marquesa.

¿No es, en efecto, una de las grandezas de la señora de la casa -esta carmelita del éxito mundano- que deba inmolar su coquetería, su orgullo, su amor incluso, a la necesidad de crear un salón donde sus rivales serán en ocasiones su más excitante adorno? ¿No es en eso igual a una santa? ¿No merece ella su parte, adquirida con tanto esfuerzo, del paraíso social?

La marquesa-una De Blamont-Chauvry, emparentada con los Navarreins, los Lenoncourt, los Chaulieu- rendía a cada recién llegado la mano que Desplein, el sabio más grande de nuestra época, sin exceptuar a Claude Bernard, y que fue discípulo de Lavater, declaró la más profundamente calculada que había tenido ocasión de examinar.


JUPIEN


Proust, novela familiar, p. 162

Este joven nacido en el departamento de Costas del Norte (actualmente, Costas de Armor), que había subido a París recomendado por el cura de su pueblo a un sacerdote parisino a todas luces muy bien relacionado, es a la sazón lacayo del príncipe Orloff; en pocos años ha pasado por las mejores casas (entre las que destacan la del príncipe Constantino Radziwill y la de la condesa Greffulhe). La única fotografía suya que se conserva muestra a un joven fornido a la par que elegante, de rasgos delicados a pesar de que los labios se pasaban de gruesos para ser honrados; en la pose (muy erguida, con una mano en el bolsillo), en los ojos claros que miran orgullosamente al objetivo, en el pelo con tupé, asoma cierta arrogancia, pero Le Cuziat ha tenido buenos maestros. Céleste Albaret, que no lo soportaba, solo lo veía como «una espingarda bretona» con los «ojos azules, fríos como los de un pez (los ojos de su alma)», mientras que Maurice Sachs, que lo conoció con unos años más, confirma «su mucha distinción» y la compostura de ese «rostro aristocrático y conservador". Podemos apostar a que a Proust, que se fijaba más en los morenos con bigote tipo Agostinelli que en los rubios como Le Cuziat, que no era «su tipo», no le atrajo tanto su depurado perfil como su erudición en asuntos genealógicos, que en su caso alcanzaba la categoría de ciencia exacta. Sus conocimientos sobre etiqueta, protocolo y hábitos de la aristocracia, así como sobre alianzas oficiales y oficiosas, son de esos que resultan irremplazables, fruto de la pasión por un oficio que ejercía con un celo inusual, combinado con una forma de fascinación por la intriga en el círculo de los poderosos.


MADAME PROUST


 Proust, novela familiar, p. 239

Al morir su madre, Proust le escribe a Montesquiou: «Mi vida ha perdido su único objetivo, su única dulzura, su único amor, su único consuelo». Jeanne Weil fue, cómo no, su gran amor, y la única persona con la capacidad para consolar y calmar la inextinguible angustia de aquel que a la pregunta «Para usted, ¿cuál sería la mayor desgracia?» contestaba: «Estar separado de mamá». En su biografía, George Painter tuvo este famoso acierto: «El 26 de septiembre [de 1905] murió la señora Proust y, de pronto, el Tiempo se perdió». Proust ya solo podía ponerse manos a la obra, cosa que no dejó de hacer hasta su muerte. Al poner la palabra «Fin» al final de la última cuartilla de En busca del tiempo perdido sabía que podía morirse porque, por fin, él sí que había consolado a la madre fallecida, a la que tanto le preocupaba que su «pajarito tontín» no realizase la obra para la que ella sabía en secreto que estaba destinado. ¿Sospechaba siquiera Proust que al bosquejar su novela estaba inventando un auxilio más poderoso que el cariño de una madre ausente?


LOS ZAPATOS ROJOS DE LA DUQUESA


Proust, novela familiar, Laure Murat,  p. 105

«El placer aristocrático de desagradar. .. » ¿Cuántas veces habrán repetido esta cita de Baudelaire los propios aristócratas, convencidos de que, con estas palabras, el poeta justificaba la superioridad de una elite y legitimaba su arrogancia? Más por ignorancia que por mala fe, la cita queda truncada de su primera parte, que, sin embargo, cambia no poco la intención: «Lo embriagador del mal gusto es el placer aristocrático de desagradar».

Esa íntima relación entre mal gusto y aristocracia, vulgaridad en el sentir y nobleza en el rango, no solo no es una contradicción, sino que constituye una paradoja superficial que Proust convirtió en una constante de su heptalogía, una amplia puesta en escena para quitarle la venda de los ojos a la sociedad, donde los personajes, tal y como reconoce el propio autor, resultan ser al final lo contrario de lo que aparentaban al principio. Tras el sádico aparece el tierno. Tras el hombre de mundo, el paleto. Tras una legendaria duquesa, una mujer vulgar y corriente. El hombre viril se revela como un afeminado; el noble, como un hombre innoble. En busca del tiempo perdido o el gran libro de lo inverso.

De modo que convendría recordar sin dilación a quien se empeñe en sostener que Proust es esnob que En busca del tiempo perdido es la crítica más cruel y más sutil que jamás se le haya hecho a la aristocracia francesa en la literatura.


INCIPIT 1.553. PROUST, NOVELA FAMILIAR / LAURE MURAT


EL DIABLO ESTÁ EN LOS DETALLES

Me ha costado varios años entender una cosa muy sencilla. Me saltó a la vista una noche, cuando estaba viendo un episodio de Downton Abbey y me topé con una escena en la que el mayordomo, delante de la mesa puesta para la cena, saca una regla para medir la distancia entre el tenedor y el cuchillo y asegurarse de que el intervalo entre ambos cubiertos es el mismo para todos los comensales.

Ese acto nimio, ejecutado con una solemnidad sacramental, me despertó la curiosidad, aunque en ese momento no llegué a entender por qué era tan intensa ni mucho menos qué la había motivado. ¿Por qué, estando tumbada delante de la pantalla del televisor en Los Ángeles, donde vivo, a nueve mil kilómetros del Viejo Continente y tan lejos de la belle époque, me demoraba en un detalle tan anodino, casi subliminal, carente de valor en la trama? Notaba confusamente que, a través de esa medición absurda y esmerada, se estaba manifestando una señal procedente del pasado


LA VERDURIN


Proust, novela familiar, p. 66

Mucho antes de visitar el palacete Murat, Proust había frecuentado asiduamente otro salón, el de Madeleine Lemaire, pintora de rosas y personalidad de la flor y nata parisina que pasó a la posteridad por haber inspirado el personaje de la señora Verdurin. De abril a junio, «la Jefa» recibía los martes en un palacete muy exiguo en el que se apretujaban gente de mundo y artistas en boga, una concurrencia cuya principal característica era el abigarramiento y donde estaban vetados los «pelmas». Ese lugar iba a ser determinante en la vida de Proust. Madeleine Lemaire protege desde muy pronto los amores entre Marcel Proust y el compositor Reynaldo Hahn, que actúa con regularidad en su casa de París o en el palacio de Réveillon. Para Proust es una sustituta de su «madre legal», la llama su «Hermosa Madrina», y en 1896 le encomienda las ilustraciones de su primer libro, Los placeres y los días. «Dejando aparte la familia, es, de todos los seres vivientes, quien más ha hecho por mí», reconocerá más adelante el escritor, en una época en que el vínculo se había debilitado un tanto. Fue en el salón de Madeleine Lemaire donde conoció, entre otras personas, a Robert de Montesquiou, a quien tanto le debe Charlus, y también fue allí donde por lo visto oyó por primera vez la Sonata en re menor para piano y violín de Camille Saint-Saens, uno de los modelos de la frasecita de Vinteuil.

 

PROUST


Proust, novela familiar, p. 22,

Todas los testigos coinciden en un hecho: Proust hablaba igual que en su libro, no había ninguna diferencia entre la frase oral y la frase escrita. «Su habla lenta y continua. Extraordinaria abundancia de incidentes, pero sin que nunca se perdiese el hilo», apunta J acques Riviere. Una misma y única frase, confirma Paul Morand, «muy cantarina, que no acababa nunca, colmada de incidentes, de objeciones que a nadie se le ocurría formular, pero que formulaba él. Se parecía a una carretera de montaña que se sube sin llegar nunca a la cima. Muchos incidentes, que sostenían la frase como una especie de globitos de oxígeno y que la impedían bajar, llena de argucias, de arborescencias, todo muy fluido, muy suave. Muy suave y al mismo tiempo muy viril». Pues la voz de Proust, que me ronda por los oídos de lectora y de viajera por el interior del tiempo, era «insinuante pero autoritaria».


