Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MUÑOZ MOLINA


El verano de Cervantes, Antonio Muñoz Molina, p. 279

Apenas iba a clase. Pasear por la ciudad y leer eran mis únicas tareas. Pasaba las noches leyendo de claro un en claro, y los días de turbio en turbio, descubriendo un caudal de lecturas que me alimentaban el espíritu y me desataban la imaginación como en los tiempos adánicos del final de la infancia. Empecé a leer en serio a Borges, a Proust, a Juan Carlos Onetti, a Raymond Chandler, al Vargas Llosa de Conversación en La Catedral y La casa verde, a Juan Rulfo, a Stendhal, a Faulkner. La primera novela suya que leí fue Santuario, en una edición antigua de Austral. Las librerías eran cuevas de tesoros. Compré después ¡Absalón. Absalón!. y aunque me estremecía aquella prosa, que entonces leía traducida, me venció la densidad del libro, lo oscuro y complicado de su trama. Compré Las palmeras salvajes, traducida por Borges, y en el segundo capítulo encontré de pronto a dos remedos de don Quijote y Sancho Panza, uno alto y flaco y otro bajo y gordito, plump, dice Faulkner, los dos presos en una cárcel-granja del Sur, los dos subidos a una barca que va sin rumbo por la corriente desbordada del Misisipi. durante las grandes inundaciones de 1927. Ninguno de los dos tiene nombre. El penado alto, en palabras de Borges el penado bajo.

En la biblioteca de Faulkner, en su casa de Ro Oak, donde le complacía tanto hacerse pasar por un de campo. un gentleman farmer, había y sigue habiendo un busto de don Quijote, y una edición de la novela firmada y fechada en Nueva York, en 1938.

 


iAbsalón, Absalón¡



En palabras sencillas, Richard Ford, p.16

Lo que podría haber observado, pero no lo hice, fue cómo mi otra lectura de ese momento, la obra maestra Faulkner iAbsalón, Absalón¡', retrataba Misisipí, un lugar que yo conocía íntimamente porque vivía y era de allí, como un entorno en ebullición de paradojas políticas: había personajes y comportamientos formidables extravagantes, declaraciones desmesuradas, engaños, odios, pasiones repentinas y tragedias casi interminables, todo ello de naturaleza intrínsecamente política Faulkner captaba Misisipi de manera tan completa que, para mí, lograba que no se pareciera en nada a ningún otro lugar del mundo; era tan vívidamente inmersivo como escenario de la narración que hasta ocultaba el hecho de que el gran tema de Absalón (el modo en que esclavitud y el odio racial corrompen irremediablemente la historia y a todos los que la crean) era el tema político perpetuo del Sur en el que yo había nacido y el que conviviría todos los días de mi vida. Si podemos medir el efecto de una novela política por cómo transforma el discurso público, puedo decir que Absalón, Absalón! no solo superó mi capacidad de comprensión. que también alteró de manera permanente mi diálogo conmigo mismo. Aunque tampoco es que me diera cuenta de ello en ese momento.    

 


FAULKNER!!!!!!


Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 252

Hasta ahora no había caído en mis manos la segunda novela de William Faulkner,  Mosquitoes, que se publicó en 1927 y de la que había oido decir que era muy mala. En efecto, es malísima. Uno de esos libros en los que es dificil concentrarse porque todo en ellos suena falso: la anécdota, los personajes, la estructura, el estilo.

Está situada en Nueva Orleans y describe una accidentada excursión en yate que dura cuatro días y en la que participan una docena de intelectuales y snobs de la ciudad. Quiere ser una sátira, mostrar la frivolidad y la estupidez con que ciertos ricos entienden la cultura y la vanidad y el cinismo de ciertos artistas, Io corruptibles que son. Pero todo es tan obvio. repetitivo y caricatural en la historia que lo que el libro realmente consigue es aburrir. Hay en sus páginas una sobrecarga que hace más patentes sus defectos. Por ejemplo, el afán de experimentación, que ha llevado al autor a emplear distintos puntos de vista, de tono, a abusar de las metáforas (algunas de un chirriante mal gusto modernista: "Ias ratas eran arrogantes como cigarrillos”), en vez de dar mayor complejidad a la ficción, acentúa su naturaleza artificial, ese desajuste entre las partes que es siempre un obstáculo para que la historia sea persuasiva, obligatoria y hechice. Entre los personajes —escultores neuróticos, señoras lesbianas. involuntarias libertinas, poetas estreñidos, un inglés ridículo y un maníaco sexual— ninguno es todavía -faulkneriano", con la excepción tal vez de Mr. Talliaferro, premonición de los grandes cretinos obsesos del condado de Yoknapatawpha.

