El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
Después de desayunar, uno de los
archivistas auxiliares, Donald Drummond, me acompañó a mi mesa de estudio. Su
ámbito incluía mi periodo, de 1990 a 2030, y estaba muy interesado en mi tema,
conocido por el inadecuado nombre de la Segunda Cena Inmortal, y su famoso
poema perdido, «Una Corona para Vivien» de Francis Blundy. Era útil contar con
alguien que fuera a buscar una cosa y otra de las estanterías, pero los modales
bienintencionados de Drummond, su costumbre de interrumpirse a media frase
después de palabras menores como «de» y «la» mientras dejaba la boca abierta,
me ponían tenso. Tenía la sospecha de que era ferozmente listo. Hablaba más a
menudo de la cuenta de su sobrina de catorce años, un prodigio de la
matemática. Quería exprimirme el cerebro, lo que sugería que estaba escribiendo
algo propio. Empeoré la situación mostrándome exageradamente simpático para
disimular mi aversión.
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