Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LO SUSTANCIAL ES LA ALEGRIA

Academia Zaratustra, Juan Bonilla, p. 63
“¿Es posible que todo eso se pueda hacer de una manera colectiva, renunciando a las salvaciones personales, participando en un proyecto común en el que se repartan las tareas y se logre identificar una conciencia unánime?» «Por supuesto que no, cada uno ha de internarse solo en ese desierto, porque esa es la única manera de que todos alcancen el mismo territorio de la libertad: si se crea una dependencia se invita a la irresponsabilidad, al cobarde procedimiento de poder culpar a otro de nuestra melancolía o nuestro fracaso.” «¿Y usted cree que Nietzsche encontró ese lugar en el manicomio de Basilea, o quizá antes en Turín, cuando se produce su derrumbe mental? ¿Cuál es la actualidad de Nietzsche?» «Este siglo ha sido devastado por un cáncer contra el que él luchó con mayor violencia y afán que cualquier otro hombre: las ideologías. Una ideología, cualquier ideología, no es más que un abaratamiento de un ideal, y un ideal, cualquier ideal, no es más que una sublimación de la realidad, o sea, que una ideología es un abaratamiento que pretende pontificar -es decir, hacer un puente- entre ideales y realidades: en ese camino lo que se pierde es la vida. El hecho de que Nietzsche acabara como acabó no significa que fuera destruido: más bien podríamos hablar de una inmolación. Su lección es evidente: no nos ofrece doctrinas ni respuestas positivas, no nos ofrece ninguna receta que pueda sosegarnos o ejercer un efecto placebo sobre nosotros, Pero nos invitó a sustituir el cadáver de Dios por la música que nos hiciera bailar, y nos dijo que nunca le diésemos crédito a las verdades que tratan de herimos o acortarnos la libertad, que no diésemos crédito a ninguna verdad que no nos procurase al menos una alegría. Lo sustancial es la alegría.»

ACADEMIA ZARATUSTRA

Academia Zaratustra, Juan Bonilla, p. 31
Pactamos diez minutos de entrevista. Para beberme la jarra de cerveza que me pusieron yo necesitaría al menos seis o siete horas, pero eso daba igual. Él se bebió la suya en los diez minutos y luego me pidió que no lo molestara más ni imprimiese su nombre en mi reportaje. La verdad es que aunque hubiera querido no lo hubiera podido hacer porque tomó la precaución de no decirme su nombre. Lo que me contó es más o menos esto: se metió en la Academia Zaratustra porque un amigo que se había doctorado con una tesis sobre Nietzsche le habló de ella, visitó la sede de la Academia, solicitó información, le fascinaron los propósitos allí expresados y pidió el ingreso; los camellos tienen tres asignaturas (la muerte de Dios, la estupidez de la moral del hombre, música), los leones dos (la voluntad de poder, los territorios del Superhombre), los niños una (creación de nuevos valores); hasta el momento lo más intenso que le bahía pasado sucedió la madrugada de un sábado, fueron a las afueras a escuchar música, tomaron éxtasis, vieron las estrellas, sintieron una grata comunión con el cosmos, una inalterable certeza de ser eternos, la imposibilidad de que no rigiera nuestro destino un dios que no supiese bailar, ya que Nietzsche afirmaba por boca de su Mesías que «Hablar mucho de uno mismo es una manera de ocultarse»; a los camellos les hacían hablar mucho de ellos mismos y se ridiculizaban unos a otros para limpiarse de orgullo banal; estudiaba, además de en la Academia, en la Facultad de Medicina -todos los alumnos de la Academia estudian otra cosa, filosofía sobre todo-; en su clase había diez alumnos, en la de los leones seis, cuatro en la de los niños; tenían clase lunes, miércoles y viernes, una falta no justificada significaba la expulsión.

NIETZSCHE

Academia Zaratustra, Juan Bonilla, p. 22
La lectura de los diarios clínicos redactados durante las estancias de Nietzsche en los manicomios de Basilea y Jena nos sobrecogen no solo como lo haría cualquier lectura parecida en la que de manera telegráfica se nos detallase por medio de anécdotas lamentables el proceso de descomposición de la cordura de cualquier persona, sino también como signo definitivo de la derrota sin paliativos, el desmoronamiento brutal de alguien que creyó haberle propuesto al mundo una salvación sin obtener a cambio otra cosa que su propia destrucción.

Leemos en los diarios clínicos de Nietzsche que se embadurnaba con sus propios excrementos, que se bebía su orina, que se creía emperador o aseguraba que él iba a gobernar el mundo o prometía a los demás pacientes del sanatorio que al día siguiente iba a proporcionarles una mañana de clima magnífico, y tratamos de relacionar a ese pobre enfermo con el hombre impetuoso que escribió «Solo amo lo que ha sido escrito con sangre», el que nos aleccionaba para que no admitiéramos nunca una verdad que no viniese acompañada por lo menos de una alegría (de una carcajada según otras traducciones), el que se confesaba incapaz de creer en ningún dios que no supiese bailar, el que decretó en fin la muerte de Dios y se esperanzaba con el advenimiento de una nueva criatura que fuera para el hombre lo que el hombre era para el mono.

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