 


¡¡¡FAULKNER¡¡¡


Truman Capote, George Plimpton, p. 301

Le pregunté: «¿Cómo conociste a Faulkner?». Me dijo que Bennett Cerf les daba las llaves de Random House a los escritores más especiales. Sobre todo, a los escritores de fuera que no tenían un lugar donde trabajar cuando visitaban Nueva York. Truman me dijo que había visto a Faulkner muchas noches en la editorial. Al final, Bennett se quejó y le dijo a Bill que no bebiera allí, porque las oficinas olían como una destilería. Llegaban los trabajadores por la mañana y lo encontraban durmiendo la mona en el sofá de Cerf. Era malo para el negocio. La gente veía a un viejo borracho y no se daban cuenta de que aquel tipo iba a ganar un premio Nobel.

En fin, a Truman le gustaba muchísimo Faulkner. Faulkner tenía esa cosa ... fingía ser un pueblerino, utilizaba formas muy coloquiales de hablar y cosas de ese tipo. Un buen tipo. Truman decía que Faulkner se emborrachó en alguna de sus fiestas y le preguntó si se podía dar un baño. Estuvo en la bañera cuarenta o cincuenta minutos y Truman se preocupó por él, así que entró en el baño y se encontró a Faulkner en la bañera, llorando. Truman se sentó en la taza del váter y asegura que no se dijeron ni una palabra, pero que fue un gran consuelo para Faulkner que él estuviera allí.


JAMESIANA


Nada que temer, Julian Barnes, p. 161

Wharton consideraba la vida una tragedia -o como mínimo una comedia sombría- con un final trágico. O, a veces, sólo un drama con un final dramático. (Su amigo Henry James definió la vida como «el tránsito penoso que precede a la muerte». Y el amigo de él Turguéniev, creía que «la parte más interesante de la vida es la muerte».)

Tampoco seducía a Wharton la idea de que la vida, ya sea trágica, cómica o dramática, es necesariamente original. Nuestra falta de originalidad es algo que olvidamos provechosamente cuando nos encorvamos sobre nuestra -para nosotros- vida siempre fascinante. Mi amigo M., que dejó a su mujer por otra más joven, se quejaba: «La gente me dice que es un tópico. Pero a mí no me lo parece.» Lo era, sin embargo, y lo es. Nuestras vidas lo demostrarían, si pudiésemos verlas desde una mayor distancia, desde el punto de vista, pongamos, de ese Ser superior imaginado por Einstein.

Un día, una amiga biógrafa me propuso adoptar la visión ligeramente más larga y escribir mi vida. Su marido arguyó satíricamente que sería una obra corta, puesto que todas mis jornadas eran iguales. «Se levantó», decía su versión. «Escribió libro. Salió a comprar botella de vino. Volvió a casa, hizo la comida. Bebió vino.» Inmediatamente aprobé esta vida breve. Vale lo mismo que cualquier otra; tan verídica o tan mendaz como cualquier otra más larga. Faulkner dijo que la necrológica de un escritor debería decir: «Escribió libros y después murió.»


REGION


El plural es una lata, J. Benito Fernández p. 56

Con fecha 25 de mayo de 1951 Benet atesora Gambito de caballo, con prólogo de Max Dickmann, editado por Emecé (Buenos Aires), con una supuesta dedicatoria de Faulkner en Jefferson: «To Juan Benet with affection from William Faulkner” Juan escribe a lápiz en un cuaderno sobre su referente literario y luego pasa y amplía esas notas a máquina: «William Faulkner”, texto prolijo e informado sobre el de New Albany, Misisipi, donde llama la atención lo temprano de sus conocimientos en un país culturalmente desértico. Con qué finura disecciona elementos descriptivos y expresivos como el espacio o el tiempo, en todos sus sentidos. Cómo encumbra los ocultamientos de Faulkner, el no decir, ese gran recurso de su arte. Pero Benet, muy influido por la lectura de La rama dorada, de sir James Frazer, empieza a escribir una novela titulada «El guarda”. Como en la obra de Frazer -el vigilante del bosque de la diosa Nemi, en el Lazio-, el protagonista es el guardián, un enamorado del monte que cuida y defiende los límites de una finca; corta el paso a los intrusos y los disuade. Se llama Numa, como el sabio rey de Frazer. De la lectura del clásico latino Publio Papinio Estado le surge el nombre de Región. Entonces Benet idea el escenario ficticio, quizá simbólico, para moverse a placer, para hacer lo que le viene en gana.


¡Faulkner, Faulkner¡


El plural es una lata, J. Benito Fernández p. 52

Poco antes de las doce de la noche del 31 de diciembre Juan Benet llega por primera vez a París. Entre los humos de las locomotoras, se apea en la estación de Austerlitz al grito de «¡Faulkner, Faulkner!» y al ver a su hermano Paco, convertido en exiliado político y ennoviado con Barbara Probst -hablan de casamiento-, se dan un gran abrazo. En tono jovial, Paco le dice que les ha fastidiado la Nochevieja. Más tarde despidieron el año con las doce uvas, pues aunque Paco decía no creer en esa tradición, le encargó a Barbara que comprara los frutos de la suerte. Teresa Goitia le envió dinero a Paco a través de Juan. Aquella noche, acompañados de una amiga de Barbara, fueron a la Place des Vosgues, tranquila y cubierta por un manto  blanco; corno adolescentes, se lanzan bolas de nieve y se revuelcan por el suelo. En otra jornada Juan anuncia que quiere comprar los libros de Faulkner que no encuentra en España, visitar la torre Eiffel y ver a las Bluebell Girls, bailarinas de cabaré, muy del gusto del provinciano que llega a París, lo que sonrojó a Paco. Éste le advierte a Juan que puede contraer la sífilis y que cuide con qué chicas sale. Se pasaron la semana con un tomavistas filmando en la localidad de Rambouillet o gateando por las cubiertas de la catedral de Chartres. En lo alto de la torre Eiffel, Barbara sufrió un desmayo, pues padece de acrofobia. Una noche van al Lido de los Campos Elíseos a ver a aquellas esbeltas bailarinas de hermosos atributos e interminables piernas que, muy ligeras de ropa, hacen cabriolas sobre el escenario a la vez que cantan animosas.


INFANCIA


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 47

No sé de qué manera, pero la rupia y el cronómetro de oro irán conmigo juntos ya para siempre, como signos desesperados de nobleza y honor. Pequeños gestos, oscuros símbolos, que encierran algo esencial y misterioso de la naturaleza humana. Como dice Juan Benet: «La conciencia atesora lo incomprensible».

También van juntos en mi memoria, formando un trío inseparable, Stevie, Ike y Alfanhuí, los personajes de Conrad (El agente secreto), de Faulkner (El villorrio) y de Sánchez Ferlosio. Tres niños que representan mejor que nadie la inocencia primordial de esa edad en que aún somos naturaleza, en que amamos la vida más que su sentido, y a las cosas y a los hechos por sí mismos y no por su finalidad. Cuando los animales son nuestros semejantes, el caballo semejante de Stevie, la vaca de Ike, los bueyes de Alfanhuí. Juntos van conmigo, y con mi propia infancia, inseparables cofrades no contaminados aún por la condena del pan y del sudor, ni por el pacto de la razón con la necesidad de vivir con cordura y provecho ...


FAULKNER


Destino y memoria: cien años de Jorge Semprún, p. 312

Absalón! novela también estaba en la biblioteca de Buchenwald ... La leyó usted en alemán. 

-Eso es -digo-, ya sabe usted lo mucho que me gusta Faulkner. Sartoris es una de las novelas que más me han marcado. Pero iAbsalón, Absalón! lleva al extremo, de forma obsesiva, la complejidad del relato faulkneriano, siempre construido hacia atrás, hacia el pasado, en una espiral vertiginosa. La memoria es lo que cuenta, lo que gobierna la acción profusa del relato, lo que lo hace avanzar. .. Recuerda usted sin duda nuestras conversaciones de hace dos años ... Hemingway construye la eternidad del instante presente a través de un relato casi cinematográfico ... Faulkner, por su parte, persigue interminablemente la reconstrucción aleatoria del pasado: de su densidad, de su opacidad, de su ambigüedad fundamentales ... Mi problema, que no es técnico sino moral, es que no consigo, por medio de la escritura, penetrar en el presente del campo, narrarlo en presente ... Como si existiera una prohibición de la figuración en presente ... De este modo, en todos mis borradores la cosa empieza antes, o después, o alrededor, pero nunca empieza dentro del campo. Y cuando por fin he conseguido llegar al interior, cuando estoy dentro, la escritura se bloquea ... Me alcanza la angustia, vuelvo a sumirme en el vacío, abandono ... Para volver a empezar de otro modo, en otro lugar, de forma distinta ... Y el mismo proceso vuelve a repetirse ...