MARCEL PROUST


Días de lectura, Marcel Proust, p. 132

Para mí, la memoria voluntaria, que es sobre todo una memoria de la inteligencia y de los ojos, sólo nos da del pasado aspectos sin veracidad, pero si un olor, un sabor recuperados en circunstancias muy diferentes, despiertan en nosotros a nuestro pesar el pasado, nos damos cuenta de hasta qué punto este pasado era diferente de lo que creíamos recordar, lo que dibujaba nuestra memoria voluntaria, como los malos pintores, con colores sin veracidad. En este primer volumen, el narrador, que habla en primera persona (y que no soy yo) recupera de repente años, jardines, seres olvidados en el sabor de un sorbo de té en el que ha mojado un trozo de magdalena; sin duda lo recordaba todo, pero sin color, sin encanto. He podido hacerle decir que, como en el juego japonés en el que sumergirnos tenues bolas de papel que, una vez dentro de la taza, se estiran, se retuercen se convierten en flores y personajes, todas las flores de su jardín y los nenúfares del Vivonne, y la buena gente del pueblo, y las casitas, la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo ello toma forma, se vuelve sólido y brota, con la ciudad y los jardines, de la taza de té.

Yo creo que el artista sólo debería pedir a los recuerdos involuntarios la materia prima de su obra. En primer lugar, precisamente porque son involuntarios, se forman solos, atraídos por una semejanza de -un instante, tienen un cuño de autenticidad. Además, nos devuelven las cosas en una dosificación exacta de la memoria y del olvido. Finalmente, como nos hacen saborear la misma sensación en circunstancias muy diferentes, la liberan de toda contingencia, nos devuelven su esencia extratemporal, que es precisamente el contenido de la belleza del estilo, esa verdad universal y necesaria que sólo traduce precisamente la belleza del estilo.


Días de lectura


Días de lectura, Marcel Proust, p. 59

Tal vez no haya días más plenamente vividos en nuestra infancia que aquellos que creímos dejar pasar sin vivirlos, aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. Todo lo que al parecer los llenaba para los demás y que nosotros apartábamos como un obstáculo vulgar ante un placer divino: el juego para el cual venía a buscarnos un amigo en medio del pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos hacían levantar los ojos de la página o cambiar de sirio, la merienda que nos habían obligado a llevarnos y que dejábamos en el banco a nuestro lado, sin tocarla, mientras encima de nuestra cabeza el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena para la cual teníamos que regresar y durante la cual sólo pensábamos en subir enseguida para terminar el capítulo interrumpido; todo eso, de lo cual la lectura habría debido impedirnos ver todo lo que no fuese la inoportunidad, la lectura al contrario lo grababa en nosotros como un recuerdo tan dulce (mucho más precioso para nosotros ahora que lo que entonces leíamos con amor) que, si alguna vez hoy volvemos a hojear esos libros de antaño, ya sólo lo hacemos como si fuesen los únicos almanaques que hemos conservado del pasado y con la esperanza de ver reflejados en sus páginas estanques y caserones que han dejado de existir.


INCIPIT 1.430. DIAS DE LECTURA / MARCEL PROUST


John Ruskin

Como las «Musas abandonando a su padre Apolo para ir a iluminar el mundo», una a una las ideas de Ruskin habían ido abandonando la cabeza divina que les había dado cobijo y, encarnadas en libros vivos, habían marchado a enseñar a los pueblos. Ruskin se había retirado a la soledad en la que suelen acabar las existencias proféticas, hasta que Dios se digna llamar a su vera al cenobita o al asceta cuya tarea sobrehumana ha concluido. Y sólo pudimos adivinar, a través del velo tendido por piadosas manos, el misterio que estaba teniendo lugar, la lenta destrucción de un cerebro perecedero que había albergado una posteridad inmortal.

