A veces un puro no es más que un puro. A veces una conferencia titulada «Freud y el matrimonio» no es más que una conferencia sobre Freud y el matrimonio. Pero ¿quién soy yo, el sujeto hablante, para insistir en que este puro en concreto es solo un puro, en que esta conferencia sobre Freud y el matrimonio es solo una conferencia sobre Freud y el matrimonio? Teniendo como público a estudiosos de Freud, yo debería ser consciente de que cuanto más insista en que el puro no es más que un puro, más fuerte sonarán las alarmas.
Al principio de su carrera,
cuando en las ciencias humanas la ortodoxia era el positivismo, Sigmund Freud
describía el deseo sexual como un perturbador y, de hecho, desagradable estado
de excitación nerviosa. El orgasmo proporcionaba un alivio temporal a esta
excitación, una manera de devolver el sistema nervioso a su estabilidad previa.

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