El Sur de Faulkner


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 217

El Sur de Faulkner es un Sur blanco acosado por presencias negras. Incluso Luz de agosto, la novela que más claramente habla sobre la raza y el racismo, no tiene a un hombre negro en su centro, sino en realidad a un hombre cuyo destino es enfrentarse a o ser enfrentado por la negrura con10 una interpelación, una acusación desde el exterior de sí mismo.

Como historiador del Sur moderno, el logro perdurable de Faulkner es la trilogía de Snopes (El villorrio, 1940; La ciudad, 1957; La mansí6n., 1959), donde sigue la conquista del poder político a cargo de una clase de pobres blancos en ascenso en una revolución tan silenciosa, implacable y amoral como una invasión de termitas. Su crónica del ascenso del empresario perteneciente a la clase baja, rural y reaccionaria de los sureños es al mismo tiempo mordaz, elegíaca y desesperanzada: mordaz porque detesta lo que ve tanto como se siente fascinado por ello; elegíaca porque ama ese viejo mundo que va carcomiéndose ante sus ojos; y desesperanzada por muchas razones, algunas de las cuales son que, primero, el Sur que él ama se construyó, como él sabe mejor que nadie, sobre los crímenes mellizos del desposeimiento y la esclavitud; segundo, que los Snopes no son más que otros avatares de los Falkner, ladrones y violadores de la tierra en su día; y, por lo tanto, tercero, él, William «Faulkner», no tiene ningún terreno en el que sostenerse como crítico y juez.

Ningún terreno hasta que recae en las verdades eternas. «El valor y el honor y el orgullo y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad», es la letanía de virtudes recitada en Desciende, Moisés por McCaslin, que en gran medida es un portavoz del ser deseado e ideal de Faulkner, un hombre que, después de haber hecho un balance de su historia y del mundo disminuido y en rápida disminución que lo rodea, renuncia a su patrimonio, abjura de la paternidad (poniendo fin a la procesión de generaciones) y se convierte en un simple carpintero.


WILLIAM FAULKNER


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 207

«Ahora me doy cuenta por primera vez -le escribió William Faulkner a una amiga, recordando desde la posición ventajosa que le daba estar en plena cincuentena- de qué asombroso don he tenido: haber hecho, sin ninguna clase de educación formal, sin siquiera tener compañeros muy instruidos, mucho menos literarios, las cosas que hice. No sé de dónde salieron. No sé por qué Dios o los dioses o quien fuera me escogió a mí de recipiente.»

Esa incredulidad que con estas palabras asegura sentir Faulkner no es del todo sincera. Para la clase de escritor que quería ser, tenía toda la educación, incluso todo el conocimiento libresco, que necesitaba. En cuanto a la compañía, tenía más que ganar de vejetes parlanchines de manos nudosas y larga memoria que de littérateurs decadentes. De todas maneras, es normal un grado de asombro. ¿Quién habría imaginado que un muchacho de un pequeño pueblo de Mississippi sin ninguna distinción intelectual excepcional se convertiría no solo en un escritor famoso, célebre en su país y en el extranjero, sino también en la clase de escritor en la que se convirtió: uno de los innovadores más radicales de los anales de la ficción estadounidense, un escritor de quien aprenderían las vanguardias europeas y latinoamericanas?


ALCOHOL


El peligro de estar cuerda, Rosa Montero, p. 150

El alcohol es la plaga mayor de los escritores, en especial durante el siglo XX. De los nueve premios nobel de literatura norteamericanos nacidos en Estados Unidos, cinco fueron desesperados alcohólicos: Sinclair Lewis, Eugene O'Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck. A los que hay que añadir decenas de autores más, entre ellos Jack London, Dashiell Hammett, Dorothy Parker, Djuna Barnes, Tennessee Williams, Carson McCullers, John Cheever, Raymond Carver, Robert Lowell, Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, Jack Kerouac, Patricia Highsmith, Stephen King, Malcolm Lowry ... Los estadounidenses se han dado una maña increíble para matarse a tragos, pero no son los únicos, desde luego; ahí están también Dylan Thomas, Jean Rhys, Marguerite Duras, Oscar Wilde, Ian Fleming, Françoise Sagan ... Y no estamos hablando de tomarse algún día unas copas de más, sino de verdaderas hecatombes personales, delirium tremens, destrucciones masivas de la vida. El noruego Knut Hamsun, que ganó el Nobel en 1920, acudió a la ceremonia de entrega tan atrozmente bebido que golpeó con los nudillos el corsé de la autora sueca Selma Lagerli: if (también premio nobel) y, tras soltar un eructo, gritó: «¡Lo sabía, sabía que sonaba igual que una campana!». El maravilloso poeta británico Dylan Thomas, que murió con treinta y nueve años a causa de la bebida, le dijo a su mujer muy cerca del final: «Me he tomado dieciocho güisquis seguidos. Creo que es un buen récord». A los treinta y siete años, Faulkner desayunaba dos aspirinas y medio vaso de ginebra para detener el temblor de manos y poder ducharse y afeitarse. Cogía borracheras que le duraban una semana, a lo largo de las cuales vagaba desnudo por los pasillos de los hoteles o desaparecía. En una de esas ausencias alcohólicas se desmayó en calzoncillos sobre una tubería de agua caliente y se quedó ahí hasta que el conserje derribó la puerta. Para entonces tenía en la espalda una quemadura de tercer grado.