Hoy la muerte ha hecho entrar a la humanidad en posesión de la herencia inmensa que Ruskin le había legado. Porque el hombre de genio sólo puede engendrar obras que no morirán si las crea, no a la imagen del ser mortal que es, sino del ejemplar de humanidad que lleva en su sino. Sus pensamientos son en cierta forma un préstamo que recibe durante su vida, a la que van escoltando. Tras su muerte, retornan a la humanidad y la muestran, como aquella morada augusta y familiar de la calle de La Rochefoucauld que se llamó casa de Gustave Moreau mientras él vivió y que, tras su muerte, se llama museo Gustave Moreau.


INCIPIT 1.356. CARTAS ESCOGIDAS / MARCEL PROUST


l. SU FAMILIA. SU MADRE

I. A SU MADRE

Sábado por la noche [6 de diciembre de 1902]

Mi querida mamá:

Como no puedo hablar contigo te escribo para decirte que no te entiendo. Tú sabes o intuyes que me paso todas las noches desde que he vuelto llorando, no sin motivo, pero todo el santo día me dices cosas como: «Esta noche no he podido pegar ojo porque los criados no se han acostado hasta las once». ¡ Ya quisiera yo que fuera eso lo que me impidiera dormir! Hoy he cometido el error, presa de un ahogo por el asma, de llamar por el timbre a Marie (para que me trajera los inhaladores), que acababa de decirme que había terminado de almorzar, y tú me has castigado al momento dejando que, en cuanto me he tomado mi Trional, se pusieran a dar martillazos y voceasen todo el santo día. Por tu culpa, cuando ha venido el pobre Fénelon con Lauris, me encontraba en tal estado de nerviosismo que ha bastado que me dijera una simple palabra, muy desagradable, debo decir, para que me abalanzara a puñetazos sobre él (sobre Fénelon, no sobre Lauris) y sin saber ya lo que hacía le cogiese el sombrero nuevo que acababa de comprarse, lo pisoteara y a continuación le arrancara el forro. Como podrías creer que exagero añado a esta carta un trozo del forro para que veas que es cierto. Pero no lo tires, porque te pediré que me lo devuelvas por si todavía pudiera resultarle útil. Por supuesto, si ves a Fénelon ni palabra sobre el particular. Por lo demás, menos mal que esto me ha pasado con un amigo, porque si en ese momento papá o tú me hubierais dicho algo desagradable, seguramente no habría hecho nada


PROUST


Cartas escogidas, Marcel Proust, p. 151

55. A NATHÉ WEIL

Jueves por la noche [17 de mayo de I888]

Mi querido abuelito:

Acabo de reclamar de tu gentileza la suma de trece francos que quería pedirle al señor Nathan, pero mamá prefiere que te los pida a ti. La razón es la siguiente: necesitaba tanto ver a una mujer para acabar con mis malos hábitos masturbatorios que papá me dio diez francos para que fuera a un burdel. Pero 1.º: en mi estado emocional rompí un orinal, tres francos; 2º : en este mismo estado emocional no he podido joder. Aquí me tienes, pues, como antes, esperando a cada hora otros diez francos para aliviarme, además de los tres francos por el orinal. Pero como no me atrevo a volver a pedir tan pronto dinero a papá, confiaba en que tú tendrías a bien socorrerme en esta circunstancia que, como sabes, no es sólo excepcional sino también única: no sucede dos veces en la vida estar demasiado turbado para poder joder.

Te abrazo mil veces y no me atrevo a darte las gracias por adelantado.

Pasaré mañana a las once por tu casa. Si mi situación te ha conmovido y te rindes a mis ruegos espero encontrarte a ti o a un intermediario encargado de entregarme esa cantidad. En todo caso, gracias, pues tu decisión se deberá sin duda a tu cariño por mí.


CELESTE ALBARET


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 412

La imagen que guardo de él en mi corazón es la más bella de todas y el más hermoso de los recuerdos. En ella está tan maravilloso como siempre. Príncipe entre los hombres y príncipe de los espíritus.

Nunca me ha abandonado. En la vida, cada vez que tuve que hacer una gestión, encontré a un admirador de monsieur Proust que me ayudara, y era como si, desde la muerte, hubiera seguido protegiéndome. Al igual que dije al principio de este libro, cada vez que tengo que resolver un problema personal, tomo consejo de su recuerdo, y el asunto se simplifica.

Muy recientemente ocurrió una extraña historia. En el tiempo del boulevard Haussmann, una noche en que me estaba enseñando objetos que me había pedido que sacara del cajón de recuerdos de la cómoda, especialmente unos bonitos pendientes, largos y de coral, que habían pertenecido a su madre, me dijo:

-Creo que le quedarían bien a mi sobrina Suzy. Lléveselos, Céleste.

Después, a mi vuelta:

-Ah, tenga, aquí está mi alfiler de corbata de ópalo. Desgraciadamente, lo he aplastado con el pie. Es una pena. El ópalo es tan bonito ... ¿Lo quiere? Se lo regalo.

Me lo hice montar en un anillo y ya no salió de mi dedo. Más tarde, mucho más tarde, quise dárselo a mi hija. Pero Odile tenía miedo de perderlo y, sabiendo que para mí era importante, prefirió dejármelo. Yo lo llevaba noche y día. Después, un día, lo pierdo. Desolada, hago como mi madre: rezo a san Antonio (ella me decía que gracias a él lo encontraba siempre todo).

Aquel mismo día, Odile me había llevado unas verduras que yo había elegido, lavado, cocido y picado. Llega la hora de sentarnos las tres a la mesa; la tercera era mi hermana Marie, que vive conmigo. Comemos la verdura. De repente, Odile se para en seco, con aire inquieto. Yo le digo:

-¿Qué pasa? ¿Te has roto un diente?

Era el ópalo de monsieur Proust.

Entonces supe que no me había abandonado, del mismo modo en que tampoco yo le había abandonado a él.


DUQUESA DE GUERMANTES


Monsieur Proust, Céleste Albaret, p. 186

Me hablaba de un lujo inaudito, de los criados, de las flores, de los cuadros, de las arañas de cristal, de las joyas, de los coches de caballos que invadían el barrio, llevando y esperando a los invitados.

-¡Era de una magnificencia increíble, Céleste, y a veces con unas excentricidades ... !

Y lo evocaba corno un sueño, aunque no lo aprobara todo.

-Figúrese que una noche, en una cena de madame Straus, compareció un hombre con un mono vestido con plastrón y traje completo. Aparte de que a mí no me gustan los animales, era algo de un mal gusto indecente. Y en casa de madame Greffulhe, con motivo de una fiesta de disfraces, vi a dos cachorros de león que tiraban de pequeñas carretillas que contenían los accesorios del baile, conducidos por cuatro de los cuarenta y cinco sirvientes de la condesa, vestidos de librea. También aquello me pareció excesivo. Además, aunque los cachorros de león habían sido bien adiestrados, nada les impidió arrancarle un brazo al portero al día siguiente.

Pero no cabía duda de que sentía una gran debilidad por madame Greffulhe.

-Hoy puedo confesarlo, Céleste -me dijo una noche-. Creo que, desde la primera vez que la vi, quedé totalmente seducido. Tenía raza, clase, prestancia, un modo de erguir la cabeza ... ¡Y qué forma de llevar un ave del paraíso en el cabello! ¡Era única! Y, con sus manos ágiles, imitaba la graciosa pose del pájaro sobre el peinado.

-Era innato en ella -me decía-. Era única. No sé cuántas veces habré ido a la Ópera sólo para admirar su porte al subir las escaleras. Yo estaba allí, al acecho. La veía pasar, el cuello graciosamente erguido bajo el pájaro que parecía haberse posado por sí mismo. Era una delicia.

Pero tuvo pocas ocasiones de ver a la condesa, salvo en algunas recepciones en su casa a las que era invitado, y en algunos festejos mundanos, fiestas o bodas. Y se debió en gran parte a los celos del conde, que no tenía reparos en decir que no le gustaba monsieur Proust y que no aprobaba la amistad que mantenía con su mujer.


PROUST AL FINAL


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 399

Aquella noche del 17 al 18 de noviembre, me llamó a medianoche, para que me quedara a su lado, tal como le había dicho a su hermano.

Me recibió con una voz casi alegre:

-Pues bien, mi querida Céleste, usted va a sentarse aquí, en el sillón, y vamos a trabajar juntos.

Añadió:

-Si supero esta noche, probaré a los médicos que soy más fuerte que ellos. Pero hay que superarla. ¿Cree que lo conseguiré? «Naturalmente», protesté con toda sinceridad, pues estaba segura de que sí. Me inquietaba pensar que iba a cansarse todavía más, pero eso era todo.

