El libro de plata, Olivia Laing, p. 169
Vale, vivíamos en Friuli. Mi
padre había sido hecho prisionero de guerra en Africa. Era fascista, de los
convencidos, y mi madre, Susanna —señala la puerta detrás de la que presumiblemente
duerme- , no era fascista. A su manera era
antifascista, detestaba a Mussolini. Y empezó la guerra y nosotros éramos unos
chiquillos con barro en los oídos, y tuvieron que destituir a Mussolini para que
nos diéramos cuenta de lo que pensábamos en realidad. Y entonces también volvimos
antifascistas. Pero primero fui poeta, luego poeta que quería hacer el amor,
que quería caminar por los prados y mirar a los chicos y escribir lo que sentía. Me
derramaba en palabras. Se mira la mano. Y también en la mano, dice riéndose
solo un poco. Guido no era así, su energía, su entusiasmo, todo lo dedicó a la resistencia.
Pintaba eslóganes en los muros del pueblo, estuvieron a punto de detenerlo.
Robaba armas a los nazis. repartía octavillas. Ni te imaginas lo peligroso que era
eso. Entonces decidió unirse a partisanos. Lo acompañé a la estación. Llevaba una
chaqueta mía vieja, ya le iba pequeña. Vi cómo marchaba. Eso fue lo último que
vi de él, su nuca.
En fin, que encuentra a los
partisanos, en las montañas. Vive con ellos todo el invierno, pero hay un
conflicto entre facciones. Friuli, a lo sabes, justo al lado la frontera.
Celebran un juicio, un juicio de opereta, y a algunos miembros de su grupo los declaran
culpables y los condenan a muerte. Disparan a Guido. pero consigue escapar. Lo
encuentran, está herido, lo traen de vuelta. No lo supe en esa época, no me
enteré hasta la primavera. Se lo llevaron a las montañas, le obligaron a meterse
en una fosa y le dispararon.
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