TRABAJO


León en el jardín, W Faulkner, p. 340

P: ¿Qué clase de trabajos hacía para ganar ese «algo de dinero de vez en cuando»?

FAULKNER: Lo que surgiera. Podía hacer un poco de casi todo, manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca precisé demasiado dinero, porque la vida en Nueva Orleans era muy barata entonces y lo único que necesitaba era un sitio donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas a las que podía dedicarme durante dos o tres días y ganar dinero suficiente para vivir el resto del mes. Por temperamento, soy un vagabundo y un golfo. El dinero no me gusta lo bastante como para trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes de la vida es que lo único que una persona puede estar haciendo ocho horas diarias, día tras día, es trabajar. No se puede comer durante ocho horas diarias, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas: lo único que se puede hacer ocho horas seguidas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan infeliz y desdichado a sí mismo y a todos los demás.


FAULKNER


León en el jardín, W Faulkner, p. 334

Puesto que ninguna de mis obras ha cumplido mis propios estándares, tengo que juzgarlas en función de la que mayor dolor y angustia me causó, igual que una madre quiere más al hijo que se convirtió en ladrón o asesino que al que se hizo cura.

P: ¿Qué obra es esa?

FAULKNER: El ruido y la furia. La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia, para verme libre del sueño que siguió atormentándome hasta que lo hube hecho. Es la tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos, porque es valiente, decidida, generosa, amable y honesta. Es mucho más valiente, honesta y generosa que yo.

P: ¿Cómo empezó El ruido y la furia?

FAULKNER: Se inició con una imagen mental. En el momento, no me di cuenta de que era simbólica. La visión era el fondillo embarrado de las bragas de una niñita subida a un peral, desde donde miraba por una ventana el velatorio de su abuela, para contarles a sus hermanos al pie del árbol lo que estaba pasando. Para cuando hube explicado quiénes eran y qué estaban haciendo, y cómo se le habían manchado de barro las bragas, me di cuenta de que sería imposible meterlo todo en un relato corto y que tendría que ser un libro. Y entonces caí en la cuenta del simbolismo de las bragas sucias y esa imagen fue sustituida por la de la niña huérfana de padre y madre bajando por el canalón de la lluvia para huir del único hogar que había conocido, donde nunca le habían ofrecido ni cariño, ni afecto, ni comprensión. Ya había empezado a contar la historia a través de la mirada del niño idiota, porque me pareció que resultaría más eficaz contada por alguien que sólo era capaz de saber lo que había ocurrido, pero no por qué. Vi que no había conseguido contar la historia esa vez. Traté de contarla de nuevo, la misma historia vista por otro hermano. Pero seguía sin ser lo que quería. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Seguía sin ser lo que quería. Intenté juntar todas las piezas y rellenar los huecos asumiendo  el papel de portavoz. Seguía sin estar completa. No lo estuvo hasta quince años después de publicado el libro, cuando escribí como apéndice de otro libro un intento final de contar la historia entera y sacármela de la cabeza, para poder descansar. Es el libro por el que más cariño siento. No pude dejarlo estar y nunca conseguí contarlo bien, por mucho que me esforzase, y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente volvería a fracasar.


