PEQUEÑA EXCURSIÓN A AJACCIO
En septiembre del año pasado,
durante unas vacaciones de dos semanas en la isla de Córcega, bajé una vez con
un autobús de línea azul por la costa occidental hasta Ajaccio, para echar una
ojeada a esa ciudad, de la que nada sabía salvo que en ella nació Napoleón. Era
un día hermoso y radiante, las ramas de las palmeras de la place Maréchal-Foch
se movían suavemente con la brisa del mar, en el puerto había un buque de
crucero blanco como la nieve, como un gran iceberg, y vagué por las calles con
la sensación de ser libre y no tener preocupaciones, penetrando de vez en
cuando en algunas de las entradas de las casas, oscuras como túneles, leyendo
con cierto recogimiento los nombres de sus desconocidos habitantes en los
buzones de hojalata y tratando de imaginarme cómo sería vivir en uno de
aquellos castillos de piedra, ocupado sólo, hasta fin de mis días, en el
estudio del tiempo pasado y pasante. Sin embargo, como ninguno de nosotros puede vivir en silencio,
sólo para sí, y todos hemos de tener siempre por delante algo más o menos
importante, la ilusión que me había hecho de vivir mis últimos años sin
obligaciones de ninguna clase se vio pronto desplazada por la necesidad de
pasar la tarde de algún modo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario