1.1
Cuando la noche se cubre con el
humo más negro, los números se precipitan en silencio sobre las pantallas. A
sesenta millas por hora, las ráfagas golpean los ventanales de Cawdor Systems
LLC mientras yo analizo reportes y encadeno gráficas a una velocidad que a
veces —lo sé— incluso a mí me inquieta. Tras procesar la última marejada de
datos, a las 03.12 del 6 de octubre de 2026, la conclusión es inapelable. Bajo
la lluvia, Filadelfia languidece.
Sentada frente a la mesa, con las
manos alrededor de una taza de café que ya se ha enfriado, Igne también sigue
despierta. Su agotamiento no es de los que se curan con el sueño, pero cada
línea del informe corrobora su intuición.
—53.3 por ciento, Nick.
En su voz detecto un filo de
impaciencia.
—Esas son las probabilidades
ahora mismo —le confirmo.
Ella acepta el dato sin
parpadear, demasiado lejos aún de sus expectativas. Justo entonces tú entras en
la sala dando un portazo, con el abrigo humedecido. Me exiges los resultados,
tiritando, y los revisas con premura. Pasas el pulgar por el borde de la
tableta con movimientos mínimos, inquietos, consciente de que no hay margen de
error. Tus ojos tienen el color de la sangre.
—Sigamos adelante —ordenas.
Los tres nos mantenemos alerta:
tú de pie, Igne sentada, yo siempre a su lado. Registro una emoción que no
debería experimentar: la certeza de que entramos en un territorio del que
ninguno saldrá intacto.
Tal vez a esa resquebrajadura se
le llama vértigo.

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