EL RUIDO Y LA FURIA


León en el jardín, Faulkner, p. 213

FAULKNER: Eso empezó como un relato corto, era un cuento sin argumento, acerca de unos niños a los que echan de casa durante el funeral de su abuela. Eran demasiado pequeños para explicarles lo que estaba pasando y sólo veían las cosas, es decir, el lúgubre asunto de sacar el cadáver de la casa, etcétera, en relación con sus juegos infantiles, y de pronto me asaltó la idea de cuánto más se podría sacar del concepto de la inocencia ciega, centrada en sí misma, tan típica de los niños, si uno de esos niños fuese completamente inocente de verdad, vale decir, un idiota. Así nació el idiota, y entonces me interesé por la relación del idiota con el mundo en que moraba, pero nunca sería capaz de entender, y de dónde podría sacar la ternura, la ayuda que lo protegieran en su inocencia. Quiero decir «inocencia» en el sentido de que Dios lo había  cegado al nacer, es decir, privado de mente al nacer, no había nada que se pudiera hacer al respecto. Y así empezó a emerger el personaje de la hermana, y luego el del hermano, luego apareció ese Jason (que para mí representaba el mal absoluto. Es, en mi opinión, el personaje más perverso que se me ha ocurrido nunca). Luego hacía falta el protagonista, alguien que contara la historia, y así surgió Quentin. A esas alturas, ya me había dado cuenta de que no había forma de contarlo todo en un relato breve. Así que referí la experiencia que tenía el idiota de ese día, y resultó incomprensible, ni siquiera yo mismo habría podido decir qué estaba pasando, así que tuve que escribir otro capítulo. Entonces decidí dejar a Quentin narrar su versión de ese mismo día, o esa misma ocasión, y eso hizo. Y luego tenía que haber un contrapunto, que era el otro hermano, Jason. A esas alturas, resultaba todo completamente confuso. Sabía que me faltaba mucho para darlo por terminado, así que tuve que escribir otra sección, vista desde fuera, por un forastero, que era el escritor, para contar qué había ocurrido ese día en particular. Y así es cómo creció ese libro. Quiero decir, que escribí esa misma historia cuatro veces. Ninguna de las versiones estaba bien, pero había pasado tanta angustia escribiéndolas que no fui capaz de descartar nada y volver a empezar, así que la publiqué en cuatro secciones. No se trató en absoluto de un tour de force deliberado, es que el libro sencillamente creció de esa manera. Estaba tratando de contar una historia que me había conmovido mucho y fracasé cada vez, pero había puesto tanta preocupación en cada intento que no fui capaz de abandonarlo, como la madre que ha tenido cuatro niños malos y que habría vivido mejor si los hubiesen eliminado a todos, pero es incapaz de renunciar a ninguno. Y esa es la razón por la que este es el libro por el que más ternura siento, porque fracasó cuatro veces.


SANTUARIO


León en el jardín, William Faulkner, p. 182

FAULKNER: Bueno, llevaba algún tiempo escribiendo libros y disfrutándolo mucho, cuando un día se me ocurrió que quizás se pudiera ganar algún dinero escribiendo. Así que pensé en la historia de la que más convencido estaba que alguien estaría dispuesto a dar dinero por ella, y la escribí. Se la envié al editor y me escribió a vuelta de correo diciendo: «¡Cielo santo, no podemos publicar esto, acabaríamos los dos en la cárcel!». Así que me olvidé de la historia y escribí otros dos libros, y se publicaron. Un buen día, me llegaron por correo las galeradas de Santuario. Habían pasado dos años. Me la leí y estaba muy mal escrita, lo había enfocado de forma muy vulgar, El impulso que me había llevado a escribir el libro era tan evidente en cada palabra, que me dije que no podía dejar que saliera así. Pero ya habían hecho lo que llaman las planchas, la impresión metálica de la que sacan el libro. La única forma de reescribirlo era destruir esas planchas y hacer otras nuevas. El editor era joven también por entonces, acababa de estrenarse en el negocio, y me dijo que no podía pagarlo. Yo le dije que no podía publicarlo tal cual, pues sólo era un mal libro. Así que llegamos a un acuerdo por el que pagaríamos a medias entre los dos el coste de hacer las nuevas planchas de impresión. Mi parte eran 270 dólares y yo no disponía de 270 dólares en aquellos tiempos. Así que esa fue la primera lección que aprendí: a no escribir con vulgaridad, a hacerlo siempre lo mejor posible. El libro se publicó y se hizo muy popular, Fue la primera vez que gané un montón de dinero. Y justo antes de que me pagara, el editor se declaró en bancarrota. Así que me llevé mi merecido y aprendí otra lección, en adelante, cuando escribiera, lo haría con toda la honestidad de la que fuera capaz, y es una lección por la que estoy muy agradecido ahora. Así que ese libro, tal como ha quedado, es lo mejor que pude hacer con él.