Me instalé y no le dejé hasta horas después, por muy breves momentos. Primero hablamos un poco; después retomó las correcciones y los añadidos. Empezó su trabajo dictándome, hasta las dos de la madrugada. Yo no debía de ir muy aprisa, porque empezaba a sentirme agotada, y además hacía un frío terrible en la habitación. Yo estaba helada.

En determinado momento, me dijo:

-Creo que me canso más de dictar que de escribir, a causa de la respiración.

Cogió su pluma y siguió solo, durante más de una hora.

La imagen de las agujas en la esfera de su reloj se me quedó grabada en el momento en que la pluma dejó de deslizarse sobre el papel y él la soltó. Eran exactamente las tres y media de la mañana.

Me dijo:

-Estoy demasiado cansado. Paremos, Céleste. No puedo más. Pero quédese aquí.

Más tarde, el profesor Robert Proust me explicó que fue seguramente a esa hora cuando el absceso del pulmón reventó, y provocó una septicemia.

Monsieur Proust todavía me dijo: -¿No se olvidará de pegar los papeles en su lugar, Céleste? Sobre todo no lo olvide ... Es importante.

Me dio todas las indicaciones sobre los lugares exactos. Después repitió:

-¿Lo hará bien, verdad, Céleste? ¿No lo olvidará?

Yo respondí:

-Claro que no, monsieur, puede estar tranquilo. Ahora descanse. ¿Y si tomara algo caliente?

Se negó y me dijo, con esa mirada de afecto que no he visto en nadie más:

-Gracias mi querida Céleste


BARON DE CHARLUS


Monsieur Proust, Celéste Albaret, p. 293

Por supuesto, una de las cosas que más fascinaba a monsieur Proust en el personaje del conde era la particularidad de sus amores. Siguió y observó paso a paso, corno todo lo demás, el gran afecto que experimentaba Montesquiou por su secretario, Yturri, un sudamericano que ceceaba y llamaba a su jefe 

«Moussou lé Comté». La historia era la comidilla de todo París, y estoy segura de que monsieur Proust encontró en ella una fuente inagotable para su barón de Charlus. A menudo me decía que le caía bien Yturri y que no entendía por qué los amigos del conde se burlaban tanto de su secretario, pues era un muchacho amable y muy entregado a su jefe, al que sacaba de todos los problemas, sobre todo de los monetarios, que eran frecuentes.

-Le mató aquella devoción -me decía-. Cuando Yturri murió, poco después que mi madre, el mismo año 1905, escribí una larga carta al conde para hacerle saber que comprendía y compartía su dolor, pues, en el fondo, era un poco una madre lo que él había perdido. Yo le decía en la carta: «Su duelo es el mismo que el mío».

Pero cuando, inmediatamente, Montesquiou sustituyó a Yturri por otro secretario, Henri Pinard, todo terminó. Monsieur Proust perdió interés por el conde: había extraído de él cuanto necesitaba. Poco a poco, sus encuentros se fueron espaciando. La relación continuó por correspondencia, pero era sobre todo el conde quien la continuaba.

La principal razón era naturalmente que Montesquiou se reconocía en el barón de Charlus de los libros.

-La primera vez que creyó reconocerse -me decía Monsieur Proust riendo- estaba como un león enjaulado.

Naturalmente también, monsieur Proust le abrumó de explicaciones, y el conde se rindió a sus discursos.

-Al menos lo fingió -me dijo monsieur Proust-. Además, se acostumbró -añadió, riendo.

Y me contó que ya Huysmans se había servido de él para su personaje del duque Des Esseintes en su novela, A rebours. Uno acaba por preguntarse si, en el fondo, Montesquiou no se sentía halagado.

Entre los argumentos de monsieur Proust figuraba que el barón de Charlus era un hombre gordo, mientras que el conde Robert era delgado como un fideo. Pero no creo que monsieur Proust llegara a explicarle que había tomado la corpulencia de Charlus del barón Doasan, que pertenecía también a «la raza maldita de los hombres-mujer, descendientes de aquellos habitantes de Sodoma que escaparon al fuego celeste», como se dice en el libro. Lo seguro es que la última visita de Montesquiou a Monsieur Proust estuvo relacionada con el barón de Charlus.


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