P: Señor Faulkner, le ruego que me conceda la libertad de poner en tela de juicio lo que acaba de afirmar, No puedo creer que estuviera mal escrito. A mi entender, y tal vez peque de ingenuo, hay algo más profundo bajo la superficie. En mi opinión, tiene que ver con la injusticia. Tal como está escrito, no puedo evitar sentir la injusticia universal del [mundo]. Considere lo siguiente: el protagonista de la historia, Popeye, muere, pero no por haber asesinado al policía, sino por otra razón, por lo que no pude dejar de pensar en lo injusta que era la ley, ni dejar de sentirme terriblemente impresionado por la injusticia del mundo. Y desde ese punto de vista, la novela me estremeció.


SHERWOOD ANDERSON


León en el jardín, William Faulkner, p. 176

FAULKNER: Vaya, pues era una de las mejores personas, de las más agradables que he conocido en mi vida. Era mucho mejor que todo lo que escribió. Con esto quiero decir que era una de esas figuras trágicas que sólo tenían un libro dentro, en su caso, Winesburg, Ohio. Escribió eso y luego descubrió que eso era todo, y he aquí otro caso de alguien que murió demasiado tarde, porque siguió tratando de volver a escribir Winesburg ... y eso fue todo. En mi opinión, Winesburgdebería haberle bastado para toda la vida, debería haberse conformado con eso. Le conocí por casualidad. En aquella época, yo no había pensado en serio dedicarme a escribir. Trabajaba para un contrabandista dé licores: eran los tiempos de la prohibición en América y se traía una especie de ron crudo de las Antillas para transformarlo en whisky escocés o en ginebra o en lo que se quisiera. Yo estaba ... Yo estaba a cargo de un barco que recorría el golfo de México para traer el ron con el que se hacía el whisky embotellado. En aquellos tiempos, no precisaba mucho dinero y me pagaban cien dólares por viaje, que era un montón de dinero en 1921, así que luego me dedicaba a holgazanear hasta que me volvía a quedar sin blanca, y escribía. Entonces conocí al señor Anderson. Solíamos quedar por la tarde, dábamos una vuelta por la ciudad, charlábamos con la gente, él hablaba y yo escuchaba. Luego, por la noche, volvíamos a quedar, íbamos a cualquier sitio, tornábamos copas y conversábamos hasta la hora de irnos a la cama. A la mañana  siguiente, él se quedaba en casa escribiendo. Volvíamos a vernos por la tarde y otra vez por la noche, pero por las mañanas, se quedaba en casa escribiendo y pensé que esa forma de vida era tan agradable o más que la mejor que se me pudiese ocurrir y que si era así como se vivía siendo novelista, intentaría serlo yo también. Así que escribí un libro titulado La paga de los soldados. En cuanto empecé, descubrí que escribir era divertido y me dediqué por entero a la novela, de día y también de noche. Me pasé así tres o cuatro semanas sin ver al señor Anderson y un buen día se presentó en mi casa, era la primera vez que venía a visitarme, y me dijo que llevaba tiempo sin verme, y le expliqué que, bueno, que estaba escribiendo un libro. Y entonces me dijo: «Te propongo un trato. Cuando lo termines, si no me obligas a leerlo, le diré a mi editorial que lo publique». Así que dije que [de acuerdo]. Acabé la novela, Anderson le pidió a su editor que la publicara y la editorial la aceptó: así es cómo me convertí en escritor. Pero era un hombre encantador. Él, salvo por esa tragedia suya, era un hombre de éxito tal corno eso se entiende en América. Su error consistió en ... Se dedicaba al negocio de los seguros y, de repente, decidió que quería ser autor, un artista. Renunció al éxito en los seguros, abandonó su hogar, tenía familia, lo dejó todo para ser escritor. Escribió ese único libro y ya no hubo más y en eso consistió su tragedia. Había alcanzado el éxito y renunció a él. Me refiero al éxito en el sentido americano, renunció a eso, y luego sólo pudo escribir un libro. Es muy triste. Pero creo que Winesburg es una obra excelente, me parece que [El triunfo del huevo] es una obra espléndida –algunos de los cuentos, de los relatos cortos-, pero después de eso, empeoró sin parar, aunque lo intentó y lo intentó reiteradamente, esa fue su tragedia. Y creo que de eso es de lo que murió.


FAULKNER¡¡¡¡


León en el jardín, William Faulkner, p. 143

¿tiene usted que tener algún mensaje que desee hacer llegar a los escritores?

FAULKNER: Que el ser humano es más importante que su entorno, que sus leyes y que todas las cosas penosas y mezquinas que lleva a cabo como parte de una raza, de una nación; que lo importante es esto: el hombre; creerlo siempre, no olvidarlo nunca,

P: ¿Por favor, podría explicarnos un poco acerca de sus obras en las que suceden cosas malas o violentas, y las usa corno material para expresar sus ideas? ¿Podría compartir algunas ideas al respecto?

FAULKNER: Sí: no hay que usar nunca el mal por el mero hecho de usarlo; hay que usarlo para intentar contar una verdad que se considere importante, Hay ocasiones en que hay que recordarles el mal a los hombres, para que lo corrijan, para que lo cambien; no habría que hablarles siempre de lo bueno y de lo bello, Creo que el escritor, el poeta o el novelista no deben ser sólo un “notario” del género humano: deben darle también al hombre razón para pensar que puede ser mejor de lo que es, Si el escritor aspira a conseguir algo, ha de ser dejar el mundo un poco mejor de corno lo encontró, hacer lo que pueda, de la forma que sea, para deshacerse de males como la guerra y la injusticia: esa es su misión. Y esto no lo ha de hacer meramente a base de describir las cosas agradables: tiene que mostrarle al hombre las cosas ruines y malas que es capaz de hacer y odiarse por hacerlas, para poder prevalecer, perdurar y persistir, y pensar siempre que uno puede ser mejor de lo que probablemente sea.


INICPIT 1.178 LEON EN EL JARDIN / FAULKNER


El 25 de septiembre de 1997 se han cumplido cien años del nacimiento de William Faulkner, y aunque sigue siendo uno de los escritores del siglo más estudiados por los críticos y más imitados por sus colegas o descendientes, parece como si el aniversario notorio le llegara en un momento de su posteridad algo indeciso. El número de tesis, monografías y análisis universitarios no ha menguado en exceso en los últimos años, pero algunas tendencias o «escuelas» predominantes hoy en su país de origen se esfuerzan por omitirlo, orillarlo y propiciar su olvido, al ser culpable de los cuatro pecados capitales de nuestros pacatos y oportunistas tiempos, a saber: era varón, era blanco, era anglosajón y no es difícil tildarlo -tanto a él como a su literatura- de machista (de eso, en realidad, resulta fácil tildar a cualquiera, desde los simplistas, fanáticos y capciosos baremos utilizados en la actualidad a menudo). La literatura, los textos, han sido convertidos asombrosamente en un elemento secundario a la hora de estudiar y valorar la literatura y los textos. También es culpable sin remisión de un quinto pecado muy grave: está muerto.


FAULKNER


Familias como la mía, Ferrer Lerín, p. 14

Abril de 1960

Debo a Luis de Caralt, a Ediciones G.P., a Plaza y Janés, quizás a todos por igual o quizás a sólo uno de ellos -aparecían todos los nombres sin saberse a ciencia cierta quién mandaba- mi conocimiento de William Faulkner o, lo que es lo mismo, el inicio de -como alguien diría después- una cierta carrera literaria. Una pequeñísima papelería -más que librería-, en la Vía Layetana, en un semisótano, contiguo a otro en el que se ubicaba la confitería donde cuando niño se compraban los dulces tras la misa de doce, mostraba, en unos escaparates de madera pintada de verde que quedaban muy por debajo del nivel de los ojos, varios volúmenes de la colección Reno de esa editorial, ejemplares en un formato que entonces debió empezar a llamarse «libro de bolsillo”. Entré por primera vez en el establecimiento con la idea de comprar unos cuadernos pero sólo terminar de bajar las empinadas escaleras me topé con un expositor -ese artilugio que luego se denominaría pomposamente góndola- en el que se encontraban los mismos títulos que en los escaparates de la calle. Fue un acto reflejo, cogí uno, lo hojeé, vi algo que era nuevo, una literatura densa, pero como mecida por música negra, lo acerqué al mostrador y me lo envolvieron junto a unos blocs de Enri. Era mi primer Faulkner, El villorrio, no el mejor, pero el que abriría el camino; ahora recuerdo que la confitería se llamaba Vila Bou y que en la misma papelería-librería adquiriría meses más tarde otro libro, uno de los primeros volúmenes de la colección Los Premios Nobel de Literatura, también de Ediciones G.P., que incluía tres obras de autores diferentes, la primera,  iDesciende, Moisés!; conjunto de relatos faulknerianos entre los que se halla uno memorable: El oso.

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